Tenía razón: sus manos eran gigantescas.
Bruno me amaba… Me parecía increíble, pero no me importaba. En aquella casa pasaban cosas increíbles constantemente, ¿qué había de malo en aceptar aquella también?
Su ligero bigote rozaba la base de mi nariz, sus labios tomaban los míos con pasión y con cuidado a la vez, él siempre me trata con cuidado; su fuerte agarre me hacía sentir cubierta y protegida y, a la vez, me provocaba la excitación de estar descubriendo un mundo nuevo. Ya había estado pegada a él antes, pero… durmiendo, arropándome mientras lloro, sus músculos están relajados y su abrazo es tierno y acogedor; sin embargo, en aquel momento, no había ni un sólo músculo en todo su cuerpo que no me hiciese consciente de nuestro contacto. Su respiración sobre mi rostro, su pelo cayendo sobre el mío, la mirada que me había dedicado…
Era una auténtica locura: sabía que besarle era probablemente la peor decisión de mi vida, y, aún así, en el momento en que aquella miradita asustada y sincera me dijo que me amaba, no pude hacer otra cosa más que dejarme llevar. Luego, tras el primer beso, la mirada le cambió; desapareció la pena, desapareció el temor… sólo sorpresa, deseo y aquel inmenso amor pude leer en ella. Lo tenía claro, fuese lo que fuese lo que estaba a punto de pasar, lo enfrentaríamos juntos. No iba a perderle; pasase lo que pasase con la familia, a aquel amor, no iba a renunciar.
—Mirabel…
¿Por qué la pena de vuelta de repente?
—¿Sí?
—Lo siento, Mirabel. No puedo.
—¿Qué…?
—Yo… yo no te puedo hacer esto. Lo siento mucho: te tienes que ir. Esto… esto no puede ser.
—¿Qué estás diciendo, Bruno?
—Tío Bruno.
—…Bruno. Has dicho que…
—Sí, Mirabel, te amo. Y eso no es sino razón de más para no dañarte así.
—¡¿Dañarme?! ¡¿Tú sabes lo feliz que me has hecho?!
Bruno agachó la cabeza y sentí que aquello no iba a terminar bien hiciese lo que hiciese o dijese lo que dijese. Conocía aquella mirada… había dolorosa y dolida determinación en ella.
—Mirabel, nos guste o no, soy tu tío. ¿Sabes lo que significa eso? Nunca nos podríamos casar, nunca podríamos tener hijos y nunca seríamos aceptados por la familia.
—Eso…
—No voy a ser la razón de que vuelvas a sentir el rechazo de tu familia; ya has tenido suficiente de eso.
—Pero…
—Además, te recuerdo que eres menor de edad y que esto, probablemente, es un delito.
—Entonces, espérame.
—¿Qué?
—En cinco años seré considerada adulta y eso ya no será un problema.
—En cinco años yo seguiré siendo tu tío. En cinco años, tendré cincuenta y séis años, Mirabel, por Dios.
—¡No me importa! ¡Con cincuenta o con cien, es a ti a quien quiero!
Su rostro cambió durante un segundo, como si aquello hubiese sido toda una revelación, pero pronto recuperó la compostura y me partió el alma en mil pedazos.
—No. No voy a destruir tu vida. Tienes derecho a ser madre, adoras a los niños, no te quitaré eso; y tienes derecho a que tu amor sea bendecido por Dios y por la comunidad, y tienes derecho a disfrutar de un hombre al que no tengas que estar cambiando los pañales en unos años.
—Bruno, ya sabes que mi madre puede…
—No puedes depender de tu madre, Mirabel. Yo no puedo hacerlo. No puedo depender de que me haga parecer alguien que ya no soy para sentirme digno de ti —dijo comenzando a gesticular exageradamente—; y no puedo depender de que sane cada uno de mis males para no ser una carga para mi súper joven mujer, que no esposa. ¿Qué crees que va a pasar el día en que tu madre deje este mundo? ¡¿No te das cuenta?! Cuando Julieta ya no esté aquí para sanarnos, perderás en poco tiempo a tu madre, a tu padre, a todos tus tíos y, asumo que para entonces ya hará tiempo que la abuela no estará por aquí. ¿Quieres también perder a tu pareja entonces?
Eso no lo había pensado nunca… Pero él… pero él seguía cuidando de mí; seguía sacrificándose por mí.
—Creo que tengo derecho a elegir si eso es lo que quiero —contesté tajantemente.
—Pero resulta que para tomar esta decisión hacen falta dos personas, y, si tú no miras por ti, yo lo haré.
—Bruno, por favor… vamos a hablarlo con calma y a…
—No. No hay nada que hablar. Tienes que olvidarte de mí, Mirabel. Tienes que buscar a alguien que de verdad te pueda hacer feliz.
—¡¿Feliz?! ¡¿Qué te hace pensar que puedo ser feliz con alguien que no seas tú?!
—Eres joven… Tienes tiempo para sanar y rehacer tu vida. No me necesitas.
Su triste sonrisa dolió más que cualquiera de las cosas que me había gritado.
—Y, ¿tú? ¿Quién te va a hacer feliz a ti?
—No te preocupes por mí, yo… seguiré siendo sólo yo. Soy feliz sólo con saber que realmente me has amado y seré feliz viéndote hacer tu vida y disfrutar de lo que te mereces de verdad.
—Si no quieres estar conmigo, no creo que tenga más remedio que aceptarlo, pero… ni por un momento pienses que esto me va a hacer feliz.
Agarré con fuerza el pomo de la puerta confiando en que sujetase la parte de mi peso que yo no confiaba en poder cargar y abrí sin siquiera mirar si había alguien al otro lado. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control y salí por la puerta sin tener el valor para aguantarle la mirada ni un segundo más. Si me iba a rechazar, ¿por qué ponía aquella carita de cachorrito abandonado? ¡Qué injusto!
—Ni ahora, ni nunca, ¿me oyes?
Cerré tras de mí dando un portazo que hizo eco por el patio de la casa y miré a aquel hombre que me miraba con el ceño fruncido en el grabado de la puerta; aquel hombre al que se le había negado la posibilidad de sonreír… aquel hombre que, una vez más, acababa de sacrificar su propia felicidad.
