—Bruno, ¿puedo entrar?
La voz de Julieta sonó al otro lado de la puerta un par de horas después de que Mirabel saliese de mi habitación con el corazón roto. Pensé en cruzar la arena y subir aquella terrible escalinata para disuadir a mi hermana de intentar hablar conmigo, pero, siendo ella, seguro que la subía aunque sólo fuese para ofrecerme una arepa. Tenía que haberme ido a mi agujero, pero… ¿y si Mirabel había ido allí? Y… realmente, ¿aún tenía derecho de usarlo? ¿Después del daño que le había hecho?
—Pasa…
Julieta entró, examinó la cama de la vergüenza y luego se sentó en ella con una sonrisa.
—Así que era verdad…
—Eh… ¿el qué?
—Lo de la cama. Pensé que Mirabel estaba dramatizando un poco, pero es real, aquí está.
—Mirabel te ha contado… ¿lo de la cama?
—Me lo ha contado todo, hermano. ¿Cómo estás?
Muerto, probablemente.
—¡¿Todo?!
—¿Sabes? Yo ya sabía lo que ella sentía por ti.
—Tú… ¿te lo había dicho? ¿Desde cuándo?
—Ay, Bruno, estás tan ciego como ella. Hace mucho tiempo que sé lo que sentís los dos.
—¿Hace mucho tiempo que ella siente eso por mí?
—¿Qué? ¿Creías que era un capricho de adolescente y que en un par de días se pondría a salir con el primer chaval que se le cruzase por el pueblo?
—No, pero…
—Te quiere, Bruno. Te quiere de verdad.
—¿Por qué…? ¿Por qué estás sonriendo? ¿No estás enfadada?
—¿Por qué debería estarlo? Todo lo que has hecho en esta vida con mi hija ha sido amarla y protegerla. Incluso hoy.
—Yo… Pero… Es mi… Y…
—Lo sé. La situación no es fácil, y has hecho exactamente lo que me temía que ibas a hacer.
—¿Temías?
—Sí, yo también sufro con ella, hermano. No eres el único que la quiere.
—Lo siento.
—No lo sientas, te entiendo.
—Pero yo… yo no quería… y… le he dado esperanzas… y… es todo mi culpa.
—Tienes razón, lo del beso no me lo esperaba.
—Así que sí que te lo ha contado todo.
—Eso espero.
—¿Cómo está?
—Rota, pero decidida.
—¿Decidida? ¿A qué?
—A demostrarte que eres la única posibilidad que tiene de ser feliz. Puede ser muy cabezota, ¿sabes?
—Ay… Julieta… ayúdame… yo… yo sólo quiero que tenga una vida feliz. ¿Qué puedo hacer?
—Supongo que tienes dos opciones. Dejar que te convenza y hacerla feliz, o convencerla tú de lo contrario y dejarla ser feliz. La diferencia es que, en la segunda opción, la felicidad sólo alcanza a uno de los dos.
—Julieta, tú eres una mujer cabal; sabes que yo no puedo hacerla feliz.
—Yo creo que, esa respuesta, sólo la tiene el futuro.
—El futuro…
—Ahora ya, todo depende de ti.
—No… no creo que tenga fuerzas para verlo.
—Si no puedes verlo en una visión, ¿de dónde piensas sacar las fuerzas para verlo en la vida real?
—Quizás tengas razón. Quizás la solución sea irme.
—Sí, hermano, seguro que el saber que estás solo y completamente desprotegido siendo miserable por un mundo desconocido sí que la hace feliz.
—¡Y, entonces, ¿qué?!
—Pues, por el momento, se me ocurre que puedes abrazarte a tu hermana y llorar tu pena. Ya no tienes por qué sufrir solo, ¿sabes? Estoy aquí para ti.
Aquello… aquello no iba a solucionar nada, pero… por una vez, sólo me dejé caer y lloré amargamente en brazos de mi hermana. Dolía, dolía mucho, pero… en su abrazo, tenía la sensación de que podría avanzar.
—Mañana será otro día, hermano. Date tiempo para pensar.
Aquella noche dormí echo un ovillo sumergido en aquella inmensa cama.
—Buenos días, tío Bruno. ¿Has dormido bien hoy?
Auch… Oírla llamarme tío nunca había dolido tanto.
—Bue… buenos días, Mirabel —contesté agachando la cabeza sin saber si sentir pena, rabia, culpa o vergüenza.
—Tenéis unas ojeras terribles los dos, ¿qué ha pasado? —preguntó la abuela—. Julieta también tenía una cara penosa esta mañana.
—Será que están notando que ya no está todo lleno de lavanda por las noches. Isabela también cuidaba de nosotros a su manera —dijo Agustín con una sonrisa sospechosa.
—No te preocupes, abuela. Hoy me acostaré pronto: tampoco es que tenga nada mejor que hacer con mi vida.
Mirabel cogió una arepa, se levantó de la mesa ante la atónita mirada de todos y se fue hacia el pueblo.
—¿Qué le pasa hoy a ésta? —preguntó Camilo transformado en la abuela.
—¿Camilo?
—Disculpe, señora —dijo Camilo volviendo a la normalidad bajo la satisfecha sonrisa de poder de la abuela.
—Toñito, ¿puedes ir a hablar con ella?
—¡Claro!
Antonio se fue tras Mirabel escoltado por la fauna de media jungla y la abuela se puso seria.
—Familia, hay un asunto muy serio que debemos tratar, pero Antonio no puede saberlo bajo ningún concepto. Es algo que nos afecta a todos y que, por mucho que los ánimos ahora mismo no sean los mejores, no podemos ignorar.
Oh, Dios, no… Se había enterado la abuela, ¿verdad?
—Hay que organizar algo especial para el cumpleaños de Antonio.
