—¿Puedo hablar contigo, Pa?

—¡Mirabú! ¡Claro, ven aquí! Estaba a punto de empezar a partir un poco de leña.

—Ah… Vale, baja el hacha.

Mi padre dejó el hacha en el suelo con el cuidado que la experiencia le había enseñado a poner y se sentó en el césped.

—Cuéntame.

—Ehm… Me he enamorado.

Era lo mejor. Las tiritas se quitan de golpe. Ya había esperado demasiado tiempo para tener aquella conversación.

Mi padre arqueó las cejas durante un instante y luego sonrió relajadamente.

—Lo sé, amor.

—Yo… estoy asustada.

—¿De estar enamorada?

—No… Es sólo que… la persona de la que estoy enamorada… no creo que la abuela la acepte y… tengo miedo de estropear mi relación con la abuela y la de él con… con su madre.

—Entiendo.

—Él… él acaba de recuperarla después de mucho tiempo y… y yo no quiero que la vuelva a perder. No quiero hacerle daño. ¿Qué puedo hacer?

—Bueno… como yo lo veo… supongo que tendrás que averiguar si ese hombre la necesita más a ella o te necesita más a ti. Personalmente, creo que siempre se puede intentar conciliar y procurar no renunciar a ninguna de las dos, pero… no siempre se puede tener todo; a veces hay que elegir. Quizás, esa decisión, no te corresponda a ti.

—Pero…

—Sólo él sabe qué le puede hacer más infeliz, qué le compensa y con qué puede vivir.

—Pero, él… él ya ha tomado su decisión.

—¿Pensando en sí mismo o pensando en ti?

Tenía razón. Si yo renunciaba a él, estaría tomando su decisión por él al igual que él lo estaba haciendo conmigo. Yo quería tomar mi decisión y debía dejarle a él tomar la suya.

—Pa…

—Dime.

—Sabes de quién hablo, ¿verdad?

—¿Sabes, hija? Cuando tú madre y yo nos enamoramos, a tu abuela no le pareció nada bien. No sé exactamente qué quería para tu madre, pero, sin duda, no era a mí. Yo era torpe y raro, más joven que ella y no tenía la gracia que tiene el tío Félix para camelarse a la abuela.

—¿De verdad? Y, ¿cómo lograste que te aceptase?

—No lo hizo. Se conformó porque quería a su hija feliz y eso es lo que era conmigo. No me eligió a mí; la eligió a ella. ¿Crees que será diferente esta vez?

—No es lo mismo, pa… Es mucho más complicado.

—Tienes razón, pero… igual que yo puedo aceptar la situación porque hace felices a dos personas a las que quiero con todo mi corazón, estoy seguro de que la abuela podrá también. Ya abriste su corazón una vez. No tengas miedo de ser quien eres. Siéntete orgullosa de ese corazón lleno de amor que ocupa tu pecho y cuídalo como se merece.

—Así que, a ti… ¿te parece bien?

—Mientras te siga haciendo sonreír, será para mí el mejor hombre del planeta. Después de tu abuelo, claro. A Pedro se lo debo todo.

Tiré a mi padre al césped del abrazo que le di y le bañé la cara de besos.

—Gracias, pa. Puedo entender que mamá se la jugase por ti.

—Gracias a ti, mi niña. Y, ahora, ¿me desclavamos esta piedra del codo y partimos un poco de leña?

—Ay… ve a ver a mamá, anda. Yo me encargo de esto.

Mi padre se levantó, me ofreció su mano para ponerme en pie y se sacudió elegantemente la ropa.

—Te veo en la comida. No olvides tomarte tu tiempo y apilar la leña poco a poco. Es importante darle una buena base para que no se caiga.

Mi padre no era el rey de las metáforas, pero aquello fue suficiente para hacerme entender.

—Okay, papi. Así lo haré.

Tenía razón. Haría las cosas con calma, pero a mi manera.

Con la firme convicción de construir una sólida relación con Bruno que no convirtiese nuestros actos en una absoluta locura, me aseguré de mantener el contacto estable y cercano con él pero sin invadir su espacio agresivamente. Le di tiempo al tiempo y me aseguré de no complicar más las cosas, y, así, en una aparente calma cargada de aquella tensión eléctrica que siempre circulaba entre nosotros, los meses siguieron su curso y llegó mi decimoséptimo cumpleaños.

Cuando salí de mi habitación aquella mañana, un festival de color lo había invadido todo.

—¿De dónde han salido todas estas flores?

—¡Sorpresa!

—¡Isa!

Me lancé a los brazos de mi hermana con todas mis fuerzas y la estrujé hasta que pidió auxilio.

—¡¿Qué estás haciendo aquí?!

—No íbamos a perdernos el cumpleaños de nuestra hermanita, ¿no?

—¿Perdernos? ¡¿Habéis venido todas?!

—Y más.

—¿Qué?

—Pronto lo descubrirás, de momento, cuéntame, ¿has sido buena estos meses? ¿Tienes cosas suculentas que contarme?

—Nah… nada suculento. Todo sigue como estaba.

—Así que, ¿no seguiste mi consejo?

—Oh, eso…

—Así que, ¡¿sí?!

—No, bueno… me rechazó.

—¡¿Qué?! ¡¿Estás de broma?! ¡Si estaba claro como el agua que estaba loquito por ti!

—Ah, ¿sí?

—Voy a llenarle la puerta de plantas carnívoras…

—¡No! No… Lo hizo por mí, ¿sabes?

—Hm… Eso le pega… Dichoso cacho pan… Hay que ponerle las pilas.

—Déjale, Isabela, por favor. Deja la cosas como están.

Isabela me miró entre enfurecida y dubitativa, pero accedió a mi petición.

—Y, ¿cómo te ha ido a ti? ¿Qué tal el mundo ahí fuera?

—Meh… Hay zonas que son una auténtica pesadilla, otras que son una maravilla y otras en las que viven mujeres desalmadas que te roban el corazón y luego lo convierten en un bloque de hielo para hacerlo mil pedazos porque les interesa más la sensación de libertad que les da su mugriento y gélido bosque que el amor que puedan sentir por ti. Ah, y me cogí un constipado y me toco pasarlo entero. ¡Siete días moqueando y con dolor de cabeza! ¡¿Te lo puedes creer?! ¡Siete! No creo que vuelva a salir del Encanto.

—Creo que me he perdido…

—Virus, Mirabel. Allí fuera no hay nadie que te cure con una arepa.

—¡No! Con lo del hielo y eso…

—Ah, digamos que yo también he sido rechazada en este tiempo.

—¡¿Tú?!

—¡¿Verdad?!

—Está bien que te lo diga yo, pero que te lo digas tú no queda tan bien, ¿sabes?

—No me importa. Es la verdad. Ella se lo pierde.

—¿Ella?

—Ah, sí. Elisa. Una diosa rubia de ojos azules y sonrisa diabólicamente angelical.

—Te pega…

—Eso díselo a ella.

—Me temo que no tendré la oportunidad.

—Supongo que no, pero sí que puedes conocer a su hermana.

—¿Qué?

—Hemos traído compañía. Les hablé mucho del Encanto y de mi familia y querían conoceros, así que su hermana pequeña Ana, su prometido Cristóbal y sus amigos Renaldo y Eugenio han venido de visita. Así que vas a tener la fiesta de cumpleaños más animada de tu vida. Así te compensaremos por la anterior.

—¿Gente nueva? Esto sí que es… diferente.

—¿Quién sabe? Igual hasta tu corazón encuentra entre ellos a la planta carnívora que destruya a tío Bruno.

—¡Isabela!

—Vaaale. Pero ya verás cuando les veas.

Isabela no mentía: sus invitados parecían sacados de un cuento de hadas; de un caliente cuento de hadas.

—¿Tú eres Mirabel? ¡Encantada de conocerte! ¡He oído hablar mucho de ti!

Ana era una preciosa pelirroja, alegre, vivaz, espontánea y con el apetito de cinco jaguares.

—Ah, ¿sí? Mal, ¿no?

Isabela arqueó los ojos en modo de protesta.

—¡No! ¡Tus hermanas te adoran! Sólo hablan maravillas de ti.

—¿De verdad?

—¡Claro! Quiero decir, a veces llevaban un poco de más de alcohol en vena, pero…

—¿Qué tal si dejas que la muchacha conozca a todos antes de ponerte a contarle cómo has emborrachado a sus hermanas?

—¡Yo no las emborraché! Pensaba que tendrían más aguante, eso es todo…

—Lo que tú digas, princesa.

—Mirabel —interrumpió Dolores—, éste es Cristóbal, el prometido de Ana.

—En realidad es Krist… bah, da igual.

Cristóbal era un rubio gigantesco que parecía hecho de piedra, pero sus movimientos eran dulces y cuidadosos, y, por cómo miraba a Ana, se notaba que daría la vida por ella.

—Yo soy Renaldo, colega de Cristóbal de toda la vida.

Aquel hombre que agitaba mi mano enérgicamente era la alegría personificada. Un alto y curtido castaño de pelo rebelde y sonrisa afable.

—Ah, encantada. Y, tú… —dije dirigiéndome al único hombre que quedaba por presentar—, debes de ser Eugenio.

—Ése soy yo, —dijo aquel sexy morenazo de mandíbula marcada y nariz de ensueño mientras tomaba mi mano y se inclinaba ante mí—. Y, por lo visto, estoy en mi día de suerte.

—¿Sí…?

—No todos los días puede uno asistir a la celebración del nacimiento de una salvadora.

Ugh… Así que era de esos…

—Ya… eh… ¿qué os parece si nos sentamos a desayunar y nos contáis un poco vuestro viaje?

—Con gusto te seguiré.

El tipejo descarado me arqueó una ceja repetidamente dejando ver sus intenciones y, acto seguido, besó el dorso de mi mano sin permiso.

—Vale, Don Juan, ya es suficiente —espetó Luisa levantándole del suelo y cargándole sobre su hombro hasta la mesa bajo la divertida mirada de Renaldo.

Me limpié discretamente la mano en la falda y me giré dispuesta a reunirme con toda la familia, pero, lo que encontré tras de mí, fue a Bruno, ligeramente encogido sobre sí mismo, con la mirada al frente pero la cabeza algo gacha y, de nuevo, frotándose el brazo como un niño tímido que no sabe cómo arrancar a hablar.

—¡Bruno! ¡Buenos días!

—Ah… Buenos días, Mirabel. Feliz cumpleaños.