Meimi solo podía tener un doloroso nudo en la garganta. A decir verdad, no sabía por donde podría empezar a buscar. Sabía donde vivía Ritsuka porque Seira se lo había dicho, pero además de eso, no tenía ninguna idea de que debería buscar. Encontró por fin la casa de su compañera de clases, custodiada por dos oficiales. Dentro aún había una luz encendida, parecía ser la del dormitorio de los padres. Un auto se acercó lentamente y se estacionó fuera de la vivienda. Era un hombre calvo. De inmediato se detuvo a la puerta cuando los oficiales se dirigieron a él:

-Usted es el señor Hino? Lamento informarle que han robado su casa hace unas horas!-

-¡No puede ser!-gruñó el hombre. ¿Ya saben algo del robo? ¿Hay alguna pista?

-Aún seguimos buscando en los alrededores alguna pista, pero necesitamos de su autorización para acceder a la cámara de circuito cerrado de su casa…-

-Maldición! Debí arreglarla hace semanas. Se descompuso y había olvidado hacerlo…Pero supongo que mi esposa y mi hija están bien…-

-Sí, afortunadamente el robo ocurrió cuando no había nadie en su casa, según su señora esposa nos ha informado. Parece que no han forzado la chapa. Quien haya hecho este robo, ha hecho un trabajo muy profesional…-

-Debo ir adentro ahora!- imploró el hombre. –Necesito hablar con mi mujer y mi hija ahora mismo!-

-De acuerdo señor Hino. Solamente tenga cuidado y no toque nada de lo que hemos marcado como evidencia. Seguimos examinando la escena del crimen. De momento los detectives encargados se han retirado porque estábamos esperando su permiso para analizar las cintas de vigilancia. Dado que no las hay, nos retiramos. Vendrán manaña los peritos a seguir buscando pistas–

-Sí, muchas gracias, espero que den pronto con el ladrón…Qué molestia…- Los oficiales subieron de nuevo a su auto. Meimi se acercó hasta la ventana del dormitorio, dondé ya estaba la señora Hino en la cama, leyendo distraídamente una revista.

-Naoki!Naoki, querido, fue terrible! Tu hija esta desconsolada!- la mujer salió al encuentro con su marido. – No me importa la televisión ni la videocasetera, pero si las joyas que Ritsuka tanto apreciaba! Esta desanimada…no ha querido hablar mucho y honestamente, me preocupa que se niegue a cantar en su debut…-

-Sabes que tengo muchas dudas con ese tema, mujer!- gruñó el señor Hino.-Lo lamento por las joyas, ya le compraré unas nuevas, pero no quisiera que nuestra hija estuviera en ese mundo de las idols, es demasiado turbio y lo sabes!-

-Eres un egoísta, Naoki! Hemos hablado muchas veces sobre esto y tal parece que no puedo hacerte cambiar de parecer! ¿No quieres que tu hija triunfe, no quieres que logre el sueño de su vida?- el hombre hizo un gesto de hartazgo y se llevó las manos a la frente.

-No me molesta que mi hija haga lo que quiera Kokone, pero apenas hace poco dejó de ser una niña…El medio del espectáculo no es sano para alguien tan joven…-

-Eres un anticuado.- espetó la mujer con un hilo de voz.- Yo misma voy a vigilarla para que no caiga en ninguna situación desagradable. O no confías en mí?-

-Claro que confío en ti, querida.- resopló el hombre.

-Es muy extraño todo este robo…La cámara de vigilancia grabó algo? La policía dice que quien haya abierto la puerta, quizás lo hizo con una llave maestra. No comprendo quien querría robar nuestra casa…-

-La cámara de vigilancia no sirve - respondió secamente el hombre.- Quizás se trate de un ladrón profesional…–

-Esa cámara acababas de instalarla hace un mes. Qué extraño…- Meimi tuvo un presentimiento tras escuchar esto.

-Estoy muy estresado. Iré al bar. No me esperes a dormir.- El señor Hino salió de la habitación, después de que la mujer apagó la luz. Saint Tail fue hacia la puerta. Quizás si seguía al hombre encontraría alguna pista. Lo siguió hasta un teléfono de monedas, donde, descolgó velozmente y marcó:

-Tatuski, que bueno que aún estás despierto…Mi mujer no sospecha nada. Tenemos que deshacernos de las joyas lo más rápido que puedas. Las de mi esposa no me importan, haz lo que quieras con ellas, véndelas o haz lo que gustes. Las de mi hija son las que tienes que…- Hino colgó el teléfono. Se había dado cuenta de que Saint Tail lo espiaba, aunque no la había visto. En unos segundos, estaba completamente ciego. Alguien le había vendado los ojos.

-Señor Hino, no puedo perdonarle que sea tan mezquino! ¿Por qué ha hecho eso? Si quería disuadir a su hija de ser una idol, podría haber hablado con ella!- lo reprendió Saint Tail – La verdad es que le costaba trabajo pronunciar esas palabras. No le parecía bien lo que el hombre había hecho, pero por otro lado, sus celos hacia Ritsuka la hacían sentirse sumamente confundida.

-¡No sé quien seas, pero debes soltarme ahora! ¡Déjame ir!-

-Debe devolver esas joyas, de lo contrario enviaré una carta anónima a la policía y usted será investigado! La verdad saldrá a la luz lo quiera usted o no!-

-Esta bien, mujer. No se cuáles sean tus intenciones, pero solo quiero que me dejes en paz! No te acerques a mi familia!- gritó Hino tratando de quitarse la venda de los ojos.

-Ahora usted me dirá donde puedo encontrar las joyas.-

El hombre le dio la dirección de Tatsuki, su cómplice en el robo. Tras recibir las indicaciones, Meimi lo dejó libre. El hombre sólo pudo regresar a su casa corriendo, completamente desconcertado por lo que acababa de pasar.

Saint Tail llegó al edificio donde vivía Tatsuki. Introduciéndose con cuidado por la puerta principal, el olor a cerveza le llegó a la nariz. Tatsuki, quien era un hombre joven con bigote y barba rala, dormía roncando en el sillón. Aquel modesto departamento solo contaba con dos habitaciones. Se introdujo en el segundo salón, donde vio los electrodomésticos robados, y sobre la televisión, la caja que incluía las joyas de la madre y la hija del señor Hino. Salió del apartamento pocos minutos después, llevando el alhajero entre los brazos.

Unos quince minutos más tarde, la ventana de Ritsuka se abría. Tragándose el orgullo, Saint Tail depositó las joyas sobre la mesita de noche de la muchacha. No le agradaba nada el hecho de que Daiki se estaba alejando de ella para pasar tiempo con Ritsuka. Cerró la ventana sin pensar, con un fuerte golpe. Tuvo suerte de que la chica no la viera alejarse al levantarse para ver quien había hecho tal ruido en su ventana. Al llegar a su casa, Meimi solo pudo echarse a llorar de rabia. Esta había sido una de sus misiones más difíciles no por la complejidad o el peligro de esta, sino porque sus sentimientos habían sido comprometidos.