Esta historia es una adaptación de la novela "Esposa a Medida" de la escritora Judith McWilliams. Y los personajes de Candy Candy pertenecen a Mizuki e Igarashi.

Capitulo 10

-Menuda forma de desperdiciar la tarde del viernes! – refunfuño Terry, echando un vistazo alrededor del bullicioso vestíbulo del hotel. Se movió inquieto, haciendo vibrar la frágil taza de té que tenía en la mano.

-Cuidado -Le advirtió Candy-. Montar un número sería un claro signo de malos modales, y te aseguro que derramar tu té sobre la valiosa alfombra de este lugar haría que todo camarero que se encontrará en las proximidades viniera corriendo.

-Me gustaría ponerle las manos encima al sádico al que se le ocurrió la idea del té de sobremesa. ¿Y qué demonios son nuestras cosas? -Tomó en su mano uno de los minúsculos sándwiches del plato que había en la mesa frente a él y lo escudriñó.

-Pepino y berros -Dijo Candy-. Alimentos básicos típicos para la sobremesa.

-No llenarían ni a una anoréxica. Menos mal que no tengo hambre. Me parece que me voy a negar a asistir a reuniones de té. Lo pondré en el contrato prematrimonial.

-A este paso tendrás que imprimirlo en varios volúmenes, como una enciclopedia -Dijo Candy-. Pero yo no me preocuparía mucho. No creo que nadie te invite a ningún té de sobremesa, al menos hasta que tus hijos empiecen a ir al colegio.

-¿Qué tiene que ver la educación de mis hijos con este tipo de tortura social?

-Muchos colegios privados tienen sesiones de té para los padres.

-Mis hijos no Irán a uno de esos colegios. Si pueden atormentar a los padres de esa manera, no quiero ni pensar en lo que podrían hacerle a un montón de niños indefensos a mis espaldas.

-Si piensas que son indefensos, me parece que no has tratado con muchos niños de hoy. Además, muchos padres disfrutan de esas reuniones. Les brinda la oportunidad de hablar con otros padres y con los profesores en un marco relajado. Es como la versión diurna de un cóctel.

-Tampoco me gustan los cócteles. Dame una razón por la que una persona sensata desperdiciaría toda una tarde haciendo malabarismos con una taza de té tibio y asqueroso sándwiches.

-¿Quizás para emular a la clase alta inglesa? ¿Quizás porque pueden permitirse un tiempo salir del trabajo? Quién sabe.

-¿A quién le importa?

-A ti. Tienes que aprender a dominar las pequeñas cosas para poder pasar a ocuparte de las grandes cosas, empezando por encontrar esposa.

Terry hizo una mueca. Cada vez le resultaba más difícil recordar cuál era su plan original. De hecho, estando cerca de Candy, le resultaba imposible concentrarse en otra cosa que no fuera ella.

-Estoy empezando a preguntarme si todo esto ha sido una buena idea -Dijo, expresando sus crecientes dudas.

-Tonterías. Cualquiera con la capacidad de controlar tantos engranajes financieros como tú, seguro que también puede con una taza de té y un poco de charloteo.

Terry no corrigió su presunción de que estaba hablando sobre la ridícula reunión de té a la que le había llevado.

-Detesto hablar del tiempo -Aprovecho a introducir otra queja en un día que parecía lleno de ellas-. Parece que no me acostumbro a ello.

-Lo he notado. Pero tengo la esperanza de que mejores. Aunque solo sea porque es una ventaja incluso para los negocios.

-En realidad, tener la habilidad de vender un producto de buena calidad a un precio competitivo es la mejor ventaja.

-Supongo que la modestia no es un requisito para los grandes negocios…

-La gente te ve, según la opinión que tienes de ti mismo.

Candy, lo miró pensativo por un momento y dijo:

-¿Si de verdad piensas eso porque intentas crear a una persona diferente para casarte?

-No es eso exactamente.

-¿Entonces, qué es exactamente? -Preguntó Candy deseando que se explayará.

Terry se quedó mirando su taza de té por unos instantes. Prefería no decirle que quería una esposa de la alta sociedad, para poder ostentar como si se hubiera llevado un trofeo difícil de ganar. Así que, en su lugar, solo le dijo la verdad, a medias.

-Mi madre era una alcohólica que pasaba el tiempo drogándose cuando se lo podía permitir. También le iban los excesos sexuales y no era nada discreta al respecto. Me pasé mi niñez escuchando cómo la gente cuchicheaba sobre mí como el hijo de esa. Me juré a mí mismo que cuando tuviera hijos nadie tendría jamás un motivo para cuchichear sobre ellos a sus espaldas. Que tendrían una madre de la que podrían estar orgullosos.

La niñez de Terry parecía tan horrenda como la suya propia. Quizás incluso más. Al menos ella había escapado de aquella miseria. Después de la detención de su madre, yendo a parar a una casa de acogida relativamente estable. Él no había tenido ni siquiera ese consuelo por pequeño que pareciera. Pero aun comprendiendo de dónde venía Terry, sentía que iba camino del desastre dado su mal concebido plan para encontrar una esposa. De alguna manera tenía que conseguir quitarle de encima a esa preocupación sobre su pasado y hacerle ver la situación desde el punto de vista del adulto que era ahora.

-Habría sido mejor que jurarás proporcionarles a tus hijos unos padres que se quisieran.

-Dudo que los niños sepan si sus padres se quieren o no -Dijo Terry-. O que les importe mientras que estén junto a ellos. Los niños son extraordinariamente egocéntricos.

Candy se quedó en silencio al recordar la expresión de angustia de su madre. ¿Estaba siendo egocéntrica, negarse a tener nada que ver con ella? Por un momento la invadió la duda. Pero inmediatamente se disipó. No era lo mismo, decidió. Ninguna persona en su sano juicio consideraría involucrarse emocionalmente con una persona que le había causado tanto dolor.

-Estoy de acuerdo en que los niños suelen ser egocéntricos, pero también están muy atentos a su entorno y la tensión, y creo que vivir con alguien sin que haya amor resulta un poco tenso.

-Ten cuidado, estás empezando a sonar como una romántica -Dijo Terry.

-Y tu parece que has visto demasiadas reposiciones de "Leave It To Beaver" de niño. Déjame que sea la primera en decirte que June Cleaver era la imagen idealizada de un escritor de lo que debía ser un ama de casa. Nadie, y quiero decir nadie, hace la cena vestida con tacones, perlas y un conjunto de suéter y chaqueta de punto perfectamente conjuntados.

-Ya se que June Cleaver es un carácter de ficción. Pero no veo ninguna razón por la que mis hijos no puedan tener una madre que les vaya a recoger al colegio con galletas. No importa quién hizo las galletas, sino que su madre siempre está ahí para escucharlos, para simpatizar con sus problemas y celebrar sus victorias. Yo, ciertamente, no podría hacerlo. Necesito a alguien que tenga la experiencia de una niñez normal para ser mi punto de contacto con los niños.

-¿Pero que consideras normal? -preguntó ella-. La mayor parte de la gente con la que se relacionan los Biddle probablemente haya sido educada por niñeras. ¿Es eso lo que les quieres transmitir a los niños?

-No, pero…

-Dios, espero que no esté interrumpiendo nada – la voz de Elisa venia detrás de la silla de Candy-. Sonabas de una forma casi… estridente, Candy.

Candy se reprimió las ganas de decir algo satisfactoriamente vulgar, y se volvió para encontrarse con Elisa acompañada por una avergonzada Susana. No la sorprendía verlas, pensó Candy con resignación. La razón por la que había llevado a Terry a aquel lugar era por que era el lugar favorito de la alta sociedad para pasar la tarde.

Candy entrecerró los ojos al ver cómo Elisa sonreía de manera seductora a Terry, que educadamente se había puesto en pie para saludarlas. Realmente tenía buenos modales, pensó Candy con orgullo. El tipo de modales que tenía en cuenta los sentimientos de la gente. El hecho de que tuviera problemas haciendo malabarismos con una taza de té y un sándwich de pepino en las manos al mismo tiempo no tenía importancia.

Candy se mordió el labio inferior cuando Elisa deslizó su mano por la corbata a rayas de seda de Terry. Era todo lo que podía hacer Candy para evitar agarrar la pálida mano de Elisa, con sus llamativas uñas rojas y apartarlas de él. Deseaba decirle a Elisa claramente que Terry le pertenecía a ella y que mantuviera sus ávidas manos apartadas.

¿Pero qué pensaba Terry? Candy trato encontrar alguna pista en su rostro, pero no pudo. Cualquier cosa desde intenso placer, hasta extrema indignación, podía esconderse tras la máscara de cortesía. Podía incluso estar pensando que Elisa era la viva imagen de su ideal, de la esposa perfecta. Pero entonces estaría animándola más. ¿O esperaba despertar con su aparente indiferencia, su interés? ¿O es que estaba interesado en Susana, pero no estaba listo para dar el paso aún? No tenía ni idea y la incertidumbre hacía que tuviera ganas de gritar.

-Veo que habéis tenido la misma idea que nosotras -Susana miró sus tazas de té.

-Sí -dijo con una sonrisa postiza, y reprimiendo el impulso de preguntar cuál era su idea.

Con elegancia Elisa se sentó en el sofá que había frente a ellos y, tras un pequeño intervalo, Susana se sentó junto a ella.

-Puedes tomar un té, Susana -Dijo Elisa-. Yo tomaré dos Martini de manzana. Debo haber andado al menos cinco millas hoy. Mira mi pobre pie.

Elisa estiró una larga pierna perfectamente moldeada y dio vueltas a su pie con una delicada sandalia de tiras, dando a Terry tiempo de sobra para admirarla.

-La próxima vez que vayas a dar un paseo, deberías probar a ponerte unas zapatillas -Le sugirió Candy con un tono de voz edulcorado.

-Qué poco femenino -Dijo Elisa simulando una extravagante sacudida.

-¿El qué? ¿Pasear? -Soltó Candy, sabiendo que era mejor que se mantuviera callada, pero incapaz de resistirse a provocarla.

-Me refería a las zapatillas. Son tan… tan gruesas.

Candy se tragó otro comentario. En su lugar se levantó. Si se quedaba sentado un minuto más, diría algo realmente malicioso, lo que haría preguntarse a Terry por qué Elisa le gustaba tan poco. Desde luego, no quería que lo hiciera.

-Disculpad -Dijo Candy-. Tengo que ir al cuarto de aseo. Vuelvo enseguida.

-Iré contigo -Dijo Susana frustrando el plan de Candy de pasar unos minutos sola.

-Siento haberos interrumpido -Dijo Susana mientras atravesaban el vestíbulo-, pero cuando Elisa vio a Terry, no hubo quien la parara. Al menos no de una manera educada en el vestíbulo de un hotel tan concurrido. La conozco desde preescolar y no están… tan mala como parece a veces. Es solo que su ego se vio seriamente afectado cuando su marido se divorció de ella el invierno pasado para casarse con su secretaria embarazada.

-Eso bajaría los humos de cualquiera -Dijo Candy, deseando que Susana cerrará la boca. No quería sentirse culpable por no gustarle Elisa. Solo quería que se fuera.

-La pobre Elisa no sabía que su marido la engañaba. Así que ahora está ocupada intentando demostrar que solo porque su marido prefiriera a una veinteañera con pechos más grandes que su coeficiente intelectual, no quiere decir que otros hombres no la puedan encontrar atractiva. Y hay que admitir que otra era alguien de la categoría de Terry, Grandchester le subiría la autoestima a cualquiera -Susana soltó una risita ahogada-. Además, descolocaría totalmente a su ex.

-En realidad no me importa con quien salga Terry -Dijo Candy mintiendo-. No es que no sea un hombre realmente agradable, pero yo solo tengo una relación profesional con él -Añadió más alegre al darse cuenta de que Susana no sería tan indiferente al comportamiento de Elisa si estuviera interesada en Terry. Pero entonces ¿a qué había ido a verlo a la oficina ese mismo día?

Candy estaba pensando en la forma de preguntarle a Susana sobre su visita a Terry, sin parecer ni una mujer celosa ni una cotilla, cuando Susana sacó el tema.

-Terry hace que hasta en mi corazón se acelere -Dijo Susana-. Cuando pase por su oficina esta mañana hizo una generosa donación a la asociación protectora de animales y no se quejó de que hubiera interrumpido su trabajo, como hacen otros hombres.

-¿Tu ex lo hacía? -Preguntó Candy. Diciéndose que no solo estaba satisfaciendo su propia curiosidad. Estaba haciéndolo que Terry quería que hiciera. Indagar en qué pensaban de él las mujeres que le interesaban.

-Hmm -Susana abrió la puerta del baño-. Me enamoré profundamente hace años. Por desgracia, el hombre al que amaba quería otra persona. Ahora no hago más que repetirme que si no puedo tener al hombre que quiero, debería aprender a querer al hombre que puedo tener.

-Un ingenioso truco, si puedes hacerlo -Dijo Candy, preguntándose si Susana, quería decir que iba a intentar aprender a amar a Terry. Pero antes de que pudiera encontrar la manera de preguntar, entraron otras mujeres y perdió la oportunidad de tener una conversación privada.

Candy se lavó las manos frente al espejo. Estaba demasiado pálida, su lápiz de labios hacía tiempo que había desaparecido y sus ojos parecían… Hizo una mueca.

Quienquiera que hubiera dicho que el amor era liberador, debía dejar que le examinaran la cabeza. Ella era mucho más feliz antes de caer víctima de su desesperada pasión por Terry. ¿Aunque había sido realmente feliz o simplemente había existido? Alargó la mano ciegamente para alcanzar una toalla. Era como si se hubiera pasado la vida escuchando una grabación de mala calidad de su obra favorita, la novena Sinfonía de Beethoven. Y, de repente, se encontrarán medio de la Orquesta Filarmónica de Londres. Puede que tocarán la misma pieza musical, pero las notas se oían más claras y nítidas y muchos más matices. Su amor por Terry había tenido el mismo efecto en su vida. Había traído una intensidad, un color y una textura que no existían antes.

Y cuando se marchará, se llevaría todo con él, arrojándola de nuevo al mundo frío y gris de antes. Y no había nada que pudiera hacer al respecto. No podía hacer que aterrice enamorará de ella, por más que lo quisiera. Y si por obra de algún milagro se enamoraba, sabía que no duraría. No tenía lo necesario para inspirar una devoción duradera en nadie. Además, estaba el asunto de los hijos. Su eterno temor resurgía de nuevo. Aunque la suya no era la única familia propensa a personalidades adictivas, pensó al recordar lo que le había contado Terry sobre sus padres. Y el abuelo de Susana había sido alcohólico y su padre, un ludópata, y si lo había entendido bien lo que habían dicho en la cena benéfica, su madre era una compradora compulsiva. Aún así, Candy no había visto ningún indicio de que Terry o Susana tuvieran intención de permitir que el comportamiento adictivo de sus familiares influyera en sus planes de futuro. ¿Por qué? ¿Por qué eran más valientes que ella o más imprudentes?

Dejó una propina de forma automática en el plato de la encargada de los baños y siguió a Susana afuera. Cuando volvió a la mesa de Terry, lo encontró sonriendo ligeramente a Elisa. Mientras está sorbía su bebida. ¿Qué había pasado durante su ausencia?, se preguntaba Candy intranquila. ¿Le habría pedido salir Terry a Elisa? Desde luego, es lo que buscaba la mujer. Candy sintió como la ira se apoderaba de pecho. No le importaba el caos emocional por el que su ex marido había hecho pasar a Elisa. No tenía derecho a meterse en la vida de Terry.

-Ah, aquí estás -Terry se puso en pie cuando se acercaron-. Ya va siendo hora de que nos vayamos, Candy. Hemos quedado con Leaverson en la casa dentro de quince minutos.

Candy pestañeó. Era la primera vez que oía algo sobre la cita. Le echó un fugaz vistazo, preguntándose si se lo acababa de inventar para escapar de Elisa. La posibilidad de que así fuera le levantó el ánimo.

-Estoy lista -dijo Candy con una amplia sonrisa.

-¿Podéis llevarme con vosotros? Sólo voy a un cuarto de milla más al norte -dijo Elisa con una sonrisa, recordando a Candy a un cocodrilo tratando de parecer inofensivo-. Y a estas horas es imposible pillar un taxi.

-Estaremos encantados de llevarte -dijo Terry educadamente.

-Muchas gracias -Elisa se tomó el resto de su martini de un trago.

-Susana -Terry se volvió hacia ella-, ¿Podemos llevarte a ti también?

-No, gracias -dijo Susana-. Llevo queriendo probar el pastel de crema durante toda la tarde, pero me alegro de haberos visto. Voy a dar una fiesta para celebrar el cumpleaños de Derrick el sábado por la noche, y espero que tú y Candy vengáis.

"No aceptes. Inventa cualquier excusa". Por desgracia, su telepatía mental no funcionaba.

-Allí estaremos, ¿verdad, Candy? -dijo Terry.

-Tenemos muchas ganas -dijo Candy intentando sonar sincera.

Candy se despidió educadamente de Susana con un gesto, y acompañó a Terry y a la charlatana de Elisa en silencio a través del vestíbulo hacia la salida del hotel. El portero les abrió la puerta, y cruzó la acera rápidamente para abrirles la puerta del Mercedes.

-Hola Fred -dijo Candy al deslizarse hasta el fondo del coche.

-Buenas tardes, señorita White -le respondió Fred distraídamente. En esa ocasión, enfocó su mirada en Elisa al entrar elegantemente para sentarse junto a Candy.

-Elisa, éste es Fred, mi chófer. Fred, Elisa.

-Señorita -dijo Fred educadamente.

-Le agradezco mucho que me lleve en coche -dijo saludándolo con un gesto de la cabeza.

Candy vio sorprendida una expresión divertida en los ojos de Fred. Había calado a Elisa enseguida, ¿Por qué no podía hacerlo Terry? Probablemente porque Elisa había descartado a Fred como se descarta el periódico del día anterior, pero se le caía la baba con Terry.

Candy se acurrucó junto a la puerta, tratando de alejarse lo más posible de Elisa y de su insoportable perfume, empezó a rezar para que no se vieran atrapados en un atasco. Quería a Elisa fuera del coche lo antes posible.

-¿Cómo van tus planes para la renovación de la casa, Terry? -preguntó Elisa.

-Ahí van -contestó Terry educadamente.

-Le mencioné tu casa a la anciana señora Adams. Ya sabes, de los Adams de Newport. Y no vas a adivinar lo que me dijo – Elisa le puso la mano sobre la pierna, y lo miró seductoramente.

Terry sintió la presión de sus dedos a través de la fina lana de los pantalones del traje, pero eso fue todo lo que sintió. Aparte de molestia por la libertad que se había tomado. Por lo demás, lo dejaba indiferente. Ni siquiera sentía curiosidad por como seria besarla. En cambio Candy…

Terry echó una ojeada a Candy, y la vio mirando por la ventana, como distanciándose mentalmente de él. Una ráfaga de ira lo atravesó. No tenía derecho a dejarlo fuera.

-Dice que creció en esa casa -dijo Elisa deslizando su mano muslo arriba.

Desde luego, Elisa podría beneficiarse de una de las clases de Candy, pensó Terry. Entre la impresionante lista de normas de protocolo que Candy le mencionaba constantemente, debía de haber alguna contra el manoseo de un compañero de viaje. Terry tomó la mano de Elisa y la soltó en su regazo. Elisa le dedico una sonrisa de complicidad que lo exasperó, y dijo:

-Puedes decirle a Frank que me deje en la próxima esquina.

-Fred, ¿puedes parar en la próxima esquina? -dijo Terry, tratando cuidadosamente de mantener un tono de voz neutro.

-Con mucho gusto -dijo Fred, y Candy reprimió una sonrisa. Ya eran dos los que no podían esperar un minuto mas para deshacerse de Elisa.

Una vez se hubo marchado, Candy preguntó:

-¿De verdad tenemos una cita con Leaverson?

-¿Crees que mentiría? -dijo Terry con sorpresa.

-Sí -respondió Candy después de pensarlo un momento.

-Tienes razón -dijo con una risa ahogada-, pero en este caso no. Tenemos una cita de verdad.

-Interesante -dijo Candy lentamente.

-¿El qué? ¿Qué miento?

-No, que la señora Adams creciera en tu casa. Debe de rondar los noventa, lo cual quiere decir que sus padres probablemente vivían ahí a principios del siglo pasado.

Una expresión soñadora se dibujó en su rostro, y Terry sintió el repentino impulso de besarla.

-Seguramente organizaban bailes de salón y elegantes cenas. Me imagino a la señora Adams como debutante, arrastrando su vestido en su descenso por esa magnifica escalinata. Hay algo romántico en los vestidos largos y las escalinatas… -la voz de Candy se disipó al recordar a Escarlata O'Hara en la escalinata de Tara.

-No para mí. Para mí el romanticismo es algo mucho más físico. Algo como… -Terry cedió a su abrumador impulso de tocarla. La trajo hacia sí con un deseo que no se esforzó en ocultar.

Cuando su cuerpo se pegó al suyo, esa esencia floral que siempre llevaba lo embargó. Su pulso se aceleró violentamente, y su corazón empezó a palpitar contra su caja torácica. De repente, le costaba respirar, pero no le importaba. No le importaba nada más que acercarse a Candy lo más humanamente posible. Sus brazos la apretaron instintivamente como su quisiera fundir su delgado cuerpo con el suyo. Sus largas manos se hicieron camino entre los rizos revueltos para asir su cabeza y cubrir sus labios con los suyos. Al deslizar la punta de la lengua por sus labios cerrados, un sentimiento de excitación lo invadió. Sintió como se abrían sus labios, y se sumergió para explorar los suaves huecos de su boca. Su embriagador sabor inundó su mente, haciendo que se estremeciera. Quería más. Mucho más. Deseaba deslizar sus manos por debajo de la ropa y acariciar su piel sedosa. Deseaba…

-Uhmm -el sonido de Fred aclarándose la garganta hizo que Terry, a regañadientes, liberara a Candy, deleitándose con su aturdida y sonrojada expresión. No sabía exactamente qué sentía ella, pero fuera lo que fuera, era bastante fuerte. Quizás casi tanto como lo que sentía él cada vez que la tomaba en sus brazos.

-¿Por qué has hecho eso? -murmuró Candy, y deseó no haberlo preguntando nada más decirlo. Sonaba inocente. Ni que un hombre tuviera que tener una razón para besar a una mujer.

-Por que despiertas unas ganas de besarte irrefrenables -Terry le dio un pequeño beso en la punta de la nariz, y abrió la puerta del coche.

Candy pensó en sus palabras mientras lo seguía hacia donde estaba Leaverson, que estaba golpeando los marcos de las ventanas del sótano con algún tipo de herramienta plateada. ¿Qué clase de cumplido era ese exactamente? Algo como "sexy" habría sido mejor. E "irresistiblemente sexy", mejor aún. Y ese beso que le había dado en la nariz era… Trató de analizarlo. Le había parecido casi tierno, pero ¿eso era algo bueno? Reprimió un suspiro. Simplemente no lo sabía. Terry no era un hombre fácil de entender.

-Buenas tardes -el señor Leaverson les dedicó una cálida sonrisa-. Tengo buenas noticias -dijo mientras Terry abría la puerta principal-. He encontrado a un artesano en Florencia que podría restaurar completamente la escalinata, además del artesonado del techo del salón y las estanterías de la biblioteca.

-Eso es estupendo -Candy hizo el decidido esfuerzo de igualar su entusiasmo-. Algo tan maravilloso como esa escalinata merece estar restaurada de nuevo -se paró justo al entrar por la puerta, y se quedó mirando la escalinata con la mirada perdida en la distancia.

-¿Qué ves? -preguntó Terry-. ¿A la vieja señora Adams arrastrando su vestido?

-No -dijo Candy-. A tu hija engalanada con el traje de boda, bajando para encontrarse contigo al final de la escalera para ir a la iglesia -un temblor recorrió su cuerpo al girarse hacia Terry y ver, por un espeluznante momento, la imagen de cómo sería dentro de treinta años. Las líneas de su rostro eran algo más profundas, y tenia mechones de pelo gris en su oscura cabellera, y sus ojos brillaban de amor y orgullo al mirar a su hija.

Terry se volvió y miró hacia la escalinata y, por una fracción de segundo, vio a una joven y esbelta mujer con un vestido blanco. A través del velo transparente veía una cascada de rizos pelirrojos. El brillo de su sonrisa al mirarlo, le llego al corazón. Su hija se parecía a Candy, descubrió sorprendido. Y se parecía a Candy, por qué quería que Candy fuera su madre. Porque la amaba. Amaba a Candy White. ¿Y ahora qué?, se preguntó, inusualmente desconcertado por el inesperado descubrimiento. No lo sabía, pero lo que sí sabía era que no era el momento de preocuparse. Más tarde cuando llevara a Candy a casa, volvería a su oficina y trataría de pensar en que hacer. Nunca había tenido ningún problema en idear planeas viables para hacer frente a complicaciones inesperadas. Aunque tenía la sensación de que enamorarse de Candy había sido la mayor complicación que había tenido en su vida hasta el momento. Se volvió hacia el arquitecto, que le estaba hablando, haciendo un esfuerzo desesperado por concentrarse en algo que no fuera su descubrimiento.

Continuará…

Lamento la ausencia chicas, he estado muy mal de salud. Pero tratare de continuar pronto la historia. Un beso. Disfruten del capítulo.