Mi "proyecto especial" me ha salido... regular.
Si son uno de ustedes, mis lectores imaginarios, los orgullosos autores de un proyecto al que le hayan dedicado bastante tiempo es probable que no les haya pasado lo que a mí... porque para recibir aunque sea malos reviews es necesario que ¡al menos los lea alguien!
Pero cuando uno se embarca en estos "mega-proyectos" con la brillante ilusión en el horizonte y con menos horas (o quizá días) de sueño, es comprensible que se esté visiblemente desmotivado al tener resultados poco deseados.
Que la cantidad de lecturas por día de estreno entre obras difiera de 470 (en este compendio de historias en específico) a 12 no es lo que uno se imagina por "es que apenas vas empezando bro".
No, la cosa no pinta bien... pero intentaré ser positivo, quizá y lo estaré exagerando ¿acaso no ha habido otros cuyos trabajos son igualmente ignorados...? pues sé que no, porque el único que lee lo mío es alguien (diosito me lo cuide siempre) que lee absolutamente todo lo que se escribe en el fandom y que se esfuerza siempre por dar una opinión positiva, sea algo malo y "haskerozo" o algo escrito por alguien que realmente sabe lo que hace.
Pero aunque publico esto por puro xdxdxdxdxdxd les traigo una actualización más a este recopilatorio de historias pedorras... han sido casi dos años de historias pedorras y es posible que aún me queden neuronas que asesinar.
Además ya todos sabemos que esta historia que supuestamente iba a ser publicada la última semana de diciembre está viendo la luz un poco tarde, pero es algo así como un homenaje a mí mismo ¿Qué sería de un compendio como este sin un poco de retraso...? no hablo sólo del mío.
(02.07) Navidad
Reaccionando inconscientemente al ruido constante de su celular, el niño estiró una de sus manos fuera de su edredón de "Star Tree" y apagó la alarma. Arrullado por el silencio renovado en su habitación y por el calor reconfortante de sus cobijas, él pequeño latino ya estaba por volverse a dormir cuando del aparato sonó una segunda alarma, e instantes después de apagar esa sonó otra más.
Harto por la insistencia de aquel aparato infernal en despertarlo, y recordando a último momento el por qué había puesto querido despertarse temprano, no le quedó más remedio a Robert "Bobby" Loud que frotarse los ojos antes de tomar del buró al lado de la cama su celular y desactivar de una vez por todas las alarmas que aún quedaban por sonar, diez en total. Lo último que quería era que su madre, después de haber trabajado hasta tarde en el café, se despertara por accidente, seguramente de malas, y lo descubriera con las manos en la masa.
Sin perder más tiempo terminó por sentarse en la cama, el colchón rechinó ruidosamente bajo el peso cambiante del cuerpo del no tan pequeño "pequeño", y apoyando los pies descalzos en el suelo helado Bobby se abalanzó tan rápido como sus gordas piernas le permitían hacia su armario, cuidando no hacer ruido apartó de en medio las sudaderas colgadas en ganchos y algunas de sus playeras dobladas hasta que logró ver entre toda su ropa una vieja caja de zapatos, algo curioso porque el sólo usaba tenis.
Echando una última mirada sobre sus hombros para asegurarse que nadie lo estuviera espiando, Robert abrió la caja. De todos los cachivaches que tenía ahí guardados, sus tesoros y secretos, sólo sacó un pequeño envoltorio de tela morada; un par de aretes plateados para los que había ahorrado durante medio año, y colocándolos con sumo cuidado en uno de los bolsillos de sus pantalones, abandonó su habitación.
Afuera, en el oscuro y helado pasillo que comunicaba su habitación y la de su madre con el baño y con el comedor, la casa entera estaba sumergida en un silencio absoluto y en la penumbra casi absoluta de la madrugada. La noche anterior había preparado quince alarmas diferentes para asegurarse de despertarse exactamente a las cinco de la madrugada; una hora perfecta en la que estaba seguro su madre ya estaría dormida en su habitación y sus regalos acomodados debajo del árbol de navidad, sólo tendría que acomodar el suyo en un lugar dónde ella lo viera y volver a la cama para continuar durmiendo hasta que saliera el sol y poder abrir juntos los obsequios…
—Aunque una rápida visita a la cocina antes de volver a echarme una pestañita tampoco vendría mal…
Haciendo un rápido cálculo mental, Robert dedujo que lo mejor sería hacer primero su "rápida" visita al refrigerador, el árbol de navidad podría esperar un poco más.
Con una sonrisa creciendo en su rostro al pensar en las delicias que encontraría en la nevera Robert caminó por el pasillo con todo el sigilo del que era capaz, el cual no era mucho ya que las tablas del piso crujían con cada paso que daba, y al llegar finalmente al comedor la sonrisa desapareció; debajo del árbol de navidad no había ningún regalo.
Con el corazón comenzando a acelerársele en el pecho Bobby se dio media vuelta y corrió hacia el cuarto de su madre, sin detenerse a pensar abrió la puerta de golpe y se encontró con una habitación obscura, con la cama tendida y vacía; su madre no había vuelto anoche del trabajo en la cafetería.
Entonces, conforme su corazón se aceleraba aún más, una extraña sensación se fue posando en su pecho y garganta dificultándole respirar y obligándolo cada tanto a suspirar. Cabizbajo entró a la cocina y tomando del refrigerador la nota que le dejó Ronalda, «vuelvo enseguida, no me tardo. Hay comida en el refri, te amo R.A.», se sentó en la pequeña mesita dónde desayunaban.
Ahí, frente a él, la vista comenzando a nublarse del niño se tropezó con su "cena" de la noche anterior; un tazón medio comido y medio quemado de pollo con mole. Odiaba el mole. ¡Odiaba el pollo! Odiaba comer solo…
Unas pocas lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
¿Dónde estaba su madre?
¿Estaba bien?
¿Y si no había vuelto a casa porque no quería pasar la navidad con él…?
Justamente entonces el lejano sonido de su celular lo salvó de aquellos horribles pensamientos que lo acosaban siempre que estaba solo, y con una velocidad imposible para alguien con su complexión Robert se levantó de la mesa y corrió hacía su habitación, tirando en medio del pasillo por accidente el regalo que planeaba darle a su madre.
Sin notar siquiera que había tirado algo tan valioso Robert abrió la puerta de su cuarto, se abalanzó hacía su buró y tomando el celular entre sus manos desbloqueó la pantalla. Un pequeño número uno envuelto en un círculo rojo iluminaba el símbolo de Telegrafia y al abrir la aplicación descubrió que no era un mensaje de su madre, sino de su prima Loan.
«Feliz navidad, chico. Espero que te lo hayas pasado mejor que nosotros acá»
Solo entonces, a pesar de todo lo que le estaba pasando, Robert no pudo evitar sonreír.
—Al menos tú nunca me dejas sólo... —a pesar de que sus ojos empezaban a volver a llenarse de lágrimas, su sonrisa no se empequeñeció.
Ya estaba por contestar con algún comentario gracioso cuando un segundo mensaje llegó al chat, una foto.
Era una suerte de foto grupal de su prima favorita y la familia de ella a la que casi no le hablaba. Loan estaba en medio de la toma, sentada en un sillón grande entre una chica delgada y castaña y una rubia algo gordita; los rostros de las tres era una mezcla de incomodidad y cansancio. Atrás de las tres y bastante más compuestas que las muchachas pero no completamente felices, las tías Lori y Leni estaban abrazadas. Hasta delante de todas estaban sentados en el suelo un par de niños apenas mayores que él; un niño castaño haciéndole cuernitos con ambas manos a la cámara y a su lado una hermosa niña rubia intentando imitar el aire rebelde y los gestos con las manos del otro. Todas ellas, y el niño castaño por supuesto, estaba usando horribles suéteres navideños; de las siete personas en la foto sólo los niños sonreían realmente felices.
En la foto, Loan realmente lucía miserable y cuando Bobby empezaba apenas a escribir su respuesta, una burla amistosa, algo en el fondo de la foto, o alguien, provocó que los ojos del niño se abrieran de golpe. Su sonrisa también desapareció.
Un hombre peliblanco estaba en el fondo, recargado en una pared y con los brazos cruzados hasta atrás de todos…
Para el niño con el corazón dolido todo se hizo completamente claro; él había preferido ir a celebrar la navidad con sus hermanas y sobrinas antes que con su propio hijo… y Loan no le había dicho nunca que él la visitaría…
Las manos le empezaron a temblar y el aliento se volvió escaso en su pecho. Sin pensar en nada Bobby dejó caer su celular y la laminilla trasparente se resbaló de entre sus dedos cayendo sobre el piso alfombrado.
—Yo… yo no le importo ¿verdad? —inhalando y exhalando cantidades enormes de aire, Bobby comenzó a temblar al tiempo que gruesas lágrimas se escurrían por sus mejillas.
Sin poder, y sin querer evitarlo, el pequeño se encerró en su closet y lloró libremente.
-o-
— ¡Es que no entiendo cómo se te ocurrió dejar al pequeño solo justamente hoy! ¡¿Qué me vas a decir esta vez?! —La voz iracunda de Sid perforó como un cuchillo la tranquilidad de la mañana del día de navidad—. ¡Seguramente saldrás con la estupidez de siempre de "es que necesitamos el dinero we, por eso prefiero mi trabajo que pasar tiempo con mi hijo we"! ¡¿Cuándo entenderás que momentos como este no se repetirán jamás?!
Cualquiera se sorprendería que una mujer tan pequeña y de rostro tan tranquilo como Sid pudiera sonar tan intimidante estando enojada, pero Ronalda ya estaba acostumbrada a ello así que sin prestarle mucha atención a las quejas y reclamos de su mejor amiga hizo, casi literalmente malabares para abrir la puerta de su hogar y entró.
El pequeño departamento de una planta estaba tan igual tranquilo como se lo había imaginado. Todo estaba saliendo de acuerdo al plan.
— ¿Ves, te dije o no te dije que todo estaría en silencio? Bobby nunca se levanta temprano y mucho menos cuando tiene vacaciones, ahora lo único que tenemos que hacer es dejar los regalos debajo del… —un pequeño paquete a mitad de la sala llamó su atención, por la forma tan cuidadosa en la que estaba envuelto en tela morada supo al instante que aquello no era algo que se dejase abandonado como si nada.
Entonces, y al ver desde la entrada la puerta a su habitación abierta, todos los instintos maternales de la mujer latina se pusieron en alerta máxima.
— ¡¿Debajo del qué?! —continuó Sid con su rabieta, completamente ajena a la forma en la que los bellos de la nuca de su mejor amiga se empezaban a erizar—. ¡¿Ves?! ¡Ni siquiera puedes terminar una frase por el…! ¿Cansancio…?
Pero para la sorpresa de la asiática, Ronalda aventó al pequeño sillón del hogar todos los regalos y paquetes llenos con comida para llevar de su cafetería con los que cargaba y se abalanzó hacia los dormitorios, sólo entonces fue que logró escuchar el llanto incontenido de su ahijado.
