La primera vez que James Potter había visto a Regulus Black el chico apenas tenía once años. Era bajito, tal vez demasiado incluso para su edad, y solía esconderse detrás de la espalda de su hermano mayor, quien feliz hablaba en el tren sobre cómo iba a gustarle Hogwarts y las cosas que harían juntos, los pasajes secretos que descubrirían y qué profesores serían sus aliados. Recuerda a su mejor amigo, Sirius Black, contra la ventana de la cabina mientras iba desenvolviendo ranas de chocolate y le pasaba las más apetitosas a su hermano.
James imitó el gesto, dándole su parte de golosinas también, y Regulus Black le había sonreído, tímido, pero había sido un gesto inocente y sin malicia. El chico de gafas en ese momento había pensado en lo frágil que se veía y cómo iba a ser su deber protegerlo, junto con Sirius. Se imaginaba a sí mismo como otra clase de hermano protector, velando por el menor de los Black mientras vivían aventuras juntos.
Cuando bajaron del tren James sintió un tirón en su manga, girando los ojos hacia el azabache de ojos grises. En ese momento sintió algo extraño, un cariño inexplicable que relacionó con el hecho de que era un familiar de Sirius, y por ende también de él. Regulus le susurró unas palabras cálidas de agradecimiento y el niño de gafas hizo lo propio: le revolvió el cabello y le dijo que no se preocupara, que desde entonces contaba con él.
Pero entonces Regulus Arcturus Black fue sorteado en Slytherin.
El castaño recordaba a la perfección a la gente reunida en el Gran Comedor, esperando ansiosa los resultados de las casas. Él se había servido un poco de jugo de calabaza y pan dulce acompañado de manjar, pero no había preparado la comida solo para él. Entre medio de James y Sirius había un asiento vacío, esperando a ser ocupado por su hermano menor, quien le había expresado sus deseos de quedar en Gryffindor para hacerle compañía, a pesar de que su madre quería lo contrario.
—¡No te preocupes! —Le había dicho en ese entonces a su mejor amigo—. No tiene pinta de Slytherin, es un niño realmente dulce y amable. A lo más quedará en Hufflepuff, no será tan malo.
—No sé, James. —Respondió su amigo, nervioso. Movía su pierna izquierda con ansiedad—. Tú no has visto las cosas que yo he visto. Él es capaz de mimetizarse, ya sabes, adopta personalidades distintas cuando está conmigo y cuando está con mis padres. Eso me irrita.
Remus Lupin, el merodeador más inteligente y racional del grupo, le había pegado un pequeño codazo a Sirius, mirándolo con ojos brillantes y una pequeña sonrisa tranquilizadora. Le susurró algo al azabache que James no alcanzó a estudiar, pero vio como el temblor de su mejor amigo se calmaba un poco. Lupin tenía ese efecto en él, podía dominar el fuego abrasador que era Sirius Black y guiarlo en la oscuridad como una luna brillante.
James envidiaba un poco su relación. Pero solo un poco. Al final del día, todos aquellos niños eran amigos y compartían secretos y travesuras juntos. Tal vez demasiadas para la paciencia de los profesores.
Nunca olvidaría el rostro de su mejor amigo cuando su hermano menor fue elegido en Slytherin. Se sentía traicionado, abandonado, pero lo peor era el amago de certeza que había en su mirada, como si quisiera confirmar algo que en el fondo sabía pero temía descubrir.
James miró a Regulus, al pequeño Reggie.
Él no le devolvió la mirada.
Desde entonces su relación se fue distanciando hasta un punto de quiebre, empeorando cuando Sirius Black decidió huir de su familia por la relación que tenía con las artes oscuras y lo mucho que le exigían adaptarse a ellas. Un día simplemente había llegado Sirius a su hogar, sangrando, y le había preguntado si podía quedarse un tiempo. James se había quedado en shock por la herida y no había sabido responder, simplemente abrió completamente la puerta y lo ayudó a entrar, pidiéndole ayuda a gritos a su madre. Había sido un día preocupante y agotador, y el Black jamás había querido confesar completamente la historia sobre por qué había llegado en ese estado.
"Cruciatus", había dicho la señora Potter, pero en ese entonces James era muy joven para entender qué significaba. Desde entonces el chico de gafas y el más problemático de los Black se habían vuelto inseparables, creciendo juntos como hermanos y más que eso: como compañeros de vida.
James no había querido sacar el tema en ese entonces, pero simplemente tenía que preguntar por Regulus. Si su mejor amigo había acabado en una situación tan horrible, ¿cómo estaría aquel pequeño niño que era tan pálido como la leche, que murmuraba y bajaba los ojos cuando hablaba con él? James sintió una punzada en el corazón cuando Sirius le explicó que ya no lo consideraba un hermano y que no volvería a hablarle en la vida, contándole que probablemente "estaría teniendo toda la atención que siempre quiso" en el hogar.
En ese momento el castaño le replicó, bastante molesto. ¿Cómo podía hablar así de su hermano? El corazón honorable y leal de James no le dejaba aceptar la crueldad de los Black para cortar lazos y traicionarse entre sí.
Pero Sirius no cedió. Sus ojos llameaban dolor e ira, y no era fácil calmar la determinación del mago una vez encendida, así que, aunque tuvieran una gran pelea con James, lo único que sucedió es que el azabache acabó llorando y explotando, llamando la atención de la mamá de James, quien los retó y les dijo que tenían que descansar, que ella se encargaría del asunto familiar.
—Comprende que Sirius está pasando por un mal momento, hijo. —Le había dicho su madre después, en la noche—. No lo presiones. Sé que te preocupa su hermano, pero tú lo conoces mejor que nadie: sabes que no hablará ahora. Pero lo hará en algún momento, y cuando lo haga, sé un apoyo.
James había grabado aquellas palabras en su cabeza y había decidido hacerse fuerte por su amigo y protegerlo. Jamás querría verlo así de nuevo, así que desde entonces lo único que lo llenaba era verlo feliz. Rápidamente los días apesadumbrados en la casa de los Potter se volvió un lugar lleno de cariño, luz y juegos, donde "los jovencitos inseparables" —como su padre los llamaba— tenían su guarida y preparaban los planes que harían una vez regresaran al Colegio de Magia paso a paso. Y lo más divertido de todo fue aprender a volar en una escoba en conjunto, aunque James ya tenía algo de práctica, y jugaban Quidditch hasta que sus piernas dolían y sus manos se irritaban. Su padre tenía que detenerlos y los llamaba a cenar, sino eran capaz de saltarse todas las comidas para seguir jugando.
Pero James jamás dejó de pensar en Regulus.
Recordaba su voz agradeciéndole en el tren, sus ojos decaídos mirando a través de la ventana y sus rizos chocando contra su frente. A veces, sin darse cuenta, apoyaba su mano bajo su mentón y pensaba en qué estaría haciendo en aquel lugar lúgubre y lleno de magia oscura como era el hogar de los Black. ¿Regulus jugaría al Quidditch? ¿Qué clase de libros leería? ¿Se sentiría solo? ¿Practicaría mucho con su varita?
James quería a la gente demasiado rápido y con excesiva pasión. Así que le angustiaba pensar en que el pequeño Black podría estar siendo abusado como lo habían hecho con Sirius.
Recuerda que varias veces intentó hablar con sus padres sobre el tema, y lo único que pudo conseguir fueron palabras tranquilizadoras sobre cómo era un tema de adultos y no tenía que involucrarse, que las autoridades verían lo más adecuado para el caso y que ellos no podían hacer más, pues al final los padres biológicos tenían la potestad legal sobre sus hijos.
Eso no lo tranquilizaba. James recordaba más noches de las que debería donde se quedaba dormido mirando su techo lleno de calcomanías de estrellas mientras pensaba en los Black. O, más bien, en el hermano de su mejor amigo.
James incluso le envió cartas a escondidas de sus padres y de Sirius, preguntándole cómo estaba y diciéndole demás cosas triviales que solo las mentes de los niños piensan, contándole cómo había anotado puntos seguidos jugando al Quidditch y que le encantaría jugar con él, que sus padres estaban de acuerdo y que los Potter siempre tendrían un espacio para él.
Pero Regulus jamás le había respondido, hasta cierto día. Su lechuza parda había llegado con un sobre enrollado en su pata izquierda, perfectamente anudado con una tela dorada con un símbolo elegante de una B. Olía bien, notó James, y lo abrió con cuidado para leerlo.
Una caligrafía perfecta lo saludaba con orgullo.
"Gracias, James.
R.A.B".
Regulus Black escribía realmente hermoso. Era simple, pero el corazón del castaño se aceleró y sintió el color inundando sus regordetas mejillas: era un logro. Hasta el momento el hermano de su mejor amigo había ignorado cualquier intento de comunicarse con alguien, sea quien sea, y simplemente le había respondido a él. Estaba tan emocionado que no se dio cuenta de que Sirius había ingresado al cuarto con un juego nuevo que mostrarle, y rápidamente escondió la carta detrás de su espalda.
El niño había escrito más cartas, claro que lo había hecho, pero Regulus jamás volvió a responder. Pero eso no desmotivó al gran James Potter, quien iba a hacer lo necesario por volver a obtener un poco de atención del menor.
Entonces todo empeoró.
Llegaron las clases otra vez y lo primero en lo que se encontró envuelto James Potter fue en una discusión de los hermanos Black. Se había separado tan solo un momento de Sirius, y cuando volvió a visualizarlo halló una figura delgada junto a él.
Regulus Black había crecido un poco, pero seguía siendo el niño delgado y con rostro angelical de siempre, con aquella mirada caída y postura estrictamente recta que llevaba alguien pulcro y refinado como él, contrario a la ropa desordenada y cabello revoltosamente largo de su hermano, Sirius Black, quien emanaba la esencia de salvaje por todos lados. El primer instinto de James fue saludarlo, pero rápidamente bajó la mano en cuanto escuchó la conversación.
—Tú desobedeciste a nuestros padres, no es mi problema lo que haya pasado después. —Escuchó la voz de Regulus, crispada en resentimiento—. ¡Me abandonaste! ¡Con ellos!
—Yo hice más por ti que cualquier persona de esa maldita casa, yo te cuidé más tu estúpido elfo y los estúpidos criados y nuestros estúpidos padres, yo te protegí. Y tú simplemente te hiciste a un lado. —Sirius habló tranquilamente, demasiado para ser algo bueno, y en su tono se sentía el veneno esparciéndose lentamente—. ¡No tengo nada más que decirte!
Regulus iba a replicar, pero sus ojos se enfocaron hacia James y se perdieron en él. El castaño vio como se abrieron en perplejidad, incluso cierta vergüenza, y rápidamente giró sobre sus talones y se fue bastante molesto. Le preguntó a Sirius qué sucedía, pero este no quiso responder y desapareció todo el día.
James se encontraba en una encrucijada. Por un lado sabía que Regulus le había hecho algo horrible a Sirius de lo que no hablaba, pero simplemente no podía creerlo o imaginarlo. El niño seguía manteniendo en su memoria el reflejo de Regulus contra el cristal, pensativo, con la mirada distante e insegura, pero jamás malvada.
Rápidamente aquel encuentro fue olvidado y los chicos siguieron realizando sus travesuras en la Torre de Gryffindor. Sirius contaba cómo se había salvado de un castigo utilizando sus "encantos" y Remus le interrumpía diciendo que esos "encantos" en realidad habían sido él abogando en nombre de su amigo, a lo que el azabache siempre correspondía con una sonrisa de superioridad. Remus, por su parte, rodaba los ojos y continuaba leyendo. El chico detestaba lo creído y orgulloso que era Sirius. Peter, en cambio, simplemente comía grageas de sabores mientras escuchaba atentamente los relatos de todos y de vez en cuando intervenía con un comentario que casi nadie escuchaba, pero no le importaba.
James jamás habría imaginado los increíbles lazos que formaría con esas personas, convirtiéndose en los merodeadores de Hogwarts.
Ya en sexto año, los chicos habían cambiado.
Peter Pettigrew había pasado de ser un chico regordete y de mejillas rosadas a un muchacho encorvado más delgado que era un fumador compulsivo, gracias a la influencia de cierto mago de ojos azules que se apellidaba Black. Su cabello amarillento estaba más corto, al estilo militar, y más allá de eso no había crecido demasiado. Peter jamás había sido una persona atractiva, más allá de cierto carisma que a veces generaban sus comentarios sarcásticos, pero jamás había ligado demasiado. Era un poco tímido en ese aspecto, o distante.
Remus Lupin había evolucionado bastante. Aquel ratón de biblioteca que James había conocido de ojos grandes y almendrados se había convertido en un sujeto apuesto y de mirada amable. Le había crecido el cabello castaño con ciertas ondas, y había crecido bastante, pero siempre manteniendo su aspecto excesivamente delgado y alargado. Aún así, seguía manteniendo ese perfil bajo y sin querer llamar la atención que prefería, siendo la persona más tranquila y racional del grupo, aunque de vez en cuando era contagiado por la maldad de Potter y Black. Los profesores solían criticar sus amistades luego de felicitarlo por sus notas.
Oh, y un pequeño, pequeñísimo detalle del cual se había enterado la manada era que Remus Lupin era un hombre lobo. Algo insignificante, sin importancia. Bueno, en realidad había sido una sorpresa tremenda para la pandilla y James temía que su relación cambiara por ello, pero, al contrario, se había fortalecido más. Sirius fue el más empeñado en hacer sentir cómodo a Remus y no agobiarlo con su pasado, decidiendo que harían algo para ayudarlo con su "pequeño problema peludo": así fue como, en quinto año, se lograron convertir en animagos ilegalmente. Esto consistía en que cada uno podía tomar una forma animal respectivamente, porque era los que representaban su alma. Al parecer, a Remus le ayudaba salir en las lunas llenas junto con una pandilla de animales a correr por los bosques y sentir la brisa en el rostro.
Sirius Black se había vuelto condenadamente atractivo. Era, literalmente, la persona que más salía con chicas de su grupo y nunca le faltaba compañía. Se había dejado crecer el cabello oscuro hasta un poco más arriba de los hombros, ondeado, y su rostro se había vuelto afilado y apolíneo. Además, se había hecho un tatuaje muggle en uno de sus brazos, el de un lobo, sobresaliendo ligeramente por el cuello de su camisa.
James Potter, por su parte, se había convertido en el Capitán del Equipo de Quidditch y en la persona más popular de Hogwarts, destacando por su gran carisma y personalidad a la hora de tener que celebrar cosas divertidas y fastidiar un poco a los maestros. Había crecido bastante, sobrepasando por un poco de altura a Sirius, y su espalda era ancha y de contextura musculosa por el deporte que practicaba, pero seguía usando esas gafas redondas con las que tanto su mejor amigo lo molestaba.
Actualmente, los recuerdos de su juventud eran tan solo eso: recuerdos lejanos, un pasado gracioso lleno de risas y aventuras que recordarían para siempre los cuatro.
Pero James jamás dejó de pensar en Regulus.
Nunca volvieron a hablar ni a mirarse, y el mayor escuchó rumores horribles provenientes de la gente sobre los dichos y actitudes del menor de los Black frente a las artes oscuras y el trato a los muggles. Incluso lo vio con sus propios, y pelearon, y ahora mismo son dos personas que no pueden verse a la cara sin gritarse la una a la otra y soltar hechizos. Su relación se había convertido en una rivalidad y desagrado mutuo, aumentada por el contexto de polarización y presunta guerra mágica para la que se estaba preparando el mundo.
Su único alivio fue su gran enamoramiento por su compañera de casa, Lily Evans, quien en realidad no le prestaba atención y tan solo se molestaba por sus bromas. A James Potter le gustaba eso, se reía y disfrutaba de hacerla enojar y llamar la atención. Todo el mundo simplemente esperaba que un día la pareja confesara su unión finalmente.
Pero aún así, James no dejó de pensar en él. En las noches, cuando se iba a dormir y recordaba las estrellas del techo de su cuarto, sus pensamientos se desviaban a una única persona.
Regulus Black.
