12. Lo que nos hace personas
Desde que Izuku tuvo su primer encuentro con Eri, fue evidente la conexión que ambos tendrían. La natural amabilidad de Izuku y la ternura de la niña los hacían simplemente inseparables; eso, claro, por no mencionar el hecho de que Eri veía a Mirio y a Izuku como sus héroes.
Así, no resultaba extraño para nadie que cuando Aizawa se encontraba ocupado, dejase a Eri en compañía de Mirio, Tamaki, Nejire o Izuku. En muchas ocasiones, eran dos personas las que se quedaban con la pequeña niña; Aizawa prefería que fuese de esa forma para cualquier inconveniente. Mas ese día, Nejire y Tamaki estaban ocupados con los trámites de su graduación y Mirio tenía una consulta en el médico; por lo que Izuku esperaba a que Todoroki o Uraraka terminasen sus deberes en los dormitorios mientras ayudaba a Eri a escribir su carta para Santa Claus.
Su cuerno estaba un poco más largo de lo que estuvo en el festival escolar, signo de que algo la estaba preocupando o estresando. Eri insistía en terminar su carta antes de que Aizawa regresara, pues él le había dicho que debía entregarla una semana previo a Navidad para que Santa Claus la recibiese sin problemas. De este modo, Izuku permanecía a su lado, mirándola escribir en una libreta para recibir la aprobación de su cuidador antes de pasar esa frase a la carta.
—¿Está bien si le pido dos cosas a Santa? —cuestionó Eri a Izuku. Sonaba apenada, quizá temía parecer avariciosa. Izuku le sonrió.
—Por supuesto que sí, has sido una niña buena, Eri-chan —respondió Izuku, mas la niña desvió la mirada y dejó el lápiz en la mesa—. ¿Estás bien, Eri-chan? ¿Dije algo malo?
La niña negó con la cabeza y apretó sus manos para reprimir el llanto.
—No es cierto… yo… no he sido buena —musitó todavía sin atreverse a mirar a su cuidador.
—Por supuesto que lo has sido, ¿alguien te dijo lo contrario? Eres una niña muy buena que obedece y aprende muy rápido…
—¡No es cierto! —chilló ella mirándolo de reojo. Las lágrimas cayeron de su rostro—. Si yo fuera buena, ya le habría devuelto su quirk a Mirio-san —gimió—. Todos-todos esperan que haga eso y yo-yo… ¡No puedo…!
Izuku la interrumpió con un abrazo. Pasó sus manos sobre el cabello de la niña y comenzó a tararear una canción infantil para relajarla. Ella se abrazó a las ropas del estudiante y siguió llorando y gimiendo. Izuku podía sentir su dolor, podía sentir la desesperación de esa pequeña inocente; pero no sabía cómo aliviar esas penas. A su mente, no obstante, venían las palabras de Chisaki sobre usar a Eri como parte de su plan… Ahora, de alguna forma, sentía alguna clase de similitud…
—No tienes por qué devolverle nada a nadie, Eri-chan —susurró Izuku, sorprendiendo a la niña, quien se incorporó y miró a los ojos del héroe—. Nadie tiene por qué pedirte que hagas algo que te estresa hasta este punto; tú eres una niña, Eri-chan, lo único que tienes que hacer a esta edad es divertirte y aprender lo que tú quieras aprender. No necesitas una carga más, ni siquiera una que te imponga un héroe —le explicó, acomodando su cabello. La niña, todavía hipando, trataba de absorber esas palabras.
—Pe-pero Aizawa-san dijo que si entrenaba duro, podría ayudar a Mirio-san a recuperarse. Y yo-yo lo he intentado, pero…
—Tu vida ya es lo suficientemente valiosa ahora, no tienes por qué hacer nada más. No vales por lo que haces para los héroes, sino por lo que haces para ti, Eri-chan. Tienes que ser libre, ¿está bien? No hagas nada de lo que los héroes te digamos a menos que tú quieras hacerlo, no importa qué sea.
Eri lo miró con cierta extrañeza. Ya no lloraba, pero algo en su rostro todavía parecía afligido.
—¿Y si les fallo? ¿Qué pasa si nunca consigo ayudar a Mirio-san?
—Solo importa que te falles a ti misma, no a los demás. —Se mordió el labio y sacudió su cabeza para hacer a un lado la imagen de una Eri tan perturbada como alguien a quien conoció en un callejón una tarde de lluvia— No permitiré, jamás, que ningún héroe o villano trate de moldearte a su conveniencia, Eri. Te ayudaré a ser exactamente lo que tú quieras ser. Lo prometo — dijo mostrándole el meñique de su mano izquierda. Eri le sonrió apenas un poco, todavía confundida por aquellas palabras, antes de entrelazar su meñique con el del estudiante.
Izuku sonrió de nuevo. Eri no era ninguna herramienta para nadie, y él se encargaría de que dejaran de verla de ese modo.
—Perfecto. Entonces, ¿cuál es tu segundo deseo para la carta, Eri-chan? —cuestionó y los ojos de la niña volvieron a iluminarse.
—¿Santa de verdad querrá traerme una segunda cosa?
—Sí, claro. Santa quiere que seas feliz.
—¡Una manzana acaramelada! —exclamó la niña alzando los brazos— ¡Una manzana acaramelada grande!
Izuku se permitió reír. El primer deseo de Eri había sido un pijama verde que no tuviese estampados tan grandes como los que le gustaban a Aizawa; el segundo deseo era comer lo que Izuku le preparaba básicamente cada semana. En definitiva, era adorable. Y, de alguna forma un tanto irónica, el estudiante agradecía que no se tratara de una niña obsesionada con la idea de ser una heroína; en su estado y situación, ese anhelo sólo le traería más problemas.
Por supuesto, Izuku ignoraba que su polémica conversación no fue del todo privada. Minutos atrás, Todoroki le había pedido a Bakugou que acompañase a Midoriya y se disculpara de su parte; y aunque Katsuki se negó en un inicio, luego se dijo que no tenía nada más interesante que hacer en ese momento. Mas cuando llegó a la sala recreativa donde Eri jugaba y tenía sus lecciones escolares, se encontró con Eri llorando entre los brazos de Midoriya.
Incómodo ante la escena —pues él no era especialista en consolar personas— pensó en mandarle un mensaje a Kirishima para que lo supliera; pero luego escuchó las palabras de Izuku y permaneció ahí, de pie en la entrada, hasta que la extraña plática terminó. Esas frases… Definitivamente, no eran propias del Izuku con el que creció.
Cuando Izuku tenía la edad de esa niña, sólo pensaba en convertirse en héroe, en todos los bienes que los héroes le otorgaban a la sociedad y en lo mucho que quería ayudar a la gente. Era un nerd con fantasías rosas que no podía imaginarse un mundo sin la existencia de esas personas de trajes coloridos que salían en la televisión.
Y si bien las cosas por las que habían pasado en su primer año escolar no eran las más comunes para un estudiante de la UA, tampoco eran excusa suficiente para que el portador del OFA dijera algo como eso. No obstante, confrontarlo en ese momento, con la niña tan vulnerable, no era una buena idea; ni siquiera para alguien tan poco comprensivo como Bakugou.
Pero no era algo que Bakugou dejaría pasar.
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Para cuando dieron las siete y media, Izuku ya se encontraba de vuelta en la sala de estar de los dormitorios. Algunas de las chicas jugaban una especie de Jenga, haciendo un ruido extrañamente tranquilizador para Midoriya. Al menos, eso era un indicativo de que todo se encontraba en orden. Kaminari, Kirishima y Sero jugaban en los sillones algún juego de carreras, mientras Bakugou observaba con una expresión aburrida. Entre tanto, en la cocina, Sato e Iida hacían la cena mientras Shoto se dedicaba a mirarlos a sabiendas de que si metía las manos, probablemente lo arruinara.
Izuku sonrió tras ver la tranquila expresión de Shoto justo antes de que éste volteara a verlo.
—Midoriya, has vuelto. Lamento no haberte acompañado, terminé hace poco y no creí que fuera educado ir por sólo unos minutos —se explicó. Izuku asintió, restándole importancia.
—Eri-chan habría estado encantada de verte; pero ya será en otra ocasión —dijo.
—¡Deku-kun! ¡Ven a jugar con nosotras! —exclamó Uraraka alzando un brazo para saludarlo—. ¡Lo siento, Mina me entretuvo un rato!
—¡Estoy bien, Uraraka-san! Ayudaré a Iida-kun y a Sato-kun por acá —respondió mientras se arremangaba los brazos.
De inmediato, Katsuki se levantó del sillón y caminó hacia la cocina.
—Nerd, ven para acá. Tenemos que hablar —musitó entre dientes una vez estuvo frente al desayunador donde Shoto los observaba trabajar.
Izuku lo miró un segundo antes de simplemente asentir. Tal vez se tratara de algo relacionado con el one for all y no debían permitir que nadie los escuchara.
—¿De qué van a hablar? —cuestionó Shoto con inocencia. Izuku volteó a verlo con un ligero pánico en los ojos.
—E-es un tema… ¡De una práctica! —mintió Izuku—. ¡All might nos dijo que debemos entrenar juntos para mejorar mi rendimiento con el látigo negro y…!
—¿Por qué le dijiste esas cosas a Eri? —cuestionó Bakugou ya sin la paciencia de esperar a que Midoriya encontrara una mentira para distraer al de los dos quirks.
Esa pregunta, no obstante, llamó la atención no sólo de Izuku y Shoto, sino también de Iida y Sato, quienes dejaron de prestarle atención a las ensaladas y cortes que estaban preparando. Izuku, entonces, desvió ligeramente la mirada.
—Si estabas ahí, debiste haber entrado, Kacchan. Eri necesitaba a más de una persona en ese momento —respondió sin negar lo que sea de lo que su compañero lo acusaba. Sintió sobre sí la mirada de sus otros tres amigos, mas no agregó otra cosa.
—¿Qué fue lo que dijiste, Midoriya? —inquirió Iida con tranquilidad. Bakugou se cruzó de brazos y retó al aludido a contestar.
Izuku suspiró. De cualquier manera, no estaba arrepentido de sus palabras.
—Kacchan, ella es sólo una niña…
—Una niña que debe desobedecer las órdenes de los héroes que la están cuidando, supongo.
—¡No! Yo no dije eso…
—¿Ah, no? Le dijiste que sólo obedeciera las órdenes que ella quisiera. Básicamente, es lo que hace un villano.
Sato ahogó una expresión de asombro e Izuku se encargó de responder de inmediato, alzando un poco la voz.
—Lo entendiste mal, Kacchan. Lo que yo dije fue que nadie tiene por qué obligarla a nada, sin importar quién sea. —Bakugou abrió la boca para replicar, pero Izuku continuó, alzando otro más la voz— Sea un héroe o un villano, nadie tiene derecho de controlar su vida a beneficio suyo.
—Lo haces sonar como si alguien abusara de ella, Midoriya —argumentó Iida—. ¿Quieres explicarnos el contexto de tus palabras?
Izuku vaciló un momento.
—Ella cree que es un fracaso porque le dijeron que debía devolverle el quirk a Mirio. Está aprendiendo a leer y a escribir; a su edad, eso es algo mucho más complicado que a los cinco o seis años. No deberían meterle a la cabeza que tiene un deber todavía más complicado.
—Ella dijo que quería ayudar a Mirio… —intervino Sato— Nadie la está obligando a nada…
—¡¿Y entonces por qué parece que el sólo pensar en eso es una tortura para ella?! —exclamó Izuku, llamando la atención del resto de la clase que se encontraba en ese piso— ¡Tiene ocho años! ¡A esa edad sólo debería divertirse mirando la televisión, jugando con otros niños en el parque y cantando canciones de tradiciones nacionales! ¡No se supone que se considere poco apta para que Santa Claus le traiga una manzana acaramelada sólo porque no puede dominar un quirk más complicado que el del promedio mundial!
—Midoriya, cálmate —dijo Iida alzando las manos.
—¿Y crees que todo esto es culpa de los héroes, Deku? Fue un villano el que manipuló su mente para hacerle creer que si no le servía a él, no serviría para nada más —arguyó Bakugou igualmente molesto.
—Y se supone que nosotros cambiaríamos eso —atajó Izuku mirando a su amigo de la infancia con cierto enfado no merecido.
Shoto, quien había permanecido callado durante toda la discusión, simplemente se levantó del banco en el que estaba y alzó las dos manos para hacer callar a todos.
—Lo siento, pero debo estar de acuerdo con Midoriya. Ser entrenado desde una edad temprana para el beneficio de otra persona no es algo que deba ocurrirle a nadie, sea héroe o villano.
—¡Deja de reflejar tus traumas en los demás, mitad-mitad! —exclamó Bakugou— ¡Y esas ideas no son tuyas, Deku! ¡¿De dónde las sacaste?!
—Bakugou, es suficiente —intervino Iida—. En nuestra clase hay un ejemplo muy claro de lo que puede pasar si Eri-chan sigue sintiéndose así; es probable que Midoriya haya pensado en eso cuando habló con ella. Aunque considero que tal vez las palabras que Midoriya usó podrían malinterpretarse, creo que tiene un punto. Lo hablaré con Aizawa-sensei cuanto antes; pero ustedes tienen que prometerme que dejarán este tema por la paz —advirtió mirando a Izuku y a Bakugou. El primero asintió, sin mirarlo y con una delgada capa de vergüenza en su rostro por haber alzado la voz; el segundo simplemente bufó.
—Todavía no confío en tus respuestas, nerd. Estaré vigilándote —aseveró antes de meter sus manos a los bolsillos de su pantalón y salir de ahí.
Izuku suspiró y, con el rostro agachado, miró los ojos del delegado de la clase. No podía negar que ahí había un dejo de sorpresa por su comportamiento.
—Lo siento, no debí sobresaltarme. Lo siento —se disculpó bajando la cabeza.
—No es propio de ti hacerlo, pero puedo comprenderlo y aceptarlo por esta vez. La próxima vez, recuerda que no es necesario alzar la voz aun cuando hablas con alguien del temperamento de Bakugou —indicó y Midoriya asintió.
Luego, miró a Shoto y se disculpó de nuevo, para luego dirigir su disculpa a las personas en el comedor y los sillones. Nunca había permitido que el enfado se apoderara de él; no frente a sus amigos y compañeros, cuando menos. Debía cuidar esa parte de sí mismo.
—Yo… Regresaré más tarde, lo siento. Tengo que estar solo un momento —dijo previo a dirigirse a la salida del edificio; mas luego, recordando la advertencia de Bakugou, desvió su camino hacia los elevadores.
Por ahora, no era adecuado visitar a la única persona que le permitía desahogarse como quisiera, sin importarle lo que la sociedad dijera. Tenía que cuidarse y, sobre todo, cuidar a Dabi.
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Las ventajas de que la Liga de Villanos se aliara con el Ejército de Liberación de Superpoderes tenían que ver sobre todo con el dinero que ahora recibían. Si Mr. Compress quería cenar algo costoso, sólo debía alzar cualquier teléfono del elegante edificio para hacer el pedido; y ahora incluso Spinner podía pedir por internet algún juego para sus consolas de videojuego. Dabi, aunque su infancia estuvo rodeada de lujos, se conformaba con tener unas botas nuevas y un potente decolorante del cabello para cuando el momento llegara. El resto del dinero que llegaba a la cuenta que los propios lacayos de Re-destro le hicieron, falsificando su identidad, por supuesto, lo mantenía en el banco. Todavía no era suficiente como para despertar sospecha alguna en el banco; por lo que sólo sacaba un tercio del pago referido para cualquier emergencia que se le presentara.
Esa noche, en la que su compañero le exigió quedarse hasta terminar con los deberes, Dabi sopesó la idea de comprarse unos tapones para oídos para él y un potente laxante para su compañero. Geten, el sujeto de hielo y de un temperamento abrumadoramente agresivo, era el otro líder de la facción violeta, también conocido como el Regimiento de Fuerza Militar.
Ese tipo, a diferencia de Dabi, era un maldito enfermo del trabajo que no toleraba los pendientes. Y aunque los primeros días acordó con Dabi hacer la mayor parte del trabajo, luego se enfadó tras encontrar al usuario de fuego durmiendo en el sillón de la oficina en horas laborales. Así, después de arrojarlo del sofá con un ataque de hielo, le exigió terminar con él los pendientes de la semana. Y debido a la explícita prohibición de Re-destro de peleas entre lugartenientes, Dabi tuvo que contenerse para no quemarle el trasero a Geten y se convenció de terminar cuanto antes con lo que sea que Geten deseaba.
El trabajo en cuestión consistía en revisar las propuestas de los casi cinco mil miembros de su facción. Dabi también tuvo que reprimir los deseos de incendiar la tableta que Geten le entregó para hacer su parte del trabajo.
—No deberías quejarte; ya leí la mitad, rata callejera —lo insultó Geten, parcialmente recostado en otro sofá.
Dabi se acomodó en el sofá de donde lo tiraron minutos atrás y lo miró con todo el odio que era capaz de emanar.
—Y seguramente todas son propuestas igual de ridículas que tu capucha, hielera andante.
—¡Cierra el hocico!
—Vete a la mierda —farfulló Dabi, maldiciendo internamente a Shigaraki por haber aceptado que sus aliados trabajasen codo a codo con esos ineptos adinerados.
Desde las primeras horas, Dabi bostezó cada veinte minutos. Era patético que a pesar de tener más de quinientas propuestas en su bandeja de entrada, trescientas se trataran de lo mismo: la liberación de quirks a civiles. Al menos podían ser más creativos en cuanto a sus frases…
Para cuando dieron las dos y media de la madrugada, Dabi ya estaba del todo recostado en el sillón y se dedicaba básicamente a enviar los correos electrónicos a la carpeta de "Basura" sin siquiera mirarlos con detenimiento. Tal y como lo había pensado, los miembros de esa extraña secta carecían de una iniciativa personal…
Al menos, la mayoría de ellos. Algunos otros se referían a los problemas sociales causados por los quirks que «alteraban» su apariencia de alguna forma; otros hablaban de los lugares tan alejados del centro de Tokio que resultaban más peligrosos que aquéllos repletos de héroes; y uno más, el que despertó a Touya de su somnolencia, tocaba un tema que aunque conocía, no se molestó en reflexionar.
—«La discriminación hacia la comunidad LGBT+ en la sociedad de los héroes»… ¿Es en serio?
—¿Qué dices? Por supuesto que es en serio, bruto animal intolerante. Los cisgéneros heterosexuales se dedican a mirar desde arriba a los miembros de la comunidad; es un buen tema. ¿Qué número de folio tiene esa propuesta?
—Es el 3,768. Como sea, es ridículo que incluso con eso los héroes se entrometan; ni siquiera tiene que ver con ellos con quién se acuesta uno o no.
Geten lo miró un segundo, como dudando.
—No se trata sólo de sexo, idiota. A algunos no nos interesa eso en lo más mínimo y otras comunidades se refieren a la identidad de género.
—Sí, sí. Como sea, dale el visto bueno y déjame dormir, Frosty —dijo antes de bloquear la tableta y rodar en el sillón para darle la espalda a su compañero.
—Por todos los… No me digas que tú eres de ésos que discrimina a las personas por su preferencia o identidad de género —farfulló Geten con explícita repulsión.
—Ni siquiera me importa si se meten una verga por detrás o tienen una vagina entre las piernas; todos arden igual —aclaró verdaderamente molesto—. Y no, no soy hetero, ¿contento o prefieres que te meta tu chamarra ardiendo por detrás para demostrártelo?
—Asqueroso vulgar. Ya te dije que soy asexual, tarado.
—Vete a la mierda, no me importa.
Escuchó a Geten bufar antes de seguir tecleando en una laptop, seguramente la respuesta a la propuesta que Dabi le comentó. Como fuera, detestaba a ese sujeto; siempre conseguía sacarlo de sus casillas. Y aunque Dabi nunca reprimía lo que realmente quería decir, ese idiota lo llevaba a maldecir incluso más de lo acostumbrado.
Incómodo, se removió en el sillón. Podía ser elegante y de una tienda reconocida, pero no era ni la mitad de suave que el sofá en su propia casa. Con el entrecejo fruncido, cansado hasta la médula, recordó lo bien que dormía en ese lugar, lo cómodo que se sentía cuando fumaba ahí… Durante un instante, también recordó a otra persona sentada en ese mismo sillón. Ese chico aspirante a héroe, pese a sus idealizaciones sobre el mundo de los héroes, era cien veces mejor compañía que el cubo de hielo trabajando a un metro de él.
Irremediablemente, sonrió. Ese estudiante, Izuku Midoriya, que tanto se hacía llamar su amigo… Tal vez, al fin había ganado.
