Iban en silencio.

El camino a la enfermería fue llamativo para los alumnos que volteaban a verlos con miradas curiosas, especialmente a Regulus, ya que este se sostenía el brazo herido e intentaba tapar el corte que sobresalía de su túnica con la mano, pues probablemente no quería que los demás notaran que estaba herido.

Pero lo que verdaderamente atraía la atención de los extraños era que James Potter, conocido por su rechazo hacia los Slytherin, estuviera caminando detrás de uno como si de un guardaespaldas se tratara. Los ojos evitaban a Regulus con miedo, y se posaban en James extrañados. Este simplemente les sonreía.

Definitivamente aquello iba a esparcirse entre los rumores de la escuela.

James había intentado ofrecerle su ayuda al menor, pero después de varios rechazos agresivos desistió. No había podido ver con claridad qué clase de corte era, pero le pareció extraño que uno de los chicos de Ravenclaw supiera lanzar un hechizo que dañara de esa manera al objetivo, ¿acaso no estaban prohibidos?

Regulus Black lucía inexpresivo, como siempre. No parecía reparar en la gente.

—Puedo ir por mi cuenta a la enfermería, Potter. —Comentó de pronto, y fue tan inesperado que tomó por sorpresa a James, quien pensaba que no escucharía más su voz.

—Lo siento, son instrucciones de la maestra. —Dijo, aparentemente despreocupado—. No me iré hasta que la enfermera te haya visto. Si me voy probablemente te irías e intentarías tratarte la herida tú mismo.

Aquellos ojos grises voltearon a verlo fríamente. Y James sintió un escalofrío. Era la primera vez que alguien lo miraba con tal cantidad de odio.

—En realidad disfrutas de la atención, ¿no? —Dijo Regulus, con desprecio—. Actuando como un héroe. Cosa que me parece estúpida, por cierto. No tuviste que haberte metido en una pelea de casas que no te involucraba. —Entrecerró los ojos, sin dejar de mirar en su dirección—. Oh, pero claro, olvidaba que en tu cabeza no tienes espacio para nadie más que tú mismo.

Allí estaba. El Regulus que conocía desde siempre, la persona frívola a la cual no le importaba herir al resto y del cual esperaba lo peor. En otra ocasión sus palabras simplemente habrían confirmado la clase de persona que era el Slytherin y querría involucrarse lo menos posible con él, pero no podía evitar pensar en sus encuentros a la medianoche, solos, en el bosque, cuando nadie miraba.

El único pequeño detalle era que Regulus no sabía que él era el ciervo.

—Y yo había olvidado lo filosa que tienes la lengua cuando estás de malhumor. —Respondió simplemente, sin dejarse amedrentar—. Pero sabes que tus intentos por arruinarme el ánimo o espantarme no van a funcionar, ¿verdad?

—Créeme, no me has visto intentarlo con ganas.

Y con una última advertencia volvió a mirar al frente, ignorando totalmente la presencia de Potter como si fuera veneno.

James, en cambio, continuó mirándolo. Sus dedos estaban manchados por la sangre, presionando con firmeza su herida. Regulus caminaba bastante recto y su paso no disminuía, deslizándose perfectamente entre los pasillos del castillo cual ágil felino, pero James, quien era el único prestándole verdadera atención, notó el ligero temblor en sus manos.

El chico intentaba disimular el dolor.

—¿Te duele mucho? —Preguntó James sin pensarlo, como un acto reflejo y luego se dio cuenta de lo absurdo que era su pregunta.

—En absoluto, no es como que esté desangrándome. —Dijo con sarcasmo. Eso le sacó una sonrisa torcida al mayor, trayéndole recuerdos de su infancia.

—Eres igual de dramático que Sirius, no te estás desangrando.

Regulus se tensó.

—No me vuelvas a comparar con mi hermano.

Las blanquecinas puertas de la enfermería se alzaban frente a ellos imponentemente, y a cada lado había una columna que subía hasta convertirse en un arco. Estaba semi abierta, como si alguien hubiera olvidado cerrarla en su totalidad. Regulus la empujó.

Era una sala espaciosa cuyas paredes a cada lado tenían largos ventanales, separados por columnas de piedra, cuyo diseño estaba tapado por rendijas de colores. Era un lugar bastante bonito, y al medio habían diversas camas para pacientes con sus respectivas cortinas celestes.

Madame Pomfrey era una de las encargadas del ala del hospital. Normalmente actuaba de forma competente y seria frente a los chicos bajo su cuidado, y era una mujer con una gran destreza a la hora de implementar hechizos de curación, cualidad por la que el mismo Dumbledore la había halagado. James estaba bastante acostumbrado a ella, pues cuando pequeño solía herirse bastante —especialmente como jugador de Quidditch— y era de las pocas personas que conocía el secreto de Remus Lupin, atendiéndolo en los días post y pre luna llena.

La Señora Pomfrey estaba cuidando a un chico, un joven Hufflepuff, quien al parecer había sido encantado con orejas gigantescas y lloraba porque pensaba "que se quedaría así para siempre". Más allá había una alumna con la pierna enyesada, rodeada de amigas con las que comía ranas de chocolate, y otro chico estaba durmiendo. James no pudo evitar reírse por la trágica y cómica cara del Hufflepuff, eso llamó la atención de Pomfrey.

—Señor Potter. —Entrecerró los ojos—. ¿Otra vez aquí?

—¡Esta vez no soy yo! —Puso las manos en alto, sonriendo inocentemente—. Te traje un lindo y pequeño Slytherin.

Regulus frunció el ceño por la descripción.

La enfermera abrió mucho los ojos cuando vio al joven Black conteniendo su herida con tan solo una mano, alegando que de esa manera podría infectarse la zona y que necesitaba cuidados urgentes. Le indicó que se sentara en una cama, mientras murmuraba sobre la extrañeza del hechizo utilizado, y mientras sacaba su varita para iniciar el tratamiento le indicó a James que se quedara afuera de la sala.

—Después podrá ver a su amigo, señor Potter, espere afuera. —Le dijo.

James iba a aclarar que no eran amigos ni nada parecido, pero un quejido lo interrumpió. Era Regulus, quien se mordía los labios y hacía un esfuerzo por seguir conteniendo su dolor. A James se le encogió el corazón cuando lo vio de esa forma tan débil, y se intentó acercar por reflejo.

Cómo si él pudiera hacer algo por Regulus.

—Señor Potter, ¡salga! —Insistió Pomfrey.

El sonido lo alarmó y se retiró a trompicones de la habitación, encargándose de cerrar bien la puerta tras de él. Aún no podía sacar el rostro herido de Regulus de su cabeza, pues no estaba acostumbrado a ver esa expresión en él.

Estaba solo.

¿Debía irse? Pomfrey le había dicho que esperara. Pero, ¿para qué? Él y Regulus no eran amigos, todo lo contrario.

Por la forma en cómo se comportaba con él estaba seguro de que lo odiaba. En general Regulus no era muy amigable con las personas, a excepción de su desagradable grupito de amigos: con el idiota de Barty, el misterioso Evan, la engreída Dorcas y la extraña Pandora. Con ellos lo había visto reír y sonreír genuinamente, pero cuando otra persona se interponía en su camino su rostro se volvía sin emociones.

Pero con James era distinto. No simplemente era frío, sino que también era letal y agresivo. James estaba seguro de que lo odiaba más que al resto, probablemente estaba al nivel de su odio por Sirius Black, su hermano.

Entonces volvía a su mente el recuerdo de Regulus en el bosque, leyendo tranquilamente mientras la luna iluminaba sus ojos y sonreía con timidez en su dirección. Sus dedos acariciaban su lomo, sus palabras suaves se perdían en el aire y el corazón de James se encogía, sin saber qué sentir al respecto.

¿Por qué no podía ser así siempre?

"No es tu problema", se repitió en su cabeza. "Regulus Black no es tu problema".

—Maldición. —Susurró para sí mismo.

Una sonrisa triste adornó su rostro cuando se dio cuenta de que Regulus Black ya se había metido en su cabeza y no habría forma de sacarlo. Una parte de él quería involucrase con él, descubrir su verdad, mientras otra le advertía que el joven solo le iba a traer problemas y oscuridad.

"A veces me siento un poco solo", resonó la voz de Regulus en su cabeza. El azabache había confesado esas palabras esperando que se perdieran en la noche, pero llegaron a James Potter.

Él conocía el sentimiento.

Por muy imposible que pareciera, la soledad era una pesadilla constante que acechaba a James desde su infancia. Siempre le había tenido un terror profundo a estar solo, especialmente porque su familia era muy unida, así que desde pequeño intentó todo lo posible para que la gente se le acercara y jamás lo abandonara.

Necesitaba sentirse acompañado y querido.

Necesitaba la validación.

¿Podía alguien estar rodeado de amigos, pero sentirse solo en el fondo?

Lo experimentó en carne propia cuando era joven. James Potter provenía de una familia antigua y reconocida en el mundo mágico, donde todos eran sangre pura, y tenían un gran capital económico en el banco de Gringotts. Por lo tanto, se esperaba que ellos siguieran las tradiciones de las familias nobles, pero los Potter eran distintos.

No encontraban necesario el seguir con ciertas tradiciones, y también se relacionaban bastante con el mundo muggle, por lo que entre sus ideales la pureza de sangre no era algo de lo cual sentirse orgulloso. Eso no le gustó a las otras familias nobles, así que siempre los marginaron.

James Potter también fue excluido por sus antiguos amigos.

Tuvo que esforzarse el doble para combatir su soledad.

Desde entonces desarrolló una especie de resentimiento contra las familias acomodadas y los magos que creían que por su estatus social y tradiciones eran superiores al resto, especialmente contra los Slytherin, que era la casa noble por excelencia. Entró a Hogwarts para empezar de cero y encontrar su lugar, y dio rienda suelta a su rivalidad contra las serpientes.

Pero Regulus también se sentía solo, y era un noble sangre pura.

¿Y si todos sus ideales estaban equivocados? ¿Y si…?

Quería entenderlo.

Pero era imposible. Regulus Black simplemente no tenía motivos para sentirse solo, después de todo, era heredero de una de las familias más famosas y poderosas del mundo mágico, lo cual le abría todas las puertas que quisiera y con solo desear algo lo obtendría. Además, era prácticamente un prodigio, y tenía a sus amigos.

Tal vez simplemente tenía que dejar ir a Regulus Black y olvidar sus encuentros secretos.

Estaba tan inmiscuido en sus pensamientos que había olvidado irse del lugar, también omitió el alboroto que se había formado en la enfermería, y cuando dio los primeros pasos la enfermera Pomfrey abrió las puertas, luciendo alarmada.

—¡Potter, qué suerte! —Exclamó—. Un chico se cayó de una escoba jugando Quidditch, lo cual no me sorprende, ¡son tan irresponsables! Tengo que ir a verlo urgente. ¿Podrías darle este brebaje al señor Black por mí? —Le entregó un frasco, sin esperar respuesta—. ¡Muchas gracias!

Y se marchó corriendo, varita en mano. James ni si quiera pudo abrir la boca.

Tomó aire y empujó la puerta otra vez, entrando a la enfermería. Volvió a ver los rostros de los alumnos y notó que el chico de Hufflepuff tenía las orejas más pequeñas, pero no del todo. Recorrió la habitación y vio a Regulus en la última cama, sentado de lado, mientras veía por la ventana con aspecto aburrido. Afuera el clima estaba nublado.

Su rostro serio parecía extrañamente angelical.

Otra vez, James sintió que estaba observando algo íntimo que no debía.

Tosió para llamar su atención, y Regulus volteó rápidamente. Su espalda se volvió recta, tenso, y lo miró perplejo. James no quería crear una escena para los demás estudiantes, así que cerró la cortina detrás de ellos, dándoles privacidad. Intentó actuar con indiferencia.

—¡Soy tu nuevo enfermero! —Bromeó.

—Te doy diez segundos para desaparecer de mi vista o gritaré.

—Por favor, tú no harías algo tan humillante. —"¿o sí?", pensó con nerviosismo.

—Ponme a prueba.

Antes de que James descubriera de qué era capaz Regulus Black para espantarlo, le mostró el pequeño frasco que sostenía. El líquido era de un color azul colorado, y su aspecto era bueno. En la etiqueta decía "Poción de raíz amarga ardiente", aunque usualmente era usado como un bálsamo. La raíz amarga tiene altas propiedades curativas, y seguramente era familiar del díctamo o arbusto ardiente, con el cual se preparaban pociones herbovitalizantes.

Regulus reconoció la poción —después de todo, Pociones era uno de sus fuertes— y calló. Sus dedos se estiraron hasta arrebatarle el frasco a Potter, y examinó la poción cuidadosamente. En sus ojos se reflejó el brillo azulado de esta.

—Pomfrey me dijo que te la trajera, es tu medicina. —Explicó James.

—Esa parte de la creo, después de todo, no tienes la habilidad para crear una poción de este calibre. —Dijo, despectivamente. Sus ojos giraron hacia él con recelo—. Sin embargo, ¿cómo sé que no le echaste nada raro? ¿Intentas envenenarme? ¿O es otra de tus brillantes bromas?

—¿Crees que mis bromas son brillantes? —James sonrió sin poder evitarlo, emocionado.

—Era sarcasmo.

James suspiró, cruzándose de brazos. Tratar con Regulus Black era como intentar hacer que un gato entrara al agua por voluntad y de buena manera.

—¡Es verdad lo que digo! ¿Me ves capaz de envenenar a alguien?

—Por accidente, sí. Eres tan torpe como un troll, especialmente en pociones.

—Querrás decir inteligente y apuesto, gracias por el halago. —El de lentes le guiñó un ojo, engreído—. Ahora, bébetelo.

—No.

Se quedaron observando en silencio unos segundos.

—Mirarme fijamente no va a hacer que me beba la poción, Potter.

—Eres más terco que una mula. —James re rascó su cabeza, exasperado—. ¡No me iré hasta que la bebas! Por lo que sé podrías simplemente arrojarla a un lado y fingir.

—Entonces te quedarás aquí eternamente, o hasta que la enfermera llegue, lo cual deduzco que será en bastante tiempo. —Sus fríos ojos brillaron, adquiriendo una expresión burlesca. Regulus sonrió lentamente—. No sabía que entre tus gustos estaba acosar al hermano pequeño de tu mejor amigo.

—No estoy.. ¡no estoy acosándote! —Tragó saliva. No era cierto, ¿verdad? Su nerviosismo no era culpabilidad por perseguirlo en el bosque en secreto, en absoluto. James se acercó hacia el azabache, entrecerrando los ojos—. Estoy siendo responsable. —Sonrió de lado—. Como tu carismático superior, es mi deber ayudar a los más pequeños.

—¿También disfrutas alargando el tiempo conmigo para no ir a la oficina del director a que te regañen, no? —Regulus rodó los ojos, estirando su espalda hacia atrás en un sutil intento por alejarse de James.

El de lentes soltó una pequeña risa.

—¡Puede ser!

Regulus no estaba dispuesto a beber nada que le ofreciera James Potter. Cualquiera llamaría exagerada su desconfianza, pero aquel castaño era conocido por ser el perpetrador de las bromas más problemáticas y masivas de Hogwarts. Nadie se metía con él, no a menos que quisiera no tener cabello por una semana. Era simplemente precavido.

Sus ojos aceptaron el desafío. Ninguno apartó la mirada del contrario, defendiendo sus posturas. James no se iría, y Regulus no bebería la poción sin Pomfrey. Pero, en cierto momento, tener al castaño tan cerca del slytherin fue no solo incómodo, sino que abrumador.

Los ojos de James eran profundos y magnéticos, y no lo miraban con odio. Regulus sintió, extrañamente, que el contrario veía a través de él como si fuera un libro abierto, y aquella inspección tan obvia y descarada lo superó.

Regulus estiró el cuello y bebió el brebaje. Acto seguido limpió sus labios con el borde de su muñeca.

James Potter parecía absolutamente encantado.

—Buen chico.

El rostro de Regulus se crispó, ruborizándose por la ira.

—¡No soy un perro! —Declaró—. Ahora puedes largarte. No te daré las gracias por nada, si es lo que esperas.

James lo miró con un brillo travieso en sus ojos, pero no dijo nada. Simplemente hizo un saludo militar, y se largó de la enfermería. Tenía prisa, después de todo, había perdido gran parte de su día en eso, aunque no estaba triste por perderse la clase de Transformaciones.

Regulus lo vio partir, pensativo. Se preguntó por qué James Potter aparecía tanto en su campo de visión últimamente. Dio un pequeño bostezo, estirándose en la cama. El cansancio le decía que descansara, y la poción lo tranquilizaba hasta dejarlo en un estado pacífico.

Sus ojos se cerraron.