Kanto: El Primer Interludio

Bitácora del teniente Nathan Surge. 12 de marzo, 11:00 PM.

Lo que nadie le cuenta a los niños o a los jóvenes sobre la Gran Guerra de Kanto es…lo monstruosa que realmente fue. En la historia de la humanidad siempre hubieron todo tipo de conflictos armados. Pero ninguno tan cruento o tan aberrante como el que viví. El que mis amigos y yo vivimos.

Cuando me enlisté a los veinte años para servir a la fuerza aérea de Ciudad Loza, fui puesto bajo el mando del sargento Helmer, encargado del por entonces llamado Escuadrón Dinamita. Mi padre estaba complacido al saber que su viejo colega me había aceptado como uno de los nuevos reclutas.

Nunca me atreví a decírselo a la cara, pero no compartía su sentimiento. Mi joven yo hubiese preferido cualquier cosa antes que seguir otro segundo más bajo las órdenes de aquel tomate rojo y gritón con patas.

Al igual que al resto de mis compañeros, me fue asignado un pokémon eléctrico adiestrado para defensa personal. El escogido en mi caso fue un Pikachu; roedor poco común, por no decir casi extinto, en Unova. Decidí apodarle Sparky, como si fuese el Electrike que siempre deseé que mi madre me hubiese regalado. El pequeño travieso parecía tan feliz con que le hubiese puesto ese nombre que saltaba con júbilo por todos lados, deslumbrándome con las descargas de electricidad que soltaba al hacerlo.

Pocos días antes del primer despegue, logré hacer migas con los dos más rudos de mi equipo, tal y como papá me había recomendado que hiciese: Theodore Martínez, a quien llamábamos a modo de broma Teddy por su gran fuerza, que fácilmente podía llegar a rivalizar con la de un Ursaring; y Marie Thompson, apodada La Metralleta por lo rápida e impasible que era a la hora de entrar a la acción.

Ninguno de los demás novatos quería sentarse junto a ellos por el temor a terminar recibiendo una buena tunda. Pero yo sabía que sólo podría fortalecerme rodeándome de los más fuertes y aptos.

Las pruebas de vuelo nunca te preparan de verdad para lo que es subirse a uno de esos viejos aviones potenciados por la energía de incontables y explotados Klinklang. No para las fuertes sacudidas que recibes por parte de las fuertes tormentas eléctricas otoñales, o para la ensordecedora serie de explosiones que llegan pronto a tus tímpanos cuando toda tu unidad es repentinamente avistada y emboscada por las fuerzas del enemigo. Mucho menos para saber cuándo eyectar sin morir al hacerlo en medio del fuego cruzado.

El ataque aéreo a la base de Ciudad Verde fue un estrepitoso fracaso. De los veinticuatro hombres y mujeres que partimos desde el aeropuerto de Ciudad Loza sólo diez aterrizamos ilesos en tierra firme. Con Helmer habiendo sido el primero en ser derribado y todos nuestros aviones destruidos, nos habíamos quedado sin líder y sin forma de contactar con la base. Estábamos, sin adornarlo ni edulcorarlo, en pelotas.

En aquellos años, el pequeño laberinto que hoy se conoce como el Bosque Verde era una jungla frondosa e inhóspita que albergaba no sólo Caterpie, Weedle y algunos Pidgey como ahora, sino también a algunas de las bestias más feroces e implacables que jamás vi, o que veré en mi vida. Si tan sólo algo o alguien nos hubiese advertido de los horrores que experimentaríamos allí adentro al refugiarnos para evitar el fuego de los tanques…

Cayó rápidamente la noche, y justo cuando logramos terminar de hacer un campamento discreta e improvisadamente vimos los árboles más cercanos estremecerse, sacudidos por una fuerza que no podía ser la del viento. A la jungla no le agradábamos, ni aunque fuera un poco. Y estaba lista para atacarnos con todo lo que tenía.

Como surgidos de una pesadilla, abriéndose paso a través de la maleza que nos rodeaba, varios Nidoking y Nidoqueen arremetieron ferozmente contra nosotros, evidentemente viéndonos como una amenaza para sus nidos y sus crías. Intentamos protegernos en vano, sólo para ver cómo nuestras balas y los rayos de nuestros Flaaffy y Stunfisk rebotaban contra sus duras y robustas pieles.

La mitad de nuestros hombres y pokémon no sobrevivió la primera acometida. Los Nidos les perforaron fácilmente el torso con sus afilados cuernos, y en el mejor de los casos les dieron una muerte rápida rompiéndoles el cráneo o las piernas con la cola. Aún escucho en mis sueños los rugidos y los gritos.

Para cuando llegó el alba y los Nidos cedieron, casi todos mis compañeros yacían cercenados sobre el pasto, y los pocos que todavía respiraban no sentían ni sus brazos ni sus piernas. Sólo quedábamos en pie Marie, Teddy, yo y un ileso-o casi ileso-Stanley Urrutia.

Stanley era sin duda un caso extraño. Con un padre abusivo y una madre que no daba el ejemplo, había sido metido en nuestra fuerza a golpes, siendo nosotros los únicos que le defendían. Débil y asustadizo, el mal funcionamiento hidráulico de su asiento eyectable y la explosión de su avión al estrellarse debieron de haberlo matado. En su lugar, las quemaduras de cuarto grado que sufrió frieron sus cuerdas vocales y dejaron parte de su hemisferio cerebral izquierdo expuesto, convirtiéndole en un perro rabioso que gruñía o mordía a todo aquel que no fuésemos nosotros tres. Era como si el accidente hubiese liberado la ira y el odio hacia su familia que llevaba varios años reprimiendo.

No podíamos llevarnos a nuestros camaradas sin que fuesen peso muerto, y tampoco dejarles en ese estado para que los Murkrow se diesen un festín con ellos. Viendo que los demás no sabían qué hacer, decidí tomar el único lanzallamas que todavía funcionaba y procedí a incinerar sus cuerpos, rezando por que su muerte fuese lo más rápida e indolora posible.

Había dejado a varios padres sin hijos, y a unos cuantos sobrinos sin tíos. Pero era lo único que se me ocurrió. Sus muertes no habrían sido en vano.

Al menos, eso es lo que me he venido diciendo hasta el día de hoy. Ayuda a mantenerme cuerdo.