VOY A ESTAR

Los días siguientes transcurrieron en calma, bajo el calor del verano de Grecia, cálido y seco, cuya brisa veraniega traía consigo el aroma del Mediterráneo.

Fluorite había avanzado mucho en sus lecciones de griego, a las cuales concurría todas las mañanas, tras lo cual se dirigía al Templo de Acuario para continuar poniendo en práctica los conocimientos adquiridos, y además, realizar los bocetos de los diseños de indumentaria parala casa de modas francesa. Sin dudas, Shion estaba haciendo un buen trabajo como maestro. Se podía notar como cada día, Fluorite hablaba el griego con cada vez más fluidez, utilizándolo a diario y solamente utilizando el francés para algunas palabras que todavía le costaba expresar.

La joven francesa se había hecho de una rutina que repetía casi religiosamente todos los días: al despertarse cada mañana, salía de la posada en la que todavía se alojaba, a pesar de la reticencia de Degel, tomaba su desayuno y su bolsa con el material que necesitaba para su trabajo, y salía con rumbo al Santuario, donde permanecía hasta bien entrada la tarde, donde recién emprendía el regreso hacia la pequeña y modesta habitación que ocupaba en la posada, feliz de haber podido continuar con su objetivo. Por las noches, se iba a dormir con una sonrisa en su juvenil rostro, no sólo debido a que todo marchaba bien con respecto a su trabajo, sino también porque durante todo ese tiempo, había disfrutado de la compañía de Degel, quien además, le había insistido en que dejara de llamarle "Señor". Aquello fue como un bálsamo para los oídos de la muchacha, que sintió que dentro de sí, cómo un cúmulo de sentimientos que guardaba en lo más profundo de su alma, comenzaban a intensificarse más y más con el transcurso de los días y de cada uno de los momentos que pasaba al lado del caballero de Acuario. Comenzó a darse cuenta de que aquel sentimiento de admiración que tenía hacia Degel desde la infancia, había crecido hasta transformarse en algo más, mucho más intenso y más fuerte. Era en esos momentos, en la soledad de su habitación, cuando se daba cuenta de que ya no era una niña. Pensaba en Degel como algo más que como aquel caballero valiente y justo que la había ayudado a encontrar a su padre en tan dolorosas circunstancias: ahora lo veía como el hombre que era, fuerte, inteligente y sumamente atractivo, que le arrancaba más de un suspiro en sueños.

Recordó las palabras que su amiga June le había repetido en más de una ocasión, cuando le decía que estaba enamorada del caballero de Acuario, lo que ella siempre había negado, pero que ahora, le parecía algo mucho más certero.

_¿Será que June siempre tuvo razón? ¿Realmente amo al Señor Degel?_ , era la pregunta que resonaba cada noche en su cabeza en los últimos días.

Fluorite se encontraba sentada en las escaleras que llevaban a la entrada principal del Templo de Acuario, sumamente concentrada con uno de los tantos bocetos que había realizado durante ese día, el cual había decidido disfrutarlo al cálido sol de verano, ya que, según ella misma decía, eso la ayudaba con la inspiración.

Le agradaba sentir la fresca brisa en su rostro y alborotar los mechones rebeldes de su cabello dorado, que se negaban a permanecer en el moño bajo que se había realizado esa mañana. Si bien estaba acostumbrada a un clima más frío como lo era el de París, descubrió que el verano griego no le desagradaba para nada, y pensó que aquel sol del Mediterráneo le daría un poco de color a su pálida piel.

Cansada de tanto dibujar aquella mañana, dejó a un lado las hojas de papel y la carbonilla para masajear un poco sus adoloridos dedos, manchados de color negro; cerró los ojos un par de minutos mientras echaba un poco su cabeza hacia atrás para disfrutar de la calidez de los rayos solares acariciando su piel. En su subconsciente, ella imaginaba que aquella sensación tan deliciosa le era proporcionada por alguien, esa persona especial de la cualsólo ella conocía su nombre, y que era el objeto de sus fantasías románticas. Sus pensamientos vagaban con un solo rumbo, hasta que, de repente, un ruido la sobresaltó: se trataba de Katerina, la vestal encargada del Templo de Acuario, que pasó a su lado para ingresar a dicha Casa Zodiacal, no sin antes dedicarle una mirada cargada de odio.

¿Por qué esa mujer se portaba con ella de esa manera? Desde que había comenzado a frecuentar aquel lugar, la vestal no había tenido ni un solo gesto de amabilidad para con ella; siempre se había mostrado dura, fría y distante, y además juraría que sentía que la mujer la rechazaba aunque no se lo dijera directamente. Pese a los esfuerzos que había hecho por ganar su amistad, o por lo menos, un trato más cordial, no tuvo éxito. Desconocía la razón de tal accionar.

Al acercarse la hora de la puesta de sol, Fluorite se despidió de Degel con una sonrisa alegre y amplia, que al caballero le pareció que iluminaba cada rincón de su Templo, así como de su frío corazón, que hacía bastante tiempo que había comenzado a derretirse. Al salir de la Casa de Acuario, la joven francesa pensó entusiasmada, que al día siguiente, traería el almuerzo para compartir con Degel, platos que por supuesto compraría en algún puesto del mercado o en la misma posada en la que se alojaba, ya que no sabía cocinar más que las cosas básicas para no morir de inanición.

Apresuró el paso por el camino que separaba al Santuario de Rodorio para no llegar de noche al pueblo, ya que los asaltantes pululaban en los alrededores de los bosques y senderos a esas horas. Al cabo de un rato, finalmente Fluorite arribó a su destino sana y salva; saludó al posadero y subió escaleras arriba rumbo a su habitación, puesto que necesitaba un baño refrescante para quitarse el polvo del camino que volaba con la brisa veraniega. Cuando llegó frente a la puerta de su cuarto, puso la llave en la cerradura, su mano en el picaporte de la puerta , pero no tuvo tiempo de girarlos, ya que se dió cuenta de que estaba abierta. Inmediatamente supo que algo andaba mal.

Con el corazón angustiado y latiendo con rapidez, Fluorite ingresó en su habitación y lo que vió hizo que su alma se derrumbara hasta sus pies: todas las cosas estaban desordenadas, los cajones de ropa abiertos, con las prendas desparramadas por el piso, la cama deshecha con las sábanas fuera de su lugar, y su baúl de equipaje, que siempre dejaba cerrado con llave y candado, había sido forzado y se encontraba abierto.

Con el temor reflejado en el rostro, la joven francesa corrió rápidamente hacia el baúl y comenzó a revisar lo que faltaba; fue sacando y tirando al suelo todos los utensilios y pertenencias que aún permanecían en su interior hasta dar con un pequeño cofre de madera, el que también mantenía cerrado con llave, encontrándolo abierto. De inmediato, las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de la joven, como si fueran una catarata que no parecía querer detenerse. Una parte de los ahorros que tenía y que había traído consigo, más lo que le había dado Madame De La Rochelle para cubrir sus gastos del viaje, habían desaparecido.

Fluorite sintió que el mundo entero se le venía abajo; ¿cómo haría para pagar sus gastos de hospedaje? Y el dinero que con tanto esfuerzo había ahorrado con su trabajo, al igual que el que su empleadora le había cedido, también estaban perdidos. La joven se llevó ambas manos a la cabeza mientras sollozaba al contemplar que había sido víctima de un robo. Entre lágrimas, trató de pensar quién pudo haber cometido tal acto, pero no se le ocurría nada; además en ese lugar no conocía a nadie, sólo había intercambiado un par de palabras de saludos cordiales con el posadero y su esposa, que hacía de cocinera y también de mesera, al igual que él mismo, pues era una posada humilde y no podían permitirse el lujo de tener empleados. Tampoco había confraternizado con ninguno de los huéspedes. Pero evidentemente, el autor de semejante hecho tenía que haber sido alguna persona que, al igual que ella, se alojaba en aquel lugar y que sin dudas había estado siguiendo sus movimientos, su rutina diaria, para saber en qué momento dar el golpe, aprovechando su ausencia cuando iba al Santuario. ¿Qué iba a hacer ahora? Maldijo su tozudez, y no pudo evitar pensar en que Degel tenía razón al decirle que si alguien descubría que se encontraba sola en ese sitio algún malviviente podría aprovecharse para cometer algún ilícito.

¡Cuánto lamentaba no haberle hecho caso antes! Si él se entera de lo que ha ocurrido, no dudará en sacarla de esa posada. Fluorite pasó sus manos por su rostro para secar las lágrimas que habían humedecido sus mejillas, respiró profundamente y se puso de pie, dispuesta a ordenar y arreglar el desorden en su habitación. Saldría de esta situación, como siempre lo había hecho. Lo superaría.

A la mañana siguiente, Shion se encontraba en la entrada de su Templo, mirando a lo lejos en dirección hacia la entrada del Santuario; le resultaba extraño que su alumna de idiomas no se haya presentado a la clase de ese día. La joven estaba muy entusiasmada con sus lecciones y estaba progresando a pasos agigantados en su léxico, aunque todavía le costaba un poco la escritura. El lemuriano esperó pacientemente durante un largo tiempo, pero Fluorite nunca apareció. Tenía el presentimiento de que algo había ocurrido. Por tal razón, Shion comenzó a descender las escaleras de su Casa y caminó hacia las puertas del Santuario; debía averiguar qué estaba sucediendo.

Al cabo de un rato, el caballero de Aries se hizo presente en la posada en la cual se alojaba la joven francesa, y se llevó una sorpresa al encontrarla haciendo de mesera: ataviada en una especie de uniforme raído de color café y un delantal, con una bandeja en las manos, se encontraba atendiendo las mesas, que ya contaban con comensales que pedían su desayuno. Shion se acercó con lentitud a la joven, y con una profunda calma, se dirigió a ella:

_Buenos días, Fluorite... ¿Podrías decirme qué es lo que ha ocurrido?_

La francesa se quedó inmóvil por una fracción de segundo, con los ojos abiertos de par en par, e inconscientemente, soltó la bandeja que llevaba en sus manos, derramando las órdenes de los huéspedes, que cayeron al piso y se estrellaron con un sonoroso ruido. Fluorite cerró los ojos con fuerza para no ver el desastre que había producido; otra vez volvía a ser la chiquilla tonta y sin equilibrio que derramaba todo lo que llevaba. Se giró en dirección del caballero de Aries y exclamó:

_¡Oh, Mon Dieu! ¡Señor Shion! Discúlpeme por favor por no haber concurrido a su clase de hoy, es que... como usted verá, estoy trabajando... _

El caballero de Aries la miró extrañado y sorprendido ante la respuesta que la muchacha le había dado, puesto que en todo el tiempo que ella había pasado con él en sus clases jamás le había mencionado que tuviera la intención de trabajar en dicho sitio.

_Sí, eso puedo verlo, sólo me preguntaba cuál es la razón por la cual estás trabajando en estos momentos..._

Fluorite se agachó totalmente apenada a recoger los restos de la vajilla y de comida que habían caído al piso, mientras en su rostro se dibujaba un rictus de infinita angustia; el Santo dorado de Aries, al notar el predicamento de la joven francesa, se dispuso a ayudarla con la amabilidad y calma que siempre lo caracterizaban.

_¡Señor Shion, si usted supiera! Ha ocurrido algo espantoso... al regresar del Santuario el día de ayer, encontré mi habitación desordenada y que faltaban mis ahorros, los únicos que tenía para solventar mis gastos mientras durara mi travesía en este maravilloso país, por lo que al encontrarme insolvente, tuve que solicitarle un empleo al dueño de esta posada... Sólo así podré cubrir mi hospedaje y la comida durante mi estadía aquí... Lamento que tuviera que enterarse de este modo y no haber podido decírselo yo misma... Me apena mucho no poder continuar por el momento con sus clases de griego, y también no poder acudir al pequeño salón junto a la biblioteca del Señor Degel que tan gentilmente me cedió para que pudiera realizar mis dibujos... A veces pienso que pareciera que la desgracia me siguiera... Lamento mucho todo y... muchas gracias Señor Shion... _ , respondió la muchacha cabizbaja y con un aire melancólico que hizo que el caballero de Aries sintiera una profunda pena en el corazón.

_Pero Fluorite, ¡no digas esas cosas! La desgracia no te persigue, es sólo que... a veces le pasan cosas malas a la gente buena... _ , respondió Shion tratando de infundirle ánimo a la joven.

Ella lo miró esbozando una sonrisa triste agradeciéndole en silencio el gesto que tenía con ella, y se negó rotundamente aque él pagara sus deudas de hospedaje; no aceptaría nada de dinero ni de él, ni de Degel ni del Santuario. Tenía su dignidad, y trabajaría para saldar sus deudas. Shion le preguntó si tenía idea de quién pudo haber cometido el robo y si había alguna pista de algún sospechoso, pero la joven francesa le respondió negativamente.

Una vez que hubieron recogido los destrozos de la vajilla de los desayunos, el caballero de Aries se despidió de Fluorite, asegurándole que no se preocupara por las clases, ya encontrarían el modo de continuarlas.

_¡Muchas gracias por todo, Señor Shion! Y... por favor, avísele al Señor Degel que no podré seguir concurriendo a su Templo por lo menos por un tiempo; dele las gracias de mi parte también por favor... _ , dijo la joven francesa, tras lo cual se retiró apresuradamente a la cocina con su bandeja, para luego volver a salir de ella y dirigirse a una de las mesas, donde los clientes, unos hombres que vestían como mercaderes pero que actuaban de manera burda y agresiva, reclamaban por sus órdenes.

Shion se retiró del lugar y emprendió el camino de regreso al Santuario, mientras pensaba en la mala fortuna de la joven francesa, que ahora además de pagar sus gastos de hospedaje, también tendría que abonar los daños causados a la vajilla de la posada. Su corazón se encontraba acongojado debido a ello, y también porque en ese corto tiempo, se había acostumbrado a la presencia constante de la muchacha en su Templo durante las lecciones de griego, a su carácter perseverante y soñador, pero sobre todo, a su inocencia.

El alma de Fluorite era pura, sin una pizca de maldad, totalmente transparente, al mismo tiempo que su ingenuidad a veces la cegaba y le impedía ver la maldad del mundo... Pero era comprensible, todavía era muy joven. Él se encargaría de cuidarla y velar por ella. Siempre estaría ahí para ella.

CONTINUARÁ...