VEN A MÍ

Me encontraba solo en el Templo de Acuario, mirando el paisaje a través de la ventana del pequeño salón contiguo a la biblioteca. En el silencio de aquel lugar, pensaba en los acontecimientos de los últimos días, en cómo poco a poco Fluorite había logrado derretir ese hielo con el que siempre había cubierto a mi corazón.

Últimamente me costaba concentrarme, y era debido a ella. Sin embargo, me molestaba un poco el hecho de que no quisiera habitar aquí en el Santuario, donde estaría más segura, donde yo podría protegerla... Día con día, sentía la necesidad de tenerla cerca de mí, y disfrutaba de su compañía desde que llegaba a mi Templo luego de sus lecciones de griego. Conversaba con ella en sus ratos libres cuando se tomaba un descanso de sus dibujos; estoy comenzando a pensar en que tal vez no fue una mala decisión hacer caso a la idea de Kardia, ya que desde que Fluorite reapareció en mi vida, mis pensamientos ya no fueron exclusivamente dedicados a Natalie.

Se me hacía extraño que la joven francesa no hubiera llegado para tomar posesión de mi salón y de mi escritorio ese día, así como lo hacía todas las mañanas luego de terminar sus clases con Shion; ¿será que se encontraba bien? Mi mente ya pensaba en mil posibilidades, más no quería pensar en que algo malo le haya ocurrido; tal vez mis preocupaciones eran totalmente infundadas, pero aún así no podía evitar preocuparme por ella.

Me encontraba absorto en mis cavilaciones cuando escuché el sonido de unos pasos acercarse, pero al mismo tiempo pude detectar un cosmos muy familiar: Kardia nuevamente había irrumpido en mi Casa, como de costumbre.

_¿Qué estás haciendo ahí parado como una estatua frente a esa ventana? ¿Por qué no estás esperando a tu francesita en la entrada de tu Templo, Degel? _ , exclamó casi a gritos el Escorpiano.

Rodé los ojos con un aire cansado; entre el nerviosismo por la tardanza de Fluorite y las bromas de mal gusto de Kardia, definitivamente mi día no estaba comenzando de la mejor manera.

No me giré para mirar al Escorpiano; sólo le contesté con la más absoluta frialdad que más le valía no empezar con sus comentarios ridículos puesto que la joven francesa ya estaría por llegar en cualquier momento, y le recordé por millonésima vez que debía comportarse frente a ella.

Al cabo de unos minutos, Shion se hacía presente en el Templo de Acuario; haciendo el protocolar saludo y solicitando permiso para pasar, el lemuriano ingresó en el pequeño salón donde nos encontrábamos Kardia y yo. Se notaba que traía una mirada un tanto melancólica, y que era evidente que estaba intentando ocultar. Con la seriedad y la calma que lo caracterizaban, el caballero de Aries me explicó la razón por la cual Fluorite no había concurrido a mi Templo como lo hacía todas las mañanas, luego de tomar sus lecciones de griego con él. Luego de escuchar lo narrado por Shion, me sentí por unos instantes invadido por un enorme enojo, y podía sentir cómo la ira iba creciendo dentro de mí; ¿cómo había sido posible que alguien se haya llevado los ahorros de la joven?

Se suponía que el sitio en el que se hospedaba era un lugar respetable, pero claro, uno no podía saber el tipo de personas que pasaban por allí a menudo. Me sentía terriblemente culpable debido a que yo la había conducido hasta aquel sitio donde la habían hecho desdichada una vez más. Otra vez le había fallado, nuevamente no había podido protegerla.

Apreté con fuerza mis puños a ambos lados de mi cuerpo hasta que mis nudillos se pusieron blancos, al mismo tiempo que me giraba nuevamente hacia la ventana, para dejar que mi vista se perdiera en el paisaje del Santuario, y de esa manera evitar que se evidenciara la expresión de rabia que sentía había comenzado a manifestarse en mi rostro.

Antes de marcharse, el Santo de Aries volvió a dirigirse a mí una vez más, mencionando que debía presentarme ante el Patriarca por pedido expreso de éste; luego de lo cual se despidió y salió de la Casa de Acuario.Suspiré profundamente y mentalmente conté hasta diez para serenarme; ¡por todos los dioses! Tenía pensado ir a ver a Fluorite para preguntarle cómo se encontraba, para ver con mis propios ojos que estuviera bien... Pero como caballero dorado, no podía desatender mis obligaciones para con la máxima autoridad del Santuario después de la diosa Athena, aunque mi corazón me esté pidiendo a gritos estar al lado de aquella joven cuya existencia estaba comenzando a adquirir una importancia para mí que jamás imaginé.

Con determinación y firmeza, me giré hacia donde se encontraba el Santo de Escorpio, saboreando una roja y jugosa manzana, y mi boca se abrió para pronunciar unas palabras que no pensé que tendría que utilizar:

_Kardia, necesito pedirte un favor..._ .

La mujer morena y de ojos negros como la noche misma, ataviada con las ropas características de las vestales, se encontraba esa mañana en la cocina del Templo de Acuario; debía dejar listos los alimentos para su guardián, y acabar con el resto de los quehaceres, pues ése era el último día de la semana que concurría a la décima Casa Zodiacal, ya que mañana comenzaría su descanso luego de haber cumplido con sus obligaciones laborales de aquella semana. Mientras lavaba las verduras en un cuenco, la joven mujer cerró sus enigmáticos ojos y suspiró, dejando que sus pensamientos vagaran hasta los confines de la fantasía y que revelaran así los deseos que habitaban en lo más recóndito de su alma. Se vió a sí misma entre los fuertes brazos de un hombre; un joven que le susurraba palabras de amor al oído y que la seducía con el tono masculino de su voz. Casi podía sentir sobre su piel las caricias que él le proporcionaba, que estimulaban cada fibra nerviosa en su cuerpo, haciéndola estremecer y arrancándole suaves suspiros y gemidos, que brotaban de la profundidad de su garganta. Ella correspondía a las atenciones del hombre, acariciando su ancha espalda y su mejilla, aferrándose a él cuando sentía que las sensaciones y el deseo la desbordaban; sentía el tacto de sus manos en su cintura atrayéndola hacia el masculino cuerpo con fuerza, y también delineando las curvas de sus senos. La mujer volvió a gemir, esta vez en un tono más audible que el anterior, y en un arrebato, tomó posesión de los labios del hombre; ¡oh si su Señor se enterara, si tan sólo supiera! Sería el fin para él... y también para ella. Luego de que sus labios y sus lenguas se entrelazaron en un apasionado y anhelante beso hasta que se les acabó el aire, los ojos de ella viajaron hasta los de él, para encontrarse con un bellísimo color violeta. Sin duda eran únicos.

Volvió a abrir los ojos, totalmente extasiada luego de aquel sueño tan vívido a pesar de estar despierta; sus mejillas teñidas de un rojo carmesí y su boca entreabierta y seca, sedienta de los besos del caballero.

Desconocía el momento exacto en el que había quedado prendada de aquel valiente y educado hombre, pero estaba segura de que se había enamorado de él casi al instante de haberlo conocido, luego de haber arribado al Santuario de Athena con la misión que le había encomendado su Señor. El Santo de Acuario, con su porte elegante y masculino,su mente brillante y sus galantes modos de caballero, la habían hechizado desde el primer momento en que lo tuvo frente a ella y se perdió en sus maravillosos ojos violetas.

Si bien al principio luchó contra ese sentimiento, puesto que era inadmisible para alguien como ella sentir algo así por un hombre que pertenecía a las filas enemigas, finalmente cedió. Cuando fue designada vestal del Templo de Acuario, su corazón dió un vuelco dentro de su pecho, ya que podría estar cerca de él, y así poco a poco, esperaba poder seducirlo y llevarlo a su cama, satisfaciendo así el deseo que ardía en su interior por poseerlo.Así que siempre que se le presentaba la oportunidad, ella se le insinuaba al caballero de Acuario con el fin de algún día no muy lejano, lograr su cometido. Pero en los últimos meses, la atención del guardián de la Décima Casa Zodiacal se había centrado en una mujer, una muchacha insulsa recién llegada de quién sabe dónde ... Ya se encargaría pronto de ella, no permitiría que nadie le arrebatara el amor de su amado Degel.

Además de eso, la había puesto de un terrible malhumor el hecho de que, aparte de la joven que habitaba en la casa del anciano Sanador y que algunas tardes pasaba por el Templo de Acuario para conversar con su guardián y tomar prestado algunos libros, ahora debía estar atenta a "esa extranjera", como la llamaba, y que, a medida que fueron transcurriendo los días y las semanas, había empezado a pasar cada vez más tiempo allí; seguramente estaba tratando de seducir a Degel, lo presentía.

_Aggg, además de preocuparme por la sanadora, ¿tengo que preocuparme también por esa chiquilla francesa?? ¡Maldita sea la hora en que decidiste aparecer por aquí!! Ah pero también me ocuparé de ti, mocosa, y cuando menos te lo esperes..._ .

Kardia había aceptado a regañadientes lo que Degel le había solicitado como favor, puesto que aquel día era su "noche de juerga", y no quería perdérsela por nada del mundo, pero como sabía que su amigo había comenzado a demostrar genuino interés por aquella muchacha y al parecer estaba olvidando a la mujer a la cual le había abierto su corazón y que lo había rechazado, finalmente terminó accediendo.

_¡Ah, lo que uno hace por los amigos!_ , exclamó en voz alta mientras salía de su templo enfundado en una amplia capa que le cubría el rostro, y se dirigía hacia el destino que su mejor amigo le había encomendado, puesto que él no podría llegar hasta allí porque sus obligaciones como caballero lo reclamaban justo en ese momento.

Al cabo de un rato, cuando ya la noche había caído,finalmente el Escorpiano arribó hasta la posada. Cabizbajo, y no queriendo llamar la atención, se dispuso a ocupar una de las mesas del fondo del gran comedor ; desde ese punto tenía visión de todo lo que acontecía en el lugar. A los pocos minutos de llegar, una camarera se hizo presente ante él para tomar su orden; Kardia pidió un jarro de cerveza bien fría y continuó a la espera. Debía asegurarse de que Fluorite estuviera bien y que no se metiera en problemas. Cuando su pedido llegó, el caballero de Escorpio hizo un gesto de vaguedad con la mano a la camarera para que se fuese de allí rápido, puesto que no quería tener ninguna distracción aquella noche: venía a hacer un trabajo de vigilancia. Debía pasar desapercibido y no levantar ninguna sospecha sobre quién era, especialmente con la joven francesa, pues si ella lo descubría, pensaría que él se encontraba allí para tratar de persuadirla y convencerla de marcharse con él al Santuario, como ya lo había intentado hacer el día en que la salvó del ataque en aquel callejón. Sabía lo terca que podía llegar a ser; no se arriesgaría a una escena donde tuviera que luchar con ella y terminar sacándola de allí cargándola como un saco de patatas.

En eso se encontraba pensando cuando pudo observar a su objetivo, la joven que su amigo le había pedido vigilar de cerca, saliendo de la cocina con una bandeja repleta de órdenes de comida; en la noche esa posada se encontraba repleta de gente que concurría allí a comer, pues era uno de los pocos lugares que servía buena comida a buen precio. La muchacha se encontraba haciendo equilibrio para no tirar ningún plato, mientras los comensales reclamaban por sus órdenes a los gritos, lo que ponía aún más nerviosa a Fluorite, cuya expresión era de un absoluto pánico. La joven francesa trataba de entregar los pedidos con la mayor rapidez posible, pero algunos de los comensales, exasperados, comenzaban a lanzarle algunos improperios. Kardia sentía unas ganas terribles de ir hasta donde se encontraban y comenzar a darles de puñetazos por tratar a una muchachita de esa manera tan agresiva, humillándola e hiriendo sus sentimientos. Pero tenía que contenerse, no podía echar a perder todo por un arranque de impulsividad; tenía que seguir observando cómo estaban marchando las cosas en ese sitio. Si la joven estaba en peligro, actuaría de inmediato.

El caballero de Escorpio pudo observar que, en una de las mesas situadas en uno de los extremos del salón comedor, había un grupo de hombres que no le dieron buena espina. Se encontraban cuchicheando entre ellos, observando al resto de las personas de manera que podría considerarse sospechosa, y bebían de sus enormes tarros rezumantes de cerveza, la cual escurría de sus bocas cada vez que las abrían para lanzar una desagradable carcajada.Tenían consigo una enorme bolsa, cuyo contenido trataban de mantener oculto a la vista de todos; al parecer celebraban algún tipo de hazaña para el grupo. Estaban visiblemente ebrios, y lanzaban miradas lascivas a todas las mujeres que se hallaban en el lugar, pero era evidente que habían puesto el ojo en la francesa.

_Nada de esto puede terminar bien... Degel tiene que saberlo _.

Otra noche que me retiro a mi habitación agotada. Cansada de andar, de llevar bandejas de aquí para allá... No me molesta el trabajo, porque es algo digno; lo que me enfada es la maldad de las personas, el hecho de que quieren humillar al otro sin importarles nada de sus sentimientos... Cuando llegué a Grecia, jamás me imaginé que nuevamente iba a terminar sirviendo a otros, así como cuando era una niña y trabajaba en la mansión de Madame Garnet. No era justo lo que estaba pasándome. Vine aquí a trabajar, a encontrar la inspiración para crear una colección de indumentaria propia, y cuando por fin había conseguido lo que había venido a buscar, todo se escurre entre mis manos como si fuera arena que se escapa entre mis dedos. Lamentaba tanto no haber podido continuar con las lecciones del Señor Shion, que con tanta amabilidad se había ofrecido a ayudarme y en las cuales estaba aprendiendo mucho... Y luego el ir hacia el Templo de Acuario y estar con él... Extrañaba a Degel aún más intensamente que cuando era una niña. El tenerlo cerca de mí se había vuelto una necesidad constante, casi como respirar.

Totalmente extenuada debido a que había tenido que permanecer de pie casi todo el día, me desplomé literalmente sobre mi cama, y entré en el mundo de los sueños. Mañana sería otro largo día.

Fluorite abrió los ojos antes del alba. Se había quedado dormida sin darse cuenta sobre la cama, con el uniforme y los zapatos puestos, producto del cansancio acumulado en la última semana que llevaba ya trabajando como camarera en esa posada. Luego de desperezarse y dejar escapar un largo bostezo, se levantó con rapidez para darse un baño antes de comenzar con sus labores de aquel día. Mientras el agua fresca le caía sobre los hombros, la joven francesa cerró los ojos y se abandonó a la sensación de paz del momento; intentó relajarse un poco aunque fuera por unos minutos antes de comenzar su ajetreado día. La frescura del agua de inmediato trajo a su mente el recuerdo del caballero de Acuario y el ambiente frío que reinaba en su Templo; sin embargo, en aquel momento aquello la hizo estremecer, provocando que su piel se erizara pero de una manera muy diferente a como lo hubiera hecho por el frío.

Por un instante, se imaginó que Degel la estaba rodeando con sus fuertes brazos y que su aliento gélido rozaba su piel, estremeciendo cada centímetro de su piel y acelerando su corazón. La joven permanecía con los ojos cerrados, abrazándose ella misma, sintiendo cómo sus mejillas comenzaban a adquirir mayor temperatura y sus labios se entreabrían ligeramente para susurrar el nombre del caballero que se había adueñado de su corazón. Unos golpes en la puerta de su habitación la sobresaltaron y la hicieron salir abruptamente de aquella ensoñación en la que se encontraba, devolviéndola a la realidad. Su compañera la llamaba para comenzar con la jornada laboral. Fluorite dió un largo suspiro, cerró sus ojos por un instante al mismo tiempo que bajaba su cabeza; contó hasta tres y luego salió del cuarto de baño. Su largo día acababa de empezar.

Ese día la posada estaba más llena que de costumbre, con nuevos huéspedes que habían llegado para participar del comercio del mercado, por lo que la mayoría tenía un poder adquisitivo mayor que el de los habitantes del sencillo pueblo de Rodorio, lo que quedaba evidenciado en su vestimenta. Esos comerciantessolicitaron gran variedad de comidas y bebidas durante todo el día, por lo que su aparición le venía muy bien a la posada. Pero además de ellos, también se encontraban allí, desde hacía poco más de dos semanas, un grupo de hombres que decían ser mercaderes que habían llegado para negociar también en el mercado de Rodorio, donde ofrecían sus mercancías. Ellos ocupaban una de las mesas ubicadas en una de las esquinas del fondo del amplio comedor del lugar, y desde su sitio, contemplaban a todos, tanto comensales, como a los empleados de la posada con miradas llenas de suspicacia.

La cocina de aquel recinto se encontraba trabajando a todo vapor, al igual que Fluorite y su compañera, que alternaban entre hacer la limpieza y atender las mesas y a sus comensales. Ambas jóvenes se encontraban exhaustas puesto que el trabajo había sido más arduo que el día anterior, y eso que recién era pasado el mediodía; todavía no habían podido probar bocado y aún les faltaba todo el resto del día.

Así transcurrieron las horas, hasta que el sol se puso y dió paso a la luna, presagiando otra noche agitada y con mucho trabajo. Nuevamente los comensales ocuparon sus lugares en sus respectivas mesas para ordenar la cena, y también, dos invitados se hicieron presentes en el lugar. Los dos hombres ingresaron y se sentaron en el mismo sitio en el que lo había hecho uno de ellos el día anterior. Ambos se encontraban enfundados en amplias capas que impedían visualizar sus rostros; cabizbajos, estaban atentos a cada movimiento de las personas del salón. Fluorite entraba y salía de la cocina con la bandeja repleta de órdenes de comida y jarras con bebidas; lo hacía con lentitud debido a que seguramente se encontraba aterrada de tirar todo al piso y sumar otra deuda más a su lista, por lo que se ganaba las críticas de los comensales que reclamaban su cena. El rostro de la muchacha evidenciaba la angustia y el pavor a cometer un error; dubitativa y como en cámara lenta, se acercaba a las mesas y depositaba las órdenes, para luego regresar a la cocina. Su compañera también llevaba a cabo las mismas tareas, pero se notaba que tenía más experiencia. Por eso se dirigió al sitio que ocupaban el grupo de mercaderes, los cuales a pesar de que ya estaban evidentemente bebidos, continuaron pidiendo jarras de vino y cerveza; parecía que estaban celebrando algo. La camarera se encontraba dirigiéndose a la cocina para buscar el pedido, cuando uno de los hombres le dijo que querían que fuera su compañera francesa la que trajera las bebidas.

Uno de los misteriosos personajes que llevaba capucha se tensó al oír aquello, y apretó uno de sus puños sobre la mesa de madera. Intuía que la noche no iba a terminar bien.

La camarera entró en la cocina para buscar a su compañera, quien salió al cabo de unos minutos con la bandeja con dos jarras con las bebidas solicitadas, haciendo equilibrio aún más que cuando llevaba comida. Una vez que llegó a la mesa de los mercaderes, comenzó a llenar sus jarros con el vino y la cerveza, mientras recibía comentarios y miradas lascivas de parte de los mismos, lo que la incomodaba visiblemente, haciendo temblar su pulso. Uno de los hombres intentó dar una palmada al trasero de la muchacha, y ésta al percatarse de ello, se hizo a un lado, derramando vino sobre el traje de uno de ellos. El mercader, enojado al ver sus ropas arruinadas, tomó con fuerza una de las muñecas de la joven al mismo tiempo que le gritaba y reclamaba por su inutilidad; Fluorite forcejeó con el hombre para salirse de su agarre, y al no lograrlo, le propinó una bofetada. Aquello sólo sirvió para hacer crecer la ira del sujeto, que ya se disponía a devolverle el golpe a la muchacha, cuando de pronto, una mano detuvo al hombre sujetándolo por la muñeca con un agarre mortal. La joven francesa cerró los ojos instintivamente, preparándose para el golpe, pero éste nunca llegó.

_Ni se te ocurra poner un solo dedo encima de esta joven, o eso será lo último que harás en tu vida... _ dijo con voz firme y gélida uno de los hombres cuya apariencia permanecía aún oculta por la capa. Su acompañante también se había puesto de pie, y se encontraba junto a él, listo para actuar.

Los demás hombres del grupo de mercaderes se levantaron de sus asientos y se pusieron en guardia, dispuestos a defender a su amigo y a hacer frente a su atacante, pero de pronto, la luz de las velas revelaron algo que nunca jamás se imaginaron: el reflejo de una armadura.

_¿A- armadura dorada?, dijeron todos al unísono, incrédulos ante el temor de que se confirmara lo que ya sabían.

Lentamente, el caballero se quitó la capucha y la capa, revelando su identidad: Degel de Acuario se encontraba allí frente a ellos, con una expresión de pocos amigos en su rostro y sus ojos violetas refulgiendo ira hacia aquel hombre que había osado levantarle la mano a Fluorite.

_Sólo un cobarde golpea a una mujer; ¡vamos, enfréntate conmigo si tienes agallas!_ , le espetó furioso Degel al hombre, el cual no se amedrentó y le lanzó un golpe, que el caballero esquivó con facilidad, tras lo cual le dedicó una mirada a su acompañante.

_Kardia, haz lo tuyo_ . Al instante de oír dichas palabras, el Escorpiano dejó a un lado su capa y, con una sonrisa sádica y los ojos brillantes de expectación por lo que tanto había estado esperando, se lanzó contra los mercaderes, que ya se disponían a realizar un ataque en grupo contra ellos.

_¡Por fin puedo sentir la adrenalina correr a través de mi cuerpo y encender mi corazón! ¡Ya te estabas tardando mucho en pedírmelo Degel! ¡Mi Aguja Escarlata va a disfrutar mucho esta noche!_ , exclamó Kardia, luego de lo cual comenzó a utilizar su técnica en sus oponentes, no sin antes golpearlos hasta el cansancio.

Así tuvo lugar en aquella posada una de las típicas peleas a las cuales el caballero de Escorpio estaba acostumbrado a realizar cada dos por tres, las cuales terminaban en destrozos, varios heridos, y amenazas de los dueños de los establecimientos en los cuales ocurrían las disputas, y ésta no fue la excepción.

Al cabo de un buen rato, sólo quedaban en el salón comedor mesas y sillas destrozadas, restos de comida por el piso, bebidas derramadas, bastante sangre, y un par de huesos rotos. Y Degel tenía la satisfacción de haberle partido la cara al hombre que se atrevió a tocar a Fluorite, y eso no se lo iba a quitar nadie.

Cuando la disputa finalizó, la joven francesa se encontraba aún escondida bajo una de las pocas mesas que habían permanecido en su lugar, cubriéndose la cabeza con las manos y con los ojos cerrados; rezaba para que aquel disturbio terminara y sus amigos salieran con bien.

_Fluorite, ¿te encuentras bien? Todo ha acabado, no temas, ya puedes salir; estás a salvo... _ , fue la voz masculina y tan familiar que la joven francesa oyó como si fuera música para sus oídos, tras lo cual, abrió los ojos. Entonces pudo ver que el caballero de Acuario le extendía su mano para que la tomara, mientras le dedicaba una sonrisa amable y con la que buscaba transmitirle seguridad y alejar todos sus temores. Fluorite al verlo, sintió su corazón acelerarse ante la visión de aquellos ojos violetas cuyo dueño le había demostrado una vez más, que estaba ahí para ella, y sin dudarlo, tomó su mano y sus miradas se entrecruzaron.

CONTINUARÁ...