LUZ Y OSCURIDAD

Los días siguientes transcurrieron en el Santuario entre los preparativos para enfrentar la Guerra Santa, la cual ya había comenzado, y las actividades de la vida cotidiana de los habitantes civiles de dicha edificación, cuyas vidas discurrían a la par de sus obligaciones para con el Santuario y el Patriarca.

Fluorite no sólo continuaba realizando sus bocetos, cosiendo sus creaciones y escribiendo la novela que tenía en mente, sino que además había comenzado a frecuentar a Agasha y a Natalie, a quienes ayudaba esporádicamente en sus actividades, las cuales últimamente consistían en atender a los heridos que llegaban de las misiones de caballeros, o las personas que resultaban con algún daño tras los ataques de los espectros, que habían empezado a aumentar en frecuencia.

En el ambiente podía sentirse la tensión de la proximidad de la Guerra; las familias de los pueblos y villas cercanas al Santuario, como Rodorio, habían comenzado a hacer acopio de víveres y todo tipo de provisiones, preparándose para la antesala del conflicto bélico.

La joven francesa había aprendido en los últimos días, a realizar trabajos de enfermería para así poder prestar su ayuda cuando se acercara el momento en que todos los habitantes del Santuario unieran sus esfuerzos para hacerle frente a las consecuencias del conflicto que se sucedía cada 243 años desde la era mitológica.

Además, había podido entablar conversación con la florista y la aprendiz del anciano Sanador, que eran muchachas que tenían cerca de su misma edad, y de a poco iba ganando confianza en ellas como para ir conversando de los temas más variados. En el fondo, Fluorite sentía añoranza de las charlas que solía tener con su amiga June, a la cual le platicaba todo lo que acontecía en su vida, sus sueños, sus temores, las ilusiones y anhelos que tenía en cuanto al romance...y desde luego, también le hablaba sobre el caballero de Acuario. En cómo los pensamientos acerca de él habían llenado sus días y sus noches en los últimos años... Fluorite sabía que no encontraría una amiga como June, pero al menos buscaba entablar con las jóvenes una relación cordial que le permitiera no extrañar tanto a su mejor amiga.

Fue así que poco a poco comenzó a conversar con la florista y la aprendiz del anciano Sanador, al principio con un poco de temor a ser rechazada por éstas, ya que ella poseía una cultura muy diferente a ellas.

Lo que la francesa desconocía, era que no era la única allí cuya cultura era totalmente distinta a la de la época.

Pero eso, es otra historia.

Fluorite entró en confianza con las jóvenes, al ver que eran amables y no la rechazaban, por lo cual se sintió muy bien como para hablar asiduamente con ellas; la vida cotidiana, sus sendos trabajos, y desde luego, el amor.

La francesa pudo saber que Natalie era una joven a la que podía llamarse erudita en aquellos tiempos, lo cual hacía que tuviera bastantes cosas en común con Degel, su mejor amigo y quien le proveía de los más variados libros para seguir alimentando su mente ávida de conocimientos; además, no pasó desapercibido para ella el cambio sutil de actitud de la joven médica cada vez que Fluorite mencionaba al caballero de Virgo.

_Sabes, Natalie, cuando te ví aquel día en que arribé al Santuario, en compañía de ese joven de cabellera dorada y ataviado en esa armadura en el sexto Templo, lo primero que me llamó la atención fue la paz que ambos irradiaban mientras se encontraban absortos en esa sesión de meditación...era como si los dos se complementaran, como si de verdad estuvieran conectados a través de sus almas... ¡Se veían muy bien juntos!_ , exclamó la joven francesa con entusiasmo, mientras Natalie, intentaba inútilmente desviar su ruborizado rostro para que la muchacha no se percatara del cambio de coloración del mismo, ni de la incomodidad que le produjo aquel comentario, no para mal, sino que en el fondo, se asombraba de la capacidad de observación de Fluorite como para haber notado aquella conexión tan íntima y profunda entre ambos, ya que no habían mostrado en público ningún gesto que pudiera poner en evidencia la relación que mantenían en secreto.

_No diré nada, Natalie; mis labios están sellados_ , le dijo la muchacha francesa a la aprendiz del anciano sanador para que no temiera que aquel secreto saliera a la luz y pudiera perjudicarlos a ambos, pero más al caballero dorado, si llegaba a oídos del Patriarca.

Desde ese día, las jóvenes forjaron un vínculo de confianza y amistad, lo que hizo más llevadero el día a día de las mismas mientras intentaban despejar sus mentes de la cruel realidad que las acechaba, y que sabían, en el fondo, que era muy probable que lo que se avecinaba les arrebatara al amor de sus vidas.

Lo que no imaginaban ninguna de las tres, era que el infierno se desatara para una de ellas más pronto de lo que imaginaron.

Una tarde, en la cual la fresca brisa de verano se hacía presente para disipar un poco el calor que había azotado aquel día de verano en el Santuario, Degel decidió acompañar a Fluorite en una de sus tantas incursiones al exterior del Décimo Templo, puesto que decía que en un entorno más natural, sin paredes, podía concentrarse mejor para poder expresar sus ideas a través del papel. Por tal motivo, se encontraban en uno de los jardines que lindaban con los alrededores del Templo del Patriarca, disfrutando la puesta de sol y sus maravillosos colores dorados que se extendían por los edificios, pintándolos de diferentes tonalidades.

Fluorite contemplaba el atardecer, mientras de tanto en tanto, realizaba trazos en las hojas de papel que había llevado consigo al paseo, lo cual alternaba con las palabras que cruzaba con el caballero de Acuario, a quien dirigía sus más alegres y dulces sonrisas. Degel no podía evitar observar a la joven, pensando en cómo en tan poco tiempo de conocerla como adulta se había ido metiendo poco a poco en su corazón, apoderándose de sus pensamientos y de sus sueños a tal punto que a veces se le hacía imposible conciliar el sueño. Adoraba la cercanía de la muchacha, su forma de ser y su amable corazón, y el sólo hecho de pensar en que se alejara de su lado, una vez que ella concluyera su trabajo, en este momento, le causaba un gran pesar a su alma.

Pero pese a ello, él se negaba a profundizar más en la madeja de sentimientos que se encontraban en pugna en su corazón; podía sentir la culpa comenzar a corroerlo, haciéndolo sentir como un cobarde y un vil seductor de la más baja calaña, al recordar que, en el fondo, todavía sentía algo por Natalie, y que, sin embargo, todo este tiempo había estado jugando con los sentimientos de la joven francesa. Con la Guerra Santa habiendo comenzado, los pensamientos parecían discurrir a mayor velocidad en la mente de Acuario, recordándole lo efímera que es la vida, y que él podría perecer en ese conflicto bélico sin haber conocido la felicidad y el calor de un amor verdadero, y eso lo empujaba a continuar en la búsqueda de ese sentimiento que tanto se esforzaba por alcanzar y que, en el pasado, se le había ido de las manos.

Mientras Fluorite terminaba un boceto y luego guardaba las hojas en el bolso que había traído consigo, el caballero de Acuario se encontraba absorto en una tarea que se le había ocurrido de improvisto durante aquel paseo; un pensamiento fugaz le cruzó por la mente y pensó que tal vez eso le agradaría a la muchacha. Degel traía entre las manos, cubriéndola cual si fuera un tesoro jamás visto por el ojo humano, una hermosa rosa de hielo que había creado a partir del aire frío y el hielo que emanaban de sus manos gracias al poder de su cosmos. Con una sonrisa genuina, extendió sus manos y ofreció su creación ante la mirada sorprendida y maravillada de Fluorite, cuyos labios se abrieron y dejaron escapar una expresión de asombro.

_¡Oh Mon Dieu! ¡Es hermosa, Degel! ¿Tú la creaste... sólo para mí?_ , preguntó un tanto dubitativa la joven, no pudiendo ocultar la emoción que aquello le producía.

_Por supuesto, Fluorite... Esta rosa es para ti... Es para que me recuerdes cuando ya no esté en este mundo..._ , dijo Degel mientras una expresión de tristeza se dibujaba en las juveniles y angelicales facciones de la joven, cuyos ojos se humedecieron al instante de oír esas palabras. El caballero de Acuario acarició con suavidad una de las mejillas de la muchacha, al mismo tiempo que le dedicaba una mirada cargada de ternura y también con cierto deje de melancolía, pues sabía que el tiempo apremiaba, y que una vez que entrara en la batalla, era muy posible que no se volvieran a ver.

_Por favor, no quiero que este momento se empañe con sentimientos dolorosos, y no deseo que sufras por mi causa... Este es mi regalo para ti, consérvalo y júrame que cada vez que lo observes, me recordarás con cariño, como el hombre que veló por ti y... que te ofreció su corazón ... _ .

Luego de esas palabras, Fluorite no pudo contener más sus lágrimas ni sus deseos de echarse a los brazos de Degel y abrazarlo como si se le fuera la vida en ello, y así lo hizo, mientras una de sus mejillas descansaba sobre la coraza fría del dorado metal. El caballero de Acuario respondió a aquella demostración de afecto de la misma manera, envolviendo a la joven entre sus fuertes brazos, ofreciéndole el confort y aquel sentimiento tan intenso hacia aquella niña, ahora mujer, que se había ido gestando imperceptiblemente en su interior y que él, todavía desconocía que poseía.

Tras varios días, durante lo cuales Degel había tratado de pasar el mayor tiempo posible junto a Fluorite, colmándola de atenciones y pequeños detalles, mientras intercalaba sus deberes para con el Santuario y el Patriarca, finalmente el momento más temido por todos había llegado.

Un grupo de espectros comandado por Minos de Grifo, uno de los tres jueces del Infierno, se hizo presente en uno de los pueblos que rodeaban al Santuario, Rodorio, para sembrar el caos y la muerte a su paso.

A medida que avanzaban, iban destruyendo cada edificación, cada campo y tiñendo con la sangre de los pobladores las calles de aquella villa, que en los últimos años, se había convertido en una de las más prósperas de Grecia.

Llamas arrasándolo todo, escombros que reemplazaban a las casas y demás edificios, gritos desgarradores de aldeanos que estaban perdiendo todo a manos de los espectros de Hades desgarraban el silencio de aquella soleada mañana de verano.

Como cada día desde las últimas semanas, Fluorite había comenzado a ayudar a las cocineras del Santuario, además de a las costureras, así que si bien se encontraba muy atareada desde que la Guerra Santa había dado comienzo, ella se encontraba feliz de poder ayudar de la manera que fuera a todas aquellas personas que le habían brindado su ayuda cuando llegó a Grecia, al igual que a su amado caballero de hielo, con los cuales estaba profundamente agradecida.

Por tal motivo, en su afán de ayudar, esa mañana les dijo a sus compañeras de costura que iría a uno de los pueblos cercanos al Santuario para comprarlos materiales que se habían terminado y que necesitaban para poder seguir adelante con la confección de los uniformes de los soldados y de las ropas de entrenamiento de los aprendices y caballeros, y además vería qué podría traer para agregar como detalle al último vestido de su colección que había creado y que estaba en la última etapa de confección.

Así que luego de tomar una cesta y despedirse de sus compañeras, la joven francesa se dirigió a paso lento a Rodorio, donde estaba segura que conseguiría todos los materiales que necesitaba para continuar con su tarea, ya que había muchas tiendas en el centro de la villa que se dedicaban a la venta de géneros y demás accesorios que se utilizaban en costura. Recordaba eso de la última vez que se había extraviado allí.

La muchacha sacudió la cabeza para hacer a un lado los malos recuerdos que empezaban a aparecer, para concentrarse solamente en los materiales que necesitaba; estaba indecisa sobre si incluir detalles con listones de seda o bordados en hilos del mismo material, ya que quería que la colección que había creado no fuera excesivamente cara y pudiera estar al alcance de las personas más humildes, no sólo de la clase alta francesa.

Cuando arribó al pueblo, se encontró con una abundante cantidad de personas que transitaban por lo que era el centro de la villa, que iban y venían de un lado a otro, concentrados en la realización de sus actividades cotidianas; por un instante Fluorite pensó que aquel pequeño poblado, en ese momento, le parecía una postal de su tierra natal y de su ciudad, París, lo que le provocó un fugaz sentimiento de añoranza. La joven se llevó una mano al pecho, justo donde estaba su corazón, y echó de menos a todas aquellas personas que más estimaba, sobre todo a su amiga June, ¡cuánto tenía que contarle! Debía decirle que todo este tiempo había tenido razón en cuanto a sus sospechas de que estaba enamorada de Degel desde que era una niña, y que ahora el estar a su lado la había convertido en la mujer más feliz del siglo XVIII. Una sonrisa alegre se dibujó en sus labios, tras lo cual la muchacha continuó su camino en busca de la tienda que necesitaba.

Cuando la encontró, ingresó en ella, para observar que había gran cantidad de mujeres que se encontraban esperando para ser atendidas por la vendedora, por lo cual dejó escapar un suspiro de resignación al darse cuenta de que tardaría más de lo esperado.

Mientras tanto, en el exterior, contemplando los acontecimientos del centro de Rodorio, un grupo de espectros aguardaba el momento justo para cumplir con las órdenes impartidas por su señor, Minos se Grifo, quien durante su batalla con el caballero dorado de Piscis, Albafica, les había ordenado destruir todo poblado cercano al Santuario, mientras se dirigían al mismo para tomar la cabeza de la diosa Athena.

Primero un estruendo, luego otro, y posterior a eso, gritos de los aldeanos que corrían desesperados para resguardarse de los ataques de los sirvientes de Hades, fue lo que Fluorite escuchó, lo que hizo que girara su cabeza hacia la ventana de la tienda de géneros, mientras las demás clientas se asomaban curiosas a través de la misma, para contemplar horrorizadas lo que estaba ocurriendo.

Algunas de ellas salieron del lugar, huyendo despavoridas a buscar refugio; otras permanecieron en el lugar, petrificadas por el miedo que había comenzado a esparcirse por sus almas. Fluorite no daba crédito a lo que veían sus ojos, jamás había estado en una batalla o en cualquier otro tipo de conflicto, mucho menos en una Guerra Santa como la que había comenzado y se estaba desarrollando allí.

De inmediato, la adrenalina se extendió a través de su cuerpo; trató de calmar a las mujeres que se encontraban allí con ella para que no cometieran la locura de correr hacia donde estaba el fragor del ataque. Aunque hizo todo lo posible, no pudo detener a una joven mujer que, presa de un ataque de nervios, salió corriendo sin pensar adónde se dirigía, y finalmente terminó siendo aniquilada por un enorme escombro que se desprendió de un edificio cercano.

Por un pequeño instante, pareció que la calma había llegado para quedarse, pero eso sólo fue la calma antes de la tormenta para la joven francesa.

De la nada, una figura oscura se hizo presente a través de las nubes de polvo que se levantaban debido al derrumbe de los edificios; al aproximarse poco a poco al interior de la tienda en la que se encontraba Fluorite, aquella misteriosa figura reveló ser portador de una armadura oscura, propia de los espectros de Hades.

_Ha llegado tu hora, chiquilla_ , habló con voz de trueno el espectro. _ Esta vez no te me vas a escapar... Vas a desaparecer de una vez por todas de mi vida, y de la vida de mi amado Degel... _ .

La muchacha francesa enarcó una ceja, pensando en que ya había escuchado aquella voz que se le hacía tan familiar; entonces, lo recordó:

_¡Oh Mon Dieu! ¡T-tú eres... eres ella! ¡Eres Katerina! ¡Eres un espectro!_ , exclamó Fluorite con una mezcla de asombro y temor en su voz.

En ese preciso momento, la mujer salió de entre la nube de polvo que la cubría parcialmente y que impedía ver su rostro, para revelarse ante la joven francesa como la vestal que se ocupaba del Templo de Acuario, la que siempre había intentado de cualquier forma de amedrentarla y sacarla del Santuario y de la vida de Degel, pero vistiendo una armadura negra como la noche.

_Veo que no eres para nada estúpida, chiquilla... Será mejor que empieces a correr... ¡Flamas de la clarividencia!_ , gritó a viva voz la espectro, mientras unas llamas de color violáceo salían despedidas de sus manos en dirección a Fluorite, reduciendo a cenizas aquello que se interponía en su camino.

CONTINUARÁ...