Los personajes de Candy Candy no me pertenecen sino a su respectiva creadora.
Historia sin fines de lucro.
Historia creada en conjunto por Esmeralda Graham y Primrose para la guerra florida 2020 y el grupo de Las divinas místicas de Terry
El último aliento
Capítulo 8
El culpable soy yo
El hombre se fue acercando lentamente al cuerpo de Annie, tomó sus labios en un beso posesivo y ardiente, el deseo que sentía por ella crecía rápidamente y su entrepierna lo evidenciaba, ella respondía, al principio tímidamente, pero la pasión que estaba conteniendo se desbordó, comenzó a responder de la misma manera a sus apasionados besos, el deseo los embargó a ambos que poco a poco se fueron despojando del resto de sus ropas hasta yacer desnudos en el sofá donde minutos antes él estaba recostado, se fueron prodigando caricias que fueron aumentando su deseo carnal.
Ese hombre era un adonis y la deseaba, confundido o no ella deseaba perderse en las delicias que él le prodigaba.
Entonces el hombre comenzó a susurrar palabras poco audibles, a lo cual ella se dio valor sabiendo que él estaba perdido en el deseo, se sintió con la suficiente confianza para tocar con sus manos y lengua cada rincón de ese monumental cuerpo, él comenzó a jadear del placer que esas pequeñas manos y lengua ávida le provocaban, una sonrisa de satisfacción en la mujer se reflejó por ser ella quien se lo provocará, debía agradecer a su esposo por enseñarla a complacerlo ya que ahora ella podía tener el control de este hombre, en un movimiento rápido la chica estuvo debajo de ese formidable cuerpo , el comenzó a besarla, mordió su labio inferior mientras con sus enormes manos acariciaba sus pechos, su boca llegó a ellos llenándolos de besos apoderándose de uno de sus pezones los cuales ya estaban inflamados gracias a sus deliciosas atenciones, el hombre bebió embriagado por la pasión, sus manos bajaron lentamente hacia las caderas, acariciándolas, atrayéndola más hacia él pegándola más hacia su cuerpo de manera posesiva. Sus manos siguieron ese inquietante recorrido hasta encontrar ese camino entre sus piernas donde se haya su punto de placer, el cual con dedos expertos descubrió entre los pliegues topándose al fin con ese botón inflamado que pedía atención y él no se lo negó. Comenzó de manera indulgente, a darle placer con pequeños círculos, la chica comenzó a gemir audiblemente, lo estaba sintiendo era más de los que alguna vez se imaginó, sobre todo después de aquella mañana cuando pudo tener una pequeña visión de su anatomía. Él introdujo uno de sus largos dedos mientras no dejaba de prestarle atención a sus pechos, sus besos fueron bajando por su plano vientre hasta toparse con el vórtice de su femineidad y ahora su posesiva boca tomaba lugar entre sus piernas remplazando sus dedos, la chica tomó los castaños cabellos, tirando de ellos con desespero, esa lengua era una experta ya no pudo aguantar más y explotó de placer, Annie aun temblando y mareada por su orgasmo quiso devolver el favor, con una señal de su mano el hombre quedó bajo ella quien, le comenzó a prodigar besos en el pecho amplio y fuerte bajando por su abdomen bien definido, al tiempo que su mano tomaba el poderoso y fuerte falo comenzando a acariciarlo de arriba hacia abajo, ante aquel toque él comenzó a temblar y jadear de excitación, tomando el cabello de la ojiazul la invitaba a moverse más y más, la chica sintiéndose dueña de la situación se atrevió a bajar y pasar su lengua por todo lo largo de su virilidad hasta meterlo en su boca y disfrutar de los jadeos que él emitía ante tal placer, antes de perder el control por la boca de ella, lentamente la retiró de él para luego posarse sobre la chica dándose paso entre sus piernas, con destreza se introdujo en ella, al principio fue doloroso sentirlo dentro ya que su tamaño era demasiado, pero la momentánea incomodidad se fue desvaneciendo al empezar él a moverse en su interior cada estocada le producía un placer que jamás había experimentado, las embestidas cada vez se fueron haciendo más salvajes, hasta que ambos perdieron la cordura estallando en mil pedazos.
– ¡Ahhh! ¡Terry! – exclamó Annie aferrándose a las sábanas de su cama, sudorosa, húmeda y anhelante.
La mujer abrió los ojos buscando con la mirada, después se llevó las manos al rostro con vergüenza al recordar su sueño, se sentía sucia y al mismo tiempo todo su cuerpo le pedía satisfacción una vez más, como esa noche, la noche que hizo el amor con Terry Grandchester.
Nueva York.
Un castaño de ojos de mar despertó jadeante después de un sueño demasiado vívido, se sentó en la cama al tiempo que pasaba la mano por su rostro.
– ¿Qué te pasa mi amor? – preguntó la mujer a su lado.
– Perdón si te desperté pecas – se disculpó – sólo fue un sueño, vuelve a dormir.
– Haz estado muy inquieto últimamente – señaló Candy – ¿Algo te preocupa? ¿Evan? ¿La fiesta de cumpleaños? – indagó la rubia.
– No, no es nada de eso, es solo que...– Terry se acostó de nuevo, acomodándose sobre el cuerpo de su esposa, pasando su brazo por su cintura, acomodando la cabeza entre sus senos y enredando sus piernas con las de ella – te extraño mucho Candy – señaló.
– Amor mío – dijo la rubia acariciando los cabellos de Terry al tiempo que depositaba un beso en la castaña cabeza – también te extraño – confesó la rubia.
– ¿Crees que Evan despierte si nosotros…?
– ¡Terry! – exclamó la rubia comenzando a enrojecerse por la insinuación – tú quieres...aunque yo…
El hombre se movió un poco hasta quedar a la altura del pecoso rostro.
– Te necesito pecas...– un beso en los labios – no sabes cuánto te necesito...– otro en el cuello – por favor – uno más en la clavícula.
– ¡ummmm! – esa era la señal, Candy estaba dispuesta.
Con parsimonia el castaño fue dejando pequeños besos en el pecho y hombro de su esposa al tiempo que su mano traviesa bajaba hasta los botones superiores del camisón dejando expuestos los pechos llenos, blancos y duros, su pierna mientras tanto frotaba las de ella sintiendo su suavidad.
Candy pudo sentir el deseo de su esposo, ella también lo deseaba, pero se sentía cohibida por su reciente maternidad, pensando qué tal vez a él ya no le gustaba como antes debido a los evidentes cambios en su cuerpo, sin embargo, al parecer estaba equivocada, Terry parecía desesperado por tocarla y acariciarla y ella olvidó todo al sentir su propia necesidad.
Terry llegó a las cúspides rebosantes de vida, muy despacio chupeteo un pezón erecto probando el sabor dulce que salió de este, excitándose y elevando su ego al entender que estaba probando la fuente de vida de su hijo, el que él y Candy procrearon.
– ¡Ahhh! Dulce – dijo al tiempo que probaba el otro seno que Candy le ofrecía – con razón Evan quiere estar pegado a ti – manifestó el hombre deleitándose de esos pechos al tiempo que su mano derecha viajaba por las piernas de Candy levantando el ruedo del camisón de seda para llegar a las bragas y quitarlas con habilidad.
Candy tenía ambas manos sobre su cabeza, aferraba la almohada al tiempo que arqueaba la espalda ofreciendo su cuerpo a ese hombre maravilloso que la acariciaba con adoración.
Terry fue bajando poco a poco dejando besos sobre el cuerpo de la rubia por encima de la ropa, acariciando cada parte del cuerpo femenino a su paso. Al llegar a la parte más íntima de Candy frotó su nariz contra ella llenándose de su aroma.
Candy respingo ante la caricia, quiso cerrar las piernas que para ese momento tenía completamente abiertas, pero Terry no se lo permitió, tembló un poco ante el hecho de lo que creía venía, ya una vez él había incursionado por ahí y ella enloqueció, pero ahora que recién había dado a luz no creía que él…
– ¡Ahhhh! – Candy puso la almohada en su cara para ahogar el grito que salió de su boca al sentir la de Terry sobre su femineidad.
Terry fue depositando besos por cada espacio descubierto, necesitaba sentir el sabor de su esposa, quitarse de la boca aquel otro que todavía recordaba muy bien. Su boca ávida bebió del néctar de Candy que había flexionado las rodillas brindándole el espacio necesario para que él se hundiera en ella; y así lo hizo, una y otra vez su lengua se paseaba por los pliegues de esa boca secreta haciéndola humedecer más y más, hayo el botón aquel que hacía explotar a su mujer, sus manos acariciando las piernas a los lados de su cabeza, bajo las manos hasta las caderas tomándolas como si fueran la orilla de un vaso del cual bebía.
Candy no resistió más su marido la tenía al límite de sus fuerzas, se aferró a las sábanas levantando un poco su cuerpo al tiempo que la explosión en su interior salió a borbotones por su intimidad.
– ¡Terry! – grito la rubia contorsionándose de placer.
Terry bebía cada gota que su amante le brindó, llenando todo su sistema con su sabor diluyendo aquel otro que como una toxina maligna se había quedado en sus papilas gustativas y que ahora desaparecía con este otro.
Candy se dejó caer después de su monumental orgasmo, su respiración agitada y el cuerpo perlado de sudor, pero Terry no le dio tregua, todavía estaba temblorosa cuando él ya estaba colocado en su entrada y había tomado de nuevo sus pechos, basto una caricia para que ella ya le ofreciera de nuevo todo su ser, y él lo tomo desesperado, embistiendo una y otra vez, suave, lento, profundo, Candy acariciaba la amplia espalda de su hombre, le besaba el cuello, la mandíbula, se aventuró a las caderas masculinas, le apretujo las nalgas empujándolo para ir más adentro.
Por un tiempo indefinido todo fue gemidos y jadeos ardientes, la habitación llenándose de olores mezclados de hombre y mujer, hasta que al fin llegó el momento culminante, un gruñido salió de Terry al dar la última estocada, un grito ahogado en el pecho masculino salió de Candy.
Sumamente agitados los esposos se quedaron abrazados, con las piernas entrelazadas, con las respiraciones entrecortadas satisfechos y felices.
– ¿Estás bien pecas? – inquirió Terry cuando al fin pudo hablar.
– Estoy perfecta amor – respondió Candy acomodándose sobre el pecho de su esposo.
– Candy…
– Ummm – respondió la aludida que estaba quedándose dormida.
– Prométeme que pase lo que pase no me dejarás – suplicó Terrence abrazándola con más fuerza.
Candy levantó un poco la cabeza para mirarlo.
– Jamás mi cielo, jamás voy a dejarte, por nada ni por nadie – afirmó la mujer.
Terry la besó dulcemente, luego la abrazó con posesión, con un presentimiento instalándose en su pecho.
Candy no supo, en ese momento que muy pronto debía cumplir a cabalidad la promesa que acababa de hacer.
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Chicago.
– Aquí Maggie – señalaba Annie – en esta parte debes poner la dirección – luego aquí pones la de tu tía, al fin y al cabo, nadie la conoce.
– Está bien señora.
– Bien, más tarde la llevas al correo, de preferencia buscas algún chiquillo para que deposite la carta, no quiero que de ninguna manera alguien te reconozca, ya antes has andado conmigo en la calle y no quiero que luego relacionen de alguna manera este asunto.
– ¿Y el señor? ¿Cuándo le va a decir? – indagó la joven mucama.
– Todavía no se – dijo Annie comenzando a pasearse de un lado a otro – pero pronto.
– ¿Le dirá quién es el padre?
–¡No! – exclamó Annie con firmeza, deteniendo su andar – este secreto me lo llevaré a la tumba, jamás nadie sabrá quién es el padre de mi hijo – afirmó tocando su vientre – esté bebé será mío solamente y lo defenderé con uñas y dientes hasta mi último aliento – declaró.
– Entonces ¿Porque le dirá al señor Terrence? – cuestionó la chica curiosa.
– Debo hacerlo, tarde o temprano se enterará de mi estado, no es tonto Maggie, lo sabrá y no quiero ser el centro de su furia, ese hombre tiene un carácter igual o peor que el de Archie, no quiero que se enfrenten, podrían matarse y ya demasiada culpa siento como para luego tener que enterrar a uno de ellos.
– ¿Le pedirá que responda por el niño? – preguntó la chiquilla.
– No, solo quiero que lo sepa por mí, no pienso pedir ni exigir nada, tampoco quiero que el pida nada, este bebé es mío solamente, de nadie más – fue la respuesta de Annie, no había tenido mucho tiempo para asimilar su situación, pero de una cosa si estaba segura y la cual no requirió mucho esfuerzo, su hijo era una bendición y ella sería una leona para cuidarlo y protegerlo.
En la primera oportunidad que Annie tuvo mandó la carta para Terry informándole, la mujer tenía miedo de la reacción del castaño, pero debía decirle, era lo mejor.
Mientras la joven mujer entraba a las tiendas esa tarde fría de enero recordaba, aunque no quisiera, aquella noche, de cuando en cuando suspiraba pensando en la manera en que tanto ella como Terry dieron rienda suelta a su pasión contenida. Annie se llevó la mano al vientre, se sentía feliz, al principio el resultado la había asustado, pero… aunque sonara egoísta y lo sabía, estaba muy feliz, ese hombre logró lo que su esposo no pudo en estos años de matrimonio, ahora ella sabía que era él quien no había podido cumplir su más anhelado sueño, y este hombre venía a darle la más feliz de las noticias, ¡si sería madre! Por fin lo sería, ya no le importaba la forma en la cual fue concebido, lo importante era que pronto lo tendría en sus brazos y lo defendería con todo su ser.
Annie pasó su mano sobre una pieza de encaje rosa dentro de la tienda, pensando.
– ¿Algo que le guste señora Cornwell? – preguntó la dependienta a una de sus mejores clientas.
– Todavía no se, seguiré viendo gracias – respondió.
La chica se fue para dejar a su clienta ver a placer lo que la tienda ofrecía.
Al quedar sola de nuevo Annie retomó sus pensamientos, tenía muchas cosas que pensar, no quería que nadie se enterara de su estado, sobre todo Candy, pues si Archie decía que él no era el padre de su bebé comenzarían las preguntas y por ende los problemas.
Una idea rondaba la cabeza de la ojiazul, Archie estaba dispuesto a salvar su matrimonio, su marido quería que se dieran una segunda oportunidad, entonces tal vez ella...si le tomaba la palabra podría ser que…sacudió la cabeza en negación, era una idea muy arriesgada, pero podría funcionar, si le tomaba la palabra a Archie podría hacer pasar al bebé cómo hijo suyo, pero debía actuar de prisa, no iba a permitir que nada empeñara su felicidad, esperaba que Terry lo entendiera y no viniera a reclamar la paternidad de su hijo, además él ya tenía el suyo con la mujer que amaba.
Si, estaba decidido, seduciría a su marido, para que este pasara las últimas noches con ella y así lograr sus fines.
Para no salir de la tienda con las manos vacías se llevó varios metros de tela y estambres, a pesar de su sonrisa una punzada de dolor se instaló en su pecho, culpa, se sentía culpable por todo lo que estaba planeando hacer, pero debía pensar con la cabeza fría en estos momentos y no dejarse llevar por el corazón, claro que aún sentía cariño por Archie, pero ya no amor y más cuando el la lastimo de tantas maneras, cuando ella lo amaba con devoción, pero ahora que alguien más le dio la dicha más anhelada…"¿Desde cuándo te volviste un ser tan desfachatado Annie?" se regañó mentalmente, de nuevo la opresión en el pecho " si, la culpable soy yo..." aceptó al fin.
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Archie se había propuesto rescatar su matrimonio, sabía que él era el culpable en cierta forma del comportamiento de Annie durante los últimos meses, ya que él había empezado hacerla a un lado después de que esta no pudiese quedar embarazada y con su comportamiento sabía que hería a la chica que desde siempre lo había amado con tal devoción, ¿Como fue que permitió que ese beso que le robara a Patricia lo hiciera tan feliz?, ¿Era así como le pagaba Annie el amor que ella le profesaba? El hombre se jaló de los cabellos, preguntándose ¿Porque Annie aun no lo había mandado al diablo?
Encerrado en su oficina Archibald Cornwell sacó un cigarrillo para encenderlo, sus demonios internos lo habían orillado a adquirir cierto vicio que en un tiempo no aprobaba, pero se había sentido tan decaído, frustrado y su refugio fue Patty, esa dulce y comprensiva chica, la que con una palabra le hacía sentir paz, que con su sola presencia apaciguada su corazón, el hombre sacudió la cabeza negativamente, "si, el culpable soy yo…".
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Nueva York.
La casa de la familia Grandchester Andley era un espacio precioso, cálido, lleno de amor, los días posteriores a la noche de entrega de los propietarios trajeron al fin calma al atribulado corazón del señor de la casa.
Los días vividos en Chicago se olvidaron dando paso al gozo de ver como cada día el pequeño Evan crecía, el rubio de ojos de mar llenaban los días de sus padres de sorpresas ante cada gesto y cada balbuceó. Aunado a ello la emoción de la primera reunión en esa casa que con tanto amor fue adquirida para albergar a los habitantes habidos y por haber había llegado.
Desde muy temprano las amables personas que laboraban se dispusieron a ayudar a la señora de la casa con el desayuno del señor, pues era su cumpleaños.
Candy se esmeraba cada día en aprender a manejar la casa y a los empleados, estos por su parte gustosos colaboraban con su patrona que era la viva imagen de la felicidad y alegría.
– ¡Feliz cumpleaños señor Grandchester! – exclamó Candy dejando la bandeja con el desayuno en una mesita de su habitación – es hora de levantarse señor mío – le dio un beso en la espalda pues el hombre estaba dormido boca abajo con la cara enterrada en la almohada de Candy.
– Ummm déjame dormir pecosa, un rato más – se quejó el castaño.
– No señor, es hora de levantarse, van a dar las nueve y hay muchas cosas que hacer, además tienes reunión con Robert – decía mientras se sentaba en la cama para acariciar los castaños cabellos – venga dormilón, en la tarde descansas un rato – las manos traviesas acariciaban la espalda amplia – hoy tenemos una cena de celebración.
El castaño giro el cuerpo repentinamente haciendo que Candy cayera sobre el por la sorpresa, aprovechando el hecho Terry la acostó en la cama para luego atraparla con su cuerpo, por la rapidez con que lo hizo las sábanas se deslizaron dejando su cuerpo desnudo expuesto.
– ¡Terry! – exclamó su rubia esposa sonrojándose.
– ¡Shhh! Despertarás a Evan – proclamó el castaño – ¿Así que el desayuno en la cama eh? – inquirió – gracias – dijo mientras la besaba y acariciaba.
– ¡Terry estate quieto! – espetaba Candy al tiempo que correspondía a las caricias de su marido.
– No veo mucha resistencia ante esa petición – expuso al tiempo que sus manos se colaban por debajo del vestido verde de Candy.
Cómo pudo y entre risas y quejas Candy se puso de pie, acercó la bandeja y se dispuso a tomar su desayuno con Terry.
Casi al medio día el castaño se fue al teatro, desde que llegaron a Nueva York hacia poco más de dos semanas él iba todos los días, unas horas al teatro, estaban haciendo lecturas de los prospectos para la temporada de primavera, a pesar de ser su cumpleaños Terry acudió como siempre. Mientras tanto en su casa Candy preparaba todo para la cena, aunque no eran muchos invitados, al ser la primera vez que Terry celebraba un cumpleaños quería que todo saliera lo más perfecto posible.
Por la tarde, después de varias horas Terry se disponía a regresar a su casa para estar listo a tiempo, antes de salir Robert Hathaway hizo entrega al castaño de las cartas que a diario llegaban al teatro, la de sus administradoras, Terry las recibió con una mueca, no le agradaba mucho tener que leer esas epístolas, algunas llegaban a ser muy atrevidas, con invitaciones sugerentes a hoteles u casas en horas no adecuadas, las tomó para meterlas a su maletín, cuando llegara a su casa las ojearía un rato entes de cenar.
Mesa, comida, flores, todo estaba dispuesto para la celebración, Candy estaba vistiéndose mientras Terry bajó a leer las cartas que le habían dado en la mañana para hacer tiempo, el hombre estaba contento, era el primer año que celebraba su cumpleaños de esa manera.
Entró a su estudio, un espacio lleno de estantes con libros varios, poesía, novelas, y últimamente libros de medicina.
Comenzó a revisar una por una las casi veinte misivas, no se sentó para hacerlo, dejó su cuerpo recargado sobre el escritorio, así cuando Candy bajara dejaría todo eso para estar con ella y recibir a sus invitados.
Tal como siempre fue separando, las cartas de admiradoras de su trabajo y en otro lado las invitaciones a cenar y demás propuestas, esas se las daba a Candy que divertida las leía, estaba casi por la mitad cuando vio el remitente de una de ellas, su procedencia... Chicago.
Tomó el abrecartas, sacó el papel y leyó, su rostro al ir avanzando fue cambiado poco a poco, primero sorpresa, luego desconcierto, desesperación, al final furia.
Una sensación de calor lo invadió, se aflojó la corbata que en ese momento sentía que lo ahogaba, se pasó las manos por el cabello y volvió a leer, comenzó a reír, miraba el papel y reía, era una burla, un cruel y espantosa burla del destino que cada vez que él creía alcanzar por fin la dicha venía a recordarle que era tan solo un miserable juguete que no merecía nada bueno.
Arremetió con furia incomparable, los objetos sobre el escritorio salieron volando cuando pasó las manos sobre éste, los pocos que quedaron los fue aventando para todos lados mientras dos lágrimas caían por su rostro, estaba por lanzar una de tantas cosas cuando se dio cuenta que era una fotografía, la de él y su familia.
Se dejó caer sobre el escritorio, estaba cansado, cansado de los juegos del destino ¿Ahora que iba a hacer? ¿Decirle a Candy? ¿Para qué? ¿Para perderla de nuevo? Y ahora no sólo sería a ella, sino también a su hijo, pero...si no le decía entonces...de todos modos perdería.
– ¡Dios! ¿Porque te ensañas conmigo? – preguntó Terry al tiempo que se llevaba las manos al rostro.
– Amor ya llegó tu madre y… – Candy no terminó de hablar, había ido por su esposo al estudio pues los invitados a la cena estaban por llegar.
Candy, sorprendió al ver el tiradero a su alrededor, pero más aún ante la visión de Terry, su corazón se oprimió al ver el estado de alteración del castaño, él respiraba con agitación, estaba temblando y tenía la cabeza baja, ella comenzó a acercarse despacio, con temor a asustarlo más de lo que se veía.
– Terry – llamó dulcemente – ¿Qué es lo que tienes mi amor? – preguntó pasando con suavidad su mano por la castaña cabellera – ¿Ha pasado algo malo? – hizo otra pregunta.
– Es mi culpa Candy, el culpable soy yo… – dijo el castaño mirando los verdes ojos de su esposa con los suyos llenos de lágrimas.
– ¿De qué me hablas Terry? ¡Dios! ¿Qué te pasa? – cuestionó desesperada – ¡Dime qué es lo que tienes! Los dos lo solucionaremos juntos – declaró la rubia al ver el desespero en esos ojos que tanto amaba.
– ¡Perdóname! ¡Te juro que no sabía! ¡Yo no entendía…! – decía el castaño tomando el rostro de su mujer
– ¿De qué hablas Terry? – proclamó mientras, también le acariciaba las mejillas comenzando a temblar.
La rubia percibió el papel en las manos del castaño, le soltó la cara y tomó la hoja que Terry todavía sostenía, el la soltó lentamente dejando caer los brazos a sus costados, derrotado.
Con las manos temblorosas la rubia comenzó a leer, frunció el ceño al reconocer la caligrafía.
– ¿Annie? – preguntó mirando a Terry que parecía ido.
Chicago Illinois, enero de 1920
Terry:
Se que te sorprenderá la forma en la que te estoy haciendo llegar esta carta, pero creo que fue la manera más correcta que encontré para llegar a ti y que nadie se entere del contenido y del remitente.
Se que soy la persona de la que menos quisieras saber en estos momentos, pero créeme que, si no fuera importante lo que debo anunciarte, no hubiera tenido el valor de hacerlo. No quiero extenderme más de la cuenta, pero siento la necesidad de aclararte algunas cosas además de mi deber de informarte.
Aquella noche por accidente tomaste algo que no debías, te juro que no fue mi intención, en mi lucha por concebir un hijo con Archie he estado tomando unos remedios, la mujer me dijo que no podía prescindir de ellos ni una sola vez para estar siempre dispuesta a mi esposo y así lo hice.
Como cada noche preparé mi remedio, tu estabas dormido, al igual que Candy, no creí que alguno de ustedes se levantara, ya era tarde, entonces tú entraste a la cocina y...bueno...bebiste lo mismo que yo, tal vez no entiendas muy bien lo que te digo pero...el remedio era muy fuerte...te embota los sentidos e incrementa el deseo carnal, lo sé, lo sé, te preguntarás porque lo tomé esa noche si no estaba en mi casa y con mi marido, como te dije antes no debe pasar un solo día sin que lo tome, sé que no es una justificación y no lo hago pero debido a los resultados es mi deber aclararte las cosas.
Te repito que no fue mi intención que pasará lo que pasó con nosotros, yo iba para el cuarto cuando sentí la ráfaga fría, solo entre al estudio porque sentí que de ahí provenía, no sabía que estuvieras ahí, me sorprendí mucho cuando me agarraste los tobillos, me asusté, pensé que alguien se había metido a la casa pero después...comenzaste a tocarme y yo… simplemente no pude, mi cuerpo reaccionó y deje que todo pasará, es mi culpa, no debí, quisiera decirte que me arrepiento, pero ahora que se el resultado de aquella noche tan... no sé ni cómo llamarle, tuvo las consecuencias más felices y anheladas por mí, tal vez para ti no sea de la misma manera, pero me has dado el mejor regalo de toda mi vida… Terry...estoy embarazada... estoy esperando un hijo y es tuyo, a lo mejor y no me crees pero...es la verdad, Archie y yo llevamos bastante tiempo distanciados por diferentes razones y no hemos tenido intimidad, no desde hace mucho, pero no debes preocuparte ya que no te estoy informando para pedirte nada, mucho menos exigirte, solamente quería informarte, tampoco debes preocuparte de que tanto Archie como Candy se lleguen a enterar de que tú eres el padre, así que siéntete tranquilo, que nadie se enterara de lo ocurrido entre nosotros, yo sabré como arreglar este asunto, tampoco te sientas culpable tal vez la única culpable aquí sea yo.
Annie.
Continuará…
Por: Lexie (Esmeralda Graham) y Temperance (Primrose)
Para: GF 2020
Portada: Mist (Byul Hye)
Gracias por leer.
