Los personajes de Candy Candy no me pertenecen sino a su respectiva creadora.

Historia sin fines de lucro.

Historia creada en conjunto por Esmeralda Graham y Primrose para la guerra florida 2020 y el grupo de Las divinas místicas de Terry

El último aliento

Capítulo 9

El culpable soy yo

"Voy a tener un hijo tuyo" esas palabras quedaron grabadas a fuego en las pupilas de Candy.

No podía apartar la vista de ese trozo de papel, sus manos temblaban, dejó de respirar, se llevó la mano al pecho para cerciorarse que todavía tenía corazón y esté aún latía.

– Candy...– llamó Terry en un susurro, muy suave, como un eco que se va alejando.

Ella no escuchaba, lo miró sin verlo, con los ojos vacíos.

Él volvió a llamarla, pero Candy seguía sin reaccionar, Terry se asustó y entonces estiró la mano para tocarla.

– Candy... – la llamó al tiempo que la jalaba del brazo que ella tenía en el pecho.

Entonces...la rubia reaccionó, sus verdes ojos se posaron en los de Terry que como mar embravecido mostraban su turbación.

Dio un paso atrás, alejándose de él, apartando el brazo, rechazando su toque.

Y Terry lo supo...ya todo estaba perdido.

Unos golpes en la puerta llamaron la atención de Candy.

– Robert y su familia ya llegaron – se escuchó la voz de Eleanor al otro lado.

Candy guardó inmediatamente la carta tras su espalda al tiempo que se dirigió a la entrada tomando el picaporte y así evitar que su suegra abriera, lo único que logró decir fue:

– Hay gente a la que atender – afirmó tajante – recomponte y sales, tu madre y yo nos encargamos mientras tanto, los invitados nos esperan, no tardes – y salió del despacho sin volverse a mirarlo.

Para Terry no había más nada que decir, Candy no le dio tiempo de rebatir nada, salió tan rápido como pudo del estudio dejándolo ahí, solo y expectante, asustado ante la reacción de su esposa.

Cuando la rubia salió se topó con Eleonor quien elegantemente vestida estaba ahí en la puerta, en busca de la pareja ya que los invitados que acababan de llegar preguntaban dónde estaba el festejado.

– Gracias Eleonor – habló ronca – ahora vamos – dijo al tiempo que intentó encaminarse rumbo al salón donde se llevaría a cabo el festejo de Terry.

– ¿Pasa algo? – inquirió la rubia actriz al ver el semblante pálido de su nuera – ¿Pasó algo con mi hijo?, ¿Dónde está Terry? ¿Porque no viene contigo? Si a eso saliste del salón para venir a buscarlo.

– Discúlpame Eleonor, pero Terry se sentía un poco…Él está bien – se apresuró a contestar Candy – tan solo está un poco nervioso, ya sabe que no le gusta mucho la gente – la joven mujer hizo un intento de broma hacia la persona de su esposo sacando a relucir su carácter volátil.

– ¿No me digas hija que se niega asistir?, si ya lo habíamos convencido, todo saldrá bien, son solo amigos y...

La chica cortó el diálogo de su suegra.

– Voy a… iré a atender a Robert – manifestó alejándose, no quería seguir hablando de él sentía una gran punzada en su pecho, pero sabía que debía actuar tranquila y contenta, para que nadie a excepción de ellos supiera lo que pasaba.

La mujer no muy convencida la dejó ir, estaba confundida por la reacción de Candy, su rostro hasta momentos antes alegre se veía algo desencajado.

Cuando su nuera se hubo marchado abrió la puerta del despacho de sus hijos decidida a averiguar qué había pasado, porque después de haber visto el semblante de su nuera sabía que no era algo referente a la fiesta por lo que Terry aún no aparecía en su festejo. Su corazón de madre se fue acelerando mientras giraba el picaporte, cuando al fin la puerta se abrió se encontró con una escena que la asustó. Recargado en su escritorio viendo a la oscuridad que reflejaba su ventanal estaba Terry con una copa en la mano y con la otra se jalaba el cabello, Eleanor se acercó tímidamente hacia donde se encontraba su hijo, lo llamó con la voz más dulce para no alterarlo más.

– ¿Terry, cariño te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

Como el castaño no se dignaba a mirarla ella avanzó más hasta tocar su brazo.

– Es evidente que algo ha pasado – señaló la rubia a su alrededor – háblame Terry – pidió la mujer.

El castaño se limitó a beber de un trago su copa, al acabar la lanzó hacia la ventana haciéndola estallar en mil pedazos, posteriormente se incorporó miró a su madre con ojos de hielo pasando junto a ella sin decir una sola palabra dejando a Eleonor con la palabra en la boca.

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La cena de celebración se llevó a cabo en un tenso pero disimulado silencio por parte de los anfitriones, hablando sólo lo necesario, la más animada era Eleonor, actriz al fin y al cabo disimuló muy bien cualquier cosa que hubiera podido pasar entre su hijo y nuera.

El final de la velada llegó, mientras Candy y Eleonor ayudaban al personal de servicio a recoger Terry se tumbó en una banca junto a la escalera, estaba cansado, su cuerpo estaba rígido por el estrés, la mandíbula le dolía por estar horas con la sonrisa fingida que sentía que su cabeza estaba a punto de explotar.

La primera en llegar hasta donde él estaba fue su madre, con suavidad la elegante mujer se sentó junto a él, acariciando sus cabellos dulcemente.

El castaño se masajeaba las sienes, ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Se preguntaba una y otra vez maldiciendo en su interior a la mujer causante de todo...Annie.

El taconeo sobre el piso los hizo a ambos, madre e hijo mirar hacia el frente topándose con la mirada vacía de Candy.

La rubia dueña de la casa terminó de supervisar la limpieza de comedor, salón y cocina en donde agradeció a su personal de servicio por su colaboración quienes sonrientes externaron el gusto de haber hecho su trabajo, apagó todas las luces antes de dirigirse a su habitación, en el arco de entrada al salón vio a su esposo y suegra, tomó aire, la opresión en su pecho era demasiado dolorosa, aun así caminó con la cabeza en alto, necesitaba su espacio, necesitaba llorar, así que con pasos apresurados pero sin dejar de mirarlos avanzó.

Candy sabía que se toparía con Terry y Eleonor, sin embargo, se armó de todo el valor del que era poseedora, tenía necesidad de abrazar a su hijo, necesitaba de su calor inmediatamente, estaba cruzando el salón lo más rápido que le era posible, sin embargo, su taconeo llamó la atención de madre e hijo quienes se encontraban ahí sentados,apresuró el paso, desvío la mirada y siguió de largo, no contaba con lo rápido que Terry era en ocasiones así que en un par de zancadas la alcanzó a la mitad de las escaleras.

– Candy ¿Podemos hablar? – pidió el castaño unos escalones abajo de ella.

Candy se congeló ante el sonido de la potente voz de su esposo, cerró los ojos haciendo acopio de sus fuerzas, aspiró para recuperarse, abrió los ojos volviéndose apenas hacia Terry, su mirada se enfocó en la masculina presencia, el corazón de nuevo latiendo desbocado.

– Ahora no Terrence estoy algo cansada, será mañana – respondió al tiempo que comenzó a subir corriendo, tratando de ocultar el llanto que comenzaba a brotar de sus verdes ojos, esperando que su esposo no insistiera.

Terry subió detrás de ella, no podía esperar más, su paciencia estaba al límite.

– ¡Candice! – gritó dejando la sutileza que la situación ameritaba – ¡Te estoy diciendo que quiero hablar contigo! ¡Necesitamos hablar! – exigió.

– ¡No! – fue el grito de respuesta de la rubia subiendo todavía más rápido.

El subió de dos en dos los escalones, antes de que ella llegara a la habitación de ambos la tomó del brazo, la rubia quiso zafarse del agarre del castaño y comenzó a forcejear al tiempo que también gritaba.

– ¡SUÉLTAME! – fue el grito furioso de la rubia – no quiero que me vuelvas a tocar – le dijo ella apuntándole con el índice, con sus ojos bañados en lágrimas y dolor.

El, que para ese entonces estaba bastante achispado por el alcohol, también le grito.

– ¡No podemos posponer esto, hay que hablar ahora! – exigió de nuevo.

La rubia miró de soslayo a su suegra que, desde abajo observaba sin entender todavía.

– Ahora no Terry, ahora no – dijo limpiándose las lágrimas que sin permiso resbalaban por sus mejillas.

La ojiverde intentó seguir su camino, pero, de nuevo el fuerte agarre de Terry se lo impidió.

– Te dije que no me toques – habló ella en un susurro comenzando a perder los estribos.

– ¡Puedo tocarte porque eres mi esposa Candice! ¡Me escuchaste!

– ¡Oh Vaya! – le contestó ella ya furiosa – ¿Es ahora que te acuerdas que tienes esposa? ¡Mira que eres un maldito descarado!

– ¡Pero ¡qué diablos estás diciendo! ¡Acaso estás diciendo que lo hice para lastimarte!

Candy miró detrás de Terry, Eleanor ya estaba ahí, la mujer no quería entrometerse, pero sabía que algo grave estaba ocurriendo y antes que su hijo hiciera alguna tontería subió a tratar de mediar.

– No voy a seguir discutiendo contigo, no ahora, estás bebido y yo...– bajó la cabeza – necesito pensar – la rubia corrió para alcanzar la puerta de su habitación, necesitaba tumbarse pues sentía que le dolía todo el cuerpo.

Terry quedó inerte por una fracción de segundo, sus ojos miraban de un lado a otro, estaba turbado, dolido, furioso, aferrándose a la baranda de la escalera, resoplando como una bestia salvaje.

– Hijo mío – habló Eleonor – es mejor que vayas a descansar, lo que sea que haya pasado mañana lo arreglaran – decía mientras pasaba su mano por la amplia espalda del castaño.

– ¡NO! – gritó él de nuevo rechazando el consuelo de su madre.

Moviendo las piernas como si alguien lo persiguiera llegó a la puerta de la recámara.

– ¡Abre Candy! – proclamó golpeando la puerta pues al intentar abrir esta tenía llave – ¡Candy!

Al cerrar la puerta Candy se recargo en ella, cerró los ojos un momento mientras el río desbocado de sus lágrimas resbalaban por sus tersas mejillas.

– ¡Candy! – un nuevo golpe, más fuerte que el anterior la hicieron saltar por la vibración.

– Terry por favor – suplicó Eleonor – tranquilízate hijo estás muy exaltado – le tomó del brazo.

– ¡No puedo dejar esto para mañana Eleonor! ¡Abre de una maldita vez o tiraré la puerta Candy! – exigió azotando los puños.

Dentro de la habitación la rubia no respondía, se había sentado en el piso junto a su cama abrazando sus rodillas mientras se sujetaba la cabeza tapándose los oídos, estaba temblando, cerró los ojos en un intento por escapar de su dolorosa realidad, no quería pensar en ello, en Terry, en Annie, mucho menos en lo que pasó. Pero su imaginación tan viva le mostraba imágenes que no quería, hiriéndose en lo más profundo de su alma.

El silencio de Candy terminó con el poco autocontrol que aún poseía el castaño, tomó impulso y con una certera y potente patada abrió la puerta llevándose la chapa con ella.

Candy brincó asustada ante la intromisión.

– Tenemos que hablar – la voz de Terry sonó ronca pero firme, se arrodilló junto a Candy que seguía en el suelo – ¡Por favor pecas!

La alusión al apodo que Terry le había impuesto y que utilizaba con frecuencia para llamarla enervaron los nervios ya alterados de Candy.

– No vuelvas a llamarme así – dijo al tiempo que sus ojos flameaban.

– ¡Candy! Tienes que escucharme, yo no quise...no debió pasar… – hablaba el hombre alborotando su cabellera castaña con las manos – Yo jamás hubiera…

– ¡No lo digas! Por favor vete, no quiero verte ahora, déjame sola – pedía tratando de alejarse de él.

– ¡No puedo! ¡Necesito que me escuches!

La rubia se puso de pie, de entre su ropa sacó la infame carta arrojándola al piso.

– Está más que claro lo que pasó, pero no quiero...no puedo… – se alejó de él tapando su rostro con las manos.

– ¡Perdóname! Yo jamás...

– ¡Sal de mi habitación! No quiero verte, ¿Qué no lo entiendes? Tan solo mirarte me lastima – un fuerte sollozo salió de la garganta de la rubia.

Terry se acercó a ella, la tomó de los brazos en un intento de abrazarla, pero ella de nuevo lo rechazó aun así él no se amedrentó, necesitaba demostrarle que ella era la única mujer en su vida, que la amaba, así que entre forcejeos la besó furiosamente, haciéndole daño a su boca.

Candy trató de alejarlo poniendo las manos sobre su pecho haciendo lo posible por alejarlo, pero él afianzó su agarre así que ella, aunque pequeña de estatura, era bastante fuerte y logró zafarse, agitada, con los labios hinchados le dio una fuerte bofetada igual o más fuerte de la que alguna vez en otro beso robado le había dado.

Terry tocó su mejilla ardiente, no por el golpe si no porque el dolor que ella le causó con esa acción.

Candy al ver su aturdimiento se apresuró a salir de su habitación, pero él salió detrás de ella.

Gritos y forcejeo en el pasillo provocaron el llanto del pequeño Evan lo cual fue aprovechado por la rubia para correr y encerrarse con el bebé.

Candy se acercó a la cuna, tomó a Evan en sus brazos tratando de calmarlo, pero su esfuerzo era infructuoso ya que Terry gritaba y golpeaba con sus puños la puerta para que le abriera.

– ¡Candy Abre la puerta o te juro que también la derribaré! – exclamó comenzando a patearla.

Eleonor intervino después de ver y oír lo que su hijo trataba de hacer, ya había permanecido mucho tiempo tan solo de espectadora, no podía permitir que su hijo siguiera comportándose como energúmeno, menos aún que sin importarle el llanto desesperado del bebé esté seguía gritando y pateando la puerta.

– ¡Terrence! Le gritó su madre – ¿Que está sucediendo? ¡Por Dios deja de golpear esa puerta! ¿Es que acaso no estás escuchando a tu hijo? – el castaño empezó a entrar en razón, estaba tan obnubilado que ya no sabía ni lo que hacía.

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Chicago Illinois, enero 15 mansion Cornwell - Brighton.

Era una mañana agradable, Annie y Archie habían bajado para reunirse a tomar su desayuno como siempre, como antes, entre plática y plática el tiempo se les pasó de manera amena, en un momento dado Annie le comentó a su esposo que le haría una cena especial para festejar la reanudación de su matrimonio a lo cual él accedió muy complacido por el detalle de su esposa, el hombre agradecido prometió llegar temprano para estar listo y presentable a la hora dispuesta, se levantó de la mesa, besó la frente de Annie y se despidió de ella para dirigirse al corporativo Andley.

En apariencia todo parecía marchar bien en la casa Cornwell, después de que la pareja decidiera darse una oportunidad para salvar su matrimonio, Annie trataba de llevar la fiesta en paz con Archie, lo esperaba para cenar, se encargaba de que su ropa siempre estuviera limpia y lista para usarse, la ojiazul volvía a ser aquella chica atenta y paciente que una vez fue y la mujer hacendosa, pendiente de las necesidades de su esposo, claro, todo esto con un solo propósito, volverlo hacer que tomara sus tisanas; esa misma noche, estaba planeando sorprenderlo en la cena, seleccionó su mejor y más sensual ropa interior, el vestido que sabía hacía resaltar sus atributos naturales ahora un poco hinchados debido a su estado pero muy convenientes para sus planes.

Teniendo todo bien planeado pidió a su cocinera preparar lo que más le gustaba a su esposo, mandó disponer la mesa con su mantel más fino y los cubiertos de plata -regalo de sus padres- la engalanó con su exquisito gusto en flores y preparó con ayuda el postre.

Archie llegaría puntual ese día, se había comprometido y cumpliría.

Con esa seguridad Annie mandó llamar a su empleada para hacerle el encargo pertinente.

– Debes ser muy discreta Maggie – instruía Annie a su mucama – no quiero que nadie más se dé cuenta cuando vayas a casa de tu tía – decía la ojiazul al tiempo que metía varias monedas en una pequeña bolsa – dale esto a Emma – depósito el dinero enlas manos de la chica – necesito que vayas rápido, que le pidas por favor que te dé una dotación de las hierbas que había estado tomando, me urgen – solicitó nerviosa.

– ¡Pero señora! – exclamó la chica sorprendida – creo haber escuchado que su esposo ya dormiría en su habitación, no creo que sea necesario la ayuda de las hierbas – expuso la chica sonrojada ante la revelación que hizo.

– Maggie ¡Claro que las necesito! no es que yo no pueda seducir a mi marido, lo que quiero es embotarlo para que no note los pequeños cambios que están surgiendo en mi cuerpo – declaró masajeando sus manos, nerviosa por lo que iba a hacer.

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Archie en su oficina pensaba enla decisión que había tomado, salvar su matrimonio a costa de lo que sea, por eso mismo y a pesar de la sensación de vacío que sentía optó por no seguir manteniendo el contacto con Patricia, no quería darle motivos a su esposa y propiciar una pelea, sabía que debían volver a su vida marital eso incluía volver a dormir en la misma habitación y reanudar su vida sexual, eso lo tenía un tanto inquieto, el recuerdo de los labios de Patty, tan suaves, tan dulces, su aroma, el breve contacto que tuvo con ella le provocaba un hormigueo en las manos, ¿Como volver a tocar asu esposa y no pensar en Patricia? Se removió en su silla, los pantalones comenzaron a apretarse bajo su cintura de sólo imaginarse a la chica, con sus cabellos esparcidos sobre su almohada, desnuda, con él sobre ella, entrando en su cuerpo y haciéndola suspirar, sonrojada y ansiosa, deseosa de él, sacudió la cabeza, dejarse llevar por esas fantasías era lo peor que pudiera hacer ahora.

– Andas muy distraído últimamente primo – afirmó Neil entrando por la puerta lateral del despacho de Archie.

– ¿Qué buscas aquí Neil? – inquirió molesto, con el ceño fruncido.

– Mi padre necesita la firma de William – dijo agitando un folder – ¿Qué crees primito? – preguntó cínico – me voy a florida, debo supervisar los trabajos en el hotel de ahí – declaró sonriendo de medio lado, con ese brillo siniestro que a veces proyectaba.

Archie se tensó ante la mención de Florida, no podía olvidar la manera en la que Neil se había acercado a Patricia en la cena de Navidad, apretó los puños y su mirada miel se tornó helada al dirigirse a él.

– ¿Tú vas a ir a supervisar? ¿Tú? ¡Por favor! Apenas y puedes con las diligencias que hay que hacer aquí ¿Y te vas a ir solo? – se burló.

– Pues, aunque no lo creas primito – respondió – cuando tengo motivación puedo llegar a ser muy eficaz y en Florida tengo una motivación con largas piernas y olor a miel – finalizó haciendo un gesto de obscena fascinación.

Los ánimos de Archie se crisparon entendiendo a la perfección lo que Neil insinuaba.

– ¡MÁS VALE QUE NO ESTÉS HABLANDO DE PATRICIA! – gritó furioso, poniéndose de pie como impulsado, apretando los puños hasta dejar sus nudillos blancos, clavándose las uñas en las palmas.

– ¡Calma primito! No seas egoísta, tú tienes una hermosa mujer a tu lado, yo estoy en la búsqueda de alguien especial y Patty...bueno...digamos que...con los años evolucionó satisfactoriamente – de nuevo el gesto de lascivia.

– ¡Era la novia de Stear! – alegó, sus labios en una línea tensa – no es una mujer para andar un rato como sueles hacerlo, ella es una dama – siseo apretando los dientes.

Neil solo rio al ver la cara roja de Archie, dio la media vuelta y se adentro en la oficina de Albert dejando a su primo con el estómago revuelto del coraje que acababa de hacer.

Archie lo vio irse muy sonriente, su idea original de no volver a tener contacto con Patricia se fue al traste, con toda la rabia que lo invadía se dispuso a levantar el auricular del teléfono, marcó el número y espero…

Tallahassee, capital de Florida.

La casa de Martha O'Brien era un lugar pintoresco, un espacio grande lleno de recuerdos, con un jardín enorme desde el cual una hermosa chica castaña sentada en un columpio leía un libro de poesía.

– Señorita Patty tiene usted una llamada telefónica – informó Judi, una de las mucamas.

– Muchas gracias – dijo Patricia cerrando el libro brindando una dulce sonrisa a la chica de no más de dieciséis años.

La castaña se puso se pie, atravesó el jardín trasero y entró por la puerta de cristales, atravesó un largo pasillo hasta llegar al salón central, giro a su izquierda abriendo la puerta de pino de la biblioteca desde donde, los ventanales abiertos de par en par dejaban entrar el aire y la luz, tomó el aparato con sus delicadas manos, apartó su ahora largo cabello y contestó.

– Hola – dijo con su dulce voz.

– ¿Patricia? – inquirió una voz varonil al otro lado de la línea.

– ¡Archie!...

Continuará…

Por: Lexie y Temperance.

Gracias por leer.

Buenas noches amables seguidoras, una disculpa por no haber actualizado esta historia pero, no olviden que es un fic en conjunto y debemos hacer revisiones por lo que nos lleva un poco más de tiempo.

No lo vamos a dejar inconcluso, solamente les pedimos un poco de paciencia, seguimos trabajando.

saludos para todas de parte de Esmeralda.

En el próximo capítulo…

– Candy, ayúdame por favor – pidió Eleonor al tiempo que intentaba quitarle los zapatos a su hijo.

– Deje, yo lo hago – dijo Candy al tiempo que con habilidad subía los pies de Terrence al sofá que se encontraba en el estudio – yo me encargo de él, vaya a descansar.

– Hija yo…

– Se que quiere saber señora Baker, le prometo que mañana hablamos, ¡Por favor! – suplicó la rubia.

Eleonor asintió, salió del lugar no sin antes regresar la mirada hacia sus hijos, sabía que algo muy grave había pasado, sin embargo, ahí estaba su nuera atendiendo a su hijo que al parecer había acabado con la reserva de whisky de la casa y ahora estaba completamente dormido.

Candy despojo de zapatos, calcetines y corbata a su marido, lo acomodó lo mejor que pudo y antes de retirarse a buscar una manta para taparlo se sentó junto a él, le acarició el cabello, la mejilla, delineó sus labios al tiempo que otro torrente de lágrimas salían de sus ojos.

– ¿Porque Terry? ¿Porque nos hacen esto? ¿Qué culpa estamos pagando para que no nos dejen ser felices? O es que acaso ¿La culpable soy yo?...