TU PIEL EN LA MÍA
Después de tanto tiempo, y de tantas cosas que habían ocurrido, se me hacía raro volver a ver a Kardia por mi Templo. La última vez que estuvo aquí le lancé una de mis técnicas y lo amenacé por lo que había estado a punto de hacerle a mi mejor amiga. Pero luego de escuchar lo que él tenía para decir, confirmé lo que hacía mucho había empezado a sospechar: la voluntad de Kardia había sido manipulada. Restaba averiguar por quién y por qué.
El Escorpiano se había ido lejos durante todo ese tiempo para pensar en lo que había ocurrido, pues se sentía culpable por haber intentado lastimar a Natalie; realmente sonaba muy apenado, y juraba que él nunca sería capaz de forzar a ninguna mujer, puesto que no tenía necesidad de ello. También comentó que no tenía recuerdo alguno de esos momentos, por lo que desconocía quién le había suministrado la poción que le arrebató la voluntad. Me contó además de los sitios en los que había estado últimamente, y lo bien que la había estado pasando con varias mujeres, como era habitual en él, y que ahora se sentía listo para entrar de lleno en la batalla contra Hades.
Mientras tanto, yo le relaté los tristes acontecimientos que tuvieron lugar durante su ausencia, la pérdida de Ásmita y la aparición del rey del Inframundo en el Santuario, que terminó destruyendo la barrera protectora que la señorita Sasha había creado para protegernos y frenar la resurrección de los espectros.
_¡Por todos los dioses! ¿El desgraciado de Hades estuvo aquí? ¿Osó poner sus pies en nuestro Santuario? ¡Cómo pude perderme eso?! _ , exclamó Kardia con exageración, mientras llevaba sus manos a la cabeza.
_¡No volveré a perderme la oportunidad de acabar con la vida de ese maldito! Estoy seguro de que el ser que me arrebató la voluntad pertenece a su ejército, y pienso vengarme por eso...Lo estaré esperando... _ , siseó el Escorpiano con un destello de ira en sus ojos.
Pero en el fondo, pude leer en ellos una tristeza infinita que él se esforzaba por ocultar, y tal vez ésa fuera la verdadera razón por la cual se mantuvo alejado todo este tiempo. Es mi amigo, lo conozco demasiado bien... Pero no voy a forzarlo a hablar; lo hará cuando quiera, como todo lo que hace.
Durante varios días que siguieron a lo ocurrido en Jamir, Fluorite y yo habíamos acudido cada tarde al Templo de Virgo a visitar a Natalie, que aún permanecía allí, pero no habíamos obtenido más que disculpas por parte de Agasha; la joven sanadora seguía sin desear ver a nadie.
Una y otra vez recibíamos la misma respuesta, y el hecho de saber que ella continuaba sin querer salir de la cama, negándose a probar bocado, comenzó a preocuparnos tanto a Fluorite como a mí, pues temíamos que la joven médica hubiera caído en la melancolía, lo cual era muy posible debido a sus antecedentes. Por esa razón, un día como tantos otros en los que concurrimos a visitarla, un impulso dentro de mí me animó a desafiar sus órdenes; no la dejaría hundirse en su tristeza, la ayudaría a salir adelante al igual que todos en el Santuario. Cuando la florista salió a nuestro encuentro, la hice a un lado ante su mirada estupefacta, e ingresé en la recámara principal del Templo de la Virgen, sumamente enojado con mi mejor amiga por dejarse vencer de esta manera. Mi enojo para con ella creció aún más al contemplar la imagen que tenía delante de mis ojos: Natalie yacía de lado en el lecho que había pertenecido a Ásmita, cubierta con su capa blanca, pálida y con oscuros círculos bajo sus hermosos ojos castaños, los que alguna vez habían logrado colarse en mis sueños. La comida que Agasha le traía se encontraba intacta en una pequeña mesa junto a la cama.
Por Athena, ella era sólo una sombra de lo que había sido. Aquella joven llena de entusiasmo, de vigor, que tanto había hecho por cuidar la salud de todos en el Santuario y en los pueblos aledaños, ahora se encontraba sumida en los oscuros brazos de la melancolía, tal como lo temía. Sus antes rosados labios, permanecían ahora formando una línea fina, pálida como la luz de la luna; su brillante cabello castaño que siempre llevaba recogido con prolijidad en una cola de caballo durante su trabajo, se encontraba opaco y desordenado sobre la almohada, y su mirada que otrora irradiaba felicidad y amor por sus semejantes, se perdía vacía en un punto fijo y lejano de la habitación. Ella se había olvidado de todo y de todos en esa fatídica noche en la que perdió al hombre que amaba; incluso se había olvidado hasta de sí misma. Su trabajo, que tanta alegría le daba, ya no conseguía llenar de dicha sus días. Por todos los dioses, si el Patriarca la viera en este estado, no se lo perdonaría nunca... No puedo permitir que Natalie descuide su salud de esta forma; Ásmita no estaría de acuerdo con que ella se marchite y se deje morir poco a poco como una flor arrancada de la planta que le dió vida... debo hacer todo lo que esté en mis manos para sacarla de ese estado en el que se encuentra.
Con expresión seria y la voz firme, me dirigí hacia Natalie:
_Vamos, Natalie, debes levantarte de esa cama; necesitas alimentarte adecuadamente y seguir con tu rutina diaria, verás que te sentirás mejor con el tiempo, te traerá la resignación que necesitas... _ , le dije con pesar en la voz mientras la miraba atentamente; me partía el alma verla de esa manera.
Ella movió su mirada de aquel punto fijo y perdido en el espacio de la luminosa habitación y la posó en mí, y tras unos largos minutos pronunció las palabras que durante los últimos días había escuchado de boca de Agasha, aunque no de la manera tan brusca en como la joven sanadora lo estaba haciendo ahora.
_Lárgate, Degel, déjame en paz..._ , dijo Natalie con un hilo de voz; era evidente que estaba agotada y débil luego de tantos días de negarse a probar bocado, pero no me detendría. Tenía que sacarla de esa cama a como diera lugar, y para eso debía hacerla entrar en razón.
_No, no lo haré, sabes que no me iré de aquí hasta que salgas de esa cama y vuelvas a tomar las riendas de tu vida! ¡Entiéndelo, Natalie, tú estás viva, tienes que vivir! Sé cuánto amabas a Ásmita y que estás haciendo tu duelo por su pérdida, pero dejarte morir lentamente no es la manera... Todos aquí en el Santuario te apreciamos mucho y estamos dispuestos a ayudarte en lo que necesites para salir de esta melancolía; por favor, Natalie, sólo déjame brindarte mi ayuda..._ , le susurré con delicadeza, temiendo que ella me rechazara bruscamente y se encerrara aún más en sí misma.
_Yo sólo... Sólo quiero que me dejen en paz... Quiero que me dejen aquí entre sus cosas... Todo lo que quiero es volver a verlo y estar con él, donde sea que se encuentre ahora... Por favor, déjame irme con él, Degel, no insistas en tratar de que salga de este lugar donde estoy rodeada de sus pertenencias, su aroma que llena mis sentidos y me recuerda a la calidez de su piel, al refugio que me brindaban sus fuertes brazos... No puedo olvidar todo lo que viví junto a él; Ásmita fue la persona que me trajo de nuevo a la vida con sus maravillosas palabras, me hizo creer en mí misma de nuevo... No puedo seguir adelante sin su presencia en mi vida... _ , sollozó la joven médica mientras las lágrimas se deslizaban de sus ojos y humedecían sus pálidas mejillas para luego dejar una marca de humedad en la capa blanca perteneciente al caballero de Virgo con la cual la joven se encontraba envuelta, aferrándose a ella con fuerza, como si con ese simple acto pudiera retener algo de su amado.
Después de pronunciar esas palabras, ella dió un profundo suspiro y cerró los ojos brevemente, para luego volver a abrirlos y dejar su mirada perderse en algún punto lejano de la recámara.
Lo sabía. Ella estaba dejándose morir. ¿Cómo podía estar haciéndose eso a sí misma alguien que valora la vida humana tanto como para dedicar su vida a salvarlas? ¿Por qué ella estaba dándose por vencida? No puedo permitir que se haga esto. La ira comenzó a encenderse en mi interior, y se convirtió en un impulso que me llevó a hacer lo que jamás me hubiera atrevido a hacer.
_¡Maldita sea, Natalie! ¡Ponte de pie!, le grité con rabia al mismo tiempo que me aproximaba a ella, que permanecía impasible, con sus bellos ojos perdidos y lejanos, ajenos a mis movimientos y a lo que pasaba por mi mente en ese momento.
Entonces no lo pensé más.
Suspiré profundamente, me acerqué al lecho donde la muchacha yacía y, de improviso, la tomé del brazo con algo de brusquedad, puesto ya que había agotado toda mi paciencia, y la saqué de allí a la rastra, literalmente. La joven se dejó llevar hasta el borde del lecho, donde la tomé en brazos fácilmente; por todos los dioses, era como si hubiera levantado una pluma, tanto era el peso que había perdido en estos días. Cargando a Natalie en brazos, me dirigí al cuarto de baño, y mientras lo hacía, pude notar de cerca los estragos que la tristeza había causado en esa muchacha que solía visitar mi biblioteca y alegrarse con la sola visión de tantos libros ordenados en las vastas estanterías. Ella era tan ligera, y la debilidad de su cuerpo no le permitía oponerse a mis acciones; sus miembros caían laxamente de entre mis brazos, sumamente adelgazados. La visión de su cuerpo frágil e indefenso oprimía mi corazón, y en el fondo deseaba con todas mis fuerzas que ella aceptara mi ayuda y la que todo el Santuario estaba dispuesto a brindarle; no permitiríamos que su vida se marchitara de esta manera. A paso firme, ingresé en el cuarto de baño con la muchacha en brazos, y me detuve frente al espejo; allí deposité a Natalie de pie en el piso, más tuve que sostenerla con fuerza por detrás, tomándola por la cintura, debido a que sus piernas estaban tan debilitadas por el tiempo prolongado que había pasado en cama que no eran capaces de sostenerla por su propio peso. El enojo se esparció dentro de mí cual si fuera un veneno infectando mi sangre, dándome la fuerza necesaria para continuar con lo que me había propuesto. La joven sanadora se encontraba de pie frente al espejo, pero su cabeza estaba inclinada hacia abajo, mirando fijamente el fino mármol del piso; parecía una muñeca sin vida cuyos hilos eran manejados por un titiritero. Mi exasperación ganó terreno y entonces tomé su barbilla en una de mis manos y elevé su cabeza para que así pudiera quedar frente a frente al espejo y que viera con sus propios ojos lo que había estado haciéndole a su cuerpo.
_¡Vamos, Natalie! ¡Levanta la cabeza! ¡Mira lo que te has hecho, mírate, por todos los dioses!!_ , le grité dominado por la rabia mientras mantenía un férreo agarre sobre su mentón para obligarla a mirarse y que así contemplara la cruel realidad de su reflejo. Los ojos castaños de la muchacha miraron con desgano la imagen que el espejo le ofrecía, para luego apartarse ante la visión que tenía delante de ella. Mi mano, que continuaba sosteniendo su barbilla, le dió una pequeña sacudida para obligarla a no apartar su mirada, a lo cual la joven respondió, para mi sorpresa, con fuertes movimientos para intentar zafarse de mi agarre. Más no cedí en ningún momento, era necesario que ella viera.
_¡Mira, mira cómo estás! ¿Te parece que esto era lo que Ásmita quería? ¡Él no querría verte así, derrotada, sin ánimos para vivir! ¡Él sabía que eras una mujer fuerte, por eso es que se enamoró de ti!_ , continué con mis palabras, frías y cortantes como el hielo, con la esperanza de hacerla entrar en razón. Natalie comenzó a forcejear para liberarse de mi agarre cada vez con más fuerza, mientras en mi interior me preguntaba cómo es que aún con la fragilidad de su estado ella podía sacar esa fuerza y oponerse a mí. Los minutos pasaban mientras ambos forcejeábamos, yo intentando que ella no se apartara de aquel espejo y que pudiera darse cuenta de que no podía dejarse morir de esta manera.
_¡Ásmita dió su vida para salvarnos a todos, para que pudiéramos tener una oportunidad de ganar esta maldita guerra, y también lo hizo para que tú pudieras vivir! ¡No desperdicies su sacrificio de una manera tan estúpida, ya no eres una niña para comportarte así!_ .
_¡Lárgate Degel!! ¡Déjame en paz con mi dolor!_ , respondió la joven mientras las palabras se esforzaban por salir de su garganta y la fuerza con la que intentaba zafarse de mi agarre disminuía poco a poco hasta hacerse nula. Gruesas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos almendrados, al mismo tiempo que se dejaba envolver por mis brazos, dándome a entender que por fin había comprendido.
_Es que es tan difícil, Degel... ¡No sé cómo continuar mi vida sin él!_ , sollozó Natalie mientras apoyaba su cabeza contra mi pecho y sus lágrimas tibias mojaban la coraza de mi armadura. Con una de mis manos, acaricié con dulzura su cabello al tiempo que le susurraba que todo estaría bien, que ella podría recuperarse de este duro golpe que la vida le había dado y que yo estaría ahí para ella siempre. Deseaba con todo el corazón que aquellas muestras de cariño, que aquel abrazo que le di lograran unir los pedazos en los cuales se había fragmentado su alma. Ojalá los dioses le concedan el consuelo que tanto necesita, y que algún día su corazón logre sanar y pueda encontrar la felicidad nuevamente. Agasha y Fluorite se aproximaron lentamente a la puerta del cuarto de baño luego de haber escuchado seguramente toda la conversación que había tenido lugar, y con lágrimas en sus ojos ambas contemplaron la escena, embargadas por la emoción y la tristeza que les producía ver que una de sus amigas tenía su corazón hecho trizas por el dolor de la pérdida del amor de su vida.
Dejé a Natalie en manos de Agasha, quien me aseguró que cuidaría de ella y se ocuparía de que comenzara a alimentarse para así recuperar las fuerzas que necesitaba para seguir adelante con su vida, por lo menos físicamente hablando; sabía que el alma de mi mejor amiga se encontraba todavía presa de la melancolía y que sería un arduo camino el sacarla de allí, pero con el tiempo, ella lo superaría, sería fuerte otra vez.
Fluorite y yo regresamos al Templo de acuario cuando ya la luna se asomaba en el cielo; habíamos pasado la mayor parte del día en la Sexta Casa zodiacal. Caminábamos a paso lento, tomados de la mano, muy cerca el uno del otro, pero teniendo la discreción de que nadie nos viera. Preferíamos mantener nuestra relación en secreto, pues no era una buena idea que todo el Santuario se enterara justo en estos momentos tan delicados, con el ataque de los espectros de Hades debido a la Guerra Santa. El enemigo se encontraba suelto entre nosotros y podría aprovechar mi relación con Fluorite para hacerle daño, y eso era lo que quería evitar a toda costa. De cuando en cuando, a medida que subíamos las escaleras en dirección a Acuario, nos dirigíamos miradas furtivas así como pequeñas sonrisas, que para mí representaban el tesoro más grande que podría haber en este mundo.
Una vez que arribamos a mi Templo e ingresamos, Fluorite se dirigió con rumbo a la cocina, mientras yo inconscientemente, caminé en dirección hacia el que consideraba mi refugio: mi amada biblioteca. Allí me dejé caer en uno de los sillones del pequeño salón que colindaba con ella, agotado mentalmente por haber presenciado el estado físico y emocional en el que se encontraba mi mejor amiga y la mujer que hasta no hace mucho tiempo, yo consideraba el amor de mi vida. Cerré mis ojos y suspiré con lentitud mientras tomaba entre mis dedos el puente de mi nariz en una pinza. Internamente rogué a los dioses que concedieran a Natalie la resignación que le hace falta para continuar adelante con su vida; ella es muy joven para encerrarse en las oscuras garras de la melancolía, y tiene muchas cosas que hacer aún en este mundo, muchas vidas que salvar y personas con las cuales puede compartir su sabiduria; necesitamos más personas así como ella en este lugar.
El sonido de unos pasos acercándose me sacó de mis pensamientos, y al abrir los ojos, me encontré con la mirada azul cielo de Fluorite. Esos hermosos ojos que tanta calma le traían a mi mente cuando me encontraba agobiado con mis pensamientos. Ella trajo una bandeja con café y unos croissant; se veían tan esponjosos que no podía resistirme a ellos, así que estiré mi mano hacia el plato que se había depositado sobre la mesita del té, tomé uno y probé un buen bocado. La dulce y esponjosa textura de la masa parecía deshacerse en mi boca, dándome la sensación de que estaba saboreando una nube; sabía absolutamente exquisito. La joven francesa se encontraba sentada en el otro sillón , del lado opuesto de la mesita de té, observándome en silencio mientras disfrutaba de su propio croissant. Me daba la impresión de que quería decirme algo aunque no se atrevía, pues percibí un leve temblor en sus manos que se esforzaba por ocultar, intentando alisar la arrugas que se habían formado en la falda de su vestido.
Le dediqué una mirada inquisitiva al mismo tiempo que dejé a un lado mi croissant y le hablé:
_¿Ocurre algo, Fluorite? ¿Hay algo que quieras decirme?_ .
Ella depositó su croissant en el plato y luego se acercó a mí, acuclillándose junto a mi sillón, su mirada una mezcla de comprensión y de preocupación.
_Estoy muy orgullosa de ti, Degel, por todo lo que has hecho para ayudar a Natalie, para sacarla de su tristeza y hacerle sentir que no se encuentra sola ante la ausencia de Ásmita... Realmente tienes un corazón muy bondadoso, lleno de amor para dar, y eso me hace inmensamente feliz _
_...Y es únicamente tuyo, Mon amour..._ , le susurré con voz ronca, completando su frase, mientras tomaba su delicada mano y la posaba sobre la coraza de mi armadura donde se encontraba mi corazón, para que ella pudiera sentir cómo se aceleraban mis latidos con su cercanía.
Permanecimos durante unos minutos así, con mi mano sobre la suya, pequeña y delicada sobre mi pecho; luego nuestras miradas se encontraron y el tiempo pareció detenerse, mientras mi alma se encendía con la contemplación de mi amada Fluorite. Su piel de porcelana se tiñó de repente de un color rosado, similar al de una rosa, al ruborizarse bajo mi mirada, la cual estaba desbordándola debido a la intensidad que conllevaba. Con la mano que tenía libre, acaricié con suavidad su mejilla, disfrutando de su tersura, y luego ella pronunció unas palabras:
_¡Oh, Degel! Todo lo que ha sucedido en las últimas semanas, tanta desdicha y tragedia que ha golpeado a este Santuario y se ha llevado las vidas de tantas personas, la mayoría de ellos jóvenes que apenas habían comenzado a vivir, a experimentar sentimientos, oprime mi corazón... Dentro de mí puedo sentir la oscuridad de la incertidumbre cerniéndose sobre nosotros, y no puedo evitar pensar en lo que pasará con esta guerra; constantemente me pregunto si no seré yo la próxima en llorar tu pérdida... No puedo concebir esa posibilidad... Ahora comprendo exactamente cómo debía sentirse Natalie, y lo que siente ahora al saber que han arrancado una parte de su corazón. Te amo tanto Degel, que simplemente yo tampoco podría imaginarme un mundo si tú no estás en él... _ , dijo la joven francesa sollozando las últimas palabras mientras sus ojos se humedecían al mirar los míos con temor, el temor de lo que pudiera sucederme en esta Guerra Santa.
Mi corazón se oprimía dolorosamente cada vez que ella derramaba lágrimas por mi causa, y todo lo que quería hacer era brindarle las palabras adecuadas que le trajeran tranquilidad y sosiego a su alma, aunque en el fondo, sabía que no podía prometerle nada. El destino es cruel, más aún el de un guerrero al servicio de la diosa Athena, pues al ingresar en la orden dorada, lo hacemos sabiendo que debemos dar todo de nosotros para mantener la paz y la justicia en el mundo, incluso hasta nuestras propias vidas. Por un instante maldije mi suerte, al no poder prometerle nada certero a la mujer que me había cautivado y que había conmovido mi corazón hasta la fibra más íntima, y que ahora se encontraba ante mí, temblando debido al temor y a la incertidumbre de nuestro futuro. Suspiré profundamente, y acuné una de sus mejillas con mi palma antes de responderle.
_ Fluorite, sabes cuál es mi destino al ser un caballero de Athena, por lo tanto, sabes que no puedo prometerte que saldré sano y salvo de esta guerra. Pero lo que sí puedo decirte, es que mientras mi corazón siga latiendo, voy a hacer todo lo posible por sobrevivir y regresar a tu lado, Ma petite fleur... Eres lo más preciado para mí, el único lugar al que quiero regresar... Je t'aime, Fluorite..._ ,le susurré mientras podía escuchar cómo cambiaba el tono de mi voz hasta hacerse más ronco, producto de la intensidad de las emociones que me embargaban al mirarla directo a los ojos, similares a dos océanos en plena tempestad, y que reflejaban con exactitud cómo me sentía interiormente en estos momentos.
La joven se arrojó a mis abrazos, hundiendo su cabeza en mi pecho, que parecía a punto de estallar debido al golpeteo de los latidos de mi corazón, y yo no podía hacer más que abrazarla con fuerza, como si con ese abrazo pudiera desvanecer toda esa tristeza que había transfigurado sus bellas facciones. Tras unos minutos fundidos en aquel gesto, con suavidad la aparté de mí para volver a contemplar sus ojos, que aún permanecían húmedos por las tibias lágrimas que habían derramado; sin darme cuenta, mi pulgar comenzó a delinear su labio inferior, proporcionando tiernas caricias a aquella boca que había saboreado tantas veces. Una vez más no pude resistir la tentación de besarla, de tomar posesión de esos labios y reclamarlos como míos, y así lo hice, mientras dejé que la pasión y la intensidad tomaran las riendas de aquel beso, tan diferente de todos los que nos habíamos dado. Ella correspondió a mi acción de la misma manera, con desesperación y deseo, tan intenso como el que yo sentía, abandonándose entre mis brazos. Pero el aire se hizo escaso entre nosotros, por lo que tuvimos que apartarnos forzosamente para llenar nuevamente los pulmones con ese fluido vital, al mismo tiempo que intentábamos acompasar nuestras respiraciones. Mi mente ya había empezado a desvariar producto de los estímulos y la cercanía del contacto físico, por lo que mi cuerpo había despertado sus instintos; por todos lo dioses, era casi imposible contenerme cuando estaba con ella, realmente cada vez se me estaba haciendo más difícil ignorar aquella necesidad casi instintiva de mi cuerpo. Entonces temí por ella, por su virtud; no quería presionarla ni obligarla a algo que fuera en contra de su voluntad. Secretamente, esperaba que con el tiempo, algún día, quizás, cuando nos encontráramos lejos de tan terribles circunstancias como las que ahora forman parte de nuestra realidad, Fluorite aceptara convertirse en mi esposa, y sólo tras aquella unión sagrada y solemne, pudiéramos por fin consumar nuestro amor. No quería convertirme simplemente en el conocido canalla que roba la virtud a las jovencitas. Así que, una vez más, reuní toda mi fuerza de voluntad para reprimir el deseo que quemaba en mi interior.
_Fluorite, por favor, es mejor que nos detengamos en este momento... No quiero hacerte daño... _ , le dije aún agitado e intentando calmar mi respiración y normalizar mi ritmo cardíaco.
Pero ella me miró directo a los ojos, y en ellos pude ver una férrea determinación; no había rastro de miedo ni de dudas.
_Degel, yo... No quiero que te detengas... _ , dijo la muchacha casi en un murmullo, mientras se ruborizaba delicadamente al pronunciar aquellas palabras.
Al hacerlo, en ningún momento apartó su mirada de la mía, como si quisiera transmitirme que no tenía miedo de lo que pudiera llegar a ocurrir. Mi corazón comenzó nuevamente un acelerado galope que podía oír retumbar en mis oídos al escuchar la seguridad de sus palabras; sin dudas estoy sorprendido con su respuesta, a la vez que algo dentro de mí empieza a temblar. Al igual que ella, carezco totalmente de experiencia alguna en lo que se refiere al romance, especialmente en la unión física de los cuerpos. Toda mi vida me he dedicado a cultivar mi intelecto, a llenar mi mente del maravilloso conocimiento que provenía de tierras lejanas, donde primaban la investigación y los grandes descubrimientos de los hombres de ciencia; siempre tuve el anhelo de ser como ellos para poder, de esa manera, traer aquellas novedades a Grecia y así ayudar al progreso de esta civilización. Pero me había olvidado de mí mismo, de vivir. Y no podía evitar que en este momento los nervios y el temor me invadieran, ya que no tenía idea de cómo reaccionar ni de cómo actuar. ¡Qué fácil sería para Kardia solucionar este predicamento! ¡Desearía poder tener sólo una pizca de su carácter ahora mismo!
Abrí mis ojos de par en par durante una fracción de segundos, buscando en mi mente las palabras apropiadas para decir, o cómo debía actuar; sé que tengo que tomar una decisión y darle una respuesta, mientras los minutos pasan y mi sentido del honor mantiene una encarnizada lucha contra mis deseos que, primitivos, acechan mi razón, empujándome al pecado. Parpadeé varias veces ante la mirada de Fluorite, que se mantenía decidida y sin una pizca de vacilación; a estas alturas mi ritmo cardíaco había adquirido una frecuencia tal que por un instante pensé que me iba a estallar el corazón. Suspiré profundamente y clavé mis ojos en los suyos, buscando algún rastro de duda, más no lo hallé: una vez más ella había tomado una decisión. Mis labios se abrieron, temblorosos al principio, para preguntarle si de verdad sabía lo que estaba diciendo y si era consciente de lo que eso implicaba.
_¿Estás segura, Fluorite?_ , pregunté expectante y algo ansioso, pues en el fondo, sabía que lo único que podría detenerme era su negativa.
La joven francesa continuó mirándome con sus ojos azul cielo, que brillaban como nunca bajo la pálida luz de la luna que se filtraba a través de la ventana de mi biblioteca, bañando todo el ambiente con destellos platinados.
_Sí, Degel, estoy segura. Sé perfectamente lo que eso significa, y quiero que entiendas que esta es mi decisión, y nada de lo que digas podrá persuadirme. Soy una mujer independiente que toma sus propias decisiones, y lo que quiero en este momento, es estar aquí contigo... _ .
Cuando ella terminó de hablar, mi respiración se aceleró, y tomé sus manos entre las mías, tratando de ocultar el leve temblor que se había instalado en ellas; luego deposité un delicado beso sobre el dorso de una de sus manos, mientras mis ojos no se despegaban de los suyos ni por un instante, memorizando cada detalle de su angelical rostro. Ella entreabrió sus labios al sentir la calidez de mi aliento sobre su mano, pero no demostraba temor alguno. Ese casto beso se trasladó a la palma de su mano, donde modificó sus características, haciéndose más intenso y pasional, lo que provocó que un profundo suspiro escapara de los labios de Fluorite, que luego dió paso a un suave gemido. Continué observando con toda mi atención los gestos que comenzaban a aparecer en el rostro de la joven, cuya inexperiencia en estas cuestiones era comparable a la mía, y el sólo hecho de oír su voz de aquella manera tan diferente y tan sensual, encendió por completo mis sentidos, animándome a continuar. Fluorite se había ruborizado casi al instante de haberse dado cuenta del cambio en el tono de suvoz y, sorprendida, abrió sus ojos casi con estupefacción. No me detuve en mi accionar, y continué con la dulce caricia de mi lengua acariciando la suave piel de su muñeca, ante lo cual la muchacha reaccionó inconscientemente aumentando la frecuencia de su respiración. Sus reacciones estaban ejerciendo una fascinación en mí tal que sólo quería pasar el resto de mi vida contemplando su rostro arrebolado y transfigurado por el placer. Estaba volviéndome loco; tenía que terminar con esta tortura.
Continué depositando un camino lento de besos por el antebrazo de la joven, ascendiendo en dirección a su cuello; fue allí que la miré una vez más con intensidad y un anhelo tan grande que jamás había sentido, luego de lo cual la besé, con una mezcla de suavidad y deseo que sentía estaba carcomiendo mi alma. Coloqué una mano detrás de su cabeza para aumentar la intensidad del beso, y la otra detrás de su angosta cintura, tras lo cual la atraje hacia mí para aumentar el contacto entre nuestros cuerpos. Podía sentir la calidez que emanaba del menudo cuerpo de Fluorite a través del metal de mi armadura, que comenzó a vibrar ligeramente, con seguridad debido que había percibido la enorme agitación de sentimientos dentro de mí. En mi mente pensé, sólo por una fracción de segundo, que quería que la armadura abandonara mi cuerpo, y en efecto, así lo hizo, convirtiéndose en un destello dorado que salió volando en dirección a mi habitación. Ahora que me encontraba solamente vestido con las ropas de entrenamiento, de tela delgada para poder soportar las temperaturas del verano griego, sentía como una especie de electricidad recorrer mi cuerpo.
La expectación crecía dentro de mí conforme avanzaban los minutos con Fluorite entre mis brazos, correspondiendo al ardor de mis besos y pegándose más a mí, como si ella también tuviera esa urgencia interior de sentirme. Mi mano sobre su cintura podía percibir el calor intenso de su piel a través de la fina tela de su vestido, y deseé que ninguna barrera se interpusiera entre nosotros; más la parte racional de mi mente que todavía funcionaba, no quería tomar a la muchacha en un sitio en el que no se pudiera proteger su privacidad. No quería que Fluorite recordara este momento entre nosotros en un lugar en el que corría el riesgo de ser vista por cualquier persona que ingresara a mi Templo; no podía arriesgar su reputación de esa manera. Una biblioteca no es el sitio adecuado para lo que estaba a punto de acontecer entre nosotros y que marcaría nuestras vidas para siempre.
Con ese pensamiento, tomé a la muchacha en brazos y caminé con rumbo a mi habitación; al llegar a la puerta, deposité a Fluorite de pie en el piso para girar el picaporte, luego de lo cual la tomé de la mano e ingresamos en mis aposentos. Lentamente y con timidez, ella hizo los pasos que la condujeron a adentrarse en la que antes había sido una fría habitación y que ahora me parecía que estaba en llamas. Observó los escasos detalles que había con su mirada dulce y alegre, para luego permanecer de pie a escasos metros del enorme lecho con dosel al estilo Luis XV que había traído conmigo de aquella misión en Francia donde la había conocido, y sus ojos de cielo se fijaron sobre él y el sofisticado edredón de terciopelo azul que lo cubría. Una vez que hube cerrado la puerta, me giré hacia ella y observé una vez más su pequeña figura recortada sobre la luz de la luna que se filtraba por el ventanal, buscando un atisbo de duda o temor, algo que me dijera que debía detenerme y no cometer aquella locura con ella.
_¿Sabes que ya no hay vuelta atrás, verdad?_ , le susurré con voz ronca al mismo tiempo que me aproximaba a ella con lentitud; me sentía un depredador a punto de lanzarse sobre su presa, y en el fondo, una punzada de culpa me azotó.
_Lo sé, Degel. Esto es lo que quiero, lo que yo elijo. Y te elijo a ti por sobre todas las cosas..._ , respondió Fluorite mientras acariciaba mi mejilla con ternura y una sonrisa se dibujaba en sus perfectos y carnosos labios, dejándome saber que estaban listos para ser probados como nunca antes.
Entonces cerré los ojos y deposité un beso sobre la frente de la muchacha, mientras suspiraba y tomaba el valor necesario para tratar de contener mis instintos primitivos, los cuales me urgían a resolver la situación con rapidez.
Con un leve temblor en mis dedos, rocé sus tentadores labios, y observé fascinado cómo adquirían el color de una cereza madura bajo mi toque, luego de lo cual Fluorite depositó un suave beso en la punta de mis dedos, pero cargado de una sensualidad que no había visto jamás en ella.
¡Oh, dioses! Aquel gesto tan simple me quitó todo el autocontrol que me quedaba, y de improviso, tomé a Fluorite de la cintura y la acerqué a mí pues no podía soportar ni un minuto más que hubiera siquiera unos centímetros de distancia entre nosotros. Mis labios buscaron los suyos con frenesí, para probar nuevamente el manjar que me ofrecían, invitándome a perderme en ellos, así como en su virginal cuerpo.
Con suavidad, fui despojando a Fluorite de su vestido, mientras trazaba un camino de besos en la delicada piel de su cuello, a lo cual ella respondió con suspiros profundos extremadamente seductores, que acuciaban el deseo en mi interior. La joven mantenía sus ojos cerrados mientras esos sonidos que eran como música para mí, brotaban de su garganta; luego sus azulados orbes se abrieron y en ellos ardía el mismo deseo que me estaba consumiendo. Ella se tomó su tiempo para desabrochar los botones de mi camisa, que dejó deslizar por mis brazos hasta el piso, y luego colocó la palma de su mano sobre mi corazón, a lo cual éste reaccionó aumentando su frecuencia. Mis ojos no podían dejar de contemplar los suyos, y entonces coloqué mi mano sobre la suya, luego la atraje hacia mi boca y deposité un beso en el que estaba exponiendo mi alma entera. Las lágrimas se asomaron a los ojos de la muchacha pero no salieron, y entonces la estreché en un abrazo y la llevé hasta el lecho, donde nuestros instintos comenzaron a dominar la situación, haciéndonos olvidar de todo recato. Los labios de ambos se unieron una y otra vez, reconociendo el sabor mutuo, y las lenguas comenzaron a danzar entrelazadas; me deleité con la suavidad de la piel de Fluorite, sólo comparable al terciopelo, y contemplé extasiado cada uno de sus gestos y acciones al alcanzar el clímax, pero en el fondo me encontraba algo temeroso de que pudiera lastimarla de alguna forma.
Nada de lo que observé me hacía pensar en que le había hecho daño. Probé de la miel de sus labios una vez más, y sentí una extraña fascinación al tocar y percibir la textura sedosa de la piel de su vientre, al mismo tiempo que ella dejaba escapar pequeños y suaves gemidos de entre sus rojizos labios, mientras su espalda se arqueaba producto del placer que estaba experimentando, acercando hacia mí sus delicados y perfectos senos, a los cuales también dediqué especiales atenciones, rozando y libando la sensible piel, y maravillándome nuevamente con la reacción de mi amada. Podía sentir los dedos de Fluorite presionando mi espalda y aferrándose a ella con fuerza cada vez que invadía su interior, acercándola con cada movimiento, lento y deliberado, al momento cúspide de su éxtasis. Cuando eso ocurrió, ella se dejó ir entre mis brazos tras pronunciar mi nombre, luego de lo cual me dirigió la más hermosa de sus sonrisas, que reflejaba la inmensa satisfacción y tranquilidad que sentía. Sus mejillas, aún arreboladas, se veían cual manzanas rojas recién maduras, mientras el placer se extendía por sus facciones.
La contemplación de tal imagen golpeó mis sentidos de una manera que jamás me imaginé, pues la maravillosa mujer que tenía entre mis brazos y de la cual mis ojos no podían apartarse, se me figuraba una auténtica diosa, irradiando la más absoluta y pura sensualidad.
Sentí que mi corazón aumentaba una vez más su ya acelerado ritmo, y que la sangre quemaba dentro de mis venas mientras sentía cada vez más cerca el momento de mi liberación; los movimientos suaves cambiaron y se aceleraron ligeramente, hasta que me acercaron a un abismo por el que finalmente, caí. ¡Oh, por todos los dioses! ¡Qué caída más dulce es ésta! Pude oír mi propia voz enronquecida, transfigurada por la oleada exquisita de placer intenso que recorrió cada una de las células de mi cuerpo, arrasando con todo uso de razón, con toda la cordura que había en mí, haciéndome olvidar del resto del mundo y de lo que estaba ocurriendo en él; sólo existíamos Fluorite y yo y este momento tan perfecto y tan íntimo que habíamos compartido.
Me sostuve con mis brazos para no dejar caer mi peso sobre ella, mientras mi respiración continuaba acelerada y yo luchaba por controlarla, al igual que a mi ritmo cardíaco, que lentamente parecía volver a su frecuencia normal.
Una vez más contemplé la imagen de la mujer que amaba entre mis brazos, todavía bajo los efectos del placer, tan dulce y tierna, pero a la vez tan sensual y seductora, que mi corazón no pudo evitar exteriorizar aquel sentimiento que había comenzado a surgir el día en que volví a verla. Mis ojos buscaron los suyos con adoración, para perderse en esos océanos azules que tanto me fascinaban, y mis labios se abrieron para dejar salir las palabras que quería que ella escuchara de mi boca siempre, sea cual fuere el tiempo que nos quedara juntos:
_Je t'aime, Fluorite..._ .
CONTINUARÁ...
HOLA!!! CÓMO ESTÁN TANTO TIEMPO? HE VUELTO!!!! :-) AL FIN PUEDO ACTUALIZAR LA HISTORIA!!!HE TENIDO MUCHO TRABAJO Y TAMBIÉN EXÁMENES Y ESO ME MANTUVO AUSENTE DE LAS REDES JEJE :-D ESPERO LES GUSTE EL CAPÍTULO!!! MUCHAS GRACIAS POR LEER!!
