TRIBULACIÓN
Realmente no podía creer que Kardia no se diera por vencido. Llevábamos más de 20 minutos discutiendo, en los que yo me negué rotundamente a pronunciar palabra alguna sobre la promesa que le había hecho al Patriarca; sólo con su expresa autorización podría revelarle a mi mejor amigo toda la verdad. Pero en estos momentos tan cruciales para el destino de la Guerra Santa y también de la humanidad, había cosas que no podían decirse y mucho menos tomarse a la ligera, y con la fama de libertino de Kardia, y su defecto de abrir la boca cuando se pasa de copas, no es alguien a quien se le pueda confiar un secreto del que depende el destino de la humanidad entera.
_¡Absolutamente me niego a creer que no estés ocultando información, Degel! ¡Te conozco, y mientes terriblemente mal! ¡Así que iremos con el viejo cascarrabias de Sage y veremos si delante suyo tienes las agallas para negar que están ocultándome algo!, gritó Kardia fingiéndose al extremo ofendido mientras caminaba de un lado a otro en el salón de mi biblioteca, sólo iluminada por la tenue luz de las velas, ya próximas a extinguirse.
Llevé una de mis manos a mi cabeza y cerré los ojos en señal de frustración; no me quedaba de otra que dirigirme con el Escorpiano hacia el Templo del Patriarca.
Era pasada la medianoche cuando por fin estuve de regreso en Acuario; la reunión imprevista con Sage se prolongó más de lo esperado, debido a que éste pasó literalmente más de media hora dándole a Kardia un sermón acerca de los deberes de un caballero dorado y, al final, tuvo que acceder a hacerlo parte del secreto que habíamos estado protegiendo de todos, no sin antes recordarle que si quebrantaba su palabra de alguna manera, lo pagaría con su vida, puesto que se trataba de un asunto de extrema importancia.
Mientras me sirvo un vaso de agua en la cocina, no puedo evitar recordar la expresión del guardián de la Octava Casa zodiacal al escuchar la verdad: estaba anonadado, por lo cual se había quedado boquiabierto y en silencio, más eso sólo duró unos minutos, ya que después no podía parar de hablar con sus características frases y expresiones llenas de sarcasmo y doble sentido. Luego de que el anciano líder le aplicara un correctivo que pareció hacerlo entrar en razón, mi amigo se sosegó y juró que protegería ese secreto y a las personas que involucraba hasta su último aliento.
Realmente estábamos en unas circunstancias en las que no podíamos darnos el lujo de rechazar la ayuda de un caballero dorado, pues era claro que había escasez de guerreros de la élite más alta del ejército de Athena.
Además, me tenía preocupado mi próxima misión: en los próximos días partiría al frente de un grupo pequeño de caballeros de plata y bronce para dirigirnos hacia algunas de las posibles localizaciones del traslador.
Luego de un par de días en los que tuvimos que abandonar la búsqueda para hacer frente a la defensa del Santuario y las villas de los alrededores, nuevamente debíamos ponernos en marcha. No es que tuviera miedo de morir, ya estaba preparado para eso, pero temía lo que pudiera ocurrirle a Fluorite en mi ausencia, después de todo lo que había sucedido.
Sacudí mi cabeza y traté de alejar los pensamientos negativos para no atraer la mala fortuna; ya teníamos suficiente de eso por estas tierras. En los días que quedaran hasta mi partida, me enfocaré en darle a Fluorite lo mejor de mí, para que cuando ya no me encuentre en este mundo, pueda recordarme como el hombre que la amó y que le ofreció su corazón. Pero no voy a entristecerme con eso ahora. Disfrutaré cada segundo con ella y así yo también tendré algo hermoso y puro para recordar cuando me encuentre en el Inframundo.
Esta mañana era particularmente calurosa y tenía un aura extraña debido a que el cielo había perdido gran parte de su color azul celeste por el avance del Lienzo Perdido, que cada día se extendía más sobre nosotros, recordándonos la cruel realidad que nos aguardaba, y que cada momento que teníamos con nuestros amigos era precioso e irrepetible.
Con los pensamientos de la noche anterior en mi mente, le propuse a Fluorite que pasáramos el día fuera del Santuario; un día sólo para nosotros donde no existiera nada más. Cuando le planteé la idea, ella se mostró dubitativa al principio, debido al contexto bélico en el que nos encontrábamos inmersos, pero luego de que le aseguré que ya me había encargado de eso y de que no tenía de qué preocuparse, se relajó instantáneamente y aceptó gustosa. Parecía una niña pequeña al contemplar su dulce favorito, con sus mejillas sonrosadas y su boca de fresa curvándose en una sonrisa tan radiante que iluminaba cada uno de los rincones oscuros de mi alma.
Así que con rapidez, tomamos una cesta y la llenamos con fruta y algunos alimentos sencillos para comer afuera, unas servilletas y también una manta, y nos apresuramos a salir; no le había dicho a Fluorite exactamente adónde íbamos, porque de hecho, yo tampoco tenía idea de adónde nos dirigíamos, pero esperaba encontrar el lugar perfecto para nosotros. Antes de que dejáramos Acuario, le insistí que llevara unas hojas de papel y unas carbonillas para dibujar, ya que seguramente con el paisaje griego y el formidable día que hacía, la inspiración llegaría a ella cual brisa veraniega. Yo decidí que iría con mi armadura por cualquier eventualidad que, esperaba, no ocurriera. Quería que hoy fuera una jornada apacible para ambos, dentro de lo que se pudiera.
Katerina había regresado de uno de los pueblos vecinos luego de visitar a un familiar enfermo, y mi Templo no quedaría solo en ese día. Tal vez ella podría cuidar de Fluorite durante mi ausencia.
Ya con todo lo necesario para un improvisado picnic, cruzamos las puertas de entrada del Santuario y nos dirigimos a paso lento por el camino que lleva a Rodorio. Mientras caminábamos, Fluorite y yo íbamos tomados de las manos, entrelazando nuestros dedos y disfrutando de la calidez mutua bajo el sol del verano griego, que ya estaba cercano a su cénit a esa hora del día. De cuando en cuando, volteaba a observar el juvenil rostro de mi pequeña flor, cuyos ojos correspondían a los míos con un brillo y un ardor muy especial. Realmente nos encontrábamos muy cómodos el uno con el otro, y el silencio que se había instalado entre los dos no era para nada incómodo; simplemente no eran necesarias las palabras entre nosotros. Bastaba con un gesto, una mirada, para saber exactamente cómo se sentía el otro, y eso era fascinante para mí, ya que jamás imaginé poder llegar a tal nivel de complementación con una persona.
Luego de un rato caminando, nos detuvimos junto al camino cuando divisé un lugar del que ya había oído antes, puesto que Ásmita había encontrado aquí a Natalie cuando fue transportada a nuestro tiempo. Él había estado meditando en una pequeña arboleda donde predominaban los árboles frutales y también los olivos, cuando percibió su presencia, y según sus palabras, desde el instante en el que escuchó su voz quedó prendado para siempre de ella.
En cuanto divisé la arboleda, tiré de la mano de Fluorite, instándola a seguirme, para que nos adentráramos en ella y pudiéramos encontrar un lugar apartado del camino para respirar aire puro y disfrutar de la tranquilidad de la naturaleza.
Observé una pequeña zona de terreno cubierto por césped suave y verde y me pareció un buen lugar para instalar nuestro improvisado picnic, así que extendí la manta que habíamos traído para que Fluorite pudiera acomodarse sobre ella y colocar la canasta con los alimentos.
Se trataba de un lugar un tanto apartado, pero al mismo tiempo se podía tener una maravillosa vista, a lo lejos, de la enorme extensión de los caminos de rosas de Albafica que aún permanecían en pie, rodeando el Santuario y sus alrededores a modo de defensa.
_Albafica..._ , susurré por lo bajo al contemplar aquella fantástica vista, y una triste sonrisa se dibujó en mi rostro al mismo tiempo que en mi corazón la tristeza por la pérdida de mi compañero de armas se abría camino, ensombreciendo aquel día que debía ser perfecto para Fluorite y para mí. Entonces sentí que una pequeña calidez tomaba mi mano:
_Degel, ¿te encuentras bien? _ , me preguntó la joven francesa casi en un susurro, como temiendo que con su inocente pregunta pudiera interrumpir mis pensamientos, mientras mis ojos veían a lo lejos, perdidos en la nostalgia de aquellos tiempos de paz que sabía perdidos para siempre, puesto que estaba seguro de que no volvería a verlos.
Giré mi cabeza hacia ella y la miré, y con sólo una mirada a aquellos orbes azul cielo todos los pensamientos negativos que habían estado rondándome se desvanecieron, dejando sólo el inmenso amor que sentía por ella,ese sentimiento que había crecido en tan poco tiempo y que había llegado a límites insospechados. Entrelacé mis dedos con los de ella y le dí un ligero apretón a su pequeña mano, que encajaba perfectamente con la mía, luego le sonreí para evitar preocuparla más de lo que seguramente estaba, puesto que a pesar de que no decía palabra alguna sobre ello, sé que por dentro debe estar extremadamente angustiada con toda esta situación.
_ Sí, Fluorite, estoy bien, no te preocupes... Vamos, almorcemos..._ , le dije con suavidad y la llevé hacia la manta para que se sentara.
Durante un rato largo conversamos sobre nuestra vida, los sueños y aspiraciones que teníamos, mientras saboreábamos un exquisito Spanakópita, una especie de pastel de hojaldre con espinacas y queso feta, que la joven francesa había aprendido a preparar recientemente.
Me encontraba maravillado por la forma en la cual Fluorite hablaba de su trabajo, de sus anhelos más profundos en lo que respecta al ámbito profesional y también por la férrea determinación de continuar con el sueño de su padre, que ahora se había convertido en el suyo propio. Sentía que mi pecho se erguía lleno de orgullo de tener a una mujer tan valiosa y emprendedora a mi lado, y en mi interior rogaba a los dioses que le concedieran la dicha de cumplir todos sus sueños. Sólo desearía poder estar a su lado para verla cumplirlos, como estoy seguro que hará. Pero dudo mucho que me sea concedido tal favor.
Mientras la escuchaba hablar con tanto entusiasmo y alegría, la contemplaba embelesado, perdiéndome en el azul de sus ojos de cielo y en sus rosados labios, y deseé que el tiempo se detuviera justo en este instante, dónde sólo éramos ella y yo y nada más importara. Sólo nosotros y nuestro pequeño e íntimo paraíso.
Acaricié con dulzura inusitada su mejilla para tomar contacto con su aterciopelada piel, delicada y perfecta como ella misma, y sentí que la humedad comenzaba a acumularse en mis ojos; luché para que Fluorite no se diera cuenta de lo mucho que estaba afectándome mi próxima intervención en la Guerra Santa. ¿Qué sería de ella sin mí? ¿Quien velaría por su seguridad? Eran las preguntas que últimamente no me dejaban conciliar el sueño durante las noches.
La joven francesa me miró interrogante, y sus labios se abrieron para preguntar algo:
_ Por favor, Degel, estás asustándome, dime ¿ocurre algo? Siento como si te estuvieras despidiendo de mí_ , dijo Fluorite, las últimas palabras apenas audibles y dichas con una evidente congoja.
_ No ocurre nada, Ma Petite Fleur,es sólo que en los próximos días tendré que salir a una misión muy importante para el futuro de la Guerra Santa, y voy a extrañarte demasiado... Soy inmensamente feliz a tu lado, Fluorite, y si pudiera elegir dónde pasar los últimos instantes de mi vida, sería contigo..._ , le dije con intensidad en mi voz al mismo tiempo que tomaba su rostro entre mis manos. _ Pase lo que pase, nunca olvides que te amo, Fluorite..._ .
La joven me miró fijamente mientras el temor se reflejó fugazmente en sus facciones, y luego sin previo aviso, se arrojó a mis brazos, hundiendo su cabeza en la coraza de mi armadura y aferrándose a mí con toda la fuerza de la que era capaz; su voz temblorosa salió de su garganta :
_¡No, Degel! Por favor, no hables de la muerte... ¡Tú no vas a morir! ¡No puedes dejarme sola en este mundo! Eres el amor de mi vida desde que era una niña, y ahora que por fin te he encontrado y que eres mío, simplemente no puedo perderte, ¡no puedo!!_ , exclamó Fluorite mientras lágrimas cristalinas comenzaban a deslizarse por sus mejillas cual si fuera agua brotando de un manantial.
La visión de aquel ángel sufriendo, preocupado por lo que pudiera ocurrirme, quebró mi voluntad y entonces un impulso dentro de mí hizo que sintiera la necesitad de unir mis labios con los suyos. Quería probar una vez más esa ambrosía que me deleitaba y me transportaba directo al paraíso. ¡Oh, dioses! Me apoderé de su boca y volví a reclamarla como mía cuando mi lengua rozó la suya con vehemencia y exploró nuevamente sus dominios.
La tomé por la cintura y la pegué a mi cuerpo, embargado por una ansiedad inusitada de sentir su calor; ella correspondió por completo a mis acciones y entrelazó sus brazos detrás de mi cuello, atrayéndome con fuerza hacia su cuerpo como si temiera perderme en ese mismo instante si no me sentía junto a ella. Nuestros labios se movían con fiereza, reflejando la pasión abrasadora que sentíamos el uno por el otro, más el sentido de la racionalidad volvió a nosotros, recordándonos que ése no era el lugar adecuado para esa demostración de afecto entre los dos, por lo cual disminuimos la cadencia del beso que nos unía hasta que nuestros labios se separaron con desgano. Permanecimos en silencio, Fluorite apoyando su frente sobre la mía y con la respiración acelerada, completamente sin aliento; luego abrió sus ojos y me miró con una mezcla de tristeza y resignación con el destino que nos aguardaba. Acuné su rostro entre mis manos y deposité un tierno y último beso sobre sus labios de miel, y finalmente nos quedamos en ese lugar tan perfecto e íntimo para nosotros disfrutando de la compañía mutua y hablando, hasta que el sol comenzó a ocultarse, iluminando todo con una luz de tonalidad anaranjada, que anunciaba que el ocaso estaba cerca.
En el Templo de Acuario, la vestal encargada de las labores había regresado hacía pocos días de uno de los pueblos cercanos al Santuario y había retomado las tareas cotidianas; lo hacía de manera automática, lenta y pausadamente, pues sabía que disponía de todo el día para ello, ya que el guardián de la Décima Casa zodiacal seguramente pasaría toda la jornada fuera con esa chiquilla que había tomado como su protegida.
Mientras limpiaba el piso de la enorme biblioteca, suspiró con exasperación; todavía le parecía increíble que aquella jovencita desgarbada haya tenido tanta suerte como para sobrevivir a sus ataques. Los celos y la ira se acrecentaban en su interior al recordarlo, más aún después de haberse enterado de boca de las demás vestales, a quienes les fascinaba el chisme, que Degel había velado por la muchachita mientras se encontraba hospitalizada en casa del Anciano Sanador, y que permaneció junto a ella a cada instante, haciéndose cargo de su rehabilitación.
Abruptamente, los celos le ganaron y vencieron al dominio de su fachada, y arrojó el balde en el que había traído el agua para el aseo de una patada, el cual salió disparado a lo lejos, en dirección del pasillo que daba la entrada al Templo.
_¡Maldita sea! ¡Maldita seas, chiquilla!_ , masculló en un grito contenido mientras apretaba sus puños con fuerza a ambos lados de su cuerpo. _ Y maldito seas tú también, Degel, por haberla preferido a ella antes que a mí... Seguramente ya la convertiste en tu amante... ¡No puedo creer que sea a esa insulsa a quien metiste a tu cama! Pero no puedo permitir que el odio y los celos me cieguen ahora; debo cumplir con mi misión o sino el señor Hades cumplirá su amenaza y acabará con mi vida..._ , suspiró profundamente y luego continuó: _ Está bien, Degel, dejaré que te diviertas con tu francesa... Por ahora... _ , sentenció con el odio brillando a través de sus oscuros orbes, negros como la noche misma.
Unos pasos se acercaron a través del pasillo, y el tintineo característico de una armadura , alertaron a Katerina de que alguien había ingresado al Templo de Acuario, sin anunciarse. Ya se imaginaba de quién se trataba.
Kardia se acercó caminando lentamente en dirección a la biblioteca, cargando el balde que la vestal había pateado.
_ Vaya, vaya... ¿Pero miren a quién tenemos aquí? ¿Con que descargando la ira, eh?_ , dijo el Escorpiano con sorna al caminar acercándose a la morena, quien intentaba controlar sus emociones y poner sobre su rostro su habitual máscara de mujer fatal.
Pensó que ahora que el guardián de la Octava Casa estaba aquí, podría utilizarlo para calmar sus ansias y sus deseos frustrados con el Acuariano; además, Kardia era tan bueno en la cama, que el sólo hecho de pensarlo la llenaba de excitación. Debía reconocerlo, aquel Santo de Athena era puro fuego, y sin duda alguna, el mejor amante que había tenido jamás; incluso mejor que algunos de los espectros del Inframundo, como el idiota de Radamanthys. ¡Si ése infeliz creído tan sólo supiera! Dejaría de jactarse en ser el espectro con las mayores habilidades en el arte del placer. Pobre estúpido, ni siquiera le llega a los talones al guardián de la Octava Casa zodiacal.
Al verlo acercarse sigilosamente hacia ella cual depredador acechando su presa, los ojos de Katerina brillaron con malicia, mientras la seducción emanaba de cada poro de su piel. El ver al Escorpiano allí, con esa actitud tan masculina y seductora, desnudándola con la mirada, la seducía de sobremanera y la excitaba demasiado; tanto que inconscientemente pensaba en cuánto deseaba que le arrancara la ropa y la tomara allí mismo.
Kardia se acercó a la morena hasta que quedó frente a frente con ella; luego le dedicó una mirada que reflejaba sólo una cosa: lo que todos los hombres querían de una mujer como ella.
_¿Con quién estás tan enojada, belleza? Espero que no sea conmigo... , dijo en voz seductora el Escorpiano, mientras caminaba hacia la morena, haciéndola retroceder hasta situarla de espaldas contra una de las tantas estanterías de la biblioteca, acorralándola al colocar sus brazos a ambos lados de la cabeza de la vestal.
Eso la tomó por sorpresa, no pensó que el guardián del Templo de Escorpio viniera a la Casa de su mejor amigo con la intención de tomar a su sirvienta allí mismo, pero era evidente que ésa era su intención. Los ojos de Katerina se fijaron en los azul profundo de Kardia, correspondiendo a la picardía con la que aquéllos la miraban, recorriendo su figura con lascivia.
_¡Vamos, no te hagas la inocente conmigo ahora, Katerina! Los dos sabemos que estás muy lejos de ello..._ , exclamó el Santo de Escorpio, susurrando las últimas palabras cerca del oído de la vestal, mientras con un brazo le rodeaba la cintura para acercarla a su cuerpo, ávido por sentir nuevamente el placer que esa mujer que tenía enfrente podía darle, así no podría pensar en lo que no debía.
La morena respondió a las palabras del caballero dorado con un gemido ahogado, para luego ceder ante su tacto, dejándose arrastrar hasta uno de los sillones del salón junto a la biblioteca. Allí comenzaron a besarse apasionadamente, mientras sus brazos se entrelazaban en el cuerpo del otro, tocando con ansiedad y frenesí, buscando saciar el hambre interna de placer que ambos tenían, aunque no fuera con la persona que estaba en sus mentes en ese momento. Cada uno visualizaba al objeto de su deseo en su pensamiento, y eso avivaba aún más la llama de la pasión reprimida.
Más unos pasos comenzaron a escucharse en la entrada del Templo de Acuario, lo cual hizo que el momento de intimidad que estaba gestándose, fuera cortado de cuajo. Katerina se incorporó con rapidez del sillón y acomodó su ropa lo mejor que pudo, mientras tanto Kardia se mesaba su larga cabellera azulada y acomodaba el faldón de su armadura, al mismo tiempo que cerraba sus ojos y daba un profundo suspiro para así disipar los pensamientos lujuriosos que momentos antes ocupaban toda su atención.
El Santo de Escorpio pudo percibir el cosmos de su mejor amigo, que se acercaba acompañado de la joven francesa, cuya dulce voz reconoció al instante. La escuchó reír alegremente y hablar despreocupada, ajena a todos los tristes acontecimientos del contexto bélico. Degel había conseguido que aunque fuera sólo por un día, ella no pensara en el temible destino que les aguardaba, y eso si bien lo hacía feliz, por otro lado también se sentía como si una daga se estuviera enterrando profundo en su corazón.
Todavía deseaba, en su subconsciente, ser él el hombre que hiciera reír a Fluorite, el que fuera responsable de su felicidad. Apretó sus párpados con fuerza y sacudió su cabeza apartando esos pensamientos que representaban lo imposible para él. No quería torturarse de esa manera, pero su mente regresaba una y otra vez a esa parte de su subconsciente que tanto se esforzaba por mantener en lo más profundo de su cerebro. Realmente era mucho másdifícil de lo que pensaba.
La vestal desapareció velozmente al darse cuenta de que el guardián de Acuario había regresado, y el Escorpiano se sentó en uno de los sillones del pequeño salón junto a la biblioteca, mientras fingía estar dormitando. En cuanto sintió próximos a él los pasos y las voces, parpadeó y abrió sus ojos azules al mismo tiempo que daba un largo bostezo y estiraba sus brazos para desperezarse.
_¡Pero qué buena siesta que me he echado en tu sillón, Degel! Pero, ¿ya regresaron de su día de campo? ¿Acaso el día ha pasado tan rápido?_ , exclamó con sorna y diversión el Escorpiano, intentando lucir su característica apariencia despreocupada.
Degel le dedicó una mirada de soslayo a su mejor amigo, para luego seguir contemplando la sonrisa que se había instalado en el rostro de su amada Fluorite, a quien todavía permanecía tomando de la mano.
_Así es, Kardia, ya regresamos... Dime, ¿qué es lo que te ha traído a mi Templo esta vez?_ , interrogó con cierto aire cansado el Santo de Acuario.
El caballero de Escorpio se levantó con parsimonia del sillón y se acercó a una de las columnas de estilo jónico que formaban parte de la fina y elaborada decoración de la Décima Casa zodiacal; se dejó caer de espaldas contra ella mientras flexionaba una de sus piernas para mantener el apoyo sobre la columna.
_Esta vez sí que tengo una razón para estar aquí, amigo mío... El Patriarca me ha enviado a avisarte que en tres días debe partir el grupo de búsqueda, ya sabes... Así que estate preparado, el viejo dice que no queda mucho tiempo..._ , dijo Kardia intentando sonar y lucir despreocupado, como era su constumbre, mientras cruzaba sus brazos delante de su amplio pecho.
Al oír las palabras de mi mejor amigo, por un instante me paralicé y tuve que parpadear varias veces para obligarme a volver a la realidad; supongo que no me esperaba que luego de haber pasado tan maravilloso día junto a la mujer que amaba tuviera que ponerme en marcha tan rápido... Pero es verdad, el tiempo apremiaba y del resultado de aquella misión que teníamos que cumplir dependía el futuro mismo de la humanidad.
Asentí a modo de respuesta sin vacilar y apreté inconscientemente la mano de Fluorite que tenía entrelazada con la mía, a lo cual ella respondió devolviéndome el apretón, como si en silencio tratara de infundirme el ánimo y el valor que necesitaba para alejarme de ella y cumplir mis obligaciones de caballero dorado.
De improviso, Kardia se alejó de la columna sobre la cual se había reclinado y pasó a nuestro lado caminando con lenta parsimonia y dedicándome una mirada pícara, que remató con un guiño de ojo.
_Bueno, en vista de que ya he cumplido con mi encargo aquí, me retiro... ¡Te dejo para que puedas comenzar a despedirte de tu pequeña flor, Degel!_ , exclamó el guardián del Octavo Templo, para luego desaparecer con rapidez en dirección a la salida de mi Casa, para evitar que pudiera reclamarle algo por sus insinuaciones.
Me encontré mirando a lo lejos por donde se había retirado mi compañero, sintiendo cómo la añoranza comenzaba a crecer en mi interior. Tenía la sensación de que lo había perdido todo al escuchar aquel recado que el Patriarca me había enviado, si bien todavía me encontraba en mi Templo, junto a Fluorite. Pero realmente me embargaba la sensación de que la había perdido, así como a la extraña tranquilidad de la que habíamos disfrutado ese día que habíamos pasado juntos.
Sentí la calidez de la mano de la joven francesa, que aún permanecía unida con la mía, y un leve tirón me devolvió a la realidad. Giré mi rostro para encontrarme con las bellas facciones de Fluorite y sus hermosos ojos azules como el océano, que me miraban con un anhelo que jamás había visto antes y que me hizo sentir como si yo fuera único en el mundo para ella.
_Degel... Todo estará bien... Irás a tu misión, cumplirás con tu obligación como caballero dorado y luego volverás a mí..._ , susurró la joven francesa mientras acunaba mi mejilla con su pequeña y delicada mano y sus ojos azules se clavaban en los míos, llenos de esperanza y del anhelo de un futuro juntos.
Me sentí envuelto en un hechizo y automáticamente, sentí la necesidad de tranquilizarla, de darle sosiego a su alma brindándole la seguridad que en ese momento estaba necesitando. Sé que ella espera que le responda...
_Sí, así es... Yo siempre volveré a tu lado, Fluorite... No importa cuánto tiempo pase, ni la situación en la que me encuentre, sea como sea regresaré por ti... _ , le respondí con la férrea determinación de cumplir con mi palabra.
La muchacha esbozó una sonrisa que se extendió hasta su mirada azulada, y eso llenó de calidez mi corazón al dejarme saber que había logrado mi objetivo. De improviso, Fluorite se puso en puntas de pie y me besó con pasión, al mismo tiempo que entrelazaba sus brazos alrededor de mi cuello, atrayéndome hacia ella, y yo... Caí, caí cual una abeja cede ante la tentación que le supone una hermosa flor, caí como el pecador nuevamente se ve atraído por el pecado. La joven parecía querer continuar lo que habíamos comenzado en aquella arboleda, quizás por desesperación o para no tener que pensar en la incertidumbre de nuestro destino. Sea cual fuera la razón, soy muy débil para resistirme a la tentación que ella representa para mí, y por eso, de nuevo voy a cometer el pecado de aprovecharme de su inocencia, de probar de nuevo sus labios tan irresistibles y de perderme en su cuerpo.
Y así ambos comenzamos a dejarnos llevar por el frenesí de la pasión cuya chispa se había encendido en nosotros y amenazaba con sumirnos en una combustión espontánea. Lo que comenzamos en el salón junto a mi biblioteca, continuó en mi recámara, donde ambos nos rendimos a los brazos del éxtasis. Esa noche, Fluorite se entregó a mí como nunca antes lo había hecho; me ofreció cada centímetro de su aterciopelada piel cual si fuera un manjar exquisito, al igual que su alma, en cada beso y en cada caricia. La habitación se llenó de suspiros de la melodiosa voz de la joven francesa, expresando el infinito placer que nuestra unión le producía. Como un adicto, tomé con desesperación y a manos llenas todo lo que Fluorite me ofrecía y que para mí representaba el paraíso, sin pensar en nada más; atrás quedaron todos mis predicamentos e incertidumbres, las cuales desaparecieron al alcanzar el punto máximo del éxtasis. En ese momento, me sentí plenamente feliz de tener a mi pequeña flor entre mis brazos, pero por una fracción de segundo, también sentí la culpa de saber que si bien la estaba haciendo feliz en todo este tiempo que habíamos compartido, cuando me marchara a mi misión en la Guerra Santa, seguramente su corazón se rompería en mil pedazos.
Con ese pensamiento expandiéndose cada vez más en mi mente, contemplé el rostro arrebolado de la mujer que amaba, aún bajo los efectos del éxtasis de la pasión compartida, y cuyos ojos luchaban por permanecer abiertos, y mi corazón sintió una punzada de dolor. Con una de mis manos, acaricié delicadamente una de sus mejillas, mientras una lágrima cristalina se deslizaba furtiva, humedeciendo a su paso aquella piel de terciopelo que tanto me maravillaba. De nuevo estoy siendo un egoísta al pensar solamente en mi placer, en mi propia satisfacción y mis sentimientos al dejarme arrastrar por el inmenso amor y la pasión que siento por ella de la manera en que lo hice. Jamás me detuve a contemplar que cuánto más tiempo pasara junto a ella, más dura y difícil sería nuestra despedida, nuestra separación forzada por los azares del destino.
Intenté esbozar una sonrisa lo mejor que pude para que Fluorite, antes de rendirse a los brazos de Morfeo, no pudiera leer en mis ojos la culpa que había comenzado a brotar dentro de mí. Una vez que la joven cerró sus ojos, la acomodé y cubrí con la sábana para que no sintiera la falta de mi calidez a su lado en el lecho, tomé mis pantalones de entrenamiento y salí en forma silenciosa de la habitación. Tras cerrar la puerta, dí un largo y profundo suspiro para tratar de calmar a mi corazón, y me dirigí con rumbo a la cocina. Si bien mi Templo era un ambiente fresco, en esos momentos sentía un calor abrasador como si estuviera en un desierto, lo que despertó mi sed. Tomé un vaso de una de las estanterías de la cocina y lo llené con agua del grifo, tras lo cual bebí un trago largo y sin parar; realmente estaba sediento. De repente, un resplandor dorado se hizo presente junto a la mesa de la cocina, para luego tomar una apariencia humana. Mi corazón se aceleró expectante ante aquella aparición, y en seguida me puse en guardia, por si se trataba de uno de los espectros de Hades. Pero me quedé congelado en mi lugar al escuchar una voz que sonaba familiar para mí:
_Hola, Degel..._ .
CONTINUARÁ...
