LA PARTE MÁS DIFÍCIL

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al escuchar aquella voz; era imposible, debía de estar alucinando por alguna razón desconocida como para ver y oír a los muertos.

_¿Á-Ásmita?? ¿Realmente eres tú? Por todos los dioses, ¿cómo es que estás aquí? _ , exclamé entre sorprendido y atemorizado; si bien no creía en fantasmas por tener una mente racional, sabía que aún había hechos que la ciencia de la época no podía explicar.

_ Así es, Degel, soy yo... No temas, no soy una aparición fantasmal _ , dijo Ásmita, mientras una sonrisa divertida se formaba en sus labios por un breve instante; él ya había leído mi mente.

Luego continuó hablando:

_Ya no estoy en el mundo de los vivos, pero debido a mis habilidades puedo desplazarme entre los mundos y algunos lugares del espacio-tiempo, y he venido aquí desde el Inframundo para pedirte un favor... Sé que en el pasado has amado a Natalie, y que ahora tu corazón ha encontrado a alguien más que te hace feliz y que se ha encargado de borrar aquella amargura producto del amor no correspondido, pero ahora en este momento, Natalie necesita tu ayuda... Yo necesito tu ayuda..._ , hizo una pausa para luego continuar con su relato:

_ Sé que lo que voy a pedirte puede ser muy difícil para ti, pero es la única solución que encuentro, y no es fácil para mí pedírtelo... Necesito que cuides de Natalie y de mi hijo, que te hagas cargo de ellos como si fueran tu propia familia... El enemigo se encuentra demasiado cerca, y ellos corren peligro, por eso debes llevártelos de aquí y protegerlos, ya que yo no puedo hacerlo... Y no le confiaría a nadie más esta tarea que no fueras tú, Degel, pues sé cuánto estimas a Natalie; por eso en nombre de la amistad que tienes con ella, te pido por favor que la ayudes y la convenzas para que se aleje del Santuario..._ ,dijo Ásmita profundamente consternado, con la tristeza y la preocupación reflejadas en sus juveniles facciones.

Abrí los ojos sorprendido ante su petición, pues no me esperaba que el hombre al cual Natalie amaba, el padre de su hijo, que había muerto tan recientemente, estuviera en mi cocina en forma de aparición para pedirme algo que seguramente era tan duro para él como para mí.

En el pasado, había soñado con tener el amor el amor de Natalie, que ella me correspondiera y me amara con la misma intensidad con la que yo lo hacía; quería desesperadamente que esa joven me mirara con los mismos ojos con los que miraba a Ásmita, que me dedicara esas miradas llenas de dulzura y de amor con que la sorprendía mirándolo cada vez que la cruzaba en el Santuario... Pero el tiempo fue pasando y me demostró que ella no sería jamás para mí, y que mi corazón encontraría cobijo en otros brazos que, con tanto anhelo, me esperaban desde hacía varios años. Y fue en ese momento que descubrí que en realidad, no era Natalie a quien amaba, sino a esa jovencita que conocí en mi primera misión en Francia, a la que siempre había recordado con un cariño especial, y de la cual nunca pude olvidarme. Fluorite es mi verdadero y único amor.

Pero también es cierto que estamos en circunstancias complicadas producto de la Guerra Santa, y que a medida que el tiempo pasa, todos corremos un peligro potencial de muerte en manos de los espectros comandados por el dios del Inframundo, especialmente los civiles, como Natalie y Fluorite.

Sé que como caballero dorado tengo deberes y responsabilidades para con mi diosa y también para con la humanidad a la cual protegemos, por lo cual al tomar posesión de nuestra armadura debemos realizar votos, de fidelidad para con nuestra diosa, de castidad, y de proteger siempre a la humanidad, y eso implica sacrificios.

Sacrificios como el de tener una vida normal.

Una vida normal junto a la mujer que amamos, el tener una familia a la cual cuidar y proteger y a la que dedicarle el cuerpo y el alma... Eso es algo que para un caballero dorado está vedado.

No sólo por nuestros votos, sino también por la complejidad de nuestras tareas y obligaciones. Cada vez que alguno de nosotros tiene la oportunidad de ser feliz, la felicidad se nos escapa de las manos; tal es el ejemplo de Ásmita y Natalie.

No podría ser tan egoísta de condenar a la mujer que amo a una vida llena de dolor y melancolía por llorar mi muerte, la que sé que es inevitable que ocurra durante la Guerra Santa. Quiero que ella pueda cumplir sus anhelos y sueños, y que se sienta realizada en todo lo que se ha propuesto; que viva una larga vida y por sobre todas las cosas, que sea feliz, aunque no sea a mi lado...

Tal vez esta petición que acabo de recibir es lo que necesitaba para tomar la decisión correcta, aunque fuera extremadamente dura para mí. Aquello que había estado evitando hacer, esquivando su realización cual cobarde.

Tras meditarlo durante un momento en el que me pareció que los minutos y los segundos transcurrían con una lentitud exagerada, tomé la decisión. Apreté mis puños a ambos lados de mi cuerpo, sintiendo mis dedos fríos debido a la vasoconstricción que me provocaba la adrenalina producto del estrés que este encuentro y la situación en la que me encontraba me producían, y luego dí un largo y profundo suspiro de resignación, tras lo cual cerré mis ojos. Pensé por última vez en los últimos días que había pasado con Fluorite, cuánto había disfrutado de su compañía y de la ternura y calidez que sentía entre sus brazos; en cómo había contemplado maravillado sus bellas facciones reaccionar cuando la llevaba al éxtasis... Me hubiera encantado poder estar a su lado por el resto de mi vida, hacerla mi esposa y formar con ella la familia que nunca tuve. Pero eso no puede ser posible en este contexto bélico en el que nos encontramos, y si ella se quedara aquí conmigo su vida correría un peligro mayor del que ya corría. Además, ya le habían ocurrido tantas desdichas por mi causa... Si no hubiera venido a Grecia, ella se habría ahorrado tantas lágrimas amargas...

Lamento muchísimo tener que hacer esto.

El pesar y el dolor comienzan a extenderse a través de mi corazón y corroen mi alma.

Por favor Fluorite, espero que algún día puedas perdonarme.

Tras aquel encuentro proveniente del más allá, el tiempo fue pasando, y con él continuaron sucediéndose los acontecimientos tan brutales consecuencia de la Guerra Santa que acababa de comenzar. Esa noche en la que recibí la visita de Ásmita, volví a mi habitación con el corazón hecho un puño de la aflicción por lo que tenía que hacer, pero aquella sensación se desvaneció al observar a Fluorite durmiendo apaciblemente en mi cama, cubierta tan sólo con mis sábanas blancas. Con una de mis manos acaricié una de sus mejillas, lo cual provocó que ella abriera sus ojos azules y me dedicara la más dulce de sus sonrisas. Aquel gesto no hizo más que aumentar el pesar que se había acumulado en mi conciencia, más aún así junté fuerzas para sonreírle en respuesta. Esa sería la última noche que pasaríamos juntos, la última noche en la que podría sentir la suavidad de su piel y probar sus deliciosos labios que tantas veces me habían hecho perder la razón... No lo pensé demasiado y me arrojé a sus brazos para brindarle todo el amor que ella había despertado en mí; quería desesperadamente impregnarme en su femenino aroma, que ella supiera cuánto la amaba y que me recordara así, como el hombre que la amó con todo su corazón y el alma entera. Esa noche la hice mía una vez más durante la madrugada, mientras intentaba grabar en mi memoria cada centímetro de su cuerpo, cada gesto que se dibujaba en su rostro, y el calor de su piel, que sería mi consuelo en las solitarias noches que vendrían y me acompañaría hasta el final de mis días.

Mientras rememoraba el último encuentro que había tenido con mi amada Fluorite, contemplaba el sol asomándose y marcando el comienzo de un nuevo día. No había podido conciliar el sueño luego de lo ocurrido durante la noche, y ni bien el alba comenzaba a despuntar, me levanté a continuar con el trabajo que el Patriarca me había encomendado, con la esperanza de olvidar aunque sea durante un par de horas, la tristeza que se había instalado en mi alma. Desde la ventana de mi biblioteca podía contemplar gran parte del paisaje veraniego de Grecia, mientras dejaba que la fresca brisa matinal se llevara la humedad que se formaba en mis ojos debido a la tristeza que ya predominaba en mi estado de ánimo. Suspiré con pesar y me giré para dirigirme de nuevo hacia mi escritorio y continuar con la lectura de varios pergaminos relacionados con la Guerra Santa y también con el paradero de los trasladores, los objetos que tienen la capacidad de permitir viajes en el tiempo, y que ahora necesitábamos con tanta celeridad con el fin de garantizar la supervivencia de ese pequeño ser aún no nacido y que ya cargaba con un destino tan importante.

Me concentré nuevamente en la lectura, debía hacerlo rápido pues el Patriarca contaba con mi habilidad para ayudarlo a encontrar lo que estaba buscando.

El silencio reinante en el ambiente de mi biblioteca iba adquiriendo un matiz cada vez más incómodo, convirtiendo mi Templo en un sitio en el que me era cada vez más complicado estar. No me dí cuenta cuánto tiempo llevaba abstraído en mi tarea, cuando de pronto, escuché unos pasos acercarse, tras lo cual pude observar la pequeña figura de Fluorite asomarse con timidez a través de la puerta de la biblioteca. Con sus hermosos ojos azules que me recordaban el cielo de verano, ella me miraba con timidez, al mismo tiempo que sus mejillas se tornaban de color rojizo. Aquel simple gesto suyo me desarmaba totalmente, doblegando mi voluntad y la férrea decisión que había tomado por su bienestar.

Mis labios se curvaron inconscientemente en una sonrisa, triste en el fondo, y me esforcé por mantener mi fachada hasta que llegara el momento que sabía, sería el más difícil para mí. Fluorite se acercó hasta donde me encontraba y súbitamente me abrazó con fuerza, luego de lo cual me besó en los labios con dulzura inusitada, tan propia de ella. Mi alma daba brincos de alegría y mi corazón se aceleró con aquella demostración de cariño a la que ya me había acostumbrado tanto, y por un segundo pensé en cómo iba a ser capaz de seguir adelante sin tener la presencia de mi pequeña flor en mi vida. Cerré mis ojos y traté de que esos pensamientos desaparecieran y me dejaran disfrutar estos últimos momentos a su lado; me puse de pie y me giré hacia ella para estrecharla en un fuerte abrazo que la hiciera sentir contenida y sobre todo, amada. La joven francesa apoyó su mejilla sobre la coraza de mi armadura y cerró los ojos, abandonándose por completo a esa sensación que ambos sentíamos al estar en contacto el uno con el otro.

_ Bonjour, Degel! No te sentí a mi lado en la cama, y fue por eso que he venido a buscarte... ¿Por qué estás trabajando tan temprano? ¿Todo está bien? _ , dijo Fluorite con cierto tono de preocupación en las últimas frases.

Con el dedo índice elevé su barbilla para que me mirara a los ojos, y le aseguré que solamente me encontraba revisando unos documentos muy importantes para el Patriarca, pero que todo estaba bien y que no debía preocuparse por nada. Si bien al principio la noté un poco dubitativa, segundos después su expresión se relajó, y volvió a ser la muchacha dulce y risueña que solía ser, dueña de un entusiasmo que se expandía a todos los que se encontraban a su alrededor.

_Está bien, te dejaré seguir con tu trabajo; mientras tanto iré a la casa del Anciano Sanador para ayudar a Natalie y a Agasha en lo que necesiten, y más tarde volveré para preparar el almuerzo para los dos _ , dijo Fluorite, para luego depositar un tierno beso sobre mis labios y salir en dirección a la entrada de mi Templo.

Deslicé las yemas de mis dedos sobre el sitio en el que ella había depositado aquel beso, y traté de guardarlo en mi memoria, así como había hecho con todos los demás. Resignado, suspiré y nuevamente volví a hacer uso de aquella máscara de frialdad que tanto me había costado dejar atrás, y que sólo había podido conseguirlo con la ayuda de Fluorite; más ahora necesitaba mantener mis emociones lo más lejos posible de la superficie.

Los días fueron sucediéndose y me encontraron sumergido en el trabajo de descifrar el contenido de unos pergaminos muy antiguos escritos en sánscrito, los cuales contenían valiosa información sobre la ubicación del traslador que debíamos encontrar para garantizar la seguridad de Natalie y de su hijo. Tenía dos pistas certeras sobre el paradero de ese objeto: una de ellas, apuntaba a la ciudad deVolos,en Tesalia, que era considerada como uno de los mayores puertos comerciales de Grecia, y también contaba con un patrimonio arqueológico importante. Y la otra posibilidad era que se encontrara en la ciudad de Larissa, importante centro agrícola, cultural y comercial, y donde según la leyenda, había nacido Aquiles, héroe de la guerra de Troya, y había muerto Hipócrates, el padre de la medicina. Durante ese tiempo, el Patriarca había organizado pequeños grupos de caballeros de bronce y plata comandados por un caballero dorado, con el objetivo de dar con el tan preciado objeto antes de que el enemigo pudiera conseguirlo; por supuesto que aquella tarea debía realizarse en la más absoluta reserva, para que la información no llegara a oídos del Ejército de Hades. También, debido a que los espectros atacaban al Santuario y a nuestros compañeros de armas con cada vez mayor frecuencia, y que a medida que el tiempo pasaba los combates se recrudecían, la búsqueda del traslador debía suspenderse momentáneamente, para luego retomarse cuando el ambiente se calmaba.

Desde que supimos de las habilidades de cambiapieles de aquel espectro que acechaba la vida de mi mejor amiga, todos tratábamos de mantener la boca cerrada, puesto que las paredes podrían tener oídos, y el Patriarca nos mataría si el secreto que está guardando tan celosamente llegara a caer en manos del enemigo. Así que tenía que asegurarme de que Kardia mantuviera la boca cerrada, si no quería terminar con un castigo ejemplar.

Finalmente, por fin, después de tanto trabajo, tantas noches de lectura y poco sueño, me sentía satisfecho en haber cumplido con algo de lo que le había prometido a Sage. En estos viejos pergaminos, creo que ya he encontrado la respuesta acerca de la identidad de aquel espectro: se trataba de una mujer, una de las pocas que se encontraban formando parte del ejército del dios del Inframundo; Banu, la estrella celestial de la Clarividencia, era la única que poseía la habilidad de cambiapieles y, además, era capaz de ver el futuro. Al descubrir eso, solté un improperio con exasperación; ¡aquello no podía estar pasándonos! Con esa mujer entre sus filas, Hades sin dudas tiene una clara ventaja sobre nosotros. ¡Maldita sea! ¿Cómo demonios vamos a adelantarnos a los acontecimientos antes de que esa espectro vea nuestros movimientos? Ya ha demostrado con sus acciones que es capaz de leer los ataques que le lanzamos antes de que lo hagamos, quién sabe cuántas cosas más sepa sobre nosotros, sobre el secreto que Sage nos he encomendado guardar bajo siete llaves. ¡Por Athena! ¿Y si esa mujer está enterada de todo? Si sabe acerca de Natalie y del hijo que espera y su relación con la Guerra Santa, hará todo lo que esté en sus manos para dañarla. Sage ya me lo había advertido, y ahora todo cobraba sentido. Palidecí al instante del sólo hecho de pensarlo; no podía permitir que le hicieran daño.

No sólo por el gran cariño que le tenía a Natalie debido a la maravillosa amistad que nos unía, sino también por el destino que ella tenía entre sus manos indirectamente, al llevar en su vientre al niño que literalmente tendrá la responsabilidad de cargar con el destino de la humanidad. Le había hecho al Patriarca la promesa de protegerla y ayudarla a regresar a su tiempo para evitar que esa espectro la dañara, y además... Le prometí a Ásmita que cuidaría de su familia como si fuera la mía propia. Y estaba convencido de que la única manera en que podía cumplir con aquella promesa, era manteniendo a Natalie a mi lado...como mi esposa... Así podría protegerla de todo al igual que a su hijo, el cual de esa manera nacería en el seno de una familia constituída.

Me levanté de mi silla y me dirigí nuevamente hacia la ventana de mi biblioteca, esta vez con rapidez, puesto que por un instante sentí que el aire comenzaba a faltarme debido a la gran cantidad de conflictos que se suscitaban en mi interior. Cerré los ojos con fuerza, mientras sentía que las lágrimas no derramadas ardían debajo de mis párpados; apoyé mi frente sobre el vidrio y suspiré cansado. Eran demasiadas cosas con las que tenía que lidiar en silencio. Nadie podía saber de la decisión que había tomado, y por supuesto, de mi plan. Una vez más debía mantener las apariencias, esta vez por un bien mayor. De esta manera, no sólo estaría protegiendo a Natalie y a su hijo, sino también a Fluorite... Y además estaría asegurando el futuro de la humanidad.

_ Vamos, valor, Degel..._ , me susurré a mí mismo para darme ánimos en lo que debía hacer.

Una vez más me encontraba rodeado de antiguos pergaminos y manuscritos, aunque en esta ocasión mis descubrimientos ya habían sido comunicados al Patriarcapara que él decidiera cómo continuar con la estrategia para tomar ventaja sobre el ejército del dios del Inframundo. Estaba abstraído en la lectura pero pude escuchar unos pasos aproximarse al estudio de Sage, que él mismo me había permitido usar en pos de las circunstancias tan apremiantes en las que nos encontrábamos. Levanté la mirada en dirección hacia donde provenía el sonido y pude observar que Natalie ingresaba en el estudio; había olvidado que desde que el Patriarca le había revelado la verdad acerca de su presencia en este tiempo y la importancia trascendental de la vida que estaba gestando, el anciano líder no le había permitido abandonar su Templo más que para realizar su trabajo en casa del Anciano Sanador. Sage se había vuelto extremadamente sobreprotector con ella, seguramente debido a que continuaba sintiéndose culpable por la muerte prematura de Ásmita y de esta manera buscaba alivianar un poco ese pesar sobre su alma. Sabía que él la quería como si fuera su padre, al igual que lo hacía con todos nosotros desde que éramos unos niños recién llegados a este sagrado lugar.

La joven médica iba vestida completamente de blanco, con su uniforme de sanadora impoluto y su cabello castaño recogido en una cola de caballo perfectamente ordenado, tal y como lo llevaba cuando estaba realizando su trabajo. Ella se acercó hacia el escritorio donde me encontraba leyendo los documentos con paso lento pero seguro; su rostro juvenil ya no lucía tan demacrado como en las últimas semanas, sino que su piel había recobrado la lozanía que la caracterizaba. Sólo podía vislumbrarse una ligera sombra de los grandes círculos oscuros que habían enmarcado sus almendrados ojos castaños, pero la tristeza aún se veía reflejada en ellos, contrastando con el brillo que emanaba de su presencia.

Esbocé una sonrisa ligera al reparar en aquella joven que se había convertido en mi mejor amiga y de la cual había estado enamorado, o al menos eso era lo que había creído durante tanto tiempo. Ella me devolvió una sonrisa amistosa al aproximarse al escritorio; por un momento me sentí deslumbrado por la belleza que irradiaba y eso me descolocó, pues un deja vu me transportó a la época en que soñaba con ella. Era una joven hermosa, pero en estos momentos parecía que aquel encanto natural que poseía se había incrementado aún más; tal vez sólo lo estoy imaginando y es una impresión meramente personal, pero mi corazón aceleró su ritmo imperceptiblemente. No sólo se la veía más bella, sino también más mujer, con curvas más pronunciadas en su cintura y caderas que lograban traslucirse a través de su uniforme, el cual no lograba ocultarlas. Todavía no se hacía notorio su embarazo, por lo que podía disimularse muy bien, para que de esa forma el enemigo no supiera la verdad, si es que no la conocía ya.

Días atrás había tenido una conversación con el Patriarca donde, al igual que Ásmita, me había encomendado la misión de cuidar y proteger a Natalie y hacer todo lo que estuviera en mis manos para llevarla lejos del Santuario mientras no lográramos dar con la ubicación del traslador, pues estaba seguro que el enemigo volvería a atentar contra la vida de la muchacha, al saber que ahora se encontraba sola sin la protección de Virgo, que se había convertido en su guardián personal durante el tiempo que ella había permanecido en el Santuario. Le dije a Sage que sería extremadamente difícil que Natalie aceptara alejarse de este lugar que representaba tantas cosas para ella y que le recordaba al amor de su vida, pero que de todos modos intentaría todo para persuadirla. No mencioné al anciano líder mi encuentro con el fantasma de Ásmita, o su proyección astral o lo que fuera que haya sido lo que ocurrió en mi cocina aquella madrugada en la que tuve que tomar la decisión que sin duda es la más difícil de mi vida, pero no hubo necesidad de decir nada, ya que la gran intuición de Sage había captado aquello.

_Degel, muchacho, sé que esto es extremadamente duro para ti, pero confío en que sabrás resolverlo de la mejor manera..._ , dijo el anciano líder en tono comprensivo y paternal para infundirme ánimo ante este nuevo predicamento. Sé que él también está sufriendo al igual que yo, y que su corazón se aflige por las desdichas que nos ocurren a cada uno de nosotros, pero en esta oportunidad consideraba que era un sacrificio que valía la pena realizar, y estaba de acuerdo conmigo en que era lo mejor para todos.

No tenía idea de qué demonios iba a decirle a Fluorite, ni cómo iba a enfrentarme a ella después de esto, pero aún así decidí dejar todo en manos de los dioses y seguir adelante.

_¿Hay alguna novedad, Degel? ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? _ , dijo Natalie con su amabilidad e inocencia tan características. _ Me siento culpable de que debas pasar tanto tiempo encerrado en un despacho rodeado de documentos y manuscritos y no puedas pasar tiempo con Fluorite... Ella te tiene mucho cariño, ¿sabías eso, no? _ , susurró la última frase para que sólo yo pudiera escucharla.

_Estoy bien, Natalie, no te preocupes por mí; ya estoy acostumbrado a este trabajo y no representa ningún sacrificio para mí... al contrario, me siento bien rodeado de libros, como ya sabrás_ , respondí sucintamente, evitando mencionar a Fluorite para que no fuera aún más doloroso lo que estaba por suceder.

Debía hacer mi movimiento ahora, antes de que fuera demasiado tarde y ya no tuviera la fuerza necesaria para poder llevar a cabo mi decisión.

_Creo que ya sé quién es el espectro que buscamos... Según este escrito, existe sólo uno de los sirvientes de Hades que tiene la capacidad de cambiar de forma a su antojo y que además posee el don de ver el futuro; se trata de una mujer, Banu, estrella celestial de la Clarividencia. Al parecer, sus visiones llegan a ella en sueños, en forma de flashes, que luego interpreta y de esa manera genera una predicción; de esta forma utiliza su habilidad para servir al dios del Inframundo. Y en cuanto a la capacidad de cambiar de forma, puede tomar la forma humana que desee, siempre y cuando la haya visto antes...Si lo que dice este manuscrito es cierto, podríamos estar en aprietos; esta mujer utiliza sus habilidades para sacar ventaja y adelantarse a los hechos;es la razón por la cual logró evitar nuestros ataques en el calabozo donde Shion y yo te encontramos... _ , dije con preocupación y evidente pesar; luego me quité los anteojos, presioné con mis dedos el puente de mi nariz mientras cerraba los ojos y daba una inspiración profunda, como solía hacer cuando el estrés y la preocupación me agobiaban.

Ya no podía dar marcha atrás.

Tras unos minutos que me parecieron eternos, abrí mis ojos nuevamente, y posé mi mirada en la suya; esperaba que ella no pudiera leer a través de mí el dolor que esto me estaba causando. Y continué.

_ Realmente esto es algo complicado, debemos idear una estrategia para poder adelantarnos a ella, antes de que tome la delantera; si logra dar el primer paso y llega hasta ti, con su habilidad, verá todos nuestros ataques antes de que sean lanzados...Yo...temo no poder protegerte, Natalie.._ , susurré en voz baja las últimas palabras , me levanté de la silla y comencé a acercarme a ella con extrema lentitud para no atemorizarla. _No podría soportar si algo te ocurriera...sabes que daría mi vida por ti si fuera necesario. Yo... te sigo amando Natalie... no he podido olvidarte, y creo que jamás podré hacerlo..._ , le dije con la mayor firmeza de la que fui capaz, al mismo tiempo que acariciaba una de sus mejillas; finalmente elevé su mentón para obligarla a mirarme a los ojos. _ Sé que tu pérdida es muy reciente, y que tienes un lazo con Ásmita que los unirá para siempre, pero en estos momentos necesitas a alguien que sea tu apoyo, que los cuide tanto a ti como a tu hijo, y yo estoy dispuesto a correr el riesgo. Por favor, no me rechaces esta vez Natalie_ .

Es ahora o nunca.

Y movido como por una especie de impulso, algo sin duda desconocido en mí, tomé a Natalie de la cintura, la acerqué a mí, y la besé ante su mirada atónita y estupefacta, totalmente incrédula ante mis acciones. Sus labios eran tan suaves y apetitosos como los de mi amada Fluorite, y la tibieza de su cuerpo era casi tan exquisita como la tersura de su piel, semejante a un durazno maduro. La besé con intensidad, con pasión contenida y un millón de sentimientos encontrados dentro de mí. En mi mente veía imágenes de Fluorite y recordaba sus tentadores labios y la piel tersa de sus mejillas coloreándose de carmesí sólo para mí, mientras la culpa comenzaba a corroer mi alma. ¡Oh, dioses! Soy un desgraciado al hacerle esto...Me sentía miserable, pensaba que estaba traicionando a Fluorite al actuar de la manera en que lo hacía, más mi mente trataba de convencerme que esto era lo que debía hacerse por un bien mayor; ya no importaba ninguno de los sueños ni aspiraciones personales, pues si no se llevaba a cabo esto, tal vez no habría futuro para ninguno de nosotros, y tampoco para la humanidad. Un pequeño sacrificio, es todo lo que debo hacer. Pero para mí era el más grande de todos.

Mientras los minutos pasaban, podía sentir el rechazo de Natalie, puesto que todo su cuerpo se tensó; era como si tuviera una muñeca sin vida entre mis brazos. En ese momento, me dí cuenta de que todo mi plan se desmoronaba cual castillo de naipes: estaba absolutamente seguro de que ella me rechazaría, y la verdad, la entiendo. Creo que fui un completo idiota al pensar que iba a tener una mínima oportunidad de convencerla; pensé que quizás, sólo quizás, al encontrarse en una situación de vulnerabilidad emocional ella aceptaría mi propuesta... Pero no fue así, y el sentir sobre mi pecho cubierto por la coraza de mi armadura la presión ejercida por sus manos intentando apartarme de su cuerpo, fue lo que me confirmó mi suponer. Ella era mucho más fuerte de lo que imaginaba. Estaba dispuesta a pasar por toda esta situación sola. Cuán grande es el amor que ella siente por Ásmita, a pesar de que ahora la muerte es la que interpone entre ellos...

Sin embargo, alguien más fue testigo de aquella escena en la biblioteca, y que en silencio llevará en su alma un sentimientode amargura semejante a la hiel, algo que nunca jamás imaginó llegar a sentir algún día...

Me desperté con los primeros rayos del sol, sintiendo la tibieza del alba en mi rostro, y la frescura del aroma a menta de mi amado Degel. Otra mañana más que despierto entre sus brazos, y eso me alcanza para llenar mi corazón y mi día de alegría. Estaba muy entusiasmada, puesto que me había despertado llena de inspiración y nuevas ideas para agregar a la novela que estoy escribiendo, y además tengo en mente unos nuevos modelos de vestidos para una nueva colección que me gustaría llevar a la confección en cuanto llegara a París. Así que ni bien el sol se asomó, me levanté y me dirigí rumbo a la biblioteca, con el objetivo de volcar en el papel todo aquello que había brotado de la nada en mi mente creativa.

Mientras trazaba líneas con una carbonilla y los bocetos iban tomando forma, no pude evitar suspirar al recordar todo lo que había vivido con Degel en el último tiempo: su compañía, sus besos apasionados y la sensación tan maravillosa de estar entre sus brazos... No recordaba haber sido tan feliz como lo era ahora. Cerré los ojos por un breve instante y dí gracias a Dios por haberme concedido la dicha de tener el amor de un hombre tan bondadoso y gentil como Degel. Todavía me parecía increíble que él se hubiera fijado en mí.

Tras varios minutos de ensoñación, abrí los ojos nuevamente y continué plasmando mis ideas en papel antes de que se hiciera más tarde, ya que todavía tenía que ir hacia la casa del Anciano Sanador para ayudar a Natalie y a Agasha en lo que fuera necesario, y después, tenía pensado sorprender a Degel con un almuerzo; decidí que se lo llevaría hasta el Templo del Patriarca. Sabía cuán duro había trabajado en el último tiempo haciendo traducciones e interpretaciones de antiguos manuscritos con el fin de ayudar a la señorita Sasha y sus compañeros en esta Guerra Santa.

Todavía estaba indecisa sobre qué plato debería prepararle; tal vez alguna comida típica de Grecia, o algo que le recordara a nuestra amada Francia. Tras varios minutos de deliberación, me decidí por una deliciosa Quiche Lorraine, tarta rellena de una mezcla compuesta de nata, fresa, leche, huevos y tocino a la parrilla, famosa en las cuatro regiones de Francia.Tenía que darme prisa si quería terminar de preparar ese plato para el almuerzo, así que acabé con los bocetos y me dirigí a la cocina para dejar preparado todo; de esa manera podía irme tranquila a realizar mis labores de enfermería.

Por suerte era una buena cocinera y no me llevó tanto tiempo preparar aquel plato, que tenía implícito un sentimiento muy especial para mí: quería que Degel sintiera el amor que le tenía a través de esa comida. Una sonrisa se asomó a mis labios al contemplar satisfecha mi creación; estaba segura que mi amado caballero de Acuario disfrutaría el alimento y además notaría el sentimiento con el que lo preparé.

Una vez que terminé el plato, lo coloqué junto con los cubiertos dentro de la canasta que Degel y yo solíamos llevar cuando salíamos de día de campo, y dejé todo listo para cuando llegara el momento de ir rumbo al Templo del Patriarca. Sonreí satisfecha conmigo misma por haber logrado mi cometido de preparar aquel plato tan exquisito, luego tomé mi bolso y salí en dirección a la casa del Anciano Sanador, pues sabía que de seguro iban a necesitar de mi ayuda, debido a que las batallas y escaramuzas iban aumentando su frecuencia a medida que avanzaba la Guerra Santa. El sólo hecho de pensar en ello me producía escalofríos. Nunca había estado presente en un conflicto de este tipo; odiaba la violencia y me daba mucha pena pensar en todas las vidas que se perdían en aquellas circunstancias, muchas de ellas jóvenes que apenas si habían vivido... Me hiela la sangre pensar en que Degel pudiera... No, no puedo pronunciar esa palabra... Sé que es una posibilidad, pero mientras esté junto a él no me permitiré tener pensamientos negativos de ningún tipo. Sacudí mi cabeza a modo de negación y salí disparada hacia el lugar en el que más me necesitaban en ese momento.

Durante toda la mañana, ayudé a Agasha en las labores de enfermería, y a Pefko a preparar brebajes y compostas para la curación de heridas de todos los que se acercaban a solicitar alivio luego de los ataques de los espectros del dios del Inframundo. Me extrañó un poco no ver a Natalie allí esa mañana, puesto que era la primera en llegar y poner manos a la obra; cuando le pregunté a Agasha por ella me contestó que simplemente la joven sanadora se había ausentado de sus tareas ese día debido a que no se sentía bien, puesto que el calor del verano la afectaba mucho y que tan solo necesitaba descansar un poco después de tanto trabajo que habíamos tenido en los últimos días. Pobre Natalie, de verdad la entiendo; acaba de perder hace tan poco tiempo y de manera tan repentina al amor de su vida, se encuentra sumida en una profunda melancolía de la cual a duras penas está logrando salir, y obviamente, para no pensar en todo aquello, se ha refugiado en el trabajo, aumentando sus jornadas hasta el punto de extenuarse físicamente. Mi corazón se aflige al verla de esa manera, y de verdad deseo que pronto encuentre las fuerzas necesarias para seguir adelante con su vida.

Miré por la ventana y observé que el sol ya estaba situado en su punto más alto en el cielo, anunciando la llegada de la tarde, mientras sus rayos dorados iluminaban todo a su alrededor. Estaba absorta contemplando el paisaje bañado por la refulgencia de la luz dorada del astro rey, más el rugido de mi estómago interrumpió el silencio en el que me encontraba, tras lo cual hice una mueca avergonzada mientras mis mejillas se teñían de color rojizo bajo la mirada divertida de Agasha, que pasaba con una cesta cargada de vendas limpias.

_ ¡Oh, Mon Dieu! Yo...¡siento mucho que tuvieras que oír eso Agasha!_ , le dije a la florista, al mismo tiempo que cubría mi estómago con mis manos para intentar mitigar el ruido proveniente de él.

La joven esbozó una sonrisa y con calma me tranquilizó; como las cosas se encontraban calmas en el lugar, me sugirió que aprovechara para ingerir algún alimento, pues nunca se sabe cuándo todo puede volver a agitarse en el consultorio. Me invitó a almorzar con ella, Pefko y el Anciano Sanador, pero amablemente le dí las gracias y rechacé su invitación, pues tenía pensado almorzar con Degel. Agasha asintió y me saludó mientras yo ya estaba tomando mi bolso y saliendo por la puerta del sitio que funcionaba a modo de hospitalen el Santuario; caminé con rapidez para comenzar el ascenso hasta la Décima Casa Zodiacal, donde ya había dejado preparado todo lo necesario para el almuerzo con Degel.

Realmente estaba haciendo mucho calor ese día; el sol abrasaba mi piel, dejándola enrojecida, sumado al esfuerzo físico que estaba haciendo al subir las escaleras para cruzar cada una de las casas zodiacales. Tuve que detenerme en varias oportunidades para recuperar el aliento y secar la transpiración de mi frente; pero quería apresurarme en llegar para refrescarme un poco antes de salir de nuevo. Una vez que llegué al Templo de Acuario, entré con rapidez y me dirigí hacia mi habitación; de allí fui directo al cuarto de baño y dejé que el agua fría refrescara mi acalorada piel. Una sensación de alivio me recorrió al instante, y el contraste de temperaturas hizo que recordara una vez más a mi adorado caballero... Tras unos minutos, me cambié de vestido por uno de tela más fresca para soportar las altas temperaturas, coloqué unas gotas del agua de colonia de violetas, mi fragancia favorita, y fui rumbo a la cocina, donde tomé la canasta con el almuerzo y salí en dirección al Templo del Patriarca. Dí gracias a Dios de que esta vez sólo fueran dos Templos los que tenía que cruzar para llegar hasta allí, así que esta vez fui subiendo las escaleras con mayor lentitud que anteriormente.

Finalmente, luego de algunos minutos estaba frente al Templo del líder del Ejército de la diosa Athena, cuya entrada estaba flanqueada por guardias con armas para proteger su paso. Me dirigí hacia ellos y me anuncié, tras lo cual uno de los hombres ingresó al recinto y consultó antes de autorizar mi paso. Cuando me dieron el visto bueno e hicieron a un lado sus lanzas para permitirme el paso, les agradecí y con paso decidido me adentré al Templo; quedé maravillada por la hermosa decoración de estilo jónico de su arquitectura, podía considerarse una obra de arte. Era un edificio enorme, con tantos pasillos y habitaciones que no sabía a cuál dirigirme; así que, temerosa de cometer alguna tontería como cuando era una niña, le pregunté a un guardia que pasaba por uno de los pasillos dónde se encontraba el Señor Degel de Acuario. Una vez que el hombre me indicó el camino hacia el despacho donde él solía trabajar con documentos del Patriarca, le dí las gracias y caminé en la dirección indicada, mientras una sonrisa ya se dibujaba en mi rostro, y mis mejillas comenzaban a arder producto de la expectación de encontrarme de nuevo con el hombre que amaba. Me detuve frente a la puerta del despacho y alisé la falda de mi vestido, pero no quise llamar, pues quería sorprenderlo con mi presencia; seguramente todavía se encontraba sumergido en una montaña de papeles viejos y ya estaba famélico. Coloqué mi mano en el picaporte de la puerta y la abrí con suma lentitud, tratando de no hacer ruido alguno, más a mitad de camino me detuve. Mis ojos comenzaron a arder, y podía sentir la humedad de las lágrimas que se acumulaban y que me negaba a derramar, mientras mi corazón daba un vuelco dentro de mi pecho, pues no podía dar crédito a la escena que estaba viendo. Un dolor intenso comenzó a extenderse a través de todo mi ser, al mismo tiempo que mi mente intentaba buscar una explicación para lo que estaba ocurriendo.

_No, esto no puede estar pasando..._ , pensé en ese momento, mientras ya las lágrimas caían por mis mejillas y no parecían querer detenerse. Mis piernas comenzaron a temblar, y sentí que el aire no me bastaba, no era suficiente para respirar, y el dolor en mi pecho se iba intensificando cada vez más conforme los minutos pasaban. Mil preguntas comenzaron a formarse en mi mente, sucediéndose a la velocidad de la luz, y ninguna de ellas me traía sosiego. Estaba viendo al hombre que amaba besar a otra mujer, a la que consideraba su mejor amiga, y mi amiga también. Cerré mis ojos con fuerza por un instante, pensando que quizás al abrirlos, lo que había visto desaparecería, pero no fue así. Después de todo lo que habíamos vivido juntos, después de haberme entregado a él... Degel se burló de mí todo este tiempo... Al parecer no es a mí a quien ama... Tuve un instante de determinación en el cual no sé cómo, junté la poca fuerza que me quedaba en ese momento, y decidí alejarme de allí; no podía seguir viendo aquello ni torturándome de esa manera.

Y por eso corrí, corrí sin mirar atrás, lo más rápido que pude, mientras dejaba caer la cesta con el almuerzo que había preparado con tanto amor. Las lágrimas continuaban cayendo sin cesar por mis mejillas, y el dolor se había hecho una sensación constante en mi interior, al mismo tiempo que sentía que algo me oprimía el corazón... o tal vez era que éste se estaba haciendo pedazos...

CONTINUARÁ...