LA SOLEDAD
La brisa marina azotaba mi rostro mientras observaba el atardecer griego, y veía cómo aquellas tierras con una historia tan antigua, quedaban poco a poco atrás. Suspiré con un profundo pesar en mi corazón al recordar tantos acontecimientos dolorosos que me había tocado vivir allí, los que se sumaban a la ya tan dura vida que me había marcado en tantos aspectos. Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas y las dejaba caer y perderse en la inmensidad del mar azul para que de esa manera se confundieran con las aguas marinas, donde parecerían minúsculas; tal vez así mi sufrimiento fuera más fácil de sobrellevar.
Una vez que ya no pude divisar más las costas de Grecia, me dirigí a mi camarote y me encerré allí, pues no tenía ánimo para salir e intentar entablar conversación ocasional con algún pasajero; no quería ver a nadie y tampoco que me vieran. Me recosté en el pequeño camastro y adopté en él una posición fetal, abrazándome a mí misma para intentar de esa forma, recomponer algunos fragmentos de mi alma quebrada. Cerré los ojos con fuerza y deseé que todo aquello que había vivido desapareciera, que nada de lo ocurrido fuera real. Pero las lágrimas que se deslizaron tibias por mis mejillas me recordaban que debía aceptar mi triste realidad. ¿Cómo demonios iba a presentarme ante Madame La Flaille de esta manera? Tampoco podía dejar que Madame De La Rochelle me viera así. ¿Qué les iba a decir? Definitivamente tenía que pensar en algo, ellas confiaban tanto en mí que no podía darme el lujo de que me vieran sumida en la melancolía. Yo no me lo merecía. Y él no lo valía. Así que decidí que si iba a llorar, lo haría ahora y en aquellos instantes en que me encontrara únicamente en compañía de mi soledad. Seguiría como había estado haciendo hasta ahora, sobrellevando mi dolor en silencio, mientras a los ojos de los demás, sería la Fluorite alegre y amable que todos conocían. Esta es una carga que debo soportar sola, pues yo era la única responsable de haber sucumbido a la seducción de Acuario. Desde ahora en adelante, no pronunciaría su nombre; tenía que encontrar la manera de olvidar tan amarga experiencia. En el solitario camarote, me abandoné al llanto en el silencio de la noche, purgando así el intenso dolor que atenazaba mi alma. Cuando escuché la respuesta de Natalie y me dí cuenta de que jamás aceptaría mi propuesta, por un instante no supe cómo reaccionar, pues todo lo que había planeado se había ido por la borda, por lo cual lo único a lo que atiné fue a salir del despacho con rapidez; tenía que pensar cómo seguir adelante con la promesa que le había hecho al Patriarca y a Ásmita.
Al abrir la puerta, miré hacia abajo y allí encontré, tirada en el piso, la canasta que mi pequeña flor y yo solíamos utilizar para ir de picnic. Finalmente una parte de mi plan había tenido éxito. Eso quería decir que Fluorite había llegado en el momento exacto para ver lo que haría que se alejara de mí para siempre, por su bien. Suspiré con tristeza al darme cuenta que después de esto, lo más probable era que no volviera a verla, la conocía muy bien como para saber que ella no soportaría quedarse tras descubrir que el hombre al que amaba desde que era una niña le declaraba su amor a otra mujer. Sorteé el obstáculo que la canasta suponía para mí, y me dirigí con rapidez a mi Templo, pues quería saber si todavía estaba a tiempo de alcanzar a Fluorite, aunque sea para verla por última vez antes de que desapareciera de mi vida. Salí lo más rápido que pude del Templo del Patriarca, me esforcé por bajar las escaleras lo más rápido que pude para así lograr llegar a Acuario antes de que ella partiera; finalmente ingresé en mi Casa Zodiacal y comencé a llamarla, aumentando el tono de mi voz cada vez más, dejando que la desesperación de perderla se filtrara cada vez que pronunciaba su nombre. Corrí hasta mi despacho, la busqué en la biblioteca, en la cocina y finalmente en su habitación, donde al girar la perilla de la puerta y entrar, me encontré con una imagen que resultó lo más desgarrador que había tenido que vivir desde que había vuelto a verla: su armario y los cajones de la cómoda en donde ella guardaba su ropa, estaban completamente vacíos. Llevé una de mis manos a mi pecho, como queriendo tomar mi corazón con ella y arrancarlo de su sitio para no sentir el dolor que me estaba provocando el darme cuenta de que la había perdido para siempre. No dejó ninguna nota explicando el porqué de su partida, aunque era evidente que estaba más que claro el motivo; tal vez hubiera querido tener una última carta de su puño y letra para atesorar el tiempo que me quede de vida, hasta que la Guerra Santa me la arrebate, lo cual, desde este momento, ya no me importaba. Nada sería lo mismo sin ella.
Desgarrado en el alma por la soledad de ya no tenerla conmigo para alegrar mis días, me dirigí a mi habitación, aquella que había sido testigo muda de tantas noches en las que habíamos dejado que la pasión se apoderara de nosotros, y en las que la había tenido entre mis brazos, sintiendo cómo nuestros cuerpos y nuestras almas se fundían hasta volverse uno. Miré de soslayo el lecho, el lugar que ella ocupaba en él, de ahora en más, estaría vacío, al igual que mi corazón sin su presencia en mi vida. Me dejé caer de rodillas al piso, y cubrí mi rostro con mis manos, mientras las lágrimas comenzaban a fluir amargas por mis mejillas, y un sollozo escapaba de mi garganta, lamentando en el alma el sacrificio que había tenido que hacer por su bien.
_Lo siento, Fluorite... Nunca dejaré de amarte y sé, en el fondo de mi corazón, que no podré olvidarte jamás... _ , dije con la voz totalmente quebrada por el dolor, mientras me abandonaba al llanto en el silencio que, una vez más, volvía a dominar mi Templo, recordándome la solitaria vida que llevaba antes de que ella llegara a Grecia, y que a partir de hoy, me acompañaría por el resto de mis días.Oí unos pasos resonar en el silencio reinante en Acuario, y aún en el lamentable estado en el que me encontraba, pude percibir un cosmos familiar: como usualmente, Kardia se encontraba en mi Casa una vez más. Intentaría lidiar con él y su característica actitud despreocupada ante la vida; sólo esperaba que no colmara mi paciencia, pues no estaba de humor para soportar nada ni a nadie. Como pude, lo único a lo que atiné antes de que el Escorpiano abriera la puerta de mi habitación, fue a secar las lágrimas que minutos antes habían humedecido mis mejillas; no quería que mi mejor amigo se diera cuenta de que había estado llorando, ya que comenzaría a indagar debido a su naturaleza. Kardia entró a la habitación más rápido de lo que supuse, y ni bien vio el estado en el que estaba, creo que su mente se dio cuenta de mi cruel realidad. Los ojos azul profundo del guardián de la Octava Casa reflejaban la camaradería y amistad que nos había unido desde que éramos niños, al igual que tristeza y algo más que no pude leer al instante, quizás por mi mente atribulada por el dolor de la pérdida de la mujer que amaba.
_Entonces ya lo sabes... _ , susurró con voz queda el Escorpiano, bajando con lentitud la mirada al mismo tiempo que se acercaba a mí.
Lo miré y me puse de pie, tomé una gran bocanada de aire antes de responderle y proseguir mi conversación con él; es evidente que está enterado de todo y algo más.
_Las cosas son como deben ser, Kardia... Es lo mejor para todos_ , le respondí con la frialdad que siempre me había caracterizado antes de que Fluorite llegara a mi vida.
Con exasperación, el caballero de Escorpio caminó de un lado a otro y se llevó ambas manos a la cabeza, para luego tomarme de los hombros y darme una fuerte sacudida.
_¡¿Acaso estás loco, Degel?! ¿De verdad vas a dejar que ella se marche así como así, sin hablar antes ni darle una explicación?, me dijo mientras me miraba con los ojos que reflejaban incredulidad ante mi mutismo. _¡Con un demonio, Degel, ella te ama! ¡Y ahora mismo está pensando que todo este tiempo has jugado con ella, que simplemente la has seducido para aprovecharte de su inocencia, y que en realidad a quien amas es a Natalie! Sé que en parte yo tengo la culpa de todo esto, por empujarte a aceptar mi propuesta, pero al fin y al cabo, te enamoraste de Fluorite y dejaste tu pasado atrás, y eso es lo que importa... _ . Kardia me puso una mano sobre uno de mis hombros y me dió un apretón, quizás para infundirme ánimo y también el valor que necesitaba para decidir si iba a ir tras ella. _Por favor, amigo, recapacita, ¡no puedes dejarla ir de esa manera! ¡Debes aclarar las cosas y hacerle saber cuánto la amas! No rompas su corazón así..._ , exclamó Kardia con verdadera congoja.
_De veras que lamento tanto tener que hacer esto, pero... debo dejarla ir, por su bien... Si ella se aleja de mí, no tendrá que llorar ni vivir el dolor por mi muerte en la Guerra Santa, y además estará a salvo lejos de todo este escenario violento... Y yo... debo encargarme de cumplir la promesa que Sage me pidió que cumpliera..._ , respondí con resignación, ante la mirada atónita de Kardia, que al parecer no podía creer que me estuviera dando por vencido con respecto a Fluorite.
_¡¿Qué?! ¿¡Acaso me estás diciendo que el viejo te ordenó que hicieras esto?! ¡Maldita sea, Degel, estamos en Guerra y ¿vas a dejar ir así al amor de tu vida, sabiendo que no podrás verla ni un solo día antes de que nuestras vidas se extingan?_ , dijo el Escorpiano totalmente indignado, mientras suspiraba seguramente pensando en que ya no tenía caso seguir discutiendo este asunto. Puso los brazos en jarra y luego continuó:
_Sabes, hoy ví a Fluorite llegar hasta tu Templo y la seguí; estaba sumamente afectada y se notaba que su alma se había roto al saber de tu supuesta traición... Jamás la había visto así... Cuando le pregunté qué demonios había ocurrido, lo único que me dijo era que quería largarse de aquí porque se había dado cuenta de que tú nunca la amaste, que sólo la sedujiste y que en realidad sigues enamorado de Natalie... Traté de explicarle y de persuadirla de que no cometiera el error de irse sin antes aclarar las cosas, pero fue inútil, tú y ella son tal para cual, ¡realmente es una cabeza dura igual que tú, Degel! _ , exclamó el Escorpiano haciendo énfasis en la última frase, a lo cual respondí rodando los ojos.
Le conté a Kardia qué era lo que había sucedido en el despacho del Patriarca, cómo había besado a Natalie en contra de su voluntad y que seguramente la razón por la cual Fluorite había reaccionado de la forma en que lo hizo era porque había tenido que presenciar esa escena tan dolorosa para ella. El guardián de la Octava Casa me miró atónito al relatar lo sucedido, tras lo cual me tomó de los hombros con fuerza nuevamente, esta vez para darme una sacudida más fuerte que la anterior.
_¡¿Pero en qué demonios estabas pensando para hacer algo así, Degel?! ¡Maldita sea! ¿Tienes idea del dolor que Fluorite sintió al verte? Sus ojos estaban empañados por las lágrimas que derramó por tu causa, y por una tristeza tan grande que me afectó como jamás antes algo lo había hecho... Ella quería alejarse de ti y de todo lo que le recordara lo que había vivido contigo lo antes posible, por eso tuve que ayudarla a mover el baúl con sus cosas para que pudiera marcharse de aquí; ¡el solo hecho de verla me partía el corazón! _ .
Pero ya no había vuelta atrás. Le hice saber a Kardia que pensaba mantener mi promesa, la que el Patriarca ( y secretamente, Ásmita) me había pedido, aunque en este momento no supiera de qué modo llevarla a cabo, puesto que la joven sanadora me había rechazado, al igual que la primera vez que le había declarado mi amor, poco tiempo después de conocerla. No estaba enfadado con mi amigo por haber ayudado a que la joven francesa se alejara de mi lado; es lo mejor para ella, aunque sintiera que me estaban arrancando el alma. Fluorite siempre sería mi verdadero amor, la mujer que tendría mi corazón y mi alma para siempre; aún si la muerte me arrebatara la vida y me llevara al Inframundo, yo la recordaría por el resto de la eternidad... Me di la vuelta para mirar por el ventanal de mi biblioteca, aquel por el que entraban los luminosos rayos del sol que generaban la luz perfecta para leer y trabajar en mi escritorio y que tantas veces había utilizado mi pequeña flor, y suspiré con pesar:
_ Debo dejarla ir, Kardia... Por favor no insistas y deja este asunto por la paz...Las cosas deben ser así... Aunque Fluorite ya no esté a mi lado, el amor que siento por ella me acompañará por el resto de mis días, así como los recuerdos de los momentos inolvidables que pasamos juntos... _. Me desperté cuando la claridad que entraba por la ventana de mi camarote me dió de lleno en el rostro. Somnolienta aún, bostecé y me incorporé con lentitud y fue entonces que escuché que alguien estaba tocando la puerta para dar aviso de que finalmente, la travesía de aquel barco había llegado a su fin. Abrí los ojos desmesuradamente sorprendida, no pensé que los días y las semanas hubieran transcurrido tan rápido; tal vez la melancolía en la que me había refugiado en ese tiempo hizo que perdiera la noción del mismo. Me incorporé con lentitud y llevé una de mis manos a mi cabeza, intentando calmar una cefalea pulsátil que se había instalado imperceptiblemente durante la noche. Me levanté del pequeño camastro y me refresqué el rostro en el minúsculo cuarto de baño antes de salir a enfrentar al mundo nuevamente; estaba decidida a dejar atrás como sea, todo lo ocurrido en Grecia, incluida mi historia con Degel... No permitiría que aquella decepción se interpusiera en mi futuro; ni él ni nadie lo valía. Mi camino únicamente me pertenecía a mí, y haría lo que fuera por salir adelante como siempre lo había hecho. Contemplé mi imagen en el espejo de la pared mientras me colocaba una modesta capelina que había traído conmigo en el viaje y que jamás me había molestado en usar; estaba un poco pálida y con unas ojeras oscuras bajo mis ojos, pero podría atribuir aquello al cansancio del viaje. Una vez que arreglé mi atuendo, tomé mi equipaje de mano y mi baúl y salí del camarote. Ya vería qué era lo que me deparaba el destino. Había tenido la suerte de conseguir un carruaje en el puerto que me llevara hasta la casa de Madame La Flaille y de que un muchachito amable me ayudara con el equipaje. Durante el viaje hasta la caso a en la cual vivía con la mujer que se había hecho cargo de mí al fallecer mi padre, pensé en qué era lo que debía decir para justificar mi presencia en París y el regreso de mi travesía por las lejanas tierras griegas. Supongo que no debería pensar tanto en las explicaciones, puesto que no le había dicho a nadie cuánto tiempo pensaba quedarme exactamente en Grecia para realizar mi trabajo; después de todo fue mi idea y Madame de La Rochelle ha sido muy generosa en darme el tiempo que yo consideraba necesario para terminar con la tarea que yo misma me había impuesto. Suspiré para tratar de serenarme mientras miraba por los cristales de la ventana del carruaje a los transeúntes de las calles parisinas ir y venir; aparentemente nada ha cambiado por aquí.
Tras un viaje relativamente corto, finalmente arribé al que era mi hogar desde que era una niña huérfana adoptada por una viuda respetable en la sociedad Parisina. Descendí del vehículo traicionado por unos bellos caballos blancos, y miré hacia arriba, en dirección a la ventana de la mujer que en todos esos años me había brindado su cariño y su protección, tras habernos conocido en la mansión de Madame Garnet en tan desdichadas circunstancias. En ese tiempo, había aprendido a quererla casi como a una madre, así como ella me consideraba como una hija, aunque no nos uniera ningún lazo de sangre. Junté el valor necesario para dar el primer paso y abrir el imponente portón de hierro que custodiaba el ingreso a la casona; detrás de mí el cochero se acercaba con mi equipaje, el cual luego depositó en el hall de entrada mientras yo tocaba a la puerta de madera lustrada con finas decoraciones de metal labrado al estilo Luis XV. Toqué dos veces y esperé en silencio, que se me hizo eterno a pesar de que no habían transcurrido más de unos pocos minutos hasta que la muchacha del servicio se hizo presente para abrir la puerta;al verme, la joven dejó salir una exclamación de sorpresa, y salió en busca de su señora para anunciarle que yo había regresado. Rápidamente, Madame La Flaille apareció ante mí y su rostro se iluminó con una sonrisa maternal luego de lo cual me estrechó en un fuerte abrazo, al que correspondí al instante. No me habia dado cuenta de cuánto necesitaba este gesto de cariño desde... Ya no quería mencionarlo y mucho menos recordarlo.
_¡Fluorite! ¡Me alegra tanto que hayas vuelto! A ver, ¡déjame verte muchacha! ¡Mon Dieu, pero cuánto has crecido!_ , exclamó la mujer que ya había entrado en esa etapa de la vida en la cual se preocupaban excesivamente por el bienestar de los jóvenes y cualquier indicio de cansancio les hacía pensar en una enfermedad.
_¡Sacre Bleu! ¡Has florecido como una bella flor, chèrie! Pero te noto pálida y con los ojos hinchados, ¿qué sucede? ¿Te duele algo? ¿Estás enferma? Pero vamos, ¡vamos adentro para que pueda consentirte!_ , siguió diciendo la mujer, sin darme tiempo para contestar palabra alguna ni para reaccionar con rapidez y pensar en una respuesta rápida a su interrogatorio, mientras me echaba un vistazo rápido de arriba abajo, para luego llevarme al interior de la casa.
Una vez allí me dio un fuerte abrazo, el que tanto necesitaba desde que había recibido ese doloroso golpe de realidad. Correspondí a su gesto luego de un instante de vacilación, luchando internamente para no derramar más lágrimas, esta vez en su presencia.
_¡Te he extrañado tanto, chèrie! ¡No hubo día en el que no pensara en cómo estarías allá en esas tierras lejanas, si te faltaba algo, si estabas bien! No has escrito demasiado, y eso empezaba a preocuparme; ¡faltaba poco para ir yo misma a comprobar cómo estabas!_
_Le aseguro que he estado muy bien, Madame; es sólo que he estado ocupada con el trabajo, hay tantas cosas y lugares maravillosos en Grecia, que me han inspirado mucho para realizar nuevos diseños, y eso me ha tenido tan abstraída.. siento mucho haberla preocupado... Yo también la he echado de menos, al igual que a todos los demás, me han hecho mucha falta... _ , dije con la voz un tanto quebrada en la última frase, mientras pensaba en que ojalá nadie notara mi tristeza queriendo asomar.
_¡Oh cariño! Debes estar cansada del viaje, ¿tienes hambre? Le pediré al servicio que prepare ya mismo el almuerzo, ¡debes estar famélica!_ respondió Madame La Flaille con su característico tono cantarino y maternal.
_Lo que me gustaría realmente es tomar un buen buen baño primero, luego bajaré para almorzar_ , respondí al mismo tiempo que me quitaba el sombrero y los guantes y los arrojaba a la pequeña mesilla que se encontraba al lado de la puerta.
_Está bien, como prefieras chèrie, mientras tanto me ocuparé de tener listo el almuerzo, ¡le diré a la cocinera que te prepare tu comida favorita! Enviaré un mensajero a casa de tu amiga June para avisarle que has regresado, ¡se pondrá feliz de verte!_ , exclamó la mujer, mientras se alejaba a grandes pasos en dirección a la cocina para poner manos a la obra; su rostro demostraba la felicidad que sentía al tener a la que consideraba su hija de nuevo en su hogar.
Una vez que me quedé sola en el recibidor, comencé a subir las escaleras en dirección a mi habitación; cada peldaño que subía me hacía sentir que me alejaba un poco más de aquellos dolorosos hechos que había vivido hacía tan poco tiempo y que ahora no serían más que recuerdos, igual de dolorosos, que intentaría enterrar en el lugar más profundo y recóndito de mi memoria. Al llegar al primer piso, giré a la derecha y caminé unos cuantos pasos más hasta encontrar el pomo de la puerta de mi habitación, el cual giré y abrí para adentrarme en el que consideraba mi refugio de todo lo malo que me acontecía; siempre volvía allí, a mi lugar, el único en el que me sentía segura y en paz. Cerré la puerta detrás de mí y arrojé mi bolso sobre el escritorio en el que solía escribir o garabatear algunos bocetos cuando la inspiración llegaba a mí en medio de la noche; lo contemplé con una sonrisa triste y luego escuché unos ligeros golpes en la puerta. Seguramente se trataba de la mujer que nos ayudaba con el servicio y que también hacía las veces de cocinera; ella trabajaba con nosotros desde hacía un par de años, cuando Madame La Flaille sufrió una lesión en su espalda que le impedía llevar a cabo tareas que le demandaran un esfuerzo físico moderado así como el estar de pie mucho tiempo. Abrí la puerta y en efecto, allí estaba la mujer, de edad mediana y con una sonrisa en su rostro, llevando un par de cubos de agua caliente. La saludé amablemente y me hice a un lado para que pudiera ingresar, tras lo cual se dirigió al cuarto de baño para preparar la bañera. Normalmente no solía ser tan parca y silenciosa, y de verdad quisiera platicar con la mujer como usualmente lo hacía, pero la verdad es que en esos momentos no deseaba hablar con nadie. Sólo quería sumergirme en las tibias aguas de la bañera y dejar que se llevaran mi dolor al deslizarse por mi piel. Una vez que estuve a solas, me quité el sencillo vestido de verano de color lila, similar al que había usado cuando arribé a Grecia, y lo deposité sobre la silla de mi tocador, al igual que los lazos y horquillas que utilicé para arreglar mi cabello, los cuales dejé sobre la brillante madera terciada de aquel mobiliario que era uno de mis favoritos. Al levantar la mirada, mis ojos repararon en unas máculas de color rojizo sobre la piel del nacimiento de mis senos, las que automáticamente me recordaron la última noche que había estado con él; la última vez que había sido suya. Inconscientemente llevé una de mis manos hasta ese sitio y acaricié mi piel, mientras no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas una vez más, y que el dolor que durante tantos días me había esforzado en ocultar de mí misma y también del ojo público, saliera nuevamente a la superficie. Aparté la mirada con rapidez e ingresé en el cuarto de baño, donde finalmente me despojé de las últimas piezas de mi vestimenta y me sumergí en las aguas perfumadas de la bañera. Cerré los ojos con fuerza, esperando que de esa manera, aquel momento de intenso dolor que había sentido unos minutos atrás se desvaneciera, mientras intentaba acompasar mi respiración; no me había dado cuenta que estaba hiperventilando.
Dejé que los minutos pasaran con lentitud y que el agua se llevara todos los recuerdos, ya fueran bonitos o dolorosos, no importaba; sólo deseaba poder borrar ese amargo capítulo de mi vida que había comenzado en mi niñez. Estaba muy enojada, con él por haberme engañado de la manera tan vil en la que lo hizo, pero sobre todo conmigo misma, por haber sido tan estúpida de creer en sus palabras gentiles y en sus artes de seducción. Tal vez si él hubiera sido sincero desde un principio, si me hubiera dicho que no sentía nada por mí y que en realidad tenía sentimientos por alguien más, el golpe no hubiera sido tan fuerte... Pero Acuario había elegido el camino de la mentira y el engaño, ¿cómo pudo ser capaz de mirarme a los ojos y decirme que me amaba cuando no era cierto? ¿Por qué dejó que me ilusionara con él de la manera en que lo hice, pensando en que iba a pasar el resto de mi vida a su lado? ¿Cómo puede ser que su corazón sea tan frío, que no fue capaz de ver el daño que me hacía?
Esas preguntas no tenían una respuesta para mí, por lo menos en este momento, donde mi mente era un caos producto de la conmoción de lo que había descubierto. Sentía que mi vida estaba de cabeza, e internamente buscaba fuerzas para poder seguir adelante, eso lo tenía muy claro. No podía quedarme a llorar por el resto de mis días por un hombre que no valía la pena, pues eso era lo que ahora él representaba para mí: un lamentable error, que por desgracia, marcó mi vida para siempre, y quizás me impediría acceder a un buen matrimonio, según las normas de la época, pero no le daría el poder de arrebatarme mi destino. Desde pequeña, había decidido que yo era la artífice de mi propio destino, y que lograría realizar todo aquello que me propusiera, y eso es lo que voy a hacer, empezando por olvidarlo. Aunque sabía que eso tomaría un tiempo, y que necesitaba dejar salir el dolor cuando me encontrara a solas, puesto que no podía dar una preocupación a Madame La Flaille.
Había estado absorta en mis pensamientos, en el enojo que se encuentra acumulado en mi interior, y olvidé por completo la noción del tiempo; un golpe en la puerta de mi habitación me sobresaltó y me trajo de regreso a la realidad.
_ ¡Fluorite, Chèrie! ¿Te encuentras bien? _ , llamó la voz de Madame La Flaille con cierto tono de preocupación; seguramente había estado llamándome por un rato hasta que por fin contesté, pero no la había oído. La tranquilicé haciéndole saber que me encontraba bien y que solamente me había quedado dormida debido al cansancio del viaje; era la excusa perfecta.
_Chèrie, sólo quería decirte que tu amiga June está aquí; pensé que querrías verla y envié un mensajero hasta su casa para avisarle que habías regresado... Espero que no te moleste... ¿Quieres que le diga que suba?_ , dijo la mujer en su tono gentil habitual, y luego aguardó un momento, esperando mi respuesta.
Le respondí rápidamente que no me molestaba en lo absoluto el que haya enviado ese mensajero a casa de mi mejor amiga, y le dí el visto bueno para que subiera hasta mi habitación; necesitaba tanto de esa persona especial que me comprendía como nadie más en el mundo y a la que le podía confiar mis secretos más íntimos.
Tras escuchar los pasos de Madame La Flaille alejándose escaleras abajo, cerré los ojos y derramé las últimas lágrimas en silencio; luego di un profundo suspiro para intentar hacer más ligero el peso que agobiaba mi alma, y salí de la bañera. Tomé una toalla grande y me envolví en ella, para luego tomar una pequeña y secar mi cabello; aquellas acciones las ejecutaba automáticamente, sin pensar en nada, con la mente en blanco, de nuevo absorta en lo que estaba haciendo, por lo que no reparé en el sonido de unos pasos que se acercaban acelerados, luego de lo cual un rostro familiar se asomó por la puerta de mi habitación después de tocar de manera característica. Ésa era June.
_¡Noc, noc! ¿Se puede?_ , exclamó con voz cantarina y una gran sonrisa asomando a sus perfectos labios, que eran la perdición de muchos jóvenes de nuestra ciudad.
June era sumamente atractiva, alta y delgada, con una larga cabellera dorada que solamente llevaba adornada con un lazo de seda color rosa oscuro. Su estilizada figura destacaba por el modelo de vestido que llevaba, debido al uso de corset, típico de la moda francesa del siglo XVIII. Era una joven muy dulce y bondadosa, que siempre estaba dispuesta a prestar su ayuda a los demás, así había sido desde que éramos niñas. Tenía un corazón de oro, el cual desde hacía varios años estaba ocupado por el sentimiento que guardaba en secreto hacia su compañero y amigo, el caballero Shun, con el que había transcurrido sus años de infancia. Seguían manteniendo una gran amistad, pero ninguno de los dos se había atrevido a quebrantar ese lazo que los unía desde la niñez; yo estaba segura de que él correspondía a los sentimientos de mi amiga con la misma intensidad, más el respeto y la caballerosidad que le profesaba le impedían cruzar el límite que él mismo se había impuesto. June lo esperaría el tiempo que fuera necesario, y jamás se había fijado en ningún otro hombre, a pesar de tener cientos de pretendientes; su corazón le pertenecía únicamente a Shun. Esperaba que ellos pudieran alcanzar la felicidad algún día.
La joven de cabellera dorada entró en mi habitación y su sonrisa se ensanchó aún más al verme, tras lo cual aceleró sus pasos para acercarse a mí y darme un gran abrazo. Ese gesto me tomó desprevenida; mis reacciones eran lentas, al igual que la velocidad de mis pensamientos en ese momento, por lo cual, al sentir su contacto, todas mis fuerzas me abandonaron y me quebré como si fuera cristal. Podía sentir las lágrimas acumularse de nuevo en mis ojos, y un suave sollozo salió de mi garganta inconscientemente, lo que alarmó a la muchacha, quien rompió nuestro contacto y me miró a los ojos. La expresión de su rostro cambió notoriamente al darse cuenta de que mi fachada se había caído; sus azulados orbes repararon en los oscuros círculos que se dibujaban bajo mis ojos, al igual que en la hinchazón de mis párpados y en aquellas marcas en mi cuerpo que siempre trataba de mantener ocultas de los ojos de terceros desde que había dejado de ser una niña. June frunció el ceño en señal de interrogación, mientras su rostro mostraba genuina preocupación ante mi estado, y todas sus alarmas se encendieron.
_¡Oh, amiga! ¡Mon Dieu! ¿Qué te ha ocurrido? _ , exclamó asustada la joven, mientras sentía que el llanto me quemaba la garganta, tras lo cual me eché a sus brazos y dejé salir más lágrimas amargas ante la única persona que era capaz de ayudarme a ponerme de pie nuevamente.
CONTINUARÁ...