ESTA AUSENCIA
Lloré amargamente en brazos de mi mejor amiga, como no lo había hecho durante todo ese tiempo antes de que nos reencontráramos. Tal vez era lo que había estado esperando para desahogarme de tanto dolor que tuve que soportar en silencio y en soledad, sin poder compartir con nadie este sufrimiento que me lastima y me hiere mucho más que cualquier arma que pudiera existir. June me acaricia el cabello, aún húmedo y alborotado luego del baño tibio y reconfortante, por lo menos en lo físico. Ella no me dice ni me pregunta nada, sólo permanece allí a mi lado, consolándome como siempre lo ha hecho, brindandome su sostén y apoyo incondicional. Me susurra dulces palabras de consuelo al oído, al igual que alguna que otra frase graciosa para intentar animarme un poco y hacerme sonreír; sin dudas necesitaba esto. Necesitaba tanto a mi mejor amiga... Cuando me encontraba en Grecia, si bien había forjado una bonita amistad con Natalie y Agasha, no era igual al vínculo que tenía con June. Ella era mi confidente, mi sostén cuando las cosas no iban como esperaba, mi hermana aunque no lleváramos la misma sangre, y ese lazo es algo único, una conexión tan profunda que jamás había tenido con ninguna persona.
Una vez que hube serenado mi alma un poco, sentí cierto alivio y eso me dió la fuerza necesaria para poder hablar de esa experiencia tan amarga y de la decepción más grande que he tenido en mi vida. June me miró con sus grandes ojos azules colmados de ternura y entendimiento, que acompañaban a esa hermosa sonrisa comprensiva que tanto la caracterizaban.
_Fluorite, ¿te encuentras mejor? Sabes que puedes contarme lo que sea, siempre estaré aquí para ti, querida amiga... Si quieres hablar, puedes hacerlo, tus secretos están a salvo conmigo; y si no deseas hacerlo, también lo respeto_ , me dijo June mientras me proporcionaba suaves caricias en la espalda para confirmarme y darme ánimos para seguir.
Suspiré profundamente y luego comencé a relatarle todo lo que había vivido en las tierras griegas desde que arribé allí en esa soleada mañana de verano, con el corazón y el alma llenos de esperanza y de un amor puro e inocente que había nacido en mi niñez y que perduró durante tantos años, hasta que el hombre que lo había inspirado se encargó de reducirlo a cenizas.
Le conté todo a June, desde mi desventuras durante los primeros días, donde unos maleantes me despojaron de mis ahorros, pasando por los incidentes con ese espectro desconocido que habían puesto en peligro mi vida, hasta la ocasión en que estuve al borde de la muerte como consecuencia de uno de sus ataques... Y finalmente, le relaté lo sucedido con él. Cómo había ido avanzando nuestra relación, la manera en que cuidaba de mí, nuestras conversaciones durante horas en las que nos dimos cuenta de la gran cantidad de cosas en común que teníamos, la vez en la que me obsequió aquella hermosa rosa de hielo; mis labios temblaban al recordar las palabras de amor que me dijo al decirme que me amaba... El primer beso que nos dimos, y cómo me sedujo con sus acciones y sus palabras; la noche en la que me entregué a él... Y finalmente, cómo había roto mi corazón y mi confianza, al descubrir que solamente me había utilizado para olvidar a la mujer que verdaderamente amaba, la cual además, no le correspondía, ya que su corazón pertenecía a otro hombre... Las lágrimas volvieron a asomarse a mis ojos, cayendo por mis mejillas sin permiso, ante la mirada de June, quien observaba y escuchaba atónita cada una de mis palabras.
Al terminar mi relato, el rostro de mi amiga mostraba la congoja y la tristeza que le producía el conocer lo desdichada que había sido durante aquel viaje en el que había depositado todas mis esperanzas, no sólo de conseguir una vida mejor, sino también de tener el corazón del hombre que me había enamorado cuando solamente era una niña. June puso sus manos sobre las mías y les dió un pequeño apretón, dándome a entender que comprendía todo por lo que había pasado, sin juzgarme por las decisiones que había tomado, que en esta época eran consideradas una afrenta al buen nombre de una familia.
_¡Oh querida Fluorite! De verdad ahora entiendo todo lo que has sufrido y lo decepcionada que estás, pero no te preocupes, yo te ayudaré a que puedas olvidar todos esos malos momentos hasta que no sean más que recuerdos lejanos; en cuanto a...ya sabes quién... Lamento en el alma que te haya herido de la forma en que lo hizo, y ¡te aseguro que vas a olvidarlo! ¡Él va a arrepentirse del error que cometió al dejarte ir, eso tenlo por seguro! Ahora que estás aquí conmigo, ¡no dejaré que nadie le haga daño a mi hermana pequeña!_ , exclamó June resuelta, mientras se inclinaba hacia mí y me envolvía en un fuerte abrazo, de esos que reconfortan el alma y nos reinician...
Eso es, eso es lo que tengo que hacer: reiniciarme... Comenzar de nuevo y dejar atrás todo el sufrimiento y las lágrimas que había derramado por él, por su causa, así como también borrar sus besos y sus caricias sobre mi piel. Pero sin duda alguna, lo que más me costaría, sería arrancarlo para siempre de mi corazón. Me desperté a medianoche, totalmente sobresaltado y con la transpiración perlando mi frente y el resto de mi cuerpo, preso de un mal sueño. Desde que Fluorite se había marchado había sido víctima de una serie de pesadillas recurrentes que no permitían descansar durante las noches, por lo que mi humor era pésimo en el día, y el que más lo padecía era Kardia. Habíamos tenido tantas discusiones en los últimos días que ya había perdido la cuenta; sabía que el único culpable de la situación en la que me encontraba era yo mismo. Pese a la insistencia de mi mejor amigo de ir tras Fluorite y aclarar las cosas, hice oídos sordos a sus consejos y me atiborré de trabajo, como solía hacer en el pasado, antes de que ella llegara a mi vida.
Tomé mi cabeza entre mis manos y dejé escapar un débil gemido de dolor debido a la cefalea que se había instalado al parecer de forma crónica y se negaba a desaparecer. Me levanté de la cama y me dirigí a la ventana para echar un vistazo al cielo estrellado, que ya comenzaba a cubrirse con el Lienzo Perdido de Hades, y que me recordaba que a pesar de lo mal que estuviera mi vida, eso no se comparaba con la terrible amenaza que se cernía sobre todos nosotros. Giré la cabeza y mis ojos se encontraron con el lecho, aquel en el que dormía cada noche junto a ella, y en el que la había hecho mía tantas veces, y una punzada de dolor me atravesó el corazón. Cerré los ojos con fuerza para contener las lágrimas que pugnaban por salir, y aparté la mirada, pues no podía soportar no verla allí en el lecho junto a mí.
No sólo me dolía su pérdida, sino también el dolor que yo le había causado debido a la estratagema que había ideado en pos de hacer un bien mayor; ¿cómo pude ser tan estúpido de pensar en que ese plan iba a salir bien? Pasé mis manos por mi rostro en señal de frustración, y luego las miré: estaban vacías, al igual que mi vida sin Fluorite. Nada tenía sentido para mí ahora, con ella lejos de mí; lo único que me quedaba era abocarme de lleno en la misión que el Patriarca me había encomendado, encontrar el objeto que llevará a Natalie de regreso a su tiempo, para que pueda dar a luz a su hijo.
Definitivamente llegué a la conclusión de que había sido un idiota al pensar en que la joven médica iba a aceptar mi propuesta; es una mujer fuerte y autosuficiente cuyo corazón tiene un único dueño, a pesar de que la muerte es lo que la separa de él en este momento, y eso no va a cambiar. He perdido a Fluorite por una tonta suposición, aunque ella está mejor sin mí, lejos de esta terrible Guerra que se avecina a sus peores momentos.
Sí, es mejor así. Luego de pasar una noche horrible, como lo eran todas desde que mi pequeña flor ya no estaba junto a mí, me levanté antes del alba y me dispuse a trabajar en los pergaminos que el Patriarca me había proporcionado con el fin de brindarle ayuda para encontrar el traslador. No tenía hambre, por lo que no me molesté en desayunar, y comencé con la lectura de los antiguos documentos. No me dí cuenta del momento en que perdí la noción del tiempo, sino hasta que el tintineo característico de una armadura dorada y un cosmos familiar se hicieron presentes en mi Templo. Estaba seguro de que no era Kardia, pues era demasiado temprano para que deambulara por mi casa asaltando mi despensa. Elevé los ojos y me encontré con la figura de Shion, que ingresaba a paso firme y decidido por el salón que lindaba con mi biblioteca; pude sentir que su cosmos se encontraba alterado, algo poco común en él. El Ariano clavó sus ojos en los míos, y noté que destellaban enojo, aunque no me imaginaba el motivo de ello.
_ Buenos días, Shion; ¿puedo saber qué asunto te trae tan temprano por mi Templo? _ , le dije con aire cansado, pues así me sentía luego de varios días de pesadillas recurrentes que me impedían un adecuado descanso.
El caballero de Aries realmente lucía enojado y exasperado; dió un profundo suspiro y finalmente habló:
_ Vine aquí para preguntarte algo, y espero que me contestes con la verdad... Dime si es cierto que Fluorite se ha marchado del Santuario por tu causa... ¿Le has hecho daño? _ , preguntó de manera directa Shion, sin rodeos de ningún tipo.
Clavé mi mirada fría como el hielo sobre la suya y luego le respondí con toda franqueza:
_Sí, es cierto, Fluorite se ha marchado, y probablemente ha regresado a Francia... Con respecto a la causa, creo que es un asunto personal que únicamente nos compete a ella y a mí; no te ofendas Shion, pero ante todo soy un caballero y prefiero guardar silencio cuando se trata de un tema tan delicado y que involucra la reputación de una dama_ , le respondí con firmeza, fulminándolo con una mirada glacial, mientras mi mente intentaba encontrar una razón por la cual él se había atrevido a preguntarme algo así y por qué motivo lucía tan enojado.
El guardián de la primera Casa del zodíaco escuchó mi respuesta con atención, más su expresión no se suavizó, sino que parecía haber perdido la calma habitual que emanaba su persona; finalmente replicó:
_No has respondido mi pregunta, Degel... ¿Qué le has hecho a Fluorite? Porque si le has hecho daño de alguna forma, yo..._ , exclamó Shion con una sutil amenaza implícita en sus palabras, al mismo tiempo que golpeaba con su puño mi escritorio, y me devolvía la mirada, tan aguda y afilada como la mía.
Me quité las gafas y me levanté de mi silla ya sin ánimo alguno de seguir escuchándolo, ¿qué demonios estaba pasándole?
_Un momento, Shion, ¿con qué derecho vienes a mi Casa a increparme de esta forma acerca de un asunto tan personal? ¿Acaso te crees con tanta confianza como para hacerlo? Sólo somos compañeros de armas, no somos amigos, y el hecho de que hayas mantenido una amistad con Fluorite mientras le impartías clases de griego, no te da derecho de inmiscuirte de esta manera en su vida privada... ¿Qué quieres saber, eh? ¿Quieres saber si le rompí el corazón? ¿Por qué te importa saberlo?, exclamé al borde de la exasperación, instándolo a que me diera una respuesta, pero a estas alturas, mi ágil mente ya había armado las piezas del rompecabezas, y no sabía si quería escuchar la respuesta a esas preguntas.
Shion no se amedrentó ante mi interrogatorio; se incorporó levemente y continuó mirándome fijamente, para luego suspirar profundamente mientras cerraba sus ojos por un momento. Parecía como si estuviera dándose valor para decir algo que sabía que generaría un impacto en los dos. El Ariano abrió sus orbes y finalmente puso punto final al suspenso:
_Estoy en mi derecho de saber qué le hiciste porque...me enamoré de Fluorite desde el instante en que la vi por primera vez... Cuando arribó a estas tierras, y luego llegó hasta mi Templo para solicitar permiso para pasar, con sus dulces ojos llenos de alegría y esperanza, y el entusiasmo fluyendo a través de ella por la nueva aventura que acababa de comenzar... Su alma pura y su corazón inocente me cautivaron al instante en que la tuve frente a mí... La amo, a pesar de que siempre supe que ella jamás me correspondería, puesto que tú vivías en su corazón desde que era sólo una niña... Por eso mismo callé, callé aquel sentimiento que por primera vez brotó dentro mí cual llamarada, y se extendió por todo mi ser, llenándolo de una agradable calidez que jamás había sentido antes... Cuando los veía juntos al caminar, o la manera en que ella te observaba, con la mirada llena de amor y devoción, me hizo sentir celos de ti; deseaba tanto estar en tu lugar, ¡oh, cómo quería con todas mis fuerzas que Fluorite se fijara en mí y me amara de la misma forma en que yo la amo! Pero tuve que mantener ocultos mis sentimientos y respetar su decisión, aunque sintiera que me estaba muriendo por dentro... Antes de que ella se marchara de aquí, pude percibir que su cosmos emanaba una profunda tristeza y una enorme sensación de decepción hacia ti... El solo hecho de saber que le has hecho daño, de la forma que sea, me da mucha rabia, porque yo le prometí que estaría a su lado como su amigo y que la protegería de todo aquello que intentara hacerle daño, y ¡no pude cumplirle esa promesa! Eso me hace pensar en que todo este tiempo he actuado como un cobarde, y que debí haber luchado por su amor, ¡jamás la hubiera lastimado de la forma en que tú lo has hecho!_ , exclamó Shion con evidente frustración por haber perdido a la mujer de la que se había enamorado por primera vez en su vida.
En mi interior tenía sentimientos encontrados ante lo que acababa de oír y que, de antemano, ya intuía. Lo sabía. Siempre había estado seguro de que el Ariano tenía sentimientos profundos por Fluorite; lo había percibido debido a la forma en que se alteraba su cosmos cuando ella se hacía presente. Apreté mis puños a ambos lados de mi cuerpo, sintiendo los celos comenzar a corroer mi alma, al tomar consciencia de que había alguien más en pugna por el corazón de Fluorite. Sentí cómo se aceleraban mi pulso y mi respiración producto del enojo ante las palabras de mi compañero de armas; pero luego pensé que ya no tenía caso sentirme de esa manera, puesto que ya no tenía derecho alguno sobre Fluorite al haberla perdido para siempre con mi accionar. Suspiré tratando de ralentizar mi respiración y esperando que mi corazón se serenara, aunque sea un poco; no podía reclamarle nada a Shion, ya que él actuó de manera honorable al hacerse a un lado al conocer los secretos del corazón de mi pequeña flor. De hecho, no tenía nada para decirle; todo mi ánimo y el interés por los vanos acontecimientos a mi alrededor se desvanecieron el día en que ella se alejó de mi lado.
El caballero de Aries me miró un tanto extrañado, tal vez esperando a que yo reaccionara de alguna forma ante la confesión que acababa de hacer, quizás se esperaba que tras las últimas palabras que hubieran salido de su boca, una Guerra de Mil días se desatara. Luego de unos minutos en los cuales el silencio nos envolvió en una extraña incomodidad, Shion habló nuevamente:
_Mira Degel, como mi compañero de armas, te estimo y te respeto, pero si algún día el destino nos pone frente a frente, quiero que sepas que voy a hacer todo lo que esté en mis manos para ganar el corazón y el amor de Fluorite, y no voy a escatimar esfuerzos en ello... Voy a luchar con todas mis fuerzas para tener su afecto, voy a procurarle toda la felicidad que se merece, y no voy a ser tan amable con aquel que se interponga en mi camino_ , sentenció el Ariano, no dando lugar a que otra palabra sea pronunciada entre nosotros, tras lo cual salió del salón de mi biblioteca. El día había pasado con una extraña lentitud luego de la conversación que Shion y yo habíamos tenido y en la cual se sinceró conmigo sobre los sentimientos que tenía hacia Fluorite. A pesar de la confesión que me había hecho, no le guardaba rencor al Ariano ni sentía celos de ningún tipo, puesto que ya no me consideraba con derecho alguno sobre la joven francesa.
Me encontraba en mi habitación, sentado sobre el alféizar de la ventana y contemplando la triste estancia que ahora representaban mis aposentos y mi Templo mismo en su totalidad sin ella. El silencio reinante me recordaba cuán solo me encontraba y lo vacío que me sentía allí, en la inmensidad de aquella edificación.
Tenía mucho tiempo para pensar, demasiado para mi gusto, en los últimos acontecimientos de mi vida y los errores que había cometido. Miré a lo lejos al paisaje a través de mi ventana iluminado por la luz del atardecer, que lo teñía todo de un color ocre; tenía una vista privilegiada de la mayor parte del Santuario, pero a la vez también desde allí podía contemplar los cambios que había producido la Guerra Santa en nuestras vidas: grupos de guardias que iban y venían cargando a compañeros y caballeros heridos, dándolo todo para mantener no sólo al Santuario sino también a los pueblos vecinos a salvo de los ataques de los espectros de Hades... Ellos al igual que nosotros, también hacen su mayor sacrificio para acabar con esta maldita Guerra, y si tengo la posibilidad de hacer algo para que esta sucesión infinita de conflictos bélicos no vuelva a repetirse, lo haré. Cerré mis ojos por un instante y recordé la última conversación que había tenido con Sage en días pasados, donde le conté todo lo que había sucedido con Fluorite y cómo le había roto el corazón con lo que había tenido que hacer para mantenerla a salvo. El antiguo caballero de Cáncer puso su mano sobre mi cabeza y me acarició con ternura mientras me dedicaba una mirada triste pero al mismo tiempo llena de su característico amor paternal. él me había dicho que a veces las decisiones que tomamos no son las correctas, que como humanos cometemos errores y que tal vez me había precipitado al haber actuado de la forma en que lo hice, puesto que no le había dado opción a la muchacha de elegir... Pero que la decisión que tomé pudo haberle salvado la vida, al alejarla de la zona de mayor conflicto, aunque en el camino le hubiera roto el corazón y de paso, también el mío...
_Muchacho, a veces tenemos que hacer sacrificios por un bien mayor, por muy grandes que éstos sean... Aunque tu alma se encuentre en pedazos ahora y tu corazón destrozado por la tristeza, mientras haya vida hay esperanza... Confía en que las cosas mejorarán; estoy seguro de que los dioses nos concederán la victoria en esta Guerra, y que todo tendrá solución..._ .
Su frase en ese momento no me pareció fuera de lugar, sonaba como algo que el Patriarca dijo para darme consuelo por la tristeza que me embargaba por la partida tan reciente de la única mujer a la que había amado verdaderamente, pero con el transcurso de los días y el desarrollo de los acontecimientos bélicos me hicieron pensar que sus palabras en realidad eran una forma de decirme que él también debía hacer un sacrificio por un beneficio mayor. Abrí los ojos al darme cuenta de que Sage había encontrado finalmente la forma de llevar adelante su más anhelado sueño y de esa manera, vengar la muerte de sus compañeros fallecidos en la anterior Guerra Santa. Elevé mis ojos al cielo y por primera vez en mucho tiempo, dije una plegaria para que tuviera éxito y lograra su cometido, y también para que sigamos contando con su presencia y guía entre nosotros, lo cual veía cada vez menos probable. Pero mientras haya vida, hay esperanza... Después de haber pasado casi toda la tarde hablando con June, y cenado en su compañía y en la de Madame La Flaille, me disculpé con ellas alegando que me encontraba muy cansada del viaje y subí a mi habitación, donde literalmente me desplomé sobre la almohada. No tuve un sueño reparador, al contrario, había sido víctima de horribles pesadillas durante toda la noche, por lo que no había podido descansar mucho. Cada vez que cerraba los ojos y me disponía a dormir, veía unos ojos negros como la noche acechándome, persiguiéndome, tomando la forma de una sombra oscura que me inflingía heridas de todo tipo. Me removía inquieta entre las sábanas, sollozando y sintiendo las lágrimas tibias caer por mis mejillas, y luego me despertaba sobresaltada, con la boca seca y con mi ropa de cama empapada en transpiración. Agitada, intenté controlar mi respiración y me levanté del lecho; no tenía caso permanecer en él cuando estaba segura que no volvería a dormir esa noche. Caminé de un lado a otro en mi habitación y finalmente me senté en el pequeño escritorio que utilizaba como mesa de trabajo, tomé unas hojas de papel y comencé a trazar unas líneas en carbonilla, las cuales fueron tomando forma poco a poco, hasta que se convirtieron en el boceto de un nuevo modelo de vestido, de un estilo totalmente diferente a los que había hecho y que nunca antes me había atrevido a realizar. Tomé la hoja de papel en mis manos y la observé con detenimiento; el boceto se veía audaz, atrevido, provocador, y también muy oscuro. Me gustaba.
Lo único bueno que me habían dado esas pesadillas era la inspiración para idear este nuevo modelo de vestido, que estaba segura que le iba a encantar a Madame De La Rochelle, que era una mujer muy abierta a las nuevas ideas e innovaciones, y a quien iría a ver muy temprano en la mañana. Como había decidido, me levanté al amanecer y luego de tomar un baño refrescante, me vestí rápidamente con un ligero vestidode color celeste para soportar el calor en las calles parisinas y en el taller de costura. Bajé las escaleras lo más silenciosamente posible, pues todavía era muy temprano para que Madame La Flaille se levantara a tomar su desayuno, y no quería hacer ningún ruido para no despertarla. Llevé mis zapatos en la mano para evitar cualquier sonido que alterara el silencio reinante en la casona, y me dirigí a la cocina, donde bebí un café apenas tibio y probé un croissant; no quería demorarme mucho y además con todo lo ocurrido en los últimos días, casi no tenía apetito. Mi mente estaba trabajando a gran velocidad en todo tipo de ideas para la próxima colección que iba a proponerle a Madame De La Rochelle; estaba segura que ella estaría encantada con el boceto que había realizado la noche anterior y que representaba el inicio de una nueva línea de indumentaria femenina.
Esperé un par de minutos más a que salieran los primeros rayos del sol y se hicieran más fuertes para poder salir sin temor a ser asaltada por rufianes que aprovechaban la oscuridad reinante en la ciudad para cometer sus fechorías; cuando me sentí segura, tomé un sencillo bolso de mano y los bocetos que había realizado durante mi viaje a Grecia, al igual que el que había confeccionado durante la noche, y salí en dirección a la boutique en la que trabajaba desde hacía un par de años. Caminé por las calles que tantas veces me habían visto pasar haciendo el mismo camino cada mañana durante los últimos años, y recordé aquellos días felices, en los que sólo era una niña que tenía la cabeza llena de sueños e ilusiones, de esperanzas de tener una vida maravillosa repleta de amor junto al hombre al que amaba. Suspiré amargamente al contemplar a las parejas que pasaban por las calles tomadas del brazo, recordando cuánto habían cambiado las cosas para mí, y en lo ilusa que había sido al creer en las palabras de... No podía pronunciar su nombre siquiera.
Con cada paso que daba, sentía mis ojos arder por las lágrimas que comenzaban a acumularse, las cuales me esforzaba por contener para que el mundo no me viera como una muchachita más de las tantas que hay, que son seducidas y abandonadas por el hombre que decía amarlas, y que luego son juzgadas y repudiadas por haber entregado su virtud antes del matrimonio. En verdad lo que más me molestaba era el hecho de que la sociedad sólo se concentrara en acusar a las mujeres de tener una vida licenciosa, en lugar de ver el verdadero problema, el cual era las malvadas artimañas utilizadas por el sexo masculino para engañar a las jovencitas y corromperlas. Podía vivir sin un buen matrimonio, permanecer soltera no me importaba; lo que no podía soportar era la injusticia, el hecho de que los demás opinaran sobre una situación que desconocen. Pero eso pasaba desde hacía siglos, y seguiría ocurriendo. Por eso trataría de seguir adelante contra todo aquello que se interpusiera en mi camino y no permitiría que nadie me juzgara, pues no conocían mis circunstancias.
Saqué de mi bolso un pequeño pañuelo de lino con delicadas puntillas y bordados, uno de los primeros que había realizado correctamente cuando aprendí el oficio de la costura, y enjugué la humedad contenida en mis ojos antes de que se convirtieran en lágrimas; no podía presentarme ante la dueña de la Casa de Modas más importante de París con los ojos hinchados y enrojecidos, pues eso sólo alertaría a la mujer entrada en años, y no quería causarle otra preocupación, pues sabía que en esta época ya tenía bastante con tener que lidiar con los proveedores de telas, que solían dar problemas de faltantes de género de vez en cuando. Guardé el pañuelo en el bolso y continué caminando a paso firme, con la convicción de que podría dar vuelta ese triste capítulo de mi vida que él representaba y que así podría dejar atrás la amargura de su mentira. Me esforcé en esbozar una sonrisa al observar las rosas de diferentes colores en los jarrones de una florería, frescas y listas para vender; eso me ayudaría a olvidar un poco el rumbo que estaban empezando a tomar mis pensamientos. El resto del camino lo realicé de la misma manera, distrayendo mi mente con lo primero que aparecía en mi campo visual para no tener que pensar en la realidad en la que me encontraba. Y así fue pasando el tiempo, hasta que finalmente me encontré de frente con el imponente edificio perteneciente a la Casa de Modas donde trabajaba desde hacía unos años y cuya dueña había depositado en mí toda su confianza. No la defraudaría.
Miré hacia arriba para ver la extensión en altura del edificio emplazado en una de las calles más anchas y más importantes de la época, donde las tiendas de los más afamados personajes que representaban los íconos de la cultura parisina se encontraban también ofreciendo los resultados de su trabajo. Por supuesto, la Casa de Modas de Madame De La Rochelle no tenía tanta fama como la que gozaban las demás, pero poco a poco intentaba hacerse de un lugar entre su rubro, y esperaba de todo corazón, poder ser parte de ello. Esbocé una sonrisa, la primera que se dibujaba en mi rostro espontáneamente, y entré en el edificio del cual me había ausentado durante varios meses por el encargo que su dueña me había encomendado; sé que la travesía duró menos de lo previsto, pues en un principio habíamos planificado que el viaje durara un año, pero tenía la esperanza de que los bocetos que realicé durante esos pocos meses sirvieran para los fines que la mujer tenía en mente. Una vez en el interior del lugar, me dirigí hacia el espacio que estaba destinado a las costureras, el cual estaba vacío todavía, ya que aún era demasiado temprano para el ingreso de las trabajadoras; dejé mi bolso en el que era mi lugar junto a la máquina de coser, y únicamente con los bocetos en mis manos, me dirigí hacia el despacho de Madame De La Rochelle para esperarla; ¡estaba ansiosa por mostrarle los diseños que habíarealizado!
Tomé asiento en una de las sillas que se encontraban en el pasillo y sujeté con fuerza las hojas de papel sin darme cuenta; tenía todas mis esperanzas depositadas en ellas, esperanzas de que fueran del agrado de la dueña del lugar y que con ello por fin pudiera cumplir mi sueño de convertirme en diseñadora, y así acceder a una vida mejor, como la que mi padre siempre quiso para mí. También esperaba que eso me ayudara a olvidar todo lo malo que había sucedido en mi vida, empezando por los terribles acontecimientos que tuve que presenciar durante mi infancia en la mansión de Madame Garnet. ¿Y qué hay de mi anhelo de ser una afamada escritora, el sueño de mi padre? La sonrisa que se había dibujado en mis labios desapareció de manera inesperada, dando paso a que los recuerdos volvieran a mí y trayendo con eso una sombra de tristeza en mi ánimo. Estaba satisfecha con lo que había escrito, aunque aún estaba sin terminar, pero no me atreví a añadir ni una sola línea más a aquella historia a la cual le estaba dando forma. Era su historia, y continuarla representaba volver a abrir en mi alma una profunda herida que aún sangraba y que no había terminado de cerrarse, y por eso decidí que por el momento, por el bien de mi precario estado emocional, no continuaría escribiendo; tal vez cuando la resignación se hiciera presente y lograra sanar el dolor dentro de mí, volvería a tomar la pluma. Después de todo, escribir era una actividad que, debo admitir, disfrutaba demasiado, y no estaba dispuesta a abandonarla, mucho menos por una decepción amorosa.
Amor... Olvidé el significado de esa palabra desde el instante en que ojos contemplaron la imagen que ha quedado grabada para siempre en mis retinas. Cerré mis párpados con fuerza y respiré agitada por un instante, mientras en silencio me juré a mí misma que no volvería a amar, y que no me permitiría ser el jueguete de ningún hombre nunca más. Una lágrima se deslizó furtivamente por mi mejilla al mismo tiempo que sentí que había estado apretando uno de mis puños con tal fuerza, que había comenzado a sentir un hormigueo en mis dedos. En ese momento abrí los ojos y contemplé mis nudillos blancos; estaba tan absorta en mis propias cavilaciones que no me percaté que alguien más se encontraba en ese pasillo, observándome. A través del rabillo del ojo distinguí una figura que avanzaba lentamente hacia mí, para luego detenerse junto a la puerta del despacho de la dueña de ese edificio.
_Fluorite, querida... ¿ Te encuentras bien?_ , dijo Madame De La Rochelle mientras me dirigía una cariñosa mirada.
Palidecí en una fracción de segundo, y nerviosa bajé mi cabeza y conté hasta tres, esperando que el color volviera a mi rostro y se recompusieran mis facciones; me recordé el juramento que acababa de hacerme a mí misma, suspiré profundo y elevé mi rostro hacia la mujer, que continuaba observándome expectante ante mi respuesta. Me puse de pie con rapidez e hice una pequeña reverencia:
_¡Buenos días, Madame! ¿Cómo se encuentra? Sé que mi presencia aquí debe de sorprenderme, pues mi regreso ha sido un poco prematuro, pero tengo abundante material que necesito que vea; estoy segura de que le gustará_ , exclamé con entusiasmo, dejando atrás mi melancolía, aunque fuera por un breve tiempo.
La mujer pareció meditar un instante mis palabras, tras lo cual sus labios se curvaron en una sonrisa y me invitó a pasar a su despacho.
Era el momento de demostrar que a pesar del dolor, la tristeza y la decepción, aún seguía de pie, dispuesta a luchar por mi destino.
CONTINUARÁ...
