Los personajes de Candy Candy no me pertenecen.

Historia sin fines de lucro.

Historia creada en conjunto por Esmeralda Graham y Primrose para la guerra florida 2020 y el grupo de Las divinas místicas de Terry

El último aliento

Capítulo 21

El culpable soy yo

Un dolor agudo despertó a Annie Cornwell. La cabeza le palpitaba, sentía el vientre caliente, con una sensación de vacío. Sumamente débil, intentó abrir los ojos. No pudo, los párpados le pesaban. Lo intentó de nuevo, pero era como si un yunque los aprisionara.

— ¿Señora Cornwell? — Inquirió una mujer, y Annie trató de moverse, aunque sin éxito. Otro dolor, ahora en la espalda, le atajó — Tranquila, iré a buscar a su médico, no se mueva por favor — Le indicó la voz en tono tranquilizador.

Un quejido lastimero fue lo único que salió de la boca de la mujer de ojos azules.

Annie no entendía bien qué estaba pasando. Solo tenía dolor, mucho dolor y sed.

Después de un tiempo que pareció una eternidad, una voz conocida, aunque algo lejana, se dejó escuchar.

— ¿Annie? ¿Puede escucharme? Soy el doctor Leonard.

— A… agu… agua…

La eficiente enfermera, se apresuró a brindar el vital líquido a la paciente.

— Annie… Annie… — Insistía en llamarla el médico — Está en el hospital Annie, ha tenido una niña preciosa.

— Mi… Mi bebé…

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— Creo… creo que... todos los recién nacidos son iguales señor Albert — Habló Patricia tartamudeando un poco, nerviosa.

— Tienes razón Patty, ya no sé ni lo que digo, pero ven, Archie, acércate, mira que niña tan hermosa.

El joven Cornwell, quien solo permanecía observando, dio un paso hacia atrás.

— ¿Archie? — Inquirió Albert al ver su reacción.

— Esa cosa no es mía — Dijo al fin, en su rostro una mueca de desprecio.

— ¡Archie! — Exclamó el patriarca, yendo tras él al ver que salía de la habitación sin más.

En la sala de espera, Eleonor se encontraba sentada junto a Candy, abrazándola por los hombros después de haber regresado, pues la rubia tuvo que salir corriendo a vaciar el contenido estomacal.

El silencio estruendoso imperaba entre los conocidos de Annie Cornwell, todos sumergidos en sus pensamientos y sentimientos que fueron interrumpidos ante la presencia de Luca Martinelli.

— ¿Qué pasó? — Pregunta George acercándose al médico de ojos verdes.

El hombre, que venía solo, miró a cada uno, hasta que, fijando la mirada en Terry, habló.

— La señora Cornwell está despierta, y ha pedido hablar con él — Dijo señalando al castaño.

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Al salir Martinelli de la habitación de Annie, se miró por un instante con su colega, aún confundidos por la petición de la paciente, pero a sabiendas que no le quedaba mucho tiempo, él se ofreció a comunicar la condición de la chica, así como su deseo de hablar con cierta persona.

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Archie venía tras él médico. Al escuchar el pedido, se detuvo de manera abrupta.

Candy y Eleonor se pusieron de pie. Asustadas, voltearon a ver a Archie, que estaba detrás del doctor, con los ojos encendidos y fijos en Terry.

— ¡Pero qué demonios! ¡¿Por qué Annie quiere hablar con este cretino?! — Gritó el joven de ojos claros, pasando junto a Luca, golpeando su hombro con el propio mientras señalaba al castaño con el índice aproximándose a él.

— Señor Cornwell — Lo sostuvo Martinelli de los brazos — ¡Cálmese por favor! — Pidió al percibir la violencia en el marido de Annie — Yo solo vengo a informar lo que ella desea.

— ¡Pero porque a él!

— No lo sé, pero no hay mucho tiempo.

Terry, que se encontraba mirando por una de las ventanas de la sala de espera, no se había percatado de lo que sucedía a sus espaldas. No quería mirar a nadie, sobre todo a su esposa, no creía poder soportar ver esos ojos que tanto amaba llenos de dolor y angustia. Sumido en sus pensamientos, recordaba lo que había sucedido durante los pasados meses. Las consecuencias de todas las estupideces que Annie había planeado eran irremediables. Ahora se encontraban en el hospital, con ella delicada y una criatura por la que no sentía nada. Frotándose el puente de la nariz, recordó cómo fue que todo se había salido de control al haber llegado a Lakewood. Cómo una tras otra, las desavenencias se habían desatado desde el momento que esa maldita carta llegó a su hogar, y ahora estaban en este lugar esperando noticias del estado de Annie y su…su... sí, su hijo, ese bebé que no tenía culpa de tener una madre tan siniestra y, a él, un padre que ni siquiera sabía lo que debía sentir o hacer.

Pasando su peso a la otra pierna, mirando sin ver, seguía divagando, una y otra vez la duda revoloteaba en su cabeza, ¿Qué habría sucedido para que Archie se hubiera emborrachado al grado de que Aniñe se encontrara ahora hospitalizada? Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no escucho que Eleonor y Martinelli lo llamaban.

— ¡Terry! ¡Terry! ¡Hijo!

— ¡Grandchester! ¡Grandchester! La señora Cornwell desea verlo, ¿Me escucha? — Repetía Martinelli, muy cerca del castaño, pero sin que él se diera cuenta.

Su madre lo sacó de sus cavilaciones tomándolo del brazo.

— Terry, cariño ¿Que acaso no has escuchado que esa mujer quiere hablar contigo?

— ¿Conmigo? — Inquirió todavía confuso, sin haber salido por completo de su trance introspectivo — ¿Pero ¿qué tengo yo qué hablar con ella? — Preguntó molesto, mirando a su madre con unos ojos muy oscuros, marcados con líneas de expresión por el cansancio.

Pero nadie le dio más respuestas. Al darse la vuelta solo vio la mirada sorprendida de su mujer al igual que la de los demás presentes, así como la de un furioso Archibald que trataba de llegar a donde él se encontraba, sujeto con fuerza por Albert y el medicucho aquel, que también se encontraba ahí, metido en los asuntos familiares. Enojándose por ello lo miraba furibundo. ¡¿Pero quién se creía?! Y ¿Cómo se atrevía a darle órdenes? ¡Nadie le daba órdenes! ¡Menos ese fantoche italiano por muy doctor que fuera!

Sin embargo, y a sabiendas que no era precisamente alguien a quien el castaño prestará atención, Luca Martinelli insistía en que lo siguiera, pidiéndole, de la manera más amable y calmada posible, que fuera a hablar con Annie.

Terry hubiera querido gritarle dos o tres palabras nada agradables. Pedirle que hablara con la mujer causante de todas sus desgracias, por muy grave que se encontrara simplemente no podía fiarse.

Luca no le dio tiempo de responder. Archie, inundado con la furia interna, se había soltado de Albert y había comenzado a empujar al médico, queriendo saber por qué su mujer pedía hablar con Grandchester en lugar de él.

— Archibald, permita que pase a ver a Annie, ella se encuentra muy mal — Decía el médico sin alterarse, modulando su voz, sujetando las muñecas del joven Cornwell.

— ¡No entiendo por qué quiere hablar con este maldito! — Gritaba furioso Archie.

— Yo tampoco lo sé, solo vengo a informar lo que ella pide.

Y sin darle tiempo a protestar, Luca tomó del brazo a Terry, dirigiéndose por un largo y lúgubre pasillo a donde se encontraba la chica dejando tras ellos a un Archibald colérico sostenido por Albert y George.

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Terry entró a una habitación blanca donde, una luz titilante alumbraba la cama. La cara, extremadamente pálida de Annie, lo recibió.

La muchacha, quien permanecía recostada, lo esperaba para hablar con él.

— ¿Por qué me hiciste venir? — Preguntó el castaño con voz seca.

— ¡Te… Terry! — Pronunció la ojiazul débilmente — Se... sé que soy la persona menos grata con la cual quisieras hablar — Afirmó haciendo un gran esfuerzo al hablar — Pero créeme que... si no me encontrara en estas lamentables circunstancias... no te estuviera molestando… — Un par de lágrimas corrieron por las mejillas de Annie —Sé... que he cometido un acto aberrante en contra tuya… y de Candy... — Hizo una mueca de dolor — Te aseguro que... en estos momentos me… me arrepiento de todo el mal que les he causado con mi egoísmo... y… que ... qué tal vez por mi falta no tenga permitido lo que estoy a punto de pedirte... — Decía la mujer con voz cada vez más frágil y entrecortada, ahora con más lágrimas saliendo de sus ojos.

— ¡Un favor! — Exclamó Terry con su voz profunda y llena de rencor, interrumpiendo a la chica — ¡¿Y así dices arrepentirte?! ¿Es que aún no te cansas de seguir causando problemas a pesar del estado en que te encuentras? ¡Por Dios Annie! — Decía Terry con los puños cerrados, aguantando las ganas de golpear a esa mujer que le despertaba su parte más violenta.

— ¡Por... ¡Por favor! — Annie, intentó levantar la mano, pero no tenía fuerzas — ¡Te lo… te lo suplico! Tan sólo… escúchame... sé que no me queda tiempo... que voy a morir… pero no.… no quiero irme sin… sin antes pedirte perdón... por… por todo el daño que les hice... se… sé que este es… es el precio que debo pagar por mi egoísmo… — Un sollozo — Yo… a mi… no me importaron las consecuencias de… de mis actos… Obtuve lo… lo que más deseaba… aunque… aunque ahora… estoy segura que

… que de nada me sirvió tanta estupidez… voy… voy a morirme… y no… no voy a… a poder disfrutarlo… y… el tiempo que me queda… quiero pedirte perdón… y… y reconocer que… que la... única... culpable soy yo.

— Y ¿Tú crees que con solo pedir perdón se soluciona todo el daño que hiciste? — Proclamó el castaño, inclinándose al cuerpo inmóvil de Annie, hablando casi en un susurro, con los labios muy apretados por la tensión — No solo a mí, sino también al estúpido de Cornwell y, sobre todo, sobre todo a Candy.

— Se… sé que… que no es suficiente… pero… — Un nuevo sollozo salió de la boca de Annie — Estoy a… a punto de morir… siento como… como la vida se me va… y como… me está cobrando lo que he hecho… pero… quiero… necesito que… que por favor… por favor… cuida… cuida de mi… de mi bebé.

— ¡¿Qué disparates estás diciendo?! — Terry se alejó dos pasos, perplejo por la petición — ¿Cómo te atreves a pedirme semejante cosa? ¿No te das cuenta de lo que eso va a desatar? ¿Crees que así de fácil se resolverán las cosas?

— ¡Por…! ¡Por favor Terry! ¡Te lo… te lo ruego! Sé que… si mi niña… queda a cargo de la familia Andley o de Archie... sufrirá mucho… él... él ya sabe… sabe que… que no… no es… suyo.

— ¿Qué estás diciendo? — El castaño sentía que le faltaba el aire ante cada palabra de la chica — ¿Acaso Cornwell te hizo esto después de que se lo confesaras?

— ¡No! Esto... fue un accidente... él no.… tiene la culpa.

— ¿Entonces por qué me pides a mí que me haga cargo del bebé?

— Porque… porque eres su… su padre… y… si ellos… si ellos se hacen cargo... temo que... algo le pase y.… tu... eres una de las... personas a.… la cual le podría… le puedo... confiar... la vida de mi niña.

— ¿Que algo le suceda? ¿De qué hablas? ¿Qué fue lo que sucedió? ¿Qué paso entre tú y Cornwell? ¡Respóndeme con un carajo! — Exclamó el hombre con exasperación.

— Archie… él se enteró que… que la criatura... no es de él… quería saber de quién era... por eso discutimos y… Me caí… yo…

— ¡¿Se lo dijiste?!

— No… yo no… no podía… decirle… él... se puso tan violento que… Él… si le hubiera dicho… él no dudaría en… matarme y… atentar contra ti.

Terry no sabía qué decir, todo el cuerpo le hormigueaba, quería salir de ahí, no quería seguir escuchando, con cada palabra de Annie, el estómago le daba un vuelco.

— Por favor… no me queda… tiempo… prométeme… que vas… a cuidar… de ella… Archie… Archie la odia…

— No sé cómo puedes pedirme algo así… Candy… Evan… ella no… y Cornwell… ¡Dios! — El castaño se jalaba los cabellos, desesperado.

— Él… él la ha llamado… Bastardo…

Terry dejó de respirar al escuchar esa palabra tan despectiva y, que muchos años atrás, fuera como a él se refería la esposa de su padre.

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A trompicones, Terrence caminaba por el pasillo en el que había llegado a la habitación de Annie. En su cabeza, las palabras de aquella mujer le taladraban. "Él lo llamó bastardo"" la van a rechazar como a mí" "te lo suplico" palabras duras que venían acompañadas de un peso inmenso sobre sus cansados hombros.

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Archie estaba furioso después de haber escuchado que Annie quería hablar con Grandchester. Se paseaba de un extremo a otro, con las manos en las caderas, mirando hacia cada tanto hacia el lugar por donde el aristócrata arrogante se había ido con el médico, preguntándose qué era lo que Annie tenía que hablar con el estúpido actor. Para colmo, ni Patricia ni el imbécil de Neil regresaban. Lo enervaba la forma en que el idiota trataba a Patty, como si fuera de su propiedad.

Albert, viendo cómo algunas personas miraban a Archie, se acercó a él, obligándolo a sentarse, tratando de calmarlo, amenazándolo con mandarlo a su casa.

Cornwell sentía que todos se habían puesto de acuerdo en fastidiarle.

Recargado en una silla, maldiciendo su suerte, vio cómo, la figura de un hombre, se acercaba por el pasillo. ¡El maldito bastardo Grandchester! Sin poder contener la furia que se desató al verlo, se le fue encima sin que nadie pudiera detenerlo.

— ¡Hasta que te dignas a salir infeliz! — Le gritó, tomándolo de las solapas del saco.

— ¡Suéltame imbécil! — Fue la respuesta del castaño ante el arrebato del furioso joven mientras le sujetaba las muñecas.

— ¡¿Qué demonios tenías tú que hablar con mi mujer?! ¡Maldito bastardo infeliz! — Escupió él ya nada elegante Archie.

— ¿Cómo me llamaste imbécil?

— ¡Cómo lo que eres! ¡Un maldito bastardo! — Vociferó Archie.

Con los ánimos demasiado caldeados, y sin reparar en dónde se encontraban, o la situación que estaban enfrentando, Terry, con las recientes palabras de Annie resonando en su cabeza, le dio un empellón a Archie para luego asestar un fuerte puñetazo que impactó en el rostro de Cornwell.

El hombre se fue para atrás debido a la fuerza del golpe. Gracias a la intervención de George quien estaba detrás no cayó al piso.

— ¡¿Pero ¡¿cómo te atreves desgraciado?! — Espetó Archie limpiándose la comisura de la boca, dónde un hilillo de sangre escurría hasta su barbilla.

Apenas terminó de hablar, el joven de ojos ambarinos se sacudió al hombre mayor que lo sostenía, giró levemente el torso al tiempo que preparaba su puño izquierdo para rápidamente después golpear el costado derecho de Terrence que, ante el ataque, se dobló sofocado.

George, Candy y Eleonor, miraban horrorizados el espectáculo de ambos hombres que parecían no darse cuenta del lugar en el que estaban. Albert, que venía de hablar con el doctor Leonard se quedó pasmado por unos instantes ante la desagradable escena.

George, quien, a pesar de su edad, estaba en plena forma física, intentaba separar a los contendientes sin éxito. Ambos eran hombres fuertes, y parecían estar poseídos de una furia implacable.

El rubio Andley reaccionó, acudiendo a apoyar a su secretario, Neil, que venía con Patricia, hizo lo mismo.

La chica O'Brien corrió a sujetarse de Candy quien se encontraba tanto o más asustada que su amiga viendo como los hombres estaban golpeándose sin piedad, haciéndose internamente cada una la misma pregunta ¿Qué había pasado para que ellos estuvieran peleando de ese modo? ¿Sería que acaso Annie había confesado la verdad? Ambas se llevaron las manos a la boca.

— ¡Archibald! ¡¿Qué diablos sucede contigo?! — Gritaba Albert, al tiempo que sostenía fuertemente a su sobrino.

Eleonor se había colocado frente a su hijo, quién era sujetado por George y Neil, y le pedía que parara.

— ¡Suéltame tío! ¡Déjame partirle la cara a ese maldito inglés! — Bramaba el joven aún furioso.

— ¡Haré que te tragues tus palabras niño bonito! ¡Suéltenme!

George y Neil estaban teniendo problemas con Terry. El castaño casi se les escapa de las manos para ir de nuevo sobre Archie.

— ¡BASTA! ¡BASTA YA LOS DOS! ¡O SE CALMAN O SE VAN! ¡NO SE DAN CUENTA DÓNDE ESTAMOS! ¡ESTÁN ACTUANDO COMO UNOS ADOLESCENTES IDIOTAS! — Gritó el usualmente pacífico Albert — ¡Con un carajo Archibald! ¡¿Qué diantres sucedió para que te comportes como un chiquillo?!

— Eso deberías preguntarle a ese cabrón inglés tío.

— Modera tu vocabulario jovencito — exigió el rubio.

— ¡Terrence! ¡¿Qué te pasa! — Preguntaba Eleonor, asombrada ante tal actitud de su vástago.

— ¡Madre! ¡Este… individuo de mierda me atacó sin motivo!

— ¡Terry ya! — Reconvino la rubia ex actriz.

— ¡Sin motivo dices! — Espetó Cornwell — ¡Dime que tenías tú que hablar con "mi mujer" maldito bas…!

— ¡Cállate Archie! — Interrumpió Albert muy molesto.

— ¡Ve y pregúntale a "tu mujer"! ¡Cobarde e infeliz! ¡¿Cómo te atreviste a golpear a una mujer embarazada?!

Todos voltearon a mirar sorprendidos al joven.

— ¡Archibald! ¡¿Es cierto eso?! — Cuestionó Albert con sorpresa.

— ¡Cla… claro que no tío! Fue… fue un accidente — Contestaba un avergonzado joven — ¡Deja de decir sandeces estúpido!

Candy, sacando fuerzas de su interior, intervino antes de que volvieran a discutir, acercándose a su marido, tomándolo del brazo.

— Terry — Habló en un susurro, mirando fijamente los ojos de su esposo — Por favor… no es el momento… aquí no… no nos hagas esto.

El rostro pálido de la rubia, los ojos verdes inundados en lágrimas a punto de desbordarse, resquebrajaron el corazón del actor quien, aflojando los brazos respondió:

— No fui yo el que comenzó, solo me defendí, pero al parecer no te diste cuenta, como siempre, y encima me pides calma — La voz de Terry estaba cargada de reclamo.

— ¡Terry! Eso no es … verdad — Contestó Candy sin mirarlo a los ojos.

— Olvídalo Candice, está visto que haga lo que haga el culpable siempre seré yo, y aunque me canse de suplicar y pedir perdón nunca volveré a ser digno ante ti.

Terry hizo un gesto y los hombres que lo retenían lo soltaron, inmediatamente, dirigió sus pasos cansinos a los jardines del hospital, no podía estar más en ese lugar se sentía asfixiado, triste y sin fuerzas.

George y Neil no entendían nada.

Eleonor, quien escuchó las palabras de su hijo para su nuera, miró a Candy con tristeza y dijo:

— Sé que no soy nadie para juzgar sobre este tema, pero yo … le creo cuando él dice que no tuvo conciencia de lo que hacía, con esto no lo estoy justificando, pero de verdad deseo que tú también creas en él y que no sea demasiado tarde — Sin decir más la rubia sigo el mismo camino que minutos antes había tomado su hijo, dejando a una Candy con el corazón aún más dolido ante esas duras palabras.

— ¿Te vas? ¡Maldito cobarde!

— ¡Cállate ya Archibald Cornwell!

Albert se llevó a su sobrino por el lado contrario que se había ido su amigo, necesitaba urgentemente que Archie le aclarara muchísimas cosas.

Candy se dejó caer en la silla más cercana. Patricia, que entendía un poco lo que estaba pasando, se sentó junto a ella, tomando su mano en gesto de comprensión, la rubia dejó caer su cabeza sobre el hombro de su amiga mientras un río de lágrimas salía de sus verdes ojos.

Afuera del hospital, Eleonor tomó el mismo camino que unos minutos antes hiciera su hijo. La noche había caído y la luz de las farolas apenas alumbraban el espacio donde, un bonito jardín se abría a la vista. La mujer paseó su mirada buscando a su hijo, no le tomó mucho tiempo encontrarlo, él se encontraba recargado en el tronco de un gran árbol, observando un cigarrillo que tenía en la mano.

— Terry — Lo llamó con voz dulce.

— ¿Qué haces aquí Eleonor?

— Vine a ver cómo estás, si necesitas atención médica, debemos acudir para que te revisen.

— No la necesito, gracias, "el elegante" no ha mejorado con los años, apenas sentí sus golpes.

— ¿Porque peleaste con él? ¿Qué sucedió para que llegaran a las manos? El. ya sabe que su esposa y tú… que la niña.

— No, no fue por eso, aunque él ya sabe que no es el padre de la hija de Annie.

— ¡Cómo lo supo!

— Ella me dijo que Archie se enteró por casualidad.

— ¡Santo cielo! — Exclamó la mujer, llevándose ambas manos al pecho — Entonces… ese muchacho ¿Golpeó a su mujer? ¿Por eso está aquí?

— No, ella dice que fue un accidente — El castaño contó brevemente lo que Annie le había dicho referente a su caída.

— ¡Por dios! Si las tragedias no paran, y todo por el egoísmo de… esa… esa mujer.

Eleonor suspiró, Terry levantó la cabeza al cielo tan oscuro como su vida.

— ¿Sabes que me pidió?

— ¿Te pidió? ¡¿Esa mujer no tiene vergüenza?! Mira que es cínica esa mujercita, después de todo el sufrimiento que te ha causado aún tiene cara para pedirte algo más — Eleonor hablaba haciendo muecas de disgusto.

— Se está muriendo y quiere que cuide de su hija.

— ¡QUE! — Gritó la mujer con horror, pero enseguida puso las manos en su boca tratando de acallar, demasiado tarde, su reacción — ¡Es que acaso se ha vuelto loca! ¿Sabe siquiera lo que esa petición va a ocasionar entre todos? ¿Qué va a decir su familia? ¡¿Su marido?! ¡Mira cómo se puso hace unos momentos! Cuando pienso que esa mujer ya no puede cometer más locuras…

— ¿Que se supone que debo hacer? Antes de entrar a la habitación, el médico me dijo que no le quedaba mucho tiempo, va a morir madre. Sé que es así, su cara está blanquecina, tiene la belleza de la muerte reflejada en ella.

— ¡Dios mío! — Dijo la rubia, abrazándose así misma — No siento ni el más mínimo afecto hacia esa mujer, no me agrada en lo más mínimo, pero jamás habría deseado un castigo de esta magnitud para los actos que cometió, mira a donde la llevo tanto egoísmo, ni siquiera tendrá el gozo de disfrutar a su hija, cometió tantas tonterías, pero, y tu cariño, ¿Qué piensas hacer? ¿Cómo te enfrentarás a toda esa gente? ¿Cómo vas a decirles que eres el padre de esa criatura? ¿Y Candy? ¿Y Evan? ¿Qué va a pasar con tu matrimonio?¿Podrás ver a esa niña sin rencor? Si llegases a quedarte con ella… ¿Qué consecuencias traerá esto en tu vida?

— ¡Es lo que me estoy preguntando ahora madre! — El hombre se agachó, llevándose las manos a la cabeza, apoyado contra el árbol.

— Hijo mío — Habló Eleonor con voz trémula — Me siento impotente ante tu sufrimiento, no sé qué más hacer, lo único que puedo darte es mi apoyo y consuelo.

— No sé qué sentir, siento un inmenso agujero en el pecho, no sé si es odio, rencor, dolor… quedarme con la niña… ni siquiera quiero verla… yo… no quiero… ¡Tengo a mi hijo! ¡Lo amo! ¡Lo extraño con todo mi ser al igual que a su madre! Y esa niña…

— Piénsalo bien Terry, recuerda las palabras de tu padre, lo que me hizo, lo que te hizo debido a su propio dolor.

— Yo no soy como mi padre — Espetó mirando con furia a Eleonor — Yo sí tengo muy claro que la criatura vino a este mundo en circunstancias que no pidió, debería haber nacido en un hogar donde ambos padres le amaran, él no es culpable de los errores que su madre cometió para traerlo al mundo, y aunque le dije que si a una moribunda, aún no estoy seguro si aceptare la petición, pero tampoco quiero que quede al cuidado de Archie o la familia de ella.

— ¿Entonces qué les dirás? Él todavía no sabe quién es el padre, no creo que actúe en contra del niño ¿O sí?

— Por lo que Annie me dijo teme que Cornwell quiera hacer algo en contra.

— Eso no lo sabe.

— Yo creo que no, he intentado ponerme en el lugar de ese idiota y créeme que yo reaccionaria peor.

— ¿Y Candy? ¿Has pensado en lo que sufrirá? Tienes que hablar con ella, de alguna manera deben justificar que quieran tener a la niña. Aunque sinceramente no creo que los padres de esa mujer les dejen llevar a su nieta, así como así.

— ¡Candy! ¡No me hagas reír! Ella no me ha perdonado, y creo que no lo hará. A estas alturas me importa un carajo la opinión de nadie, estoy harto de justificarme de cosas de las cuales no soy culpable.

— ¿Entonces qué te motiva a sopesar quedarte con la bebé? Porque lo estás pensando Terrence, lo veo.

— Porque a pesar de todo… sé que es mía, y a ningún hijo mío lo llamaran Bastardo.

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— ¡Ahora mismo vas a decirme qué diantres está pasando Archibald! — Exigió Albert — ¡No puedo creer que tú — enfatizó — Seas capaz de semejantes escándalos! ¡Tu mujer está muriendo! ¡Tu hija te necesita!

— ¡Ya te dije que esa cosa no es mía!

— ¡Entonces dime de quién es! ¿Por qué estás tan seguro?

— Porque la muy maldita me lo dijo — Pronunció Archie con los labios apretados.

Aunque el rubio quiso seguir hablando, no le fue posible, pues Luca se dirigía a ellos, para comunicarle que su esposa deseaba hablar con él.

El hombre se negaba a ir, por lo que, sin más remedio, el patriarca Andley, lo apresó con fuerza, llevándolo prácticamente a rastras a la habitación de Annie.

En la sala de espera, los miembros de la familia vieron pasar a los tres hombres. Neil, extrañado, cruzó miradas con George, preguntando sin decir palabra alguna, acerca del comportamiento extraño de Archie para con su hija, y del escándalo protagonizado con Terry, mientras que Candy y Patty se apretaban las manos con angustia.

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La mente de Archie era un caos. Arrastrando los pies, avanzaba por el pasillo, en su pensamiento se decía que, por fin, su esposa se dignaba a hablar con él. Maldiciendo el que aun estando postrada en cama no dejaba de humillarlo y seguir viéndole la cara de imbécil. Cavilando en todo eso, bien sujeto por su tío, seguía como autómata a Luca, quien lo dirigía a la habitación de Annie.

Al entrar al cuarto, pensó que Annie estaba fuera de peligro, pero, al parecer, no era así, ya que al estar frente a ella pudo notar su extrema palidez y la venda que cubría su cabeza donde había recibido el golpe. Sorprendido, abrió mucho los ojos por el aspecto de la ojiazul.

En primera instancia se preocupó al verla así, pero, casi al instante, no pudo ocultar el odio hacia ella y el descaro de su confesión unas horas atrás.

— Archie — Llamó la chica muy quedo — Viniste.

El hombre asintió.

Albert apretó el hombro de su sobrino, después, junto con Luca, salieron de la habitación.

Cornwell quedó mudo por unos minutos, observando la palidez de su esposa, los ojos hundidos y los labios sin color, se veía incluso más pequeña de lo que era.

— Te… agradezco que estés... aquí.

— No sé qué más pretendes decirme Annie…

— Por… por favor escúchame… yo… necesito decirte…

— ¿Que se supone que me dirás? ¿Vas a darme detalles de tu amante?

— Yo no… jamás tuve un amante…

— ¡A no! ¡¿Entonces cómo demonios fue posible la concepción de esa niña?!

— Solo… por favor solo… escucha…

El muchacho le dio la espalda, se pasó los dedos por los cabellos, luego, puso ambas manos en las caderas, mirando hacia la pequeña ventana que había enfrente.

— Te he pedido venir ahora porque… necesitaba… quería asegurarme de que... mi hija estuviera bien… cuando me marche…

— ¿Cómo? — Archie se giró para verla de frente otra vez — ¿A qué te refieres con eso? ¿Estás insinuando que yo le haría daño? — Se señaló — Sé que no soy la mejor de las personas cuando estoy de mal humor, pero también sé que ella no tiene la culpa de tener la madre tan miserable que eres.

— Estás… tienes todo el derecho de expresarte de mí... de esa manera... no tengo ningún... argumento ante lo que es evidente… lo único que yo deseo... — Annie comenzó a parpadear, pues las lágrimas estaban por desbordarse de sus ojos — Es... pedirte perdón… por la forma en que sucedieron las cosas… yo no lo… busqué… fue un accidente… yo… tenía un gran peso… por lo que decían… me sentí… acorralada por… todos… por ti… yo solo… solo quería… poder darte… un hijo… demostrarle a todos que… que era una mujer… que… dejarán de burlarse y… cotillear a mis espaldas… que no… que no dejaras de quererme porque… no podía darte un… heredero…

— ¿Y por eso te revolcaste con quién sabe quién?

— ¡No!… yo… no quería… yo… estaba… desesperada… tu… te alejabas…Yo sabía que… en el fondo… también me echaste la culpa de… de que no tuviéramos hijos después… de tanto tiempo de… casados… pero... te amaba tanto que… Me hice la ciega… cuando… cuando tú… te ibas a revolcar con aquellas furcias… sé que… solo querías demostrar tu… hombría… y me… me tragué el orgullo y la frustración… sobre todo cuando… cuando nombraste a otra mujer después de haber… estado conmigo… yo… mi corazón se fracturó Archie… cuando se suscitó cierta situación… solo dejé que pasara… por una vez… dejé… dejé de ser la estúpida Annie... la cual siempre agachaba la cabeza ante todos.

— ¡Bravo por ti Annie! — Exclamó el hombre, quien a pesar de lo escuchado, y por un momento reconocer su culpa, arremetió contra ella — Mira que quisiste defender tu dignidad de mujer herida metiéndote bajo las sábanas del primer hombre que te las brindó, vaya manera de sacar las uñas, no eres más que una mujerzuela que justifica sus cascos ligeros, si tanto te dolía mi comportamiento porque no buscaste hablar conmigo, era preferible separarnos, y no cometer adulterio, por si fuera poco con consecuencias ¡Vaya que eres perversa Annabelle Brighton! Pero eso es lo de menos, lo que te exijo ¡Ahora mismo! Es que me digas quien es el padre de tu bastarda o ¿Seguirás protegiéndolo? ¿El muy cobarde que te abandonó?

— El. él no es ningún cobarde… él no sabía... no sé hubiera enterado de que sería padre por segunda vez… yo le dije porque...

— ¡Por segunda vez! ¡¿Te metiste con un hombre casado?! — Se acercó a la cama donde se encontraba su aún esposa y la sacudió con fuerza sin pensar — ¿Quién es? ¡Dime de quién estás hablando! ¡¿Lo conozco?! ¡DÍMELO MALDITA SEA! — Seguía maltratándola sin importarle ya nada.

Con cada sacudida Annie sentía su cuerpo resquebrajarse, aunque no así su voluntad.

— No te… lo diré…

— ¡Tengo derecho a saber! No te llevarás su nombre a la tumba.

— Es… es Terry… el padre de mi hija es Terry — El nombre salió en medio de un sollozo lleno de dolor, del alma y del cuerpo ya sin fuerzas.

Archie se le quedó mirando, como si no comprendiera lo que acababa de escuchar. Segundos después, soltó a Annie como si le quemara.

— Pero ¡¿qué estás diciendo?! — Gritó colérico el elegante joven cuando el entendimiento llegó — Eres una maldita mentirosa — Dijo en un susurro lleno de desprecio — Eso no es verdad, ese estúpido aristócrata ama a Candy, jamás la traicionaría, menos con alguien como tú.

— ¿Por qué crees… que pedí… hablar con él? Para que… cuide… de nuestra… hija…

— ¡Eso no es posible! — Archibald comenzó a caminar de un lado a otro de la cama — ¡No! ¡No, no y no! ¡No es verdad!

Brevemente, y ante la mirada atónita de Archie, Annie contó la forma en la que su hija fue concebida.

— ¡Eres una maldita ramera! ¡Y el!¡Un perro traidor! ¡¿Cómo se atrevieron a hacernos una jugarreta así a Candy y a mí?! ¡Voy a matarlo! ¡Mataré al maldito hijo de puta!

— ¡No! Matarás a nadie ¿Me oyes? ¡La única culpable aquí, soy yo!

Con el último aliento, Annie se había colgado de la manga de la chaqueta de su esposo y había admitido al fin su culpa a viva voz.

El hombre, fuera de sí, le apresó de los hombros, con más improperios saliendo de su boca. La mujer ya no los escuchó, agotada, sin un ápice de fuerzas, había cerrado los ojos.

Ante tal escándalo una de las enfermeras y Luca entró a la habitación, donde un furioso y fuera de control Archibald, sacudía el cuerpo, ya inerte de Annie Cornwell.

Continuará...

Por: Esmeralda Graham y Primrose