NADA VALGO SIN TU AMOR
Podía oír a lo lejos los gritos de mi mejor amiga llamándome entre la oscuridad que se había apoderado de mí de improviso. Todo lo que veía era una densa e infinita oscuridad que se cernía sobre mí de manera implacable, intentando absorberme. No tenía noción alguna del tiempo, desconocía si habían pasado segundos, minutos u horas; me sentía flotar en una especie de limbo, ajeno a las leyes del espacio y el tiempo. El silencio reinante en aquel sitio era completo; no podía escuchar ni un solo sonido que me hiciera pensar que no me encontraba sola allí. Todo lo que podía sentir era la soledad inmensa que me embargaba por completo, pero eso no me daba miedo, para nada. Me encontraba en una etapa de mi vida en la que ya no podía sentir nada; los sentimientos como la dulzura y la ternura que había dentro de mí parecían haberse esfumado en el último tiempo. Ya no vivía como solía hacerlo; los días que pasaban sólo eran días. Lo único que había estado haciendo desde aquel fatídico día en el que mis ojos fueron testigos de la verdad que significó el fin de todas las ilusiones que había albergado desde niña en lo profundo de mi alma, era sobrevivir.
No sabía si estaba muerta, o si sólo me había desmayado; lo único que sabía era que ese solitario espacio me atraía de sobremanera, y por un instante deseé poder quedarme aquí y olvidar todo lo que había vivido en el mundo real; que todo el sufrimiento y las lágrimas que había derramado por su causa se esfumaran cual polvo que es arrastrado por el viento.
La sensación de paz absoluta y soledad se interrumpió de repente con un pequeño rayo de luz, que fue intensificándose gradualmente hasta que ganó terreno sobre la oscuridad, y finalmente abrí mis ojos.
Cuando lo hice, sentía los párpados pesados, como si pesaran más de una tonelada; parpadeé varias veces para volver a acostumbrarme a la luz, y cuando por fin pude enfocar mi visión, ví una figura femenina cerca de mí que me miraba con un rictus de preocupación en su rostro.
Las facciones de June expresaban el temor que sentía en su interior por mi estado de salud, mientrasun hombre mayor con unas gafas pequeñas que descansaban en el puente de su nariz controlaba mi pulso. Giré la cabeza hacia uno de los lados de la habitación y pude observar que Madame de La Rochelle también se encontraba allí, expectante ante mi despertar.
Pero, ¿qué es lo que pasó? ¿Dónde estoy?_ , fue lo que atiné a decir en cuanto me sentí con las fuerzas suficientes para hablar.
La elegante mujer entrada en años se acercó a mí, reflejando las mismas emociones que había leído en el rostro de mi amiga.
¡Oh, Mon Dieu! ¡Querida, menudo susto nos has dado! ¡El corazón de esta anciana no puede soportar este tipo de emociones!, dijo la dueña de la casa de modas. _ Pequeña, te desmayaste y como no podíamos lograr que recuperaras la consciencia, he tenido que llamar a un médico... _.
Abrí los ojos desmesuradamente, y la culpa se apoderó de mí al reparar en la preocupación que había generado en la amable mujer que tanto me había ayudado y en mi mejor amiga, cuyas hermosas facciones reflejaban la angustia que la situación le producía.
-Madame, le aseguro que no es necesario que haya traído a un doctor, me encuentro bien de salud; además ya me siento con fuerza suficiente para levantarme y continuar con mi trabajo, tengo queterminar la confección del vestido principal de la nueva colección , dije con todo el entusiasmo que podía fingir, mientras intentaba levantarme del sofá en el que me encontraba recostada, más no pude llevar a cabo mi cometido, puesto que el mundo comenzó a dar vueltas a mi alrededor nuevamente, y tuve que volver a mi lugar.
¡¿Es que acaso no ves que no estás bien, Fluorite?! ¡Vas a matarme de la preocupación! ¡Y no vas a moverte de aquí hasta que el doctor te examine!, sentenció la rubia, cuya mirada ahora destellaba enojo.
Rodé los ojos ante su orden, y asentí sin muchas ganas a que el facultativo hiciera su trabajo. Madame de La Rochelle decidió dejarnos a solas para darme un poco de privacidad, a pesar de que estábamos en su despacho. June también iba retirarse, cuando mi voz la detuvo.
Mi amiga puede quedarse durante el examen; no tengo secretos con ella, dije con seriedad al anciano médico.
El hombre me realizó un examen físico básico, con toma de pulso y auscultación de los ruidos de mis pulmones y los sonidos de mi corazón; luego continuó con un interrogatorio más detallado con el fin de recabar información para poder dar un diagnóstico.
Finalmente, la pregunta que no se me había cruzado por la mente en ningún momento, me sacó del estado de ligera somnolencia en el que aún me encontraba.
La posibilidad de que pudiera estar encinta pasó como una ráfaga de viento ante mis ojos, dejando temor a su paso.
Sabe que debido a los... antecedentes que me comentó, es una posibilidad que puede explicar el malestar que siente. Pero también es posible que todo se deba a un exceso de trabajo y cansancio mental, como bien me ha dicho; su examen físico no me ha revelado nada en particular, por lo que me inclinaría a decir que sólo se trata de una severa anemia producto de una alimentación deficiente. Debe descansar y tomarse un tiempo para recuperarse, señorita, explicó el médico, tras lo cual dejó unas indicaciones escritas y la recomendación de que las siguiera al pie de la letra.
No se preocupe, doctor, así lo hará , respondió June, no dando pie a réplica alguna por mi parte mientras me echaba una mirada de pocos amigos.
El anciano médico saludó con una leve inclinación de cabeza y salió del despacho. Me había quedado anonadada ante la posibilidad que ahora giraba en mi cabeza. Debido a todos los acontecimientos ocurridos, obviamente no podía recordar mis ciclos, lo que aumentaba la incertidumbre en mi interior.
En otras circunstancias, creo que una noticia como aquella, me hubiera llenado de una alegría inmensa. Pero luego de todo lo que sufrí debido a él... No sabía cómo reaccionar.
Pero algo en mí me decía que ésa no era la causa de mi malestar. Eso es algo que sólo el tiempo lo dirá.
Mi amiga June cerró la puerta del despacho una vez que el médico se retiró, y fue a sentarse junto a mí en el sofá. Su mirada azul se veía opaca, nublada por la preocupación debido a mi estado de salud.
Fluorite... ¿Has pensado en que lo que dijo el doctor puede ser una posibilidad, verdad?, dijo casi en un susurro en tono neutro, sin evidencia de juicio alguno en su voz; luego continuó: _Quiero que sepas que estaré a tu lado en cualquier circunstancia, y que velaré por ti y tu salud y te ayudaré a recuperarte_ , dijo mientras apretaba mi mano con fuerza y sus ojos se clavaban en los míos.
Lo sé, June... _ , fue lo único que fui capaz de pronunciar, puesto que aún resonaban en mi mente las palabras del médico.
Habiendo ya transcurrido varios meses del comienzo de la Guerra Santa, y habiéndose producido ya numerosas pérdidas de vidas humanas, tanto de civiles como de caballeros, las circunstancias ahora me llevaban a tomar un rol activo en el conflicto bélico, para lo cual Kardia y yo tuvimos que viajar hasta un lugar lejano, las heladas tierras de Blue Gard, donde había pasado gran parte de mi infancia.
Decidí entrar en la batalla no sólo para luchar contra el ejército de Hades, sino también porque sentía que ya no me quedaba nada en este mundo. Al igual que Natalie tras la pérdida de Ásmita, había entrado en un estado de melancolía del que no había podido salir. El hecho de haber perdido el amor de Fluorite me había convertido en una persona triste y sumamente irritable; nada me importaba ya, había perdido todo el interés por mis cosas, como mis libros y mis investigaciones. Lo único con lo que ocupaba mis días era luchar contra el avance del Lienzo Perdido de Hades y sus intenciones de borrar a la humanidad de la faz de la Tierra. Además, la señorita Sasha nos había encomendado a Kardia y a mí la misión de solicitar ayuda a Poseidón, para así poder atacar el Lienzo Perdido y dar con el oricalco, un material muy especial que le daría vida al Navío de la Esperanza, y del cual todos dependíamos para poder continuar en la lucha contra Hades.
Cuando llegamos a aquel helado lugar en el que transcurrí mi infancia, tuve la grata sorpresa de encontrarme con mi amigo Unity, quien ahora se había convertido en el señor de Blue Gard. Él nos recibió animosamente y nos guió a Kardia y a mí hasta una habitación situada al fondo de la gran Biblioteca de la ciudad,donde se encontraba la entrada a la Atlántida. Más los acontecimientos que allí tuvieron lugar cambiaron totalmente nuestros destinos.
Nos encontramos ante el ataque desprevenido de uno de los jueces del Infierno, Radamanthys, quien junto con Pandora, la mujer encargada de dirigir al ejército de Hades, habían arribado a ese lugar con el fin de hacerse con el oricalco. Unity resultó herido moralmente por el ataque del juez, y cayó al piso, inerte.
Sin dudarlo, Kardia se dispuso a enfrentarse con Radamanthys, mientras yo salí lo más rápido que pude para detener a Pandora, no sin antes pedirle al Escorpiano que hiciera todo lo posible para mantenerse con vida; no podía perderlo.
Más tras una encarnizada batalla, percibí que tanto el cosmos de Kardia como el de su contrincante habían desaparecido, lo cual hizo que mi corazón sintiera el dolor intenso por la pérdida del que había sido mi mejor amigo.
Adiós, Kardia... Viviste tu vida al máximo, como siempre habías querido... Y finalmente pudiste hacer que tu corazón ardiera en una batalla... Nos veremos pronto, amigo mío..._ , susurré con pesar.
Tras la nueva pérdida que acababa de experimentar, y con la mente pensando en que cada vez me quedaban menos cosas que me retuvieran en este mundo, me concentré en el objetivo de la misión que Athena nos había encomendado. Corrí lo más rápido que pude hasta llegar al recinto que marcaba la entrada a la Atlántida, donde encontré, para mi sorpresa, a Pandora inconsciente en el piso; seguramente había sido afectada por algún poder superior.
No lo pensé más y me adentré en el pueblo de Poseidón; mientras hacía mi camino cada vez más al interior del mismo, la visión de una imagen conocida me golpeó de lleno en la memoria. Encerrada en el interior de una esfera luminosa que emanaba una potente luz azulada, se encontraba otra de las personas con las que había compartido mi infancia: Serafina, la hermana de mi amigo Unity, que había perecido hacía bastante tiempo ya, según lo que él mismo me había contado. El cuerpo de la joven estaba rodeado por un cosmos muy poderoso, más grande que el que podría albergar un caballero. Me dispuse a intentar sacar el cadáver de Serafina de aquel receptáculo, más no pude lograrlo debido a que un manto de coral cubrió por completo mi cuerpo, inmovilizándome por completo. En ese momento, una voz masculina bastante familiar se dirigió a míy me propuso realizar un intercambio: él me entregaría el oricalco, legado de Poseidón, sólo si yo liberaba al dios de los mares del encierro al cual Athena lo tenía sometido desde hacía varios siglos, y le permitía ocupar el cuerpo de Serafina para así poder llevar a cabo su venganza.
La furia se encendió dentro de mí al escuchar aquellas palabras, dándome la fuerza necesaria para liberarme del manto de coral y salir a enfrentar al hombre que portaba la scale del Dragón del Mar, uno de los generales al servicio de Poseidón. Nos trenzamos en una lucha cuerpo a cuerpo durante la cual logré golpearlo en el rostro, y tras caer el casco, me dí cuenta de que el destino buscaba sorprenderme una vez más: aquel misterioso hombre era nada más ni nada menos que Unity, a quien creía muerto después de haber recibido el ataque de Radamanthys.
Cuán equivocado estaba. Mi amigo de la infancia estaba con vida, y me recordaba aquella promesa que ambos habíamos hecho cuando sólo éramos unos niños: proteger al pueblo de Blue Gard.
Unity me miró a los ojos, mientras me decía que sólo ayudaría a Athena con la condición de que yo retirara el sello de la vasija en la que se encuentra encerrado Poseidón; me negué a realizar su petición, a pesar de que con ello podría tener acceso al oricalco, el cual se consideraba como una parte del cuerpo del dios de los mares, y que tanto necesitábamos para poder llegar hasta el Lienzo Perdido. Otra vez el enojo y el sentimiento de querer liberar a mi amigo de la infancia de la influencia del Dragón Marino, hicieron que comenzara una lucha entre nosotros, en la cual ambos desplegamos nuestras habilidades; no quería lastimar a Unity, pero la única forma de hacerlo volver en sí era utilizando mi máxima técnica.
Sabía que no iba a tenerla fácil, puesto que me estaba enfrentando al poder del mismo Poseidón, pero eso no me amedrentó. Lancé mi ataque de Ejecución Aurora sobre él con la esperanza de liberarlo, lo que finalmente, después de una ardua lucha, conseguí. Tras haberlo derrotado en batalla, me acerqué a Unity para comprobar cómo se encontraba, pues a pesar de todo lo que había ocurrido, no podía olvidar todos los recuerdos compartidos durante nuestra infancia. El joven presentaba bastantes heridas y contusiones, pero el haber portado la scale del Dragón del Mar salvó su vida. Con lágrimas de arrepentimiento en sus ojos por haber olvidado el juramento que nos habíamos hecho de niños, Unity me entregó el oricalco, pero en ese momento, Pandora reapareció en la escena, esta vez acompañada de una enorme serpiente, la cual se apoderó del preciado material. La mujer, con el objetivo de que éste no pudiera ser utilizado en favor de Athena, intentó destruirlo; al mismo tiempo, liberó el sello de la vasija en la cual se encontraba encerrado Poseidón, desatando de esa manera, una calamidad sobre nosotros.
Totalmente perplejos, observamos cómo el dios de los mares tomaba posesión del cuerpo sin vida de Serafina, despertando así todo su poder, el cual comenzó a manifestarse destruyendo todo aquello que se encontraba a su alrededor. Con los ojos desorbitados por el miedo, Unity dijo que el poder de Poseidón destruiría la superficie con olas enormes e inundaciones, llevándose con ello innumerables vidas humanas, y que además provocaría que la Atlántida se sumergiera en el fondo del mar.
Al escuchar sus palabras y observar la destrucción causada por el poder del dios de los mares que recién había despertado de su encierro de varios siglos, finalmente, tomé mi decisión.
No podía dejar que se perdieran más vidas en esta guerra, y mucho menos debido a la ira de un dios que busca venganza por haber sido encerrado en una vasija durante siglos.
Aprovechando un descuido de Pandora, le arrebaté el oricalco de las manos y se lo entregué a Unity, encomendándole la misión de llevarlo al Santuario y entregarlo a nuestra diosa, Athena.
Mi amigo de la infancia me miró y me dedicó una sonrisa triste, mientras gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas, al mismo tiempo que asentía en respuesta a mi petición, luego de lo cual, partió lo más rápido que pudo del lugar.
Una vez que me cercioré de que se había alejado lo suficiente de aquel sitio, me giré y caminé hacia donde se encontraba el recipiente humano de Poseidón, levitando y envuelto en una potente luz azulada, del cual emanaba un cosmos enorme.
Debía encontrar la forma de evitar que todo ese poder llegara a la superficie de la tierra y comenzara a devastar todo a su paso. Era una tarea imposible, casi titánica, pero tenía que intentarlo.
Por el bien de la vida humana, y por el bien de Fluorite...
Debo detener esto.
Caminé hacia el cuerpo de Serafina, que continuaba levitando y emanando ese descomunal cosmos que había comenzado a destruir la entrada a la Atlántida; la miré y recordé a esa muchacha de mi infancia con la que había compartido tantos juegos, y que era la viva imagen de su madre, quien era una de las gobernantes de Blue Gard. Su belleza ysabiduría la habían hecho conocida en su pueblo, por ser una gobernante justa y que siempre buscó el bienestar de su gente.
No podía permitir que su cuerpo sin vida fuera utilizado por Poseidón para causar el mal a las personas, ni tampoco que consumiera el espíritu de la muchacha; eso iría en contra de los deseos de Serafina. Por lo tanto, debía encontrar la forma de liberarla del poder del dios de los mares a como diera lugar, para que así la joven pudiera descansar en paz.
Intenté apelar a la razón, hablando con el espíritu de mi amiga de la infancia para que luchara y no permitiera que Poseidón le arrebatara el control de su cuerpo mortal; más me di cuenta que de esa manera sólo estaba malgastando mi tiempo.
Lo único que quedaba era tratar de impedir que ese inmenso poder saliera de aquel lugar.
Si bien en mi interior había un cúmulo de emociones debido a los últimos acontecimientos que había vivido y eso había estado disminuyendo mi concentración así como la efectividad de mis ataques, me obligué a hacer a un lado todo aquello aunque sea por un instante, para así poder lograr mi cometido. Éste será mi aporte a la Guerra Santa.
Inspiré profundamente, comencé a elevar mi cosmos y me puse en posición para llevar a cabo una de las técnicas que había aprendido de mi maestro, Krest, antiguo caballero de Acuario. Él había sido el único hombre capaz de alcanzar el cero absoluto, la temperatura a la cual cesa el movimiento de los átomos, y que se encuentra por debajo de lo que las armaduras doradas pueden soportar. El aire frío comenzó a arremolinarse a mi alrededor, mientras mis manos se movían al mismo tiempo que mi cosmos continuaba incrementándose; mi mente rememoraba los momentos que había transcurrido junto a Fluorite, la única mujer a la que había amado verdaderamente, y que tanto atesoraba, acompañándome en mis horas más oscuras, así como lo era ésta.
Comencé a proyectar el gélido aire hacia el cuerpo de Serafina, ahora recipiente de Poseidón, con todas mis fuerzas y el poder de mi cosmos; desconocía cuánto tiempo iba a poder mantener este nivel de exigencia física, pero daría todo lo que estuviera en mis manos para lograrlo.
El magnánimo cosmos que emanaba del cuerpo de la joven se oponía a aquella prisión helada en la cual buscaba aminorar el daño que podía causar; realmente me costaba mucho trabajo el mantener la ejecución de la técnica, al punto tal que por un momento, pensé que no podría hacerlo. Pero una vez más, el rostro dulce e inocente de mi pequeña flor, así como sus ojos de color del cielo aparecieron en mi mente, y eso me dió la fuerza necesaria para continuar luchando y no darme por vencido.Mi cosmos se encendió al máximo como nunca antes, y entonces fui capaz de lograr lo que jamás pensé que podría. Cada minuto que pasaba, la temperatura del ambiente descendía cada vez más, hasta que mi técnica del Ataúd de Hielo pudo por fin poner un sello helado a aquella amenaza que representaba para la humanidad el poder de Poseidón.
Mis labios tiritan al igual que mis dientes, por el intenso frío que ha dominado por completo aquel sitio, mientras siento mis músculos entumecidos y mi respiración enlentecerse. Mi corazón, que en un principio latía de manera desbocada producto de la adrenalina de la batalla, también comenzó a disminuir su frecuencia, haciéndose casi imperceptible. Ya no siento mi cuerpo; pero curiosamente, mi mente aún permanece lúcida.
La parte racional de mi cerebro sabe que ha llegado el inevitable final, puesto que era imposible sobrevivir a las temperaturas del cero absoluto, y era muy consciente de que ni siquiera la armadura dorada de Acuario podría salvar mi vida. Parpadeo con lentitud, ya que no me quedan fuerzas, y mi cuerpo entumecido no responde a los estímulos nerviosos que le envía mi cerebro. Elevo mi cabeza con los ojos cerrados y un último pensamiento aparece:
"_ Adiós, Fluorite... Sé que algún día, de alguna forma, volveremos a encontrarnos... Je t' aime..._" .
Los párpados del caballero de Acuario se cerraron para siempre.
Su cuerpo agotado por el esfuerzo físico extenuante de la batalla, quedó aprisionado en un enorme ataúd de hielo creado por su propia técnica; solo, sin otra compañía que el cuerpo sin vida de la que había sido su amiga de la infancia y a quien intentó salvar aún después de muerta, de tener un destino manchado de la sangre de inocentes por la ira del dios de los mares.
CONTINUARÁ...
