Los personajes de Candy Candy no me pertenecen.

Historia sin fines de lucro.

Historia creada en conjunto por Esmeralda Graham y Primrose para la Guerra Florida 2020 y el grupo de Las Divinas Místicas de Terry

El último aliento

Capítulo 24

El culpable soy yo

La palabrería de la muchachita, aunque lo conmovió un poco, no le importaba. Para Terry, todo lo que se decía, él lo sabía de primera mano, sin embargo, ante la última pregunta de la empleada de Annie… movió levemente la cabeza, apenas unos milímetros, y así tener dentro de su vista periférica a Albert.

— La niña… — El rubio se aclaró la garganta, se aflojó la corbata, y de nuevo comenzó a pasarse la mano por el pelo antes de contestar — Ella… bueno… — El titubeo no auguraba nada bueno — Está delicada — Soltó Albert al fin — Hace un rato, antes de venir, se nos informó que tenía problemas para respirar, el pronóstico es reservado según los médicos — Finalizó.

El silencio fue apabullante, parecía que nadie respiraba, incluso Maggie había dejado de llorar y estaba con la boca abierta.

— Es una niña... — La voz de Margareth fue apenas un susurro cuando al fin pudo articular palabra — Ella… ¿Se va a morir también? — Inquirió después de tragar saliva.

— No lo sabemos — Respondió Albert.

Ahora sí, Terry no pudo evitar mirar directo a los ojos de su amigo, él ya lo estaba viendo también. Por un momento se sostuvieron la mirada; no obstante, el primero en bajar los párpados, fue el castaño. Seguidamente, adolorido, y a sabiendas que agregaba más leña al fuego, se puso de pie, dio la media vuelta, y salió del despacho, dejando a su esposa atónita ante su acción.

Archie hizo amago de levantarse, pero al estar Albert tan pendiente, volvió a sentarse con tan solo un movimiento de la mano de este.

Candy, quien ya no tenía más lágrimas para derramar. Se abrazó a sí misma después de ver salir a su marido, bajó la cabeza para no ver las miradas de compasión de Albert, Patty, y la empleada de Archie, aunque no aguantó mucho tiempo. Así que como nadie decía nada; se incorporó, dirigió una breve mirada a su padre adoptivo, este le hizo un asentimiento de cabeza, y se dispuso a salir lo más dignamente posible. Estaba a punto de abrir la puerta cuando…

— Señora Candy — La llamó Margareth. Ella se detuvo, pero no se volteó — Yo… — La chica se separó de Patty — Tengo algo para usted — Manifestó, sacando de entre sus ropas una libreta forrada en tela de flores, con encaje en la orilla — La hoja está marcada — Indicó — Mi señora lo escribió anoche… va dirigido a usted — Para ese momento, Maggie ya estaba junto a la rubia, con el objeto extendido hacia ella.

Sin quitar la mano del picaporte, Candy apenas giró la cabeza. Sus ojos pasaban de la muchacha al libro una y otra vez, sin moverse. "Por favor", le susurró Maggie, casi poniendo el diario de Annie en sus manos. La ojiverde abrió la puerta al tiempo que se lo arrebataba a la mucama y salía del lugar dejando la puerta abierta, sintiendo el hormigueo de todas las miradas en su espalda.

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9 de agosto, cementerio Mount Olivet, 4:30 p.m.

La temperatura era alta en esa tarde de agosto. Había humedad y algunos nubarrones en el cielo pronosticaban lluvia. No obstante, el cortejo fúnebre avanzaba por el camino principal del lugar de reposo. Al llegar a su destino, hombres y mujeres ataviados con sus vestimentas negras descendieron de los vehículos para dar el adiós definitivo a Annabelle Cornwell.

Tal como fue dispuesto, los únicos que asistían eran los familiares.

Todos iban en silencio. Con las cabezas bajas, y ramos de flores blancas y azules en las manos. Se sentía la tristeza, pero también la tensión.

Archibald Cornwell caminaba despacio junto al féretro blanco que su suegra, la señora Catherine Brighton, se empeñó en escoger. Él iba sumido en sus pensamientos, con la cabeza gacha, y las manos dentro de los bolsillos del pantalón, con gafas oscuras que disimulaban un poco su cara golpeada. Del otro lado, el padre de Annie, con los ojos rojos, la cara contraída, y el corazón hecho trizas, con la mano sobre la caja que contenía los restos de su amada hija.

Las palabras del sacerdote mientras la tierra era echada erizaron la piel de los dolientes. "Polvo fuimos, y en polvo nos convertiremos" decía, y Archie, más que ninguna otra cosa, quería ser polvo para que el viento se lo llevara lejos de ahí, fuera del alcance de las miradas, unas compasivas, otras fulminantes.

Cuando todo acabó, la lluvia se dejó caer. Pareciera que las lágrimas que los presentes no derramaron, lo hacía el cielo.

La gente comenzó a irse. Solo un par de personas, dos mujeres, una joven humilde, y una religiosa que, a pesar de estarse mojando no se movían.

Candy, que estaba por subir al auto de Neil, se dio cuenta, y regresó por ellas.

— Hermana Lane — Llamó al tiempo que le agarraba el brazo — Vamos — Dijo con la voz quebrada al tiempo que la jalaba para llevársela. No obstante, la monja, no se inmutó, siguió con los ojos cerrados, pasando una a una las cuentas del rosario que tenía en las manos, recitando la alabanza que era respondida por la muchachita junto a ella.

Desde su auto, Archie las observó, resguardado bajo el paraguas que su chófer blandía sobre él, bajando la cabeza mientras un par de lágrimas escaparon de sus ojos.

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Residencia Cornwell-Brighton

Ya que no acudieron al cementerio, varios amigos llegaron a presentar sus respetos a los padres y esposo de Annie, quien recibía las condolencias sintiéndose un hipócrita miserable.

— ¡Qué tragedia tan terrible! — Le decía una mujer de aspecto elegante a Catherine al tiempo que se limpiaba una inexistente lágrima — ¡Tan joven que era tu hija! ¡Ay dios mío! ¡¿Y tú nieta?! ¡Qué pena! — Se lamentaba la mujer.

La madre de Annie apartó la mirada, para que la chismosa mujer no viera su expresión, mezcla de dolor y furia contenida.

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Horas antes, durante la madrugada, la dama y su marido fueron levantados por el personal de servicio, avisando que William Albert Andley los esperaba en el vestíbulo.

El hombre fue breve en su explicación. La señora Brighton se derrumbó ante la noticia. Su marido la sostuvo todo el tiempo, tratando de ser más fuerte por su esposa. Después de dejarla descansando un rato antes de que tuvieran que salir, se dirigió a su despacho dónde Albert lo esperaba, pues éste solicitó un momento a solas con él.

El rubio no se fue por las ramas. Relató lo más exacto posible los hechos, todos ellos. El hombre palideció conforme Albert avanzaba en su información. Hizo dos o tres preguntas ya que no podía creer lo que escuchaba. Al finalizar, convencido de que Andley decía la verdad, lo despidió para luego subir a su recámara, necesitaba ponerse un traje negro, hablar con su esposa, e ir a velar a una hija; otra vez.

Decirle a Catherine lo que Annie hizo no fue fácil para Oliver Brighton. Sabía de mujeres que hacían de todo para amarrar a un hombre, que no era totalmente el caso de Annie, pero le parecía increíble que ella hubiera hecho algo así, y con quién. Catherine por supuesto que no lo creía, vociferó e insultó a Albert por decir esas cosas de su amada hija. La sacudida de su marido la obligó a calmarse. Para cuando salieron de su casa, la rubia mujer ya había asimilado los acontecimientos, y rogaba al cielo que todo aquello no saliera a la luz pública pues sería una gran vergüenza para todos.

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Mientras los señores Brighton atendían a la gente, Archie se resguardo en el despacho, no quería ver a nadie, no quería dar más explicaciones de las que su tío ya había dado. Estaba en extremo cansado.

Por su parte, William Albert Ardlay, se servía un buen trago de whisky. Decidido a no dejar a su sobrino en ningún momento, permanecía a su lado a pesar de siquiera haber pegado ojo, resolviendo un sinfín de detalles, desde la velación de su sobrina política, hasta la declaración de prensa dónde, la versión oficial, fue que un infortunado accidente, seguido de un parto difícil y adelantado, cegaron la vida de Annabelle Cornwell. Justificando así, las lesiones de Archie.

— Tío… — Llamó el joven Cornwell, quién, sentado en un sillón, miraba a Albert con vergüenza — Gracias por… por…

— Detente Archibald — Lo interrumpió el rubio — No creo que me debas de agradecer nada — Lo miró con severidad — Esto no lo hice por ti o tu finada mujer — Señaló — Fue por la tía abuela ¡Dios! — Se aflojó la corbata — ¡Al menos solo se me bajó la presión cuando le dije que tú y Annie tuvieron un accidente y que ella estaba muerta!

Archie bajó aún más la cabeza.

— ¿Le vas a contar lo de… lo de… la hija de Annie?

— ¡¿Quieres matarla de un disgusto?! ¿Acaso no hay suficientes víctimas de todo este macabro embrollo?

— ¿Víctimas? ¿Cuáles víctimas? — Increpó Archie sintiendo de nuevo ese calor que nacía desde su estómago, y viajaba lentamente por su cuerpo, calentando su sangre — ¡Aquí la única víctima soy yo! ¡Me vieron la cara de idiota! ¡Me pusieron los cuernos! ¡Me ilusionaron! ¡Me quisieron adjudicar un hijo que no era mío!

— ¡Cierra la boca! — Gritó Albert al tiempo que aporreaba el vaso con whisky, derramando el contenido sobre la mesa — ¡Tú no eres una víctima! ¡Terry es una víctima! ¡Candy es una víctima! ¡La niña es una víctima! — Archie se levantó, dispuesto a dar pelea, aunque fuera a su tío.

— ¡¿Terry víctima?! ¡¿Acaso escuché bien?!— se carcajeó irónico — Ese malnacido no es una víctima — Siseó.

— Pues Escuchaste claramente, Terry también fue víctima de tu egoísmo y el de tu mujer — Decía señalando al joven con el índice, acercándose peligrosamente a él — ¡Dios! — El rubio patriarca estaba tan cansado que su infinita paciencia se agotaba cada que intercambiaba palabras con su sobrino — Por más que trato de entender lo sucedido ¡No puedo! — Gritó otra vez, frustrado — A pesar de que esa chiquilla que estuvo todo este tiempo al lado de tu mujer contó cómo acontecieron esto; no puedo entender en qué momento te convertiste en un cabrón patán — Golpeó el hombro de Archie — ¡¿Cómo pudiste lacerar la autoestima de y mujer al grado de llevarla a cometer tal locura?! ¡¿Te das cuenta de lo que fue capaz de hacer con tal de complacerte?! ¡No le importó drogar al esposo de su hermana! ¡¿Y tú?! ¡¿Qué hacías mientras tanto?! ¡Te metías en la cama de cuanta mujer se podía! ¡Ahhh! ¡Y no conforme con eso también tenías sueños húmedos con la ex novia de tu hermano! ¡Como un adolescente Archibald! ¡¿Te das cuenta de la magnitud que el egoísmo de ambos causó?! No solo destruyeron un matrimonio, también llevaron a tu esposa a su muerte, y dejaron en la orfandad a esa criatura que también es víctima de ambos — El joven de cabello cenizo miraba atónito a su tío, era verdad, en ningún momento dijo mentira alguna, ¡Mucho menos algo rescatable respecto a su actitud o la de Annie! Albert tenía razón, ambos habían tenido su parte de culpa en todo lo ocurrido. Aspiró hondo al ver la situación desde otra perspectiva. Analizando las palabras de Albert, pudo percatarse de que él tenía tanta o más culpa de la situación. Lo único que había hecho cuando Annie no lograba embarazarse, fue huir. Le fue más fácil echarle la culpa a ella, refugiarse en ese burdel a donde nunca quiso ir anteriormente con sus amigos y socios y, sin darse cuenta, más adelante se hizo cliente frecuente. Dejó a Annie sola, en ocasiones obligándola a asistir a esas tardes de té que hacía la tía Elroy aun sabiendo que era el centro de ataque. Que una y otra vez la lastimaban con comentarios mordaces que el subestimaba, y lo que había terminado de mermar en el estado emocional de Annie, para colmo, él también, en un par de ocasiones la insultó cuando ella se atrevía a reclamarle de donde venía o porque la comprometía con la señora Elroy. No conforme con eso también involucró a Patty en su bajeza, confundiendo la amabilidad y cariño que la chica le tenía por ser el hermano de Stear. Si, su tío tenía razón, se había vuelto un cabrón egoísta. Si Stear viviera le daría unos merecidos puñetazos. Estaría tan desilusionado de él. Su última estupidez fue agredir a Candy en el hospital, culpándola de ocultarle la verdad y sin darse cuenta que ella sufría en silencio del daño que habían causado ambos en vida matrimonial. Ahora sentía vergüenza de la manera en cómo se agarró a golpes con Terry por sentir su estúpido orgullo de macho herido; sin pensar que él había sido abusado por su obsesionada mujer, lo peor de todo, era esa niña que, sin siquiera tener culpa en toda la mierda que ellos crearon, había llegado al mundo sin sentir el amor de sus padres, y ahora peleaba entre la vida y la muerte.

Entre toda la nube oscura sobre su cabeza, Archie tenía la seguridad de que Grandchester era mejor hombre que él. Había callado, se tragó su dolor y, sabía a ciencia cierta, que no dejaría que nada malo le pasara a esa criatura que llevaba su sangre. La aceptación de ese hecho le supo más amargo que el ajenjo.

— ¡Archie! ¡Archie! Te estoy hablando — Lo sacudió el rubio, asustado al verlo con la mirada perdida.

— Si… yo… Perdón tío, tienes… tienes razón, soy una basura no tengo ningún otro argumento. Quisiera decirte con sinceridad que estoy arrepentido de todo lo que ha pasado, pero todavía estoy… estoy en un abismo… no sé lo que siento realmente, solo puedo disculparme, aunque sé que no sirve de mucho, ninguna disculpa borrará las heridas que tanto Annie como yo hemos causado, se también que el único culpable soy yo; todo se hubiera podido evitar si en mi estúpido egoísmo no me hubiera casado con Annie con tal de no quedarme solo, y confundir cariño con un amor, que no sentía.

— Archie ¿Qué más puedo decirte? Lo único que me queda de consuelo es que entendiste la magnitud de tu error.

— La entiendo, así que lo único que puedo hacer para no seguir causándoles vergüenza y molestias es irme con mis padres a Arabia — Finalizó el joven de ojos claros.

Tras dar uno más de sus largos y cansados suspiros; Albert volvió a tomar la palabra.

— Te mentiría si te dijera que quiero que te quedes — Confesó — Cambiar de aires te hará bien, incluso si tú no tomabas la iniciativa, yo mismo te obligaría a irte, no hay mejor lugar que los brazos de tus padres para sanarte, ya hablé con Janice y Alistear, George ya está haciendo los trámites para que viajes lo más pronto posible, no les di pormenores del motivo de esta decisión, creo que es a ti a quien le corresponde decírselo. Mientras tanto, te irás ahora mismo al rancho, ahí nadie irá a molestarte, ni siquiera la tía Elroy, espero que esté tiempo contigo mismo te sirva para reflexionar y madurar — Al no tener nada que agregar, Albert abrazó a su sobrino. No había más nada que hacer por él. No por su parte, Archie debía salir de su propio bache, con raspones, con cicatrices, pero con el aprendizaje que te dejan los errores que cuestan vidas.

Soltándose poco a poco de Albert, el joven Cornwell salió de ahí, dirigiéndose a la parte trasera de la que fue su casa durante los casi cuatro años de matrimonio con Annie. Iba con la mente más despejada, con la clara convicción de, algún día, pedir disculpas a las víctimas de su estupidez, y rogando al cielo que la bebe se salvara, no quería tener que cargar con una muerte más.

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Por obvias razones para los interesados, Candice no fue a la casa de Archie después del entierro de Annie. Callada todo el tiempo, George la llevó al Hogar de Pony, junto con la hermana Lane y Maggie, quien, después de verla en el cementerio, no se le despegó.

— Cómo ha crecido Evan — Expuso la monja mientras sostenía al niño entre sus brazos, con este saltando sobre sus piernas, chupando su mano empuñada — El señor te bendiga hijo — Dijo la mujer, dando un beso en el cachete rosado de Evan.

— Pa… pa… pa… pa… — Balbuceaba el pequeño, tomando el crucifijo que colgaba del cuello de la hermana, metiéndolo a su boca.

Candy, quien estaba sentada junto a la ventana de la que fuera su habitación antes de casarse con Terry, se levantó para darle un paño frío, que previamente preparó para su hijo, ya que este, a sus casi diez meses, pasaba por su etapa de dentición y se metía todo a la boca.

Evan chupeteaba lo que su madre le había dado, pero, de tanto en tanto, balbuceaba llamando a su padre.

— ¿Terry sigue en el hospital? — quiso saber la hermana, frunciendo levemente el ceño.

Candy se mordió los labios, movió la nariz al tiempo que giró la cabeza para mirar de nuevo por la ventana, gesto que no pasó desapercibido por la hermana Lane, quien conocía a la perfección a la muchacha.

La monja, quien a propósito hizo la mención, esperaba a que Candy se decidiera a hablar con ella acerca de lo que en realidad había ocurrido. Le parecía increíble que Annie hubiera perdido todo raciocinio, a tal grado de hacer lo que hizo ¿Tan abandonada se sentía? Al parecer si, se respondió a sí misma, en realidad así fue, su esposo le había abandonado a su suerte mientras todos lo atacaban, aunque eso no justificaba su proceder. La angustia de Annie oprimía el pecho de Lane, si al menos ella se hubiera acercado para hacerle saber de sus temores le habría aconsejado, pero ahora, con lo ocurrido estaba de más pensar; él hubiera no existe. No obstante, aún le quedaba una más de sus niñas, Candy.

Ahora entendía porque la chica se comportaba tan evasiva, el brillo en sus ojos lo había perdido al igual que la alegría y entusiasmo que siempre la habían caracterizado, ya no estaban, el señor Grandchester tampoco. Pensar en el pobre hombre le dolía también, su sufrimiento era igual o más que el de Candice con las secuelas de todo el caos que dejó Annie, estaba segura que en estos momentos él estaba entre la espada y la pared, entre su familia que había comenzado con Candy y ahora su pequeña hija que al igual que su padre era inocente en todo este embrollo.

Volvió a mirar a la rubia, ella seguía perdida en sus pensamientos, cerrándose en su pena. No podía permitir que eso sucediera, necesitaba hablar urgentemente con ella, saber cómo estaba ante toda esta desagradable situación, tratar de ayudarla como no pudo hacerlo con Annie, y si era necesario hacerle ver que su esposo era víctima de una pobre alma, que se perdió ante el abandono, que debía ser misericordiosa, y, sobre todo; perdonar.

Lane se puso en pie, llevando a Evan junto a su madre, sentándose frente a ella en la pequeña banca, buscando sus ojos.

Dejando de morderse los dedos, Candice abrazó a su hijito, lo acomodó sentado en sus piernas, comenzando a moverlas para que el niño se mantuviera entretenido.

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Cómo si el libro pesara una tonelada, Candy subió hasta su habitación. Al abrir la puerta, encontró a Eleonor ayudando a su marido a ponerse ropa de salir.

— ¿A dónde…? — Tragó saliva pues las palabras se trabaron en la garganta — ¿A dónde vas? — Logró decir con la voz temblando.

— Al hospital — La respuesta de Terry era casi un murmullo, sin siquiera mirar a su esposa.

— ¿Por… por qué?

— Hay una criatura recién nacida, sola, y que posiblemente esté muriendo, y aunque no lo quiera… — Suspiró — Es hija mía.

Cuando Terry se giró, la imagen de Candy parada en la puerta le pareció un deja vu. Él contuvo la respiración, se quedó muy quieto antes de dar el primer paso. Era la misma escena de hacía más de siete años, y aunque ahora no cargaba el cuerpo de Susana, el peso de una paternidad no deseada pesaba incluso más sobre sus brazos. Atravesó el lugar con pasos lentos, apretando tanto los dientes como los puños al ver esos ojos irse oscureciendo conforme él avanzaba hacia la salida.

Candy estaba pasmada, casi podía sentir el aire helado, la nieve cayendo sobre su rostro, el corazón latiendo tan aprisa que sentía que se le saldría del pecho en cualquier momento, la muy leve curvatura de una sonrisa maquiavélica ahora en una mujer de cabello oscuro. Ya no estaba en su habitación de Lakewood, estaba en una azotea cubierta de nieve, perdiendo al hombre que amaba una vez más.

El sonido de la puerta al cerrarse hizo brincar a Candy. Quiso aspirar, pero el aire no lograba entrar a sus pulmones, abrió la boca igual que un pez fuera del agua… nada… el vital oxígeno se negaba a pasar por su tráquea. Dejando caer lo que sostenía, se llevó ambas manos a la garganta emitiendo sonidos guturales, comenzando a transpirar, su pálida piel enrojeciendo ante el esfuerzo.

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Luca, luego de una cena rápida, pero sustanciosa, aseado y listo para volver a salir, golpeó la puerta de Candy para avisarle de su salida. Sabía que ella estaba ahí, podía ver la luz y la sombra moverse por la rendija de abajo. Volvió a tocar ahora diciendo su nombre. Un ruido seco de algo al caerse asustó al médico italiano que, sin esperar invitación, giró el picaporte, abrió la puerta, y entró; encontrando a la enfermera tirada en el piso, con los ojos cerrados y la boca abierta.

— ¡Candy! ¡Candy! — La llamaba al tiempo que se inclinaba sobre ella, ponía su oído sobre su pecho buscando los latidos de su corazón — ¡Señor Andley! ¡Ayuda! — Gritaba el hombre mientras levantaba el cuerpo inerte de la mujer, lo colocaba en la cama y acercaba su boca a la suya.

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Habitación de Candy, Hogar de Pony.

Vacío, eso es lo que había en la mirada de Candy, un inmenso vacío.

La hermana Lane estiró la mano, acarició la tersa mejilla mientras en su mente se preguntaba ¿Por qué Candy siempre tenía que pasar por tantas desgracias cuando más feliz era?

Un par de lágrimas de impotencia salieron de los dulces ojos de Lane. Sintiendo la pena de su niña como suya al recordar su llegada ese mismo día, muy temprano.

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Por la mañana, a la hora que los gallos estaban cantando, la hermana Lane vio llegar a William Andley. Vestido todo de negro, el hombre bajó de su vehículo, la saludó y, visiblemente contrariado, solicitó pasar a sentarse y hablar con ella y la señorita Pony.

La penosa historia del deceso de Annie fue contada a las buenas mujeres. El llanto de dolor fue escuchado con estoicismo por el patriarca Andley, quien, con vergüenza, al ver que dejaron de llorar, procedió a relatar "lo otro".

Incredulidad, dolor, pena, vergüenza, fueron algunas de las emociones que transformaron los rostros de las directoras del orfanato.

Después de haber escuchado al señor Albert, la hermana salió a buscar a Candy, pues ésta permanecía en el auto junto a Amy y Evan, esperando a que el rubio hablara con ellas para bajar.

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— Candy — La llamó suavemente tras limpiarse las mejillas — No quería asustarla o incentivar a que volviera a llorar — Cariño — Su mano viajó hasta el hombro de la rubia.

Ella la observó un instante, obsequió una triste sonrisa, y volvió a desviar la mirada, esperando las palabras que sabía que vendrían de esa mujer a la que tanto quería. Ella no quería hablar, pero a sabiendas que estaba al tanto de lo ocurrido con Annie, se preparó para escuchar lo que tuviera que decirle, tal vez, entre su sabiduría, encontraría lo que necesitaba para seguir adelante y no desmoronarse en el camino.

— ¿Por qué no me miras? — Cuestionó Lane.

— ¿Perdón? Es que… es… — La joven trataba de aguantar, sabía que si miraba a su madre no podría contener el llanto, no con ella quien la conocía a la perfección.

— ¿Qué piensas hacer ahora? Sé que lo de Annie y toda la triste historia qué hay detrás de su muerte, dejó una ola de daños, ¡Y no! — Levantó la mano ante el amago de Candy de decir algo — No estoy aquí para defenderla ni tampoco para justificar su actitud, porque ni tú ni yo somos quienes para hacerlo eso solo podemos dejarlo en manos del creador.

— ¡¿El creador dice?! — Dijo la rubia con sarcasmo, cambiando su estado de tristeza a uno de irá contenida — ¿En dónde ha estado él en todo este tiempo? ¿Dónde estuvo cuando la mente perversa de Annie decidió meterse con mi marido? ¿Dónde ha estado durante el tiempo que mi hijo y yo hemos sufrido? ¿Dónde estuvo para proteger en ese maldito momento a mi esposo de las garras de Annie? — Gritó la rubia que para ese momento se había puesto de pie y comenzaba a caminar de un lado a otro de la habitación, sacudiendo a Evan entre sus brazos — ¡¿Dónde? Dígamelo hermana ¡DÓNDE! ¡Porque desde el momento en que esa carta llegó a nuestras manos solo fue para destruir nuestras vidas y no he tenido señales de él!

— ¡Candice! ¡No blasfemes! ¿Es acaso la educación que la señorita Pony y yo te hemos dado?

— No hermana, pero de nada me han servido en estos momentos de tortura a mi corazón ¿De qué me ha servido ser buena, noble, humilde y de poner mis mejillas si cada vez me dan ya no bofetadas, si no golpes?

— ¡Basta Candice! ¡Deja de hacerte la víctima! ¡Porque déjame decirte que aquí la única víctima es tu marido! ¡Si! ¡Él! — Se levantó también la mujer, quitándole a Evan que estaba a punto de llorar ante el zamarreo de su madre — ¿Acaso te has puesto a pensar en lo que ese hombre está sufriendo y que tú con tu indiferencia e indignación sigues ignorando? Aquí no es decir si Annie es culpable o no de lo que hizo, de la forma vil en la que se embarazó, porque déjame decirte que tú no eres menos culpable, el que estés ahora aquí y no junto a tu esposo me lo dice ¿Qué fue lo primero que hiciste cuando te enteraste? ¿Lo escuchaste? ¿O solo lo juzgaste? ¿Le hiciste las cosas fáciles, o aún más pesadas de lo que ya lo eran y siguen siendo? ¿Te has puesto en su lugar en algún momento, para pregúntate cómo debe sentirse al saber que fue abusado? ¡Si Candy, abusado! Si para una mujer es indignante ahora imagina para hombre, y que de ese abuso hay una criatura que no tienen culpa tampoco de las circunstancias de su concepción, tú lo único qué haces y sigues haciendo es poner el dedo en la llaga con tu cara triste, escondiéndote bajo las faldas de tus madres en lugar de estar al lado de Terry, apoyándolo cuando más te necesita.

Silencio…

Por: Lexie Graham y Primrose.