Los personajes de Candy Candy no me pertenecen.
Historia sin fines de lucro.
Historia creada en conjunto por Esmeralda Graham y Primrose para la Guerra Florida 2020 y el grupo de Las Divinas Místicas de Terry
El último aliento
Capítulo 25
El Culpable Soy Yo
Pasar la noche en el hospital, golpeado cómo estaba no fue nada fácil para Terry. Si no fuera por su madre que lo acompañaba, y la ayuda del medicucho italiano, posiblemente le habría gritado a medio mundo por no dejarlo pasar a ver a la niña. No era familiar, le había dicho la enfermera de recepción y, ¿Cómo decirle que él era el padre sino se sentía como tal? Aunque ahora…
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Fueron dos horas de pie junto al mostrador de las enfermeras, habló con una, con otra, con la jefa, con el médico, y todos dijeron lo mismo: No. Había dado un golpe sobre la madera por la exasperación cuando una mano le apretó el hombro.
— Terry, cálmense, venga, hablaremos con el doctor Leonard, la señorita solo cumple con su trabajo.
Él se sacudió de forma involuntaria, tantas cosas lo tenían a la defensiva, sin embargo, el toque de Eleonor, sus ojos suplicantes, y el sonido de su voz suave aplacaron su exabrupto.
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Veinte minutos después, Luca abría la puerta de la habitación privada; Terry estaba casi sin respiración. Sus ojos azules brillaban por las lágrimas que retenía a fuerza de voluntad. Al verlo, la enfermera encargada de cuidar a la recién nacida se puso de pie.
— Acaba de terminarse la leche — Dijo la chica mostrando una botella vacía — Ha sacado el aire y, aunque se ve que tiene sueño está muy inquieta.
El castaño no dijo nada, tan solo asintió, su cabeza era la única parte de su cuerpo que parecía poder moverse; el resto, permanecía congelado.
— Déjela en la cuna señorita, y por favor, dele unos minutos a solas al señor yo me quedaré al pendiente por cualquier eventualidad — Pidió el italiano con amabilidad.
La joven de blanco obedeció. Dejó a la bebé donde le indicaron, y salió sin hacer ruido.
Luca palmeo el hombro de Terry tras retirarse la muchacha, le dio un ligero apretón, y también se fue, dejándolo ahí, solo, silente, temblando.
Las manitas del pequeño ser en la cuna se movieron hasta que al fin las liberó de la manta dónde estaba envuelta, las piernas se elevaron una y otra vez hasta también salirse dejando expuesta la piel rosada y arrugada.
Dos metros lejos de ella, Terry la miraba moverse, emitir algunos sonidos al tiempo que hacía un puchero. Él no sabía qué hacer, si acercarse, hablarle, o solamente quedarse ahí, sin hacer nada más que observar. Recordó la noche que nació Evan. La emoción que llenó su pecho al verlo, la necesidad de tocarlo todo el tiempo verificando que fuera real… pero a ella…
El llanto de la bebé fue lo único que puso a Terry en movimiento. Se acercó a la cuna, estiró los brazos instintivamente para cargarla, no obstante, los retrajo, la nena siguió llorando con tal sentimiento, que su corazón no soporto más. Levantó el cuerpecito, tomándole por debajo de los brazos, la colocó sobre su hombro, cuidando de sostener su cabeza y espalda al tiempo que susurraba un "shhh, shhh, tranquila, todo está bien".
La calidez, el olor, la manita que le tocó la cara… ese sentimiento de cuidar y proteger le brotó desde las entrañas. Esa niña era suya, parte de él, y la protegería, aunque tuviera que volver a perder.
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Eleonor se quedó sentada en la sala de espera. Hubiera querido estar con su hijo, pero el doctor Luca le hizo una seña para que se quedara a esperarlo.
— Disculpe la espera signorina Baker, pero necesito decirle algo referente a Candy. No quiero decirle a su hijo porque… bueno — Luca se encogió de hombros — Ya está lidiando con tanto y…
— ¿Qué…? ¿Qué pasa con mi nuera? — preguntó la rubia, llevando una de sus manos al pecho.
— Ella está bien ahora — Se apremió él a contestar — Tuvo un pequeño ataque de nervios hace un rato y se desmayó…
Luca contó lo sucedido con Candy, intercambiando puntos de vista acerca de ella con Eleonor, quedando en acuerdo, que sería está última la que pondría en aviso a Terry.
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9 de agosto por la tarde, después del entierro de Annie. Hogar de Pony.
Las palabras de la hermana Lane eran correctas. La vergüenza la hizo agachar la cabeza. No obstante, en su terquedad, la joven madre rebatió.
— Ella no se arrepintió — Dijo Candy mirando al fin los ojos de "su madre".
Lane ladeó la cabeza, con una interrogante en los ojos. Entonces, Candy se volvió hacia el buró junto a la cama, sacando del cajoncito, el diario de Annie, estirando el brazo para entregarlo a la hermana.
Cuando esta lo tomó, Candy volvió a abrazar a Evan, y así está pudiera leer las últimas palabras de la ojiazul.
Un listón de seda negro marcaba la última hoja. Lane acarició las letras tímidas de Annie, leyendo despacio el contenido.
"Mañana llegará Candy", iniciaba el escrito. "Tengo miedo, y a la vez, no me importa ¿Cómo es eso posible? ¿Qué ha pasado conmigo que mis sentimientos por ella se han vuelto… fríos? ¿Envidia? Debo reconocer que sí, y no es precisamente de ahora. Pero no quiero pensar en eso más. Quiero recordar esos tiempos en que fuimos amigas, en los días en que lo único que había entre nosotras era esa fraternidad inocente… Candy… no tengo idea de cómo empezar a escribir esto, pero… Quiero… necesito que sepas, ahora que me estoy aferrando a este recuerdo de infancia, que todo desprecio, odio, vergüenza que puedas sentir hacia mí, tienes razón de sentirla, sé que me equivoqué y debí pensar más maduramente, tratar de resolver mis problemas de fertilidad, y ese deseo de ser madre de otra manera, pero tú no sabes lo que es sentirse rechazada, sola y frustrada ante tal problema, sé que esto no justifica mi proceder; por lo tanto, te pido disculpas, desde lo más profundo de mi corazón, no era mi intención herirte de esa manera, perdóname por eso. Porque por lo otro… lo qué pasó con Terry… no me arrepiento, ni ahora ni nunca me arrepentiré, aunque sé que él no estaba consciente de que o con quien hacía… eso; yo sí. Y no me arrepiento porque gracias a eso pude hacer realidad mi gran sueño de ser madre…"
Lane cerró la libreta bruscamente. Cerró los ojos, murmuró algo, se santiguó y, finalmente, miró a Candy.
— Es su elección arder en la llama eterna — La aflicción en la voz de la hermana no pasó inadvertida por Candy — Pero tú, todavía tienes elección, elige bien, deja de pensar en tu ego, y piensa más en tu hijo, y en Terry, quien está sufriendo más que cualquiera.
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Hospital General 8:00 p.m.
Tras la plática con sus madres, Candy dejó encomendado a Evan con ellas. Con el auto de los Andley a su disposición, pidió al chófer que merendaba en la cocina del hogar, la llevara al hospital, donde permanecía sentada en silencio junto a su suegra, mientras Luca, Albert y Terry hablaban de la salida de la niña del hospital.
Por momentos, Candy miraba a su esposo de forma furtiva. Él se veía tan cansado como ella, inquieto, triste. Fue entonces que se dio cuenta de que Annie Brighton fracturó, no sólo su alma, sino también la de Terry, abrió una grieta tan profunda en su matrimonio, que no estaba segura de sí el tiempo podría sanarlo. Seguía preguntándose, una y otra vez lo mismo ¿Cómo continuar y seguir con la vida? ¿Cómo si la mera existencia de la bebé le recordaría a cada instante lo que le hacía daño? ¿Cómo soportarlo aún a sabiendas que ese pequeño ángel era el menos culpable de la forma en que su madre la concibió? Volvió a recordar las palabras que le dirigió la señorita Pony al salir del hogar. "No dejes escapar la felicidad una vez más Candy". " ¿La felicidad?" Había preguntado ella, no pudiendo reprimir ese impulso de replicar. "La felicidad es como una paloma señorita Pony, blanca, hermosa, suave, un símbolo de paz, amor y fidelidad… el problema es que tiene alas, puede volar, llevándose todo consigo…" ¡Pues atrápala! ¡Córtale las alas si es preciso! ¡Pero no la dejes escapar por orgullo!"
Suspiró profundamente al tiempo que su mirada se cruzó con la de Terry. 🚨🚨🚨
Estaba listo, la niña saldría del hospital. Albert fue el encargado de firmar, aduciendo que su sobrino "el padre de la niña", estaba en casa, descansando por recomendación médica.
La comitiva salía del nosocomio cuando, bajando de un auto gris oscuro, Catherine y Oliver Brighton, los abordaron.
— Señor Grandchester, necesitamos hablar con usted — Exigió una muy molesta Catherine.
— Señora Brighton este no es el lugar ni el momento — Albert se atravesó en el camino de la dama, obstaculizando su avanzada hacia Eleonor, quien llevaba cargada a la niña.
— ¡Claro que lo es! ¡Usted está tramando llevarse a nuestra nieta! Gritó frustrada.
— Yo no me estoy llevando por mi voluntad a la niña, es una promesa que hice.
— ¡Vaya que es usted cínico! ¡Después de que destruyó a mi hija y su matrimonio ahora resulta que es un padre devoto!
— ¡¿Pero qué demonios está usted diciendo?! ¡Aquí la única culpable es usted señora!
— ¡¿Cómo se atreve?! ¡¿Con qué cara me dice esas cosas?!
— Con la cara de un hombre engañado — Siseó el castaño — ¿Cómo se atreve usted a increpar? ¡Usted que no le supo enseñar a su hija a no meterse con hombres casados y mucho menos con el de su hermana! — Catherine se llevó la mano a la boca para ahogar el grito que salió ante tales acusaciones
— Su hija resultó ser una zorra. ¡Ella fue la que destruyó no sólo su matrimonio sino también el de mi hijo! — gritó Eleonor, harta de oír a la patética mujer, quien sabiendo lo que su hija fraguó para embarazarse le reclamaba a Terry.
— Aún… aun así… no estoy de acuerdo en que se lleven a nuestra pequeña nieta y nos priven de estar cerca de ella.
— Ya le dije señora que no le estamos privando de nada, fue lo que su hija me pidió, y aunque no hubiera sido yo… no la dejaría con usted.
— ¡Pues no estoy dispuesta a perderla! — Volvió la mujer a querer imponerse — ¡Así tengamos que acudir a un juez…
— ¡Basta! ¡Basta ya señora Brighton! — Gritó Candy, visiblemente afectada por el escándalo — Señor Brighton — Se dirigió a Oliver — Temo decirle que esa fue la última voluntad de… de Annie — Tragó saliva para poder decir el nombre — Así que… por favor, deje que sea mi esposo el que se lleve a la niña ¿Para qué quieren ustedes tenerla? Perdieron a una de pequeña cuando se enfermó, perdieron a Annie en el momento que no vieron cuánto sufría ¿Quieren perder a una más Haciendo lo mismo que con Annie? ¿Que cuando sea mayor se convierta en una mujer sin escrúpulos para ajustarse a sus demandas y a las de la sociedad? ¿No le bastó con el mal trabajo que hizo como madre que ahora también lo quiere hacer como abuela? — Ahora miraba a Catherine de forma reprobatoria — Hágase y hágale un favor a su hija, al menos respete su última voluntad, tanto usted como el señor Brighton serán bienvenidos para visitarla cuando lo deseen, y por favor basta de estar exponiendo la falta que cometió su hija, la niña se quedará con nosotros — Se acercó a Terry, le tomó la mano entrelazando sus dedos con los de él, agarró a su suegra por el brazo, y avanzó hacia la salida, dejando perplejos y sin nada que objetar a los padres de Annie.
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Hogar de Pony 9:00 p.m.
Mejor lugar para pensar y hablar no había. Al menos eso creía Albert quien, sentado en la silla de madera forrada con tela de cuadros rojos y negros de la señorita Pony se fumaba un cigarro. Los últimos dos días no había tenido mucho tiempo para reflexionar en lo sucedido. Idas y venidas, llamadas por teléfono, hablar con una y otra persona, la tía abuela… Fue un remanso de paz el que la hermana Lane le ofreciera el Hogar para lo que necesitaba hacer; esa buena mujer era igual que la señorita Pony, sabia, tranquila, intuitiva…
Dio una honda calada, y aunque todavía no acababa su pitillo, lo apagó. Miró su reloj de bolsillo, los convocados a esa pequeña oficina no tardarían en entrar. Se quitó la chaqueta negra junto con el chaleco, quedándose en mangas de camisa. Lo pensó mejor y se aflojó también la corbata, no es que quisiera verse como un hombre perezoso y desaliñado, pero justamente necesitaba que esos dos muchachos se sintieran cómodos, porque la plática, no lo sería.
Unos minutos después, Candy cruzó el umbral de la puerta seguida de su esposo, ambos con las caras largas y gachas, con grandes ojeras rodeando sus ojos.
— Siéntense — les indicó señalando las dos sillas frente al escritorio mientras él se colocaba de forma relajada en el marco de la ventana abierta, metiendo las manos dentro de los bolsillos de su pantalón — Tengo entendido que se van mañana en la tarde.
— Es correcto — Confirmó Terry después de un breve momento de silencio, moviéndose incómodo en la silla — El tren sale a las cinco de la tarde.
— Ajá… ¿Y luego?
— ¿Luego? ¿Cómo que luego?
— ¿Se van así? ¿Sin más?
— ¿Sin más?
— ¡Deja de repetir lo que te estoy preguntando Terrence! — Cero paciencia, a Albert se le había agotado después de semejantes días. Nunca en lo que llevaba haciéndose cargo del emporio familiar, había tenido que lidiar con algo tan desgastante y desagradable como lo acontecido con su sobrino. Hablar con todos y dar explicaciones le consumían diez años; la paciencia y las ganas de lidiar con este par… ya no tenía, ni después de, a fuerza de voluntad, separar los sentimientos que lo unían a cada una de esas personas, para no parecer injusto ni mucho menos juzgador, lo que él quería era que al menos cada uno pudiera resolver la parte en la cual desgraciadamente se vieron involucrados sin querer. Ya que, estaba seguro, muy en su interior, que los culpables de todo, aunque no quisiera, habían sido Annie y el único sobrino de sangre que le quedaba, no obstante, tenía que ser lo suficientemente inteligente con sus palabras y no empeorar las cosas; ¡Pero esos dos no parecían tener ganas de colaborar! Y le preocupaba demasiado Candy, la había visto muy desmejorada y a la defensiva desde que llegó, cosa que había llamado su atención, más todavía cuando llegó acompañada de Luca y no de Terry, si le hubiera prestado la atención necesaria, en estos momentos no estuviera padeciendo de todo este mar de emociones — ¿Creen que pueden irse sin darme una explicación? — Se acercó hasta ellos — Creí que nuestra amistad y ahora parentesco valía de algo — Comentó con un dejo de tristeza — Al parecer no, pues se van y en ningún momento alguno de ustedes se ha acercado a dirigirme unas palabras, o ¿Es que pensaban irse sin decirme lo que pasó? — Hizo una pausa por si alguno decía algo, pero nada, resopló, y reanudó sus cuestionamientos — ¿Creían que nadie se enteraría nunca? ¿Creen que somos idiotas?
— ¡Albert!
— ¡No me hables Candy! — Ordenó de forma imperiosa, agitando el índice, señalando a su hija adoptiva, pasándose la mano por su cara después.
— ¡No le grites a mi esposa!
— ¡Tu… tampoco me dirijas la palabra! ¡Dios! — Comenzó a pasearse por la habitación más exasperado todavía — ¿Cómo es posible que se quedarán callados? ¿Por qué no me dijeron? ¿No pensaron que tal vez podría haberles ayudado? Las cosas pudieron haber sido diferentes, ahora no habría una mujer muerta, y una niña que va a crecer sin su madre, independientemente de cómo fuera.
— Va a crecer conmigo que… soy su padre.
— Claro… ¿Y su madre? ¿Serás tú Candy? — volvió a señalar a la rubia — ¿Tu que ni siquiera la has volteado a ver desde que llegamos? ¿Dónde está esa criatura ahora? — La aludida desvió la mirada — Te viste muy segura enfrentando a los papás de Annie en el hospital, pero regresaste en otro auto, llevas una hora encerrada disque acostando a Evan, sino fuera por Eleonor…
— No sé a dónde quieres llegar Albert — Lo interrumpió Terry, pues no quería seguir escuchando como era evidente el rechazo de su esposa para con la niña.
— ¡A qué me digan algo!
— ¡¿Y qué quieres que te diga?! Ya lo sabes todo.
— ¡¿Y?! ¡No lo supe por ustedes! — Los silencios cargados de tensión seguían a la orden del día — En verdad estoy muy decepcionado de todos, de Archie, de Annie, hasta de mí, que por dedicarme a trabajar no pude ver a tiempo lo que estaba pasando…
— ¿Crees que para nosotros ha sido fácil? Hemos estado separados por meses — confesó el actor.
— ¿Separados? ¡¿Y ni aun así acudieron a mí? ¡Esto es… es…! — A Albert solo le faltaba patear el piso como un niño que hace berrinche de tan enojado que estaba — ¡Estoy…! ¡Estoy harto! ¡Cansado de oír tantas estupideces! ¡Seguramente ni ustedes han podido hablar entre sí! Porque no lo han hecho, eso se nota a leguas.
— Hemos tratado…
— ¡No basta con tratar, Candice! — La muchacha dio un respingo al aporrear Albert el puño en el escritorio — Son personas adultas, y estas cosas, aunque duras se tienen que hablar, Pero ¡qué les digo! Si parece que estuviera lidiando con adolescentes y no con adultos. Solo se quedan callados, sin mirarme, ¡Cristo bendito! Por más que trato de… de estar sereno y comprenderlos hay momentos en que me lo ponen difícil con sus arrebatos, golpes, insultos, ¡Más golpes! ¿Acaso alguno de ustedes se ha puesto a pensar cómo se siente el otro con esta difícil situación? — Nadie respondía — ¡Tú! Candy ¿Te has puesto en algún momento en el lugar de Terry? ¿Te has preguntado cómo se debe sentir después de todo lo que dijo la doncella de Annie, de cómo todo se le salió de las manos e involucró a tu marido? — Ella solo movió la cabeza en forma negativa — ¿Sabes Candice? Me sorprende que siendo una persona tan considerada con todos no lo seas con tu esposo, sin embargo, en dos ocasiones el día de hoy me hiciste ver tu preocupación por Archie, que déjame decirte que él al igual que su mujer tienen la culpa de todo este desagradable asunto. Terry — Se dirigió al castaño — Ya no sé si me sigas considerando amigo después de que un miembro de mi familia atentó contra tu integridad, abusando de tu honorabilidad para, sin querer o no, lograr un objetivo, estoy tan avergonzado de todo esto que no tengo cara para siquiera mirarte — Hizo una pausa larga, volviendo hacia la ventana, mirando hacia la oscuridad de la noche, con una mano en el bolsillo, y otra sobre el corazón — Solo puedo pedirles una última cosa a ambos — Se giró para mirarlos — Que pongan en una balanza todo lo que han pasado, incluso este penoso acontecimiento, y sobre todo su amor, que sé que tú, Candy — la señaló con el índice — Sientes por Terry, entiendo tu dolor y créeme que no quiero minimizarlo, solo… ¡Por Dios! Piensa bien lo que harás, lo que dirás, si no quieres arrepentirte en el futuro.
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Después de retirarse Albert, se quedaron en silencio. ¿Cuánto tiempo? No sabían a ciencia cierta, pero fue bastante, ninguno se atrevió a pronunciar palabras a pesar de que era el momento oportuno de establecer la comunicación. Al final, cansada, ella fue la primera en levantarse, él la imitó, ambos salieron en silencio, y en el pasillo que dividía ambas alas del Hogar, sin mirarse, cada uno se fue por su lado.
10 de agosto 9:30 a.m.
Había llegado el momento de empacar y regresar a su vida en Nueva York, aunque Candy no sabía cómo.
Recogía la poca ropa que sacó para dormir y cambiarse. No había que hacer maletas, pues estás estaban hechas desde la mañana anterior que salió de Lakewood. Cerraba una bolsa con las cosas de Evan, cuando tocaron a su puerta.
— Candy… — Le llamó Patty.
La ojiverde dejó lo que estaba haciendo, y corrió a abrir.
Al encontrarse con su amiga, se arrojó a sus brazos, aferrándose a ella como un náufrago a un trozo de madera en medio del mar.
— No tuvimos oportunidad de hablar otra vez — Le decía la muchacha acariciando su rubio cabello — Yo… ayer… yo…
— ¡Ay Patty! — Fue lo único que logró articular antes de que las lágrimas que no cayeron antes, fluyeran como río desbordado por sus ojos.
— Cuando fui a leer la carta que me dio Luca… — Comenzó O'Brien un rato más tarde, cuando Candy logró dejar de llorar — La escuché, a Annie — Aclaró — La oí decirle a Margareth… ella dijo… bueno… — Tragó saliva — dijo el nombre del padre de su bebé — Expuso finalmente, con voz muy queda, cerca del oído de su rubia amiga — Solo quiero que sepas que estoy contigo, que aunque no entiendo cómo pudo ser esto posible, estoy aquí ahora para lo que necesites — Se ofreció, tomando las manos de Candy, apretándolas en señal de apoyo — No puedo imaginar lo que estás sintiendo, ustedes no se merecen nada de esto, no después de todo lo que han pasado, no es justo, no sé cómo ella fue capaz…
— Yo… mi pecho… — Entre sollozos, Candy trataba de hablar — Me duele… siento que no puedo respirar… mi cuerpo… pesa… las manos… me arden… es… es una sensación horrible… quiero… quiero abrazarlo… lo extraño tanto… pero no… no puedo… y… y la niña… está aquí y… yo no… no voy a poder… — Se cubrió la cara con las manos.
— Candy… Entiendo tu dolor, lo amas tanto que te duele físicamente, yo lo sé, una vez me sentí así, pero Terry está aquí, vivo, te ama muchísimo, y no tiene la culpa, acabo de verlo cuando entré, se ve tan mal como tú, lucha, Candy, lucha por tu amor, sé que eres valiente, una y otra vez he querido ser como tú, no me defraudes ahora.
— Todos… todos me dicen lo mismo, que él no tiene culpa, Albert, la hermana Lane, la señorita Pony, Luca… pero es que yo…
— ¿Y no has pensado, que tantas personas diciéndote lo mismo no pueden estar equivocadas?
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Luca bebía un té de olor fragante con la señorita Pony, Neil Legan, Albert y Eleonor.
Había llegado al hogar para despedirse, pues su tren partía a medio día.
Mientras esperaba a que la ex novia de Stear saliera de hablar con Candice, recibía el agradecimiento de sus acompañantes, ya que, gracias a él, la niña de Annie, fue dada de alta en el hospital.
— Hice un juramento — Explicaba el italiano — Solo cumplía con él, si en mis manos está ayudar, con gusto lo hago.
Un rato más tarde, Patricia se asomaba por un pequeño pasillo, con Candy tomada de la mano.
Los caballeros se pusieron de pie al ver a las damas, Neil el primero, dando un par de pasos para ofrecer su mano a la joven de anteojos, que sonrió y se sonrojó al tomarla.
Antes de partir, Patty también agradeció al médico, aduciendo que la carta llegó en un momento decisivo para ella, y que, tras leerla, se sintió en paz, y segura para dar un paso más en su vida. Dicho esto, aunque con algo de pena de mostrar su felicidad tras los acontecimientos, enseñó su dedo anular, dónde el bonito anillo de compromiso que le dio Neil, brilló con la luz del sol.
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Terry permanecía encerrado en la habitación que le fuera otorgada el día anterior. Sus lesiones lo obligaban a descansar, y eran un buen pretexto para no hablar con nadie. Necesitaba reponer algo de fuerza, y aprovechar cada momento con Evan, quien estaba dormido junto a él en la cama.
Con ambos brazos bajo la cabeza, miraba el techo de madera. Había tenido toda la noche para pensar en lo que vendría, para sopesar su situación, para tomar una decisión, y para esa hora, ya tenía seguro lo que debía hacer.
Siguiente capítulo… "El largo viaje de regreso"
