Exploración de Lugares Alternos
Resumen: Exploración del bosque de Bristol y la caverna del Snowdon. Deducciones.
El miércoles en la mañana, luego de irse los Potter, los Lupin, los Black y los Longbottom después del desayuno en el que le celebraron el cumpleaños a Alice (pues los últimos ahora iban todos los días allí muy temprano), los chicos durmieron a los cuatro elfos.
—Ya lo saben. Van hasta el bosque cercano a la cueva de los leopardos, observan de lejos, se acercan sólo si no es peligroso y regresan. —les decía Harry una vez más a los que habían decidido que explorarían en Bristol y el Snowdon.
—Sí mi amor. No te preocupes. —le respondió la menuda pelirroja con dulzura, abrazándose al pelinegro.
—No te vas a transformar, Diana. Sólo intentarás acercarte para saber si ya te reconocen. — le recordó Harry muy serio.
—Sólo me transformaré si es indispensable para que salgamos con bien de allí. —repitió la chica de pelo negro con cansancio.
—Yo estaré con ella en todo momento, Marte. —le aseguró George para calmarlo un poco.
—Y yo no permitiré que haga tonterías. —aseveró con tono firme Neville.
—Venus, Mercurio y Neptuno, no deben permitir que Diana arrastre a Júpiter en sus decisiones y se pongan en peligro bajo ninguna circunstancia. —les repitió una vez más la castaña.
—Eso haremos, Gea. —afirmaron los tres a coro, rodando los ojos.
—Gracias por el voto de confianza, amiga. —replicó George enojado.
—Gea tiene razón, hermanito. Siempre te dejas convencer por ella. —lo riñó Ron.
—Ya cálmense —cortó Ginny la pelea que veía venir entre sus hermanos—. Júpiter lo que hace es apoyarla, pero no la dejará hacer nada que la ponga en peligro y eso lo sabemos.
—Es cierto. Lo siento Júpiter. —se disculpó Hermione.
—No te preocupes —le dijo George en tono despreocupado—. Sé que están nerviosos por nuestra pequeña exploración de hoy. —agregó acariciándole con cariño la cabeza.
Sabía que se sentía mal por haber presionado a Angela el domingo en la mañana provocándole la grave crisis pulmonar. No se produjeron más discusiones en la habitación de las chicas, pues la castaña no les quiso decir lo hablado con el director pero desde ese momento fue muy sutil en la forma de pedir que se fuesen de allí.
—Deben tener mucho cuidado en el Snowdon con avalanchas naturales o provocadas por gigantes que deambulen por allí. —les insistió una vez más Ron.
—En cualquiera de los dos casos regresaremos aquí de inmediato. —repitieron a coro Ginny, Angela, Neville, Fred y George que tenían dos días escuchando aquello.
—Si llegase a ocurrir algo…
—Les avisaríamos por las esclavas de inmediato, para que ustedes le avisen a James con los elfos mientras Leto y Electra nos ayudan. —completaron los cinco viajeros a coro lo que empezaba a decir el pelinegro, con tono de fastidio.
Harry aferró a Ginny, lamentando una vez más no poder ir con ellos, mientras la pelirroja lo besaba intentando tranquilizarlo. Hermione y Ron fueron abrazados por Angela y George, queriendo calmarlos, mientras Jessica se despedía de Fred y Luna de Neville pidiéndoles que tuviesen cuidado, abrazadas a ellos y mimándolos.
Habían decidido que se quedase Luna para que apoyase a Jessica en caso de presentarse el traidor en la casa, mientras sus compañeros regresaban.
Unos minutos después los diez se reunieron en un singular abrazo colectivo.
—Debemos irnos ya para estar de regreso antes que alguno de ellos llegue. —dijo Angela cinco minutos más tarde.
Todos asintieron y se separaron. En seguida desaparecieron Angela, Ginny, Neville, Fred y George rumbo al bosque en Bristol, cerca de la cueva de las panteras.
Alice llegó corriendo al Cuarto de Prácticas de la Academia, en que James y Sirius practicaban con otros compañeros que aún estudiaban allí. Los sacó mientras se disculpaba con los demás, diciéndoles que los tres habían sido convocados por un superior. Cuando llegaron a la Oficina Central de los Aurores se consiguieron a Frank hablando con Crouch y Moody, agradeciéndoles el que le permitiesen llevarse a tres de los mejores aurores con él. Les aseguraba que la fuente era confiable y les reportaría beneficios la investigación. James y Sirius permanecieron con sus rostros impasibles, aunque no entendían nada. Alice sólo les había susurrado antes de entrar:
—Síganle la idea a Frank.
—¿Qué ocurre? —les preguntó James en voz baja, apenas salieron de la oficina de Bartemius Crouch.
El jefe del Departamento de Seguridad Mágica les dio el permiso por haber estado en dos redadas exitosas contra mortífagos en los últimos siete días. En cuestiones de trabajo no había influido hasta ahora el que Alice fuese esposa de su superior, ni su embarazo.
—Venus, Neptuno, Mercurio y Júpiter acaban de desaparecer de Londres y aparecer en Bristol, cerca del cementerio. —le respondió en el mismo tono de voz Alice, mientras le respondía sonriente el saludo a distancia a Amelia Bones.
—Leto aún está en Londres, así que suponemos que parte del grupo está aún en la casa —agregó en voz baja Frank, mientras simulaba leerles algo de un pergamino—. Vamos a aparecernos cerca de donde están enterrados Fabian y Gideon.
James y Sirius los miraron con los ojos muy abiertos. Los cuatro se apresuraron a desaparecer y aparecer en la parte norte del cementerio. Desaparecieron luego una vez más para aparecer en el punto indicado por Frank, luego de ubicar con más precisión a los chicos por medio del hechizo rastreador de los botones. Los cuatro se movieron silenciosamente con sus varitas afuera en la dirección señalada por Frank. Pronto escucharon las voces de los cinco chicos, moviéndose con cautela para no alertarlos.
—Sólo hay cuatro leopardos adultos y nueve cachorros. —informó Ginny para Angela, luego de haberse ubicado los cinco estratégicamente para observar pero que no los detectasen los felinos que estuviesen frente a las cavernas.
—La otras dos cuevas grandes y las cuatro medianas parecen estar vacías, pero tendríamos que acercarnos para asegurarnos. —comentó Neville preocupado.
—Intentaré acercarme. Si detecto problemas con ellos retrocedo y nos vamos. —les planteó Angela. Se sentía segura por ella, su novio, Ginny y Fred, pero nerviosa por Neville. Escuchaba a los leopardos un poco alterados.
—Voy contigo. —le dijo con firmeza George, sonriendo al verla suspirar y asentir.
—Tengan cuidado. Parecen estar nerviosos y uno de los cachorros está demasiado quieto. —les pidió Ginny preocupada.
La chica de pelo negro asintió y empezó a avanzar lentamente, muy atenta a los ruidos emitidos por los leopardos, con su novio a su lado.
Alice, James, Sirius y Frank se miraron alarmados. Asintieron a la indicación del último de acercarse más a los chicos, que aguardaban tras unos árboles concentrados en los movimientos de la pareja.
Cuando estaban a sólo dos metros de los leopardos los dos adultos machos se interpusieron entre el avance de los chicos y las hembras con los cachorros, lanzando rugidos que a los cuatro aurores y los tres chicos acompañantes tras los árboles les parecieron amenazadores. Los siete se tensaron.
Angela se detuvo extrañada por el cuestionamiento de los rugidos, suspirando al entender que ya la copa se encontraba en la cueva del centro y uno de los felinos más pequeños debía estar lastimado.
—Júpiter, quiero ayudar al cachorro. —le dijo en voz baja.
—Lo sé, pero si veo que la herida es muy seria y te prohíbo hacerlo me obedecerás. —le replicó George con firmeza, también en voz baja.
—Pero si no pone en peligro mi salud me dejarás ayudarlo, ¿verdad? —le pidió su novia en su tono más mimoso.
—Tu tía tiene razón en que tu tío y tú son imposibles cuando se deciden a hacer algo. —respondió el pelirrojo mirándola resignado.
Angela sonrió ampliamente. Sabía que tendría problemas con sus compañeros luego, pero había logrado convencer a su novio. Siguió avanzando decidida a ayudar al cachorro, con George a su lado. Al escuchar una nueva advertencia de parte de los adultos se detuvieron. Se transformó ella en pantera y él en leopardo. Luego siguieron avanzando lentamente.
—¡Rayos! ¿Qué creen que están haciendo? —preguntó enfadado Neville.
—Todo lo que les dijimos que no hicieran. —le respondió Fred con preocupación y enojo mezclados en la voz.
—Voy con ellos. —dijo decidida Ginny, transformándose en una gueparda. Fred asintió, decidido a quedarse con Neville por precaución.
Alice, James, Sirius y Frank miraban y oían aquello boquiabiertos.
La gueparda avanzó lentamente hasta el punto en que Angela y George se habían transformado y les rugió. Bajó la cabeza al oír el rugido de respuesta de Angela, luego de uno de advertencia del felino jefe del pequeño grupo que estaba allí. Se detuvo y regresó hasta donde estaban sus compañeros al oír rugir a los cuatro leopardos adultos. Al llegar junto a ellos recuperó su forma humana.
—¿Qué ocurre? —le preguntó intrigado Fred.
—El cachorro que está inmóvil tiene una pata quemada, luego de estar jugando con sus hermanos en las cuevas. —respondió Ginny con tono preocupado.
—¡Oh no! —exclamó asustado Neville.
—A ella no la reconocen, pero les permiten a los dos acercarse por ser del mismo tipo de felino. —completó Ginny.
—Pero si tú intentas acercarte te atacarán. —completó Neville comprendiendo.
—¿Qué dijo cuando la oímos rugir? —preguntó Fred preocupado.
—Que intentará curar al cachorro. —respondió Ginny fastidiada.
Fred y Neville denegaron con frustración.
Los cuatro aurores se miraron alarmados al oír aquello. Apuntaron sus varitas en dirección a los animales, dispuestos a aturdirlos si atacaban a los jóvenes animagos convertidos en pantera negra y leopardo. Vieron a los tres que estaban tras los árboles apuntar con sus varitas en la misma dirección.
Angela y George se detuvieron a medio metro del punto en que se encontraban los cachorros, ante las advertencias de los leopardos adultos. Éstos se acercaron lentamente, oliéndolos, preguntándoles con rugidos por su cambio de apariencia. Ella les respondió con la verdad, era humana y animal a la vez, en gruñidos suaves. Se hizo entender con dificultad, ayudada por George.
Los dos leopardos machos les permitieron acercarse al cachorro lastimado en la pata al cual, si no se recuperaba antes del amanecer, tendrían que dejar abandonado para ir de caza según les dijeron.
Al oler al cachorro lastimado lo identificaron con "Manchita", comenzando a entender. George comprendió que Angela no desistiría aunque él se negase, pues no le gustaba la quemadura tan seria que tenía en la pata el pequeño.
Dejaron que los otros ocho cachorros y las dos hembras se acostumbrasen a su presencia. Mientras George con pequeños gruñidos tranquilizaba al cachorro herido, Angela les explicaba de manera similar a los trece leopardos que curaría al pequeño en su forma humana. Cuando se sintió segura que no los atacarían se transformó de nuevo, sentada. George también lo hizo. Levantó con cuidado el cachorro y se lo colocó en el regazo a su novia.
—Gracias mi amor. —le susurró ella, usando seguidamente su don para Sanar Absorbiendo la Enfermedad con el pequeño.
Los envolvió a ella y el cachorro una brillante luz blanca, que asustó a los otros doce leopardos que retrocedieron instintivamente. George permanecía muy atento a los otros animales, nervioso.
Al cesar la curación Angela dejó bajarse al cachorro, que se lamía su patita ahora sana. El pequeño felino la vio hacer gestos de dolor, apuntarse hacia el antebrazo derecho con el palito de madera, quitarse las vendas que tenía y detener el sangrado. George de inmediato le cubrió la herida con vendas limpias, mirándola muy preocupado y denegando levemente.
Ginny, Neville y Fred apuntaban con sus varitas en dirección a los leopardos. Estaban dispuestos a aturdirlos si atacaban a Angela por instinto, al oler la sangre. También los preocupaba los gestos de dolor en su rostro y la cura que estaban viendo al pelirrojo aplicarle.
Alice, James, Sirius y Frank miraban todo aquello sin entender, asustados y preocupados. «¿Quiénes son esos chicos? ¿Qué fue esa luz blanca? ¿Qué tiene la chica en el brazo? ¿Sólo ellos tres sabrán animagia?». Sospechaban que no. Algo les decía que a Remus lo habían acompañado los chicos la noche de luna llena.
El cachorro ya curado se le acercó a Angela, preguntándole en pequeños gruñidos sobre lo ocurrido y el cambio en el color de pelo de esa zona. La chica sonrió con dulzura y le acarició con su mano izquierda la cabecita.
—Lo siento pequeñito. No sé porqué cambió el color de tu pelo, sólo sé que ya te sientes bien y podrás jugar con tu familia —Al sentir que le lamía la mano que acababa de curarse, intentando aliviarla, suspiró—. Desde hoy te llamaré "Manchita". ¿Te gusta? —Al escuchar un pequeño rugido de aceptación sonrió.
—¿Te entiende en tu forma humana? —le preguntó George desconcertado, pues eso aún no lo comprendía.
—Por la sanación hemos quedado conectados, entendiéndome "Manchita" lo que hablo estando en mi forma humana. —le explicó Angela, que ahora sí lo comprendía.
—Entonces con los otros no es igual —comentó preocupado George al verlos acercarse a ellos lentamente—. Te acompañaré de nuevo como leopardo, mi amor, pues la familia de "Manchita" está regresando. Tú no te vuelvas a transformar. No quiero que se te lastime más el brazo. —la regañó con cariño, sonriendo al verla hacer un puchero y asentir. Se transformó rápidamente.
Los otros leopardos se acercaron de nuevo con cautela. Vieron asombrados como el cachorro de pelo negro corría hacia su mamá a jugar con ella, dejando que ella le examinase la patita ya curada y luego los otros. Los doce rodearon a Angela y George, mientras el pequeño pantera negra se subía de nuevo a las piernas de la chica y se acomodaba en su regazo retozando contento. Rugieron al unísono, dándoles la bienvenida a su familia felina. Angela sonrió feliz.
—Júpiter, tenemos que advertirles de la cueva y plantearles lo demás. —le dijo para que la dejase transformarse, pero se contuvo al oírlo rugir negándose.
George les dijo que no debía ningún ser vivo acercarse a la cueva grande del centro, porque saldría seriamente lastimado. Les preguntó si podían ayudarlos a evitarlo por unos días, mientras ellos iban allí con unos amigos humanos para quedarse y evitarlo ellos. La respuesta de los cuatro leopardos adultos fue inmediata: Desde ese día ningún ser vivo se acercaría a la cueva en que había resultado lastimado el cachorro y todos los que fuesen con ellos podrían acceder a las cuevas.
Angela le dio un beso en la cabeza a "Manchita" y se incorporó con cuidado. Caminó lentamente de regreso al punto en que había dejado a sus compañeros. George avanzó a su lado como leopardo hasta el punto en que se habían transformado, aún un poco nervioso por los felinos. Recuperó su forma humana al ver que no intentaban seguirlos.
—¿Qué se supone que fue eso? —les preguntó Neville enojado, en cuanto llegaron al sitio en el que los esperaban.
—¿Te volviste loca? —le preguntó Ginny furiosa a Angela apenas llegó junto a ellos, quitándole el vendaje del brazo con mucho cuidado para no lastimarla. Denegó preocupada al ver la quemadura tan seria.
—¿Por qué se lo permitiste? —le preguntó furioso Fred a su gemelo, al ver la herida.
—El día que tú consigas que Electra no se extralimite tendrás derecho a regañarme. —le respondió frustrado George, preocupado por la expresión de su hermana al ver la herida.
—¿Cómo quieres que confiemos en que te comportarás si siempre haces lo que se te pasa por la cabeza sin consultarnos a los demás? —le preguntó disgustado Fred a su cuñada.
—El cachorro que acabo de curar es "Manchita". Desde este momento ningún ser vivo podrá acercarse a "la cueva prohibida" donde él salió quemado y los humanos que vengan con nosotros son recibidos. —respondió Angela con su voz más melosa, intentando apaciguar a los tres que los esperaban tras los árboles. Se mordió el labio inferior para no quejarse mientras su cuñada le curaba la herida.
—Todo eso está muy bien de no ser por dos detalles —replicó la menuda pelirroja con enojo apenas contenido, mientras le terminaba de aplicar el ungüento naranja. Lamentaba no tener el adecuado para curarle la fea quemadura. Le vendó seguidamente de nuevo el antebrazo—. Primero, tú no sabías que era "Manchita" cuando te decidiste a ayudarlo así que Fred tiene razón, una vez más te dejaste llevar por tu impulsividad. Y no te atrevas a refutarme —añadió al ver a la pelinegro abrir la boca para excusarse—. Segundo, la quemadura de tu brazo llega casi hasta el hueso, por lo que te tomará casi dos meses recuperar la movilidad en esa mano y tenemos que inventar algo para justificarla con Jennifer y los demás. —Denegó enojada al ver a la chica bajar la cabeza.
—Yo eso no lo sabía. —confesó Angela cabizbaja, haciendo en seguida un puchero pues le dolía bastante la herida.
—Lo supuse —aceptó Ginny después de suspirar—. Yo me quedaré con Diana aquí mientras ustedes exploran en el Snowdon.
—Pero, yo puedo… —intentó Angela convencerlos de que estaba en condiciones de ir con ellos.
—No, tú no puedes. El frío te hará muchísimo daño en el brazo. Te quedas aquí voluntariamente o te duermo y te quedas igual. —la cortó la pelirroja, sonriendo al verla asentir cabizbaja.
—Yo quiero qued… —empezó George.
—Tú vas con ellos al Snowdon —lo cortó Ginny con una pose y fiereza que en nada tenía que envidiar a la de Molly Weasley—. Es necesario que vayan varias varitas y pares de ojos porque no sabemos lo que encontrarán allá.
—Tú podrías ir con… —intentó Angela.
—No. Yo me quedo contigo para evitar que hagas más tonterías —la cortó Ginny enojada—. Entrégame tu varita ahora mismo.
Angela hizo otro puchero y se la entregó. Se dejó sentar por George en una piedra cercana, asintiendo a la orden del castaño de comportarse bien con la menuda pelirroja.
Alice y Sirius hicieron señas de quedarse, asintiendo James y Frank en señal de estar de acuerdo. Luego de desaparecer Neville, Fred y George los ubicaron por los botones, desapareciendo el auror castaño y el de lentes también.
Quince minutos más tarde volvían los tres exploradores junto a las chicas y cinco minutos después los dos vigilantes junto a los otros dos aurores. Los cinco con sus capas cubiertas de nieve, la cual los tres chicos se habían estado sacudiendo.
—Sólo cuando no podamos venir aquí por estar heridos recomendaría que fuésemos allí. —respondió Neville la pregunta no formulada por Angela y Ginny, que esperaban en un tenso silencio a que se explicasen sobre lo visto en la exploración.
—No habían ni mortífagos…
—… ni gigantes cerca y hemos…
—… puesto un bloqueo para que…
—… no se acerquen a partir de ahora…
—… Pero afuera de la cueva…
—… la tormenta de nieve…
—… hace casi imposible…
—… ver nada o moverse. —Se explicaron los gemelos. Se detuvieron al ver a sus compañeros mirarlos con una amplia sonrisa.
—Extrañaba oírlos así. —afirmó Angela feliz.
George se arrodilló frente a ella y le dio un dulce beso en la boca, muy contento al verla sonreír. Se separó y le acarició el rostro con ternura. Sonrió al recordar su primer encuentro en su tienda, con ella quejándose al oírlos hablar así y compadeciéndose de Nymph por haber estado con ellos y los pequeños Brown.
—El problema es que el interior de la cueva no me pareció tan estable como nosotros lo conocemos. —comentó el castaño pensativo.
— Es más amplia hacia atrás…
—… Pero esa parte es inestable…
—… Sospechamos que en algún…
—… momento esa parte…
—… se derrumbará y…
—… no es buena idea…
—… que estemos allí…
—… cuando eso ocurra. —explicaron los gemelos al ver a su hermana mirarlos interrogante.
Ginny hizo un fuego portátil con su varita al ver a los tres frotándose las manos, en el cual se calentaran un poco. Neville, Fred y George se acercaron rápidamente.
—En lo que ustedes entren en calor volvemos a la casa. Ya ha pasado mucho tiempo y los elfos sospecharán que tardásemos tanto en despertarlos, avisándole a James y metiéndonos en más problemas. —dijo preocupada Ginny.
—Yo tengo que contarles a Gea, Electra, Leto, Urano y Marte lo que hice y… —suspiró— hacerles creer a los elfos que al haberlos hecho dormir por error con el hechizo que practicaba, intenté cocinar y me quemé el brazo. —les dijo Angela con voz de niña regañada. Esto hizo enarcar las cejas a los cinco que habían ido al Snowdon, mientras Ginny asentía y los dos que se habían quedado vigilándolas denegaban.
—Chicos, no quiero preocuparlos, pero… —Neville se detuvo dudoso—. ¿No tienen la sensación de que hemos estado acompañados desde poco después de llegar aquí?
—Sí, pero eso no es posible. Hoy no vino Jennifer con nosotros, ¿cómo nos iban a localizar? —le respondió Ginny dudosa.
—Cuando ustedes se fueron la sensación no cesó. —comentó Angela pensativa.
—Lo extraño es que en el Snowdon tuvimos la misma sensación, pero allá es más difícil saberlo por las condiciones del lugar. —siguió Neville intranquilo.
—Y aquí ha sido imposible saberlo con seguridad con los leopardos metiendo escándalo todo el tiempo. —agregó Ginny.
—Ellos sólo están contentos ahora por "Manchita", después de estar muy preocupados por él. —replicó Angela en defensa de sus felinos amigos.
Ginny, Fred y Neville la miraron exasperados, mientras George le sonreía.
—¿No hay forma de ocultarle a Gea lo ocurrido aquí? Me regañará por esto hasta quedar sin voz —les pidió Angela con tono suplicante—. Marte, Electra, Leto y Urano me reñirán pero se les pasará pronto, mientras que ella durará enojada mucho tiempo.
—Además si le decimos la verdad insistirá en que nos traslademos aquí de inmediato. —añadió Neville con tono triste.
Ginny, Fred y George miraron al castaño y la chica de pelo negro, luego entre ellos. Suspiraron los dos primeros al ver la expresión suplicante del tercero, asintiendo luego de consultarse con la mirada.
—Les diremos a Gea y Urano que no pudimos acercarnos aquí porque los pocos leopardos que habían estaban muy inquietos y, aunque esperamos a que se calmaran, no se tranquilizaron lo suficiente para que te acercaras. —dijo decidida Ginny. Sonrió, sin poder evitarlo, al ver la sonrisa en la boca de Angela y los ojos brillando con alegría de Neville.
—Luego ustedes fueron al Snowdon a investigar mientras yo me quedaba aquí con ella, a ver si nos podíamos acercar, pero ustedes regresaron con malas noticias y aquí las cosas no habían mejorado. —completó George sonriente.
—Pero que te quede claro, Diana, que lo haremos así para evitar que Gea siga presionándolos a Marte y a ti —agregó Ginny en tono de regaño—. Y que en el momento en que hayamos cumplido la promesa de Marte a Lily de ayudarla con el cuarto del bebé fingiremos una exploración aquí, regresaremos y le contaremos a los dos lo que ha ocurrido hoy como si ocurriese ese día.
Angela hizo un puchero pero asintió, comprendiendo que igual la reñirían por aquello en algún momento.
—En cuanto a tu brazo… Te quemaste con mi fuego portátil al moverte bruscamente porque se acercaban los leopardos. Ellos dos no pueden ver y no sabrán que tan seria es la herida. A Electra, Leto y Marte los llevaremos aparte y les diremos la verdad. A Jennifer y los demás les diremos lo mismo que a los elfos, que fue en la cocina. Al llegar revisaré lo que hay allí y prepararemos algo creíble. —armó rápidamente Ginny.
Angela, Neville, Fred y George asintieron conformes con el plan de la pelirroja. Los cuatro aurores los observaban con el ceño fruncido, denegando.
—Regresemos a la casa. —planteó Neville contento, desapareciendo los cinco chicos.
—Están de nuevo en Deercourage. —confirmó Frank, respondiendo la pregunta muda de sus tres compañeros de vigilancia.
—Lo que dijeron Neptuno, Mercurio y Júpiter del Snowdon es cierto —les confirmó James a Alice y Sirius—. ¿Qué pasó aquí? —preguntó dando una cabezadita en dirección a la piedra donde habían estado sentadas Angela y Ginny.
—Venus estuvo regañando a Diana por "haber curado al cachorro con su don poniendo en peligro su salud". —le respondió Sirius, remarcando las comillas con los dedos.
—Insistió hasta que Diana se comprometió en ser ella quien les dijese la verdad a los otros cinco. Luego empezaron a hablar sobre esperar a mudarse aquí para empezar a participar en las batallas. —siguió Alice.
—¡¿Qué?! —preguntaron a coro James y Frank.
—Sí. Diana se comprometió con Venus en ayudarla para convencer a Marte en esperar hasta ese momento, mientras averiguan la manera de enterarse dónde se presentan los mortífagos. Aunque dieron a entender que ya tenían una idea de cómo hacerlo. —les dijo preocupado Sirius.
—Y Venus se comprometió en ayudarla a convencer a Electra con ayuda de Mercurio. Se apoyarán en Leto para convencer a Neptuno de hacerlo así, apoyándose por último en Urano para convencer a Gea de participar. —completó Alice, preocupada también.
—Tenemos que ubicar localizadores en las capas de los otros cinco también sin que se den cuenta —afirmó Frank, después de mirarse los cuatro preocupados en un tenso silencio por más de cinco minutos—. No sólo no se han reunido con nadie, sino que los dos lugares son tal como los describieron. Por la seguridad de todos, especialmente de ellos, debemos estrechar la vigilancia.
Alice, James y Sirius asintieron.
—Contactemos a Lily, Jennifer, Angelica y Remus. Tienen que saber la verdad de lo ocurrido hoy. —planteó muy serio el pelinegro de ojos color avellana, asintiendo los otros tres en señal de estar de acuerdo. Desaparecieron seguidamente los cuatro del bosque.
Cuando llegaron los ocho a la casa para almorzar se dieron cuenta que los cuatro elfos estaban enojados. Angela estaba cabizbaja en la sala abrazada por George, sentados al lado de Ginny que leía y Harry. Éste la intentaba animar haciéndole preguntas sobre la lectura, las cuales la pelinegro contestaba en voz baja. Hermione estaba cruzada de brazos aparentemente enojada, con Ron a su lado hablándole en susurros.
—¿Cómo pasaron la mañana, chicos? —preguntó Lily con fingida inocencia.
—Fue mi culpa. —dijeron a coro Angela, Ginny y Harry, mientras Hermione gruñía.
La castaña no había estado de acuerdo con el plan alocado de los dos pelinegros con los elfos, sospechaba de la perfecta coordinación en la historia de los cinco investigadores al llegar, y le molestaba mucho no poder ir personalmente a los dos sitios debido a su ceguera.
—¿De qué son culpables los tres? —preguntó James con supuesta sorpresa.
—Como Dotty, Idun, Tyr y Wykers tenían días sin vigilarnos para que no practicásemos les propuse a mis amigos hacerlo, usando su sala de entrenamientos. —le respondió Harry.
—Pero eso fue después que yo les pidiese que nos llevasen té a los cuartos para leerles un rato —siguió Ginny—. Lo cual olvidé totalmente en el momento en que Marte propuso la práctica y subimos todos. Ellos no nos consiguieron en los cuartos y…
—Y yo los desmayé cuando abrieron la puerta allá arriba, creyendo que era Neptuno que estaba llegando a la meta de nuestra práctica. —completó Angela con tono arrepentido.
—Lo peor, si me permite decirlo señora Angelica, es que cuando nos despertaron la señorita Diana había insistido en prepararnos té y galletitas para compensarnos —dijo enojada Dotty que se había acercado al grupo—. ¡Cómo si nosotros necesitáramos compensación alguna por un accidente! —exclamó enojada.
—Y estando los señores Venus, Electra y Júpiter con nosotros, ayudándonos a restablecernos, pidiéndonos que no los delatásemos con ustedes, ella que no puede ver se quemó el brazo derecho en la cocina. —terminó una muy molesta Idun, mientras Tyr y Wykers respaldaban las quejas de las elfinas con movimientos de asentimiento, evidentemente enojados también.
—Quiero ver ese brazo ahora mismo. —ordenó Jennifer con firmeza.
—Pero Venus ya m…
—Dije ahora, Diana. Sin protestas —la cortó la gemela. Estaba preocupada por ella desde que les habían contado lo ocurrido, luego de explicarles ella y Angelica lo que la chica había hecho a sus amigos superficial y rápidamente. Después se habían desplazado todos a cubrir su ausencia en el Ministerio, el Hospital y con Moody, además de buscar Jennifer algunas pociones y ungüentos.
Se arrodilló frente a ella con su maletín de medimagia abierto y le quitó con su varita el vendaje del brazo. Contuvo con dificultad un grito al ver el brazo de la chica, mientras Lily, Alice y Angelica se tapaban la boca, James, Sirius, Remus y Frank apretaban los puños y los cuatro elfos retrocedían al ver aquello.
—¿Cómo te hiciste esto, Diana? —le preguntó Jennifer con una mezcla de enojo y preocupación en la voz. Sabía de antemano que no le diría la verdad, pero si algo muy cercano por su condición de estudiante de medimagia. Eso les permitiría darse una idea de lo que había en "la cueva prohibida", como la llamaban desde que hablaron de lo ocurrido esa mañana.
—Me quemé en el horno sacando las galletas y, creyendo que sujetaba la jarra de agua con la cual prepararía un jugo luego, me eché en el brazo el agua que había hervido para el té. —le contestó Angela en voz baja y arrepentida. Siendo esa la excusa inventada por Ginny como más creíble para todos.
Jessica miraba a su prima con una mezcla de enojo y preocupación, pues los únicos que no sabían la verdad eran Hermione y Ron. Ella, Luna y Harry la habían regañado fuertemente, obligándola los dos últimos a que le permitiese a su prima revisar el brazo. La chica de ojos miel lamentó que ella tampoco tuviese en su maletín el ungüento adecuado. Le explicó a Harry el estado del brazo de Angela, dejando los tres de regañarla.
Hermione se removió inquieta en la silla cuando escuchó la respuesta de Angela a Jennifer, pues desde que había escuchado la excusa de la menuda pelirroja para la quemadura de la chica de pelo negro sospechó que no era cierto que se quemase con el fuego portátil.
Jennifer frunció el ceño. Buscó en el maletín y sacó un ungüento de color negro, oscuro y espeso sin ser ni pastoso ni líquido, de olor desagradable. Trasladó con un hechizo no verbal de su varita una cantidad generosa de aquello al brazo de la chica, que no pudo contener un grito de dolor. La vendó rápidamente con otro hechizo.
Ginny miró asombrada el procedimiento. Ella no lo había podido aplicar por no tener aquel ungüento en su equipo, lo cual había lamentado desde que vio la quemadura en el brazo de su impulsiva amiga.
—Lamento no poder darte algo para el dolor, Diana, pero es lo único que funciona bien con una quemadura tan grave. —se disculpó Jennifer con cariño, no logrando contener las lágrimas al verla morderse los labios y asentir.
—Yo hubiese querido curarla así apenas ocurrió, que le hubiese dolido menos, pero no tenía el ungüento. —le confesó Ginny a Jennifer, mientras George mimaba a su novia.
—Esta semana estamos viendo quemaduras en la Escuela de Medimagia, por eso tenía en mi maletín. —replicó Jennifer, según había planeado mientras buscaba el extraño ungüento con un muy especial proveedor luego que le contasen lo ocurrido.
George y los otros asintieron, dando gracias internamente por tan extraña coincidencia, mientras la chica de pelo negro se esforzaba con su don en disminuir el dolor en su brazo. Lo consiguió casi cinco minutos más tarde, mientras Jennifer le curaba los ojos pues como suponía había llorado.
—A Diana le queda estrictamente prohibido volver a entrar en la cocina a menos que vaya acompañada de uno de nosotros ocho —ordenó muy firme James. Sabía que eso tranquilizaría a los elfos y evitaría que la chica se viese en algún accidente allí, como el que había puesto como excusa—. Por otro lado, ninguno de ustedes diez volverá a entrenar si nosotros no estamos presentes. Así que sus varitas les serán retenidas bajo llave además de ser continuamente vigilados por los cuatro elfos cuando no estemos ninguno de nosotros en la casa. —siguió con el mismo tono de voz.
Vio con satisfacción que Harry intentaba protestar pero se contenía de hacerlo, habiendo caído por su mentira en aquella trampa. De ese modo intentarían asegurarse que no se les volviesen a escapar al menos unos días.
Los diez chicos terminaron asintiendo a regañadientes, sin conseguir una forma de escaparse de aquello luego de la mentira que habían dicho Angela, Ginny y Harry.
Luego del almuerzo llegó el profesor Dumbledore. Escuchó la versión de los chicos de lo ocurrido y los regañó firmemente, aprobando la decisión de James. Después de dormir a Angela con un hechizo y a los otros nueve con pociones bajó a la biblioteca con los ocho Gryffindors, sellando e insonorizando la puerta para evitar que alguien llegase de sorpresa y los escuchase.
—¿Qué ocurrió en realidad? —les preguntó muy serio—. No pretenderán que les crea esa historia y que por ello han aceptado la decisión de James. Tampoco que ustedes les han creído y por eso quieren dejarlos sin varita cuando no estén. —les insistió al verlos mirarse nerviosos, sin responderle.
Alice tomó aire y le contó lo sucedido. Sirius, James y Frank respondieron las preguntas del director. Luego Jennifer les explicó a todos la seriedad de la quemadura de la chica.
—Albus, es un peligro para la salud de esa chica que tenga ese don con ese carácter que tiene. ¿No le habrán enseñado sobre ese don quien la haya entrenado como Cundáwan? —preguntó Frank.
—Supongo que sí lo han hecho, pues sabe usarlo. Pero concuerdo con que es un problema con su impulsividad. —respondió Albus meditabundo y preocupado.
—Lo cierto es que allá arriba están durmiendo dos chicas menores de edad que son animagas, al igual que el prometido de una de ellas, que una de ellas tiene una quemadura muy seria en un brazo por usar ese don, que sus amigos saben que ella puede hacerlo y hubiesen evitado que lo utilizase de haber podido, que Gea continúa presionándolos para que se vayan como sospechábamos y que siguen pensando en intervenir en la guerra, esperando sólo a irse de aquí para hacerlo. —enumeró James preocupado.
—Entonces dilataré todo lo posible el arreglo del cuarto del bebé, que al parecer los retiene aquí con nosotros. —afirmó Lily.
—Intentaremos también dejarlos solos el menor tiempo posible y estrechar la vigilancia, porque supongo que buscarán la manera de quitarles las varitas a los elfos y escaparse de nuevo. —añadió Frank.
El director asintió en aceptación. Les entregó diez diminutos rastreadores preparados con conocimientos antiguos que le había transmitido su mentor, para que no fuesen detectables por la chica de pelo negro. Les recomendó que cambiasen los cinco botones de Frank por aquellos más pequeños. Luego se despidió de ellos rumbo al colegio.
Regresaron los ocho a las habitaciones de los chicos rápidamente, pues no debían tardar en levantarse. Consiguieron los rastreadores de Frank en las capas de viaje de los cinco chicos y los cambiaron por los que les dio Albus. Ocultaron los otros en las de los otros cinco, unos minutos antes que los chicos empezaran a despertar.
Los acompañaron a cenar después que Angela les pidiese disculpas a los cuatro elfos, asegurándoles que no volvería a intervenir en ninguna de sus labores desde ese momento. Eso hizo sonreír con alivio a las pequeñas criaturas y con picardía a los ocho amigos, al ver las expresiones de asombro de los compañeros de la chica.
Después que los dejasen en los cuartos durmiendo bajaron a la biblioteca de nuevo a petición de Remus.
—Yo quería consultarles una inquietud que tengo sobre la noche de luna llena y lo que han dicho sobre la animagia de tres de los chicos. —les dijo a sus amigos. Se detuvo a pensar cómo plantearles lo que lo tenía tan pensativo desde que hablasen sobre lo ocurrido en Bristol, antes del almuerzo.
—Estoy seguro que los otros también son animagos. —le respondió James la pregunta que él no había formulado.
—Eso explicaría que hubieses paseado por casi toda la casa en lugar de quedarte en ese pasillo intentando entrar a los cuartos. —siguió Sirius.
—También que estuvieras tan cansado y tranquilo cuando nosotros llegamos. —completó Frank lo dicho por ellos.
—Y que no tuvieses prácticamente ninguna herida cuando te curé, mi amor. —le dijo con cariño Jennifer.
—¿Entonces ustedes creen que los chicos nos mintieron esa noche? —preguntó Lily.
—Sí. Después de lo que vi hoy estoy segura. —le respondió Alice.
—Pero los elfos dijeron… —empezó a defenderlos la pelirroja.
—No me malentiendas, amiga. Aquí entró alguien, atacó a los elfos y se encontró con un licántropo cuando intentó encerrarlos en el sótano, desapareciendo. —la cortó la rubia.
—En lo que nos mintieron fue en lo ocurrido después —continuó Angelica—. Remus debe haber subido a sus cuartos siguiendo su olor desde las cercanías de la sala, adoptando los chicos sus formas animagas al verlo. Fingieron los rasguños en la puerta de los chicos, que eran menos profundos, para despistarnos.
—Hay algo más que quiero comentarles de ese día —se decidió Jennifer, a pesar de ver a su esposo denegar—. La evolución de la supuesta intoxicación de Electra con esa base para poción no concuerda —Al ver a su esposo mirarla sorprendido le sonrió—. Mientras las "ayudaba" a guardar los ingredientes, bases y pociones en el cuarto que les indicó James, tomé una pequeña muestra sin que se diesen cuenta y le consulté a Phyllida Spore. Si Electra hubiese bebido un trago de eso y no se le hubiese dado un antídoto efectivo antes de veinticuatro horas estuviese muerta.
—Entonces… —intentó Remus muy pálido.
—Venus inventó eso en ese momento para justificar el malestar de Electra, porque no quería que yo me asustase por su estado al evaluarla. La poción que le estuve dando la ayudaría pues es una de las que uso contigo y no sabía que el efecto de esa base en su amiga hubiese sido mortal —les dijo muy segura. Suspiró, le dio un beso a su esposo y se decidió a decirle lo demás—. Yo he estado investigando una poción para curar la licantropía, mi amor, al igual que otros están trabajando también. Es posible que en su época hayan logrado curarla o revertir algunos de sus efectos, pero el accidente por el que llegaron aquí la debilitó y sus amigos temían que hubiese recaído. Por eso estaban tan nerviosos. Eso explicaría también su reacción cuando se nombró a Scamander por las criaturas raras que nombró Leto.
—La Ley de Registro de Licántropos. —comentó Angelica, comprendiendo.
—Pero esa noche… Ella no… —Remus intentaba formular otra posible explicación para lo dicho por su esposa sobre la chica de ojos miel, pero no lo lograba pues una y otra vez acudían a su mente las reacciones de la chica junto a ellos dos.
—Ella finalmente no se transformó obligada por la luna. Pero es muy posible que lo haya hecho cuando llegaste a su cuarto, como animaga, en lobezna —le dijo en voz suave Angelica, intentando no alterarlo más—. Es muy lógico que el lobo en ti fuese al cuarto de ellas y no al de ellos porque tu instinto la detectaría si ella es… —Se mordió los labios al ver los ojos miel de su cuñado, mirándola suplicantes—. Si ella es hija o nieta de ustedes.
Remus sintió que se quedaba sin aire.
—Es una posibilidad, amigo, pero no estamos seguros —aclaró rápidamente James, preocupado por el estado en que lo veía—. Hemos estado haciendo conjeturas con cada detalle que dejan escapar, pero hasta que no veamos sus rostros y logremos que se sinceren no sabremos si es cierto o no.
—Yo sí quiero tener hijos contigo, mi amor —le aclaró Remus a Jennifer al ver que se había alejado levemente de él y bajado su cabeza, por su reacción—. Pero entiende que me aterra transmitirle mi maldición a un pequeño ser indefenso —le explicó con cariño. Al verla levantar su rostro y mirarlo con los ojos llenos de lágrimas le sonrió con dulzura—. Si tú o esos otros investigadores consiguen algo para que nuestros hijos no padezcan mi tortura de cada mes yo seré un feliz y orgulloso padre. Y si esa chica que duerme allá arriba es nuestra hija o nieta quiere decir que eso ocurrirá —afirmó con la esperanza y el orgullo trasluciendo en su voz. Al verla sonreír le dio un beso tierno en la boca—. Es posible incluso que tenga hermanitos esperándola en casa. —le insinuó con picardía.
Aquello hizo que todos se mirasen entre sonrientes y nerviosos. No habían pensado en lo que los chicos habían dejado atrás por aquél ataque en que habían resultado quemados apareciendo en el colegio. No hasta ahora.
—La risa de Diana es idéntica a la tuya, mi amor —le dijo Sirius a su esposa con cariño—. Lo noté el domingo, cuando le hacíamos las bromas a Remus en la pequeña celebración por su cumpleaños.
—Es cierto. —ratificó Alice.
—Lo que me extraña es el tratamiento de hermanos que se dan Diana y Marte, a menos que hijos nuestros se hayan casado y ellos sean nuestros nietos. —comentó Lily pensativa mirando a los Black.
—Vamos a dormir —sugirió James—. Poco a poco sabremos más de ellos, los ayudaremos a recuperarse y conseguiremos una manera de devolverlos a su época.
Los Longbottom se fueron a su casa, pues no querían preocupar a Augusta más de lo que ya estaba.
