Un Día Demasiado Largo
Resumen: Un encuentro inesperado de madrugada provoca una crisis y revelaciones. Preocupación por don del Manejo de la Energía. Evaluación de los chicos. Encuentro con Charlus Potter. Una batalla y consecuencias.
Las dos de la mañana y no tenía sueño. Harry no estaba en su cama en ese momento. «Debe estar de nuevo en el comedor, muy probablemente acompañado de Angela e incluso tal vez de Jessica». Ya no soportaba seguir dando vueltas en la cama, le era imposible conciliar el sueño. Mejor bajar y unirse a sus amigos, una vez más.
—Hola Diana. Hola Marte. —los saludó Neville al entrar al comedor y verlos.
—Hola Neptuno. ¿De nuevo sin sueño? —le preguntó Harry con una leve sonrisa, luego de haberse sobresaltado al igual que su única acompañante hasta ese momento.
—Igual que ustedes —le respondió encogiéndose de hombros—. ¿Qué hacen? —les preguntó con curiosidad.
—Intentamos practicar algunos hechizos de ataque y otros de defensa con estas manzanas sin hacer destrozos. —le explicó Harry mostrándole la que tenía en su mano izquierda.
—¿Cómo les ha ido hasta ahora? —preguntó Neville con picardía.
—Yo llevo dos golpes en la cabeza y Marte tres, además de tener que reparar unos vasos. O por lo menos creemos que no hemos hecho más destrozos. —le respondió Angela, dudando si habían reparado todo lo que hubiesen dañado.
—Lamento tener que decirles que han hecho algunos más —les informó Neville con picardía. En seguida procedió a arreglar lo que faltaba—. ¡Reparo! ¡Reparo! ¡Reparo! ¡Reparo!
—¿Practicas con nosotros un rato? —lo invitó Harry.
—Sí. Me vendaré los ojos con la bufanda. Así estaremos los tres en igualdad de condiciones. Cuando terminemos yo hago los arreglos. —les planteó Neville.
—Yo te ayudo. —ofreció Jessica, que acababa de entrar.
—Electra, deberías estar… —empezó Harry.
—Durmiendo, igual que ustedes tres —lo interrumpió la chica de ojos miel, sonriendo al verlos bajar las cabezas—. Comencemos.
Dos horas más tarde llegó por la chimenea una persona que quería sorprender a dos habitantes de la casa. Pero al escuchar los ruidos en el comedor se aproximó con cautela y el ceño fruncido, con la varita afuera listo para atacar. No esperaba conseguirse a nadie despierto. Al oír con atención escuchó una Maldición Cruciatus y un vaso estallar al estrellarse. Entró con rapidez y decisión de ataque.
—¡Stupefy! ¡Incarcerous! ¡Stupefy! ¡Incarcerous!
—¡Protego! —se defendió Harry.
—¡Deflecto! —desviaron simultáneamente Jessica y Angela las cuerdas.
—¡Nox Totalus! —apagó todas las velas Neville, quitándose rápidamente la bufanda, luego de haber esquivado el hechizo del recién llegado.
Angela y Harry se ocultaron rápidamente, mientras Jessica también se había quitado la bufanda y desplazado.
—¡Lumos Totalus! —encendió todas las velas el hombre, preocupado al haber visto cuatro personajes con los rostros cubiertos en el comedor de los Potter—. Soy el auror Alastor Moody. Entreguen sus varitas —dijo en voz fuerte y clara mientras se desplazaba con cuidado—. ¡Incarcerous!
—Espere un momento señor. ¡Deflecto! —se defendió Harry, desplazándose rápidamente mientras pensaba qué decirle para calmarlo y que les diese una oportunidad de explicarse sin generar problemas.
—¡Petrificus Totalus! —intentó el auror petrificar a Neville, pero el chico lo esquivó con agilidad.
—¡Finite Atenuate Sonorus! ¡Alarm Sonorus! —se decidió Angela. Tenían que detener aquello.
Ginny, Luna, Hermione, Lily, Angelica, Jennifer, Ron, Fred, George, James, Remus y Sirius se precipitaron escaleras abajo con sus varitas en las manos, rumbo a la cocina, asustados por la alarma. Su preocupación se elevó exponencialmente al escuchar el cruce de hechizos en el comedor.
—Por favor señor Moody, espere. —intentó por tercera vez Angela, ubicada frente a Neville que sostenía a Harry.
Jessica intentaba contener con su mano la sangre en el brazo cortado del chico de pelo negro, pues no se atrevía a usar su varita para que el auror no los atacase. Los cuatro estaban agachados en el piso, en un comedor parcialmente a oscuras.
—Entréguenme sus varitas. No podrán dañar a nadie hoy. Los llevaré a Azkaban con sus amigos mortífagos.
—Espera Alastor. Ellos no son mortífagos. ¡Lumos Totalus!
—¿De qué hablas, James? —interrogó el auror, apuntándoles a los cuatro chicos con su varita. Se asombró al ver a tres de ellos bajarlas y girarse la que estaba al frente hacia los otros tres, dándole la espalda.
—¿Puedo, señor Moody? —preguntó Jessica nerviosa al auror, señalando con su varita el brazo de Harry.
—Les he dicho que me entreguen… —empezó a responderle Alastor.
—Ellos son mis huéspedes, Alastor. Ya deja de apuntarles. —lo interrumpió enojada Lily, al ver el brazo sangrante del chico, haciéndole señas a la chica para que lo curase.
—¿Tus huéspedes? ¿Desde cuándo los Potter le dan hospedaje a mortífagos?
—¡Nosotros no somos mortífagos! —exclamó enojado Neville—. Ya se lo hemos dicho. No nos llame así.
—Cálmate Neptuno. —intentó conciliar Hermione.
—¿Ah no? Hasta donde yo sé sólo los de su calaña lanzan Maldiciones Cruciatus contra otros. ¿A quién intentaban torturar? ¿A uno de los elfos? —preguntó enojado el auror, pues rápidamente había contado que los seis habitantes de esa casa estaban a su derecha, pero también otros seis enmascarados. Retrocedió y se puso a la defensiva de todos al verlos—. ¡Quietos todos! —les ordenó con firmeza a los que acompañaban a los miembros de la O.D.F.—. Libérenlos de la Maldición Imperius y los llevaré a un juicio justo. —les aseguró. Frunció el ceño al ver aparecer a los cuatro elfos aparentemente intactos. «¿Qué rayos está pasando aquí?»
—¿Maldición Imperdonable? ¿De qué habla Alastor? —preguntó Remus asustado.
—Nos consiguió practicando el esquivar maldiciones —se explicó Harry con voz débil—. La usamos porque con esa no funcionan los escudos y es obligatorio esquivarla.
—¡¿Están locos?! —exclamó Hermione con tono de regañina—. Diana y tú no pueden ver. Pudieron hacerse daño.
—Estábamos rematando el entrenamiento. No nos alcanzábamos con hechizos desde… —intentó Angela en voz suave.
—ESO NO ES EXCUSA —explotó Ginny gritándoles—. Les dije que no practicasen si no estábamos todos. Te dije claramente que no los secundaras en sus locuras, Neptuno. A ti también, Electra. —los regañó muy enojada.
—Venus, por favor. —le pidió Harry en voz pausada, levantando su brazo herido en dirección a la voz de la menuda pelirroja.
—¡Alto ahí! —le ordenó Alastor a Ginny al verla moverse.
—¡Incarcerous! —le lanzaron simultáneamente Luna, Hermione, Ron, Fred y George, atándolo finalmente las cuerdas de la castaña, preocupados por la debilidad en la voz de Harry.
—¿Qué hacen? ¿Se volvieron locos? —preguntó asustada Lily.
Jennifer se precipitó hacia Harry al igual que Ginny, preocupada por el sangrado intenso en el brazo izquierdo del chico.
—¡Sangrate Stop! —lo detuvo Jessica, apenas vio atado al auror.
—¡Episkey! —curó Jennifer el tejido dañado luego de quitarle la venda rápidamente.
—¡Férula! —entablilló Ginny el brazo y hombro izquierdo de Neville, después de examinarlo al oírlo quejarse cuando se abalanzaron sobre él para levantar a Harry y curarlo.
—Gracias Electra. Gracias Jennifer. —musitó Harry, sintiéndose débil y mareado.
—Gracias Venus. —susurró Neville.
Angela se había levantado y estaba de pie al lado de ellos. Intentaba regularizar su respiración y controlar con su don el dolor en su antebrazo derecho, en la quemadura que aún no sanaba y se había lastimado contra una silla esquivando al auror mayor. Se lo acariciaba con la mano izquierda, con la que sostenía su varita pues la derecha aún no la podía usar.
—¿Cómo terminaste con ese corte tan profundo? —le preguntó Ginny preocupada a su novio.
—Cayó sobre aquél vaso partido esquivando un hechizo del señor Moody. —le respondió Neville.
Al oírlo Jennifer examinó con cuidado la herida. Desapareció con un hechizo los restos de vidrio y detuvo el nuevo sangrado para finalmente vendar el brazo del chico, sin atender las otras lastimaduras porque sabía que no era el momento.
Angelica, James, Sirius y Remus los miraban con desconfianza, apuntándoles con sus varitas, intentando entender aquél desastre.
—¡Finite! —soltó Hermione al no tan viejo auror—. ¿Está usted bien, señor Moody? —le preguntó preocupada.
—Sí. —le respondió intrigado.
—Gea, Urano, Diana, no se muevan. Hay muchos vidrios en el piso —les avisó Luna a los tres que no podían ver y no tenían a alguien a su lado que pudiese advertirles—. ¡Reparo! ¡Reparo! ¡Reparo!… —comenzó a arreglar todos los desastres en el comedor. Jessica, Neville y Fred se le unieron mientras Harry era levantado por George y sentado en una silla—. Camino despejado, chicos. —les avisó Luna, llevando entre ella y Fred a Hermione y Ron hasta unas sillas volcadas que acomodaron.
George llevó con mucho cuidado a su novia a otra silla. Estaba bastante preocupado por la forma en que se acariciaba el brazo derecho y su respiración agitada.
Jessica y Neville se sentaron también, mirándose de reojo. Se sentía culpables por lo dicho por Ginny antes. Pensaban que tenía razón en que no debían haber secundado a Angela y Harry en esa propuesta, visto como los estaban mirando los papás de Harry y los de ellas dos, a excepción de Jennifer.
—Pongamos las varitas en la mesa, chicos, para que hablemos con calma. —sugirió Harry que se sentía un poco mejor y se imaginaba la expresión desconfiada del auror mayor, sus padres y sus tíos.
Sus nueve compañeros hicieron lo sugerido por su líder, al igual que él.
—¡Accio Varitas! —las convocó rápidamente Moody, mirándolos intrigado al notar que no intentaban oponerse.
—¿Desde qué hora están aquí, chicos? —les preguntó Jennifer, preocupada por los comentarios anteriores de Angela y Harry.
—Cuando yo bajé eran las dos de la mañana. —le respondió Neville.
—Diana y yo teníamos casi una hora aquí cuando él llegó. —completó Harry.
—Yo llegué tras Neptuno. —aclaró Jessica.
—¿De nuevo con problemas para dormir? —los interrogó Hermione.
—Sí. —confirmaron en voz baja los cuatro, esperando la regañina que no tardó en llegar.
—Habíamos quedado en que me despertarían para que los ayudase a dormir y no practicarían de nuevo de madrugada. —les espetó enojada Ginny.
—¿De nuevo? —preguntó Lily.
—Lo han hecho los cuatro todas las noches, desde hace veinte días aproximadamente. —le respondió con sinceridad Luna, haciendo caso omiso de las negativas con la cabeza de su novio y sus tres amigos.
—¡¿QUÉ?! —gritó furiosa Lily—. Eso no fue lo que respondieron a la pregunta de Angelica el domingo en la madrugada que los conseguimos aquí. —les reclamó.
—Lo siento. —murmuró Harry.
—¿Me pueden explicar quiénes son, por qué ocultan sus rostros, desde cuándo y por qué están aquí? —preguntó Moody.
Los había dejado seguir hasta allí, conteniéndose de preguntar mientras evaluaba las reacciones de los seis integrantes de la O.D.F. para saber si estaban bajo el efecto de la Maldición Imperius. Pero la reacción de Lily Potter había sido "demasiado normal" en ella, lo que aparentemente descartaba esa posibilidad. Además ahora sabía con certeza que lo que había tomado inicialmente por máscaras eran en realidad vendajes, los cuales en el caso de cuatro de ellos les cubrían incluso los ojos, mientras tres de ellos si llevaban pasamontañas.
—Somos diez amigos que estamos siendo ayudados por los Potter, los Black y los Lupin mientras nos recuperamos —le respondió con amabilidad Hermione—. No recordamos nuestros nombres ni la mayor parte de nuestro pasado, sólo tenemos recuerdos confusos. Aparecimos hace un mes en la oficina del director de Hogwarts siete de nosotros, quemados en nuestros rostros y manos.
»Nuestros tres compañeros aparecieron minutos después en la enfermería del colegio, en condiciones similares —Alastor enarcó las cejas pensando que era la peor mentira que había oído, pues eso era imposible—. El profesor Dumbledore nos trajo aquí para que ellos nos ayudasen mientras nos recuperamos y recordamos algo más. Jennifer, por favor quítame los vendajes para que él pueda verme el rostro, los brazos y las manos.
—¡¿Qué?! —preguntaron asombrados los otros nueve chicos y las tres parejas presentes, de las cuatro que los habían estado ayudando hasta ese día, asombrados por su petición.
—Venus y Electra no pueden hacerlo porque no tienen sus varitas y sólo si él ve mis quemaduras sabrá que es por esa razón que tenemos cubiertos nuestros rostros por vendajes y no por otros motivos.
—Pero hasta ahora se habían negado a que nosotros ocho viésemos sus rostros, especialmente tú. Incluso les borraron a Madam Pomfrey y al profesor Dumbledore el recuerdo de sus rostros después que los curaron. —comentó Sirius extrañado de la decisión de la castaña, sin pensar en que su jefe estaba allí.
—¿Le borraron recuerdos a Albus? —preguntó Alastor asombrado. De nuevo les apuntó con su varita, pensando dejarlos inconscientes y llevarlos a Azkaban.
—Yo lo hice, señor Moody —se decidió Angela por el error cometido por su papá—. Estábamos y estamos muy asustados porque no sabemos quién nos lastimó de una manera tan seria. Confiamos en ellos dos, como confiamos en las ocho personas que nos han ayudado hasta ahora y en usted. Pero no recordamos nuestro pasado ni el ataque en el que salimos quemados, por lo que nos da mucho miedo que vean nuestros rostros, indaguen sobre nuestra identidad y nos pongan en la mira de quien nos haya hecho esto.
»Preferiríamos recordar antes lo que ocurrió. Fue más fácil borrárselos a Madam Pomfrey que al profesor Dumbledore, con quien lo logré sólo porque él no se esperaba algo así y me estaba intentando tranquilizar en ese momento. No le sé decir con quién o cómo aprendí a hacerlo porque no lo he podido recordar.
Para los otros quince habitantes de esa casa fue evidente que la chica se había decidido a hablar para evitar que riñesen a Sirius por haber dicho aquello. Su novio y sus amigos suspiraron comprensivos, mientras los Potter, los Lupin y los Black tragaron saliva mirándola asustados. La rapidez de su reacción afianzaba su teoría sobre ella y los Black.
—¿Por qué Sirius dijo que hasta ahora se habían negado a que ellos "ocho" viesen sus rostros? ¿Quiénes son los otros dos? —preguntó Moody intrigado, después de haber visto las reacciones de todos ante lo dicho por la chica. Intentaba entender algo que cada vez parecía complicarse más.
—Alice y Frank son las otras dos únicas personas, aparte de nosotros seis y Albus, que saben que estos diez chicos están en mi casa —le respondió James a su jefe. Miraba a los chicos confundido, sin saber qué pensar de ellos después que hubiesen aceptado que estaban practicando con una Maldición Imperdonable—. Albus terminó de borrarle los recuerdos sobre ellos a Madam Pomfrey para evitar problemas.
Siete rostros vendados y tres con pasamontañas se giraron boquiabiertos en dirección a James al escuchar aquello, aunque cuatro de ellos no podían ver, sorprendidos al oír lo hecho por el director de lo cual se estaban enterando. James suspiró al ver la reacción de los chicos y se sacudió el cabello en un gesto nervioso. Miró a Lily y luego a sus amigos. Los seis asintieron y se sentaron en la mesa junto a los chicos.
Alastor se sentía cada vez más confundido con las actitudes y reacciones de los dieciséis.
—Supongo que no hay problema entonces en que llame a Albus, Alice y Frank para que vengan. —dijo muy serio. Veía muy positivo el tener dos excelentes aurores y el mejor mago que existía a su lado, en caso que aquellos diez desconocidos estuviesen controlando a los seis miembros de La Orden del Fénix.
—Por favor hágalo, señor Moody, así usted estará más tranquilo —le respondió Hermione decidida a ganarse la confianza del auror—. ¿Podrías quitarme los vendajes cuando ellos lleguen, Jennifer?
Alastor la miró enarcando las cejas, sacudió la cabeza y convocó a su vieja elfina. Le ordenó que les dijese a Alice y Frank Longbottom que se presentasen en el comedor de la casa de los Potter lo antes posible, sin hablar con nadie al respecto, que luego se presentase en la dirección del colegio y le dijese a su amigo que él necesitaba que se presentase allí tan pronto le fuese posible.
—Dotty, ¿podrías por favor darme un vaso de jugo de calabaza? —le pidió Angela con cariño. Se sentía mareada y débil por la tensión nerviosa tan fuerte luego de las horas que habían estado entrenando, además de haber tenido que usar su don con mucha intensidad para aplacar el dolor en su brazo y eso aún la debilitaba.
—¿Podrías darme otro a mí? —pidió Harry que también se sentía mal, debilitado por la tensión nerviosa luego de un entrenamiento intenso y la hemorragia que había sufrido.
Jennifer los evaluó rápidamente con su varita y palideció. Jessica y Ginny la miraron asustadas. George denegó levemente, no queriendo aceptar que de nuevo los dos estuviesen mal.
—¡Accio maletín medimagia! —convocó la gemela luego de levantarse y abrir la puerta, sin prestar atención a las cejas enarcadas de Alastor Moody.
—¿Señora Jennifer? —preguntó la elfina sin saber qué hacer, mirando asustada al jefe de quien consideraba su amo.
—Traigan jugo de calabaza para todos. —les ordenó la estudiante de medimagia a los elfos, los cuales asintieron y se movieron a hacer lo que pedía.
Cuando estaban sirviendo les pidió por señas los vasos de los dos chicos de pelo negro para echarle poción revitalizante a sus jugos. Les ordenó por señas a los seis que podían ver que guardasen silencio, señalándoles a los otros dos chicos que tampoco podían ver, ante lo cual asintieron.
Alastor vio todo aquello intrigado. Luego se inquietó al ver las manos de los dos chicos temblorosas al intentar tomar los vasos con jugo, teniendo que ser ayudados por otros dos.
Ginny y George se apresuraron a ayudar a Harry y Angela con un nudo en la garganta y muy preocupados por ellos, mientras Jessica y Neville denegaban cabizbajos. Ellos también se sentían agotados física y anímicamente, pero no estaban tan mal como sus dos amigos.
Alice y Frank llegaron por la red flú a la sala con sus varitas en la mano y se desplazaron rápidamente al comedor. Miraron a los dieciséis que estaban sentados en la mesa y a Moody de pie apuntándoles con su varita con los ojos muy abiertos, paralizados, sin entender.
—Alastor consiguió a algunos de los chicos en el comedor practicando, ya que llegó de incógnito hace casi media hora a mi casa. —les explicó enojada Lily, preocupada por los diez chicos. La expresión del rostro de Jennifer cuando evaluó con la varita a los dos chicos de pelo negro y el que luego les diese poción revitalizante no eran buenas noticias.
Los esposos se miraron de reojo y tragaron saliva. El problema era serio.
—Sus seis amigos podrían estar siendo controlados por la Maldición Imperius. Mantengan sus varitas firmes apuntándoles a todos y ubíquense en esos dos puntos. —les ordenó Moody, señalándoles con la cabeza otros dos puntos del comedor.
Vio como James, Jennifer y Remus evitaban que Lily, Angelica y Sirius se parasen varitas en mano a enfrentarle, mientras los siete chicos con vendas en la cabeza y brazos denegaban levemente y los otros tres lo miraban con evidente enojo. Se convencía cada vez más que no estaban siendo controlados los seis miembros de la O.D.F., que reaccionaron muy normal para el carácter de cada uno de ellos. Pero eso implicaba que algo de verdad había en aquella historia absurda que le había dicho una de los extraños.
En ese momento entró el director del colegio al comedor, mirándolos a todos interrogante.
—¿Qué pasa aquí, Alastor?
—Eso es lo que intento averiguar, Albus.
—¿Podrías quitarme ahora los vendajes, Jennifer? —le pidió Hermione, que ya no estaba tan segura como la primera vez que lo planteó pero sabía que era imposible dar marcha atrás.
Alice y Frank la miraron asombrados, sin entender. El director del colegio abrió mucho los ojos al oír aquello. Interrogó mentalmente a Angelica, frunciendo el ceño al recibir la respuesta mental furiosa de ella.
Jennifer percibió la duda en el tono de voz de la chica pero, al igual que ella, sabía que ahora debía hacerlo con el desconfiado Alastor Moody muy atento a ellos. Suspiró.
—Sólo los ojos, los brazos y las manos en los siete que aún están quemados —ordenó con voz firme el director—. Cámbiales los vendajes por unos nuevos y revisa el brazo de Diana en mi presencia. Quiero ver cómo va evolucionando. —terminó en un tono más amable.
Jennifer le sonrió agradecida, pues no le gustaba el nerviosismo que tenían los chicos. Se paró junto a la castaña y le quitó con cuidado los vendajes. Luego retiró con cuidado el ungüento naranja para las quemaduras y le colocó nuevo. Le pidió que abriese los ojos y le echó una gota en cada ojo de una poción traslúcida. Le preguntó por su visión, como venía haciendo desde dos días atrás, sonriendo al oírla describirla como "ver a través de neblina ligera, no tan espesa como antes". Su sonrisa se amplió al oír el suspiro de alivio de los otros tres chicos que no podían ver, echándole dos gotas de la poción azul en cada ojo y volviéndola a vendar.
Alastor Moody, un auror muy bueno pero muy desconfiado que había visto tantas cosas desde que se había graduado en la Academia, tragó saliva al ver las quemaduras de la chica tan joven. Detalló que tenía marcas de ampollas y la piel muy lastimada en los brazos, manos y el contorno de los párpados. Eso le confirmaba lo que había creído ver en el brazo cortado del otro chico mientras Jennifer lo vendaba. «Además esos ojos castaños con tan poco brillo…». Bajó su varita, sacó las de los diez chicos, se las entregó a Albus y se sentó.
—No entiendo nada. Lo que dijeron de aparecer así en Hogwarts no tiene sentido. Tampoco que los consiguiese a ellos cuatro lanzándose Maldiciones Imperdonables y que luego digan que estaban practicando. Ni que esta joven diga que te borró el recuerdo de sus rostros. ¿Qué pasa aquí, Albus? —preguntó Alastor sintiéndose muy confundido.
—¿Maldiciones Imperdonables? —preguntaron a coro los tres últimos en llegar.
—Estábamos practicando esquivar maldiciones, pero a veces instintivamente nos protegíamos con escudos. —se decidió a explicarse Harry lo mejor posible.
Después de tomarse aquél jugo de sabor raro se sentía mucho mejor, comprendiendo que Jennifer le había dado alguna poción en la bebida. Eso se lo había agradecido con una sonrisa en la dirección de su voz y un asentimiento minutos antes, cuando terminó de tomárselo y se recuperó.
—Contra la Maldición Cruciatus no hay escudo que funcione hasta donde sabemos. Es obligatorio esquivarla. Por eso Diana, Electra, Neptuno y yo, de común acuerdo, decidimos practicar unos quince minutos con ella para finalizar. Después Electra y Neptuno se quitarían las bufandas que se habían puesto sobre sus ojos, para estar en igualdad de condiciones, y arreglarían los destrozos. Diana y yo los ayudaríamos en la medida de nuestras posibilidades. Luego subiríamos los cuatro a los cuartos. Pero el señor Moody nos consiguió en medio de la práctica, creyó encontrarse con mortífagos y se generó esta situación.
El director del colegio frunció el ceño y denegó, mientras las cuatro parejas que habían estado al pendiente de los diez chicos rodaron los ojos al oír aquello. Hermione, Ginny, Luna, Ron, Fred y George gruñeron con enojo, pensando que se habían excedido demasiado.
Alastor miró asombrado al chico que había hablado, deteniéndose por primera vez a pensar que su voz era idéntica a la de James además de su actitud al hablar.
—Estaban lanzando repetidamente una de las Maldiciones Imperdonables y tenían sus rostros cubiertos. ¿Qué otra cosa podía pensar? —gruñó el auror al oír lo último.
—¿Te atacaron en algún momento, Alastor? —preguntó en voz pausada el director.
—Ellos cuatro se limitaron a defenderse —respondió el auror luego de casi diez minutos de analizar con cuidado todo lo ocurrido desde que había entrado en ese comedor—. Estos cuatro jóvenes me intentaron atar con cuerdas —siguió señalando a Hermione, Luna, Fred y Ron— para que lo atendiesen a él de una herida —señaló a Harry—. La joven castaña lo logró y me desató luego. Cuando ya estaban los diez sentados colocaron sus varitas sobre la mesa por indicación de él, permitiendo que yo las convocase sin oponerse. Luego la joven me dio una explicación extraña y le pidió a la joven Lupin que le retirase los vendajes. —finalizó señalando a Hermione.
Dumbledore miró pensativo a quien se hacía llamar Gea. Comprendió que debía conocer la forma de ser de Alastor Moody para haber pedido aquello, pues era la única forma que su amigo les creyese un poco. «Además ella es la única que no reconocerían los presentes como familiar de alguno de ellos o de los Prewett. Ha sido muy lista para resolver la emergencia». Suspiró. «Con lo ocurrido estoy seguro que los chicos no se quedarán más aquí».
—¿Podrían por favor prepararnos el desayuno y llevarlo a la Sala de Reuniones? —les pidió a los cuatro elfos, que asintieron de inmediato comprendiendo que se refería al sitio en el que celebraban las reuniones de la O.D.F.—. Vamos todos allí. Tenemos mucho que hablar. Jennifer podrá también terminar de examinar y atender las lastimaduras de los otros chicos. —les dijo a los otros con firmeza. Vio a los diez chicos bajar la cabeza y a sus ocho ex alumnos asentir preocupados. Ellos habían pensado, igual que el director, que los chicos se irían tan pronto les fuese posible.
Alastor vio intrigado las reacciones de todos. Detalló la preocupación en el rostro de su amigo y frunció el ceño. Se levantó y se dirigió a la puerta del comedor. Se giró al oír que Albus le entregaba las diez varitas a la chica menuda, para que se las diese a sus amigos y salía tras él. Denegó y caminó junto a su amigo, que iba abstraído en sus pensamientos.
Jennifer miró con tristeza a los chicos, pues escuchó cuando Harry les ordenaba guardar sus varitas y no usarlas hasta que hablasen de lo ocurrido. Luego vio a George pedirle a Dotty que le buscase un vaso de poción para los pulmones en la mesita de noche de su novia. Se acercó a su padre y le preguntó sobre el vendaje de los otros chicos. Asintió en aceptación cuando él le dijo que esperasen hasta después de hablar y desayunar.
El director del colegio le contó a Alastor Moody, frente a todos, las verdades que consideró prudente revelar sobre los diez chicos. Mantuvo, sin embargo, la versión de Frank sobre el día del ataque de los mortífagos novatos: Jennifer Lupin había pedido ayuda a sus dos amigos aurores al ser atacada mientras recogía algunas plantas para una poción.
Le dijo a su amigo que era para el problema pulmonar de la chica de pelo negro, pero habían tenido que decir que era sólo investigación para no delatar la existencia de los chicos. En ese momento le señaló el vaso vacío que sostenía George en su mano. También mantuvo la versión de los chicos sobre lo ocurrido el día que Angela resultó severamente lastimada en el brazo.
Los elfos entraron en silencio con el desayuno y las pociones para los siete chicos que aún estaban en tratamiento.
Los diez se limitaban a responder con monosílabos a las preguntas del auror. Comieron con pocas ganas, ayudados los cuatro que no podían ver por las Protectoras. Las cuatro amigas se preocupaban más a cada minuto a medida que veían sus reacciones y su evidente depresión.
—Ya respondimos todas tus preguntas, Alastor. Ahora yo quiero saber: ¿Qué hacías llegando a las cuatro de la madrugada a mi casa sin avisar? —preguntó enojada Lily, luego que todos terminasen de comer y el director de hablar.
—Vine por el entrenamiento de Black y Lupin en estar alerta perm…
—¡¿Qué?! —estalló Angelica furiosa, poniéndose de pie bruscamente.
—¡Eso es el colmo! —explotó Remus también.
Ocho de los chicos, Jennifer y Lily, contuvieron la respiración al oírlos, reteniendo instintivamente Angela a su mamá por su brazo derecho y Harry a su tío por el izquierdo. Angelica y Remus se giraron a mirarlos asombrados, preocupándose al verlos respirar muy agitados.
Albus, que se había levantado rápidamente para frenar el enfrentamiento, se paralizó ante la reacción de los chicos que confirmaba sus sospechas sobre ellos. Esa no era la reacción de nietos o biznietos, sino de parientes más cercanos.
Sirius, que había sujetado a su esposa por el otro brazo, tragó saliva ante la reacción de la chica, mientras a James le ocurría igual al ver que no sólo él había intentado contener al más calmado de sus amigos extendiendo su brazo frente a Jennifer.
—Calma, Diana. No debes agitarte. —le indicó con voz dulce Angelica, enfriada su rabia bruscamente. Apenas la soltó Sirius llevó la cabeza de la chica hacia su cuerpo en un abrazo maternal.
Se mordió los labios al sentirla temblar, percibiendo el esfuerzo que hacía la chica para calmarse. Soltó el abrazo al sentir que la chica se separaba levemente de ella con su respiración ya regular, sonriendo al oírla susurrarle:
—Gracias. Ya estoy bien.
Se sentó de nuevo al lado de la chica y su esposo.
—Tranquilo, Marte. Ya estoy calmado. —le aseguró Remus a Harry en el tono que usaba para tranquilizar a los demás, sentándose al lado del chico.
Harry lo soltó e hizo un esfuerzo por calmarse con lo aprendido con Angela y Raymond. Se estremeció, sin poder evitarlo, al ofrecerle Lily un vaso de agua fría con un poco de poción tranquilizante. Denegó levemente, murmurando en cuanto logró regularizar su respiración:
—Estoy bien.
James se sentó de nuevo, lanzándole miradas nerviosas al chico, pensativo al igual que Lily, Jennifer y Remus.
Alastor observó todo con mucho detenimiento. Es seguida se giró a interrogar en silencio a su amigo con la mirada. Pero Albus estaba absorto mirando a los otros dieciocho presentes en la habitación, con su mente trabajando rápidamente para buscar la manera de retener a los chicos hasta que se recuperasen usando lo visto.
Moody volvió a mirar hacia los chicos que habían retenido a sus alumnos y comprendió que lo hecho por ellos era lo que tenía a Albus así, seguramente pensando como usar aquello para evitar que huyesen por lo ocurrido. Según le habían dicho ya lo habían intentado recién llegados. A él aún no le gustaba el que su historia tuviese tantos "huecos", pero ya él investigaría aquello por sus propios medios.
—No sé de qué se sorprenden. Les dije que debían estar "Alerta Permanente", que no tienen horario y que cada vez que yo pudiese hacer espacio para entrenar con ustedes lo haríamos. —les recordó a sus dos pupilos.
—¿Pretendías acaso atacarnos en nuestros cuartos mientras dormíamos? —preguntó en voz helada Angelica, sin hacer caso de las negativas de su padre—. Tenemos pareja.
—Sirius es auror y Jennifer está estudiando para medimaga. Saben que deben estar listos para un llamado a cualquier hora. Iba a tomarles el tiempo en bajar a planta baja y defenderse de mis ataques hasta inmovilizarme, desde que sonase una alarma en la habitación de cada uno de ustedes. Pero al llegar oí el ruido en el comedor y ya sabemos lo ocurrido.
»Hicieron todos ustedes muy buen tiempo desde que disparó la alarma la joven… ¿Diana? —preguntó, continuando al verla asentir—. Aunque he de decir que me han decepcionado mucho ustedes cinco. —dijo señalando a Lily, Angelica, James, Sirius y Remus.
Los aludidos se pusieron en pie, furiosos y desconcertados, conteniéndose por las señas del director para que lo escuchasen y por las reacciones de dos de los chicos minutos antes.
—Han sido más rápidos de reacciones Jennifer y estos diez jovencitos. Tal vez me apresuré al considerar que ya estaban listos. Regresaré a final de tarde a realizar una práctica intensiva con cada uno de ustedes. Jennifer, jóvenes, los felicito sinceramente.
»Sin embargo, como auror he de decirles a los cuatro que estaban en el comedor que esa maldición está prohibida. No se puede usar ni siquiera para practicar. La ley dice que cualquiera que use cualquiera de las tres imperdonables irá a Azkaban, a menos que esté autorizado a hacerlo como lo están los aurores actualmente por la guerra. Aunque Albus no está de acuerdo con eso. Pero ése no es su caso.
—Ninguno de nosotros las volverá a usar, señor Moody. —le aseguró solemnemente Harry.
—En cuanto a su situación al haber sido descubiertos por mí les diré tres cosas: Primero, su historia tiene muchas cosas extrañas que comprenderán la hacen difícil de creer, pero nadie se enterará por mí de su estancia aquí mientras permanezcan con ellos y no hagan nada por perjudicar a ninguno de los presentes. Porque si se van de aquí o lastiman a alguno de ellos los cazaré y encerraré en las peores celdas de Azkaban.
Albus Dumbledore contuvo con dificultad una sonrisa, pero sus ojos brillaron con alegría al oír aquello. Los ocho que habían estado cuidando de los chicos sentían una mezcla de enojo y agradecimiento con el auror. Enojo porque los hubiese amenazado de esa manera, pero agradecimiento porque los ayudaba a retenerlos.
—¿Qué? —preguntó asustada Hermione—. Pero nosotros no debemos quedarnos con ellos. Les estamos generando muchos problemas.
—Por lo que ha dicho Albus, ellos no sólo no se han quejado sino que les han pedido que se queden al menos hasta que se recuperen. Aunque yo soy de la opinión que han de quedarse hasta que recuerden quiénes son o lo averigüemos y podamos llevarlos con sus familias. Estamos en guerra y cuatro de ustedes son menores de edad.
—Pero nos arriesgamos a que más personas se enteren de nosotros por accidente y… —intentó refutarle la castaña.
—Lo que ocurrió hoy no habría sucedido si hubiesen estado en sus cuartos durmiendo, como se suponía deberían estar haciendo para recuperarse —la interrumpió Alastor. Sonrió al ver bajar la cabeza a los cuatro chicos que había conseguido en el comedor, los otros cuatro chicos que podían ver mirarlos enojados y denegar, los otros dos que no podían hacerlo cruzándose de brazos, soltándose rápidamente y emitiendo leves quejidos—. Segundo, los quiero evaluar en sus movimientos defensivos y ofensivos en cuanto la joven Jennifer diga que están en condiciones.
—¡¿Qué?! —preguntaron a coro dieciocho personas, mientras el director fruncía el ceño indeciso sobre si aquello sería o no buena idea.
—Como les he dicho su desenvolvimiento defensivo es muy bueno, demasiado para ser tan jóvenes considerando que ocho de ustedes deberían estar en el colegio. Generalmente hay algunos movimientos base que se transmiten de maestros a aprendices. Eso me dará una idea de quién les enseñó —Al verlos removerse nerviosos sonrió malévolamente—. Si es cierto que no recuerdan quiénes son les puedo ayudar a averiguarlo sin hacer preguntas que los ponga en peligro.
Se detuvo esperando oír la protesta. Vio con suficiencia que no lograban armar una excusa para evadirse, aunque era evidente que lo intentaban pues abrían y cerraban sus bocas.
—Tercero, quiero ver los rostros de los diez antes de irme.
—Pero nosotros no podemos permitir que… —intentó Harry.
—Si es por eso de "venir del futuro" y ser familiar de uno de nosotros, conmigo no hay ese problema puesto que no tengo hijos ni sobrinos. Así que no existe esa posibilidad —lo interrumpió Alastor—. Y no he dicho que más nadie los verá. Me quedaré a solas con ustedes y las jóvenes… ¿Venus? —continuó al verla asentir, mirándolo asustada— y… ¿Electra? —sonrió al verla asentir con sus ojos muy abiertos— les retirarán los vendajes.
»Eso me permitirá saber quiénes son sin necesidad de ponerlos en peligro, pues conozco casi todas las familias de magos por mi trabajo, o descartar al menos quiénes no son. A menos que su historia no sea cierta no veo el problema.
Dumbledore se iba a oponer a aquello cuando escuchó algo que lo paralizó.
—El problema, señor Moody, es que si somos familiares de ellos lo más lógico es que lo conozcamos a usted también —le respondió en tono serio Angela, decidida a controlar la situación de una u otra manera—. El profesor Dumbledore en algún momento de su vida le explicará a Gea los peligros de moverse en un tiempo diferente al propio, alterando los acontecimientos hasta producir la propia muerte o la de personas que se aprecian, o evitando que ocurran y así modificando los hechos hasta hacer un daño grave.
Hermione se petrificó al oírla. «La forma en que ha hablado Angela, esa calma… Si la conozco bien trama algo».
Albus Dumbledore se quedó mirando a la chica de pelo negro fijamente. Conocía esa resolución y forma de hablar en dos personas: Wymond y Angelica cuando tramaban algo para resolver situaciones protegiendo a los demás poniéndose ellos en problemas. Eso no le gustaba nada.
Angelica miraba tensa a la chica a su lado, intentando adivinar qué podría estar tramando. De no ser por la promesa que le habían hecho usaría su don de Percibir e Influir Pensamientos para averiguarlo.
—No podemos saber el daño que causaríamos porque no tenemos recuerdos claros —la apoyó George abrazándola con cariño, con miedo por el tono que había usado—. Es por eso que a pesar de estar ya curados Electra, Mercurio y yo, confiando además en el profesor Dumbledore, los Potter, los Lupin, los Black y los Longbottom, no les hemos permitido el ver nuestros rostros.
—Y si insiste usted en ello tendrá que empezar su cacería de inmediato, señor Moody, porque ahora mismo nos vamos de aquí. —dijo con mucha firmeza Harry poniéndose en pie, siendo seguido de sus nueve compañeros, todos sacando con agilidad las varitas de sus cinturones.
—Eso no ocurrirá porque ustedes se van a sentar, van a guardar sus varitas y permitir que Jennifer los cure como venía haciendo hasta ahora —ordenó Albus Dumbledore con voz firme, despidiendo el aura de poder que tanto impresionaba a amigos y enemigos—. Alastor Moody solamente verá lo que hemos visto los otros nueve que hemos cuidado de ustedes hasta ahora: sus ojos, brazos y manos, nada más.
Los diez chicos tragaron saliva, bajaron las cabeza, guardaron las varitas y se sentaron de nuevo.
Alastor miró a su amigo asombrado. Comprendió un segundo después que él sí sabía quiénes eran los chicos, o al menos tenía buenas sospechas. Pensó en las reacciones de su amigo, el que los hubiese llevado allí y lo que le había contado de los chicos, empezando a atar cabos. Pero necesitaba más datos para estar seguro.
—Muy bien. Pero las dos primeras condiciones se cumplirán —afirmó muy serio, frunciendo el ceño al ver a las hijas de Albus, los esposos, los Potter y los Longbottom mirarlo denegando.
—Se quedarán aquí hasta que estén totalmente restablecidos y, de ser posible, hasta que los podamos devolver junto a sus familias —señaló con calma y firmeza el director—. En cuanto a la práctica para evaluarlos que propone Alastor, se hará cuando Jennifer lo considere adecuado y en mi presencia.
—De acuerdo. —aceptó Harry.
—Pero Marte… —intentó oponerse Hermione.
—Tenemos un acuerdo, Gea. —la interrumpió enojado George, que estaba cansado de la presión que les metía Hermione a su novia, su cuñada, el castaño y el pelinegro.
—Que ya es hora que empieces a cumplir. —completó en el mismo tono Fred, con su novia aferrada a él.
La castaña bajó la cabeza y guardó silencio. Comprendió que los gemelos estaban al límite por sus novias, después de la crisis tan severa de Angela. Además sentía sobre sí la intensa mirada azul del director.
—Por favor, Gea. Entiende que aún no estamos bien y lo que ha pedido el señor Moody está dentro de los límites razonables. —le dijo Harry con voz cariñosa y convincente.
—Está bien. —aceptó la castaña al sentir la caricia de su novio en su brazo izquierdo y recordar que Angela aún estaba mal del derecho, teniendo que usar el que su novio le había acariciado para todo.
Jennifer se sentó al lado derecho de Diana, luego de levantarse George.
—¿Estás bien? —le preguntó a Angela con tono dulce.
—Sí. Sólo un poco tensa por lo ocurrido y cansada por esquivar al señor Moody luego de la práctica que hicimos. Gracias por preguntar. —le respondió su sobrina con una suave sonrisa y tanta sinceridad como le era posible.
Jennifer denegó al oírla. Miró al novio de la chica, que con sus ojos azules le suplicaba no la regañase, y le sonrió suavemente para tranquilizarlo. Le quitó con su varita los vendajes de los brazos y el ungüento naranja y le colocó nuevo, colocándole de nuevo las vendas pero dejando el antebrazo derecho sin curar para hacerlo al final, preocupada por su aspecto. Le quitó el vendaje de los ojos, le cambió el ungüento alrededor y le pidió que abriese los párpados para echarle las gotas. Se paralizó al ver aquellos ojos grises tan idénticos a los de su cuñado.
Sirius se había arrodillado frente a la chica, mirándola de cerca por primera vez pues ellos nunca se acercaban tanto cuando Jennifer los curaba para no presionarlos. Estaba detallando sus rasgos y ahora sus ojos, intentando imaginar de la forma del vendaje el contorno de su rostro.
Jennifer le echó a la chica las gotas traslúcidas y le preguntó por su visión. Por toda respuesta la vio mover la mano izquierda al frente y acariciar el cabello de Sirius.
—Quisiera poder ver el color de tus ojos. Dicen que son iguales a los míos, pero apenas distingo un poco —dijo Angela en voz muy baja, con cariño. Luego se giró hacia Angelica—. No sé si soy familiar o no de ustedes, pero me gustaría ser una buena amiga —siguió y le acomodó un mechón tras la oreja, el mismo que siempre le acomodaba George a ella. Luego se giró a mirar a Jennifer—. Gracias por cuidarnos y confiar en nosotros, aunque todo sea tan extraño. Eres alguien muy dulce y perseverante. —Luego giró la cabeza hacia arriba para que le echase las otras gotas.
George los miró con un nudo en la garganta, rogando que sólo ellos hubiesen oído aquello. Sospechaba que su novia tramaba algo.
Jennifer tomó varias respiraciones profundas para recuperar su temple y pulso después de aquello, echándole las gotas de la poción azul y vendándole los ojos. Luego le examinó con detenimiento el brazo.
—¿Te lo golpeaste? —le preguntó por como le veía la herida, preocupada.
—Sí. Cuando esquivábamos al señor Moody. —le respondió Angela en un tono de voz normal.
—Debiste decirnos de inmediato a Venus, a Electra o a mí. —la regañó Jennifer.
—Lo siento. Me dolía mucho y me enfoqué en controlar el dolor. —se disculpó Angela con sinceridad.
—¿Cómo lo haces? —le preguntó Sirius preocupado por como le veía el brazo—. ¿Te puedo ayudar?
—Enfoco toda mi atención en el lugar que me duele y me hago a la idea que algo así como humo blanco envuelve ese sitio, llenándolo, sacando de allí algo así como humo gris —le respondió la hija, explicándole lo que hacía con la mayor sinceridad posible sin poderle hablar de su don del Manejo de la Energía—. No sé lo que significa, quién me lo enseñó o por qué funciona, pero me ayuda a disminuir el dolor hasta niveles soportables.
»El problema es que me debilita como si hubiese corrido mucho. Por eso le pedí el otro día a Remus que me comprase chocolate además de los libros. No sé en que forma me podría ayudar alguien, pero gracias por tu ofrecimiento. —finalizó dedicándole a su padre una sonrisa tranquilizadora.
El ver su gesto terminó de hacer palidecer al animago, que le parecía verse en un espejo femenino. A Sirius le pareció que podía verla a través de aquellas vendas.
Angelica entendió de la explicación de la chica lo que hacía, mirándola con comprensión y preocupación. Decidió que tenía que buscar la manera de hablar con ella a solas sobre aquello.
Jennifer miró interrogante a la chica y luego a su hermana, bajando de nuevo la mirada hacia el brazo. Empezó a curarlo con mucho cuidado, para evitar lastimarla. Suspiró al aplicarle mediante su varita el ungüento negro, sabiendo que le dolería como el primer día. Eso últimamente ya no ocurría, al haberse estado recuperando los tejidos. Pero ahora estaban de nuevo en mal estado. Luego le colocó poción desinflamante en los alrededores de la herida reabierta por el golpe.
—Es una lástima que esto ocurriese. Iba sanando muy bien. Ahora te tomará unos días más recuperar la movilidad con esa mano. —comentó con tono triste al terminar.
Angela asintió, mordiéndose los labios mientras lograba poner de nuevo bajo control el dolor en la zona. Además puso en marcha lo que había decidido.
Moody había visto todo atentamente. Se sintió terriblemente mal al oír aquello y ver aquella fea herida. Sirius fue hasta su amigo licántropo y sin cruzar una palabra le revisó el bolsillo de la bata sobre el pijama en que siempre llevaba chocolate, sonriendo victorioso al conseguir una barra. La sacó y regresó junto a Angela, mientras Remus lo miraba asombrado primero y sonriente después.
—Una tableta de chocolate troceadita lista para ti —le susurró cuando vio que la chica ya no se mordía los labios y le llevó el primer trozo a la boca.
—Gracias. —le replicó Angela emocionada después de comerse dos trozos, al sentirse un poco mejor. Esto hizo sonreír ampliamente al Merodeador.
Ginny le dio un beso en la boca a su novio para tranquilizarlo un poco al ver aproximarse a Jennifer. La gemela le sonrió a la menuda pelirroja, luego empezó a quitarle al chico los vendajes de los brazos con cuidado, siguiendo el procedimiento normal ya para ella: cambiarle el ungüento naranja, vendarlo de nuevo y luego con los ojos. Vio de reojo palidecer a Moody cuando las esmeraldas del joven recibían las gotas traslúcidas.
—¿Cómo está tu vista? —le preguntó Jennifer, escuchándose un murmullo junto al chico donde Lily abrazaba a James.
Harry intentó ver en esa dirección preocupado. Unos segundos después se reprendió mentalmente por hacerlo, girándose hacia su novia rápidamente.
—Ya veo el hermoso fuego rojo que enmarca tu rostro —comentó con dulzura moviendo levemente el flequillo de la chica que sobresalía del vendaje, haciendo sonreír a Ginny—. Pero aún no distingo tus hermosas pecas. —añadió con voz de niño triste acariciándole el vendaje debajo de sus ojos, haciéndola sonrojarse y sonreír.
Su novio estaba intentando destensar el ambiente y ella lo entendió. Le dio otro beso en la boca. Jennifer sonrió con ternura y terminó de curarlo, revisando además el lugar del brazo de la cortadura. Sonrió al ver que no había intentado reabrirse la herida.
James había abrazado con amor y preocupación a Lily, pues los dos tenían sospechas sobre aquél chico. Pero ahora, después de oírlo dispuesto primero a enfrentar a Moody para que no le viesen el rostro y luego a su amiga para poder quedarse con ellos, con aquellas esmeraldas que habían buscado por un momento sus rostros cuando Lily había susurrado de forma apenas audible "Por favor que esté bien"… La preocupación en su mirada al no haber podido oír… era tan idéntica a la de la pelirroja de ojos esmeraldas que la única duda era si sería el hijo que ya Lily llevaba en su vientre, otro hijo o un nieto. Pero, indudablemente, aquél chico que se hacía llamar Marte era descendiente de los dos.
Mientras curaba a la menuda pelirroja la gemela sonrió, pues el novio estaba muy atento. Empezó a explicarle el estado de la piel de la chica, que ya era casi sano. Su sonrisa se amplió al oír al chico exclamar:
—¡Excelente!
Jennifer se sentó luego junto a Neville.
—¿Te sientes bien?
—Sí. Sólo un poco cansado. —le respondió el castaño con tono de disculpa.
La gemela denegó, suspiró y empezó a quitarle los vendajes, luego procedió a cambiarle el ungüento naranja y volverlo a vendar.
Neville mantuvo sus ojos fijos en su novia mientras le quitaban los vendajes. Pero, al oír a su mamá preguntándole preocupada a la gemela por su brazo lastimado, no pudo evitar mirarla. Se preocupó por su salud al verla palidecer al encontrarse sus miradas, mirando rápidamente a su papá. Le iba a pedir que la ayudase a sentarse cuando se consiguió con una mirada de paternal orgullo que lo paralizó, aflorando una sonrisa sincera a sus labios sin que pudiese evitarlo al captar su expresión. Lo vio abrazar a su mamá y susurrarle algo al oído que hizo sonreír con cariño a Alice. Esto hizo que el corazón de Neville se acelerase.
Luna observó aquello nerviosa. Le daba la impresión que podían ver a través de los vendajes, aunque aquello era imposible.
Jennifer se sentó junto a ella luego de colocarle de nuevo el cabestrillo al chico de ojos castaños. Le sonrió con dulzura para tranquilizarla un poco y procedió a curar a la rubia como venía haciendo desde la reunión en la biblioteca, en que acordaron que ella podría ayudar en eso a la menuda pelirroja y la chica de ojos miel.
Después se sentó junto a Ron, procedió a quitarle los vendajes, curarlo y vendarlo de nuevo. Estaba muy contenta porque la visión de los cuatro chicos mejoraba rápidamente. Se preocupó un poco al pensar qué harían los diez chicos al ellos recuperar la vista.
—Han sido demasiadas emociones fuertes en muy corto tiempo para ustedes dieciocho. Lo mejor es que todos vayan a dormir unas horas. Alastor y yo nos ocuparemos de disculparlos a ustedes ocho en sus trabajos y la Escuela de Medimagia por hoy. En cuanto a ustedes diez, quiero que descansen y hagan lo posible por mantenerse tranquilos para evitar una recaída. Ya hablaremos luego con calma. —dijo con voz firme y serena Albus Dumbledore después de diez minutos de tenso silencio, en que todos miraban fijamente al director y su amigo auror mientras la chica de pelo negro actuaba según su decisión.
Angelica miró preocupada a la chica a su lado. «¿Qué rayos está haciendo?». No lograba frenarla. La sintió debilitarse bruscamente y temblar como hojita de otoño. Vio como George la abrazaba a él mirándola muy asustado. Se preguntó si él sabría, sospechaba que sí. Miró a Sirius y le pidió auxilio con la mirada, indicándole por señas que ayudase al novio de la chica a sostenerla. No quería alarmar a los otros chicos. Le hizo señas a George para que la llevase con ayuda de su esposo. Sonrió al ver asentir al chico haciéndole leves señas para que los ocultase de la chica de ojos miel, a lo que accedió de inmediato. Para lograrlo se ayudó de Jennifer y Remus.
Los ocho ex alumnos del director y los diez chicos asintieron a lo dicho por él, agotados por la tensión de todo lo vivido desde aquél brusco despertar. Se levantaron, se despidieron respetuosamente del auror y del director, salieron de la Sala de Reuniones y se dirigieron a las escaleras.
Entre George y Sirius llevaron casi cargada a Angela, con Angelica, Jennifer y Remus ayudándolos para que los demás no se diesen cuenta. Aunque el papá, la tía y el tío de la chica no entendían lo que le ocurría.
Lily les pidió a Alice y Frank que se quedasen en su casa por ese día, a lo que ellos accedieron gustosos. Llevaron a los chicos a los cuartos y les dieron a nueve de ellos poción para dormir sin soñar. Jennifer durmió a Angela con el hechizo, al aceptar la chica que lo hiciese ella en lugar de sus amigas como venían haciendo hasta ahora.
La estudiante de medimagia dejó dormidas con el hechizo a Lily y Alice, acompañadas de sus esposos. A James y Frank los había dormido con poción para dormir sin soñar, al igual que a su gemela y su cuñado. También se aseguró que su esposo la tomase antes de tomarla ella.
Les habían ordenado a los elfos vigilar que nadie subiese a los cuartos mientras ellos dormían. No deseaban más sorpresas ese día, que había comenzado tan extraño.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
—En realidad la chica no te había borrado los recuerdos. Sólo le hiciste creer que lo había hecho para que estuviese tranquila —le dijo Moody con seguridad a su amigo luego de verlos salir—. Lo sabía —agregó al verlo sonreír—. Al parecer no vamos a detener esta guerra antes que los hijos o los nietos de nuestros jóvenes estén a punto de graduarse en el colegio, ya que según dijiste se han enfrentado a mortífagos. Esas no son buenas noticias.
El director lo miró con el ceño fruncido pero al ver la mirada de su amigo, con una mezcla de seguridad y suspicacia, suspiró.
—El destino es algo muy curioso, amigo. Tal vez las cosas hayan cambiado con la llegada de ellos aquí de maneras que no sospechamos.
—Me preocupa mucho la manera tan seria en que están quemados todavía cuatro de ellos —Al ver los ojos de su amigo llenarse de tristeza le dio una palmadita en la espalda con cariño—. Lo bueno es que llegaron contigo y los has cuidado y protegido. Se recuperarán totalmente. Es una suerte que la dulce Jennifer los esté atendiendo.
—Sí. Me alegra mucho que hayan llegado con nosotros. —respondió Albus con sus ojos azules brillando con alegría.
—La chica de pelo negro tiene el carácter de Angelica y los ojos grises de Sirius. La de ojos miel como los de Remus tiene reacciones parecidas a Jennifer —continuó el auror con mucha seguridad. Mantuvo firme la mirada ante la inquisitiva de su amigo y sonrió al ver la ilusión en sus ojos azules—. Me alegra ver que Remus superará su problema y tendrán hijos. Me pregunto si ellas serán tus únicos nietos o biznietos.
—No debo preguntarles, Alastor. Es peligroso. —le respondió el director serio.
—Yo sé que no lo harás, pero estoy seguro que la más impulsiva te lo dirá. Ahora hablaré con el gruñón de Leonel Mayer. Le diré que por hoy recupero a Lily, para que trabaje conmigo una pista que tengo —Al ver a su amigo mirarlo con cara de "mira quien lo dice" sonrió, lo cual solamente Albus Dumbledore lograba que él hiciera—. Aún disfruta el burlarse de mí por haberse llevado al grupo ése a tu mejor pupila de esa promoción, cuando sabe muy bien que la quería en mi grupo.
—Él también necesita buenos magos en su equipo, Alastor. Además tú te llevaste tres de los mejores. Sabes que él quería a Alice, James y Sirius también.
—Sí, y los dos queríamos a Angelica y a Remus. Pero no lo admitieron a él y tu muy obediente hija se nos escapó a los dos —gruñó Alastor—. Aunque a mí no totalmente, pero eso él no lo sabe y pierdo la diversión al no podérselo decir. —comentó fastidiado.
Albus sonrió y denegó. Sus dos amigos jamás dejarían de ser competitivos y gruñones.
Se despidieron, viajando el auror a hablar con el inefable mientras el director de Hogwarts iba a San Mungo.
Cuando los ocho mayores despertaron lo primero que hicieron fue ir a los cuartos de los más jóvenes y verificar que aún dormían.
Angelica se preocupó al percibir el estado de la chica de pelo negro y le transmitió mentalmente a su hermana que necesitaba quedarse a solas con ella para su despertar, pues tenía el mismo problema que ella trabajaba con Raymond. Le insinuó que por eso estaba tan débil, por algo que había hecho para mejorar de su brazo.
James les pidió a los elfos que preparasen la comida y todos regresaron a la Sala de Reuniones. Analizaron todo lo visto y vivido con los chicos desde su llegada allí hasta esa mañana. Hicieron suposiciones sobre unas cosas, preocupándose más aún por otras.
Decidieron que aprovecharían la amenaza de Moody para ayudarse a retenerlos allí. También que permitirían el que practicasen con ellos para animarlos a quedarse. Pensaban así poder controlarlos un poco más en cuanto a los descansos, cuando no estaban ellos y en las noches. La más difícil de convencer fue Jennifer, que finalmente cedió.
Bajaron a los cuartos para estar atentos a su despertar y lograron tranquilizaron sobre lo ocurrido antes del amanecer. Sin embargo todos se asustaron al ver que la chica de pelo negro no despertaba. Ginny, Jessica y Jennifer se calmaron y tranquilizaron a los demás al lograr darle poción revitalizante aún dormida, además de no tener fiebre. La menuda pelirroja cruzó una mirada de intensa preocupación con George, disimulando rápidamente.
—Bajen todos a comer —les dijo Angelica con una suave sonrisa—. Yo me quedaré cuidándola y les avisaré cuando despierte.
—Yo me quedo con las dos. Así no estará sola ni un momento mientras mi esposa les avisa. —se le unió con una sonrisa Sirius, intentando tranquilizar a los chicos y convencerla de quedarse allí.
Angelica se mordió los labios para no sacarlo a la fuerza y preocuparlos aún más a todos. Estaba conteniendo difícilmente la rabia que sentía con la chica por la grave imprudencia que había cometido, poniendo su salud en riesgo.
Había decidido ayudarla para que se recuperase, reñirla para que no hiciese más nada que la pusiese en peligro y explicarle los riesgos si notaba que no había actuado a conciencia, lo cual sería grave y peligroso para ella. Esperaba que no fuese así.
—Eso no es necesario, Sirius. Yo me quedo con mi prometida. —replicó en un tono amable pero firme George.
—Y yo con mi esposa. —le respondió el Merodeador muy serio, con sus ojos grises desafiantes.
—Les enviaremos la comida de los cuatro con los elfos —intervino conciliadora Lily—. Estoy casi segura que despertará dentro de poco.
Los tres asintieron, aunque Angelica y George se miraron nerviosos.
Angelica sabía que en algún momento tenía que hablar con Sirius sobre sus dones, pero… En especial de aquél tan difícil le era muy duro. Había pensado esperar un poco más, mientras Jennifer y ella iban introduciendo poco a poco a sus parejas en su mundo, explicándoles. Había logrado sacarle a su hermano el que los visitasen ellos cuatro para darles más información y así lentamente introducirlos en la realidad Cundáwan.
Ella quería simultáneamente conseguir que Raymond accediese a que ellos dos supiesen todo de ellas. En ese momento ella les diría todo sobre su secreto a sus hermanos, sus cuñados, su esposo, su hermana y sus cuatro amigos. «Pero en paralelo tenemos que detener esta guerra, cumplir la Profecía Cundáwan, lograr que mi esposo, mi cuñado y mi amigo dejen de confiar tanto en Peter Pettigrew… Demasiadas cosas complejas y complicadas». Con dificultad contuvo un suspiro.
«Ahora se suma la presencia de estos chicos aquí, justo con mis amigas embarazadas y los mortífagos usando tantas maldiciones novedosas y extrañas». Suspiró sin poder contenerse. «No sé qué hacer para evitar que esta situación se desborde. Por ahora seguiré con mi plan. Investigaré entre mis amigos sobre sus ascendientes. Si consigo nexo con los Cundáwans eso me allanará el camino. También presionaré a Wymond diciéndole sobre los diez chicos para que ceda en cuanto a Alice y a Frank».
«Los chicos… ¿Será cierto que no recuerdan todo? ¿Por qué parecen tan tristes a veces? Alice ha dicho que posiblemente añoran el sentirse en familia. A todos nos preocupan los recuerdos y las reacciones de Diana hasta ahora. También la forma en que todos se protegen entre ellos y las cicatrices que tienen en sus cuerpos. ¿De qué futuro vienen?». Miraba a la chica inconsciente y sentía unas terribles ganas de abrazarla, pero también de reñirla hasta quedar sin voz.
Al despertar se sintió débil y aturdida. Recordó un par de minutos después lo decidido, lo que hizo. Suspiró e intentó sentarse en la cama, pero las fuerzas le fallaron. Casi cae de nuevo al colchón, pero dos brazos fuertes bajo ella lo impidieron desde lados opuestos de la cama. «Entonces el aroma de George y ese olor a pino silvestre… no han sido ideas mías».
—¿Júpiter? ¿Sirius? —preguntó intrigada y nerviosa.
—Calma mi amor. —le dijo con dulzura George.
—Tranquila. Todo está bien. —apoyó con cariño Sirius.
—Pero ¿Qué hacen en…?
—Le pedimos a Jennifer ser nosotros quienes te acompañábamos mientras despertabas. —le respondió seria Angelica, sin darle tiempo a que terminase de hacer la pregunta.
—Toma mi amor. Te ayudará a recuperar tus fuerzas. —le dijo George con cariño y le acercó una taza de chocolate a la boca, mirando de reojo a sus suegros. Quería evitar que su novia se preocupase como ya lo estaba él.
—Gracias.
—Sirius, ve a avisarle a todos que ya despertó y está bien. Así estarán más tranquilos. —le ordenó Angelica en un tono frío, enojado.
El Merodeador iba a protestar, pero al girar su rostro hacia ella para iniciar su réplica sus ojos grises vieron que los aguamarina de su esposa tenían aquel tono azul eléctrico intenso que adquirían cuando estaba muy molesta. Miró a la chica y se preocupó. Levantó de nuevo la vista hacia Angelica y denegó. Se llevó una mano a los labios para que no le replicase señalándole a la chica. Frunció el ceño al verla asentir, sin entender.
—¿Qué pasa? —preguntó Angela nerviosa. Percibía por su particularidad empática que su mamá estaba muy enojada, mientras su novio y su papá estaban preocupados.
—Nada mi amor, tranquila. —le respondió George de inmediato, acercándole la taza con chocolate de nuevo a la boca mientras Angelica sacaba a Sirius del cuarto.
—Necesito hablar con ella de algo muy serio, Sirius —le dijo Angelica muy enojada en el pasillo, en voz baja—. Ha hecho algo muy peligroso hace un rato y puede que no sepa las consecuencias.
—¿Qué quieres decir con…? —intentó preguntar asustado.
—No lo sé con seguridad, pero reconozco los síntomas —lo interrumpió Angelica—. Ahora por favor permítenos a Júpiter y a mí al menos quince minutos a solas con ella antes de avisarles a los otros que despertó.
—¿Por qué Júpiter si…? —intentó de nuevo preguntar, empezando a enojarse al ser de nuevo interrumpido.
—Porque si es lo que creo necesitará saberlo y ayudarla —Al ver a su esposo cruzarse de brazos, suspiró y decidió explicarse un poco más—. Si terminan cediendo a la presión de la castaña y se van él tendrá que estar al pendiente que tome una poción especial, de la que no saben ni Jennifer ni probablemente las otras dos chicas.
—¿Por qué… tanto secreto? —le tapó la boca para que lo dejase terminar de hacer la pregunta, sospechando de sus evasivas.
—Porque… porque si tengo razón la chica tiene un don que es muy peligroso. Me parece que sólo el novio lo sabe de sus amigos y está asustado. —se sinceró parcialmente.
—¿Más peligroso que el de curar a otros a costa de su salud? —le preguntó Sirius preocupado.
—Sólo se da en muy pocos Cundáwans, mi amor. Jennifer no sabe de él. Yo me enteré accidentalmente, cuando uno de ellos casi muere al usarlo —Al verlo abrir los ojos muy asustado suspiró. «No, ni él ni yo estamos listos aún para hablarlo»—. Raymond me explicó lo básico sobre ese don y me pidió que callase. Por favor, no lo comentes con nadie y déjame volver al cuarto para hablar con ellos y ayudarla.
—Nadie vendrá aquí en veinte minutos —afirmó Sirius con seguridad, dándole un suave beso en la boca—. Sólo no la regañes, se oía nerviosa.
Angelica asintió y sonrió.
—Júpiter, por favor dime, ¿qué pasa? —le preguntó Angela muy asustada.
George buscaba un vaso de cada una de las pociones en la bolsa opaca que había hecho aparecer Angelica cuando salía con Sirius, paralizándose al ver a su suegra hacerle señas para que ubicase las tres en la mesita y permaneciese en silencio. La obedeció con un nudo en la garganta, viendo las aguamarinas alternarse con el color azul eléctrico que conocía en su novia y en Wymond.
—Pasa, que yo sé que has hecho algo que te ha implicado un desgaste muy grande de energía cuando no estabas en condiciones de hacerlo —le respondió Angelica furiosa a la chica, dejando salir todo su enojo y preocupación—. Pasa, que la vez pasada que hiciste algo con ese don que no fuese aliviar tu dolor me di cuenta pero no te pude ayudar a estabilizarte porque saliste huyendo. De no ser así te habría podido ayudar.
»Pero esta vez lo que hiciste es tan fuerte que no podía ayudarte sin delatarnos a las dos —Vio que los dos chicos tragaban saliva y siguió—. Pasa, que yo sé como resultaste tan lastimada en ese brazo y me parece una tremenda irresponsabilidad. Pasa, que ahora mismo vas a tomarte unas pociones que te vamos a dar, sin protestar, sin hacer preguntas vas a recibir algo que te voy a dar y después vas a decirme lo que has hecho.
—¡Angelica! —exclamó Sirius, que se había quedado a escuchar tras la puerta y entrado al cuarto asustado.
—Tú no te atrevas a entrometerte o te saco de aquí inconsciente. —lo amenazó Angelica.
—No, por favor —suplicó Angela—. Me tomaré las pociones y haré lo que tú digas, pero no discutas con Sirius. Él no sabe.
—¿Por qué la tratas así? ¿Qué vez anterior? ¿Qué es lo que no sé? —preguntó Sirius varita en mano, que no estaba dispuesto a dejarse amedrentar por su esposa.
—Por favor, no discutan. —les pidió Angela asustada. Hizo un esfuerzo para sentarse en la cama e intentó levantarse para quedar entre los dos, respirando agitada. Al marearse movió las manos insegura buscando algo de que sostenerse, pues no sentía el colchón bajo su cuerpo.
George rápidamente la abrazó.
—Por favor. —les pidió a sus suegros.
—Calma pequeña —le dijo Sirius con cariño y guardó su varita—. Tranquila. No debes angustiarte así. Todo está bien —le acarició la cabeza con cariño—. Yo esperaré afuera en el pasillo mientras mi esposa te explica algo sin reñirte —hizo énfasis en estas dos últimas palabras con sus ojos grises fijos en los ahora aguamarina de Angelica—. Luego entraré a ver cómo estás y después iré por los demás. Tu novio estará todo el tiempo contigo y si me necesitas solamente tienes que llamarme. ¿Lo harás?
—Sí. Gracias. —aceptó Angela con una mezcla de timidez y agradecimiento por su apoyo, luego de asustarse mucho por el regaño de su mamá.
George la apoyó en los almohadones mientras su suegra caminaba hasta la puerta con su suegro.
Angelica selló e insonorizó la habitación con la varita después que Sirius salió. Al voltearse vio al chico mirándola muy serio, apuntándole con su varita. Suspiró y le sonrió, guardando la suya en el bolsillo.
—Perdóname por reñirte hace un momento, Diana, pero estoy preocupada por ti. —le dijo con cariño.
Le hizo señas al chico para acomodarla mejor de modo que quedase sentada y la sostuviese, mientras ella le daba aquellos tres brebajes de aspecto desagradable. Con el plateado y el dorado la chica hizo gestos de desagrado pero se los tomó sin decir nada. Sin embargo con el cristalino se estremeció con la primera toma e intentó evitar que Angelica le diese más, tapándose la boca con su mano izquierda.
—¿Ésta no la habías tomado? —le preguntó la joven mujer a la chica, preocupada por lo que eso significaría.
—Júpiter me dio una mínima cantidad la vez pasada, pues Venus me evaluó cuando tomé ese cuarto de vaso y dijo que estaba mejor. —le confesó, estremeciéndose al sentir que le acercaba su mamá de nuevo el vaso a la boca.
—¿Es la primera vez que lo usas con esa intensidad entonces? —le preguntó Angelica, retirándolo levemente.
—Eso no lo sé. Es la primera vez desde que despertamos en el colegio que lo uso que no sea para calmar mi dolor o evitar que ellos golpeasen la mesa. —respondió Angela dispuesta a mantener lo referente a la amnesia en la medida de sus posibilidades. Recordaba cuando le había tocado tomar aquello por ir tras El Velo de la Muerte, lo mucho que les había costado a los siete obedecer en eso a Raymond. También cuando ayudó a los papás de Neville con el chico que consideraba su hermanito y dos de sus tíos.
—¡Rayos! ¿Qué hiciste? —le preguntó Angelica, aún más preocupada que antes. «Por su respuesta deduzco que los dos pelirrojos que la ayudaron en la biblioteca saben algo de su don y cómo ayudarla. Pero ha usado por primera vez el don del Manejo de la Energía de forma intensa desde que están en esta época, por su falta de recuerdos no sabe si lo había hecho antes del viaje irregular en el tiempo y con los problemas de salud que tiene eso podría ser muy serio. Necesito saber cómo lo ha usado para ayudarla de forma eficaz».
—Crear un lazo entre los veinte que estábamos en el cuarto, para poder resolver lo referente a los recuerdos de ustedes diez cuando volvamos a nuestro presente según lo que hayamos recordado para ese momento. Tenemos que evitar el generar un conflicto en el espacio‑tiempo con nuestra presencia aquí —le respondió con sinceridad—. Yo debería haber contenido totalmente el ataque que nos hicieron. Es mi culpa esta situación. —finalizó con la voz cada vez más baja.
Angelica palideció al oírla y sus ojos aguamarinas se llenaron de lágrimas difícilmente contenidas, mientras el pelirrojo denegaba con tristeza en su mirada azul.
—No es tu culpa, pequeña. Estoy segura que hiciste todo lo posible por evitarlo. —le aseguró con dulzura, comprendiendo que se sentía culpable de no haber contenido el ataque que los llevó a su época teniendo un don tan poderoso. «Tengo que hacerle entender que hay cosas que no podemos o no debemos evitar, a pesar de tener ese… ¿don o maldición? Es tan peligroso y nos genera tantas angustias a quienes lo tenemos que más parece lo segundo. Pero lo hablaré con ella más adelante, cuando esté más recuperada».
George le dio un beso cariñoso en la frente, luego de susurrarle al oído que Angelica tenía razón. Estaba muy preocupado porque estuviese aún tan débil a pesar de haber ya tomado las pociones plateada y dorada. Deberían haberla ayudado bastante pero no parecía que fuese así.
—Vamos, tienes que beber otro poco —le indicó Angelica con tono suave, logrando que bebiese dos tragos más antes de interponer de nuevo su mano—. Sé que te genera malestar, pero si no tomas el vaso no serás capaz de ponerte en pie en varios días. —le insistió preocupada. Logró darle dos tragos más antes que intentase interponerse de nuevo.
Pero un George muy asustado la sujetó y entre los dos se la hicieron beber. Luego le hizo señas al pelirrojo que retrocediese, a lo cual él denegó con una sonrisa dulce. Él empezó la transferencia de energía, a la cual ella se unió rápidamente. Luego Angelica la durmió con el hechizo.
—Entonces tú también… —empezó a plantearle Angelica al pelirrojo. Se detuvo al verlo asentir. Supuso de su movimiento de hombros que fingiría no recordar más, o en realidad no lo recordaba. Se preocupó porque lo veía muy desencajado en lo poco que podía ver de él con el pasamontañas—. Dormirá dos horas. ¿Qué tanto recuerda Diana de ese don tan especial?
—Como calmar el dolor, las barreras que debe ponerle y… —Se detuvo un momento, fuertemente mareado— y que no debe excederse porque es peligroso. Aunque no recordamos… —George no pudo seguir, sintió que empezaba a deslizarse su cuerpo por la silla hacia el piso sin poder evitarlo.
—¡Júpiter! —exclamó asustada Angelica, corriendo a su lado. Apoyó la cabeza del chico en su regazo—. ¿Qué tienes?
—No podemos usar dones o Magia Antigua desde que aparecimos en el colegio porque nos afecta de un modo anormal. —le respondió George en voz baja, sintiendo que en cualquier momento perdería el conocimiento.
—No debiste ayudarme con la transferencia de energía entonces —lo regañó en voz baja, añadiendo preocupada—: Ni Diana usar ese don con tanta intensidad.
Atrajo con su varita el otro vaso de poción dorada y el otro de plateada que había llevado en la bolsa. Obligó al chico a beber medio vaso de cada uno, bebiendo ella los otros dos medios vasos pues se sentía mareada.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Angelica pasados unos minutos, preocupada porque ella se sentía ya mejor pero él parecía que no.
—Mareado todavía. —le contestó George con sinceridad.
—Debí traer más pociones. —comentó su joven suegra preocupada.
—Acerca la mochila de Diana, por favor. —le pidió George, después de intentar incorporarse y no lograrlo.
—¡Accio mochila Diana! —la convocó de inmediato, buscando en su interior sin conseguir ninguna—. Aquí no hay p… —Se detuvo sorprendida al ver al chico tantear y sacar un vaso irrompible con poción plateada, tomándolo rápidamente entre sus manos al ver temblar su pulso—. Un encantamiento de ocultamiento —afirmó asombrada mientras le daba a beber el medio vaso—. Son unos chicos muy listos. ¿Por qué tengo la impresión que las mochilas ya los tenían antes de venir a dar aquí? —Al ver que le esquivaba la mirada suspiró y se tomó el otro medio vaso, mientras lo veía incorporarse.
—Porque tú también eres muy lista —le respondió George en voz baja, mientras hacía un esfuerzo para levantarse. Pero tuvo que sentarse de nuevo apenas estar de pie—. Angelica, si a mí me ha afectado tanto el ayudarla… —Se quedó viendo muy preocupado a la chica en cama, con los labios tan pálidos.
—Le daré otro vaso de poción cristalina. Tampoco me gusta que sus labios no hayan recuperado el color. Voy a buscarlo.
—Acércame la mochila, por favor, ahí ella tiene un par de vasos de ésa. —le dijo él rápidamente.
Angelica asintió y se la acercó. Tomó el envase que él sacó y se acercó a la chica por el otro lado de la cama, dándoselo a beber con cuidado por estar dormida y ser su respiración dificultosa.
—¿Estás mejor? —le preguntó preocupada al chico en cuanto terminó.
—Sí. Gracias Angelica. —le sonrió para tranquilizarla.
La aludida le sonrió y se dirigió a la puerta, quitándole los hechizos. Dejó entrar a un muy enojado Sirius, que miró interrogante a su esposa al ver la palidez de la boca del chico y las ojeras que ahora tenía tan marcadas.
—Júpiter no se siente bien porque me ayudó y Diana dormirá dos horas más —le respondió a la interrogante muda—. Por favor, ayúdame a llevarlo a su cuarto.
—Pero yo estoy bien y quiero quedarme con Diana. —protestó George.
—Si logras ponerte en pie y venir hasta aquí a decírselo a mi esposo te quedas. —lo retó Angelica.
George frunció el ceño y reunió todas sus fuerzas para hacer lo que ella le decía, pues no quería que lo separasen de su novia. Pero apenas dar tres pasos desde la cama en que estaba Angela sintió que todo se oscurecía a su alrededor y su cuerpo perdía las fuerzas. Lo siguiente que supo era que sus suegros lo estaban recostando en una cama.
—Si no recupera el sentido en unos minutos habrá que traer a Jennifer. —decía Angelica asustada.
—No es necesario —le respondió en voz baja el pelirrojo—. No la preocupes, por favor.
—¿Por qué son los diez tan necios e insisten tanto en no preocuparnos? —le gruñó Sirius, añadiendo rápidamente al ver que quería responderle—. Calladito y a comerse el chocolate que te va a dar mi esposa. Era una pregunta retórica.
George logró de nuevo enfocar su visión y vio a Angelica dándole el chocolate, mientras Sirius se alejaba de la cama en que estaba. Al seguirlo con la vista lo vio sentarse junto a la cama de Angela a su derecha, sonriendo al ver que no lo habían sacado del cuarto.
Angelica denegó levemente con una sonrisa al notarlo. Tenía que aceptar que su esposo había tenido razón al no hacerle caso cuando le señaló la puerta, una vez que llegaron junto al chico desmayado, indicándole con una cabezadita la cama cercana a la chica.
George sintió que se adormilaba y detuvo la mano de su suegra, mirando con desconfianza el trozo de chocolate y luego a ella interrogante.
—Tenía que ayudarte a recuperar las fuerzas y descansar. —le respondió al chico la pregunta muda.
—Pero… Diana… —intentó protestar George, cada vez más adormilado.
—A ella la cuidaremos nosotros, al igual que a ti. Despertarás antes que ella. —le sonrió Angelica con dulzura, acariciándole el rostro sobre el pasamontañas al verlo quedarse profundamente dormido.
Dos horas más tarde la chica de pelo negro se removió inquieta en la cama.
—No, por favor. —murmuró, con la sensación de la discusión entre sus padres aún flotando en su mente.
—Tranquila Diana. —le dijo con dulzura Angelica, acariciándole la cabeza.
—Calma pequeña. Todo está bien. —la apoyó Sirius con cariño.
—Ellos tienen razón, mi amor. —la tranquilizó con dulzura George, que se había despertado veinte minutos antes.
Sirius había bajado a buscar a los otros al verlo totalmente recuperado, sonriendo pues lo primero que hizo fue preguntar por su novia.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó Harry a Angela, preocupado.
—Sí. ¿Ustedes están bien? —preguntó ella, inquieta por sus seis compañeros con todos los dones activos. No sabía cómo les afectaría exactamente lo que había hecho, no con aquella irregularidad en la energía de sus organismos.
—Sí, no te preocupes. Con el descanso y la comida ya estamos recuperados de lo ocurrido en la madrugada. —le dijo Harry con tono tranquilizador, pero agregó mentalmente:
"Ya hablaremos de lo que hiciste. Nosotros estamos bien pero tú has estado muy débil. De haber sabido que te afectaría tanto no te lo hubiese permitido."
"Yo tampoco lo sabía, hermanito. Es la primera vez que lo hago y fue bastante intenso porque, a excepción del señor Moody, todos tienen sangre Cundáwan. Es muy difícil establecer un lazo de control de pensamientos a futuro en esas condiciones, pero no se suponía que me afectase así. Debe ser debido al bloqueo por nuestra llegada aquí. Estoy mejor porque mamá se dio cuenta y me dio poción plateada, dorada y la cristalina, antes de darme una transferencia de energía con George y volverme a dormir con un hechizo. Ella estaba enojada y preocupada cuando desperté y…" —le contó todo lo ocurrido antes que la durmiese Angelica.
"Entiendo. Yo me encargo de hablar con Ginny y el resto de nuestro grupo. Tú tranquila. Te tenemos una sorpresa." —le respondió. Sonrió al pensar que debería estar con mucha curiosidad, como niño esperando los regalos de navidad, por el tono usado por él.
Angela había estado comiendo con ayuda de George, Harry abrazado a Ginny, fingiendo ambos prestar atención mientras hablaban mentalmente. Jennifer los reñía a los diez por no haber dormido en las madrugadas para recuperarse.
Harry se comunicó con los otros del grupo, leyéndoles las respuestas a sus compañeros como habían hecho Angela y Wymond con él mientras aprendió a comunicarse con ellos con fluidez, pues la mayoría lograba transmitir sólo palabras. Todos se preocuparon por lo hecho por la chica, especialmente Hermione que la riñó de inmediato con las tres frases que logró transmitirle. En comunicarse mentalmente la castaña había logrado el mismo nivel que tenía Jessica cuando se conformó el E.D.H.
—… En cuanto a su insistencia en entrenar sin haberse recuperado hemos decidido algo que ya le hemos planteado a tus amigos, Diana —le dijo Jennifer luego de regañarlos por el poco descanso. La miró con el ceño fruncido y denegó levemente al ver que ante eso la chica dejaba de juguetear con su mano izquierda con la cucharilla, que aún no lograba sujetar por los vendajes, prestándole atención—. Si ustedes no hacen ningún tipo de práctica cuando estamos fuera, ni en las madrugadas, los dejaremos practicar con nosotros todos los días —Al verla sonreír tan ampliamente rodó los ojos—. Pero lo harán según nuestras pautas. Nos explicarán con detalle lo que harán y si les decimos que no a algo nos obedecerán. —agregó con tono de regaño. Los vio asentir a los diez con expresiones poco conformes, conteniendo la risa al verlos.
—Alastor vendrá en un rato a practicar con nosotros —intervino James con una sonrisa—. Cuando él llegue ustedes bajarán a descansar, mientras tanto pueden subir y acompañarnos todos excepto Diana.
—Por favor. Estoy bien ya. Yo también quiero ir. —pidió Angela de inmediato.
—¿Jennifer? —preguntó James, que no quería alterar a la chica pero le preocupaba que no hubiese despertado temprano con los otros.
—Ella ya está bien —le respondió Angelica a su amigo, antes que su gemela pudiese responder, agregando al verlo enarcar las cejas interrogante—: Hace rato despertó y me explicó que tenía un problema estomacal desde ayer que no le había permitido retener las pociones. Ya lo he resuelto y ella está ahora bien. Si no les avisamos que había despertado fue porque estuvo consciente sólo minutos.
—Nos acompañará pero no hará ningún tipo de esfuerzo por hoy. —completó la gemela. Sonrió ampliamente ante las protestas en voz baja de la chica y las expresiones de reprimenda contenida de Angelica y Sirius.
Los dieciocho subieron a la Sala de Prácticas. Practicaron dieciséis de ellos rondas de ataques y defensas, con Jessica, Hermione, Ron, Harry, Lily, Jennifer, Alice y Angelica en un círculo interno, mientras Luna, Ginny, Neville, Fred, James, Remus, Sirius y Frank se movían en uno externo, atacándolos mientras los otros ocho se defendían y contraatacaban, desplazándose y cubriéndose cada grupo entre ellos.
George se había quedado junto a Angela acompañándola, contándole todo lo que ella no podía ver, intentando mantenerla animada y tranquila.
Cuando una hora más tarde llegaron Alastor Moody y Albus Dumbledore a la Sala de Entrenamientos se encontraron con un combate muy parejo entre los dieciséis jóvenes. Tres de los chicos que no veían eran guiados en sus desplazamientos por sus patronus y, al parecer, por sus propios reflejos. La cuarta chica que no veía estaba enviando chorros de barro con su varita a los que se salían de una zona delimitada en el piso, ayudada por su novio. Habían alcanzado a dos de los chicos y a tres de los jóvenes por como se veían sus ropas.
Los dos mayores se miraron, enarcando las cejas interrogante el auror mientras el director del colegio se encogía de hombros en señal de no estar al tanto de aquello.
—Buenas tardes jóvenes —saludó en voz fuerte y clara el director. Los miró a todos interrogante al verlos detenerse bruscamente y girarse a mirarlo sorprendidos, con expresión de haber sido atrapados haciendo una travesura—. ¿Me pueden explicar qué estaban haciendo los dieciocho?
—Estábamos practicando un poco, profesor. —le respondió James muy serio.
—A los diez jóvenes les dije que guardasen reposo y evitasen el tensarse para que pudiesen recuperarse, que luego hablaría con ustedes. —les recordó Albus con el ceño fruncido.
—Es por esa razón que insistimos en poder practicar con ellos, profesor Dumbledore, para no estar tensos —le respondió Harry en un tono que intentaba ser convincente—. No soportamos seguir inactivos en la biblioteca mientras se está desarrollando una guerra y nosotros seguimos sin saber quién nos lastimó. Al menos practicando con ellos sentimos que hacemos algo medianamente útil.
—Ya que están bien para practicar supongo que no tendrán problema en hacerlo conmigo. —intervino el auror mayor mirándolos muy serio.
—Alastor, no sé si te has dado cuenta que cuatro de los chicos aún no pueden ver. —le hizo ver Albus, preocupado por lo que su planteamiento podía llegar a ocasionar.
—Eso no es inconveniente, profesor, siempre y cuando nos permita hacer la práctica en este lugar que ya conocemos y sabemos como movernos para no lastimarnos. —replicó muy seria Angela.
El director miró el cabestrillo en el brazo del chico castaño y la varita en la mano izquierda de la chica de pelo negro, denegando con el ceño fruncido. Notó que su hija Jennifer miraba a los otros con expresión de reproche contenido.
—Nos sentíamos bien para practicar, profesor. Nosotros insistimos hasta que nos lo permitieron a todos menos a Diana. —le dijo Neville muy serio al ver sus miradas. Le había costado mucho convencerlos para que lo dejaran participar y no iba a perder el terreno ganado.
—Lo cual no fue justo puesto que estoy en condiciones de hacerlo. —replicó de inmediato la chica enojada.
Albus suspiró y denegó. Esos chicos se le iban a convertir en un dolor de cabeza en tan sólo unos días, en cuanto los cuatro más lastimados recuperasen la vista.
—Entonces comenzaré con ustedes diez algo sencillo, sólo para evaluar movimientos básicos de ataque y defensa —dijo decidido Moody. Sonrió casi imperceptiblemente al ver a los siete que eran o habían sido alumnos suyos y la estudiante de medimagia denegar con el ceño fruncido—. Luego practicaré con los demás.
—Muy bien. Chicos, vayan a las sillas al fondo. Empezaré yo, luego Gea, Urano, Venus, Leto, Mercurio, Júpiter, Electra, Neptuno y por último Diana. Ninguno puede intervenir en la práctica de otro con el señor Moody. ¿De acuerdo?
—Sí. —le respondieron los nueve a Harry.
—Yo no estoy de acuerdo —se opuso Lily enojada—. Marte no ha recuperado la vista y tampoco se ha recuperado totalmente de lo que les haya pasado, ni tampoco los otros.
—Estoy consciente de ello, Lily. Pero él estaba practicando esta madrugada en el comedor con hechizos muy peligrosos, supo defenderse muy bien de mí y acabo de conseguirlo practicando con ustedes ocho. —respondió Moody.
—Sí, pero nosotros les pusimos unos límites a sus actuaciones para que no saliesen lastimados. —replicó James.
—Estaré bien —les dijo Harry en tono tranquilizador—. Estoy seguro que el señor Moody no hará nada que pueda lastimarme.
Los siete que lo habían padecido en la Academia de Aurores o en su entrenamiento personal miraron a Harry pensando que no sabía lo que decía.
—El joven tiene razón —afirmó Moody al ver de reojo que incluso su amigo tenía el ceño fruncido—. Estoy muy consciente de su estado de salud y que no es un estudiante de la Academia de Aurores. Sólo haremos algo básico. —Al ver la sonrisa de suficiencia de James en lo que podía ver en el rostro del chico enarcó las cejas.
Al ver la expresión del auror los quince que podían ver miraron rápidamente a Harry, denegando nueve de ellos mientras los otros seis sonreían.
Ginny se abrazó a él y le dio un beso en la boca. Luego le pidió en voz baja que se limitase a cosas básicas para no preocupar a los presentes. Después de abrazarse de nuevo a él se separó con una gran sonrisa de tranquilidad en su rostro.
—Vamos chicos. —les dijo a los otros, dirigiéndose hacia donde había indicado su novio.
Hermione, Ron y Angela se guiaron con sus patronus. Los nueve guardaron sus varitas apenas se sentaron.
Angelica, Jennifer, Alice, Remus, Sirius y Frank acompañaron a los nueve chicos hasta el fondo de la sala, denegando, mientras Lily y James se quedaron junto a Harry. Se desplazaron hacia la pared lateral por indicación del director pero con sus varitas apuntando en dirección al chico y el auror.
Alastor Moody había visto desconcertado la forma en que los chicos que no podían ver habían usado sus patronus. A pesar que ya algo le habían dicho de aquello y lo que vio al llegar se sorprendió. Volvió a mirar al chico de pie frente a él con su varita apuntando al piso.
—Una regla básica para la defensa es estar alerta permanente. —le indicó a Harry, frunciendo el ceño al verlo sonreír. Aquella suficiencia de los Potter la conocía muy bien, sabía que a veces los metía en problemas. Se decidió entonces a presionar al chico para que desistiesen los diez de meterse en la guerra. Por lo que había visto los otros nueve seguían las instrucciones del que tenía frente a él, como le habían dicho.
Harry inclinó levemente la cabeza en señal de respeto, pero de tal manera que si pudiese ver estaría mirando al auror a los ojos. Alastor le correspondió al gesto y empezó de inmediato.
—¡Stupefy!
—¡Protego!
—¡Incarcerous!
—¡Deflecto! ¡Petrificus Totalus!
—¡Protego!
Y así continuaron durante más de veinte minutos, donde sólo en los primeros siete los hechizos fueron verbales. En ese tiempo un cada vez más asombrado Moody vio a aquél chico esquivar sus ataques, defenderse y atacarlo. Albus contenía con su presencia autoritaria a sus ocho ex alumnos de intervenir. Los otros nueve chicos estaban atentos a la práctica.
Los miembros del E.D.H. sabían que Harry había decidido comenzar él para ponerles los límites de actuación en cuanto a hechizos y movimientos a utilizar. No querían que ocurriese de nuevo lo que había pasado cuando los habían presionado en Grimmauld, por órdenes de Wymond, para saber su verdadero nivel en Magia Antigua. Jessica, Fred y George les decían por susurros a Hermione, Ron y Angela lo que ocurría desde que empezaron con los no verbales.
En un momento del combate Lily se preocupó al ver a Harry respirando muy agitado, furiosa con Moody al ver la forma en que presionaba al chico. Los hechizos del auror habían dejado de ser básicos a los diez minutos de iniciado aquello. Se intentó acercar al espacio que estaban usando siendo retenida del brazo por Dumbledore, quien denegó sin mirarla siguiendo muy atento todo lo que ocurría con su varita afuera listo para intervenir.
Pero el director no pudo retener a James, que se interpuso con un escudo junto al chico cuando vio que un hechizo de desarme de Moody había alcanzado al chico pelinegro. Harry no perdió totalmente la varita, pues apenas se deslizó de sus dedos la recuperó y convocó también un escudo. Los dos escudos devolvieron otro hechizo de desarme hacia Moody, que cayó hacia atrás y perdió su varita. Todo fue cuestión de segundos. Lo ocurrido desconcertó a Harry, al oír a Alastor quejarse, porque él no había convocado un escudo tan potente.
—¿Estás bien? —le preguntó el de ojos avellana al chico, preocupado.
—¿James? —inquirió asustado Harry, tanteando en dirección a la voz. Se consiguió con el brazo de su padre ayudándolo a levantarse—. ¿Qué haces aquí? ¿Está bien, señor Moody? —preguntó desconcertado y muy nervioso.
—Ayudándote. De nada. —replicó James enfadado por el tono usado por el chico.
—Sí, estoy bien. —le respondió el auror, levantándose y recuperando su varita.
—Gracias por la ayuda, James, pero no se suponía que me ayudaran. Me sorprendiste, es todo. —le explicó Harry en un tono que pretendía fuese tranquilizador, al oír el tono de su padre. Sentía que su corazón corría desbocado al percibir que de su padre emanaba un instinto de protección paternal y molestia por su cuestionamiento. Esa percepción le hacía casi imposible recuperar un ritmo cardíaco normal.
—Tampoco se suponía que Alastor te presionara de la manera en que lo estaba haciendo. —explotó una furia pelirroja de ojos esmeraldas mirando al auror amenazante.
Harry al escuchar a su mamá se paralizó. Tuvo que hacer esfuerzos enormes para no abrazarse a los dos como un niño pequeño necesitado de cariño. Se concentró en el recuerdo del rostro de su novia para contenerse y recuperar un poco su temple, el que se había autoimpuesto desde el día que sus compañeros lo designaron como líder del E.D.H. por votación unánime.
—El joven se estaba defendiendo muy bien y quise probar sus conocimientos de defensa —se defendió el auror con su respiración agitada, al ver que incluso su amigo lo estaba mirando con reproche contenido—. Y he de decir que son superiores a los que se esperan de un joven que no tiene edad para haberse graduado en el colegio, además de tener una gran habilidad con su varita.
—Gracias señor Moody —le respondió Harry respetuoso, con su respiración un poco menos agitada que la del auror pero también acelerada—. Como ya les habíamos dicho al director y nuestros amigos, somos buenos en Defensa Contra Las Artes Oscuras. ¿Ha podido identificar usted a la persona que nos enseñó?
El auror se quedó mirándolo desconcertado.
—Pues… si no supiera que no te he visto en mi vida diría que parte de tus movimientos te los enseñé yo, aunque hay otros que no reconozco. —respondió con sinceridad mirándolo fijamente.
Los ojos azules de Albus estaban fijos sobre el chico. «No parece que lo haya entrenado mi amigo, no directamente, pero sí alguien entrenado por él. Eso es lógico considerando que los Potter, los Black, los Lupin y los Longbottom son entrenados por Alastor».
«Sólo ha dejado escapar movimientos de defensa como los enseñados por Raymond en los últimos cinco minutos, debido a su ceguera y la presión de mi amigo. Estoy seguro. También que el chico se ha contenido en un par de oportunidades de usarlos. ¿Los habrá aprendido directamente de Raymond, de uno de mis hijos o por medio de la chica que se hace llamar Diana?»
—Entiendo señor. Le agradezco su ayuda. Entonces según eso si es posible que nosotros lo conozcamos.
—Sí. Así parece —respondió dudoso el auror pues sospechaba que el chico se había contenido—. Sin embargo sólo lo he evaluado a usted.
—No voy a permitir que Diana y Neptuno hagan algo similar —se opuso Jennifer con firmeza, pues los quince que estaban al fondo de la sala se habían acercado rápidamente—. Ellos no están en condiciones.
—No tienes de que preocuparte —le dijo con tono tranquilizador Angela, intentando convencerla—. Estaremos bien. El señor Moody…
—No —la interrumpió Angelica con fiereza—. La única manera que ustedes dos practiquen con él es que lo hagan con uno de nosotros ocho a su lado ayudándolos.
—Está bien —aceptó con voz resignada Neville, agregando rápidamente al ver a su amiga de pelo negro revolverse dispuesta a protestar—: Así ellos estarán tranquilos, Diana, mientras el señor Moody nos evalúa para saber si a nosotros también nos enseñó él.
—Pero… —intento protestar Angela.
—Neptuno tiene razón, Diana —la cortó Harry—. Además aceptamos obedecerles en las prácticas. —le recordó con firmeza en la voz.
—Está bien. —aceptó Angela con tono resignado.
—Si están de acuerdo con el orden de prácticas propuesto por Marte, es mi turno. —les recordó Hermione.
—Preferiría seguir ahora con el joven… —se quedó mirando al castaño.
—Neptuno, señor Moody. —le aclaró sonriéndole.
—Sí, Neptuno. Quiero practicar ahora con él y con quien lo vaya a acompañar para que estén más tranquilos. —solicitó Alastor serio. A él no le gustaba que fuese el chico quien dijese el orden de las prácticas, pues sospechaba de sus intenciones.
—A él lo acompañaré yo. —afirmó Frank con su voz profunda y firme, sonriéndole al castaño con la intención de transmitirle seguridad.
—Gracias. —le pudo decir Neville, mientras sentía su corazón bombeando rápidamente.
—Vamos nosotros allá atrás. —dijo Lily enojada tomando a Harry por el brazo izquierdo con cuidado. Le hizo señas a Jennifer para que le revisase la herida de la madrugada en ese antebrazo, con una mezcla de orgullo y ganas de reñirlo hasta quedarse sin voz.
James caminó tras ellos, mirando con orgullo al chico. «No puedo saber si es mi hijo, nieto o biznieto, pero definitivamente es un Potter. Aquellos últimos movimientos de defensa del chico han sido muy buenos. Empiezo a pensar que sería bueno practicar con ellos más a fondo en cuanto recuperen la vista».
«Además tengo que buscar la forma que no participen directamente en la guerra y devolverlos a un futuro en que no haya un Voldemort persiguiendo hasta la extinción a los Potter, ni mortífagos, sin heridas ni cicatrices nuevas… Aunque sería aún mejor que al llegar no tuviesen cicatrices. Tenemos que detener la guerra totalmente para eso. Estos chicos tienen que estar a salvo en su tiempo, aunque para eso cambiemos el curso de la historia».
Ginny caminaba abrazada a Harry por el lado derecho, sonriendo feliz al ver las expresiones de los papás de su novio.
—Tú vas a controlar tu carácter y vas a permitir que yo te ayude cuando sea tu turno. —iba riñendo Angelica a Angela, rumbo al fondo de la sala.
—No. Seré yo quien la acompañe —la contradijo Sirius con una firmeza irrebatible—. Y más te vale que no salgas lastimada por intentar defenderte sola o te dejaré sin varita por varios días.
Angela hizo un puchero pero asintió. Se sentía feliz porque sus dos papás la estuviesen riñendo de aquella manera protectora, pero al mismo tiempo enojada porque había perdido libertad de acción y eso la preocupaba.
George, que la llevaba abrazada, sonrió. Al llegar al fondo detalló que Jennifer y Remus intentaban convencer a Jessica para que permitiese que uno de ellos la ayudase, ayudados por su gemelo. Lily y James se sentaron junto a Ginny y Harry. La menuda pelirroja miraba preocupada a su amigo castaño y los padres.
George lo notó y siguió la dirección de la mirada de su hermana. «Alice y Frank observan a Neville de una manera tan protectora y paternal…». El pelirrojo frunció el ceño y miró a Hermione de reojo. «Tendremos que irnos pronto. Ella tenía razón. Los ocho son muy listos y ya sospechan».
Alice se ubicó junto al director, mirando de manera amenazante al auror y apuntándole con su varita. Frank se ubicó al lado izquierdo del chico con la intención de protegerle el brazo que tenía lastimado, aparentemente, aunque su intención era evitar que Moody pudiese llegar a alcanzarlo con cualquier hechizo o maldición.
—¡Tarantallegra! —atacó Alastor al chico de ojos castaños, apenas saludarse los tres con el respeto debido en los duelos.
—¡Protego! ¡Levicorpus! —protegió rápidamente Neville a su padre y a él, atacando de inmediato en dos movimientos consecutivos.
—¡Expelliarmus! ¡Liberacorpus! —desarmó Frank a su jefe y lo bajó, empujando seguidamente a Neville lejos del hechizo para desmayar lanzado por Alastor que había caído muy cerca de su varita. Todos observaron como los dos se giraban e intentaban atar a Moody simultáneamente con el mismo movimiento.
Los que podían ver retuvieron el aliento, mientras sus cuatro acompañantes que no podían ver se tensaban al percibirlo.
Moody escapó por muy poco de ser inmovilizado, empezando a atacarlos y defenderse con hechizos no verbales y movimientos rápidos, los cuales eran respondidos con gran habilidad y coordinación por los dos Longbottom que parecían haber luchado juntos antes.
Angela, Hermione, Ron y Harry tuvieron que presionar a sus acompañantes con preguntas para que les contasen lo que ocurría.
Veinte minutos más tarde un agotado Moody detenía la práctica, arrojando chispas rojas con su varita.
—Gracias por su ayuda, Frank. —le agradeció Neville nervioso.
—En realidad te las debo dar yo a ti —le respondió él con sinceridad, agregando con una mezcla de asombro y orgullo en la voz—: A pesar de estar herido me protegiste más veces tú a mí que yo a ti.
—Eso es cierto, chico. Puedes estar orgulloso de decir que eres tan o más bueno en Defensa que Frank Longbottom, uno de los mejores aurores que he tenido que entrenar. —le dijo Alastor con una mezcla de admiración y suspicacia.
—Gr…Gracias —tartamudeó Neville, sintiendo que su corazón crecía tan grande que no le cabía en el pecho—. Pero eso no es cierto. Él es muy bueno, yo sólo me sé defender. —finalizó cabizbajo, con timidez.
—No. Alastor tiene razón. Eres mejor que yo. Felicitaciones. Tus padres deben estar orgullosos de ti. —afirmó Frank con amabilidad y orgullo, palmeándole en la espalda.
Neville sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas sin poder evitarlo, conteniéndolas con dificultad. Escuchó a su mamá detenerse junto a su papá y, a pesar que todo su cerebro le gritaba que no lo hiciese, obedeció a su corazón. Levantó sus ojos hacia ella viendo en aquellos ojos tanto orgullo, alegría, vitalidad… Lo siguiente que supo era que Luna lo arrastraba de un brazo diciendo algo de unos Wrackspurts molestándole en sus oídos, sacándolo de allí.
Alice se abrazó a su esposo por la cintura temblando. Había alcanzado a ver las lágrimas en los ojos del chico, pugnando por salir, en esos breves segundos de contacto visual. Se contuvo de decir nada por la presencia del director y su jefe en el trabajo, haciendo un esfuerzo por no demostrar en su expresión la angustia que le llenaba el pecho. «¿Por qué ha reaccionado así? ¿Es porque no puede recordar a sus padres? ¿Es porque lo que recuerda le produce esa tristeza tan profunda?... ¡Merlín! ¿Por qué ese chico tiene a veces esa tristeza tan profunda en su mirada?»
—¿Wrac… qué? ¿De qué hablaba esa chica? —preguntó intrigado Alastor.
—Wrackspurts —le respondió Hermione con bien fingida naturalidad—. Unas criaturas invisibles que te hacen oír cosas. La han estado molestando desde que llegamos al colegio. Leto dice que puede deberse a magia residual del ataque. Sólo las palabras de la pareja dichas en determinado tono pueden hacer que deje de oírlas.
Sus diecisiete acompañantes la escucharon atónitos, pues sus amigos no se esperaban que apoyase a la rubia en una de sus "salidas lunáticas", aunque los chicos disimularon con rapidez para ayudar a la castaña a encubrir la salida de sus amigos.
George apretó en sus manos las varitas de la pareja, que la rubia le arrojó antes de salir con el castaño.
—¿No sería bueno que la viera un medimago? —le preguntó Alastor a Albus—. Podría tener un problema para pensar coherentemente producto del ataque.
El escucharle decir aquello, mientras miraban nerviosos a Alice y Frank, hizo palidecer a Ginny, Jessica, Fred y George.
—En realidad no, señor Moody —intervino Angela con una sonrisa, usando su mejor máscara para enfrentar las situaciones difíciles—. Leto "escucha" esas cosas cuando se nos ha pasado la hora de tomar nuestras pociones —le dijo remarcando las comillas con su mano izquierda—. Es su forma de decir que recordó algo que no debería haber olvidado. —finalizó con un tono de supuesta comprensión hacia su amiga.
—Si nos disculpan, Venus y yo vamos a ayudar a Leto y a Neptuno a traerlas. —dijo rápidamente Jessica para poder salir a tomar un poco de aire, lejos de la preocupación paternal de sus padres que le hacían tener muchas ganas de cambiar todo el pasado. Pidió que saliese Ginny con ella para no levantar sospechas.
Las Protectoras miraron el reloj de pared y se dieron cuenta que no era cierto.
—Todavía falta un poco para que les corresponda tomarlas, Electra —le señaló con cariño Jennifer acariciándole la cabeza—. Supongo que Leto está nerviosa y por eso se confundió. Ve a decirle que ella no se enfrentará sola a Alastor. Yo la acompañaré a ella y Remus a ti.
—Pero no tiene porqué estar nerviosa. Yo no… —intentó Alastor quitarle peso a su actuación.
—No, claro que no —lo interrumpió con sarcasmo Lily, que estaba muy enojada por la presión que había visto al auror aplicarle a los dos chicos—. Después de ver como presionaste a su amigo y a su novio no se me ocurre una buena razón para que esté escuchando… esas cosas. —finalizó al no poder recordar el nombre dado por las chicas.
Alastor, al girarse a ver al director y ver que lo miraba con el ceño fruncido, tuvo que aceptar lo que le decían las miradas de sus ex alumnos y la hija de su amigo que estudiaba para medimaga.
—Lo lamento. Me he excedido un poco… —Se detuvo al oír bufar a la pelirroja que lo fulminaba con sus esmeraldas furiosas—. Muy bien, los presioné bastante. Pero fue con la intención de hacerles entender que no están listos para ir a ninguna batalla con mortífagos, como les han dicho a ustedes que quieren hacer según lo que me han contado. —confesó el porqué lo había hecho.
—Siendo sincero, señor Moody, ¿piensa que no estamos listos después de evaluarnos a Neptuno y a mí? —lo interrogó Harry.
Alastor Moody tragó saliva. Vio las expresiones atentas a su respuesta de todos los presentes en la habitación, ocho de ellos esperando su aprobación, los otros ocho lanzándole miradas amenazantes para que no les diese aquél apoyo a su intervención y unos ojos azules escrutadores y preocupados.
—Para dar mi opinión sincera al respecto tendría que evaluar al resto de su grupo de forma tan exhaustiva como a usted y su amigo, joven Marte. —intentó salir del paso.
—No. —se opuso rotundamente Jennifer.
—Si a todos los que faltan los acompaña uno de ustedes no tiene porqué haber problemas con eso, Jennifer. —le dijo Harry en voz suave, presionando para que los evaluase a todos y escuchar la opinión del auror, no tan viejo en ese momento, Alastor Moody.
La gemela lo miró enojada, pues los había atrapado con su ofrecimiento a la chica rubia y la evasiva del jefe de sus cuatro amigos. Le parecía ver a James metiéndolos en problemas con una sonrisa. Estaba muy tentada de quitarle el vendaje del rostro para confirmar sus sospechas y que Lily lo pudiese presionar como madre, abuela o lo que fuese, deteniéndolo de una buena vez.
—Voy por Leto y Neptuno. —dijo rápidamente Jessica. Se contuvo con dificultad para no salir corriendo mientras aún estaba en la habitación, haciéndolo apenas salir de allí.
—¿Ya decidió con quién quiere practicar ahora, señor Moody? —le preguntó Angela con una pequeña sonrisa.
El auror hizo un esfuerzo por mantener su rostro impasible y hablar con autoridad, aunque por dentro estaba deseando poder conseguir una excusa para evadir la situación.
—Sí. Con el joven… —se quedó mirando a George, intentando recordar el nombre por el que había sido presentado.
—Júpiter, señor Moody —le aclaró el pelirrojo con una sonrisa, pues se daba cuenta que Harry lo había atrapado—. Yo estoy bien de salud, pero si aún así uno de nuestros amigos quiere acompañarme será un placer para mí el compartir la práctica. —les dijo con una pícara sonrisa, que se amplió al ver de reojo la de su novia.
—Yo te acompañaré —afirmó decidida Angelica—. Y aunque estés bien de salud me permitirás ayudarte. —sentenció mirándolo amenazadora.
—Como usted diga, encantadora dama. —le respondió George en son de broma mientras le hacía una reverencia medieval, queriendo destensarlos a todos.
—¿Me ayudará usted a mí, hermosa dama? —le siguió el juego Fred haciéndole la reverencia a Jennifer—. Con el permiso de su caballero, obviamente. —agregó rápidamente, bajando levemente la cabeza en dirección a Remus.
Jennifer no pudo contener una sonrisa, mientras el esposo miraba de manera peligrosa con sus ojos color miel al chico.
—Le agradecería mucho a James que me acompañe a mí. —siguió rápidamente Ginny.
—Con mucho gusto, jovencita. —le respondió él con una sonrisa, que se amplió al ver la nerviosa que asomaba a la cara de la menuda pelirroja.
Ginny tuvo la sensación de tener a Harry a su lado y frente a ella al mismo tiempo, arrepintiéndose de haberle propuesto a su suegro que la acompañase a su práctica por seguir en su treta a los gemelos.
En Lily se despertaron los celos al ver a su esposo aceptar tan rápido la petición de la chica, mirando rápidamente al otro chico que no podía ver.
—Me alegraría mucho ser tu compañera de prácticas, Urano. —le dijo a Ron con una tibia sonrisa y voz muy dulce, alejándose levemente de su esposo.
—Gracias Lily. —aceptó sonriente Ron pues no podía ver las miradas amenazadoras que James le estaba lanzando.
—Lo siento, Lily, pero yo seré la compañera de Urano —se opuso rápidamente Angelica para evitar que hubiese una discusión entre sus amigos—. Estoy segura que a él también le gustará tener mi compañía después de escuchar cómo defiendo a su amigo Júpiter.
—Yo acompañaré entonces tanto a Diana como a Gea, pues las dos damas necesitarán la compañía de un hábil campeón. —bromeó Sirius adelantándose a las intenciones de Alice.
—Gracias Sirius. —aceptó Hermione nerviosa con una tímida sonrisa.
Alice y Lily miraron furiosas a sus esposos y sus amigos, pues una vez más intentaban ponerlas a salvo por su condición de embarazadas aunque la situación no lo requiriese.
—Lamento haber sacado a mi novio —entró disculpándose Luna en voz normal, deteniéndose un momento al ver las expresiones de todos—. Los Wrackspurts me tenían incómoda —continuó en seguida recuperando su aire de caminar en las nubes—. Ya Neptuno los ha calmado.
—Electra, ella y yo hemos decidido traer las pociones con nosotros, así no la distraerán más. —siguió Neville, quien había logrado con la ayuda de su novia recuperar lo suficiente de su calma para estar cerca de sus padres de nuevo.
—¿Quién practicará ahora? —preguntó Jessica fingiendo curiosidad, aunque en realidad estaba bastante nerviosa.
—Júpiter —le respondió Alastor— acompañado de Angelica. —aclaró rápidamente al ver a la furia pelirroja mirarlo con sus esmeraldas amenazantes. No quería darle oportunidad de descargar con él su enojo. La joven señora Potter era bonita y hábil con su varita, pero tenía un carácter que prefería descargase con mortífagos y no con él.
Sirius se llevó a Angela a la parte posterior sujetándola en un abrazo por los hombros para evitar que ella intentase quedarse junto al director a hacerle compañía a su novio, sin hacer caso de sus palabras cuando le decía que no se quedaría para intervenir.
Durante veinte minutos Alastor intentó presionar al chico, pues empezó con hechizos no verbales directamente, encontrándose con una fuerte muralla conformada por sus dos adversarios que finalmente lo desarmaron y ataron.
George siempre era el compañero de prácticas y batallas de Angela, que luchaba de forma muy similar a la de Angelica, aunque su prometida era mejor por ser su entrenamiento más completo. Debido a esto se acopló a su suegra desde el principio, protegiéndola como muy pocas veces tenía que hacer con su novia, formando un equipo de ataque que no pudo superar Alastor aunque se empleó a fondo.
—¿Está usted bien, señor Moody? —le preguntó George preocupado, después de desatarlo, tendiéndole la varita que le había quitado con ayuda de su suegra y su mano para ayudarlo a levantarse.
—Perfectamente —le respondió Alastor mirándolo con los ojos muy abiertos—. Gracias. —le recibió la varita y la ayuda para incorporarse.
Hasta ahora el primer chico era el mejor. No sólo se había defendido solo, estando lastimado en un brazo y sin poder ver, sino que sus movimientos eran muy rápidos y precisos. Pero los otros dos chicos también se habían desenvuelto muy bien, mejor que muchos de sus aurores. «Si los otros son igual de buenos… Espero no tener que dar mi opinión sobre si están listos para ir a batallas o no saldré ileso de esta habitación con las cuatro jóvenes mujeres que quieren impedirlo a toda costa… con mucha razón si están en lo cierto».
—¿Quiere tomarse un descanso, señor Moody? —le preguntó con amabilidad Harry, que llegaba junto a ellos con los que estaban al fondo de la sala.
—No es necesario, pero gracias joven —le respondió el auror, mirándolo con suspicacia—. Me gustaría seguir con la joven… —Suspiró, no lograba recordar sus nombres.
—Venus, señor Moody. Será un placer. —le dijo sonriente Ginny, dándole luego un beso en la mejilla a su novio.
—Ten cuidado mi amor. —le pidió Harry cariñoso.
—No tienes que preocuparte, Marte, no permitiré que le pase nada a tu pelirroja. —le palmeó suavemente la espalda James.
—Gracias. —logró responderle Harry mientras sentía que su corazón empezaba a latir muy rápido de nuevo.
Lily llevó a Harry hasta el punto en que Dumbledore permanecía de pie, atento a las evaluaciones, pues supuso correctamente que no habría manera de llevarlo hasta el fondo de la habitación.
Durante quince minutos el ritmo fue muy intenso, protegiéndose mutuamente Ginny y James, desplazándose con bien coordinados movimientos, desubicando al auror por sus rápidos y audaces ataques hasta que, intentando esquivarlos y atacarlos simultáneamente, Alastor envió una maldición paralizante en dirección a sus dos oponentes, que al desplazarse se dirigía a los tres observadores. Fue desviada simultáneamente por Lily y Dumbledore, desviándose potenciada en dirección a James que fue arrojado hacia el piso por Ginny, mientras un hechizo proveniente de la varita de Harry desviaba finalmente el hechizo hacia una ventana haciendo estallar todos los vidrios.
—¿Están bien? —preguntaron dieciocho voces a coro, desplazándose catorce de ellas corriendo hacia ellos.
—Sí —respondieron a coro Ginny y James, desplazándose ella para que él pudiese moverse—. ¿Seguro? —se preguntaron entre ellos simultáneamente, riéndose en seguida abiertamente.
—Creo que ya necesito ese descanso del que habló el joven Marte. —comentó muy cansado Alastor Moody, tanto física como mental y emocionalmente. Se estaba temiendo que aquella situación estaría fuera de control pronto… si es que alguna vez había estado bajo control de él, del director, o de las cuatro parejas que cuidaban a los chicos.
—Un descanso para recuperar energías les vendrá bien a todos —aprobó el director rápidamente—. Quiero hablar contigo a solas, Alastor. —lo invitó a que lo siguiera fuera de la habitación, apenas verlo incorporado.
—Seguro. —aceptó sonriente, pensando que su amigo lo ayudaría con su problema.
—Idun —llamó Lily, sonriendo al verla aparecer—. Por favor, trae con ayuda de Dotty, Wykers y Tyr un refrigerio para veinte personas. Comeremos en la mesa que está al fondo.
—En seguida Idun traerá con los otros elfos lo solicitado, señora. —afirmó la elfina con su voz chillona, desapareciendo.
—¿Cómo supiste a que punto exacto debías apuntar para desviar finalmente el hechizo? —le preguntó James con genuina curiosidad a Harry, mirando las posiciones de cada uno de ellos cuando Moody lanzó su ataque, el punto en el que habían chocado el rayo rojo y el amarillo enviado por el chico, para luego volver a mirar la ventana rota.
—Instinto y sentidos agudizados —le respondió su hijo con sinceridad—. Estaba muy atento al más mínimo sonido y lo que murmuró Venus cuando te desplazó me hizo comprender que se pondría en la trayectoria.
Ginny tragó saliva pues sabía que era cierto. Ella había susurrado "No a él" porque durante un instante revivió lo ocurrido durante la última batalla en que habían participado, saliendo seriamente herido Fred.
James, que la había escuchado, frunció el ceño ante la explicación del chico y la reacción de la chica, pensativo.
—Vamos a organizar la mesa p… —empezó Angelica.
—Nada de eso —la interrumpió Lily enojada—. De eso nos encargaremos Alice y yo, ya que no nos consideran aptas para ayudar a los chicos en su evaluación por Alastor. Supongo que sólo estamos en capacidad de ayudar en pequeñas labores domésticas, en que los elfos hacen la mayor parte del trabajo.
—Eso no es cierto. —replicó Harry rápidamente.
—Ustedes dos son muy buenas en defensa. —lo apoyó Neville en seguida.
—Yo creo que ellos aún no confían en nosotros y temen que las podamos lastimar a ustedes y sus bebés —comentó Angela con fingida inocencia—. Es lógico que, estando en guerra y visto que el señor Moody está aplicando una evaluación intensiva, piensen que podamos aprovechar para hacerles daño. —finalizó encogiéndose de hombros.
—No es eso. —la contradijeron a coro Angelica, Jennifer, Sirius, Remus, Frank y James, que no querían que los chicos pensaran que aún desconfiaban de ellos.
—¿Entonces? —preguntó en el mismo tono Angela, decidida a ayudar a los que consideraba sus tíos. A ella también le molestaba que la sobre-protegieran pero sospechaba cuáles eran las razones de ellos y también que no les habían dicho a ellas.
—Alastor está siendo muy exigente, como bien has dicho, y queremos evitar que Alice y Lily terminen agotadas o, peor aún, lastimadas. —le respondió James muy serio.
—Entendemos sus razones para ir a las batallas, aunque no nos guste —continuó Frank—. Todos estamos luchando para que nuestros hijos conozcan un futuro en paz. También aceptamos que debemos hacer prácticas para mejorar.
—Pero estas evaluaciones que les está haciendo hoy Alastor a ustedes no detendrán mortífagos, ni las ayudarán a mejorar en sus técnicas de combate, por lo que no justificamos el que participen y corran riesgos nuestros bebés. —finalizó James.
—Tienes razón, mi amor. —se abrazó emocionada Alice a Frank.
—Discúlpame por insistir en participar, cariño. Es cierto lo que dices. —se abrazó Lily arrepentida y enternecida a James.
—Perdón por lo que dije. —se disculpó Angela con sinceridad, habiendo conseguido su objetivo.
—No te preocupes —le dijo James en un tono alegre, feliz de tener a su pelirroja abrazada a él—. Gracias a eso hemos podido aclarar una situación que estaba pendiente.
—Mmm… ¡Comida! —exclamó Ron al percibir el aroma de lo llevado por los elfos.
—¡Urano! —exclamó avergonzada Hermione.
—Perdón, es que tengo hambre. —se excusó Ron.
—Pero si comiste mucho. —lo regañó la castaña.
—Eso no es cierto —le respondió de inmediato el pelirrojo menor—. No totalmente. Tú aún no entiendes que soy más grande y necesito más para alimentarme.
—Gea, tendrás que resignarte a que te enseñe a cocinar en proporciones grandes —le dijo Jessica con picardía—. Urano tiene muy buen apetito, al igual que Mercurio y Júpiter.
—Cierto. —apoyaron a coro las Protectoras, haciendo sonrojarse y bajar la cabeza a los tres pelirrojos. Ellas sólo pudieron ver el movimiento, sospechando que estarían rojos.
—Es parte de su encanto. —comentó con cariño Angela, acariciándole con ternura el rostro sobre el pasamontañas a su novio, dándole seguidamente un suave beso en la boca.
—Vamos entonces a la mesa para que no pierdan su encanto. —bromeó Sirius, conteniendo con dificultad la risa al verlos separarse apenados que era su objetivo.
Cuando regresaron Alastor y Albus se sentaron a comer con ellos, serios y pensativos aunque el auror parecía menos preocupado que al salir.
—Hay algo que quiero que quede claro antes que Alastor continúe la evaluación con los otros seis jóvenes —dijo con voz seria y profunda el director en cuanto vio que casi todos habían terminado de comer—. Cuando él dijo que quería hacer esto fue con la finalidad de averiguar quiénes son ustedes diez por medio de sus técnicas de defensa, sin ver sus rostros ni hacer investigaciones que los pudiesen poner en peligro. Fue por esa razón que accedí a ello.
»Sin embargo, les dije en el colegio que estaban bajo mi protección desde ese momento hasta que los diez se hubiesen recuperado y eso no ha cambiado. Por lo que ninguno de ustedes volverá a insinuar siquiera su participación en batallas con mortífagos, sea cual sea su nivel en Defensa Contra las Artes Oscuras, hasta que los diez estén totalmente recuperados no sólo de su visión sino de sus quemaduras y los otros problemas de salud que han venido presentando.
—Profesor Dumbledore… —intentó Harry en un tono suave.
—Un momento, Marte, aún no he terminado —lo interrumpió el director con firmeza—. Si ustedes ya se han recuperado de su problema visual y sus quemaduras pero aún no recuerdan quiénes son, o aunque lo recuerden no hemos podido ayudarlos a volver con sus familias, las cuatro jóvenes que son menores de edad deberán permanecer en esta casa o en el colegio. Con la joven Leto no estamos seguros si ya es mayor de edad pues no saben el día que se vieron obligados a venir a esta época cuánto faltaba para que cumpliese años, así que podría ser biológicamente aún menor de edad y así será considerada. Desearía que los diez se quedasen, pero siendo los otros seis mayores de edad no puedo obligarlos.
—¡Usted no puede hacer eso! —exclamó Harry levantándose, asustado y enojado.
—De hecho sí puedo —le contradijo el director manteniendo la calma—. Existe una antigua ley sobre magos y brujas menores de edad sin familia directa por situación de guerra, según la cual deberán permanecer bajo la tutela de quien los haya protegido desde que se originó su situación de crisis hasta que la misma sea resuelta, siempre y cuando sea alguien de reconocida solvencia moral y que vele por su salud y seguridad, demostrando esto ante el Wizengamot de ser requerido.
—¿Gea? —preguntó Harry enojado.
—No lo sé —le respondió asustada la castaña—. Yo no he investigado sobre eso.
—Es cierto —contestó en voz baja Angela, que había averiguado aquello en La Casa Flotante mientras buscaba cómo salir del sello con su prima y los niños, buscando una salida legal para los cuatro al lograrlo. No podía creer que su abuelo apelase a aquello. Reaccionó rápidamente al sentir que su prima contenía la respiración—. Pero para poder hacerlo tendría que informar al Wizengamot la situación de guerra que generó la crisis y en nuestro caso eso no aplica, puesto que no estamos aquí por la situación que ustedes están viviendo con Voldemort.
—¿Está usted segura, señorita? —la cuestionó el director con una suave sonrisa, sabiendo que con eso los atrapaba—. ¿Sabe usted acaso con certeza quién y cómo les produjeron sus heridas?
—No, pero… pero usted tampoco puede demostrar… —Hermione le daba mil vueltas a la situación en su cabeza, rápidamente—. Tendría que llevarnos ante el Wizengamot para eso, lo cual pondría en riesgo posiblemente la vida de personas si venimos del futuro. —intentó refutarle en un intento desesperado por salir de esa situación.
—Eso no es totalmente correcto, señorita Gea —le respondió con serenidad el director—. De hecho se requiere la presencia de dos miembros del Wizengamot, una bruja o mago que sea al menos auxiliar de medimago y la persona que se hará responsable de los menores. Alastor y yo pertenecemos al Wizengamot, Jennifer ya es auxiliar de medimago y los Potter pueden presentar a dos de sus compañeras y los Lupin a otras dos, habiendo estado las dos parejas con ustedes desde el día que fueron conseguidas las menores en situación de crisis. Todos nosotros estamos al tanto de su presencia en este tiempo, así que de ser cierto que vienen del futuro no provocamos ninguna alteración a su situación actual.
—¡Sólo nos estaría separando de ellas! —exclamó exasperado Harry.
—No —le refutó en el mismo tono tranquilo Albus—. Ya les he dicho que me gustaría, al igual que a las cuatro parejas que les han estado cuidando hasta ahora, que se quedasen los diez. Sólo les hago la aclaratoria que las cuatro jóvenes deberán permanecer en esta casa aún cuando ya se hayan recuperado, quieran o no hacerlo, mientras que ustedes seis son libres de quedarse o irse.
Harry sentía que en su pecho ardía la misma furia contra el director que año y medio atrás le había llevado a destrozarle la oficina, luego que su padrino cayese tras El Velo de la Muerte.
—Supongamos que nos vamos de esta casa los diez sin su consentimiento, por nuestro deseo de no generar inconvenientes. ¿Qué harían ustedes? ¿Nos metería el señor Moody a los diez en Azkaban? —preguntó Angela con voz tranquila, aunque por dentro estaba tan furiosa como Harry.
—Los seis adultos serían llevados a prisión, mientras a ustedes cuatro les serían asignados nuevos tutores ya que los actuales no pudieron cuidar de su seguridad, los cuales podrían ser los Black y los Longbottom. —le respondió el director en el mismo tono sereno que venía usando.
Un tenso silencio invadió la habitación mientras todos los platos, copas y cubiertos empezaron a vibrar.
Jennifer, Angelica, Alice, Lily, Remus, Sirius, Frank, James y Alastor presenciaron el debate en silencio, siguiendo con sus miradas el cruce de palabras. Ahora observaban la vibración que significaba que alguno o varios de los chicos estaban a punto de perder el control de su magia, asustados de lo que pudiese ocurrir.
—Ya que ha tomado usted su decisión y nos ha informado amablemente la manera en que nos ha atrapado, deberíamos continuar con la evaluación —dijo Angela con frialdad—. De esa manera el señor Moody podrá saber lo que quiere de nosotros y darnos algo de la información que desconocemos.
Angelica y su padre se tensaron. El tono de la chica era peligroso. George, que la tenía abrazada, le dio un beso en la frente intentando calmarla.
—Tranquila mi amor, lo resolveremos. —le susurró al notar que seguía tensa.
Al ver la sonrisa de suficiencia en los labios de su novia comprendió que de hecho ella ya tenía algo en mente, algo que seguramente no les gustaría al director, padres y tíos, también comprendió que lo haría igual. Tragó saliva, pues si la conocía bien se saldría con la suya aunque le doliese hacerlo.
—¿Diana? —preguntó intrigada Hermione.
—Tenemos que investigar quiénes somos para poder irnos, Gea. —le respondió Angela con tono serio.
—Tienes razón —respondió resuelta la castaña comprendiendo lo que Angela le había querido decir—. ¿Ya decidió con quién practicará ahora, señor Moody? —preguntó con un tono de voz amable.
Alastor los miró a los diez preocupado.
—Me parece que están muy tensos y eso podría entorpecer la evaluación, señorita Gea. Tal vez sea mejor que regrese en otro momento a terminarla. —planteó inquieto, aunque disimulando su incomodidad.
—Comprenderemos si no desea continuar por estar agotado, señor Moody. Sin embargo por nosotros no debe preocuparse. Estamos bien. —le dijo con una sonrisa Jessica, una que no estaba acompañada por su mirada dorada.
—En ese caso continuaré con usted, joven…
—Electra, señor Moody. Será un placer —le aclaró poniéndose en pie con un movimiento ágil—. ¿Me acompañará como había dicho, Remus?
—Por supuesto. —le respondió su padre, incorporándose rápidamente, preocupado por la mirada de la chica.
Fred la acompañó hasta el otro extremo de la habitación, donde estaban llevando a cabo los encuentros, hablándole en susurros para tranquilizarla un poco, preocupado. Jessica finalmente se separó de él con un beso, sonriéndole con dulzura, pidiéndole que se quedase junto a su mamá y el director. Fred suspiró y asintió. Estaba más tranquila pero aún conservaba parte de su enojo. «¿Qué se traerán entre manos Angela y Hermione?». Al ver a su hermanita y a su rubia amiga cuchicheando con ellas frunció el ceño. Cuando las chicas del E.D.H. se unían eran de temer.
Miró al director y no pudo evitar preguntarse: «¿Qué habría pasado si hubiese llegado a tener a sus nietas como parte del alumnado del colegio mientras él era director? Con Harry perseguido por Voldemort, acompañado de Ron, Hermione, Ginny, Luna y Neville. Obviamente con George y conmigo ayudándolos con más ahínco… Me temo que pronto sabré la respuesta». Miró en dirección a su novia y su joven suegro y suspiró de nuevo. Él también se había enojado por lo dicho por el director, pero al ver la mirada de su novia comprendió que debía mantener la calma por los dos.
Angelica, Alice, Lily, Sirius, Frank y James estaban muy atentos a la conversación de las cuatro chicas, la cual estaba centrada supuestamente en los derechos de los elfos. Intentaban entender qué hablaban realmente pues suponían, acertadamente, que hablaban en clave. Vieron al chico de ojos castaños y al alto empezar a preguntarles sobre supuestas diferencias en el trato con elfinas y elfos, mirándose de reojo, inquietos. Se preocuparon aún más al ver que el líder del grupo de chicos se destensaba y se unía a la conversación.
Alastor tenía muy difícil la "práctica" con la chica, pues no era él quien la dirigía ni tampoco quien presionaba. La chica de ojos miel no le daba oportunidad de respirar. Se movía con mucha habilidad, protegiendo a Remus y atacando al auror.
Jessica estaba haciendo esfuerzos para que su parte lobuna no la dominase totalmente, furiosa como se encontraba. No podía evitar que su instinto de protección de manada la dominase en cuanto a defender a su padre, que se había visto desplazado por ella en dos oportunidades, atacando al auror como una loba herida que protege a sus cachorros. Mientras tanto lamentaba no poder hacer lo mismo con su abuelo, que era con quien estaba enojada.
Remus se mordió los labios al sentirse desplazado por segunda vez, pues el movimiento de la chica no sólo lo había tomado desprevenido por su fuerza sino que no era necesario realmente. Alastor sólo había intentado desarmarlo. Comprendió que sus sospechas eran ciertas en cuanto a la chica y estaba librando internamente una lucha que él conocía muy bien. Decidido a detener aquello aprovechó un descuido del auror, que estaba enfrentado a ella, para inmovilizarlo y desarmarlo.
—Lo siento, Alastor —se disculpó aproximándose a él, liberándolo. Vio de reojo como la chica apretaba su varita con enojo contenido—. Reaccioné como si estuviésemos en un combate real.
—Está bien, Remus, es comprensible. —lo tranquilizó el auror cuando en cualquier otro entrenamiento lo habría reñido, agradecido porque hubiese detenido aquello. Se incorporó con la ayuda de su alumno extra-académico.
Jessica los miró con los ojos entrecerrados, sin creer lo que veía y oía. Respiró profundamente para calmarse al sentir el abrazo de su novio, pensando ahora preocupada si su papá se habría dado cuenta de algo por sus reacciones.
—¿Con quién desea continuar ahora, señor Moody? —preguntó Harry en un fingido tono amable, después de cinco minutos de tenso silencio desde que todos los que estaban en la mesa se les uniesen, habiendo estado los diez chicos sometidos al escrutinio de unos ojos azules tras unas gafas de media luna.
—El joven… —se quedó mirando a Ron, esperando que estuviese menos tenso que sus compañeros al no ser su novia una de las menores de edad a quienes había amenazado Albus con retener a la fuerza.
—Urano. —le completó Ginny con una cínica sonrisa pensando que, siendo su hermana menor una de las involucradas y a quien protegían en exceso los seis mayores, era uno de los más enojados. Pero aquello el auror no lo sabía y comprendió de su mirada que esperaba tener menos problemas con él.
—Excelente. —afirmó con rabia contenida el pelirrojo menor.
El auror comprendió que se había equivocado y suspiró. Cuando había salido con su amigo de la habitación creyó que su problema con los chicos se resolvería, pero no era así.
—Te quiero mucho, cariño. Ten cuidado. Todo estará bien. —le dijo Hermione abrazada a él, dándole un beso, intentando tranquilizarlo.
—Tienes razón. —le concedió Ron después de respirar profundo para calmarse, besándola en seguida. Se separó de ella con una sonrisa.
Angelica se ubicó junto al chico preguntándose si trabajaría en equipo con él, como había hecho con el otro, o tendría que finalmente detener aquello como había hecho su cuñado unos minutos antes. Deseaba de todo corazón que su papá no se hubiese equivocado con el ultimátum que les había dado a los chicos.
Sirius se quedó con Hermione y el director, luego de pedirles por señas a sus amigos que estuviesen al pendiente de Angela y George. Estaba preocupado luego de haberlos visto tan mal cuando su esposa y él habían estado a solas con ellos.
Ron sonrió con atrevimiento luego que el auror lo intentara desarmar inmediatamente después del respetuoso saludo con que iniciaron el duelo. Se desplazó con habilidad para tener un mejor ángulo de ataque y empezó a lanzarle una serie de hechizos no verbales sin detenerse casi a respirar, moviéndose rápidamente, mareándolo, no dándole oportunidad de acercarse a Angelica ni de responderle los ataques. Lo presionaba para agotarlo al obligarlo a correr de un lado a otro, pues había escuchado su respiración cansada cuando habían llegado junto a ellos luego que Remus detuviese la práctica con Jessica.
Angelica comprendió la estrategia del chico casi quince minutos después, cuando vio que la respiración de su entrenador era muy irregular al igual que la del chico. Sólo que el primero estaba notablemente más cansado. Suspirando lanzó un hechizo de desarme sobre los dos fingiendo que se defendía de uno que le había llegado cerca proveniente del auror.
—Lo siento. ¿Están bien? —se disculpó de inmediato mirando a los dos en el suelo sin sus varitas, con los rostros girados en dirección a ella, respirando mal.
—Sí. —respondió el auror con una mezcla de agradecimiento y molestia.
—Perfectamente. —respondió Ron con una sonrisa mal contenida.
—Creo que Alastor puede evaluar sus movimientos mientras yo practico con los cuatro últimos jóvenes. —intervino con voz seria el director.
—Como usted diga, señor. —le respondió con tono impertinente Harry, conteniéndose de decir algo más por el apretón en su brazo derecho de Hermione, que le susurró:
—Calma.
—Joven Mercurio, si no tiene inconveniente quiero empezar con usted. —le indicó en tono amable al chico que había permanecido tranquilo junto a él mientras la de ojos miel explotaba contra su amigo, luego de mirar con el ceño fruncido a Harry.
—Será un honor, profesor —le respondió Fred respetuoso—. Ve con los chicos a la mesa, mi amor, por favor. —le pidió con cariño a Jessica en el tono meloso que usaba para convencerla de algo que no quería hacer, mirando en seguida a su gemelo a los ojos.
George comprendió de inmediato que no quería que intentase en ningún momento defenderlo del abuelo, estando todavía enojada, pudiendo llegar a hacer algo de lo que seguramente se arrepentiría luego. La agarró por un codo, asombrándose levemente al ver como su novia la tomaba por el otro y lo ayudaba a alejarla. Sonrió un segundo después.
Jennifer miró a su papá inquisitiva, sin saber qué hacer, quedándose junto al chico ante una señal de él.
Fred saludó respetuosamente al que algún día sería su director, firme y comprensivo al mismo tiempo. Sabía, al igual que sus amigos, porqué les había dado ese ultimátum. También estaba enojado, pero tenía muy claro que el director sabía que las chicas eran sus nietas por la forma en que las había mirado a las dos antes de decir aquello. Esto fue algo de lo que sólo se dieron cuenta George y él, que venían sospechándolo desde días atrás y estaban atentos a gestos y miradas del director cuando iba a la casa. Los otros no se habían dado cuenta por estar inmersos en análisis de los movimientos durante las prácticas ya realizadas, respondiendo con cautela a preguntas del director, el auror y las cuatro parejas.
Frunció el ceño y se concentró en lo que estaba haciendo, pues se había perdido en sus pensamientos y Jennifer había tenido que protegerlo de un hechizo de desarme. Quince minutos más tarde dejaba salir chispas rojas de su varita, luego de haber respondido acertadamente todos los hechizos del director, protegido a su joven suegra y atacado comedidamente al abuelo de su novia.
—Esa ha sido una muy buena práctica, joven Mercurio —le dijo con una sonrisa sincera el director. Empleó la palabra "práctica" para darle a entender que sabía que se había contenido durante la evaluación, no dejando aflorar realmente sus habilidades.
—Fue un honor haber sostenido un duelo amistoso con un excelente mago como lo es usted, profesor. —le respondió respetuoso Fred haciéndole una leve reverencia. Sonrió al ver que su gesto era correspondido.
Jessica gruñó en voz baja, abrazándose a su novio y alejándolo de su abuelo. Temía, inconscientemente, que los separase de alguna manera.
—¿Ha decidido usted con quien desea continuar, profesor? —le preguntó la castaña respetuosamente antes que su mejor amigo dijese algo en mal semblante. Harry seguía muy enojado, a pesar que ya tenían un esbozo de plan.
—Si se encuentra usted en condiciones me gustaría que fuese la siguiente, joven Gea. —le respondió con amabilidad el director, comprendiendo lo que había hecho. Se preguntaba qué habrían estado tramando allá atrás, pues la percibía tensa y decidida pero no tan enojada como lo estaba antes.
—Me encuentro bien para la evaluación, profesor. Gracias. —le respondió Hermione con amabilidad y seriedad.
—Me alegra saberlo, joven Gea. Por favor podrían dejarnos sólo a Sirius y a mí con ella. —les pidió a los otros, viendo con curiosidad que no sólo el novio se desplazaba hacia el lateral, sino que también lo hacían el líder del grupo y la pelirroja menuda.
—Urano, Venus y yo estaremos junto a la pared, Gea. —aclaró Harry en un tono de voz decidido que no daba derecho a réplica.
Hermione asintió con una sonrisa, pues ya se lo esperaba.
—Los demás estaremos atrás. —dijo muy firme George mientras él, el castaño y su gemelo arrastraban a sus novias hacia la mesa, pues aún estaban enojadas.
James cruzó de nuevo miradas con sus amigos. Estaba preocupado por las reacciones de los chicos desde que el director les había dicho aquello, así como la conversación en clave que habían sostenido. Todos suspiraron dejando allí a Sirius y desplazándose hasta el fondo de la habitación.
Alastor Moody también estaba preocupado, pero confiaba en que su amigo manejase adecuadamente la situación. Acompañó de nuevo a los demás hasta la mesa del fondo.
Hermione saludó respetuosamente al director y adoptó postura de combate. Durante veinte minutos se defendió, esquivó ataques, protegió a su compañero y contraatacó, formando un buen equipo con Sirius que se esforzaba en intentar protegerla y gruñía cuando se veía auxiliado por la castaña.
—¡Ya déjame en paz! —exclamó Harry en voz baja en ese momento.
Hermione al oírlo perdió concentración, siendo alcanzado Sirius por el hechizo aturdidor al sacarla del camino y perdiendo los dos las varitas.
—¡Rennervate! —reanimó Albus a Sirius, después de correr rápidamente y agacharse junto a ellos—. ¿Está bien, joven? —le preguntó a la castaña, preocupado al ver que masajeaba la muñeca izquierda con la otra mano.
—Sí, sólo me lastimé un poco la mano con la caída. —respondió Hermione adolorida.
—Electra. —llamó Ron a Jessica, preocupado, mientras se arrodillaba junto a ella.
Sabía que su hermana estaba ayudando a su mejor amigo a controlar el malestar que le generaba Voldemort por su conexión con la cicatriz. Pues aunque Harry ya no se veía invadido por los pensamientos, sentimientos y energías negativas de su enemigo, desde que cerró su proceso, seguía percibiendo sus cambios bruscos de carácter y sus pensamientos. Sólo que lo bloqueaba con la Oclumancia, especialmente desde que llegaron allí.
—Jennifer —llamó el director a su hija—. Por favor, joven Urano, permítanos moverla a la silla. —le pidió con amabilidad. Suspiró al ver que el chico hacía lo que le indicaba pero evitaba el contacto con él. Sirius lo ayudó a sentar a la chica en una silla que él hizo aparecer.
—Quieta mientras te… quito los vendajes… de ese brazo. —le indicó Jessica a su amiga, respirando agitada por haber atravesado la habitación corriendo tan rápido como podía adelantándose a su mamá por un par de minutos.
Jennifer abrió el maletín de medimagia, que había convocad,o rápidamente de la esquina en que lo dejaban mientras practicaban y le entregó a su hija ungüento desinflamante. Las dos habían visto que la castaña tenía razón en sus protestas, no era nada serio.
Luna, Neville y Fred respiraron aliviados al ver aquello, dirigiendo ahora miradas preocupadas hacia donde estaban los otros.
Albus se acercó cauteloso al grupo conformado por Ginny, Angela, George, Lily, James y Harry. Las dos primeras estaban de rodillas junto al último, que se sostenía la cabeza, mientras sus papás intentaban convencerlo de tomar agua fría con poción para el dolor y unas gotas de poción tranquilizante.
George los observaba atentamente, preocupado. Abrazó a su novia y la alejó levemente cuando la vio asentir. Maldijo en silencio que su enemigo hubiese tenido un cambio brusco de humor justo en ese momento, cuando todos estaban tan tensos. Había permanecido ubicado junto a su hermana y su novia, atento al estado de las dos luego de ayudar a su cuñado, preocupado por él también.
—Si sólo le dan unos minutos él se la tomará. —les cortó la pelirroja la insistencia a los esposos Potter con el tono más suave que logró emplear. Ahora se sentía mareada, además de lo enojada que había estado.
Tenía muy presente que esos jóvenes que intentaban ayudar a su novio eran sus suegros. Pero estaba agotada por el esfuerzo mágico que había hecho con Angela para ayudar a controlar la situación de la cicatriz a su prometido, sin que Voldemort pudiese llegar a percibirlo de manera alguna al haber fallado la Oclumancia de Harry por su propio enojo.
—¿Se siente mal, joven Marte? —le preguntó el director preocupado.
—Es sólo un leve dolor de cabeza, profesor. No se preocupe —le respondió el chico con una suave sonrisa, tanteando en busca del vaso con el agua fría con las pociones—. Gracias Lily. —agradeció con cariño luego que ella se lo ayudase a beber.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó ella mirándolo fijamente, con sus esmeraldas reflejando su preocupación por él.
—Sí. Gracias. —respondió Harry con una amplia sonrisa.
George, James y Albus los ayudaron a incorporarse a todos.
—Me parece que lo mejor será suspender la actividad. —dijo en tono suave el director en cuanto estuvieron reunidos con los otros, no queriendo alterarlos más de lo que ya estaban por lo que les había dicho.
—Sólo faltamos Leto y yo, profesor. Si no tiene usted inconveniente preferiríamos que terminásemos con las evaluaciones. —le contradijo en un tono sereno Angela, contenta al ver que su especial don los había ayudado a los tres a solventar la crisis por medio del segundo lazo sin agotarlos mucho ni mágica ni energéticamente.
—En ese caso me gustaría continuar con la joven Leto. —respondió intranquilo Albus.
—Con mucho gusto, señor director. —le respondió muy seria Luna, sin su tono amable habitual con ellos ni el despistado anterior.
Neville le dio un tierno beso y le sonrió, alejándose luego hacia el punto en el que antes se había estado ubicando el director.
James miraba a sus compañeros, nervioso, preguntándoles en silencio a las gemelas si hacía algo para detener aquello. Pero ellas denegaron señalándole con leves movimientos de cabeza a su papá. Alice y Frank se desplazaron hasta el punto en que se encontraba Neville, al igual que Alastor, mientras los demás caminaron hacia la mesa a excepción de Jennifer que se ubicó junto a Luna mirando interrogante a su padre.
Después de saludarse respetuosamente Luna adoptó posición de combate. Se limitó a defenderse de los ataques suaves y comedidos del director durante los primeros cinco minutos, hasta que en un movimiento defensivo vio los ojos castaños de su novio fijos en ella y luego los azules del director. En ese momento empezó a ver en el hombre que la atacaba a aquél que unos minutos antes había amenazado con encerrar a su novio en Azkaban, dejando de ver al anciano director a quien había respetado y admirado.
Jennifer tragó saliva al ver que la joven rubia empezaba a atacar a su papá luego de mirar al chico junto a los Longbottom, sabiendo además que su papá no permitiría que ella detuviese aquello como habían hecho su esposo y su gemela con Alastor Moody.
Albus analizaba con intensidad a la chica mientras la atacaba con suavidad. Se defendió con cuidado de no lastimarla cuando ella empezó a atacarlo. La guió imperceptiblemente para que desahogase su enojo con él, sin que nadie saliese lastimado.
Veinte minutos más tarde estaba cansada, con la voz de su novio en su cabeza pidiéndole que se detuviese. Su enojo se había transformado en molestia y frustración. Luna arrojó de su varita chispas rojas sonriendo con cariño en dirección a Neville y asintió.
Jennifer, que casi no había intervenido, suspiró con alivio.
—La felicito, joven Leto, es usted muy buena en Defensa. —le dijo con amabilidad el director sonriéndole.
—Gracias, profesor Dumbledore, es usted tan amable como manipulador. —le respondió Luna cortante. Se alejó hacia el centro de la habitación, donde ya se acercaba el resto del E.D.H. Se soltó a llorar en brazos de Neville, quien la sacó por una puerta lateral después de dejar las varitas de los dos en manos de George.
—Lamento que piense eso. —respondió el director decaído. Se entristeció más al verla llorando. Les hizo señas a sus ex alumnos para que no los siguiesen cuando los vio dirigirse fuera de la habitación.
—Y nosotros lamentamos que usted nos presione de la manera que lo ha hecho —le replicó Angela en tono frío y cortante, sin hacer caso de la presión en la cintura que le hacía su novio para que se contuviese—. Le tenemos respeto y, como ya le dijo Mercurio, lo consideramos un gran mago. Pero somos un grupo muy unido que enfrenta una situación complicada y lo menos que esperábamos de usted era que nos amenazara de la forma que lo ha hecho. —En ese momento entraron de nuevo Luna y Neville, que se paralizaron al oírla.
»Entendemos que quiere protegernos. Pero me temo que a veces por querer cuidar a las personas se les hace mucho daño. Espero que algún día entienda eso… profesor. —se contuvo a duras penas de llamarlo "abuelo", pues revivía en su mente el momento en que no ayudó a su mamá con la inocencia de su papá, así como también el que lo encerrase luego en Grimmauld "por su seguridad".
El silencio después de las palabras de Angela era pesado. Se podía respirar, palpar, casi se veía como una nube que envolvía las veinte personas en la habitación.
—Es posible que tenga usted razón, joven —rompió Albus el silencio cinco largos minutos después, con sus ojos azules analizándola profundamente—. Sin embargo, no fue mi intención el amenazarlos y lamento mucho que ustedes lo hayan visto así. Mi único interés es que ustedes permanezcan a salvo al menos hasta que regresen a su lugar de origen, donde estoy seguro sus familiares y amigos velarán porque sigan estándolo.
—Tal vez, profesor, ellos nos conozcan mejor de lo que usted pretende, comprendiendo que el ser jóvenes no nos convierte en personas inútiles, incapaces de medir los riesgos y defendernos —le respondió Angela con tono glacial, sin hacer caso del apretón de Harry en su hombro ni del de George en su cintura—. Y sí, es posible que nos equivoquemos porque somos humanos igual que usted, los otros que nos acompañan en esta sala, los enfermos mentales que se hacen llamar "mortífagos" y el hombre que ahora se hace llamar Voldemort. Pero sabe que pro‑fe‑sor —silabeó furiosa—, todos erramos para poder aprender.
—En eso tiene razón, joven Diana —le respondió Albus con una mezcla muy extraña de orgullo, tristeza y preocupación—. Espero que sepa usted algún día perdonar mis errores tomando en cuenta que sólo soy un humano con tendencia a equivocarse, como ha dicho. Alguien que quiere ayudarlos a usted, a su novio y a quienes la acompañan. Me gustaría mucho que usted conservase un buen recuerdo mío cuando no nos volvamos a ver.
Angela sintió que su rabia era enfriada de golpe mientras un frío hielo invadía todo su cuerpo y su mente, paralizándola. Las últimas diez palabras de su abuelo retumbaban en su cabeza, repitiéndose una y otra vez: "un buen recuerdo mío cuando no nos volvamos a ver". «Es como si supiera… Pero no, no puede ser… Y sin embargo…» Le dolía en el alma, pues sabía bien que con él no tendría oportunidad de compartir nada cuando volviesen a su época.
Recordaba claramente las palabras de su testamento. Su tristeza por no haber podido compartir con ella y su prima momentos tanto de dicha, como de tristeza, de angustia, de rabia, de compañía… En el testamento había lamentado no verlas desde que eran unas bebés. «El estar ahora aquí con ellos es tanto una bendición como una maldición».
Hizo un esfuerzo para regular de nuevo su respiración, consciente de su entorno nuevamente. Decidió que intentaría una vez más ver el medio vaso lleno de la situación en la que se encontraban, empezando por su abuelo.
—Perdone usted… profesor… Estoy enojada… asustada y… confundida —se disculpó con sinceridad, notando que prácticamente se estaba apoyando en George para no caerse—. No fue mi… intención… ofenderlo… Yo…
—Tranquila joven —la interrumpió con suavidad el abuelo preocupado por su salud—. Por favor tómese el vaso de poción que ha sacado Venus del bolsillo de su novio y cálmese para que pueda recuperarse.
—Pero profesor… yo no debí… —empezó de nuevo con voz quebrada, sintiendo que no podía contener las lágrimas que se escapaban de sus ojos.
—No te preocupes, Diana, no me ofendiste —la interrumpió con cariño, acariciándole con ternura el rostro vendado—. Sólo me expresaste en palabras comedidas tu inconformidad con lo que les dije. Te aseguro que tendré en cuenta lo que me has dicho. Ahora por favor bebe la poción y cálmate, todos estamos preocupados por tus pulmones.
Angela asintió y empezó a beber la poción, ayudada por George que la había sentado en una silla ahora que su cuerpo no estaba tenso como antes. Todos habían visto preocupados como perdía el color de sus labios y se ponía rígida ante la respuesta del director a sus palabras enojadas, sin responderles cuando le habían preguntado qué tenía pues evidentemente no los estaba oyendo. Cuando terminó de tomarla Jennifer le quitó las vendas de los ojos y Ginny se los curó.
—Es mejor que vayan todos a descansar —sugirió con voz suave el director—. Ha sido demasiado para un solo día.
—Pero… falta mi… evaluación. —replicó en voz baja Angela en un intento de protesta, apagado por el adormecimiento de su organismo luego del fuerte ataque de tensión nerviosa sufrido.
—No te preocupes por eso, Diana. —le respondió el director mientras interrogaba en silencio a su hija más tranquila por la debilidad en la voz de la chica. Estaba muy preocupado, nervioso también por el llanto silencioso de la chica de ojos miel a su lado.
Fred intentaba tranquilizar en susurros a su novia, pero no era fácil. Sabía que lo dicho por Angela durante su fría explosión y la expresión del abuelo la habían deprimido mucho, especialmente las últimas palabras de éste.
—Es mejor que la hagamos cuando te hayas recuperado de la herida en tu brazo. Tanto para poder ver tus habilidades reales como para evitar que Jennifer y tu novio me dejen sin varita, por permitir que estés haciendo ese tipo de esfuerzos cuando no estás bien de salud —le decía lentamente Albus a su nieta de pelo negro para distraerla, mientras Jennifer y la pelirroja menuda la evaluaban con sus varitas. Al ver las expresiones preocupadas de las dos que la habían evaluado se entristeció—. Aunque supongo que me lo he ganado después que los presione con…
—Por favor… profesor —lo interrumpió Angela, haciendo un acopio de fuerzas para hablarle recostada a George que la mantenía abrazada—. ¿No podríamos… olvidar eso y… dejarlo en que… el señor Moody… nos cazará y… encerrará a… todos en Azkaban… si nos vamos… de aquí? —preguntó, añadiendo con picardía—: A usted los… guardianes de… la prisión no… le gustan… Tal vez si nos… permite ir allí… con las varitas… podríamos… presentarles… unos patronus… corpóreos para… que se entretengan… un ratito. —finalizó con voz de niña pequeña proponiendo un juego. Perdió las fuerzas, desmadejándose.
—¿Diana? —preguntó asustado George.
—Estoy cansada… mi amor. —se disculpó Angela en voz baja.
—No hay problema, preciosa. Duerme, yo seré el guardián de tu sueño. —le respondió con cariño, mientras sus ojos azules se llenaban de lágrimas, acunándola en su pecho.
—Te amo. —logró susurrarle Angela antes de perder el conocimiento.
—¿Venus? —preguntó muy asustado Harry después de oír aquello.
—Ha sufrido un colapso nervioso y ha perdido el conocimiento. —le respondió con sinceridad la menuda pelirroja.
—¡¿QUÉ?! —gritó Harry aterrado—. ¡Pero a ella no pueden ayudarla con poción tranquilizante como hicieron conmigo!
—No. Pero si la dejamos descansar desde ahora, sin que nada ni nadie la ponga nerviosa por unos días, se recuperará —aseguró Jennifer muy seria—. Es por eso que le habilitaremos un cuarto al lado del que usa ahora con sus compañeras para que esté sola. No puede discutir de nuevo con Gea o tendrá otra crisis —Suspiró al ver a la castaña contener la respiración—. Lo que dijo el profesor Dumbledore hoy tampoco se volverá a mencionar en su presencia.
—Ni tampoco cuando ella no esté presente porque no haré lo que les dije —aclaró Albus con voz muy triste mirando a la chica de ojos miel, pidiéndole perdón en silencio—. Sólo quise conseguir una vía para evitar que estuviesen en peligro. Lamento tanto haberme equivocado de una manera tan grave.
—No se preocupe, profesor —replicó George rápidamente para evitar que Harry, Jessica, Neville o uno de los otros explotase si aún estaban enojados, o debido a la preocupación por el estado de Angela, mientras le acariciaba el rostro a su novia inconsciente a través del vendaje. Había entendido de su cruce de palabras que ella y su abuelo deseaban olvidar el inconveniente y llevarse bien. Él los ayudaría en la medida de sus posibilidades—. Todos entendemos sus razones para decir y hacer lo que pensó era lo correcto.
—Desde que llegamos con usted ha intentado ayudarnos a pesar de todo —afirmó Jessica mirándolo fijamente, con una mezcla de tristeza y disculpa en la mirada—. Perdone usted nuestra reacción ante su planteamiento, por favor. Debimos comprender sus motivos e intentar razonar con usted.
—Júpiter y Electra tienen razón, profesor —los apoyó Luna—. Perdone lo que le dije hace un rato.
—No se preocupe, joven Leto. Yo no oí nada. —le dijo con una afable sonrisa el director.
—Me adelantaré para decirle a los elfos que arreglen el otro cuarto —intervino James mirando preocupado a la chica de pelo negro, girándose a mirar a quien consideraba su hermano—. Tú lleva a Diana para que Júpiter no…
—Disculpa, James, perdona, Jennifer, pero mover a Diana a otro cuarto sólo la pondrá nerviosa. —lo interrumpió Jessica mirando muy preocupada a su prima.
—Yo no le volveré a decir nada que la pueda alterar de ninguna manera —afirmó Hermione cabizbaja—. Y si lo intento Electra, Leto y Venus me lanzarán hechizos silenciadores. Pero no la cambien de cuarto.
—Está bien —aceptó Jennifer considerando que ellas la conocían más y sabían cómo reaccionaría—. Pero la estaré evaluando a diversas horas y sin aviso previo. Si noto la más mínima alteración en ella me la llevo conmigo y mi esposo a mi casa hasta que se recupere.
—Sí. —aceptaron los nueve de inmediato.
—Deja que yo la lleve, por favor. —le pidió Sirius a George preocupado porque el chico lucía desencajado, probablemente por la preocupación, sonriendo al verlo asentir.
Después de acostar a Angela en la cama, Jennifer insistió hasta que sus nueve compañeros permitieron que los evaluase, les curase los pequeños raspones y lastimaduras y les diese luego poción para dormir sin soñar. Harry fue el primero y uno de los dos más renuentes de sus pacientes, con George el último y segundo más problemático para una gemela preocupada.
El director, el auror y las cuatro parejas bajaron hacia la biblioteca para empezar a hablar sobre lo ocurrido, pero no pudieron hacerlo porque cuando llegaron allí vieron aparecer un patronus con forma de mapache que abrió su boca y dijo con la voz agitada y ronca de Caradoc Dearborn:
—Ataque en el este de Liverpool. Hay muchos dementores sobre el hospital muggle y la estación de trenes es el foco más grande del ataque mortífago. También hay cuatro gigantes frente al museo.
La figura plateada desapareció.
—Idun —llamó James, dándole instrucciones apenas la vio aparecer unos segundos después—. Tenemos que irnos. No dejen solos a los chicos por ningún concepto. Si escuchan algo anormal, lo que sea, sellen las habitaciones de ellos y los llevan a casa de papá. Me esperan allá los cuatro con los diez chicos a menos que el profesor Dumbledore o yo les ordenemos regresar. Yo luego hablo con él.
—Sí señor. —le contestó la elfina asustada, desapareciendo en seguida rumbo a la cocina para buscar a los otros tres elfos y subir a las habitaciones donde los diez chicos dormían.
—Tenía entendido que más nadie sabía sobre ellos. —lo cuestionó Alastor señalando en dirección a las habitaciones.
—Espero que no pase nada aquí. Pero después de lo ocurrido la última luna llena no los voy a dejar aquí solos mientras se produzca un ataque, indefensos ya que están dormidos por poción para dormir sin soñar. —le respondió James.
—Estoy de acuerdo —aprobó muy serio el director—. Espero que no pase nada pero es mejor prevenir. Yo hablaré con Charlus si es necesario. Vamos.
Los diez asintieron y desaparecieron, listos para combatir con los mortífagos y ayudar a los muggles, a quienes luego les borrarían la memoria sobre lo ocurrido los Obliviadores del Departamento de Desastres Mágicos y Catástrofes del Ministerio.
Albus se adelantó rápidamente hacia los gigantes, Alastor con Angelica, James, Frank y Sirius se dirigieron a la estación de trenes, mientras Jennifer, Lily, Alice y Remus corrieron hacia el hospital, para alejar a los dementores y combatir a los pocos mortífagos que estaban allí. Parecían no afectarles demasiado las terribles criaturas, aunque no se acercaban mucho a los lugares en que estas flotaban atacando a indefensos muggles.
Caradoc Dearborn, Dorcas Meadowes, Benjy Fenwick, Edgar Bones, Rubeus Hagrid, Dedalus Diggle y Minerva McGonagall ya estaban allí, la mayoría en la estación de trenes; Sturgis Podmore, Emmeline Vance, Elphias Doge y Peter Pettigrew aparecieron tan solo unos minutos después, así como un grupo de aurores comandados por el propio Bartemius Crouch.
Voldemort estaba presente, comandando el ataque cerca de los gigantes. Al ver aparecer al director desapareció, antes que lo viese, hacia donde estaban los mortífagos. Arreció el ataque, los dejó debidamente organizados y se trasladó al hospital muggle.
Buscaba a un médico y una enfermera específicamente: los que habían atendido el parto de su madre, con la muggle regente en aquél orfanato, la fría noche del 31 de diciembre de 1926. Estaba decidido a eliminar a los últimos que habían sabido de su existencia antes de convertirse en Lord Voldemort. Ya se había encargado de la regente del orfanato y de los otros niños que habían estado allí cuando él estuvo, incluyendo al pelirrojo de ojos castaños, quien aún siendo muggle había sido un adversario respetable tanto en el orfanato como cuando lo encontró y asesinó.
«Los muggles, estúpidos ignorantes. Creen que estoy enfermo y busco a un médico de confianza entre la confusión y el caos que estoy sembrando a su alrededor», pensó ante las indicaciones que le daban rápidamente sobre como ubicar al médico. Allí estaba frente a él la vieja enfermera que buscaba, apenas salir del ascensor, a tan solo dos metros de él.
—¡Avada Kedavra! —la asesinó sin miramientos—. ¿Dónde está el doctor Joseph Benson? —interrogó a la joven que estaba junto a ella, quien se había paralizado junto a su compañera al oír aquello tan extraño y verla caer con la muerte reflejada en su anciano rostro.
—Fuera de tu alcance, Voldemort —le respondió una pelirroja cuyas esmeraldas lo miraban furiosas, destellando poder—. Al igual que ella. —se interpuso frente a la joven enfermera, apuntándole con su varita.
—¿Cómo te llamas, muchacha insolente? —le preguntó el líder de los mortífagos con una mezcla de curiosidad, por la decisión con la que le hablaba, y enojo, por entrometerse en sus planes.
—Lily Potter. —le respondió la joven mujer con decisión, mirándolo fijamente, buscando en aquellos profundos ojos negros un ápice de humanidad.
—Potter… —murmuró Voldemort frunciendo el ceño—. No encontrarás en mí lo que no hay —agregó en un siseo suave, sonriendo malévolamente al ver su expresión de sorpresa. Frunció el ceño de nuevo al notar que le cerraba su mente—. Eres una buena Oclumente además de una poderosa bruja. ¡Únete a mi grupo!
—¿Querrías en tu grupo a una hija de muggles? —lo desafió Lily.
—¡Increíble! Una sangre sucia que aparenta tener tanto poder mágico —comentó Voldemort con genuina curiosidad—. Veamos hasta dónde has desarrollado tu potencial, jovencita, y al mismo tiempo enseñarte respeto —siseó con malicia—. ¡Crucio!
—¡Protego! —conjuraron simultáneamente Lily, que se había desplazado con agilidad para esquivar la maldición sabiendo que no había escudo contra ella que fuese efectivo, Jennifer, Alice, Caradoc y Remus que llegaron en ese momento, perdiendo los patronus que habían estado conjurando.
Al menos veinte dementores se precipitaron sobre Voldemort y ellos cinco, sólo que al primero parecían no afectarle.
—¡Expecto Patronum! —convocó Lily su protector, quitando su escudo, para defender a una enfermera que llevaba en silla de ruedas a un pequeño castaño de ojos negros, quien miraba asombrado todo lo que ocurría.
Voldemort observó con interés al patronus con los ojos entrecerrados, pues su brillo le molestaba. Convocó con la marca en el brazo del mortífago a su izquierda a sus mortífagos mejor entrenados. «Tengo que sacar a estos magos de mi camino y al parecer están bien preparados para mis criaturas».
Ninguno de los miembros de la Orden del Fénix notó su movimiento, ocupados en convocar sus patronus y alejar la mayor cantidad posible de dementores. El de Caradoc era el más débil. Voldemort se alejó de aquellas criaturas plateadas tomando el pasillo del lado izquierdo, decidido a terminar lo que había ido a hacer allí.
—¿No te agrada mi patronus, Voldemort? —lo retó Lily, que lo había visto desplazarse y lo siguió con un movimiento paralelo al suyo. Intentaba hacer tiempo hablándole hasta que llegasen refuerzos. Quería evitar que consiguiese a su blanco mientras tanto. Sabía que Jennifer les avisaría a los otros, por medio de Angelica, que Lord Voldemort estaba allí.
—No puede ser de su agrado, Lily. —dijo James que llegaba a su lado.
—Él no puede soportar cerca algo tan puro. —lo apoyó Alice, del otro lado de su amiga.
—No cuando tiene algo oscuro en lugar de alma. —agregó Frank con su voz profunda al otro lado de su esposa.
—Interesantes opiniones —siseó Voldemort deteniendo su avance para enfrentarlos, mientras analizaba la situación rápidamente. Sus mortífagos empezaron a aparecer, pero también aurores y otros magos. «Si no me muevo pronto me arruinarán mis planes»—. Ya sé que la pelirroja se llama Lily Potter. ¿Cuáles son los nombres de los otros tres insolentes que aún no han aprendido a respetarme? —siseó con veneno en la voz mirando al pelinegro de ojos avellana.
—Frank Longbottom, James Potter y Alice Longbottom. —le respondió fríamente Alice.
—¿Algo más que quieras saber, Voldemort? —le preguntó James con fingida amabilidad.
—Sólo cuánto durarán antes de caer ante mi poder por su insolencia. —siseó el mago oscuro. Empezó a atacarlos con agilidad y hechizos terribles, respaldado por los esposos Lestrange.
Voldemort observaba con respeto al cabo de quince minutos como esos cuatro magos se enfrentaban a él con gran habilidad y poder. «Aunque pronto podría matarlos, si sigo aquí con dos de mis más fieles mortífagos a mi lado y otros llegando, con mis conocimientos de magia negra antigua. Pero eso me distraería de mi objetivo. Ya luego me haré cargo de ellos si no aceptan unirse a mí».
Lucius Malfoy y Evan Rosier habían acudido rápidamente al llamado de su amo, interponiéndose con Bellatrix y Rodolphus Lestrange en el camino de aquellos que entorpecían al que ellos consideraban el mejor mago de todos los tiempos.
Voldemort hizo un gesto burlón de despedida y se desplazó hacia el área donde había visto deslizarse instintivamente la mirada de la enfermera joven, cuando preguntó por el médico. Al llegar frente a la puerta con el nombre del muggle que buscaba ésta se abría, saliendo un anciano que lo miró interrogante.
Levantó su varita hacia él y sintió el impacto de un hechizo de desarme. Se movió con habilidad tanto para esquivar las cuerdas que intentaban atarlo como para recuperar su varita. Se giró rápidamente y atacó a la mujer que lo había distraído de su objetivo momentáneamente. «Pelea bien, seguro es del grupo del viejo. Pero no es contrincante para mí».
Diez minutos más tarde le lanzó la Maldición Cruciatus a Dorcas Meadowes. Se acercó a ella lentamente, mientras los gritos de dolor de la bruja llenaban el pasillo. Alejó de ella con su pie la varita, que se le había caído al recibir el impacto.
—Nadie se interpone en el camino de Lord Voldemort y vive para contarlo —dijo el mago oscuro con su voz fría como hielo al suspender la Maldición Cruciatus, mirando con desprecio a la mujer que intentaba ponerse en pie mientras tosía sangre—. ¡Avada Kedavra! —la asesinó sin contemplaciones. Se giró y apuntó su varita hacia el anciano médico que había presenciado todo aterrorizado, cubriendo con su cuerpo la huida de una joven mujer que se alejaba por el pasillo—. Me ha dado demasiados problemas, muggle. ¡Avada Kedavra! —lo asesinó.
—¿Por qué tanto interés en un médico muggle, Tom? —le preguntó Albus con voz triste, al llegar allí unos segundos después que saliese la maldición de la varita, sin tiempo para evitar el asesinato del médico. Había visto rápidamente el cuerpo sin vida de la bruja miembro de La Orden del Fénix.
—Esa es una pregunta a la que no responderé aún sabiendo la respuesta… profesor —le respondió Voldemort mirándolo fijamente—. ¿Qué hace usted tan lejos del colegio? ¿Ahora sí está interesado en ingresar al Ministerio?
—No, Tom. Sólo estoy aquí para evitar en la medida de lo posible que sigas haciendo daño a inocentes —le respondió Albus con tono frío y el ceño fruncido—. Entrégame tu varita y ordena a tus vasallos que se entreguen.
—Es una lástima que usted siga empeñado en entorpecer mis planes, profesor. Sin embargo en el día de hoy ha llegado tarde. Como ya he cumplido con la mayoría de mis objetivos me retiro. —le dijo Voldemort con una mezcla de miedo en la mirada y desprecio en la voz, desapareciendo.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
Peter apareció en la casa de los Potter mediante la chimenea, temblando al pensar el castigo que le proporcionaría su amo en esta ocasión si no lograba conseguir aquello. En esta oportunidad se había asegurado que no fuese luna llena y estar en la batalla hasta ver aparecer a todos los de La Orden del Fénix antes de ir allí. Se ocultaba de nuevo bajo su disfraz de mortífago, su capa negra rozando el piso mientras avanzaba mirando tras la máscara blanca.
Su objetivo eran los antiguos documentos escritos en lengua extraña (albanés había dicho su amo) que le entregasen al director los hermanos Prewett antes que los asesinara Antonin Dolohov. Tenía que conseguirlos y desaparecer. Se desplazó hacia el lugar en que se suponía dormían los elfos y revisó que no estuviesen allí. Luego examinó el sótano vacío dejando la puerta abierta. Se aseguró que quedase así para llevar allí a las pequeñas criaturas.
Mientras examinaba la planta baja, con cautela, pensaba aliviado «Menos mal que mi visita la vez anterior no fue notada por los otros Merodeadores. De ser así lo hubiesen mencionado en el almuerzo que tuvimosen el Ministerio el día después. Tampoco dijo nada ninguno de los otros miembros de la Orden en la reunión que convocó el director. Al parecer el licántropo no hizo destrozos.».
Él tampoco había preguntado, pues su amo le había prohibido insinuar siquiera algo sobre el tema mientras le castigaba "apropiadamente". No pudo contener un escalofrío al recordar lo ocurrido. De no ser por los cuidados de Sigfrida aún estaría en cama.
«Nada. Los molestos elfos domésticos no están aquí. Esta casa es enorme y no sé realmente de cuanto tiempo dispongo. No puedo buscar a las cuatro escurridizas criaturas y perder los documentos». Decidió cambiar de planes. «Si se aparecen los desmayaré».
Apuntó con aquella varita rígida y molesta la puerta de la Sala de Reuniones.
—¡Alohomora! —La puerta no se movió en lo absoluto ni la cerradura sonó—. Maldita varita inútil —protestó en voz baja. Tembló al pensar que se la hubiese entregado su amo con el propósito que fallase. Sacó su varita—. ¡Alohomora! —La puerta rechinó, retumbando aquél pequeño sonido en el silencio de la casa.
«Ha producido un ruido tan tétrico como si de un mal presagio se tratase». Sacudió la cabeza para alejar ese pensamiento y entró a la habitación, moviéndose hacia el armario en que se guardaban los documentos de La Orden del Fénix. Estaba muy atento a la puerta abierta. Esperaba ver aparecer en cualquier momento a los elfos domésticos, listo para dejarlos inconscientes.
Durante cuarenta minutos intentó abrir las gavetas con los hechizos que conocía. No logró nada de importancia, pues en las dos que abrió no estaba lo que su amo le había descrito. Maldijo en voz baja su suerte, poniéndose más nervioso a cada minuto. Estaba extrañado que los elfos no hubiesen ya ido allí. Se le caían de sus dedos temblorosos los papeles que había logrado sacar.
Sintió la marca en su brazo y desapareció, tan pálido como un cadáver, llevando aquellos pocos documentos que logró extraer. Temía que no serían suficientes para calmar a su amo. No parecían ser lo que buscaba, pero no estaba seguro.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
Al escuchar el sonido chirriante los cuatro elfos abrieron al máximo sus ojos, asustados, cerrando de inmediato las puertas de los cuartos. Dotty e Idun hicieron flotar los cuerpos de las cinco durmientes al centro de la habitación. Formando un círculo de manos con ellas desaparecieron rápidamente de allí.
Aparecieron en la sala‑comedor de la pequeña casita en Falmouth ante un muy desconcertado Charlus Potter. El mago les apuntó rápidamente con su varita, mirando interrogante a la elfina Idun. Se sobresaltó al ver aparecer a Tyr con el elfo de nombre Wykers y cinco chicos.
—¿Qué pasa aquí, Idun? ¿Por qué aparecen con diez desconocidos con sus rostros ocultos, Tyr? —les preguntó Charlus muy confundido.
—Idun, Tyr, Dotty y Wykers cumplen con las órdenes del señor James, señor Charlus. —le respondió la elfina con su voz chillona, mirándolo con sus ojos enormes.
—El señor James nos ordenó que trasladáramos aquí a los jóvenes si oíamos cualquier ruido en la casa, para que no estuvieran en peligro como la última vez. —le respondió respetuoso el elfo.
—¿James les ordenó que los trajeran aquí? ¿A diez desconocidos? ¿En peligro como la última vez? —preguntó Charlus sin entender las respuestas de los elfos—. Les ordeno a Idun y Tyr que me digan quiénes son estos diez chicos y porqué James les ordenó traerlos aquí. —dijo muy serio. Se extrañó al ver a los dos elfos temblando muy pálidos, asustándose al verlos denegar febrilmente al parecer cerca de colapsar.
—Disculpe el atrevimiento de Dotty, señor Potter, pero ellos no pueden obedecerle a usted sin desobedecer la orden directa que les dio el señor James de guardarle un secreto con sus vidas. —Se atrevió a decirle la elfina al ver a sus compañeros aterrados, luchando internamente por su instinto de obedecer a sus dos amos y guardarles sus secretos.
—Idun, Tyr, olviden la última orden que les di —dijo rápidamente Charlus al oír aquello, temiendo que por obedecerles a los dos atentasen contra sus vidas. Suspiró al verlos respirar más tranquilos—. Dotty, por favor busca a Sif en la cocina y dile que traiga jugo de calabaza en una jarra. Por favor, respondan si pueden hacerlo. ¿Están dormidos por poción o inconscientes por motivos de salud? —les preguntó a los otros tres elfos en cuanto la elfina salió, mirando los vendajes en siete de ellos.
—Ellos nueve están dormidos con poción, señor Potter, para que descansasen y se recuperasen. La señorita Diana está muy delicada de salud. —le respondió Wykers, señalándole primero a todos excepto a Angela y a ella al final.
—James está en una batalla contra mortífagos, ¿verdad? —preguntó Charlus. Suspiró al verlos asentir—. Sif, trae poción para despertar a estos nueve chicos —le ordenó a su vieja elfina—. Ustedes no tienen que temer nada, Idun y Tyr. Yo hablaré con James cuando venga sobre guardarme secretos. —apuntó muy serio.
»Supongo que esas son las varitas de ellos —afirmó mirando las varitas que Idun y Tyr tenían guardadas en los bolsillos frontales de los pequeños trajes que Angelica se había empeñado en hacerles: pantalones y una especie de bata similar a la usada por los médicos muggles. Al ver asentir a las pequeñas criaturas, asustadas, les ordenó en un gesto mudo con su mano tendida que se las entregaran. Notó en los bolsillos de las elfinas unos vasos que contenían algo color verde grama—. Ustedes cuatro quédense allí quietos.
Los cuatro elfos se miraron nerviosos. No podían hacer nada para contradecir al señor Potter, pero sabían que eso traería problemas.
Charlus hizo flotar a Angela hacia el sofá‑cama que había arreglado con su varita, mirándola muy preocupado. No le gustaba nada lo irregular en la respiración de esa jovencita, tampoco que sus labios estuviesen pálidos y ese vendaje que le cubría incluso los ojos. El elfo había dicho que estaba delicada. No sabía quién era esa chica y sus compañeros, pero lo iba a averiguar en unos minutos con los otros mientras que a ella la dejaría descansar.
Luego movió con cuidado a los tres chicos que también tenían vendados los ojos, de uno en uno, cerca de la chica de pelo negro. Luego a los otros seis cerca de ellos, frunciendo el ceño al oír quejarse aún dormido a uno de ellos cuando le tocó el hombro izquierdo.
Les quitó los pasamontañas a los tres chicos que no tenían el vendaje en los brazos, notando que tampoco lo tenían en sus rostros. Frunció el ceño de nuevo, mirándolos analíticamente. «Esta chica es una versión femenina de Remus Lupin. Pero hasta donde sé el amigo de mi hijo no tiene hermanas ni hermanos. Los pelirrojos son evidentemente gemelos idénticos y se me parecen mucho a alguien, sólo que no sé precisar a quién». Les colocó de nuevo los pasamontañas con cuidado.
Miró levemente indeciso a los chicos con los rostros vendados, pero recordó la muerte de sus hermanos y frunció el ceño, decidiéndose. Sabía lo necesario gracias a sus prácticas con Alyssa en los primeros años de ella en la escuela de medimagia, antes que se desatase la desgracia en su familia.
Con su varita les quitó el vendaje del rostro a Luna, Ginny y Neville, uno por uno, volviéndoselos a poner. Tragó saliva al ver el rostro del último, el que se había quejado al tocarle el hombro izquierdo. «Se parece demasiado a la joven Alice, pero no lo he visto antes y yo conozco prácticamente a todos los Presley y los Yaxley".
Se giró hacia los tres chicos con el vendaje incluso en los ojos. Suspiró y procedió con ellos. Primero con Hermione, luego con Ron y cuando le quitó el vendaje a Harry se quedó petrificado, apuntándole con su varita con el pulso tembloroso. «¿Qué clase de broma macabra es esta?»
—¿Por qué no me dijeron que James venía con ustedes y con esas quemaduras? —les preguntó enojado a los elfos.
—Él no es el señor James. —logró responderle Wykers luego de un par de minutos, mientras los otros tres elfos aún miraban aterrados al chico.
Si Charlus no hubiese visto sus expresiones no les hubiese creído. Se quedó mirando fijamente al chico. «¿Habrá tenido un hijo sin saberlo mi hermano Harry y este chico es mi sobrino? Puede ser. Mi hermano fue un conquistador nato y yo le conocí varias 'novias casi oficiales' antes de su muerte prematura. Además están aquellos dos pequeñines de los que se enteró el día que…» Detuvo su tren de pensamientos pues sabía que no debía recordar aquello por su salud. Le acarició con cariño la cabeza.
Examinó con preocupación las quemaduras y le entreabrió el ojo derecho como había hecho con los otros dos, deseando que no tuviese aquella leve opacidad que había visto en la castaña y el pelirrojo. Pero lo que vio lo hizo retroceder aterrado y dejar caer la varita, empezando a respirar muy agitado. «No puede ser, no puede ser. Esos ojos sólo los he visto en una persona en mi larga vida y es en la esposa de mi hijo, Lily Evans ahora Potter».
Hizo un esfuerzo para calmarse y se acercó de nuevo al chico. Le entreabrió de nuevo los párpados, ahora de los dos ojos. Contuvo la respiración al verlos. Se los cerró con cuidado en cuanto se recuperó de la impresión que le dio verlos. Lo miró una vez más, detallándolo, viendo la cicatriz en su frente con el ceño fruncido. Suspiró, tomó su varita y lo vendó de nuevo, teniendo cuidado como había hecho con los otros en hacer el mismo tipo de vendaje que había quitado mientras sus pensamientos intentaban conectar ideas con rapidez.
—¿James, su esposa o alguien más ha visto sus rostros? —les preguntó a los elfos para confirmar sus sospechas.
—Hasta donde Idun, Tyr, Wykers y Dotty saben, sólo Madam Pomfrey y el profesor Dumbledore los habían visto. Pero la señorita Diana les había borrado los recuerdos, señor Potter. —le respondió la segunda elfina, nerviosa.
Al oír aquella respuesta miró a la chica con el ceño fruncido, sentándose junto a ella en el sofá‑cama. Respiró profundo para calmarse y le quitó el vendaje a ella también, como había hecho con los otros. Cerró los ojos y denegó luego de ver sus ojos grises, en aquél rostro tan similar al del mejor amigo de su hijo en tantos rasgos. «Una locura, esto es una locura». La volvió a vendar mientras interrogaba de nuevo a los elfos.
—Dotty, además de Poppy, Albus, James y Lily, ¿quién sabe que estos chicos están en casa de mi hijo?
—De ellos sólo saben los señores Angelica y Sirius Black, Jennifer y Remus Lupin, Alice y Frank Longbottom y el señor Alastor Moody, que se enteró hoy en la madrugada. —le respondió la elfina respetuosa, pues él sabía de los "matrimonios especiales" de quienes consideraba sus amos actuales por boca de Sirius Black, antes de abalanzarse sobre una lámpara y empezar a golpearse con ella. Esto fue detenido por Sif por una orden silenciosa de Charlus.
—¿Desde cuándo están ellos en la casa, Wykers?
—Desde hace un mes aproximadamente. —le respondió el elfo, procediendo de inmediato a golpearse contra la pared.
—Idun, Tyr, detengan el auto-castigo de Wykers —les ordenó Charlus muy serio. Miró a los diez chicos y a los cuatro elfos y suspiró—. Ninguno de ustedes cinco le dirá a nadie que yo les he quitado los vendajes y pasamontañas, mucho menos lo que vimos al hacerlo —les ordenó con firmeza, asintiendo al oír la aceptación de su orden de parte de todos pues Dotty y Wykers lo respetaban mucho tanto por petición de Jennifer y Angelica como por el trato que les daba—. Sif, despierta con la poción a las tres chicas que no tienen vendajes en los ojos. —le ordenó a su vieja elfina mientras él les apuntaba con su varita a distancia prudencial. Quería averiguar quiénes eran y evidentemente no podía preguntarles más nada a los elfos.
—¿James? —preguntó atontada Jessica, que aún no lograba enfocar bien. Veía frente a ella a un pelinegro de ojos avellana mirándola fijamente, apuntándole con una varita. Abrió mucho los ojos al notar que estaba viendo a una versión bastante mayor de la persona que había nombrado.
—¿Qué pasó? —preguntó asustada Luna, que lo miraba también pensando que habían modificado de alguna manera el curso de la historia y viajado nuevamente en el tiempo.
—¿Quién es usted… señor? —preguntó Ginny que había visto a los cinco elfos primero, por lo que había descartado la teoría de sus amigas.
—Me llamo Charlus Potter. Están en mi casa. Los trajeron Idun, Tyr, Dotty y Wykers por órdenes de James —les respondió con voz pausada, evaluando cada una de sus reacciones a sus palabras—. Ahora quiero que ustedes respondan mis preguntas. ¿Quiénes son? ¿Por qué tres de ustedes ocultan sus rostros tras pasamontañas? ¿A qué se deben los vendajes en los demás? ¿Qué tiene la chica de pelo negro?
Las tres chicas abrieron mucho los ojos al oír lo que él les decía, asustadas. Miraron a sus compañeros aparentemente dormidos, intentando entender.
—No podemos decirle quiénes somos porque no lo sabemos, señor Potter —se atrevió al fin a empezar a responderle Ginny, mirándolo muy nerviosa—. Sólo recordamos unos seudónimos, algunos trozos inconexos de nuestro pasado y lo vivido desde hace aproximadamente un mes que estamos bajo la protección de su hijo y la esposa en su casa, mientras nos recuperamos de salud. Nuestros vendajes se deben a quemaduras en nuestros brazos y rostros.
—Los tres que ya se han curado de sus quemaduras siguen sin recordar quién nos hizo esto. —continuó Luna al ver que la pelirroja miraba nerviosa la varita del abuelo de su novio apuntándoles.
—Es por eso que usamos pasamontañas, señor. Porque no queremos que nadie vea nuestros rostros y nos ponga en peligro al intentar averiguar quiénes somos, o porque lo sepa y quiera terminar lo que empezaron —siguió Jessica—. Diana está enferma de los pulmones y del sistema nervioso.
—¡Silencio! —les lanzó a las tres asustadas chicas—. Sif, despierta a los tres chicos con los ojos vendados —Al ver las expresiones aterradas de las chicas, la pelirroja buscando algo en su pijama y las otras dos moviéndose con intenciones de ir con sus compañeros, añadió—: Quietas o las petrifico. Sus diez varitas las tengo yo.
Ginny, Jessica y Luna se miraron asustadas, inhabilitadas para advertir a sus compañeros sobre la situación en la que estaban a menos que lo hiciesen mentalmente. Pero con Harry, que era a quien realmente querían advertir, no era aconsejable después de lo ocurrido antes con su cicatriz.
—¿Wykers? —preguntó Ron atontado.
—¿Dotty? —preguntó Hermione al no oír la respuesta del elfo o elfina junto a ella.
—¿Gea? ¿Cómo es que estás con nosotros? —preguntó Harry extrañado, sin entender porqué despertaba en el piso, sentado recostado a un mueble—. ¿Idun? ¿Tyr? —atrapó el brazo de la vieja elfina con suavidad—. Por favor, ¿qué pasa?
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Charlus serio, al recuperarse de la fuerte impresión de oír la voz de su hijo en aquél rostro vendado idéntico a James con los ojos de Lily. «¿Quién es?», quiso saber.
—¿James? —preguntó desubicado Harry. Su voz era parecida y distinta. Soltó a la elfina al sentir que se movía nerviosa—. Perdona… ¿Idun?
—Mi nombre es Charlus Potter y a quién sujetabas es a Sif, la madre de Idun —le aclaró el abuelo a Harry—. Ahora respondan a mi pregunta. ¿Quiénes son ustedes?
El pelinegro se quedó petrificado, conteniendo la respiración. «Mi abuelo».
—Eso no lo sabemos, señor —contestó Hermione con una voz baja y temblorosa mientras tanteaba en dirección a la voz de su mejor amigo y se abrazaba a él por la cintura—. Sólo podemos darle unos seudónimos.
—¿Por qué? —preguntó Charlus muy atento a las reacciones de los chicos. Notó que las tres primeras chicas miraban muy nerviosas al chico que había sujetado antes a su elfina y la varita en su mano, mientras la chica de pelo castaño y el chico alto lo rodeaban rápidamente de una manera protectora.
—Porque nuestros nombres no los sabemos, señor —le empezó a responder Ron, con la voz menos firme de lo que hubiese querido—. Sólo recordamos unos seudónimos y algunos pequeños trozos de nuestro pasado. Alguien nos atacó, resultando quemados y sin poder recordar la mayoría de nuestras vidas —le explicó mientras buscaba a su alrededor con la mano izquierda. Consiguió la forma de otro cuerpo. Soltando el abrazo a su mejor amigo tanteó en busca del rostro. Estaba casi seguro que era uno de los gemelos—. ¿Mercurio? ¿Júpiter?
—Aún están dormidos cuatro de sus compañeros con la poción que les dieron en casa de mi hijo —le dijo Charlus, que comprendía que al no ver intentaban buscar quien los ayudase. Tenía la impresión que no temían que él los lastimase pero aún así estaban asustados—. ¿Desde cuándo están en casa de James y cómo llegaron con él?
—El profesor Dumbledore nos llevó a su casa hace aproximadamente un mes para que nos ayudase mientras nos recuperábamos, señor Potter. —le respondió Hermione nerviosa, preocupada por la agitación que percibía en el ritmo cardíaco de su mejor amigo.
—Disculpe, señor Potter, ¿podría decirnos cuántos de nosotros estamos aquí y cómo llegamos con usted? —preguntó Harry preocupado por no saber de su novia, su hermanita y sus otros amigos—. Estoy preocupado porque una chica de nuestro grupo está enferma, por favor. —agregó al no oír respuesta.
—Idun, Tyr, Dotty y Wykers trajeron con ustedes tres a otros siete chicos. La joven, por la que supongo está preguntando, está durmiendo en el sofá‑cama tras ustedes —le respondió Charlus, observando que los tres tanteaban rápidamente tras ellos buscando el pecho y rostro de la chica—. ¿Qué tiene la joven? Sus labios están pálidos y su respiración no es normal —les preguntó al verlos girarse hacia ella evidentemente preocupados, olvidándose de él—. Si me dicen qué tiene tal vez pueda ayudarla.
—Tiene un problema pulmonar y otro en su sistema nervioso —le respondió Harry, que notaba preocupado que la respiración de su hermanita era bastante irregular—. Por favor, señor Potter, ¿podría despertar a dos de nuestras amigas? La pelirroja y la de pelo color miel. Venus y Electra saben algo de medimagia y pueden ayudarla.
—De hecho ellas están despiertas, al igual que su amiga rubia. ¡Collocutus! —les devolvió la voz a las tres chicas y les indicó por gestos de sus manos que podían unirse a sus amigos.
—Tranquilos chicos. Todo está bien. —dijo rápidamente Ginny. Abrazó a Harry apenas estuvo a su lado tanto para darle espacio a Jessica junto a Angela, al alejarlo levemente de ella, como para percibir con sus manos el estado del corazón de su novio, preocupada por las reacciones que le había visto antes.
—¿Trajeron al menos un vaso de la poción para sus pulmones? —les preguntó Jessica a los elfos, soltando la tensión al verlos asentir—. ¿Puedo dársela, señor Potter?
—Claro que sí —respondió él mirándola con curiosidad. Le había sorprendido verla hacer un examen básico de vías respiratorias, como el que le había visto hacer a un medimago en una batalla en la que el sanador había perdido su varita pero insistía en ayudar a los lastimados mientras les llegaba la ayuda—. Idun, dale a la joven lo que ha pedido. Sif, despierta a los otros tres chicos. —Aún tenía muchas preguntas, pero hasta ahora no se contradecían en lo que le habían dicho.
Neville, Fred y George despertaron confundidos, mirando todo alrededor interrogantes. Abrieron mucho los ojos al ver a Charlus. George buscó rápidamente con la mirada a Angela y se desplazó de inmediato junto a su cuñada, que le estaba dando a beber de la poción para los pulmones.
—Electra, ¿cómo está Diana? —le preguntó preocupado.
—Sus pulmones están bastante resentidos por todas las angustias vividas hoy —le respondió con sinceridad, terminando de darle el espeso brebaje verde a Angela—. Pero se recuperará con descansar y la poción… si logramos que no se preocupe de nuevo. —agregó mirando nerviosa al abuelo de su amigo.
—Disculpe, señor Potter, pero usted nos dijo cuando nos despertó a Leto, a Electra y a mí que Idun, Dotty, Tyr y Wykers nos habían traído con usted por órdenes de James —se decidió a preguntar Ginny, pues entendía que Harry debía estar preocupado preguntándose aquello—. Por lo que he entendido de sus preguntas, usted no sabía de nosotros hasta que aparecimos con ellos —Al verlo asentir continuó—. ¿James está bien? ¿Qué pasó?
—James está en una batalla contra mortífagos y él les ordenó a ellos que los trajeran aquí "para evitar que estuviesen en peligro de nuevo" —le respondió Charlus señalando a los elfos—. ¿Me pueden explicar a que se referían ellos con eso último?
Los seis chicos que podían ver se miraron preocupados.
—Hace poco más de dos semanas nos dejaron solos a los diez con los elfos en la casa, dormidos sin poción pero sin nuestras varitas —le empezó a responder Harry lentamente, mientras pensaba qué tanto podía y debía decirle—. Al poco tiempo alguien irrumpió allí, desmayó a los elfos y liberó una mascota de alguien llamado Hagrid que estaba en el sótano. No nos pasó nada porque nos encerramos en los cuartos, pero ellos se preocuparon bastante.
—¿Qué les hizo pensar que ellos estaban en peligro de nuevo? —les preguntó Charlus a los elfos.
—Alguien irrumpió de nuevo en la casa, señor, haciendo sonar una alarma simulada que el señor director estableció después de ese incidente. —le respondió Idun.
Si hubiese podido ver Harry habría intercambiado miradas con sus amigos.
—Perdonen el trato que les di hasta ahora, chicos —se disculpó Charlus bajando la varita—. Soy un viejo auror retirado que ha visto demasiadas trampas en su vida y ha aprendido a desconfiar hasta de su sombra. No sé qué saben de la guerra, pero el psicópata que la ha generado nos quiere muertos a James, a mí y a cualquiera que lleve el apellido Potter. Al verlos aparecer aquí con los rostros cubiertos, aunque viniesen con Idun y Tyr, me puse en alerta. Como dice mi amigo Alastor, debo estar en "alerta permanente". No tanto porque quiera seguir viviendo indefinidamente, sino porque no quiero darle el gusto a los mortífagos que sean ellos quienes me envíen a encontrarme con mi esposa.
Los diez chicos asintieron con un nudo en la garganta.
—¿Cómo sigue la joven…? Perdón, no recuerdo los nombres. —Se les acercó, suspirando al verlos sobresaltarse y retroceder levemente. Le entregó las varitas a Fred, que se las recibió muy nervioso.
—Está mejor, señor Potter. —le respondió Jessica con una sonrisa nerviosa.
—Tal vez si la despertamos puedan eval…
—¡NO! —gritaron los nueve a la vez, haciéndolo sobresaltarse y retroceder.
—Shhh, tranquila mi amor, shhh. —arrulló George a Angela que se había movido intranquila, soltando la tensión al ver que no se despertaba.
—Perdón, señor Potter, no quisimos asustarlo —se disculpó rápidamente Ginny, viendo preocupada su palidez y respiración irregular—. Diana tuvo una crisis por tensión nerviosa hace… —Se detuvo dudosa, pues no sabía realmente cuanto tiempo había transcurrido— un poco antes que nos durmiesen a los nueve con poción —Al verlo asentir con el ceño fruncido, al parecer un poco más tranquilo, siguió—. Jennifer nos dijo a todos que no debía sufrir ninguna situación que le ocasionase ansiedad, porque no podemos ayudarla con pociones para que se recupere debido a un problema que tiene de nacimiento en su sistema nervioso. Si la despertamos y se entera que ha habido problemas podría tener una recaída.
—Entiendo. Vamos a intentar calmarnos todos y esperar noticias de mi hijo y sus amigos lo más serenos posibles. Ya luego aclararemos otras dudas —les planteó Charlus con tono suave, intentando tranquilizarlos y calmarse—. Sif, por favor, prepara unos bocadillos y más jugo para todos, no sabemos cuanto tiempo tendremos que esperar. —le pidió a su elfina luego de verlos asentir.
—¿Pueden Idun, Tyr, Dotty y Wykers ayudar a Sif, señor Potter? —preguntó Idun, sonriendo los cuatro elfos al ver asentir a Charlus.
Harry pensaba, mientras se obligaba a comer a pesar del nudo que tenía instalado en su garganta. «Hoy ha sido un día demasiado largo y complicado. Dos personas más se han enterado de nuestra existencia: uno de los mejores aurores que ha tenido el ministerio, Alastor Moody, y un ex auror que hasta dónde sé fue otro de los mejores… mi abuelo… ¡Mi abuelo!… ¡Gracias a Merlín que tengo vendado el rostro incluyendo mis ojos! ¿Qué habría pasado si mi abuelo me hubiese visto? ¿Cómo le hubiese explicado mi reacción al oírlo apenas despertar?»
«Hermione tiene razón, debemos alejarnos de mis padres y tíos lo antes posible. Sólo que justo ahora existen dos poderosas razones para no hacerlo: la salud de mi hermanita está seriamente resentida y la amenaza del director sobre retener a las cuatro chicas. Él ha dicho que no aplicará esa antigua ley después de lo ocurrido con Angela, pero… Tal vez retomará la idea si nos intentamos ir de casa de mis padres y logran ubicarnos. No creo que nos llevaría a nosotros a Azkaban, pero estoy casi seguro que nos separaría y aislaría entre el colegio, Maidstone y Deercourage».
«Saben la ubicación general de los dos lugares que hemos escogido como posibles refugios, yo mismo se las he dado. Conociendo al director, y ahora a mis inquisitivos y astutos padres y tíos, pueden haber seguido a los chicos cuando hicieron la exploración. Eso explicaría la sensación que ellos me contaron que habían tenido. Pero… ¿Cómo los siguieron?». Suspiró levemente sin poder contenerse.
Por otro lado también le retumbaba en la cabeza lo que había dicho su abuelo sobre Voldemort persiguiendo a cualquiera que se apellidase Potter, lo cual coincidía con los pensamientos de su mamá aquél fatídico 31 de octubre de 1981. Un estremecimiento le recorrió la espalda al recordar aquello, cuando sólo unas horas antes había oído su voz ofreciéndole un vaso con poción tranquilizante, preocupada por él.
«Si no hemos cambiado la línea temporal de los acontecimientos mamá regresará con bien de esta batalla, estando a salvo hasta un año y tres meses luego de mi nacimiento, para ese día morir por mí». Nuevo estremecimiento. «Pero si ya hemos cambiado las cosas de alguna manera inesperada… Mis papás y tíos no están suficientemente entrenados para una batalla con Voldemort y sus mejores mortífagos, que ya en este tiempo usan maldiciones poderosas según nos lograron contar Ginny y los otros cuatro que estuvieron ya en una batalla en esta época… No, mis papás y tíos tienen que regresar con bien».
«Por otro lado está la segunda incursión de Pettigrew a la casa, porque estoy seguro que ha sido la rata traidora el único que ha podido acceder allí con las protecciones establecidas por el director. ¿Cómo hará para justificar el uso de su varita en esta intrusión? ¿Habrá cambiado de alguna manera indirecta nuestra presencia en esta época las cosas? ¿Será descubierta la traición de Peter Pettigrew? Por un lado quiero que sea así, pero por otro lado…»
«¡Rayos! No es justo. Nosotros no hemos hecho nada para alterar la línea de acontecimientos a nuestro favor, pero me da pánico las posibles consecuencias de que haya ocurrido. Lo que sí es seguro es que ni yo ni mis amigos haremos nada para favorecer la traición de esa rata. No desviaremos el rumbo de los acontecimientos, ayudaremos a mis padres y tíos a mejorar en Defensa aunque eso implique ponerlos en la mira de la profecía de Trelawney, pero el destino no puede ser tan cruel de pedirnos que provoquemos las situaciones que se desatarán en tan solo año y medio encubriendo a la rata».
«No, prefiero en ese caso quedarme en esta época desafiando el conocimiento ancestral de mis antecesores Cundáwans sobre el manejo del tiempo, destruir de nuevo uno a uno a los horcruxes y enfrentar finalmente a Voldemort para detenerlo definitivamente. Tal vez Christopher tenía razón al decir que 'esos chiflados podían estar equivocados', tal vez…»
«Sé que eso será duro y complicado. También que esa discontinuidad en el espacio‑tiempo sólo se resolvería con mi muerte y la de mis nueve compañeros, probablemente deteniendo a Voldemort. Pero no nos importaría mucho ni a mí ni a mis amigos si logramos proteger mientras tanto a nuestras familias y a nuestros "yo" pequeños, además de salvar varias vidas con nuestras habilidades en Defensa. Podemos hacerlo sin usar los conocimientos de Magia Antigua para no desatar a Voldemort en ese sentido».
«No, no sólo no nos importaría sino que los diez lo haríamos con gusto si con eso conseguimos que, en lugar de los trece años de paz que le concedieron al mundo mágico mis padres con su sacrificio, tanto el mundo mágico como el muggle se vean libres de Voldemort de manera definitiva con el de nosotros diez… De todos modos es casi imposible que nosotros diez sobrevivamos al enfrentamiento final con ese psicópata».
«El problema es que se nos pueden escapar cosas importantes de las manos. Podríamos generar una catástrofe descomunal en la que finalmente Voldemort acceda al poder al lograr asesinar a Albus Dumbledore en esta época, antes de convencer a Raymond de conformar el grupo G.E.M.A. O que nos asesine a Neville y a mí siendo unos bebés, dando cumplimiento a la profecía de una manera tenebrosa. Puede también ocurrir algo que atraiga la atención de Voldemort hacia los Weasley… No, no podemos tentar al destino intentando cambiar nuestro pasado voluntariamente, no para evitar los terribles acontecimientos que nos dejarán huérfanos a mis tres amigos y a mí, pero tampoco para ayudar a que ocurran». Nuevo suspiro.
—Tranquilos chicos —les insistió Charlus con tono suave. Al verlos sobresaltarse suspiró. Le preocupaba el alto grado de nerviosismo de todos, especialmente del chico idéntico a su hijo—. Ellos estarán de regreso pronto sanos y salvos, saben defenderse bien —les aseguró. Al verlos asentir con poco convencimiento sonrió. No sabía quiénes eran pero era evidente que apreciaban a James y sus amigos—. ¿Qué les parece si me dicen sus seudónimos y lo que recuerdan de sus pasados mientras esperamos? Ustedes ya saben que me llamo Charlus y mi parentesco con James mientras que yo no sé nada de ustedes.
—Mi seudónimo es Marte —comenzó Harry, siguiendo a pesar de haber oído a Hermione suspirar—. Esta pelirroja hermosa es mi novia y su seudónimo es Venus —siguió abrazando a Ginny, que se sonrojó y sonrió nerviosamente—. A los dos nos gusta el Quidditch. Creemos recordar que yo soy buscador y ella cazadora. Venus tiene conocimientos básicos en medimagia, al igual que Electra.
—Ese es mi seudónimo y el de mi novio es Mercurio —siguió Jessica abrazada a Fred—. Él y Júpiter recuerdan prácticas de quidditch en el colegio actuando como golpeadores.
—Yo soy Júpiter y esta bella durmiente que responde al seudónimo de Diana es mi novia —continuó George, acariciando preocupado a Angela que se removía intranquila murmurando en sueños—. En esas prácticas creemos que Urano actúa como guardián.
—Ese soy yo —levantó la mano Ron—. Y la preciosa castaña que tengo abrazada es mi novia Gea.
—Mi seudónimo es Neptuno y mi sol rubio responde al seudónimo Leto —siguió Neville—. Ella es una Ravenclaw muy buena en muchas áreas, especialmente en investigación de Criaturas Mágicas. A mí me gusta mucho la Herbología.
—Mucho gusto chicos —correspondió con una sonrisa Charlus, usando un tono de voz agradable y tranquilizador—. ¿Los demás recuerdan a que casa los envió el Sombrero Seleccionador? Porque supongo que si ella estudia en Hogwarts y todos son amigos es porque estudian o estudiaron allí también.
Neville se mordió los labios mientras se reñía mentalmente por haberle dado esa pista al abuelo de su amigo.
—Mi casa es Hufflepuff, mientras que la de mi novio y nuestros otros amigos es Gryffindor. —respondió Jessica después de un par de minutos de silencio.
—La casa de los leones fue mi casa y también la de James —comentó con una gran sonrisa Charlus. Miraba con orgullo al chico idéntico a su hijo, sin poder evitarlo ni entender porque sentía eso por aquél desconocido. «¿Quién es? Yo no le fui infiel a Dorea después que nos casamos, pero en mi juventud… ¿Algún nieto mío de un hijo del que no supe? ¿Pero con los ojos idénticos a los de Lily?».
Cuando iba a preguntarles algo más apareció una pluma de Fawkes con un mensaje, incorporándose todos de golpe. Él la tomó con sus manos y abrió el sobre mientras sentía las miradas de seis de los chicos y los cinco elfos sobre él. La tensión en el ambiente era tal que casi se podía palpar.
—Es de Albus. Me pide que vaya con ustedes y los elfos a casa de James —les informó al terminar de leerla. Al ver a los nueve chicos contener la respiración comprendió que habían interpretado mal—. Tranquilos, están bien —Sonrió al ver que soltaban el aire retenido—. Es sólo que consiguieron la casa registrada y la ausencia de ustedes. Albus, James, Lily y los otros están preocupados.
George rápidamente levantó entre sus brazos a Angela, que seguía inconsciente, mientras Jessica y Fred se ubicaban junto a Hermione y Ron.
—Vamos a aparecernos todos en la habitación de entrenamientos —les indicó Charlus—. ¿La conocen? —preguntó mirándolos inquisitivo. James no llevaba allí a casi nadie, sólo a sus amigos de más confianza.
—Sí, señor. —le respondió Harry, que estaba abrazado a Ginny.
—Bien —«Eso significa que mi hijo confía en estos chicos aunque no haya visto sus rostros. Tengo que hablar seriamente con James»—. Supongo que en la planta baja habrá mucho revuelo y por eso nos ha pedido Albus que aparezcamos allí. Sif, ve con Leto y Neptuno. Dotty, con Diana y Júpiter. Wykers, con Gea y Electra. Tyr, con Urano y Mercurio. Idun, con Venus y Marte —los organizó. Al ver las miradas de extrañeza de los chicos sonrió, explicándose—. Tengo tres buenas razones para querer que los transporten los elfos.
»Primera: sus vendajes me indican que la mayoría no tiene buena salud, no quiero que ninguno se vaya a escindir. Segunda: sospecho que Diana, Electra, Venus y Leto no tienen la edad de aparecerse. Tercero: si los transportan nuestros amigos el Ministerio no vendrá después a preguntarme porqué desaparecieron de mi casa diez personas que no detectaron aparecieran.
«Claro, como no lo pensamos antes. El Ministerio no se preocupa en detectar la magia hecha por los elfos con sus dotes, sin las varitas que les está prohibido usar. Por lo tanto, para los empleados del Ministerio sería muy extraño ahora detectar tanto movimiento mágico en esta casa», se reprendió mentalmente Harry.
Los nueve chicos asintieron, dejándose transportar por las pequeñas criaturas.
—¿Están bien? —preguntaron simultáneamente James y Harry, apenas aparecer los chicos en la habitación—. Sí. —se respondieron de nuevo a coro. Riéndose todos los presentes en voz baja, sin poder evitarlo.
Jessica y Ginny corrieron hacia Alice y Lily, ayudándolas a sentarse en las sillas convocadas por Fred y Neville mientras Hermione, Ron y Harry se quedaban muy quietos por instrucciones de la menuda pelirroja. Luna ayudaba mientras tanto a George a recostar a Angela en los almohadones que usaban a veces en sus prácticas.
—Papá, disculpa que los enviara contigo sin haberte dicho nada de ellos antes. Pero es complicado y se me presentó una emergencia. —se disculpó James cabizbajo ante Charlus, que lo había estado mirando con el ceño fruncido hasta ese momento.
—Sobre ellos quiero hablar con Albus y contigo. También de la intrusión de alguien aquí por segunda ocasión y de mi nuera participando en batallas estando embarazada. —le respondió muy serio el ex auror.
—¡Estamos bien! —exclamó exasperada Lily a quienes la rodeaban, cortando la intención de réplica del esposo.
—Si no fuese por su secreto les diríamos que fuesen a San Mungo a atender a los heridos para que tengan con quien desahogar sus conocimientos de medimagia. —le replicaba Alice enojada a Jessica.
—Déjame en paz, Venus, o te desmayo. A ti también, Mercurio. ¡Eso es sólo un pequeño raspón! —exclamaba Lily enojada porque Neville y Fred no las dejaban levantarse hasta que Jessica y Ginny no las terminasen de curar.
—Olvida lo último que dije, hijo. Había olvidado que Frank y tú habían escogido para esposas a dos dulces y pacíficas damiselas —comentó Charlus con sarcasmo en su tono de voz. Vio a su hijo suspirar sacudiéndose el pelo con un gesto nervioso mientras los cuatro chicos hablaban incesantemente a las dos mujeres, con el fin de marearlas el tiempo suficiente para curarlas—. ¿Cómo están los demás?
—La mayoría no tiene heridas serias, a excepción de Sirius y… —empezó a responderle el director.
—¿Qué tiene Sirius? —preguntó alarmado Harry.
—No te preocupes, Marte. Jennifer lo está atendiendo en su cuarto y ha dicho que si es muy grave lo llevamos al hospital, aunque esté saturado —le respondió James—. Idun, Tyr, Dotty, Wykers, por favor bajen a ayudar.
—Profesor Dumbledore. ¿Quién más está herido? —preguntó nervioso Ron.
—En los otros que fueron con nosotros sólo hay heridas menores, a excepción de… Voldemort asesinó personalmente a Dorcas Meadowes y dos muggles. —respondió el director.
—Lo siento, Albus. Dorcas era una buena chica y una excelente bruja —comentó con pesar Charlus, mientras Hermione, Luna, Ron, George y Harry bajaban la cabeza—. Es extraño que Voldemort se haya presentado. Desde hace un par de años les deja el trabajo sucio a sus vasallos y sólo se concentra en lo que él considera asesinatos de importancia.
—A esos dos muggles, una enfermera y un médico, los iba buscando. —comentó pensativo el director, viendo acercarse las dos mujeres y los cuatro chicos a ellos.
—¿Una enfermera y un médico? —preguntó intrigado Charlus, recordando al que fue su cuñado. Esto distrajo la atención del director, que había estado mirando preocupado a la chica que habían acomodado en los almohadones y se removía inquieta.
—Sí. —asintió Albus en su dirección, suspirando levemente al ver la melancolía que se había posado en los ojos de su amigo.
—James, profesor Dumbledore, por favor permitan que Electra y yo los curemos. —les pidió Ginny respetuosamente, señalándoles la pierna del primero que tenía adherida la tela al cuerpo con algo que parecía sangre y el brazo del segundo.
—Se los agradezco jóvenes, pero…
—Un momento, Albus —lo cortó Lily enojada—. Tú no impediste que estas dos aspirantes a medimagas nos torturaran a Alice y a mí, así que dejarás que ellas te curen. Tú también, James —les ordenó—. Siempre has dicho que debe existir igualdad de condiciones en nuestro grupo, Albus. —se intentó disculpar al ver la expresión de asombro de todos.
—Estoy totalmente de acuerdo. —sonrió el director.
—Pues yo lo lamento pero tengo que bajar ya —se opuso James—. No me mires así, Lily. Sabes que abajo hay al menos doce personas y subí con la excusa de recostarlas en cama a Alice y a ti, pero yo debo estar con ellos como jefe de casa y ayudarlos en lo que pueda mientras Jennifer baja con ellos.
—Deja que las chicas te curen, James —le pidió con voz de súplica Lily—. Me tiene muy preocupada tu pierna.
Al oírla Ginny removió con un hechizo silencioso de su varita la tela del pantalón de James desde la rodilla de la pierna izquierda.
—¡Por Merlín! —exclamó al ver la herida.
—¿Venus? —preguntó asustado Harry.
—¡Stop Sangrate! —intentó Ginny detener la hemorragia.
—No funciona. —se desesperó Lily.
—¿Qué maldición usaron? —preguntó preocupado Charlus.
—Algo con dos eses. Pero no se asusten, seguro no es serio —dijo James rápidamente, intentando evitar que lo sentasen Fred y Neville en la silla junto al director—. Fue el regalito de despedida del mortífago que llegó a último minuto donde estábamos nosotros ocho. Seguro por eso no ha dejado… —intentó calmar a todos James con su tono casual.
—Mmm … Ayuda… rápido. —se removió aún más inquieta Angela.
—¿Es el que tiene en cama a Sirius? —interrumpió Jessica a James, alarmada.
—Sí. Lo recibió en un costado. Pero Jennifer dijo… —le empezó a responder James.
—Usa mi capa, Electra. Rápido. —lo interrumpió Harry.
—¿Tu capa? —preguntó Lily—. ¿De qué…? —intentó interrogarlos. Al ver desaparecer a la chica de ojos miel y el prometido se asustó—. ¿A dónde fueron Electra y Mercurio?
—Al cuarto en que dormimos nosotros por mi Capa de Invisibilidad, para aparecer en el cuarto de Angelica y Sirius, luego sacar con cuidado a los que no sepan de nosotros con ayuda de Remus o Angelica para que pueda Electra cur… —le intentó responder Harry a Lily.
—¡No me tengo que sentar Nept…! —intentó protestar James interrumpiendo a su hijo, deteniéndose al sentirse mareado.
—No seas necio, James. Deja que Venus te atienda con ayuda de Neptuno o te podrías… —le riñó Harry.
—¡Respeta a tus mayores! —lo interrumpió enojado James desde la silla en que lo había logrado sentar Neville, girándose a mirar furioso al castaño que con su mano derecha sobre el hombro le impedía levantarse.
—¿De qué hablas? Sólo me llevas cerca de tres años. —replicó Harry levemente molesto.
—Tal vez, pero desde que ustedes están bajo mi protección en mi casa te considero de mi responsabilidad, como si fueses mi hijo… al igual que a tus amigos. —expuso estudiando sus reacciones, agregando lo último para no despertar sospechas en su papá y el director.
—Entonces acepta que estamos preocupados por ti, papá James. Déjanos ayudarte. —le respondió George para llenar el vacío de la falta de réplica de su amigo, que se había quedado paralizado al oírlo.
—Leto, por favor tráeme poción rellena‑sangre y también revitalizante. —le pidió Ginny casi tres minutos más tarde.
—En seguida. —le respondió la rubia antes de desaparecer.
—¿Qué fue eso tan extraño que murmurabas para cerrarle la herida? Parecía una canción. —le preguntó intrigada Alice, que se había arrodillado junto a las dos pelirrojas.
—El encantamiento que cierra las heridas hechas por la Maldición Diseccionadora. Es lo único que detiene sus efectos. Por eso fue Electra a ayudar a Jennifer con Sirius. No sabemos si ella sabe hacerlo porque… —intentó explicarle Ginny, mientras le curaba un brazo a un bastante mareado James que la interrumpió.
—Esa maldición es cosa de Snape. Fuese él u otro el que nos atacó a Sirius y a mí, él se las ha enseñado a los mortífagos. Ésa es su firma personal. Él está con ellos.
—¿Estás seguro? —preguntó con el ceño fruncido el director.
—Sí, profesor. La intentó probar con Sirius la semana antes de nuestra graduación, luego de mostrarnos sus efectos en una gata. —le respondió con enojo en la voz.
Luna, que aparecía en ese momento, frunció el ceño al oírlo. Le entregó los vasos con las pociones a su amiga.
—James logró estar de pie hasta ahora porque sólo le alcanzó a rozar la pierna. Bébelas. Te ayudarán a recuperarte de la pérdida de sangre. —le indicó Ginny dándole las pociones con una sonrisa tranquilizadora.
—Me conseguí con Mercurio en el cuarto de las pociones —respondió Luna la pregunta que suponía estaba en la cabeza de sus amigos, dando gracias internamente porque Angela siguiese inconsciente—. Remus logró sacar a la señora que los acompañaba con la excusa que lo ayudase a preparar algunas cosas para trasladar a Sirius a San Mungo, pues Jennifer acababa de decir que sería necesario si no lograba detener el sangrado cuando Electra y él llegaron al cuarto. Mercurio me aseguró que ya Electra lo detuvo, pero Sirius está bastante débil.
—Es una suerte que ustedes estén aquí y sepan el encantamiento —comentó James con evidente alivio en la voz, sintiéndose mejor al empezar a hacerle efecto las pociones—. No sé si en el hospital los medimagos ya sepan contrarrestar la maldición creada por esa serpiente.
—Según me contó Mercurio, Electra hizo el encantamiento en voz alta para que Jennifer lo oyese y la había dejado explicándoselo. —contó con una sonrisa Luna.
—Mmm… más poción. —se volvió a remover inquieta Angela.
—Voy a ver cómo están Sirius y los otros. —comentó el director preocupado al oírla.
—Voy contigo, Albus. —intentó James.
—No. Tú te quedas aquí quieto —le ordenó Charlus—. Cuidarás de "mis nietos" mientras Albus y yo vamos a atender a todos los que estén en la mansión de los Potter, la que tú y Lily dijeron que siempre sería mi casa.
—Sí papá. —aceptó resignado James.
—¿Júpiter? —preguntó Angela un par de minutos después, justo cuando acababan de salir de allí su abuelo y el de su amigo.
—Hola mi amor. ¿Cómo te sientes? —le preguntó George con cariño, preocupado porque despertase cuando todo estaba tan complicado aún.
—Un poquito cansada. Yo… ¿Qué hacemos aquí? —preguntó al sentir los almohadones y entender dónde estaban—. ¿Qué pasó? —preguntó mientras se intentaba sentar, asustada al oír a Ginny aplicar hechizos de sanación.
—Tranquila mi amor —le pidió George y la atrajo hacia su pecho en un abrazo, quedando medianamente sentada—. Nuestros amigos vienen llegando de un enfrentamiento con Voldemort y sus mortífagos, pero están bastante bien. No te preocupes, tranquila.
—¿Por qué estamos todavía en la Sala de Prácticas si ellos acaban de llegar de una batalla? —preguntó desconcertada pero más tranquila.
—Ellos nos habían dejado durmiendo en nuestros cuartos, hermanita —le respondió Harry mientras se sentaba en el piso a su lado, al igual que Hermione y Ron—. Pero alguien irrumpió de nuevo en la casa cuando ellos estaban en la batalla.
—Y los elfos, siguiendo mis instrucciones, los llevaron a casa de papá para evitar que corriesen peligro. —completó James.
—El señor Charlus Potter cuidó de nosotros hasta que nos llegó una nota diciéndonos que apareciésemos aquí. —explicó Luna.
—¿El señor Charlus Potter? —preguntó asustada Angela, tanteando rápidamente en dirección a quien consideraba su hermano.
—Tranquila —le insistió Harry con cariño. Al sentir la mano de ella sobre su brazo se la tomó con cuidado—. El papá de James ha sido tan comprensivo como él con nuestra situación. Todo estará bien.
—Tenía una pesadilla con Sirius —les contó Angela en voz baja, sintiendo que se empezaba a adormilar nuevamente—. Estaba muy malherido. ¿Él está bien?
—Sí, no te preocupes, tranquila. —la calmó George mirándola preocupado.
—El señor Charlus… gracias… elfos… —fue lo único que lograron entender de lo que murmuró antes de quedarse nuevamente dormida.
—¿Venus? —le preguntó Harry preocupado.
—Sigue estando bastante débil por la situación de estrés que vivió temprano, pero sus pulmones están mejorando —le respondió Ginny, que la había estado evaluando con su varita—. Toma Júpiter, hazle beber un cuarto de vaso de poción revitalizante.
George tomó el vaso que le tendía su hermana y se lo acercó a la boca a su novia, haciéndole beber lentamente la cantidad indicada por la menuda pelirroja. Sonrió aliviado al ver que el color de los labios de su novia mejoraba.
—En cuanto se pueda debemos bajarla al cuarto para que tenga un descanso adecuado —señaló James mirándola con preocupación—. ¿No puedes dormirla con el hechizo ese, Venus?
—Ahora que ya reaccionó, luego de perder el conocimiento por el ataque de estrés, sí puedo hacerlo. —afirmó Ginny, moviendo su varita en dirección a su amiga para que tuviese un descanso más profundo que le permitiese recuperarse.
—¿Qué pasó en casa de papá? —les preguntó James, luego de ver asentir a George en dirección a la menuda pelirroja—. Necesito estar al tanto para saber qué decirle.
Entre los siete chicos le explicaron todo lo ocurrido desde que Charlus Potter los despertara, intranquilos porque Jessica y Fred no regresaban con ellos. Estaban terminando cuando aparecieron los dos con Dotty.
—Sirius está totalmente fuera de peligro. Se recuperará en sólo un par de días si se toma las pociones y descansa. Lo dejamos durmiendo profundamente —les explicó Jessica al notar las miradas interrogantes y expectantes de todos los que veían—. Se ha quedado Angelica a vigilar su descanso mientras Jennifer y Remus ayudan a los otros miembros de… el grupo que va a las batallas con el director —se corrigió a tiempo—. El profesor Dumbledore viajó con el señor Moody a entregarle a la familia de Dorcas… —se detuvo un segundo para recordar el apellido que había oído— Meadowes el cuerpo.
—Gracias por tu ayuda, Electra. Has salvado la vida de quien considero mi hermano —le agradeció James sinceramente, suspirando luego—. Hoy ha sido un día terriblemente largo para ustedes diez y para nosotros ocho, pero me temo que aún no podremos ir a descansar. En cuanto quedemos solos en casa con papá les voy a pedir a ustedes ocho que nos acompañen a explicarle quiénes son mientras Júpiter cuida de Diana.
—James, yo sé que no es de nuestra incumbencia, si no quieres responderme lo entenderé y respetaré pero… ¿Ya saben qué varita disparó la alarma que puso el profesor Dumbledore? —se atrevió a preguntar Harry.
Lily, Alice y James lo miraron analíticamente. «Si vienen del futuro y recuerdan todo, si además es cierto que son nuestros hijos o nietos, tienen que saber quién es el traidor. ¿Por qué no nos lo dicen? ¿Qué ocultan los chicos?».
—La varita que disparó la alarma fue la de Peter Pettigrew —le respondió lentamente James, intentando descubrir una mínima reacción en el rostro de alguno de los chicos. Al no observar ninguna deseó tener Veritaserum allí en su casa para averiguar de una vez si era cierto que no recordaban nada o sacarles las verdades que ocultaban—. La cuestión es que tanto él como Sturgis, Caradoc, Edgar y Sirius perdieron sus varitas temporalmente en el calor de la batalla.
»Por eso mi hermano no pudo defenderse al final debidamente, porque estaba usando una que había perdido un mortífago. Sólo después que Voldemort se fue con sus secuaces conseguimos las de Edgar y Sirius, justo cuando ya nos veníamos. Y todos en algún momento nos separamos de los otros durante el ataque.
—Ah. Entonces pudo ser cualquiera de su grupo que le quitó la varita a su amigo Peter. —comentó Hermione con aire casual, mientras Harry hacía esfuerzos para no gritar que no podían dudarlo: el traidor era la rata.
—Hola. ¿Cómo están, chicos? ¿Cómo sigue Diana? —entró saludando y preguntando Remus, deteniéndose al ver la mirada furiosa de sus tres amigos y la agradecida de los chicos con expresión de haberse salvado por muy poco de algo en los que podía ver más de su rostro.
—Hola Remus. —le respondió rápidamente el saludo Harry.
—Diana está aún débil, pero al ya haber reaccionado hace poco he podido dormirla con el hechizo. —agregó seguidamente Ginny.
—Ya sólo quedamos en la casa los que sabemos su secreto. —contó Remus con una mirada interrogante hacia el líder de los Merodeadores.
—Bajemos entonces todos. —decidió James.
Remus al ver el vendaje en su pierna se apresuró a su lado para ayudarlo a caminar.
George levantó en sus brazos a Angela con ayuda de Fred y Neville, llevándola luego él solo mientras todos avanzaban lentamente hacia la puerta. Los chicos les dieron oportunidad de adelantarse a Lily, Alice, James y Remus para evitar que les siguiesen haciendo preguntas o comentarios sobre la intrusión del mortífago.
Veinte minutos más tarde ocho de ellos se reunían con tres de las cuatro parejas que los habían cuidado hasta ese momento, el director y el abuelo de su líder, poniendo al tanto al abuelo de Harry de lo que oficialmente recordaban. Luego Albus y Charlus viajaron al colegio y a su pequeña casa, subiendo los otros seis con ellos ocho a ver cómo estaba Sirius antes de irse a dormir.
Albus había dejado la casa sellada para que nadie pudiese entrar o salir sin su autorización, con la finalidad de revisar la Sala de Reuniones con James al día siguiente y averiguar qué se había llevado el traidor. Ese había sido un día demasiado largo. Tenían que recuperarse de todo lo vivido para poder ser eficaces en las averiguaciones antes de ir al funeral de Dorcas Meadowes, a mitad de tarde.
