Reflexiones en la Luz
Resumen: Análisis buscando al traidor. Pruebas inconclusas y bases de temores. Reteniendo a diez jóvenes. Presentaciones, preguntas y respuestas.
El profesor Dumbledore contemplaba el amanecer pensativo. En sólo unas horas sería el funeral de Dorcas Meadowes, una buena bruja que había sido torturada y asesinada por aquél que se hacía llamar Lord Voldemort pero cuyo nombre real él conocía: Tom Marvolo Riddle Gaunt.
«Quien fue un joven mago brillante, de quien los otros profesores esperaban tanto, se ha especializado en Artes Oscuras . Ha reunido seguidores que, al igual que él, desprecien a todo aquél que no tenga tanto por parte de madre como de padre solamente parientes brujas y magos».
«Ellos consideran 'traidores a la sangre' a todos los que, teniendo antepasados solamente mágicos, no siguen su ideología y buscan eliminarlos. También torturan y asesinan a muggles y descendientes de muggles que sean brujas o magos, a quienes llaman 'sangre sucia'. Siembran el terror con las desapariciones y el usar a otros para hacer daño mediante la Maldición Imperius, lo cual no permite que nadie confíe ni siquiera en sus propios familiares».
«¿Qué pensarían si algún día se enteran que algunos de aquellos 'muggles' a los que despreciaban eran en realidad Cundáwans? Los de mi raza tienen una mayor facilidad para la magia que los magos que se consideran 'sangre pura', por provenir de raíces ancestrales de mayor fuerza mágica y porque al haberse mezclado con muggles y magos por igual no se ha visto su estirpe desmejorada genéticamente».
«Esos matrimonios arreglados entre primos que usan los que se empeñan en 'mantener la sangre pura' lo que generalmente ocasionan es problemas en la salud y la magia de los hijos. Pero eso no quieren entenderlo Tom y quienes lo siguen».
A cada día que pasaba, sin embargo, más fuerza tomaba su adversario. El Ministerio de Magia se había centrado en desmemorizar muggles e intentar detener los ataques de los mortífagos, sin investigar mucho ni buscar explicaciones o planes del enemigo. Aquello sólo había generado más incertidumbre y problemas, pues se estaba solamente atacando los síntomas pero no la raíz del problema.
Sin embargo él no pensaba ni actuaba así. Buscaba las pequeñas pistas que le permitiesen anticipar el próximo movimiento de su enemigo y lo ocurrido el día antes era importante.
«Charlus tiene mucha razón en lo que dijo: Voldemort sólo se encarga personalmente de los 'asesinatos importantes', dejando a sus vasallos que hagan los otros. ¿Por qué aquél empeño en asesinar a una anciana enfermera y un viejo médico? ¿Tendrían algo que ver la enfermera y el médico con el viejo orfanato?».
Revisó el pergamino que tenía entre sus manos con sus anotaciones. «¿Acaso la mente retorcida de Tom le lleva a quitar la vida a todo aquél que le conoció como el niño que se formó en un orfanato muggle?». Esa parecía ser la respuesta al incendio del lugar en el que murieron la regente y dos de los chicos que se habían formado con él, los cuales estaban allí cuidando de otros sin padres ni fortuna como ellos mismos.
«También murieron ese día muchos que nunca tuvieron contacto con Tom. Pero yo sé que ese hecho no le genera ningún remordimiento a quien nunca tuvo lo que se suele llamar 'conciencia', pues hace daño a otros sólo por placer».
Miró una vez más el listado de nombres de muggles muertos a los que el Ministerio de Magia no les prestaba atención pero él sí. Muchos habían desaparecido semanas antes de reaparecer muertos. La mayoría de los asesinados directamente por Voldemort tenían algo en común: el viejo orfanato de Londres.
«A veces me pregunto si debería investigar quiénes fueron los padres de Tom Riddle y cómo fue a dar a aquél lugar, donde conseguí a un niño de once años en cuyo corazón ya estaba instalado el odio y la maldad. Pero requiere tiempo el seguir múltiples pequeñas y frágiles pistas, tiempo que no tengo».
«Soy director de uno de los mejores colegios de magia y hechicería de Europa, teniendo bajo mi responsabilidad la formación de jóvenes brujas y magos. También formo parte del Wizengamot y soy asesor eventual de la Ministra de Magia. Me han ofrecido varias veces ese cargo pero nunca lo he aceptado y nunca lo aceptaré. También soy esposo de una Cundáwan prácticamente pura que cada día me parece que está más lejos de mí, aunque nos seguimos amando como el primer día. Pero Isolde…» Suspiró y denegó. «Intentaré de nuevo acercarme a ella en unos días».
Sonrió orgulloso al pensar en sus dos hijos mayores. Porque Wymond y Eloise eran para él sus hijos, aunque no llevasen su sangre. Raymond los había elogiado días atrás, al igual que a sus esposos. «Esos cuatro jóvenes son hábiles, inteligentes, poderosos y de buen corazón. Ya mi hijo mayor me ha explicado porqué no me han hecho abuelo ya y, aunque los comprendo, espero que eso cambie pronto».
«En cuanto a mis gemelas, no estoy tan seguro de querer que me hagan abuelo tan pronto. Las he visto crecer primero en el mundo de su mamá y luego aquí mismo, en el colegio del que soy director. Al igual que con mis hijos adoptivos y quienes ahora son sus esposos, oculté nuestro parentesco a casi todos en el mundo de los magos bajo el apellido White».
«La diferencia es que ellos cuatro regresaron a las Tierras Cundáwans mientras que mis pequeñas se han enamorado de dos Merodeadores. Han abandonado definitivamente aquellas tierras para venir al mundo de los magos y luchar contra Voldemort». Suspiró. Isolde estaba furiosa con él, le culpaba de aquello. Eso había agravado su distanciamiento al punto muy cercano a una ruptura definitiva y eso lo entristecía.
Por otro lado le preocupaba mucho la guerra que habían desatado quienes se hacían llamar Lord Voldemort y mortífagos.
«A Tom lo vigilé lo más estrechamente posible mientras estudió aquí. Le perdí la pista por varios años hasta que reapareció, reuniéndose conmigo en esta oficina a pedirme el puesto de profesor de Defensa Contra Las Artes Oscuras. Por supuesto se lo negué, sabiendo que en Hogsmeade le esperaban cinco mortífagos y su comportamiento».
«¿Qué querría realmente Tom en aquella oportunidad? Eso es algo que aún no puedo dilucidar. Lo que sí sospecho es que mi problema con los profesores de esa materia comenzaron ese día».
«Conozco a Tom Riddle, lo que me permite anticipar algunos movimientos de Lord Voldemort. Por esa razón, y porque no estoy de acuerdo con la forma en que el Ministerio de Magia viene abordando el problema desde que comenzó, un par de años antes que mis hijas viniesen como estudiantes decidí hacer mis propios esfuerzos para detener a quien un día fue alumno de este colegio».
«Mi otra gran responsabilidad: La Orden del Fénix. Un grupo secreto de brujas y magos de diferentes orígenes, en el cual participa incluso una squib, que unen sus esfuerzos para detener la guerra. Ahí están mis jóvenes hijas, Angelica y Jennifer White para el mundo mágico, que por sus principios Cundáwans y sus personalidades jamás se acercarían a alguien como Voldemort».
«También la joven bruja Premio Anual, hija de muggles, que se graduó con honores en tan corto tiempo en la Academia de Aurores: Lily Potter. Impetuosa y valiente, buscando siempre en los demás algo positivo y defensora permanente de quienes necesitan ayuda según su criterio. Alguien que rechazaría al mago oscuro aunque hubiese sido 'sangre limpia' por las atrocidades que él comete».
«La cuarta 'Protectora', la joven bruja 'sangre pura' que tenía el mismo logro que su esposo y tres amigos en la Academia: Alice Longbottom. De carácter generalmente suave y amable pero que deja surgir sus dotes de guerrera cuando alguien a quien aprecia o considera indefenso necesita su ayuda. Una de las mejores estudiantes de Pomona, que de no ser por la guerra se hubiese dedicado a la Herbología. Pero los desmanes de Voldemort hicieron que se volcase totalmente hacia la Defensa Contra las Artes Oscuras y se convirtiese en una excelente auror».
«Pertenecen igualmente los cuatro magos que fueron tan revoltosos en su época de estudiantes, pero que ahora con tanta madurez y decisión se enfrentan a aquellos asesinos. Aún se hacen llamar 'Los Merodeadores'».
«Su líder James Potter, un mago 'sangre pura', fuerte, poderoso y excelente con la varita. Hubiese sido alguien a reclutar para mortífago por Tom por esto, aunque no por los principios morales que le inculcó su familia. Además los más allegados a los Potter sabemos que Voldemort persigue a esta familia con fiereza buscando exterminarlos y, lamentablemente, le falta poco para lograrlo. El joven vio siendo sólo un niño el asesinato de su muy querida tía Alyssa, el tío Harry y muchos otros familiares. Desprecia de corazón a las Artes Oscuras, Voldemort y sus vasallos».
«Sirius Black, otro mago 'sangre pura' que, según sé, se alejó desde muy joven de los 'principios' que su familia quiso imponerle. El primero de los Black a quien el Sombrero Seleccionador ubicó en Gryffindor. Tan bueno con la varita como su amigo inseparable James».
«Conquistador nato, al igual que el otro chico de pelo negro. Tuvo más novias que horas de clase durante su estadía en el colegio, hasta que se comprometió con mi hija rebelde en su séptimo año. Bromista incorregible que visitó demasiadas veces mi oficina. Minerva probó con ellos dos y sus amigos todas las formas de castigo que se le ocurrieron para intentar corregirlos».
«Muchas veces creí ver tristeza y rabia mezcladas en su mirada gris, cuando volvía de los veranos en su casa. ¿Habrá acaso Walburga Black formado a un perfecto espía para Voldemort con los métodos generalmente usados en esas familias 'sangre pura'? Mis dos hijas me aseguran que no es así. Especialmente Angelica, quien se ha enamorado y 'casado' con él».
Pensó en la chica de ojos grises y denegó. «No, no puede ser el traidor. Mi hija y mi nieta… Además James confía ciegamente en él. Aún así no debo descartar la posibilidad que se equivoquen con él».
«Remus Lupin, un mago que es considerado 'media sangre' ya que su abuela materna se sospecha era hija de muggles. Fue condenado, siendo tan sólo un niño, a la maldición de la luna llena por el peligroso licántropo Fenrir Greyback. La causa fue la 'ofensa' del padre de Remus, cuando le recordó que su padre era un buen muggle que había cuidado de una bruja enfermiza rechazada por los magos».
«Nunca supe quién contaminó al peligroso hombre lobo. Pero el padre de Remus, uno de mis mejores alumnos, lo conocía desde joven. John intentó hacerle comprender que no todos los magos eran como los que habían despreciado a la bruja, que era casi una squib y una buena madre para Greyback. Fue un grave error. Este mago, convertido ya en licántropo, estaba ya lleno de demasiado odio. Lo ha descargado contaminando a los pequeños hijos de magos buscando 'crear una manada de licántropos que bajo su poderoso mando gobierne a los despreciables magos'».
«John se dedicó, desde el día en que fue mordido su hijo, a cuidarlo y protegerlo. Raelynn y él me pidieron que los ayudase cuando su pequeño tuvo edad de ir a Hogwarts. Lo hice con gusto, pues el chico era de tan buenos sentimientos como los padres».
«Ahora aquél joven es el 'esposo' de mi hija Jennifer y los dos sufren por el miedo que un hijo o hija herede la licantropía». Sonrió al pensar en la chica de ojos miel, luego suspiró. «Por el comportamiento de los licántropos en general en esta guerra algunos pueden llegar a pensar que Remus es el traidor, pero yo no. Lo conozco desde niño y sé que mientras su conciencia humana prevalezca es cristalino».
«El cuarto Merodeador es Peter Pettigrew, un mago 'sangre pura' a quien muchos de sus profesores consideraron tonto e inútil cuando le dieron clase. Sin embargo nunca fue considerado tan débil mágicamente que fuese casi un squib. No, de hecho si su carácter fuese distinto sería tan buen mago como sus tres amigos».
«Pero se formó bajo la protección y ayuda de los otros tres Merodeadores, sin buscar sus propias virtudes para destacar. Ha permanecido bajo la sombra de ellos. Aún después de graduarse aceptó el único trabajo que le ofrecieron en el Ministerio de Magia, con sus bajas calificaciones, para seguir cerca de dos de sus amigos del colegio. También siguiéndoles a ellos se unió a La Orden del Fénix.»
«Mi hija más rebelde ha sentido un rechazo instintivo por él desde que lo conoció. Nunca lo atacó, pero tampoco le gusta que esté cerca de ella. De hecho es el único de los amigos cercanos de mis yernos que no sabe que soy el padre de las gemelas, ni mucho menos sabe de los Cundáwans. Angelica tampoco quiso que conociese a Wymond, Eloise, Aline y Humphrey, porque dice que no es digno de confianza».
«Raymond me dice que confíe en aquél instintivo rechazo de mi hija y tenga cuidado con ese joven, pero… Aunque su debilidad de carácter lo hace vulnerable a Voldemort, no consigo un motivo para que el joven bajito y gordito traicione a sus mejores amigos y protectores durante siete años».
«Me pregunto si en realidad es débil de carácter o su comportamiento, desde que falleció el padre, se debe a la ausencia de éste y la fuerte absorción de la madre con él. Es difícil decirlo, pues he hablado poco con él. Pero su compenetración con Los Merodeadores se hizo muy fuerte desde que el señor Pettigrew falleciese, recién comenzando la guerra».
«Las circunstancias fueron extrañas, pero las evidencias no apuntaban a Voldemort y sus mortífagos sino a ladrones de objetos mágicos. A menos que… Paul Pettigrew fue un mago muy bueno en el área de Pociones y también en Encantamientos. Se dedicó después de graduarse a la búsqueda e investigación de antiguas reliquias mágicas».
«¿Habría despertado el interés de Tom por alguna razón? Tendré que intentar ahondar en su muerte. También en la vida familiar de Peter, más allá de los comentarios de mis hijas y los amigos del joven bajito y gordito, de ojos negros y llorosos».
«He intentado varias veces leerle la mente, pero sus pensamientos tan erráticos son casi imposibles de seguir. Además tanto 'Las Protectoras' como 'Los Merodeadores' aprendieron desde su primer año en el colegio a evadirme la mirada para ocultarme la mayoría de sus travesuras. Siempre he sospechado que Jennifer tuvo que ver en aquello, pero no estoy seguro».
«Lo cierto es que a ninguno de ellos, ni a Frank, he podido jamás intentar leerles la mente más allá de unos breves minutos. Pero de todos modos alguien con pensamientos tan erráticos, acostumbrado además a que le protejan por su poca habilidad, difícilmente puede ser el traidor. Sin embargo no lo descartaré a él tampoco».
«Se unió también a mi grupo el joven mago y excelente auror que primero estableciese el récord al graduarse en la Academia de Aurores en sólo año y medio: Frank Longbottom. Un mago 'sangre pura' valiente y decidido, respetuoso, estudioso y serio. Fue Premio Anual de su año. Augusta y Harfang le han transmitido sus férreos principios morales de respeto y humanidad. Detesta a Voldemort y sus mortífagos desde que oyó por primera vez de ellos. Me preguntó aquí en mi oficina, cuando era sólo un niño, qué podía hacer para ayudar a detenerlos. Definitivamente nada más lejano al traidor que él».
«Otro que se nos unió fue Mundungus Fletcher. Un ladronzuelo que sin embargo me aporta información valiosa del mundo mágico 'no oficial' ,a la que de otra manera me sería difícil acceder. Considerado media sangre por ser hijo de un mago y una muggle. Cuando su hermana fue asesinada por mortífagos ayudé a que sus sobrinos fuesen adoptados por una buena familia. Aquello me valió su fidelidad. Sigue siendo alguien aficionado a los negocios turbios, pero jamás trabajaría con Voldemort y sus mortífagos».
«El otro informante sobre lo que ocurre entre las brujas y magos con negocios no muy legales, o criaturas 'de la noche', es mi hermano Aberforth. Ésa es su participación en La Orden del Fénix».
«Arabella Figg, la squib que me mantiene informado del mundo muggle. Allí se desenvuelve como una anciana solitaria rodeada de 'gatos'. Vecina en su infancia de los Dumbledore, que a diferencia de los otros magos del lugar siempre la trataron con afecto. Especialmente mamá. Imposible que sea la traidora y difícil que sepa quién lo es».
«Rubeus Hagrid, el guardabosque del colegio y alguien en quien se puede confiar plenamente a pesar de su predilección por mascotas… exóticas. Aunque nunca pude probarlo, estoy convencido que fue Tom Riddle y no mi semi-gigante amigo quien abrió la Cámara de los Secretos cuando murió Myrtle. Dippet me apreciaba, por eso le permitió al joven 'grande de tamaño' y recientemente huérfano quedarse como guardabosques cuando se lo pedí. Logré convencerlo porque no hubieron pruebas contra el joven de gran tamaño., aparte de la palabra de un joven mago brillante y prefecto. Además los ataques habían cesado. Más por su carácter que por su genealogía, estoy seguro que no es el traidor».
«Mi gruñón amigo Alastor Moody me acompaña y ayuda, al igual que mi amiga Minerva McGonagall. Los dos me apoyaron incondicionalmente en la conformación del grupo secreto, aunque no era parte del carácter de ninguno de los dos actuar así. Alastor es demasiado arrojado para trabajar oculto y a Minerva le desagrada al máximo cualquier tipo de quebrantamiento de normas. Sin embargo los dos me apoyaron en que era la mejor forma de mantener a salvo la identidad de los integrantes. Tanto por su propia seguridad como por la de sus familiares, vista la forma de manejarse Lord Voldemort».
«Emmeline Vance, la joven mujer de mirada contemplativa, pelo y ojos negros, piel blanca y estatura mediana. Hija de un brujo sangre pura y una bruja hija de muggles. Su hermana gemela murió cuando ella era pequeña, durante uno de los primeros ataques mortífagos. Desde entonces habla poco, observa todo analíticamente con sus ojos grandes azabaches y a veces parece murmurar algo a alguien invisible. Oficialmente es una de las mejores artistas en cuadros mágicos. Sin embargo combate a los mortífagos como el mejor de los aurores, con una fiereza y habilidad que sólo unos pocos igualan. No, nada más lejos de un traidor que ella».
«Edgar Bones, joven rubio de ojos verdes claros y complexión mediana. Talentoso en Transformaciones y Encantamientos. Trabaja en el Departamento de Transportes Mágicos del Ministerio de Magia. Los Bones, al igual que los Longbottom, es una familia de firmes principios morales que han rechazado a Voldemort y sus seguidores desde que surgieron hace diez años como grupo organizado de asesinos. Edgar está tan lejos como Frank de ser el traidor».
«Caradoc Dearborn, joven demasiado alto y delgado, pelo de color y aspecto como la paja, ojos castaños. Aparenta ser débil pero recorre grandes distancias en pocas zancadas. Es flexible y muy ágil, lo que llaman los muggles 'gimnástico'. Muy hábil en el área de Encantamientos y respetuoso de otras criaturas, por lo cual los duendes de Gringotts trabajan bien con él. Su hermano es un squib que trabaja como abogado en el área mercantil en las transacciones con muggles que las pequeñas y muy listas criaturas dirigentes del banco tienen».
«Su esposa murió estando embarazada tan sólo cuatro años atrás, en un ataque de los mortífagos. El joven se acercó entonces a plantearme que hiciese algo contra Voldemort como antes había hecho contra Grindelwald, pero que esta vez permitiese que otros me ayudasen. El primero él. No hubo venganza en su discurso sino deseo de justicia, por eso fue uno de los primeros en asimilarse al grupo. Imposible que sea él».
«Benjy Fenwick, hombre joven de piel, ojos y pelo color oscuro como la noche. Complexión robusta. Especialista en Defensa Contra Las Artes Oscuras y en Pociones. Trabaja con Leonel Mayer como inefable. Sobrio, callado y con tendencia a ser solitario desde que estudiaba en el colegio. No le niega la ayuda a sus compañeros, pero busca aislarse siempre. De excelentes notas».
«Mi amigo Leonel lo atrajo hacia su grupo desde que era sólo un estudiante de la Academia de Aurores, pues tenía prácticamente todas las cualidades que su especial trabajo requiere. Muy pocas personas saben que el joven quedó huérfano de madre con sólo siete años de edad, al dar a luz a su hermano Ennis, y de padre en el tercer ataque de los mortífagos. No, tampoco es candidato para ser el traidor».
«Sturgis Podmore, hombre joven de mandíbula cuadrada con cabello espeso color paja. Joven graduado en la misma promoción que Frank pero de la casa Hufflepuff. Su tío le pidió que se quedase trabajando con él en Dervish & Banges pues sabía que es muy hábil en Transformaciones y Encantamientos, especialmente de instrumentos mágicos. Fue rival de James y Sirius en el Quidditch, pero siempre de forma honesta».
«Hasta donde sé se ha distanciado de sus amigos del colegio, luego de graduarse, porque se dedicó de lleno al trabajo y cuidar de su madre y hermana enfermas. Me pidió sin embargo que le permitiese participar en La Orden del Fénix poco antes de graduarse, como lo había hecho el padre por dos años antes de fallecer por una enfermedad del corazón. Me preocupa su cambio de carácter desde que se hiciese cargo de su familia, aunque es comprensible siendo tan joven y con tantas responsabilidades. Pero… Voldemort puede haberse acercado a presionarlo… No es extraño que se acerque sigilosamente a magos con problemas».
«Sin embargo el que Peter y Sturgis hayan llegado tarde al ataque la noche de luna llena, o que perdiesen su varita ayer, no implica necesariamente que uno de los dos sea el traidor. Caradoc también llegó tarde la noche de la primera intrusión a la mansión Potter, habiendo perdido su varita al igual que Edgar y Sirius el día anterior. De hecho sólo reaparecieron las varitas de Sturgis y Sirius». Suspiró y denegó.
«No tengo suficiente información para dilucidar quién es el traidor, aunque hasta ahora todo apunta a que es uno de ellos cinco. Pero de Edgar y de Caradoc no desconfío, mientras que de Sturgis, Peter y Sirius… No, no debo apresurarme a sacar conclusiones. Durante las batallas muchas veces nos perdemos de vista unos a otros, puede no ser ninguno de ellos».
«Dedalus, hombre bajito que siempre lleva un sombrero de copa color violeta, el que le regalase la madre cuando se graduó en Hogwarts como miembro de Hufflepuff. Aún vive en Kent, en la casa que perteneció a sus padres. Es de naturaleza nerviosa y un poco torpe, pero también muy persistente. Su amistad con mi hermano Aberforth, del cual fue compañero de casa y de año, lo acercó a mí y a La Orden del Fénix».
«No es muy eficaz en las batallas pero su carácter alegre y espontáneo, además de sus vínculos familiares con todas las familias 'sangre pura' por pertenecer él mismo a una de ellas, lo hacen ser un excelente espía que me avisa de 'comportamientos inusuales' de sus miembros que nos lleve a sospechar que son mortífagos, o que están bajo la Maldición Imperius».
«No desconfío de él porque, al igual que Aberforth, detesta a todos los Slytherin por despreciar a los Hufflepuff y haber lastimado a dos chicas de su casa durante su último año en el colegio de forma severa. Sus reacciones en esa oportunidad fueron muy cercanas a las de verdaderos Gryffindors. No, ninguno de los dos colaboraría jamás con Voldemort y sus hombres».
«Elphias Doge, hombre mayor de voz jadeante como un resoplido. Perteneció a Ravenclaw durante sus años en el colegio, siendo un poco… extravagante. Comparte con mi hermano la afición por los viajes y el estudio de criaturas tanto mágicas como muggles. La diferencia es que Aberforth es más 'práctico', puesto que odia leer, mientras que Elphias investiga tanto en los libros como cerca de los animales que estudian entre los dos».
«Se unió con sus dos amigos a La Orden del Fénix como uno de los fundadores, trayendo información de sus viajes sobre la influencia de Voldemort fuera de Inglaterra. Su desprecio por 'esos descerebrados que se hacen llamar mortífagos y no comprenden las simples leyes de la herencia de características físicas y mágicas' lo alejan de ser el traidor».
«De La Orden del Fénix ya hemos perdido: a Stan Podmore; a Dorea Potter, que murió frente a su esposo, y a Charlus, quien desde entonces se retiró tanto del Ministerio como de mi grupo al verse su salud resentida gravemente; a Marlene McKinnon, que fue asesinada con toda su familia; a Fabian y Gideon Prewett, que lucharon fieramente hasta el final; y ahora a Dorcas Meadowes».
«De acuerdo a lo ocurrido por segunda vez en la mansión Potter tengo un traidor en mis filas. Eso me entristece y preocupa mucho a la vez. Pero por más vueltas que le doy a la cabeza se me hace imposible el pensar que uno de ellos esté con Voldemort».
«Sin embargo eso coincide con lo que tanto nos preocupa a mis hijas y a mí: la antigua profecía de nuestros antepasados. Si sumo a eso la profecía real que me hiciese dos meses atrás Sybill Trelawney, la ahora profesora de Adivinación… ¿A quiénes se puede referir aquella intrincada predicción? Aunque es muchísimo más corta que la Profecía Cundáwan me parece igualmente indescifrable».
«¿Sabrán acaso los chicos venidos del futuro quién es el traidor y a quiénes se refieren aquellas profecías? Tal vez sí, tal vez no. En cuanto a quién es el que hace daño a través de la confianza depositada en ella o él, puede seguir oculto aún en la época de la que vienen los chicos. En cuanto a las profecías puede ser que aunque las conozcan todavía no hayan sido interpretadas si no se refiere la Cundáwan a una de mis hijas». Se estremeció al pensar que se refiriese a una de sus nietas y el hijo de los Potter. Cerró los ojos y denegó. «La 'centella' y la 'marca' pueden referirse a otra cosa».
Suspiró y abrió los ojos. «No pensé en La Profecía Cundáwan cuando creé La Orden del Fénix. Fue Raymond quien un par de meses después, luego que le contase del grupo, me hizo ver la relación. Pasé la noche en vela luego que Sybill Trelawney me hiciese la otra profecía, mucho más corta, directa y escalofriante. Aún no sé cómo hablar con las dos parejas de aquello que tanto me preocupa». Una vez más pensó en los chicos y frunció el ceño.
«De todos modos, aunque mis nietas y sus acompañantes conozcan las respuestas a mis inquietudes no les debo preguntar. Estoy ahora casi seguro que los diez fingen su pérdida de memoria para evitar alterar el rumbo de los acontecimientos, respetando la antigua ley que prohíbe viajar en el tiempo e intervenir».
«Mis nietas… ¿Cuánto tiempo pasará antes que mis gemelas me hagan abuelo? ¿Por qué la hija de Angelica estuvo en un orfanato en que la maltrataron físicamente? ¿Habrá estado con ella la hija de Jennifer? ¿Cuándo y quién le curó la licantropía a la de ojos miel? Estoy casi seguro que la padeció por lo que me contó mi hija del nerviosismo de los chicos el día de la última luna llena y la mentira que habían inventado para cubrir el malestar de la chica de ojos miel».
«¿Quién le lanzó la maldición a la hija de Angelica que le ocasionó tan grave daño en los pulmones? ¿Por qué los hijos de Frank y James tienen aquella tristeza en sus miradas? He notado que los cuatro chicos miran a sus padres con una mezcla de añoranza y anhelo que no me gustan nada. La hija de Mary Lovegood también me preocupa por sus 'ocurrencias exóticas'. Los otros cinco chicos me parecen también tristes y demasiado maduros para sus edades».
«Sé que no debo preguntarles nada, que aunque lo haga no me responderían, pero lucharé a cada minuto de mi vida por cambiar el futuro del que provienen esos chicos por uno más tranquilo, sin guerra, en el que sean felices. Uno en el que mi hija más rebelde pueda estar con mi nieta y evitarle la infancia terrible que parece haber vivido quien ahora se encuentra durmiendo en Deercourage. Espero que se esté recuperando de la crisis nerviosa que le provoqué intentando protegerla a ella, a mi otra nieta y a sus ocho acompañantes, al intentar presionarlos con aquella vieja ley».
«Recuerdo la expresión de pánico de la chica que se hace llamar Diana el sábado pasado, cuando luego de decirle la prima que su poción para los pulmones estaba lista me reuní a solas con ella y el novio para explicarle el peligro que habían corrido todos con el viejo boggart convertido en dementor si los hubiese besado a ella y al padre. De no ser por la rápida intervención del cariñoso pelirrojo se le habría presentado una fuerte crisis pulmonar a la chica, que no hubiese cedido con la extraña poción verde como ocurrió gracias a quien se hace llamar Júpiter».
«Es al menos curioso que los novios de mis nietas sean gemelos idénticos al igual que mis hijas, aunque tengo la impresión que ese par es tan revoltoso como lo fueron Los Merodeadores. Sólo que, al igual que éstos, se han calmado un poco al encontrar a sus almas gemelas. Bueno, al menos tres de Los Merodeadores, los realmente revoltosos. Peter Pettigrew siempre fue más tranquilo. ¿Tendrá razón Angelica al desconfiar de él? Mi hija siempre lo ha rechazado aunque nunca ha sabido darme una razón valedera».
«Algunas veces, como ahora que tengo un traidor entre los miembros de La Orden del Fénix, lamento no haberme entrenado totalmente en mis dones como me sugirió tantas veces mi mentor y amigo Raymond. Pero aquello hubiese requerido un tiempo y dedicación que les he entregado a los alumnos de Hogwarts. ¿Me habré equivocado al tomar aquella decisión? Espero de corazón que no. Amo la docencia. Me gusta mucho formar a jóvenes brujas y magos en los intrincados conocimientos del don mágico con el que nacimos. De no ser por la guerra esa duda jamás se hubiese abierto paso en mi mente».
Unos golpecitos en la puerta del despacho lo sacaron de sus pensamientos.
—Adelante.
—Buenos días Albus. —lo saludó tenso el auror.
—Buenos días Alastor —le correspondió el director con tono suave, intentando transmitirle una tranquilidad que no sentía—. Vamos a Deercourage, amigo. Tenemos que averiguar quién es el traidor y qué se ha llevado.
El auror asintió con un pequeño gruñido. «Si llego a saber quién es el que pone en peligro tantas vidas… La peor celda de Azkaban será su hogar permanente desde que lo atrape. De eso me aseguraré».
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
—Júpiter… —murmuró Angela adormilada, empezando a despertarse.
—En cuanto te portes bien voy a buscarlo. —le dijo Jessica mientras le acariciaba con cariño la cabeza vendada.
—¿Electra? —preguntó su prima un poco más despierta.
—Sí. Primero te doy tus pociones y luego voy a buscarlo. —le respondió sonriéndole dulcemente.
—Déjalo descansar un poco —le pidió Angela intentando infructuosamente sentarse—. Ha estado muy tenso últimamente por causa mía.
—Si llega a saber que has dicho eso te va a reñir. —le replicó Luna con su acostumbrada franqueza, mientras ayudaba a Jessica a sentarla.
—Por favor no le cuenten lo que dije antes. —les pidió Angela, sabiendo que su amiga rubia estaba en lo cierto.
—Te complaceremos en eso sólo si te tomas tus pociones sin protestar y haces lo que te indiquemos —sentenció con picardía Jessica, sonriendo al verla hacer un puchero—. No nos convencerás con tu carita de niña buena. Harás lo que he dicho o llamo a George y le cuento la tontería que has dicho.
—Me tomaré mis pociones y haré lo que me indiquen —se dio por vencida Angela, preguntando de inmediato lo que percibía por su extraña particularidad empática—. ¿Qué tan seria es la herida de Sirius? Angelica está muy preocupada.
Jessica se detuvo con el vaso de poción para los pulmones a medio camino de dárselo, interrogando de inmediato con la mirada a Luna. Las dos se quedaron petrificadas, sin saber si decirle o no la verdad.
—Lo alcanzaron en el torso con la Maldición Diseccionadora —le respondió Ginny que venía saliendo del baño secándose el pelo con su varita—. Electra y Mercurio auxiliaron a Jennifer para curarlo, pero necesita reposo y tomarse sus pociones para recuperarse.
—Snape. —se le escapó con rabia a Angela.
—Seguramente —afirmó la menuda pelirroja—. En estas fechas es un mortífago convencido, lleno de rencor. Aprovechó ayer de herir a los dos Merodeadores que más detesta. A Sirius, que está con la mujer de la que está enamorado, y a James, que es todo lo que él nunca fue ni será.
—¿A James también lo hirió con esa maldición? —preguntó descolocada Angela.
—Sí. Pero sólo le alcanzó a rozar en la pierna izquierda y yo se la curé poco antes que reaccionaras anoche. Me oíste cuando le estaba curando unas heridas menores —le respondió Ginny sentándose en la cama junto a ella—. Ya he respondido tus preguntas más urgentes, así que es hora que te tomes tus pociones y permanezcas tranquila. Si te portas bien te llevamos a ver a Sirius.
Angela asintió de inmediato al oírla y tanteó frente a ella con su mano izquierda.
—Tranquila, ya te la doy. —le dijo entre risas Jessica. «Definitivamente Ginny sabe como tratar a mi impetuosa prima».
Luna sonrió al verla así, dirigiéndose tranquila al baño para asearse. Se cruzó en el camino a Hermione, a quien hizo regresar al espacio junto a los guardarropas que daba acceso a los baños dobles de esa habitación grande para contarle en susurros lo que la pecosa le había dicho ya a su impulsiva amiga. La castaña le agradeció la información y salió de nuevo hacia el cuarto. Se aproximó a la cama en que le estaban dando las pociones a la chica, secándose el pelo con su varita.
—Buenos días Diana. ¿Cómo te sientes? —la saludó Hermione con tono cariñoso.
—Buenos días Gea. Un poco atontada y lenta, pero deseando levantarme, quitarme los vendajes y darme un buen baño con agua tibia antes que lleguen nuestras anfitrionas. —le respondió Angela con sinceridad.
—En cuanto termines de tomarte tus pociones. —sentenció Jessica acercándole otra a la boca, sonriendo al ver que asentía y se la tomaba sin protestar.
A Ginny le pareció chistoso poder ver el rostro de su castaña amiga, girado atentamente en dirección de la chica de pelo negro, la cual abría la boca con asombro al no oír la protesta que seguramente esperaba y oírla tan obediente. Sonriente la llevó hasta su propia cama para aplicarle el ungüento naranja, ponerle vendajes nuevos y examinarle la vista. La pelirroja procedió a echarle las gotas y vendarle los ojos diciéndole que en sólo un par de días podría leer todo lo que quisiera si se portaba bien, luego que la castaña le dijo que la neblina había desaparecido y veía formas borrosas pero mucho más definidas que antes.
Cuando Lily llegó a decirles que por ese día se ocupasen las dos chicas de los vendajes y curas de los ojos de sus compañeros los diez chicos estaban ya vestidos y con vendajes limpios, sentados en las camas del cuarto de las chicas, hablando sobre preguntarles las fechas de los cumpleaños y lo que podrían darles de regalo a cada uno de ellos. En realidad los chicos sabían que la semana siguiente cumpliría años James, pero querían sacarles esa información a ellos para no despertar sospechas.
Las esmeraldas de la pelirroja brillaron con emoción al escucharlos y entender que los chicos no estaban pensando en irse de inmediato, aunque en las últimas veinticuatro horas dos personas se habían enterado de su estancia allí sin su consentimiento. «Tal vez está influyendo la amenaza que el director les hizo. Aunque Albus, luego del cruce de palabras con los chicos y la reacción de la chica enferma, ha asegurado que no aplicará la vieja ley».
—Buenos días chicos. —los saludó con una gran sonrisa.
—Buenos días Lily. —le respondieron los diez a coro.
—Les iba a pedir a Venus y Electra que los curasen hoy pero veo que se me han adelantado. ¿Cómo te sientes, Diana?
—Bien. —le respondió de inmediato la chica, ansiosa por ir al cuarto de su papá.
—Diana. — la regañó la pelirroja embarazada tanto con el tono de voz como con los brazos en jarra.
—Un poquito débil —reconoció Angela cabizbaja y con tono de niña regañada—. Pero con ayuda de Júpiter puedo ir hasta el cuarto de Sirius, por favor. —le pidió con tono suplicante.
—Le contamos lo ocurrido ayer porque apenas despertó nos preguntó por él —respondió Ginny la interrogante muda de su suegra, tragando saliva al ver que entrecerraba los ojos mirándola enojada. Se explicó rápidamente, nerviosa—. Anoche supo que habían ido a batalla y le preocupaba la pesadilla que había tenido con él, porque casi siempre sus presentimientos se acercan mucho a la realidad.
—Jennifer me ha dicho hace un ratito que, gracias a Electra, nuestro bromista Sirius está vivo y recuperándose bien. Así que pronto lo tendremos de nuevo molestando por toda la casa —les comentó con tono distendido Lily, luego de mirar con curiosidad a la chica de pelo negro y a la menuda pelirroja—. En un rato vendrán a visitarlo Arabella, Benjy, Elphias y Peter, aprovechando el amigo del colegio de ellos que ustedes aún no conocen que hemos logrado que Angelica duerma un par de horas. Hoy vendrán varios de nuestros amigos a verlo, así que me temo que no puedo complacerlos en acompañarlo hasta la media tarde, cuando nosotros vayamos al funeral de Dorcas y se quede con él solamente Angelica.
Los diez chicos suspiraron con resignación y asintieron.
—Pero ellos aún no llegan, así que podemos subir a que lo saluden y le den ánimos para permanecer en cama —se explicó rápidamente, al ver sus semblantes. Sonrió al verlos levantar las cabezas rápidamente—. Ha estado un poco necio para tomarse sus pociones y Jennifer ha estado tentada de petrificarlo para dárselas.
Jessica miró de reojo a su prima, soltando un pequeño bufido.
—Nosotros la ayudaremos a convencerlo de tomárselas. —aseguró Harry con tono firme.
Lily sonrió ampliamente. Sus sospechas sobre los chicos se consolidaban a cada minuto que compartía con ellos. Empezaba a sospechar que la chica de ojos miel, la de ojos grises y el de ojos esmeraldas se trataban como 'hermanitos' por la fuerte unión de sus padres y no por motivos sanguíneos.
Lo que la extrañaba era que sólo los dos últimos se dijesen así. «Aunque Sirius ha estado como loco desde que sabe que estoy embarazada y ha hecho trampa para ser el padrino de mi bebé. Tal vez el apego de padrino y ahijado ha acercado más a los dos chicos de pelo negro que a la hija del más tranquilo Remus».
—Como ya están listos tendrán un ratito para compartir con él. —les dijo Lily sonriente, acercándose al que se hacía llamar Júpiter para ayudarlo con su novia.
—Por favor no, señora —le pidió George al ver sus intenciones, aclarándole rápidamente al ver su expresión de molestia—. Su esposo se enojaría mucho conmigo si le permito ayudarme con Diana.
—¿Podrías por favor decirnos cuándo es la fecha de los cumpleaños de Angelica, Jennifer, Frank, Sirius, James, el profesor Dumbledore y el tuyo mientras subimos? —le pidió Harry tanteando en su dirección hasta retenerla con suavidad—. No quisiéramos que el próximo cumpleañero nos volviese a tomar desprevenidos. Hasta ahora sólo hemos podido regalarles bromas y chocolates a Alice y Remus. Ustedes ya saben cuando cumplimos años nosotros y quisiéramos nosotros saber los de ustedes. —le iba diciendo mientras la sacaba del cuarto, para entretenerla.
Fred y George le sirvieron de apoyo a Angela para que caminase, pues la chica no quería que la cargasen para no preocupar al papá cuando llegasen a su cuarto.
Lily miró inicialmente con los ojos entrecerrados al chico. Suspiró y se dejó llevar por él sin oponer resistencia, pues sabía que tenían razón en que su esposo los regañaría si la veían sirviéndole de apoyo a la chica.
Además el joven que se hacía llamar Marte estaba siendo tan dulce y manipulador como lo era James, no sólo en su forma de hablarle sino incluso en sus gestos y movimientos. «Sí, definitivamente este chico es hijo o nieto mío. Aunque la reacción de ayer cuando retuvo a Remus… Esa fue la de alguien demasiado cercano, lo cual me hace pensar más en un hijo que en un nieto».
—James es el próximo cumpleañero, el veintisiete de marzo —le empezó a responder, rodando los ojos al verlo sonreír victorioso. Suspiró y le siguió diciendo lo que suponía el chico en realidad sabía, a menos que fuese cierto lo de su pérdida de memoria parcial—. El cumpleaños de Frank es el tres de agosto, el de Sirius es el veintiuno de diciembre, el de las gemelas fue el cinco de febrero y el mío fue el treinta de enero. El de Albus es el primero de agosto.
—¿Podrías ayudarnos a comprarle algunos regalos de cumpleaños a James y otros de agradecimiento a ustedes? —le preguntó con suavidad Harry, tragando saliva cuando ella se detuvo en seco.
—¿Por qué habrían de comprarnos regalos a nosotros? —le preguntó la mamá con el ceño fruncido y sus esmeraldas chispeando.
—Ya te lo dije, Lily, de agradecimiento por como han cuidado de nosotros. —le respondió su hijo con suavidad, acariciándole con su mano vendada el cabello con cariño. Lamentaba no poder ver aún el rostro de su mamá.
—Pueden dárnoslo a cada uno de nosotros en nuestro respectivo cumpleaños. —protestó Lily enfurruñada.
—No sabemos si en esas fechas estaremos con ustedes. —le respondió Harry con suavidad bajando la cabeza, su tono triste sin que pudiese evitarlo.
—¿Es que están pensando de nuevo en huir? —le preguntó enojada la pelirroja tomándolo de los hombros.
—No, Lily —le respondió Ginny ante el silencio de su novio—. Marte sólo te está planteando que no sabemos cuándo resolveremos nuestra situación y quisiéramos darles unos pequeños presentes de agradecimiento mientras aún estamos con ustedes.
—No entiendo porqué están tan empeñados en irse —refutó Lily que no se iba a dejar engañar—. Alastor Moody y Charlus Potter no los van a delatar y tomaremos medidas para que más nadie sepa de ustedes —afirmó. Al ver al chico que aún sostenía por los hombros denegar con un gesto de frustración en su boca se enojó aún más—. A nosotros no nos están ocasionando ningún problema y ustedes no pueden cometer la locura de irse a uno de los sitios que dijiste antes. ¿No lo entiendes? Estarían en muchísimo peligro.
»No importa lo bien preparados que crean estar para una batalla, los mortífagos son seres despiadados que no respetan nada ni nadie —lo regañó. Al ver al chico levantar la cabeza y abrir la boca sintió que no podía dejarlo hablar—. No, Marte. No pueden irse de aquí. No a menos que sea para volver a su tiempo con sus familias. Haré lo que sea necesario para evitar…
—Lily, por favor —la interrumpió George, señalándole con una cabezadita a su novia cuando la vio revolverse furiosa hacia él—. Sólo queremos tu ayuda para comprarles unos detallitos, nada más. No hemos dicho que nos iremos.
Lily, al notar que la chica de pelo negro respiraba irregular y parecía aferrarse a su novio, comprendió su error. Tomó una respiración profunda para calmarse. Soltó los hombros del chico de pelo negro, acariciándole con cariño la mejilla vendada antes de alejarse de él.
—Vamos al cuarto de Angelica y Sirius. Ya hablaremos luego de lo que quieren que les ayude a comprar. —les dijo en el tono más suave que logró usar. Se alejó de ellos hacia las escaleras, esperándolos un par de pasos más adelante.
Harry se aferró a su novia mientras los otros chicos se movían rápidamente entre ellos y Lily, intentando cubrirlos si ella se giraba a mirarlos, con un nudo en la garganta por lo ocurrido. Ginny usó el don de Percibir e Influir las Emociones para ayudar a calmarse a su prometido, aunque lo vio denegar levemente, y a Angela. Le susurró al oído que se lo permitiese para que pudiesen ir a ver a Sirius. Estaba segura que George estaba convenciendo a su amiga de permitirlo. Cesó sólo cuando los percibió medianamente tranquilos. Les agradeció a Luna, Hermione, Fred y Neville en susurros que la hubiesen ayudado. Los cuatro sonrieron, sintiéndose levemente mareados los cinco pero tranquilos tanto por su amigo y líder como por la chica.
—Los chicos han venido a saludarte y ver cómo estás, amigo. —entró anunciándole Lily.
—Hola Jennifer. Hola Sirius. —los saludaron con suavidad los diez a medida que iban entrando al cuarto.
—Hola chicos. —los saludó la mamá de la chica de ojos miel una vez que todos estaban adentro. Los miró con preocupación por el tono bajo que habían empleado. Ésta se había acentuado al notar que, además de la chica de pelo negro, otros cinco buscaron sentarse apenas entrar a la habitación.
—¿Cómo te sientes, Sirius? —le preguntó Angela tanteando en la dirección en que la guiaba George, hasta tomarle de la mano con cuidado.
—Estoy bien, pequeña. No te preocupes. —le respondió él de inmediato.
—Eso es tan cierto como lo es que yo estoy totalmente bien. —le replicó ella con una sonrisa cómplice.
—Debes tomarte tus pociones, Sirius. Sólo así mejorarás. —le dijo con tono muy serio Harry, abrazando a su novia por los hombros con su brazo derecho. Estaba preocupado por el esfuerzo hecho por ella y sus cuatro amigos minutos antes, para ayudarlos.
—Pelirroja chismosa. —gruñó Sirius mirando a Lily. Se extrañó al notar que sus esmeraldas miraban sin ver, llenas de preocupación.
—Nosotros sabemos que es bastante molesto el tener que tomar varias pociones y permanecer en cama. Hemos obedecido a Madam Pomfrey y a Jennifer en eso, aunque protestemos un poco, porque sabemos que si no lo hacemos preocupamos a nuestros amigos y a quienes nos han demostrado afecto y cuidado desde que llegamos. —le insistió Harry a su padrino.
—Chantajista. —gruñó en voz baja el pelinegro con sus ojos grises clavados en el rostro vendado del joven.
—Por favor, Sirius. —le pidió Angela con preocupación.
—De acuerdo —aceptó resignado Sirius, reconociendo su derrota—. Dame la asquerosa poción rellena sangre, cuñadita —le pidió con tono molesto. Denegó levemente al verlos a todos sonreír—. Jamás pensé que haría algo para que se incrementase la sangre Black. —comentó enojado mirando el vaso con la poción.
—¿Entonces no quieres tener hijos con Angelica? —le preguntó Angela con tono triste.
—Claro que quiero tener hijos e hijas con mi esposa —le respondió Sirius rápidamente, preocupado por la interpretación que le había dado la chica a sus palabras—. Pero la sangre de mi esposa será la que…
—Los bellos sentimientos de los dos, sus enseñanzas, sus valores, son los que identificarán a sus hijos. No la sangre o los apellidos —lo interrumpió con dulzura Angela—. No es la sangre que se herede lo importante, sino lo que hay en el corazón, la mente y el espíritu. Lo único importante de la sangre es que exista la suficiente en tu organismo para que estés sano y fuerte. Lo que dijiste antes sobre la sangre se asemeja mucho a las tonterías que nos contaron ustedes que dicen los que se hacen llamar mortífagos, algo que no me parece comparta alguien inteligente y leal como tú.
—Gracias pequeña. —musitó Sirius conmovido, acariciándole el rostro vendado suavemente, incapaz de decir nada más por el nudo que sentía en la garganta. Tomó una gran bocanada de aire tanto para tranquilizarse como para ser capaz de tomarse el asqueroso brebaje, que bebió seguidamente sin emitir ni una sola queja.
Remus, que había entrado en la habitación cuando Sirius protestaba y escuchó las palabras de la chica, abrazó a su esposa desde atrás en un gesto de apoyo. Sabía bien que aquello también la había conmovido a ella, especialmente por el brillo en los ojos miel de la chica que estaba de pie muy cerca de ellos.
«Deseo con igual intensidad que sí sea nuestra hija y que jamás haya padecido la maldición mensual de transformarse al aparecer la luna llena. Espero de corazón que el trastorno que le notamos la última vez sea lo único que haya padecido siempre, pero… ¿Cómo saber si una hija o hijo mío con Jennifer no heredará la licantropía?»
«Me asusta la posibilidad que la hayan curado luego de padecer aquél tormento siendo una bebe. O que ella no lo padeciese pero un hermanito o hermanita suya sí. Claro que también cabe la posibilidad que mi esposa u otros consiguiesen una poción que evite que los hijos de los licántropos hereden la maldición, o siendo más optimistas que consigan la cura. Pero… El que exista una mínima posibilidad que un bebé indefenso padezca esa tortura me parece simplemente inaceptable. No, en mi caso mi sangre si está maldita. No es igual a lo que ocurre con Sirius».
—A los que padecen la licantropía o el vampirismo se les considera que tienen la sangre maldita. Sin embargo yo no estoy de acuerdo con eso —comentó Jessica con la mirada fija en Sirius, para evitar la tentación de mirar a sus papás—. Me desagrada mucho la forma en que el señor Scamander ha expuesto sus casos, calificando a los primeros como criaturas altamente peligrosas y a los segundos como 'seres'. Yo pienso que son seres humanos a los que les ha sido transmitida una enfermedad. En lugar de apartárseles se les debería ayudar a conseguir una cura para que puedan tener una familia e hijos, además de trabajo y vidas normales.
La intervención de la chica había dejado sin aire a Jennifer y Remus, así como hecho palidecer a Sirius y a Lily.
—Nadie debe ser juzgado por su sangre, ya sea porque la hayan heredado de sus padres o porque los hayan enfermado. Lo único que debe contar son sus acciones. —la apoyó seguidamente Harry.
—¿Era ésa la única poción que no te habías querido tomar, Sirius? —preguntó con aire inocente Ginny, queriendo disminuir la tensión en todos.
—No. También le falta tomarse estas dos. —le respondió Jennifer con voz un poco aguda mientras le entregaba una a su amigo.
Sirius gruñó pero se la recibió y tomó al ver las expresiones corporales atentas de los diez chicos, al igual que la otra poción.
—Será mejor que bajemos ya a sus cuartos, chicos. No tardan en llegar las visitas. —les recordó Lily.
—Por favor, tómate todas tus pociones y descansa. —le pidió Angela con cariño y preocupación a su padre.
—Sólo si tú haces lo mismo —le respondió él con una sonrisa franca—. Es un trato. —afirmó al verla asentir.
—Lily, quédate con Jennifer y Sirius. Yo acompaño a los chicos. —le dijo Remus, que había notado el semblante de la pelirroja y su forma de mirarlos.
—De acuerdo. —aceptó ella señalándole con una cabezadita a la chica de pelo negro.
—Por favor, Diana, permite que yo te lleve a tu cuarto. —le pidió Remus de inmediato.
Angela abrió la boca para oponerse, pero la cerró de inmediato al recordar lo que acababa de pactar con su papá. Asintió luego de hacer un puchero. George le sonrió al licántropo y disimuladamente se ubicó cerca de Ginny que tenía los labios pálidos aún. Remus lo notó y miró interrogante a Lily, frunciendo el ceño al ver la mirada ausente de su amiga. Salió con la chica de pelo negro en sus brazos pensando rápidamente cómo averiguar lo que había ocurrido. Algo que tenía a los chicos nerviosos y débiles a cinco de ellos, por lo que podía notar en su caminar lento que intentaban disimular.
—Jennifer me comentó anoche, cuando nos quedamos a solas, que con todo lo que ocurrió ayer le preocupaba que la salud de ustedes se viese afectada con una recaída. —empezó con tono suave.
—Estamos bien, Remus. Un poco cansados y nerviosos pero bien en general. —intentó tranquilizarlo Harry.
—Lo imaginé porque nosotros también estamos un poco agotados con todo lo sucedido. Les pediré a los elfos que les suban un desayuno apetitoso y sustancioso con una buena taza de chocolate caliente.
—Gracias, Remus. —replicó Fred con una gran sonrisa abrazando a su prometida, que se sonrojó bajo el pasamontañas.
—Lily estará hoy un poco complicada con las visitas de nuestros amigos. No se vayan a extrañar si la ven un poco tensa o triste, Dorcas era una buena amiga. No tan cercana como Peter, pero era parte de nuestro grupo.
—No lo pensé. No debí hablar con ella hoy. —se recriminó Harry.
—¿De qué hablas, Marte? —preguntó rápidamente Remus.
El pelinegro se pateó mentalmente por haber dejado escapar por su boca lo que pensaba. Ahora no podía dejar sin responderle a su tío.
—Yo le pregunté las fechas de los cumpleaños de ustedes para poder nosotros regalarle algo al próximo cumpleañero y… —Suspiró. Sabía que no tenía escapatoria y también que él reaccionaría tan mal como la mamá— Le pedí que nos ayudase a comprarle regalo a James por el cumpleaños, así como unos pequeños presentes al director y a ustedes siete de agradecimiento por la forma en que han cuidado de nosotros hasta ahora —continuó en forma pausada. Al sentir que su novia lo detenía y oír la respiración pesada de su tío tragó saliva. Aún faltaban un par de pasos para llegar a sus cuartos, pero sabía que aquello explotaría antes de llegar allí—. Ella interpretó algo inexacto y reaccionó mal. —finalizó en voz baja.
—Están pensando en irse —afirmó con voz grave Remus, mirando a la chica que tenía entre sus brazos bajar la cabeza. Se giró luego a mirar uno por uno a los chicos con sus ojos dorados reflejando su molestia—. Ni Diana está en condiciones, ni los sitios que han dicho será a dónde vayan son seguros, así que se olvidan de eso ahora mismo. Todos entren al cuarto de las chicas para que la acompañen a ella a desayunar. —les ordenó con la misma firmeza con que lo haría años después.
Los diez chicos tragaron saliva y se dirigieron al cuarto indicado por él sin decir nada y sin mirarlo. Sabían que normalmente era muy tranquilo, pero que si se enojaba era de temer.
Remus recostó con cuidado a la chica en la cama, acomodada en almohadones para que quedase casi sentada, pensando qué hacer para evitar que se fuesen pero al mismo tiempo no generarle una recaída a la joven.
—¿Puedo pedirte un favor? —le preguntó acariciándole la cabeza.
—Sí. —aceptó nerviosa y cabizbaja Angela.
—Sirius me ha estado fastidiando para que le explique la historia del libro que te gusta tanto —Al notar que la chica levantaba su rostro hacia él y se mantenía atenta sonrió para sus adentros—. El muy flojo no quiere leerlo sino que yo lo haga y le cuente un resumen, pero Alastor nos ha estado presionando a Angelica y a mí por lo que no he tenido el tiempo. Yo lo empecé a leer, pero él es muy fastidioso y poco paciente cuando se le mete algo en la cabeza. He notado que a ti te gusta mucho esa historia y… Puedo estar equivocado pero creo que ya te la sabes casi de memoria. ¿Podrías ayudarme con eso?
—Claro que sí, Remus. —le respondió feliz Angela.
—El problema es que el muy latoso está mal acostumbrado a pedirme muchos datos. Pregunta mucho y son tres libros grandes. Podría tomarte algún tiempo el satisfacer su curiosidad.
—No hay problema con eso. —denegó ella con una gran sonrisa.
Los otros chicos se dieron cuenta de la trampa que el muy astuto licántropo le había tendido a su amiga, pero guardaron silencio.
—Te traeré entonces el libro que me prestaste. —le dijo Remus contento.
—No. Sigue leyendo ése tú si te va gustando la historia —replicó Angela reteniendo suavemente su brazo—. Leto me puede ir ayudando a sacar notas resúmenes del segundo y el tercero. El primero puedo resumirlo casi de memoria. Sólo necesitaría que me lo prestases un rato luego, para afinar detalles.
—Perfecto. Lo haremos así. Muchísimas gracias Diana. —le agradeció su tío con dulzura.
—¿Pueden los elfos traernos unos libros de la biblioteca? —le preguntó Hermione.
—Claro. Sólo díganles cuáles quieren cuando les suban el desayuno. —le respondió el joven hombre de ojos miel con amabilidad, mirándola con suspicacia. Sospechaba de su petición.
—Gracias Remus. —le agradeció Harry con una gran sonrisa, la cual incrementó las sospechas del licántropo. Era idéntica a la de James cuando planeaba algo.
—Descansen, coman y tómense sus pociones para que se recuperen, chicos. —les recomendó con suavidad antes de salir.
—Eso haremos. Gracias. —le replicó Harry con un tono similar.
Apenas cerrar la puerta del cuarto Remus convocó a Dotty. Le pidió que no se despegase de los chicos por ningún motivo y que si intentaba irse de la casa alguno de ellos les avisase de inmediato a él y a James con Wykers. La elfina se extrañó por su petición pero asintió y entró de inmediato a la habitación en que estaban los diez chicos. Los jóvenes se dieron cuenta que el comportamiento de la elfina no era normal cuando, luego del desayuno, fue Wykers el que se llevase las bandejas y también quien les subiese los libros que ellos pidieron. Lo confirmaron cuando Hermione le pidió que les llevase otro libro adicional y Dotty llamó al elfo para que lo buscase.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
Alastor Moody, James Potter y Albus Dumbledore estaban muy preocupados porque no habían podido hallar pistas sólidas que delatasen al traidor. Los documentos que había logrado llevarse no eran graves, pero los obligaba a cambiar la ubicación de dos objetos y un juego de documentos que La Orden del Fénix estaba interesada en proteger. Sólo ellos tres y Lily estaban al tanto de éstos en ese momento, por como se habían presentado las cosas cuando les entregaron la información. Ahora agradecían eso visto que tenían un traidor en su grupo. Tres miembros ya fallecidos habían dado sus vidas para proteger esos secretos.
Lo que sí habían sacado en claro era que el traidor no sabía con exactitud lo que buscaba. Había sacado documentos incompletos, llevándose de unos y otros pergaminos sueltos. También comprendieron que sabía que lo que debía buscar no estaba escrito en inglés. Pero sin saber exactamente cuánto tiempo había estado el traidor en la mansión no era posible determinar si no conocía el albanés, francés, alemán y búlgaro en que estaban escritos los pergaminos que se había llevado, o simplemente no había tenido tiempo de leerlos para saber qué debía llevarse.
Alastor intentó analizar quiénes del grupo podían ser sospechosos, pero James se enojó mucho porque a quien primero intentó analizar fue a Sirius. Esto empezó a generarse una discusión que fue detenida por Albus Dumbledore.
—No hay pruebas que señalen a ninguno de los miembros del grupo. El intentar elucubrar quién puede ser el traidor sólo generará división, recelos y disputas en el grupo —les dijo con voz firme—. No podemos permitir que Voldemort nos divida o nos destruirá.
Alastor y James asintieron de mala gana, comprendiendo que tenía razón.
—El conocimiento sobre estos documentos no ha de salir de nosotros cuatro, sin embargo, hasta que no sea descubierto el traidor —continuó el director con voz serena—. James, te voy a pedir que los tengas en otro lugar de la casa. Yo dejaré aquí unas copias falsas y bastante adulteradas en previsión que los hechizos protectores que ubicaré sobre los documentos de esta sala lleguen a ser vencidos por quien sirve a los oscuros intereses de nuestro enemigo.
—Yo me ocuparé de los documentos pero… Albus, me preocupa que tengamos el enemigo dentro del grupo. Podría atentar contra nosotros envenenándonos, sin que nos diésemos cuenta. Yo soy un Potter y el hijo que espera Lily también. —le recordó James con la angustia trasluciendo en su voz.
—Cambiaré las protecciones de la casa. Sólo ustedes ocho, los diez chicos, Alastor y yo tendremos acceso irrestricto a toda la mansión. Los otros miembros de La Orden del Fénix sólo podrán acceder a la sala, el baño de planta baja y este salón —Al ver a Alastor denegar suspiró—. La otra opción es cambiar el sitio de reuniones a…
—No —lo interrumpió con brusquedad James—. Aquí al menos podemos controlar que no nos envenenen o que lastimen de alguna manera a Alice y Lily.
—En Maidstone ellas también estarían seguras. —dijo con suavidad Albus, frunciendo el ceño al ver denegar con más fiereza a su amigo.
—Está visto que Alastor ya tiene sus propias ideas sobre quién puede ser el traidor —afirmó con evidente enojo James—. Pero son las vidas de mi hijo y de mi esposa las que estoy apostando a que ni Sirius, ni Remus son traidores. Las reuniones pueden seguir siendo aquí. Quiero que éste siga siendo el cuartel para La Orden del Fénix. No quiero dudar ni de Peter ni de ninguno de los otros miembros, pero es evidente que hay un traidor —Se detuvo a respirar profundo—. Albus, el bloquear totalmente la mansión como propones sólo generaría recelos entre los miembros y eso fracturaría al grupo.
»Me gustaría que el bloqueo se limitase al área de la cocina y que sólo los cuatro elfos tengan acceso allí. Ni los diez chicos ni ningunos de los miembros de La Orden del Fénix, incluidos Lily, Angelica, Jennifer, Sirius, Remus y yo, nadie. Eso mantendrá la posibilidad de envenenamiento reducida al mínimo. Confío plenamente en Idun y Tyr, tampoco desconfío de Dotty o Wykers.
—¿Estás seguro de lo que propones, James? —le preguntó Albus.
—Sí. También quiero que todos los miembros de La Orden del Fénix sepan de esa restricción. Pondremos de excusa que es la única forma de forzar a Lily a descansar. —le respondió el pelinegro de ojos color avellana con firmeza.
—Pero si advertimos a todos de eso no podremos averiguar quién es el traidor. —protestó Moody, que quería descubrir quién era para sepultarlo en Azkaban.
—No me voy a arriesgar a que maten a mi esposa como hicieron con mi prima Elizabeth, envenenándola en su propia casa, pero tampoco quiero que nos matemos entre nosotros intentando averiguar quién es el traidor —le respondió furioso James—. Tres de mis primos se mataron entre ellos intentando salvar a sus esposas, en una disputa, mientras el que estaba siendo controlado por la Maldición Imperius observaba todo desde una esquina. Luego mató a los sobrevivientes, al prenderle fuego a la casa. El pequeño Bernard nos lo contó en su agonía en San Mungo a papá y a mí.
—Lo siento James. No lo sabía. —murmuró Alastor abatido.
James les dio la espalda para que no viesen las lágrimas que rodaban ya por sus mejillas. Sintió las manos del viejo director sobre sus hombros y un tibio calor fluyendo desde allí un segundo después. Respiró profundamente hasta que logró tranquilizarse. Se secó el rostro mientras fingía limpiar los lentes y mirar hacia fuera. Frunció el ceño al mirar los ventanales hacia el sótano.
—Se hará en parte como has dicho, James —le dijo Albus al percibirlo un poco más sereno—. Se les advertirá a todos que nadie tiene acceso a la cocina a excepción de los elfos, Lily, Charlus y tú, que tendrán acceso allí así como al resto de la mansión, así evitaremos el riesgo de envenenamiento —Al verlo girarse dispuesto a protestar lo detuvo con un gesto de la mano—. Este seguirá siendo el cuartel de La Orden del Fénix, pero Lily, Charlus y tú tendrán acceso irrestricto a cualquier lugar de la mansión. A nadie le extrañará que se haga esto porque será igual en casa de los Longbottom. Alice y Lily están embarazadas y yo les he pedido que accedan a esa protección en beneficio de los bebés en camino.
—Es un poco difícil que alguien crea eso cuando siguen participando en batallas. —le recordó con tono ronco James, producto del llanto anterior.
—Y seguiré participando —dijo con firmeza Lily. Acababa de entrar cuando estaba el director empezando a hablar, luego de calmar a su esposo. Bajó allí apenas irse Remus con los chicos de la habitación de Sirius—. En cuanto a ponerle límites a quien acceda o no a la cocina eso no resolverá nada. Si mañana Caradoc me trae una torta de fresas como muestra de aprecio y no se la recibo despertaré intrigas en el grupo, pero si lo hago James morirá de angustia pensando que me han envenenado. No podemos vivir así, caballeros.
—¿Qué propones entonces? ¿Quieres que esté tan tranquilo sabiendo que ése psicópata puede hacerles daño a ti y a nuestro bebé a través del traidor? —la interrogó muy alterado su esposo, conteniéndose con dificultad para no gritarle.
—En primer lugar, hasta ayer Voldemort no sabía de mi existencia y ahora lo sabe de mi propia boca —le respondió Lily con fría calma—. En segundo lugar, hasta ahora quien nos esté traicionando no ha hecho nada para perjudicar directamente a ninguno del grupo. De ser así ya le habría dado nuestros nombres y datos completos a ese asesino. Al parecer su función es darle información sobre nuestros movimientos y lo que protegemos a Voldemort, no sobre nosotros ni matarnos.
—¿Por qué estás tan segura de eso, Lily? —le preguntó James extrañado y más calmado.
—Porque la primera pista cierta que tuvimos sobre el traidor fue la última luna llena, cuando logró entrar en esta casa y desmayar a los cuatro elfos. Desmayar, no asesinar. Huyó después al encontrarse con Remus transformado, cuando pudo intentar matarlo.
—Puede ser que le tuviese mucho miedo a un licántropo, no supiese hacerlo o fuese su cómplice y no quisiese matarlo. —enumeró Alastor con fría calma.
—Remus no es un traidor. —rugieron simultáneamente los esposos.
—Calma los tres, por favor —les pidió el líder de la O.D.F.—. El hecho es, Lily, que tenemos un traidor y que James tiene razón en que podría intentar envenenarte. El que no haya intentado asesinar a uno de nosotros hasta ahora no es garantía que no lo hará.
—Estoy totalmente consciente de ello, Albus. Lo que les quiero hacer ver es que bloquear la cocina no es la solución —le respondió lo más tranquila posible Lily, mientras sus esmeraldas brillaban con enojo mirando al que había sido hace muy poco tiempo su mejor profesor en Defensa—. Hablaré con Jennifer para que nos ponga en una estricta dieta a Alice y a mí por nuestros embarazos. Eso limitará el acceso a las dos por comidas o bebidas.
—Excelente idea. —aprobó el director.
—Eso no protegerá a los otros miembros de ser envenenados, si es cierto lo que ustedes sospechan, pero los tranquilizará a todos en cuanto a Alice y a mí —siguió ella con el ceño fruncido—. De todos modos a la cocina sólo he visto entrar a preparar algo de comida a Alice, Jennifer y Arabella. Todos ustedes parecen alérgicos a ese lugar —afirmó. Sonrió suavemente al ver a su esposo rodar los ojos—. Mantengamos la protección de la casa como hemos hecho hasta ahora y esperemos a que algún movimiento del traidor le delate.
—Albus, ¿puede alguien intentar entrar por los ventanales que dan luz y aire al sótano? —preguntó James preocupado.
—No. Fue una de las primeras cosas que me aseguré. —le respondió de inmediato el hombre mayor.
—No sé ustedes, pero yo pienso que quien ha entrado dos veces a la casa podría estar bajo la Maldición Imperius, o siendo chantajeado con algún familiar por algún mortífago o el propio Voldemort —comentó Lily abrazándose a su esposo, que de inmediato la acunó en sus brazos—. No creo que ninguno de nuestros amigos esté haciendo esto voluntariamente.
—Si es el primer caso será cuestión de detallar sus actitudes para descubrir cualquier comportamiento anormal. Si es el segundo caso… —James suspiró y denegó—. Pero estoy de acuerdo contigo, mi amor, no creo que esté haciendo esto voluntariamente. Confío plenamente en todos y cada uno de los miembros de La Orden del Fénix.
—Maldición Imperius, chantaje o voluntad propia tenemos un problema con uno de los nuestros —gruñó Alastor Moody—. Sin embargo hasta hace unos días yo también hubiese puesto mis manos en el fuego por cada uno de los miembros del grupo. Si se trata de uno de los dos primeros casos, haré cuanto esté en mis manos para ayudar al que esté haciendo esto. Pero si actúa por voluntad propia la peor celda de Azkaban será su residencia permanente desde que ponga mis manos en él o ella.
—Ni siquiera mis hijas han de saber de estos documentos —ordenó el director muy serio, entregándoselos a James—. Hasta ahora no supieron como llegar a ellos y no quiero que lo logren a través de ellas.
—Entendido. —aceptaron los esposos con molestia, pero comprendiendo que debido a las circunstancias desconfiasen de sus amigos.
—Voy a poner las protecciones pertinentes a la documentación que quedará aquí. —les anunció Albus.
—Yo subiré a visitar a Sirius. —planteó el auror mayor.
—No permitiré que subas a interrogarlo. —lo enfrentó James.
—Aunque no lo creas, yo aprecio mucho a ese impetuoso testarudo y no quiero hacerle ningún daño —le respondió Alastor con calma—. Si quiero ver cómo está es porque desde ayer estoy preocupado por esas heridas tan serias en su pecho que no dejaban de sangrar.
—Está delicado, pero empieza a recuperarse —le aclaró Lily, mientras le acariciaba la mejilla a su esposo para tranquilizarlo—. Los chicos acaban de visitarlo para hablar con él, antes de tener que permanecer encerrados en sus cuartos. Diana y él han pactado que los dos se tomarán todas sus pociones y descansarán sin protestar si el otro lo hace.
—¿Por qué estás preocupada entonces, Lily? —le preguntó Alastor mirándola fijamente—. Si esa chica y Sirius se van a dejar cuidar como dices, ¿por qué tus esmeraldas se oscurecieron cuando hablaste de ellos?
—Porque me han dado a entender los chicos que en cualquier momento se irán de aquí. —le respondió ella con sinceridad.
El director perdió concentración en el hechizo que empezaba a hacer al oírla, girándose de inmediato a mirarla.
—¿Por qué lo dices? —le preguntó James serio.
—Me preguntaron primero cuando cumplíamos años las gemelas, Sirius, Frank, Albus, tú y yo para luego pedirme que los ayude a comprar unos regalos de cumpleaños para ti y unos de agradecimiento a nosotros ocho por cuidar de ellos.
—El que Charlus y yo nos enterásemos de su presencia aquí con ustedes en menos de veinticuatro horas es mucha presión —comentó Moody mirando en seguida a su amigo—. ¿Les aplicarás la variante de esa vieja ley que me comentaste si intentan irse?
—Si lo hago Diana podría angustiarse al extremo de presentar una crisis pulmonar que le costase la vida. —le respondió Albus con frustración.
—No se irán aún. No mientras ella esté delicada de salud y a Marte le tomó varios días recuperarse de su crisis nerviosa. —les recordó James serio, acariciando a su esposa en la espalda para tranquilizarla un poco.
—Pero ya casi han recuperado totalmente la visión Diana, Gea, Urano y Marte. Venus, Leto y Neptuno estarán totalmente curados de sus quemaduras en sólo unos días —enumeró Lily preocupada—. Eso significa que antes de quince días se considerarán listos para irse.
—El hecho que estemos en guerra no los detendrá. Están muy bien preparados en Defensa y lo saben. —comentó el auror mayor denegando.
—¿A qué nivel están, Alastor? —lo interrogó James frontalmente.
—Al de ustedes ocho, e incluso son más precisos y coordinados que ustedes en algunos movimientos. Como grupo deben ser muy sólidos. —le respondió con sus ojos negros fijos en los avellanas tras los lentes.
—Si se van de aquí no habrá forma de evitar que quieran participar en los ataques. —aseveró Lily con un toque de desesperación en la voz.
—Si uno de ustedes se queda con la chica enferma en un cuarto, yo puedo hablar con los otros nueve en otro. Contarles algunas cosas de mi experiencia como auror en la guerra —formuló Alastor pensativo—. Ustedes tienen casi la edad de ellos, por lo que no les obedecerán si les ordenan quedarse quietos. Con Albus existe respeto, pero también la confianza en que por su forma de ser no los presionará. Tal vez yo logre convencerlos de permanecer aquí.
Los otros tres en la Sala de Reuniones se interrogaron con la mirada entre ellos, dudando si sería buena idea. Finalmente James habló decidido.
—¿Por qué quieres ayudarlos, Alastor?
—Porque sé que a ustedes nueve les preocupa mucho lo que les pueda pasar a esos diez chicos —le respondió para no transmitirle sus sospechas sobre las identidades de algunos de ellos—. Y aunque no lo creas los aprecio mucho a todos ustedes. Incluso a Remus y Sirius, aunque sospeche que uno de ellos pueda ser quien está traicionando al grupo. Por eso me disgusta muchísimo tan sólo pensarlo.
Lily y James suspiraron. Alastor era muy desconfiado por razones que ellos conocían y comprendían. Era también frontal en su actuación y odiaba a los magos oscuros tanto como James y Charlus. La existencia de un traidor en La Orden del Fénix, un grupo que había ayudado a conformar para pelear contra Voldemort, debía ser un golpe muy duro de aceptar para quien había puesto su confianza en todos y cada uno de ellos.
—Por las reacciones de los diez chicos cuando les puse las condiciones, me será más fácil a mí que a ustedes el convencerlos de quedarse aquí. —presionó el auror mayor al ver la duda en su amigo.
—Estoy de acuerdo con Alastor —lo apoyó James, para sorpresa de Lily y Albus—. Sus reacciones con él han sido muy distintas a las que han tenido con nosotros nueve. Además tenemos que probar si él puede retenerlos mientras aún no pueden irse por el estado de salud de Diana. Si reaccionan mal a su presión podremos retenerlos por ella mientras conseguimos otra vía.
—Tienes razón, James. —sonrió el director ante la astucia de uno de sus mejores pupilos.
—De acuerdo. —aceptó Lily de mala gana.
Al salir se encontraron a Remus esperándolos con expresión preocupada.
—Albus, quisiera decirte "buenos días" pero no lo son. Los chicos siguen pensando en irse. —le soltó apenas verlo.
—Buenos días Remus —le respondió su suegro con una suave sonrisa—. Lo sé, nos lo acaba de contar Lily. Alastor hablará con todos menos con Diana para hacerlos desistir.
—Perdona Albus. Buenos días Alastor —se disculpó el castaño, continuando al verlos a los dos sonreír y asentir—. No sé si sea buena idea. Estaban muy nerviosos y, aparte de Diana, cinco de ellos se veían enfermizos.
—¿Quiénes? —preguntó el director preocupado.
—Venus, Leto, Gea, Mercurio y Neptuno. Marte tampoco se veía bien —le respondió el joven de ojos dorados—. Apenas salí del cuarto le pedí a Dotty que no se separe de ellos ni un instante. También que nos avise a uno de nosotros por medio de Wykers si alguno de ellos abandona la casa —señaló a su amigo y a si mismo—. Antes convencí a Diana de prepararle a Sirius un resumen de los libros que tanto le gustan, con bastantes detalles.
—Eso le tomará varios días puesto que son tres tomos grandes —aprobó el director con una sonrisa—. La tendrá entretenida con algo que le gusta y evitará que esté tensa. Sus amigos estoy seguro que nos colaborarán con eso. Ha sido una excelente idea, Remus.
—Gracias, pero… Estoy seguro que traman algo. Me pidieron permiso para que los elfos les suban libros de la biblioteca.
—Sospecho que quieren investigar sobre la antigua ley que les dije ayer usaría con la finalidad de retenerlos. —planteó el director preocupado, luego de pensarlo unos minutos.
—La encontrarán allí. —afirmó Lily con seguridad y frustración.
—Es casi seguro. Sólo la biblioteca de Hogwarts es más completa que la de los Potter. —la apoyó Remus.
—Y sólo ustedes son lo suficientemente locos por los libros para haberse leído casi todo lo que había en las dos —comentó James con un leve toque de humor—. Vamos a calmarnos. Es posible que no la consigan. Tienen días encerrados leyendo libros, no creo que perseveren mucho en la lectura. Además cuatro de ellos no pueden leer y dos de ellas son a las que les podría yo temer en ese sentido, por lo que nos han dicho y demostrado de sus predilecciones.
—Espero que tengas razón, James. —comentó preocupado el director.
—Si ven que perseveran en sus intenciones de irse mañana, y están más recuperados, yo hablo con ellos. —ofreció Alastor, asintiendo al ver a los otros aceptar.
En horas de la tarde la casa quedó prácticamente sola. Casi todos los miembros de La Orden del Fénix y algunos aurores del Ministerio, compañeros de trabajo de Alice, James y Sirius, ya habían ido a visitar al último.
Los diez chicos subieron de nuevo al cuarto del convaleciente, ante el aviso que les envió Angelica por medio de Wykers de que estaban solos en la casa. Les pidió que los acompañasen un rato para que Sirius se estuviese quieto.
Durante media hora se divirtieron mucho los doce y los cuatro elfos. Angela le había empezado a relatar a sus padres una versión resumida del primero de los libros que le gustaban, con ayuda de sus amigos y las pequeñas criaturas. Entre los dieciséis hacían las voces del pequeño guión que había formulado la chica.
Estaban muy entretenidos con esto, por lo que no escucharon los pasos fuera del cuarto ni la puerta abrirse hasta que fue muy tarde.
—… no permita que me transforme en un monstruo. Yo sólo… —estaba leyendo Angelica fingiendo miedo.
—Entreguen las varitas ahora mismo y aléjense de Angelica y Sirius. —ordenó con voz gruesa y tajante un hombre de piel morena, con pelo y ojos negros, a los diez chicos. Les apuntaba con su varita, al igual que una mujer blanca también de pelo y ojos negros, así como un hombre rubio de ojos verdes claros.
Los dieciséis ocupantes de la habitación se sobresaltaron y abrieron sus ojos al máximo los que no los tenían vendados, reteniendo todos el aliento sin darse cuenta. Ninguno tenía en sus manos varitas. Las cuatro pequeñas criaturas porque ni tenían ni podían usarlas. Los otros doce porque las tenían guardadas. Lo único en sus manos eran los pergaminos, que habían copiado los gemelos pelirrojos del que les había dado la chica de pelo negro.
—Benjy, espera, ellos… —intentó Angelica nerviosa.
—Tranquila, no permitiremos que les hagan daño ni a Sirius ni a ti. —la interrumpió el hombre rubio, interpretando que esa era la causa de su temor.
—Nosotros no… —intentó Harry.
—Claro que lo harán. Ahora mismo nos entregarán sus varitas. —interrumpió con firmeza la mujer, que había fruncido el ceño al oírlo hablar al igual que sus acompañantes.
—Amigos, por favor, ellos… —intentó el hombre de pelo negro y ojos grises con la respiración alterada, llevándose la mano derecha al torso con una mueca de dolor al intentar incorporarse en la cama.
—Calma Sirius. —lo interrumpió Angelica preocupada, mientras lo retenía con un abrazo.
—Dotty, por favor toma nuestras varitas y se las entregas a quienes han llegado. —le pidió Harry mientras empezaba a sacar la suya de su cinturón, con mucho cuidado para no despertar recelos en ellos por sus movimientos.
—Alto —ordenó el hombre moreno deteniendo los movimientos de todos—. Las manos lejos de sus cuerpos. Emmeline las tomará mientras Edgar y yo vigilamos que ustedes diez no hagan ningún daño. Luego liberaremos a nuestros amigos de cualquier hechizo que les hayan puesto —decidió rápidamente, preocupado por la voz que había oído. «¿Quién es? ¿Por qué finge ser James? ¿Cómo imita tan bien la voz de mi amigo? Tenemos que tener mucho cuidado con estos desconocidos que ocultan sus rostros».
—¿Marte? —preguntó asustada Angela, empezando a respirar irregular.
—Tranquila, Diana. Todo está bien, tranquila —le respondió Harry rápidamente, girando su rostro casi totalmente vendado hacia ella—. Sólo respira profundo y haz todo lo que puedas por mantenerte tranquila. Todos alejemos las manos de nuestros cuerpos como han dicho y todo estará bien.
Los tres recién llegados notaron el tono preocupado en la voz joven e idéntica a la de James del que hablaba. Por eso no lo interrumpieron. Habían notado las miradas que todos los que habían encontrado en el cuarto le dirigían a la chica que había preguntado, quien respiraba aún más irregular que su amigo en cama.
—Accio varita. Accio. Accio. Accio… —convocó la mujer de mirada generalmente contemplativa una por una las varitas, notando que no sólo ninguno las había tenido en sus manos, sino que tampoco hacían el más mínimo movimiento para evitar ser despojados de ellas. La última que convocó fue la de la chica que estaba inspirando y expirando muy lenta y profundamente, de una forma anormal, evidentemente concentrada en ello. Notó que tenía temblorosas sus manos vendadas, levantadas hacia los lados igual que las de los otros.
—Si te atreves a apuntar a mi esposo con tu varita más te vale que no te consiga en los próximos cien años, Edgar —amenazó Angelica furiosa—. No estamos bajo ninguna maldición para controlarnos, pero él está delicado de salud y no voy a permitir que le apliques el más mínimo hechizo sin el consentimiento de Jennifer o un sanador.
—Calma amiga. Todo va a estar bien —se apresuró a intervenir Emmeline—. Llamaremos a Jennifer para que verifique el daño que…
—Ellos no le han hecho ningún daño a Sirius, a mí o a los elfos —rugió furiosa Angelica sin dejarla terminar—. Nos estaban acompañando y…
—Eso no fue lo que oí que dijiste cuando llegábamos. —la interrumpió Benjy.
—Estaba leyendo mi parte del guión preparado por Diana de la historia para Sirius. —le replicó Angelica furiosa, arrojándolo hacia ellos.
El inefable lo atrapó en el aire. De no haber sido por su carácter habría sido un buen cazador en Quidditch. Leyó rápidamente el pergamino mientras sus dos acompañantes seguían apuntándoles a todos con sus varitas.
—Quieta. —ordenó Edgar al ver que Angela movía las manos hacia su pecho.
—Tranquila pequeña —le dijo Sirius de inmediato con tono suave—. ¡Ya no la asusten! Está enferma y le van a provocar una recaída.
Angela asintió pero le estaba costando mucho dominarse.
—Júpiter, dale la poción y sácala de aquí ahora mismo —le ordenó Harry mientras se levantaba—. Los demás les abriremos camino hacia el pasillo.
Emmeline, Edgar y Benjy se tensaron al ver a nueve de los extraños con rostros ocultos moverse simultáneamente, incluso al que tenía el brazo izquierdo inmovilizado en un cabestrillo.
—No… —susurró Angela aún más asustada—. Yo… puedo…
—Shhh, tranquila mi amor, shhh, tranquila —la silenció George poniéndole el vaso con poción color verde grama en la boca—. Sólo bébela y deja que nosotros nos ocupemos. Todo va a estar bien. —siguió con voz suave mientras le daba a beber la poción.
—Tienen nuestras varitas y no hemos hecho nada por atacarlos, pero si no permiten que Júpiter saque a Diana de aquí tendremos que hacerlo —amenazó Harry desplazándose lentamente hacia el punto en que había escuchado las voces—. Como ya les ha dicho Sirius, nuestra amiga está enferma y la tensión nerviosa la puede poner en una situación de salud crítica. Eso es algo que no permitiremos.
—Los dejaremos salir a ellos dos con Emmeline sólo si regresan a las sillas que estaban ocupando hasta ahora —le respondió con firmeza Benjy. Había alcanzado a ver a Sirius y Angelica mirando angustiados a la chica, antes que el movimiento de los vendados y encapuchados le bloquease casi totalmente el campo visual hacia sus dos amigos. Eso lo tenía muy preocupado.
—De acuerdo —aceptó Harry, retrocediendo al igual que sus compañeros hasta sentarse—. Llévala a la salita con la chimenea de este piso, Júpiter. Así estarán cerca cuando esto se aclare y podremos ir allí a verla.
—Seguro —afirmó George—. Eso será muy pronto, preciosa. Tranquila. Verás que en unos minutos estarán todos allí con nosotros. —le dijo a Angela con tono arrullador mientras la alzaba en brazos, luego de lograr darle la poción para los pulmones mientras los demás se ubicaban de nuevo en las sillas.
—¿Qué tan mal está Diana, Venus? —le preguntó Angelica apenas salir Angela, George y Emmeline del cuarto. Había visto que la menuda pelirroja se había levantado cuando el chico con la chica en brazos había pasado frente a ella, poniéndole una mano en el pecho mientras con la otra le acariciaba la cabeza vendada y le hablaba suave para tranquilizarla.
—Su respiración no era tan irregular pero se sobresaltó cuando la toqué. Está demasiado nerviosa. Si Júpiter no logra calmarla tendrá una recaída seria. —le respondió con sinceridad. Sabía que su novio y sus amigos también querían saber cómo estaba la chica.
—¡Rayos! —exclamó con frustración Harry—. No deberíamos estar aquí.
—¿Acaso crees que su salud estaría mejor si se hubiesen ido al bosque o a esa montaña helada? —le reprochó Angelica.
—Alto —detuvo Edgar la respuesta que veía venir del que aparentaba ser el líder del grupo de extraños—. Les hemos tenido mucha paciencia, pero ya es hora que nos digan quiénes son ustedes diez, la razón por la que ocultan sus rostros, cómo entraron aquí y qué le hicieron a nuestros amigos aprovechando que estaban solos en casa por el funeral de Dorcas.
—Pues tendrán que tener más paciencia —explotó Harry con todo su nerviosismo expresado en mal humor—. No vamos a seguir dando explicaciones cada vez que nos descubra alguien de los que tenga acceso a esta casa.
—Marte, por favor —le pidió Hermione asustada por la posible reacción de los dos hombres de la O.D.F. que estaban allí con ellos.
—No, Gea. No podemos seguir como estamos, o Diana pagará las consecuencias de las decisiones que tomamos por seguridad y que tanto te empeñas en recordarnos —le reprochó Harry, quien había tomado una decisión—. Cuando estén aquí reunidos todos los que tengan acceso a esta casa nos presentaremos, si es lo más adecuado, y en cuanto Diana esté en condiciones nos vamos.
—¡¿QUÉ?! —gritaron a coro su novia, sus seis amigos y sus padrinos, aunque todos por distintas razones.
—Lo que oyeron. Está decidido. La salud de Diana se acaba de convertir en nuestra prioridad por encima de todo lo demás.
—Ustedes responderán nuestras preguntas ahora mismo —gruñó Benjy.
—Sólo cuando estén presentes el profesor Dumbledore y su grupo completo —replicó Harry tajante cruzándose de brazos y acomodándose en la silla, haciendo un esfuerzo por tranquilizarse para que se le pasase el mareo que empezaba a sentir.
—¿A qué grupo te refieres? —preguntó Angelica con tono de sospecha.
—Marte, no. —susurró Hermione desesperada.
—Al que fue ayer con el director de Hogwarts a una batalla en la que Sirius Black salió herido, señorita Angelica White. —le respondió Harry con tono de tensa calma.
Angelica, Sirius, Edgar y Benjy miraron con expresión interrogante a Harry. Los dos primeros porque indirectamente les había dado a entender que guardarían el secreto de las gemelas, e incluso que sabían de su relación no formalizada, pero no dirían nada al respecto ni siquiera ante sus amigos. Los otros dos no entendían casi nada pero habían captado que los extraños tenían al menos unos días allí, aunque al parecer querían irse, así como sabían que ellos habían estado en una batalla.
—¿Quiénes saben que ustedes están aquí? —preguntó el hombre moreno con tono firme y el ceño fruncido.
—El profesor Albus Dumbledore, Lily y James Potter, Angelica y Jennifer White, Sirius Black, Remus Lupin, Alice y Frank Longbottom, el auror Alastor Moody y el señor Charlus Potter. —enumeró Harry con el mismo tono.
—¿Desde cuándo están aquí? —siguió preguntando Benjy.
—Cuando su grupo esté completo responderemos preguntas. —afirmó de nuevo Harry, suspirando seguidamente y agachando la cabeza. Se aisló mentalmente del exterior para armar en su cabeza un plan a seguir, mientras que su cuerpo se recuperaba un poco.
—Está usted muy equivocado. Nosotros somos quienes decidimos aquí. Responda mi pregunta. —presionó el inefable.
Un largo, tenso y pesado silencio siguió a la orden de Benjy. Casi todos los chicos se movieron nerviosos en las sillas, a excepción de Harry.
—Puedo obligarlos a responder. —amenazó el moreno.
Siete chicos tragaron saliva mientras su líder seguía impasible.
—Por favor, espera Benjy. Estos chicos también han estado mal de salud —intervino Angelica temerosa de una recaída seria en los chicos. No le estaba gustando nada el silencio y aparente inmovilidad del líder, además de lo pálido de los labios del chico—. Esos vendajes que les has visto a siete de ellos se deben a que aún no se recuperan de unas quemaduras. Sólo tres de ellos se han recuperado hace poco en ese aspecto, pero aún está resentida su salud en otros. Como puedes ver incluso uno de ellos tiene inmovilizado su brazo izquierdo. Sólo vamos a calmarnos y avisar a James que se vengan apenas termine el funeral.
El hombre moreno asintió luego de detallar no sólo los vendajes, sino los labios pálidos en el que aparentemente era el líder, la chica que discutió con éste, la que le había hecho el rápido examen a la enferma, el chico con el cabestrillo y otros dos.
—¿Por qué no fueron ustedes al funeral sino que vinieron aquí? —preguntó Sirius luego de varios minutos de tenso silencio. No hizo ninguna distinción con Benjy para no despertar suspicacias en los ocho jóvenes que les acompañaban. Estaba preocupado porque se hubiese desatado esa situación, por falta de precaución de ellos, y la reacción que la llegada de sus tres amigos estaba provocando en los chicos, especialmente en los dos más enfermizos.
—Yo no podía ir por mi trabajo, pues mi jefe me ordenó entregarle algo a Edgar y se nos hizo tarde para ir allí —le respondió el inefable con tono casual, acostumbrado a decirles medias verdades a sus amigos de la O.D.F. por su trabajo—. Decidimos venir a acompañarte con quien se hubiese quedado cuidándote y nos conseguimos abajo a Emmeline.
—Ella hace lo imposible por no ir a los funerales, como finalmente nos confió cuando nos conseguimos, así que pensó también en venir a acompañarte. —completó Edgar.
Pasaron quince minutos en silencio desde que el rubio enviase la lechuza a James, mirándose las caras nueve de ellos mientras dos que tenían los ojos vendados se retorcían las manos vendadas nerviosos y el tercero parecía totalmente ausente.
—¿Cómo están todos? —entró preguntando James nervioso, agitado por la carrera que había pegado tan pronto llegó a la planta baja de su casa.
—¿Jennifer viene contigo? —preguntó Harry de inmediato a su padre, sobresaltando a sus acompañantes en la habitación.
—Sí… ¿Por… qué? —preguntó la gemela, que venía respirando muy agitada de la carrera.
—Por favor verifica cómo está Diana —le pidió Harry con tono suave pero la preocupación notándose en su voz—. Se supone que está con Júpiter y una señora de nombre Emmeline en el saloncito de la chimenea de este piso.
—Enseguida. —le respondió Jennifer al ver asentir a su gemela y su cuñado. Tropezó con su esposo al girarse, saliendo los dos de allí hacia el sitio que les había dicho el líder de los chicos.
—James, sus amigos nos consiguieron acompañando a Angelica y Sirius —siguió Harry con un tono calmado que hizo fruncir el ceño a los de la O.D.F. que estaban allí y a los que iban llegando, así como tensarse a sus compañeros del E.D.H.—. Debido a la salud de Diana y lo peculiar de nuestra situación he decidido que si el número de personas que visitan su casa es limitado sepan de nosotros. Pero si es amplio entonces pedirles que nos dejen ir en paz de inmediato, luego que las tres personas que nos han conseguido hoy aquí sepan quiénes somos. O al menos lo que sabemos al respecto, después que verifiquen que no les hicimos ningún daño a ellos dos. —finalizó señalando hacia la cama en que suponía su madrina estaba sentada acompañando a su padrino.
—¡Pero ustedes no pueden irse! —exclamó Lily angustiada.
—Lamento tener que contrariarla, señora Potter. Pero si no están dadas las condiciones para que Diana permanezca tranquila no sólo debemos, tenemos que irnos. —replicó Harry en el mismo tono de tensa calma.
—Ella estará mejor aquí que en los lugares a los que dijiste que irían. —protestó Lily sintiendo que estaba perdiendo una batalla importante, si no crucial, en la guerra que venían sosteniendo para retenerlos en su casa, fuera de peligro.
—Si usted hubiese estado aquí cuando sus tres amigos llegaron y visto la situación que se generó no pensaría igual, señora. —siguió Harry con la frialdad que le había costado asumir durante esos veinte minutos de aislamiento en su interior, además de las decisiones que había tomado.
»Si Júpiter logró mantener tranquila a Diana y el grupo que frecuenta esta casa es pequeño, como les hemos entendido de nuestras conversaciones, estoy seguro en que estará de acuerdo conmigo en que será mejor que nos presentemos los diez con todos ellos y los pongamos al tanto de nuestra situación. Especialmente en lo concerniente a que nadie sepa de nosotros. Esto evitará futuros problemas mientras Diana se recupera y nos podemos ir de aquí con nuestras familias o a un sitio en que no perturbemos.
»Si por el contrario Diana está mal o quienes visitan esta casa son muchas personas, estoy seguro que estará también de acuerdo conmigo en que lo más prudente para la salud de ella es que le expliquemos a la señora Emmeline, el señor Edgar y el señor Benjy rápidamente la situación. Así nos podremos ir de inmediato con nuestra amiga a un sitio en que su salud tenga una oportunidad de mejorar.
—Lo mejor para Diana en este momento es que ustedes ocho vayan al saloncito para que ella se tranquilice —intervino el director—. Ya luego veremos…
—Disculpe que lo interrumpa, señor, pero necesito saber a cuál de las dos situaciones nos enfrentaremos antes de ir allí para hablar con ella sobre lo que haremos en cuanto esté en condiciones. —le contradijo Harry en el mismo tono.
—¿Está seguro que eso es prudente? —le cuestionó el director con el ceño fruncido, mientras con una mano levantada evitaba que los de la O.D.F. riñeran al chico por la forma en que se había dirigido a él.
—Muy seguro, señor director. Sólo así se evitará que Diana siga haciendo conjeturas sobre posibles problemas suscitados por lo que ha ocurrido hace un rato.
—Entiendo —afirmó Albus, luego que le brillasen los ojos ante el tono del chico al decir la palabra "conjeturas"—. ¿James? —le preguntó como dueño de la casa y uno de los interesados en que los chicos no se fuesen, además de uno de los más ágiles para salir de situaciones difíciles y haber sabido lidiar con sus diez "invitados" hasta ahora.
—El acceso a la casa sólo lo tiene un grupo restringido y relativamente pequeño —respondió James con la mayor calma que lograba reunir mientras intentaba armar rápidamente una solución al problema en su cabeza—. Prácticamente todos estuvimos en el funeral de Dorcas así que podemos reunirlos en poco tiempo y plantearles la situación de los chicos mientras tranquilizan a Diana, le explican la situación y vemos si su salud le permite estar presente cuando presentemos a todos.
—Así será. Gracias. —aceptó Harry. Sentía en su pecho algo muy similar a una varita lanzando chispas, por la situación que acababa de enfrentar con sus padres y el que quería como un abuelo.
Edgar y Benjy habían presenciado todo en silencio, asintiendo inconscientemente cuando entendieron que les pondrían al tanto junto al resto de la O.D.F. sobre aquellos, ahora más que nunca, intrigantes chicos. Se habían tranquilizado los dos cuando llegaron sus amigos y presenciaron el intercambio de palabras.
—Frank, por favor acompaña a los chicos a la salita y dile a Emmeline que baje a la Sala de Reuniones para que hable conmigo —empezó a organizarlos el líder de la O.D.F.—. Alice, te agradecería que ayudes a Angelica con Sirius mientras puede venir Jennifer a examinarlo. Lily, por favor organiza con los elfos todo para la reunión. Edgar, Benjy, vengan por favor conmigo, necesito hablar con ustedes.
—Sí señor. —respondieron todos a coro.
Tuvieron que esperar media hora a que Angela estuviese no sólo tranquila, sino con suficientes fuerzas para permanecer sentada. Remus la llevó en brazos desde el segundo piso de la casa, en que se había suscitado todo el inconveniente, hasta la Sala de Reuniones en la planta baja, mientras James y Frank ayudaban a bajar a Sirius.
Los otros que estaban al tanto de los chicos estaban ya allí, así como los otros miembros de la O.D.F. Charlus no era actualmente un miembro activo del grupo, pero todos lo conocían y respetaban. Les extrañaba un poco su presencia allí, porque sabían de su problema de salud. Los comentarios de los presentes que no sabían de los chicos se habían centrado en la llamada inesperada a la reunión y la demora en iniciarla. También en la extraña orden del director de "No sacar sus varitas hasta que yo les indique".
Peter Pettigrew, Sturgis Podmore, Caradoc Dearborn, Rubeus Hagrid, Arabella Figg, Dedalus Diggle, Elphias Doge, Mundungus Fletcher y Aberforth Dumbledore no entendían lo que ocurría. Benjy Fenwick, Edgar Bones, Emmeline Vance y Minerva McGonagall sentían muchísima inquietud por lo poco que ya sabían de los diez chicos, que evidentemente el director tenía algún tiempo protegiendo. Angelica, Sirius, Jennifer, Remus, Alice, Frank, Lily, James, Charlus e incluso Alastor estaban muy preocupados por aquella reunión.
Albus Dumbledore estaba sentado con el ceño fruncido mirándolos a todos y cada uno. «¿Es que los chicos no saben de la existencia de un traidor en el grupo para que el hijo de James propusiese esto? Sí, sí lo saben por lo ocurrido en la última luna llena y ayer, si es que no era de su conocimiento antes. Entiendo que el joven esté preocupado por la salud de mi nieta, lo que ha dicho antes es lógico con lo que ha venido ocurriendo desde la madrugada de ayer, pero… No puedo permitir que Voldemort se entere de la presencia de los chicos aquí y no veo como evitarlo una vez que se entere el traidor, quien quiera que sea».
Angela, Jessica y Neville sentían un especial rechazo a tener que presentarse ante la O.D.F., porque eso implicaba tener que encontrarse ya con Peter Pettigrew, pero respetaban la decisión de Harry. Sabían que lo detestaba tanto como ellos, así como también que habría ideado la manera de evitar que corriese a informar a su amo sobre ellos. Hermione, Ron, Ginny, Luna, Fred y George estaban muy preocupados por aquello, intentando aparentar tranquilidad para que ellos cuatro estuviesen lo mejor posible.
Cuando Remus entró con la chica en brazos y los otros chicos tras él, todos con pasamontañas, los que no sabían de ellos se tensaron y sacaron las varitas, olvidando por un instante las instrucciones dadas por el líder de la O.D.F.
—Tranquilos todos. Los diez jóvenes son de confianza y están bajo mi responsabilidad —afirmó de inmediato el director. Esto hizo que todos recordaran sus instrucciones y guardaran las varitas, pero se mantuvo la tensión en el ambiente.
—¿Remus? —preguntó en voz baja Angela, nerviosa.
—Tranquila pequeña —le respondió él de inmediato con tono suave—. Nuestros amigos se sorprendieron un poco, pero todo está bien ahora —finalizó mientras la acomodaba en un sillón cómodo, al igual que habían hecho con Sirius sus amigos.
—Amigos, he convocado esta reunión para presentarles a diez jóvenes que están bajo mi protección desde el 16 de febrero. Ese día llegaron a mí con quemaduras de diversos grados y otros problemas de salud colaterales, como lo es pérdida de memoria parcial y que espero sea sólo temporal. —empezó a explicar el director, mientras les pedía por señas a todos que se sentasen.
—El nombre por el que podéis llamarme es Marte y soy el líder de nuestro grupo —empezó de inmediato Harry, que había decidido que se presentaría a si mismo y a sus compañeros en cuanto le fuese posible para también delimitar lo que se diría sobre ellos estando la rata allí—. La joven que está sentada responde a Diana y tiene dos problemas de salud serios, aparte de los que tenemos los diez. Ni sus pulmones están bien ni sus nervios tampoco. Por eso en cuanto nos presentemos todos será llevada a su cuarto a descansar, por consejo de la señorita Jennifer White.
»A mi izquierda se deben encontrar Gea, Urano, Leto y Neptuno, mientras a mi derecha han de estar Júpiter, Electra, Mercurio y Venus —cada uno fue levantando su mano a medida que Harry los iba nombrando—. Obviamente esos no son los nombres de ninguno de nosotros, pero no sabemos los reales. Según lo poco que recordamos y lo que hemos hablado con nuestros amables anfitriones, los señores Potter, creemos que fuimos víctimas de un ataque de mortífagos. Pero no estamos seguros de ello y debido a nuestra condición actual desconfiamos de prácticamente cualquier persona.
»Como ya les ha dicho el profesor Dumbledore tenemos quemaduras en nuestros rostros y manos, además del problema con nuestros recuerdos. Gea, Urano, Diana y yo incluso tenemos problemas con nuestra visión —continuó mientras se quitaba el pasamontañas dejando ver su rostro totalmente vendado. Luego se quitó con cuidado el guante de la mano izquierda y abrió el botón de su camisa para retirar la manga abierta hacia atrás, dejando ver su brazo, antebrazo y mano aún con quemaduras, así como el corte en el antebrazo. Le había pedido a Jennifer que le retirase los vendajes de allí antes de bajar a la reunión.
Hermione había intentado convencerlo que le permitiese a ella ser quien mostrase sus quemaduras, pero su amigo se había opuesto. Había dejado en claro que era él, como su líder, quien plantearía las cosas en la reunión. Aquello descolocó brevemente a todos e hizo sentir mal a la castaña. Se calmaron en seguida cuando Harry aclaró que ése sería su comportamiento desde ahora, pues tendrían que enfrentar un grupo de desconocidos y quería que su situación se centrase en él. Añadió que además así presentarían un semblante sólido y firme ante quien quiera que fuese la persona que había irrumpido en esa casa.
Jennifer, Remus y Charlus, que los acompañaban antes de la reunión, suspiraron con frustración pues entendían que la situación estaba en un límite casi insostenible. Admiraban la forma en que el chico estaba manejando la situación tan difícil: poniéndose en pie de guerra mientras al mismo tiempo tranquilizaba a sus amigos. Era primordialmente gracias a él que la chica enferma estaba casi adormilada, recostada en el pecho de su novio en el momento en que hablaban aquello.
—Supongo que ustedes sí pueden ver lo que la señorita Jennifer, mi novia Venus y mi amiga Electra han estado curando desde que llegamos con el profesor Dumbledore —continuó Harry impasible, sin poder ver los asentimientos leves en los rostros con expresiones de sorpresa y angustia de sus interlocutores al ver sus quemaduras, con marcas de ampollas y la piel muy lastimada además del feo corte—. No sabemos con seguridad cómo o quién nos hizo este daño, pero como comprenderán no queremos que intenten terminar de matarnos. Es por esa razón que le habíamos solicitado al director protección, pues de lo poco que recordamos sabemos que es de confianza. Remus, ¿por favor podrías llevar a Diana a reposar?
Angela bajó la cabeza resignada. No se sentía bien y según lo dicho por Harry, antes de bajar, ninguno de ellos debía contradecirlo. Sintió como su joven tío la levantaba en brazos y recostó su cabeza vendada y encapuchada en su hombro. Se quedó dormida mientras subían por las escaleras hacia la habitación en que se quedaban en el primer piso. Jennifer y George iban con ellos. Los Lupin bajaron después de dejar a la chica en la cama, darle un vaso de poción para la fiebre, pedirle a Dotty y Wykers que acompañasen a los dos chicos y al joven que se quedaría cuidando a su novia que les avisase de inmediato con uno de los elfos si necesitaba algo.
—Júpiter se ha ido con ellos porque es el novio de Diana y es indispensable que no la deje sola, para que la mantenga lo más tranquila posible y pueda recuperarse —siguió Harry luego de oír cerrarse la puerta—. Los diez somos jóvenes pero sabemos defendernos muy bien con la varita, como descubrió ayer el señor Moody cuando se enteró accidentalmente de nuestra presencia en esta casa. Es por este motivo que no comprendemos bien cómo se generó la situación que nos ha generado nuestros serios problemas de salud. Existen obviamente muchas posibilidades, las cuales exploraremos en cuanto nos hayamos recuperado, no antes.
»Basándome en la confianza del profesor Dumbledore y los señores Potter nos hemos presentado ante ustedes para evitar malos entendidos, pero quiero dejar en claro que aunque no es nuestra intención el atacar a nadie nos defenderemos, así como también que no confiamos en ustedes pues no sabemos quién nos lastimó —Esto hizo fruncir el ceño a todos los de la O.D.F.—. Le aconsejo a cualquiera de ustedes que esté pensando en hablar de nosotros con cualquier ser vivo fuera de esta sala que lo piense de nuevo. Estamos en guerra, ya nos han lastimado y no permitiremos que lo hagan de nuevo.
»Los Guerreros del Fénix seremos aliados de quienes luchen contra Voldemort y sus mortífagos, pero también férreos enemigos de cualquiera que sirva a los intereses de ese asesino. Estamos en guerra y aunque no estemos en óptimas condiciones de salud igual pelearemos si nuestras vidas se ven amenazadas.
»Agradecemos mucho la hospitalidad de los Potter y la ayuda desinteresada que nos han ofrecido ellos, las señoritas White, los señores Longbottom, Sirius, Remus y el profesor Dumbledore hasta ahora, pero debido a que no sabemos si estábamos en algún sitio que fuese atacado o fuimos un blanco específico de esos asesinos desconfiamos de prácticamente cualquier persona. Es por ello que les habíamos solicitado que investigasen sobre nosotros con cautela y también que nadie supiese de nosotros, ni siquiera ustedes en quienes ellos confían.
»Es posible que estemos exagerando, que sólo estuviésemos en el lugar incorrecto en el momento equivocado y nuestra existencia no sea de ninguna importancia especial para Voldemort y los mortífagos, pero supongo que comprenderán que en nuestra situación nuestra paranoia es justificada. Disculpen si antes les dije que no confiaba en ustedes, pero ése es el sentir de cada uno de nosotros diez sobre cualquiera que se nos acerque.
»Profesor Dumbledore, espero no haber incomodado a ninguno de sus amigos con lo que he dicho. Sólo quise expresarles nuestro sentir luego que nos presentásemos e intentar evitar malos entendidos entre ustedes, debido al silencio que le solicité hace poco más de un mes guardase sobre nosotros. —finalizó Harry, tanteando de inmediato a su lado en busca de apoyo pues empezaba a sentirse fuertemente mareado.
Ginny y Ron de inmediato lo sujetaron y ayudaron a sentarse. Jennifer se desplazó rápidamente hacia Harry con expresión preocupada, arrodillándose frente a él.
—Te daré poción revitalizante y te llevaremos a reposar. —le señaló luego de evaluarlo con su varita.
—Te lo agradezco, pero no es necesario —le replicó Harry con una débil sonrisa—. La reunión hasta ahora está comenzando y sus amigos seguramente tendrán dudas que yo debo responder. Sólo me quedaré quieto en la silla mientras se me pasa el mareo.
—Necio —gruñó la estudiante de medimagia, sacando de su maletín el vaso de poción revitalizante y poniéndoselo en las manos—. Al menos bebe la poción.
—¿La salud de Marte se está viendo resentida por la reunión, Jennifer? —preguntó preocupado el líder de la O.D.F.
—Si le damos unos minutos podrá seguir aquí un rato más. —respondió ella luego de verlo denegar sutilmente. Era tan necio como Lily cuando se empeñaba en algo y no quería tensarlo más.
—Gracias, Jennifer. Ya me siento mejor. —le dijo Harry minutos después de tomarse la poción con una suave sonrisa, la que él y su padre usaban cuando querían convencer a alguien.
La aludida rodó los ojos y bufó en desacuerdo, pero se incorporó y se fue a sentar.
—Amigos, ya el joven que conocemos como Marte se ha presentado, así como también a sus compañeros, y nos ha expuesto su punto de vista —retomó Albus Dumbledore las riendas de la reunión, luego de notar el gesto de la más tranquila de sus hijas—. Chicos, aquí se encuentran Peter Pettigrew, Sturgis Podmore, Caradoc Dearborn, Rubeus Hagrid, Arabella Figg, Dedalus Diggle, Elphias Doge, Mundungus Fletcher, Minerva McGonagall y Aberforth Dumbledore, a quienes ustedes no conocían.
»También están Benjy Fenwick, Edgar Bones y Emmeline Vance a quienes acaban de conocer, así como también Angelica, Sirius, Jennifer, Remus, Alice, Frank, Lily, James, Charlus y Alastor —les nombró uno por uno el director. Cada uno levantó la mano y dijo un escueto "aquí", a medida que su líder los presentaba, para que los ubicasen los tres que estaban allí y no podían ver—. Como la salud de los jóvenes aún es delicada les agradecería que les hiciesen preguntas concretas, que crean no podremos responderles quienes estamos al tanto de su situación, para que ellos puedan retirarse a descansar y nosotros hablar con más calma.
—Yo tengo tres preguntas —comenzó Edgar Bones serio—. ¿Dónde estaban cuando los lastimaron? ¿Por qué contactaron al director para que los ayudase en lugar de ir a San Mungo? ¿Por qué no han sido llevados allí si su salud está tan mal?
—No sabemos cuál era el lugar en el que estábamos, pues no nos detuvimos mucho a detallar nuestros alrededores cuando recuperamos el conocimiento —empezó a responder Harry para darles a entender a sus protectores cuál sería la versión oficial. Sabía que en algún momento aquello podía llegar a ser contraproducente y generar desconfianza en sus padres, tíos, el viejo auror, su abuelo o el director, pero no le daría pistas a la rata ni a Voldemort a través de su espía—. Estábamos solos, asustados y muy quemados así que lo único que pensamos fue en solicitar ayuda a la única persona en la que los diez confiábamos.
»Con un trasladador llegamos a un escondite cerca de Hogsmeade y desde allí contactamos al director de Hogwarts para solicitarle ayuda. Hemos pedido desde el primer día que no nos lleven al hospital San Mungo, porque tenemos miedo que nos intenten agredir allí. Además con el problema que tenemos con nuestros recuerdos no podríamos responder preguntas y eso en situación de guerra es problemático. Ubicamos al profesor Dumbledore porque, de lo poco que recordamos, sabemos que él jamás ayudaría a asesinos.
—Han dicho que son jóvenes. ¿Qué edades tienen y por qué no permiten que veamos sus rostros para que los ayudemos a investigar quiénes son y ubicar sus familias? —preguntó Emmeline Vance.
—Cuatro de nuestro grupo tienen dieciséis años, dos de nosotros tenemos diecisiete años, dos tienen dieciocho años y los otros dos diecinueve años —respondió Harry luego de dudar un momento, tranquilo por las investigaciones hechas ya pero preocupado por las reacciones de varios allí—. Al menos creemos que esas son nuestras edades. Como ya les he dicho nuestros recuerdos son confusos y dispersos. No hemos permitido que vean nuestros rostros ni siquiera quienes nos han cuidado, por precaución. No queremos convertirlos en blanco de quien nos haya atacado si el ataque iba dirigido expresamente a alguno de nosotros o a nuestro grupo.
—Si ésas fuesen sus edades deberían estar casi todos en el colegio —comentó Minerva McGonagall mirándolos analíticamente—. No tenemos ningún alumno extraviado.
—Como he dicho, señora… Perdón, no sé su nombre —preguntó Harry, decidido a mantener su postura de no recordar en todos los aspectos que habían manejado así hasta ahora.
—Profesora McGonagall. —replicó ella con tono serio y el ceño fruncido.
—Perdone profesora. Como ya he dicho no estamos seguros que ésas sean nuestras edades. Por otro lado, Gea ha estado investigando en la biblioteca de los Potter, con su consentimiento, y existe la posibilidad que nuestros padres o familiares no quisiesen que estudiásemos en el colegio, por lo que no formaríamos parte de su alumnado. Lo que no nos encaja en esa teoría es que supiésemos del profesor Dumbledore lo suficiente para saber que podíamos confiar en él —Se encogió de hombros—. Aún estamos investigando en la medida de nuestras posibilidades eso y otras cosas.
—Nosotros luchamos contra Voldemort y el profesor Dumbledore confía en nosotros. ¿Por qué no confían ustedes en nosotros y nos dejan ver sus rostros? —preguntó Peter Pettigrew con su vocecita chillona, atreviéndose a intervenir por el terror que le producía pensar que su amo hubiese desconfiado de su utilidad como espía de la O.D.F. e infiltrase aquél grupo. Tenía que averiguar quiénes eran antes de presentarse de nuevo ante el terrible mago—. Podemos ayudarlos más si sabemos quiénes son.
—Disculpe, señor… ¿Me podría decir su nombre? —preguntó Harry con tono tenso. Contenía a duras penas las ganas que tenía de gritar que era una rata traidora gracias a la leve presión que en sus codos hicieron Ginny y Hermione, advirtiéndole y pidiéndole la castaña mentalmente que la dejase hablar a ella.
—Peter Pettigrew y sólo tengo unos años más que tú —replicó el hombre joven, bajito y gordito—. Puedes decirme Peter.
—Le agradezco el gesto, señor Pettigrew. Pero si usted no recordase casi nada de su propia vida, no pudiese ver, tuviese quemaduras serias en su cuerpo y no supiese si con quien está hablando está siendo controlado por Voldemort de alguna manera. ¿Le confiaría lo único que le queda para seguir vivo? —le preguntó Harry con tono hosco—. A algunos no nos importa arriesgar la vida propia, pero no tomamos riesgos innecesarios si peligra la vida de alguien que nos importa. Y yo no voy a poner en peligro ni la vida de mis amigos ni las de aquellos que nos han estado ayudando. Claro que no todos piensan así, pero yo sí lo hago y mis nueve amigos también.
—Ninguno de nosotros trabaja para Voldemort y el ver sus rostros no los pondrá en peligro. —aseguró Sturgis Podmore.
—Disculpe usted, señor… No sé su nombre pero hasta donde Gea ha investigado en esa biblioteca es difícil averiguar si alguien está siendo sometido a la Maldición Imperius. —le refutó Harry con firmeza y una leve molestia en su tono de voz, llevándose inconscientemente la mano derecha hacia el sitio en que tenía la cicatriz. «Lo único que me faltaba es que justo ahora tengas una de tus rabietas, Tom Riddle», pensó fastidiado mientras se esforzaba para mantener su Oclumancia sólida y al mismo tiempo poder concentrarse en lo que le rodeaba en ese momento.
—Lo siento mucho pero los ocho deben retirarse ahora mismo a descansar, al igual que Sirius —sentenció enojada Jennifer, levantándose—. Me he hecho responsable de su salud desde que están aquí y no voy a permitir que sufra una recaída ninguno de ustedes por no hacerme caso en ese sentido. Tampoco permitiré que a Sirius se le reabran esas feas heridas por no guardar el reposo que necesita. —agregó con firmeza al ver el asomo de protesta en el joven que había estado respondiendo a sus compañeros de la O.D.F. y uno similar en su cuñado.
—Las preguntas que nosotros no podamos responderle a nuestros amigos se las podrán responder ustedes en otro momento. Ahora deben ir a descansar. —la apoyó rápidamente James.
Ginny le apretó levemente el brazo a Harry a la altura del codo en una silenciosa petición para que accediese.
—Sólo es un leve dolor de cabeza, por la tensión con lo que se suscitó ayer y lo ocurrido hoy —replicó Harry en tono suave—. No quiero contrariarla, Jennifer, ni a usted tampoco, James, pero me parece importante que sus amigos comprendan nuestro problema.
—De eso nos ocuparemos quienes hemos cuidado de ustedes hasta ahora —le respondió serio Albus Dumbledore, con un leve tono de orden—. Sirius y ustedes ocho subirán ahora mismo a descansar y cuando estén mejor, si es necesario, se convocará otra reunión para hablar lo que no quede claro hoy.
—Pero… —empezaron Harry y Sirius al mismo tiempo, deteniéndose cada uno al oír al otro protestar.
—Jennifer tiene plena autoridad en cuanto a su salud se refiere. Ella ha dicho que deben subir a descansar los nueve y eso harán —se oyó la voz imponente del director, haciendo tragar saliva a los nueve aludidos—. Frank y Remus subirán a Sirius. James, Angelica y Jennifer acompañarán a los ocho chicos. Lily y Alice se quedarán conmigo a responder preguntas mientras ustedes bajan.
—Sí señor. —respondieron en voz alta los cinco acompañantes y en murmullos los nueve a quienes les había sido ordenado retirarse a reposar.
James se ubicó rápidamente frente a Harry y le sirvió disimuladamente de apoyo al notar que no podía levantarse por si solo, fingiendo ayudar a Ginny. Tan pronto vio de pie al que sospechaba era su hijo miró a la menuda pelirroja. Los dos rodearon al joven con el rostro totalmente vendado, para que caminase con la seguridad que encontraría apoyo hasta que salieron de la Sala de Reuniones. Una vez en el pasillo James se apresuró a tomarle por la cintura y pasarse un brazo sobre los hombros.
—Gracias por no delatar mi mal estado frente a sus amigos. —le agradeció Harry en voz baja, sintiéndose débil y mareado.
—Supuse que no querrías que supiesen que estás mal —le respondió James con naturalidad—. Durante toda la reunión no sólo centraste la atención en ti sino que falseaste parte de lo que les ocurrió para que la información que llegue a Voldemort sea inexacta, si alguien de nuestro grupo nos está traicionando. ¿De verdad no recuerdas nada de nuestro grupo de amigos? —preguntó con fingida inocencia.
—Les hemos dicho cuanto podíamos sobre lo que recordamos, lo demás son sólo fragmentos de conversaciones o imágenes incongruentes. —evadió Harry responderle. No quería mentirle a su propio padre, no en algo tan crucial y que llevaría al joven James a morir en año y medio. Un escalofrío sacudió todo su cuerpo ante este pensamiento.
—Estás teniendo una recaída seria. Debiste retirarte cuando Jennifer te dio la poción y no te recuperaste. —lo regañó James, preocupado.
—Estaré bien con algo de reposo. —murmuró Harry, que no se sentía con fuerzas para replicarle ni seguir caminando.
—Vamos amigo. Sólo unos pasos más. —se unió Fred al apoyo que le estaba dando James para que caminase, llevándolo por el otro lado. Lo ayudaron los dos a llegar a la cama y recostarse.
—Yo me quedo con los chicos y Jennifer con las chicas, hasta que veamos que están descansando tranquilos —le indicó Angelica a James, que asintió al verla tomar de la mesita de noche un vaso de poción para la fiebre—. Por favor avísales a todos que bajaremos en un rato.
Luego de darle a Harry el vaso de poción para la fiebre y otro de poción revitalizante lo durmió con el hechizo, a pesar de sus protestas.
—Tranquilos chicos, ya está mejor y con reposo se recuperará. Ahora todos ustedes van a tomar poción para dormir sin soñar. Les aseguro que nosotros diez mantendremos lo que ha dicho Marte allá abajo sobre su llegada con nosotros. Comprendo que no dijese la verdad porque el que ustedes llegasen al colegio no lo iba a creer nadie.
—No es sólo eso. No queremos que intenten entrar al colegio. —le aclaró Ron.
—Tienen razón —afirmó la gemela, que no había pensado en ello hasta que el chico lo dijo—. Descansen. Hablaremos mañana. —les recomendó con tono suave.
