Reflexiones en las Sombras

Resumen: Tom Riddle recuerda a la primera mujer que lo obsesionó mientras analiza a la segunda. Peter Pettigrew es arrastrado por recuerdos y sentimientos confusos. Severus Snape disfruta un breve momento de gloria. Lord Voldemort traza planes.

Lord Voldemort miraba distraídamente las brasas que ardían en la mansión Lestrange mientras escuchaba a quien estaba con él. La mayor parte de su grupo más cercano esperaba fuera para darle cada uno su parte en el reporte del ataque del día anterior. Ya había dado el tratamiento adecuado a Ethan Rosier, luego que le fallase en la estación de trenes. Les había ordenado a sus otros mortífagos que estuviesen preparados para partir de inmediato, según sus instrucciones, a excepción de la dueña de la casa.

—Severus, ve a examinar cómo va Sigfrida con la poción que le indiqué que preparase. Si el resultado no es satisfactorio dale el castigo correspondiente. Puedes retirarte —le ordenó sin levantar la vista, continuando al oír el leve ruido hecho por la capa del mortífago al moverse hacia la puerta—. Cuando salgas que entren los dos que coordinaban en el hospital de los muggles.

—Como usted ordene mi señor. —le respondió respetuosamente Snape, tras su rostro cubierto con la máscara blanca. Arregló su capa negra un poco antes de salir.

—Tú buscarás, con los dos fornidos descerebrados, información sobre reliquias mágicas antiguas de la época de los fundadores de Hogwarts. Especialmente detalles de lo concerniente a la ubicación actual de sus varitas. Tienes dos semanas para traer esa información sin despertar ninguna sospecha —le ordenó a Lucius luego de escuchar el reporte, señalándole con su dedo largo en aquella mano pálida y fría. Luego la movió hacia Rodolphus—.

»Tú y tu hermano viajarán a Bélgica y luego a Alemania, para reorganizar a nuestros hombres allí y darles el trato adecuado a quienes nos han fallado. Dile a tu esposa que se presente de inmediato y despacha a los demás. Ella les transmitirá mis instrucciones. —finalizó con sus ojos rojos clavados en los negros que dejaba ver la rendija, en la máscara del mortífago dueño de la mansión en que se estaba quedando.

—En seguida mi señor. —respondieron los dos mortífagos respetuosamente, inclinando levemente la cabeza.

Lucius Malfoy de inmediato fue en busca de Crabbe y Goyle para hacer lo ordenado por su amo. Sabía que la tarea encomendada era difícil de llevar a cabo y que debía moverse con celeridad y cautela.

Rodolphus se dirigió con paso firme al encuentro de su esposa. Le desagradaba mucho que las familias los hubiesen obligado a casarse tan jóvenes, cuando él hubiese querido seguir disfrutando de la diversión con jóvenes sangre pura estúpidas como hizo durante sus últimos años en el colegio. Pero sus padres terminaron con todo al fijar la boda con la hermosa estatua de hielo que era Bellatrix Lestrange, dos años mayor que él y a la que nunca se le conoció novio en el colegio.

Una mujer joven, hermosa, de rasgos finos y cuerpo apetecible, bien educada en todos los deberes de una dama de su clase social, pero con un carácter fuerte, una lengua filosa, una mente perversa y una frialdad tal que el hielo era más cálido que ella cuando él la tocaba. Cumplía con sus deberes de esposa pero sólo eso, cumplía.

Habría dudado un poco sobre la razón de aquello de no ser porque la noche del 29 de febrero de 1972, que debió ser su noche de bodas bajo la luz de una luna llena, fue la del ingreso de ellos dos y su hermano Rabastan al círculo interno del Señor Oscuro. Esa misma noche supo que no tendrían nunca hijos. Su amo le había puesto como condición a su mujer, para admitirla entre sus más cercanos, que bebiese una poción de esterilidad y ella lo hizo sin vacilar mínimamente.

El comportamiento de su esposa tan servil con el Señor Oscuro, cuando con el resto del mundo era tan altiva y orgullosa, además de su desenvolvimiento como mortífaga, eran aparentemente motivo suficiente para alcanzar ese honor. Pero él estaba seguro por las miradas de su mujer y su amo que además había entre ellos una extraña obsesión que los unía. A él aquello no le generaba celos, pues no amaba a su mujer, pero le incomodaba como hombre ese comportamiento de ella.

Rabastan les había informado a sus padres que no esperasen nietos, pues "los tres se habían consagrado a la labor de limpiar el mundo de sangre sucia y muggles". Sería el menor de los hermanos, Remeniel, el encargado de que el apellido Lestrange se mantuviese en la historia, decidieron entonces sus padres. Fue el ver su indiferencia a lo hecho por su esposa lo que terminó de apagar el rescoldo de afecto por ellos que quedaba en el fondo de su corazón. Salió de allí con su hermano y su mujer a la mansión que había comprado. Su vida desde ahora sería servir al Señor Oscuro, asegurándose de disfrutar mientras lo hacía.

Los tres Lestrange se convirtieron desde ese día en un arma letal del Señor Oscuro. Su esposa daba las órdenes con perversa precisión, ejecutándolas su hermano y él con sádico placer. A su esposa no le importaba en lo más mínimo que él disfrutase con algunas de sus tareas, sino que lo instigaba a ello.

—El Señor Oscuro quiere verte de inmediato. Rabastan ya ha despachado a los demás pues tú les transmitirás sus órdenes. —le dijo al llegar a su habitación matrimonial mientras con su varita agregaba un puñal y un látigo al equipaje que había preparado la elfina.

—Buen viaje. —se despidió cáusticamente Bellatrix, antes de salir de la habitación.

Voldemort revisaba los documentos que le había llevado su pequeño espía con enojo creciente. No había podido interrogarlo adecuadamente porque "el viejo" los había llamado a reunión justo después del funeral y el día antes apenas si se reunió brevemente con él. Sólo permitiría que sus otros seguidores conociesen a su arma secreta cuando hubiese destruido totalmente a "el viejo" y su grupo, no antes.

«Ese estúpido inútil me ha traído sólo fragmentos de documentos de relativo interés. Aquí no está la información que le ordené me trajese». Rugió mentalmente al terminar de examinar lo llevado por Peter Pettigrew, levantándose sin darse cuenta. La incompetencia de ese mago lo exasperaba. «¿Cómo es posible que el hijo de Paul Pettigrew sea tan inútil? Es sangre limpia, sí, pero un mago deficiente».

Al entrar Bellatrix a la habitación Voldemort se quedó mirándola en silencio, mientras ella avanzaba hacia él con la gracia y el porte orgulloso de los Black. Al caminar su pelo negro, suelto y largo hasta la cintura, ondeaba levemente sobre el vestido de seda verde oscuro que se ajustaba a su bien formado cuerpo. Sólo a ella la había admitido en su círculo más cercano. Otras mujeres habían ingresado a sus filas como mortífagas, pocas en realidad pero las había. Todas ellas eran sangre pura. Sin embargo a ella le concedió el honor de estar entre los más cercanos a él y llevar su marca en el brazo.

Cuando la vio arrodillarse y bajar su permanentemente altiva cabeza sonrió con perverso placer. Se acercó lentamente a ella y le acarició la sedosa cabellera negra sin que ella se moviese. «El pelo de Alyssa Potter fue también negro, largo y brillante. Sin embargo al tacto era no sólo sedoso sino además rebelde». Frunció el ceño y se alejó de la mortífaga.

—Levántate y dame el reporte de lo ocurrido en el museo. —le ordenó con su voz fría normal, controlando perfectamente sus emociones para que no trasluciesen.

—Gracias mi señor —le respondió ella sumisa incorporándose, manteniendo su mirada baja mientras le informaba lo solicitado—. Los gigantes que llevamos…

Quince minutos después Voldemort sonreía complacido. No sólo había dejado bien coordinado el ataque en el museo, sino que había sido la primera en aparecer en el hospital ante su llamado. Allí la había visto interponerse en el camino de los cuatro magos que habían osado desafiarlo con bastante destreza.

Ella permaneció en silencio al finalizar su reporte, luego de responder con precisión sus preguntas. Sus ojos grises miraban fijamente hacia el fuego como le había ordenado mientras él la analizaba lenta y meticulosamente.

Voldemort se detuvo en sus ojos. Los de Alyssa habían sido color avellana y su mirada nunca fue fría, desafiante, con el toque de locura que tenían los grises que estudiaba. No, aquellos ojos miraron siempre con dulzura, firmeza y alegría. Sin embargo Alyssa también había tenido los rasgos finos y el porte orgulloso, además de un cuerpo hermoso. Bellatrix era una extraña gema fría. Alyssa había sido una gema cálida con un brillo único. Dos mujeres descendientes de líneas antiguas, de sangre pura con mucho dinero y poder mágico. «Las dos tan similares y tan distintas».

Su atracción por Alyssa Potter había sido fundamentalmente física, pero también intelectual. Fue una de las pocas jóvenes con quien pudo sostener una conversación inteligente. Cuando la conoció y bailaron, en la fiesta del matrimonio de Dorea Black y Charlus Potter. Había sentido una poderosa atracción hacia aquella jovencita de quince años, tres años menor que él. Se había graduado tan sólo cinco meses atrás cuando fue acompañando a Walburga y Orion Black. Su seguridad y aire desenvuelto en el colegio siempre lo habían cautivado, aunque nunca lo demostró.

«Esa noche disfrutamos juntos una grata velada a pesar de las miradas penetrantes de William, Charlus y Harry Potter, el padre y los dos hermanos mayores, sobre nosotros. Los tres fueron contenidos de acercarse por una inquieta madre. Fue evidente que a la señora Alesia Potter tampoco le logré agradar, lo cual ha ocurrido con muy pocas personas. En ese momento comprendí que los cuatro estaban protegiendo a la menor de la familia y me esforcé en ser más atento y educado que nunca».

Mientras se acercaba al gabinete de bebidas, para servir hidromiel con especias en dos copas, los recuerdos de aquella noche lo inundaron. «Fui atento, respetuoso, galante y agradable, aún más de lo que solía ser cuando quería atraer a alguien bajo mi influencia. Los Potter fueron amables y corteses, pero no cayeron bajo mis redes y eso me fascinó».

«Sabía que aún era atractivo para la mayoría de la comunidad femenina. A pesar de haberme sometido ya dos veces al proceso de escisión de mi alma, para crear los primeros de los horcruxes que me asegurarán la inmortalidad, mi aspecto físico aún era atrayente. Las miradas de las jóvenes y las no tan jóvenes mujeres presentes me lo confirmaban. Sin embargo todas se mantuvieron al margen de mí y de mi acompañante en respeto a los dueños de la casa, aunque las miradas a Alyssa estaban cargadas de envidia y molestia».

«Allí estaban presentes muchos profesores del colegio entre los invitados. Y el mago que me buscó en el orfanato tampoco me quitó la vista de encima, como nunca lo hizo durante esos siete años en el colegio».

«Alyssa y yo mantuvimos correspondencia por lechuza durante diez meses, mientras trabajaba en Borgin & Burkes atento a las investigaciones que me llevarían a alcanzar mi más preciado sueño. Mis cartas nunca contuvieron palabrería juvenil sin sentido ni tampoco las de ella. Nunca hubo promesas de amor ni un futuro juntos. Sólo hablábamos sobre lo que se enseñaba en Hogwarts y debatíamos, con argumentos sólidos, las ideas que había pregonado Grindelwald sobre la supremacía de los mágicos sobre los no mágicos, antes que Dumbledore lo derrotase».

«Ella nunca compartió mis ideas. Pero la madurez y profundidad con que debatía conmigo me permitió profundizar en argumentos que me ayudaron mucho durante los últimos años, desde que declaré la guerra. La inicié al dar cumplimiento a lo único que le había prometido a Alyssa Marie Potter en la carta con que me despedí de ella».

«El que se negase a mi petición de matrimonio, la cual les formulé formalmente a los padres justo cinco meses después que ella cumpliese los dieciséis años con la finalidad de hacerla mi esposa cuando cumpliese la mayoría de edad, me desconcertó y enojó inicialmente. ¿Cómo se atrevía a negarse? Una vez que logré poner mi temperamento bajo control visité de nuevo la mansión en Londres y hablé con William Potter. Empecé exponiendo que no podía demostrar ascendencia pura, sospechando que Albus Dumbledore hubiese hablado con él, pero el patriarca no me dejó continuar».

«William Potter me dijo, con tono serio y respetuoso, que él y su esposa no se guiaban por los ascendientes o la pureza de la sangre. Me expuso que en su familia se respetaba a cada bruja y mago por quienes eran individualmente. También que ellos respetaban las decisiones de sus hijos y no le impondrían un noviazgo, ni mucho menos un matrimonio, a su hija. Me sugirió que me comunicase de nuevo con ella y que regresase a hablar con ellos cuando estuviésemos de acuerdo».

Regresó su mente al presente al entregarle la copa de hidromiel con especias a Bellatrix. Observó en sus gestos y mirada la admiración que le generó su gesto con ella, pues él nunca atendía sino que esperaba a ser atendido. También notó su desasosiego por no ser ella quien lo hiciese y su profundo deseo de servirle incondicionalmente. Eso le gustaba y repugnaba simultáneamente.

—Le he agregado algo especial a la bebida. Quiero que la bebas lentamente hasta la última gota, sin hacer ninguna pregunta ni otro gesto diferente al de agrado. —le ordenó fríamente, mientras retrocedía hasta sentarse en el cómodo sillón que estaba junto a la chimenea. La miró fijamente cuando se llevaba la copa a la boca, con miedo en los ojos pero sin detenerse.

Le gustaba atormentarla con el recuerdo de la noche de bodas, en que le ordenó tomar aquella poción horrible con una sonrisa en los labios y mantenerse quieta durante los primeros minutos mientras el veneno penetraba a su organismo desde su estómago. El obligarla a aquello, luego del dolor al marcarla en el brazo, fue una prueba definitiva del dominio sobre si misma que esperaba de ella.

Había visto como sus ojos se llenaban de lágrimas y de terror pero se mantenía firme, hasta que le ordenó al esposo sacarla de allí. Sabía que les había arruinado la noche de bodas y la luna de miel, además de no permitirles tener descendencia. Había escogido la peor de las pociones para provocarle la esterilidad, una que sin embargo mantendría su cuerpo funcionando bien en todos sus aspectos una vez que se recuperase… siete días después.

Sonrió con deleite cuando la vio tragar con terror y desconcierto el primer trago, luego de degustarlo intentando adivinar lo que él le había puesto a la copa. También como se forzó a sonreírle de vuelta, como él le había ordenado.

—He decidido varias cosas —empezó a decirle lentamente, indicándole con su mano que se sentase frente a él en la silla más baja que había ubicada cerca del sillón. Sonrió al ver que le obedecía con movimientos cuidadosos, propios de una dama. Era evidente que su postura final no era cómoda pero si digna.

Bellatrix, en ese momento, le agradecía mentalmente a su madre el entrenamiento que le había dado. Druella le había inculcado el comportamiento digno de una Black, aún en las peores circunstancias.

—La primera es que le darás calor a mi habitación mientras no estén aquí tu esposo y tu cuñado.

Cuando vio brillar sus ojos con deseo sonrió maléficamente. Aquella semana sería una prueba más para la mujer pues no pensaba tocarla como hombre, no aún. Inicialmente sería sólo una cómoda bolsa térmica en su cama.

Bellatrix no podía sentirse menos que agradecida con su amo. Jamás pensó que tal honor le fuese concedido. Sin siquiera pensarlo llevó una vez más la copa a sus labios.

—La segunda es que estarás directamente a cargo de la preparación y análisis de los ataques que se ejecutarán a partir de mañana en orfanatos muggles en todo el país, usando para ello los mortífagos más novatos. Quiero que los altos mandos sólo estén involucrados en su conducción y correcta ejecución, pero no en su preparación. Sólo te ayudarán en esto Dolohov, Travers, Yaxley y Snape.

Bellatrix asintió y sonrió de inmediato, feliz porque le daba una gran responsabilidad y el mando sobre hombres que se consideraban muy importantes en el grupo de mortífagos. Sabía que al más joven de ellos le daba mucha importancia, tanto por su facilidad para las pociones como por el manejo preciso de sus emociones.

—La tercera es que investigarás con ayuda de Rookwood y los Carrow lo que ocurrió realmente al pie de High Willhays. Si es cierto que sólo la estudiante para medimaga y esos dos aurores los detuvieron, se merecen quedarse en Azkaban permanentemente. Pero si no es así, si esos inútiles dijeron la verdad recién que los detuvieron, quiero saber quiénes se atrevieron a interferir en mis planes.

—¿Si es cierto lo que dijeron, se hará algo para sacarlos de Azkaban? —preguntó Bellatrix queriendo entender bien los alcances de esta tarea.

Una risa fría y tenebrosa llenó los confines de la mansión Lestrange. Ésta les hizo erizar los vellos a quienes en ese momento se encontraban en ella.

—Yo sólo me movilizaría a Azkaban para sacar de allí a algún mago que valga la pena, no a inútiles. —le aclaró con una macabra sonrisa perversa en su rostro.

—Perdone usted mi atrevimiento, mi señor —le suplicó Bellatrix de rodillas frente a él—. Sólo quería estar clara en los alcances de mi tarea para cumplirla a cabalidad.

—Sólo por alguien fiel y valioso vale la pena penetrar allí. No lo olvides nunca, Bella —le dijo Voldemort con voz suave mientras le acariciaba una vez más el cabello—. Ahora retírate y empieza con lo que te he ordenado hacer. Una cosa más —agregó cuando ella ya se había levantado—. No quiero que nadie me moleste.

—Así será, mi señor.

Mientras la veía retirarse su mente viajó una vez más a su pasado, a la hermosa figura de Alyssa Potter cuando se alejaba por el camino de Hogsmeade rumbo a Hogwarts, luego de haber hablado con él en el pueblo mágico. Aquella conversación no la olvidaría mientras estuviese vivo.

—Te aprecio mucho, Tom, pero no te amo.

—Yo no estoy hablando de amor, Alyssa. El amor no existe. Es sólo una estupidez en la cual se escudan los débiles para justificar su inutilidad. Tú eres una bruja inteligente, hábil y poderosa. Lo que te estoy proponiendo es que te unas a mí, que compartas conmigo la gloria que muy pronto alcanzaré.

—Pues yo soy una estúpida que sí cree en el amor —le refutó ella enojada, dando un paso atrás para alejarse de él, mientras levantaba su mentón con altivez—. Si algún día llegas a entender lo maravillosos que son la amistad, el compañerismo y el amor vuelve a buscarme. En mí conseguirás a una amiga. Pero si en tu alma sólo hay cabida para el odio y el deseo de poder, no te me acerques de nuevo. Si intentas lastimar a alguien a quien quiero encontrarás en mí tu más fiera oponente.

—No seas tonta, Alyssa. Lo único que existe e importa es el poder y quienes tienen la habilidad y la astucia para usarlo —la retuvo por el brazo, soltándola de inmediato al sentir una poderosa energía que lo alejaba de ella con fuerza—. Acepta mi propuesta de matrimonio.

—Ya que dices que no me amas, supongo que tu insistencia se basa en que mi familia es antigua, de magos sangre limpia, con mucho dinero y desde tu punto de vista poderosa —le planteó Alyssa lentamente con una suave sonrisa de aparente comprensión en su rostro, luego de fingir pensar sus palabras por un minuto. Al verlo asentir sonriente sintió que se le revolvía el estómago. No pudo mantener más su postura de aparente interés—. Espero que algún día alcances lo que tanto deseas, Tom Riddle: el dinero, el poder, la gloria y una mujer que se arrastre por el suelo que tú hayas pisado. Tal vez entonces comprendas lo absurdo de todo lo que has anhelado tanto.

—Alyssa Marie Potter, escúchame… —la retuvo enojado por el brazo, apretando los dientes al sentir de nuevo la descarga de energía pero sin soltarla.

—No tengo ninguna obligación de escucharte, Tom Marvolo Riddle —le espetó ella enojada, sonriendo con cinismo al ver sus ojos brillar con rabia—. Cierto, no te gusta que te digan así sino Lord Voldemort.

—¿Cómo…? ¿Cómo supiste…? —le intentó preguntar desconcertado pero sin soltarla todavía, cada minuto que pasaba más molesto con Alyssa y también con más dificultad para mantener su agarre sobre ella.

—Algunos de los Slytherin que te seguían en el colegio no eran muy listos, Riddle —le respondió ella con frialdad. Clavó sus ojos color avellana en los oscuros de él, frunciendo levemente el ceño al percibir una fugaz sombra roja en ellos—. Suéltame ahora mismo a menos que quieras averiguar cuál de los dos es mejor en duelo.

—¿Me estás desafiando? —le preguntó él con una sonrisa de superioridad, que se desvaneció al ver la osadía brillando en su mirada—. Eres menor de edad, no puedes hacer magia fuera del colegio. —le recordó serio.

—Prefiero pasar lo que resta de año castigada por incumplir esa norma que seguir a tu lado ni un minuto más. —le respondió ella, ya apuntándole con su varita.

—¿No lo reconsiderarás? —le preguntó él soltándola.

—Recibirás todas las cartas que me enviaste de vuelta por vía lechuza en unas horas. No vuelvas a escribirme a menos que quieras de mí una amistad y nada más —le respondió Alyssa dándose la vuelta—. Si la vas a sacar más vale que sea para usarla, Tom Riddle, porque ningún Potter respeta a alguien que ataca por la espalda y te aseguro que sé usar bien mi varita. —le dijo con lenta frialdad al percibir de reojo como su mano se movía ágilmente hacia el bolsillo de su túnica.

—Te daré una semana para pensar bien, con claridad, antes que recibas mi próxima carta. De tu respuesta depende tu futuro.

—Mi futuro ya está decidido y lamento que el tuyo también. Algún día nos reencontraremos, Tom. Tú actuarás según tu forma de pensar y yo según la mía, lo que partirá mi corazón. En ese momento perderás mucho y ganarás muy poco —se giró a mirarlo con lágrimas en los ojos mientras le hablaba—. Sólo espero que el día que comprendas aún quede algo de tu alma que sea rescatable. Adiós Tom, adiós al amigo a quien aprendí a apreciar.

Cerró los ojos como había hecho también en esa oportunidad. «¿Cómo es posible que siendo tan inteligente hubiese sido tan ciega?» Ese jueves, 31 de octubre de 1946, recibió todas las cartas que le había enviado a ella, con una nota que aún retumbaba en su cerebro.

Sé que has empezado un camino de autodestrucción buscando la gloria de la que hablas, también que el día que te vuelva a ver lloraré mucho. Por favor, Tom, por la amistad que nos ha unido hasta hoy, revierte lo que ya has hecho. Destruye los que haz hecho y busca ayuda. Tu alma es muy valiosa. Sé que no lo comprenderás durante mucho tiempo, pero a través de uno que llevará mi sangre me acercaré a ti cuando llegue tu momento final para intentar por última vez hacerte comprender. En aquella fiesta en que nos conocimos fingiste ante muchos, pero yo pude ver un pedacito de alma, uno que me generó mucho dolor y mucho cariño. No puedo amarte pero tampoco odiarte. Por última vez, amigo, recapacita y toma el camino de regreso.

Tu amiga por siempre,

Alyssa Marie Potter.

Sacudió la cabeza. Le había respondido ese mismo día diciéndole que sería su esposa o de nadie, que no lo olvidase, que esa era la única promesa que él le haría pero que debía estar segura que la cumpliría. No obtuvo respuesta y él no insistió.

Veintidós años y diez meses pasaron antes que él supiese de nuevo de ella. Dos meses más tarde, luego que ella no le respondiese a su lechuza, se presentó en la boda de la bruja Alyssa Marie Potter con el muggle Daniel Anthony Major, asesinando a los novios, al hermano de la novia Harry Arthur Potter y a buena parte de los asistentes. Fue su declaración de guerra a todos aquellos del mundo mágico que estuviesen de acuerdo con "aquél tipo de aberraciones y cualquier forma de traición a la sangre mágica".

Ante las lágrimas de la mujer que tanto le había gustado, sosteniendo en brazos al muggle ya muerto, recordó la nota de ella y lo hablado años atrás. También la promesa que él le hiciese. Levantó su varita hacia ella, dudando por un momento si desmayarla y sacarla de allí, para luego doblegarla, o si matarla. Vio al hermano mayor precipitarse hacia ella para protegerla y le apuntó a él.

Fue cuestión de segundos, ella se incorporó y empujó a Charlus dándole de lleno la Maldición Asesina a Alyssa. Sonrió. Los dos habían cumplido con las únicas promesas que se habían hecho. Él no le permitió ser de otro y ella se mantuvo fiel a su forma de pensar hasta el último minuto. En ese momento murió Tom Riddle con Alyssa Potter, los amigos que se conocieron en la fiesta de bodas de Charlus Potter. Lord Voldemort era ya lo único vivo en él.

Recordaba haber dado la orden de retirada después de asegurar que ningún Potter sobreviviría si no se unía a él, mirando al niño que se había arrodillado junto a la fallecida novia. Ese niño ya se había convertido en hombre y le había enfrentado el día antes junto a la esposa. Era un excelente mago, como lo había sido ella. Además tenía en su mirada algo que sólo había visto en la de Alyssa, una irreverencia, inteligencia y poder que brotaban de ellos, pero que destellaba especialmente en sus miradas.

Suspiró. «No la hubiese querido muerta sino quebrada a mi lado». Pensó de nuevo en Lily y James Potter. Frunció el ceño. «No hay vuelta atrás, o conmigo o muertos. No hay otra opción para cualquiera que se apellide Potter».

Bebió lo que le quedaba en la copa y se levantó para ir a su habitación. «No pensaré más en ella. Tengo cosas que hacer y una mujer que terminar de moldear a mi forma de pensar».

Peter Pettigrew daba vueltas en la cama sin poder dormir. Estaba en casa de su madre, atento a cualquier ruido que pudiese indicar que el Señor Oscuro había dado orden de ir por ellos. No se perdonaría si su mamá tenía que sufrir las consecuencias de su incompetencia.

Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar lo ocurrido el día que Sigfrida le había convencido de presentarse ante Lord Voldemort, como única posibilidad para que sus padres siguiesen vivos. Había intentado convencerla de avisar a sus amigos e ir al rescate, pero ella no lo permitió. Había estado aterrada por la posibilidad de ocasionarles la muerte al intentarlo.

Le explicó que sus padres la habían obligado a presentarse ante Voldemort y ofrecerle sus servicios, dos meses antes de cumplir su mayoría de edad. Le habían dicho que, como una Rosier, se consideraba todo un honor que le sirviese al mago que limpiaría el mundo de "sangre sucia" y pondría a los muggles en su lugar.

Mientras le hablaba de aquello sus ojos negros y grandes, que generalmente miraban con frialdad a los demás y con calidez a él tras los lentes cuadrados y gruesos de montura negra, estaban llenos de terror. Jugueteaba con su pelo negro, liso y grueso con evidente nerviosismo, desbaratando la trenza en que generalmente lo llevaba recogido. Le contó que la magia que lo había visto hacer era más poderosa que la que aparecía en los libros, incluso en los de la Sección Prohibida del colegio.

Peter había tragado saliva al oír eso. Los dos habían examinado aquella parte de la biblioteca buscando unos libros para las tareas extraordinarias de Pociones y Defensa que les habían puesto por castigo a Los Merodeadores, mientras sus tres amigos montaban una distracción lejos de allí. Al día siguiente se enteró con asombro que Las Protectoras los habían ayudado, pues casi los captura McGonagall.

Claro que la actitud de ellas con ellos en general había cambiado desde que el día de San Valentín dos de esas parejas se estableciesen, pero Angelica le seguía rechazando a él. «Jamás he entendido la actitud de esa chica». Recordaba claramente que la otra gemela le había hablado de buena manera y sonreído el primer día en Hogwarts, luego que el Sombrero Seleccionador lo asignase a Gryffindor, pero ella lo había mirado con inquietud y curiosidad.

Eso cambió cuando él regresó de sus primeras vacaciones navideñas, luego que su padre muriese, abatido por no poder quedarse con su mamá. Margo Pettigrew le había pedido con lágrimas en los ojos que se quedase con ella. De no ser por el recuerdo que tenían los dos de Paul Pettigrew, insistiéndole desde muy pequeño para que estudiase con ahínco en cuanto estuviese en el colegio, él no habría vuelto a Hogwarts. James, Remus y Sirius lo habían apoyado mucho en ese entonces.

Desde esa época Angelica se había distanciado de él como si tuviese una enfermedad contagiosa. Nunca lo atacó pero tampoco lo defendió. Su indiferencia con él era tal que era al único de Los Merodeadores al que jamás le hizo una broma y también al único que no ayudó a salir de problemas.

Estaba también seguro que era culpa de ella que Sirius, James y Remus se hubiesen alejado de él en el último año en el colegio, desde que los dos primeros se hicieron novios de Angelica y Lily. Remus pasaba mucho tiempo con Jennifer, aunque no eran oficialmente novios. Aunque los tres chicos seguían bromeando con él, habían disminuido mucho las actividades conjuntas de los Merodeadores.

Sigfrida había sido muy buena con él entonces. No sólo alivió su soledad creciente, sino que además de ayudarle con sus tareas lo había aceptado como su novio. Eso lo hizo muy feliz. No era especialmente bonita pero tenía su atractivo, con su pelo y ojos negros contrastando con su piel blanca. Era muy delgada cuando se conocieron, pues ella casi no comía por estar absorta en los libros. Gracias a sus atenciones ella había estado más pendiente de sus comidas y descansar, por lo que había recuperado algo de peso y sus leves ojeras habían desaparecido.

James y Sirius se habían mostrado inicialmente reacios con ella cuando se hicieron novios, porque pertenecía a la casa de Slytherin. Pero Remus los había regañado por "juzgarla sin conocerla sólo por prejuicios aceptados por la mayoría". Eso hizo recapacitar a los otros dos y empezar a tratarla, si no con aprecio al menos con respeto.

Los tres la habían terminado tratando de buena manera por su noviazgo con él, aunque evitaban el hablar con ella sobre lo que estaba ocurriendo en el mundo mágico y le habían hecho prometer que Sigfrida jamás se enteraría de los secretos de Los Merodeadores. A él no le pareció muy justo inicialmente porque Las Protectoras sí estaban al tanto. Pero ellos no les habían dicho sino que ellas los habían descubierto por sí mismas, por lo que finalmente accedió y nunca le había contado de la licantropía de Remus ni de la animagia que él y sus dos amigos dominaron para acompañarlo.

Pero él a cambio tampoco les contó a ellos que ella le había estado enseñando Pociones, Legilimancia y Oclumancia. Sigfrida no se enteró de sus secretos con ellos porque, por el afecto que aún le unía con ellos, mientras aprendía con ella le bloqueaba casi sin saber cómo cuando ella se acercaba a cualquier recuerdo sobre Los Merodeadores.

Su novia lo felicitaba efusivamente por sus avances en las tres áreas y le hacía sonreír, sentirse liviano y a un mismo tiempo fuerte. Aprendió a ser un perfecto Oclumente a los pocos meses de graduarse en el colegio, aunque prefería seguir usando el truco que les enseñase Jennifer años atrás de evadir la mirada directa.

Oyó un ruido fuera y saltó de la cama con su varita en la mano, mientras empezaba a sudar copiosamente. Se acercó temeroso a la puerta del cuarto y giró lentamente el pomo. Salió al pasillo con el corazón corriendo desbocado en su pecho, examinando el pasillo con sus ojillos pequeños sin ver nada. Caminó hasta el cuarto en que dormía su mamá y verificó que estaba bien. Bajó hasta la cocina con cautela y respiró aliviado al ver que la causante de su sobresalto, la que lo había sacado del mundo de los recuerdos, había sido la lechuza de James.

Con cuidado le quitó el mensaje de la pata y lo leyó con curiosidad. No era normal que él le escribiese a esas horas. Frunció el ceño al enterarse que "los invitados de los Potter" estaban bastante mal de salud y por ello no se verían a la hora del desayuno en la cafetería del Ministerio, como habían quedado al finalizar la reunión. Sintió una fuerte sacudida de remordimiento en su interior al leer:

"… Por favor cuídate mucho, amigo. Si ves que tu mamá y tú corren peligro vente con ella a la casa. Yo me ocupo de Angelica. Los tiempos se están poniendo cada vez más difíciles. Si estás seguro que Sigfrida es de confianza y no pondrá en peligro a mi esposa y mi hijo podrías traerla también. No quiero que lastimen a Lily o a mi bebé sólo por ser Potter, pero tampoco que uno de mis amigos esté sin protección…"

«Ojalá me hubieses enviado esta nota a los pocos meses de graduarnos, James», se lamentó. «Estoy seguro que mi vida hubiese sido muy diferente. Habríamos podido poner a salvo a los padres de Sigfrida, o al menos salvarla a ella de seguir sometida a ellos y al Señor Oscuro», pensó abatido. Denegó y buscó lo necesario para escribir.

Le respondió de inmediato que no se preocupase, que su mamá, Sigfrida y él estaban bien, pero que tendría en cuenta su oferta y le avisaría si necesitaba de su auxilio. Le escribió que estaba asustado por como se estaban presentando las cosas, aunque esperaba que él y los suyos fuesen invisibles para Lord Voldemort y sus mortífagos. Se estremeció antes de escribir esto y al releerlo, ante la posibilidad que Voldemort o uno de sus seguidores se enterase de aquello.

Aunque podía justificarlo como parte de su cubierta por pertenecer a La Orden del Fénix, prefería que eso no llegase a saberlo jamás su señor. Envió de regreso la lechuza de James con su respuesta y quemó con su varita la nota que su amigo le había enviado.

Vio un cuadro de su padre, que parecía mirarlo con reproche desde que se uniese a las filas del Señor Oscuro. Salió corriendo hacia su cuarto, deteniéndose a tomar aire recostado a la puerta. Respiraba agitado mientras su mente volvía al día en que, convencido por Sigfrida, se había presentado ante el que ahora era su amo.

—¿A quién has traído contigo, Sigfrida? —preguntó Voldemort con voz falsamente dulce y sedosa, saboreando el miedo que percibía en ella.

—Peter Pettigrew, mi novio, como usted lo ordenó mi amo. —le respondió ella con voz temblorosa, luego de ver de reojo unas sombras a su derecha.

—Justo a tiempo —sonrió el tenebroso mago con maléfico placer—. Supongo que conoce usted a sus suegros, señor Pettigrew. Debo informarles que, al igual que su padre dejó sola a su madre, el señor Rosier ha dejado de acompañar a la señora Rosier hace un par de horas.

Sigfrida se derrumbó al lado de Peter sollozando, mientras los dos veían aterrados como ante un movimiento de varita del mago aparecían ante ellos flotando dos cuerpos. El destrozado del que en vida había sido el orgulloso Herbert Rosier y el inconsciente de la aristocrática Isla Rosier.

—Si no quiere que su novia quede totalmente huérfana, al igual que usted, será mejor que mantenga su varita en su bolsillo, señor Pettigrew. —lo amenazó Voldemort con tono bajo y siseante.

—Por favor Peter. —le suplicó Sigfrida aterrada.

Por un momento había dudado en obedecer, pero el recuerdo de su mamá diciéndole «Sólo me quedas tú y sólo conmigo cuentas desde hoy, hijito. No tomes riesgos sin sentido. Eso llevó a tu padre a la muerte, dejándonos indefensos» le hizo flaquear en su decisión de enfrentar al maléfico hombre ante él. Guardó de nuevo la varita en su bolsillo y atrajo su novia hacia él por los hombros, intentando transmitirle calma y fortaleza.

—Es una pena que Herbert Rosier hubiese admitido en su casa al pequeño hijo impuro de su hermano menor, cuando éste murió —comentó con tranquilidad Voldemort mientras acercaba el cuerpo destrozado del hombre a su hija, eliminando el hechizo que lo mantenía flotando hasta que cayó frente a ella—. Tu primo Earl ha traído la deshonra a su sangre y le he dado el trato adecuado. —le dijo con retorcido placer Voldemort a la sollozante joven mujer, mientras hacía flotar hacia ellos el cuerpo agonizante del niño de doce años, disfrutando sus expresiones de terror.

—Es sólo un niño. ¿Cómo pudo hacerle eso? —preguntó aterrado Peter.

—A mí nadie me pregunta nada —siseó Voldemort furioso mirando al insolente mago, apuntando seguidamente a la joven bruja al lado de su "invitado"—. ¡Crucio!

—Nooo. Por favor, déjela. Yo no he preguntado nada. Por favor. —le pidió Peter asustado, al ver retorcerse en el piso llena de dolor a la única chica que le había demostrado afecto sincero.

—No derramaré sangre pura a menos que sea necesario —dijo Voldemort con frialdad y detuvo el hechizo—. Ese niño no es sangre pura, su sangre estaba contaminada por la muggle de la madre. Siendo una aberración debía morir, al igual que quien intentó protegerlo. Por otro lado Isla Rosier no estaba al tanto de la contaminación que sufría su casa con la presencia de ese niño allí y tú tampoco, Sigfrida, pero tú no has hecho bien la poción que te ordene que prepararas, por lo que…

—No mi señor, por favor, se lo suplico. Está lista, se lo juro. —lo interrumpió ella aterrada de perder también a su madre.

—Si eso es cierto entonces no habrá ningún problema en que su novio la tome. —le sugirió Voldemort con sádico placer.

—¿Qué? —preguntó asustado Peter.

—Por favor mi amor, te lo suplico. Sólo tómala. —le pidió ella tendiéndole el vial con la poción de color verde claro.

El cuerpo del niño se había retorcido justo en ese momento frente a ellos, escapándose de sus labios un leve quejido de dolor antes de quedar totalmente inmóvil y sin vida.

—Por favor. —sollozó Sigfrida al ver que Voldemort le apuntaba al cuerpo flotante e inconsciente de su madre.

Peter sabía lo suficiente de pociones en ese momento para saber que lo que tenía frente a él era una mezcla previa a la definitiva, que sí era mortal. Aquella sólo lo haría ser más lento de reacciones de lo que ya era. Pero estando frente a Lord Voldemort eso podía ser fatal.

Había evaluado rápidamente sus posibilidades y visto que estaba en un callejón sin salida. No les había avisado a sus amigos para que protegiesen a su mamá mientras él estaba allí y no soportaba la idea de que la llevasen para lastimarla. Estaba muy apegado a ella. Con manos temblorosas había tomado el vial y bebido su contenido.

Voldemort había esperado unos minutos con cruel deleite. Notó que los movimientos del pequeño mago eran lentos e imprecisos cuando se acercaron los dos y se sentaron en las sillas frente a él, como les ordenó por señas. Rápidamente los desarmó y ató a los dos con hechizos no verbales, ampliándose su sonrisa al ver sus expresiones de terror.

—Ahora les voy a dar una muestra de mi poder. Desde este momento jamás volverán a dudar que soy el mago más poderoso que ha existido, ni mucho menos se atreverán a desobedecerme mientras vivan —les dijo lentamente, saboreando las palabras y el miedo que producía en ellos—. ¡Crucio! —agitó su varita contra la señora Rosier. Sonrió macabramente al verla recuperar el conocimiento ante la ola de dolor, retorciéndose su cuerpo en el aire.

Mantuvo la maldición firmemente hasta que estuvo seguro que estaba cerca del punto de no retorno de la locura, haciendo caso omiso de las súplicas de los dos jóvenes frente a él para que se detuviese. Cuando suspendió la maldición dejó caer el cuerpo de la mujer y desató a los dos observadores.

—Hacedla beber esta poción de inmediato y se recuperará totalmente. —les ordenó haciendo flotar hacia ellos una botellita con un color negro mate.

Peter había hecho lo que él decía. Temía que les estuviese mintiendo, pero se sentía sin fuerzas para oponérsele, sin varita ni otras pociones curativas a mano con que ayudar a la señora tampoco. Apenas logró que la mujer terminase de tragar el brebaje negro, luego de lograr desenrollar la lengua, vio aterrado al Señor Oscuro apuntarle con la varita. La alcanzó con un rayo negro, producto de un hechizo no verbal desconocido para él.

Había visto a Sigfrida sonreír y sollozar con una mezcla de alivio y dolor, al ver que su mamá dejaba de toser, recuperaba el color de su rostro y entreabría los ojos, aparentemente tranquila pero adormilada.

—¿Hija? —preguntó la mujer en voz baja.

—Sí mamá, soy yo.

—¿Qué ha pasado? Yo… estoy confundida.

—Tranquila mamá. Descansa. Todo estará bien.

La mujer le había sonreído levemente a su hija y luego se adormiló.

—Llévala a la habitación de invitados de la primera planta y cuida de ella, Sigfrida Rosier. Espero que esto te sirva de recordatorio para que nunca más vuelvas a fallarle a Lord Voldemort con una tarea que te sea encomendada —le ordenó con frialdad señalándole una puerta lateral—. Recuerda también que nadie debe saber que él está aquí.

—Así será mi señor. Gracias por permitir que mamá siga viva y sanarla. —pronunció ella con voz temblorosa, mientras le recibía su varita, temerosa de hacerlo enojar.

—De ellos dos se ocupará tu primo Evan Rosier —le señaló al primito y al padre—. Vete y haz como te he ordenado.

Sigfrida había salido con su madre flotando frente a ella, aterrada por lo vivido pero agradecida porque al menos no había muerto su mamá por su culpa.

—Sé que conoces las consecuencias de esa maldición en una persona, después que les diese un trato adecuado a dos primos de tu amigo James Potter —le había recordado el Señor Oscuro con perverso placer al mago bajito y gordito, sonriendo al verlo asentir con una mezcla de temor, confusión y admiración—. Ningún inútil medimago pudo sanarlos durante semanas. Hasta que les hizo una visita uno de mis hombres y les dio el toque final bajo mis órdenes, a pesar de estar fuertemente custodiados por aurores. No hay lugar en que nadie pueda ocultarse de mi poder, Peter Pettigrew, ni algo que yo no sepa.

Se estremeció ante el recuerdo de la Maldición Cruciatus a la que se vio sometido luego de oírle decir esas palabras. Fue la primera de muchas que había recibido hasta ahora del Señor Oscuro, como un recordatorio de lo que sufriría su madre si se le oponía o como castigos por su incompetencia. Un nuevo estremecimiento recorrió su cuerpo al pensar en los papeles que le había llevado el día anterior.

Voldemort le había dicho entonces que sería su espía en el grupo dirigido por el director del colegio, del que formaban parte él y sus amigos. La Orden del Fénix, cuyos miembros ya se habían presentado en varios ataques suyos para enfrentarlo. Hizo flotar hacia él la máscara blanca, una capa negra y un vial con un extraño líquido color ocre, que le dijo lo ayudaría con el dolor. En ese momento le había creído, al dejar de sentir las secuelas de la maldición.

Sería un par de semanas más tarde, luego de ser castigado por poca información y beber aquél brebaje, que averiguaría lo que en realidad estaba bebiendo en los antiguos libros que les dio Voldemort a él y a Sigfrida para investigar. Pero era tarde ya para revertir sus efectos. Poco a poco entre aquella poción, los castigos y su temor a que lastimasen a su madre, se había visto minado en su voluntad propia. Investigó un poco más a espaldas de su novia sobre el estado real de su suegra, pero no consiguió nada.

Sin embargo la señora Rosier, aunque no había enloquecido ni perdido totalmente sus fuerzas, se había transformado en una mujer depresiva, asustadiza y enfermiza. Ella y su hija habían vendido la casa en que vivieron con el niño y el hombre muertos, incapaces de vivir allí después de lo ocurrido, mudándose a una más pequeña en que la más joven tenía que estar casi todo el tiempo al pendiente de la salud de la mayor.

Entre esto y las misiones que a ambos les encargaba Voldemort cada vez se veían menos. Ésto los entristecía aún más. «Nuestras vidas se volvieron muy grises desde aquél día, cinco meses atrás. Ella pasó a ser esclava de un caldero y la salud de la madre, mientras yo me transformé en el traidor de quienes me protegieron desde que murió papá».

Suspiró ante ese pensamiento al recordar lo que le había escrito James sólo un par de horas atrás, antes que él se sumergiese en sus recuerdos. «Hasta ahora mi función ha sido sólo dar información, pero… La muerte de los hermanos Prewett puede deberse indirectamente a lo que le revelé al Señor Oscuro».

Sacudió la cabeza. «No. No es mi culpa. Yo no fui quien ejecutó ese asesinato ni hubiese podido evitarlo tampoco. No soy buen mago como eran ellos. No había nada que pudiese hacer para detener al mago más grande que haya conocido, aquél que está tomando el poder en todos lados lentamente y con fría precisión». Se dirigió al baño para asearse e intentar disimular un poco su mal estado para no preocupar a su madre. Luego bajó y preparó el desayuno para los dos, ya que el viejo elfo que había dejado su padre con ellos había muerto meses atrás.

Con frustración miró a su alrededor. Del dinero que les quedase de su padre ya sólo quedaban la casa y muebles viejos. Su mamá había ido vendiendo poco a poco los objetos de valor para pagarle sus cosas y libros durante sus últimos años en Hogwarts, pues lo que le pasaba el hombre que había continuado el negocio de su padre apenas si alcanzaba para la comida. De esto él se había enterado luego de graduarse.

Al ver bajar a su mamá sonrió con afecto y agradecimiento, permitiendo que ella le acunase en sus brazos mientras le daba los buenos días. Se sentía tan cálido y seguro entre sus brazos que durante esos momentos podía olvidar sus temores y confusiones. Evadió lo mejor que pudo su preocupación por su aspecto cansado y sonrió ante los planteamientos de ella sobre el futuro que compartirían con Sigfrida y la madre de ésta. Su actitud con su novia había cambiado desde que "la desgracia golpease a la familia Rosier".

Subió después de desayunar con ella y dejar todo limpio para ponerse la túnica de auror, que se había comprado con unos ahorros para fingir ante su madre que aquél era su trabajo. Daba gracias a Merlín porque ella le había creído. Claro, también había influido que James, Sirius y Remus lo hubiesen ayudado con esa "pequeña mentira", aunque el último no fue tan fácil de convencer.

Sigfrida tampoco había estado de acuerdo con lo hecho por su novio. Le había secundado sin protestar luego que él le explicase que había aceptado el trabajo de personal de mantenimiento en el Ministerio para permanecer cerca de sus amigos del colegio. Su intención había sido que ellos lo ayudasen a mantener a su mamá a salvo en tiempos de guerra, pues su familia no era tan importante como los Rosier.

Frunció el ceño frente al espejo, mientras se arreglaba la túnica, al recordar aquella conversación. «Fui sólo un jovencito inocente al pensar aquello. Ni los Rosier estaban a salvo de Voldemort por ser una familia importante, ni mamá porque dos de mis amigos sean aurores. Mis amigos… ¿Qué pasaría si se enterasen de mi traición?». Un estremecimiento sacudió su pequeño cuerpo. Les tenía casi tanto miedo como a su amo, pues los había visto luchando en las batallas. Sabía lo certeros que eran los tres, así como también que odiaban a todo aquél que practicase magia oscura.

Pero él no estaba seguro que ellos lo comprendiesen como él había comprendido a Sigfrida, cuando hablaron por primera vez luego de su primera entrevista con el Señor Oscuro mientras su novia lo curaba. Ella le había ocultado que formaba parte de los mortífagos, pero después de lo que había visto comprendía el porqué lo había hecho.

Ocultó su túnica real de trabajo en el pequeño maletín que llevaba siempre y viajó por la red flú hacia el apartamento de soltero de Sirius. Su mamá creía que él viajaba desde allí con su amigo, cuando en realidad se cambiaba rápidamente por su verdadero atuendo de trabajo para viajar por red flú al Ministerio de Magia. Un par de horas más tarde vio a James por unos minutos, alcanzando a preguntarle por la salud de Sirius. Quedó con él en ir a verlo a final de tarde, antes que su amigo saliese en carrera por la llamada de Bartemius Crouch.

Tragó saliva duramente después de aquél encuentro, sus remordimientos por traicionar a quienes siempre lo habían cuidado, acompañado y dado afecto torturándolo. Sólo pasaba información al Señor Oscuro, la mayoría de las veces sólo papeleo que lograba obtener a hurtadillas y alguno que otro plan del profesor Dumbledore. Nunca había atacado a ninguno de sus amigos ni otros magos. Tampoco había dado sus nombres, escudándose en un supuesto Pacto de Silencio para no hacerlo. Pero… Cuando los mortífagos asesinaron a Fabian y Gideon Prewett fue consciente del mal que podía llegar a generar su papel de traidor.

Tan sólo llevaba en eso desde el 13 de octubre de 1979, cuando Sigfrida lo había llevado frente a Voldemort. Dos meses después, el 22 de diciembre, acompañó a Remus y a Sirius en sus pequeñas ceremonias de compromiso en matrimonio con Jennifer y Angelica White, siendo testigo al igual que el profesor Dumbledore, Lily, James, Alice y Frank Longbottom. «No han transcurrido aún tres meses desde que la vida de mis tres mejores amigos se convirtiese en dicha y ya han pasado cinco meses desde que la mía se volvió un horror».

El hechizo que intentaba aplicar al ventanal le salió mal al no estar concentrado en lo que hacía y le tocó comenzar de nuevo. Intentó enfocar su mente en lo que hacía, mientras en su corazón la lealtad a sus amigos y el miedo a Voldemort luchaban una cruenta batalla.

Severus Snape veía con fría calma a Sigfrida Rosier llevando a cabo los últimos pasos de la compleja poción que su señor le había ordenado preparar. Era buena en Pociones. No tanto como él, pero era la segunda mejor de su generación. «Si no se hubiese enamorado del más pequeño e inútil del grupito de insufribles hubiese estado a mi nivel. Pero ella dejó parcialmente de lado su interés por el fino arte de preparar pociones».

El pensamiento sobre Peter Pettigrew trajo a su memoria lo ocurrido el día anterior, cuando había alcanzado en el pecho a su peor enemigo con la Maldición Diseccionadora. Era una de las mejores que había creado como "El Príncipe Mestizo". Oír a Sirius Black gritar de dolor, mientras caía, fue casi tan placentero como ver en los ojos de Angelica White la mezcla de angustia y rabia cuando conjuraba el escudo, para protegerlo de él y sus compañeros.

Había logrado alcanzar al engreído James Potter casi en seguida, pero en una pierna y su maldición apenas si lo había rozado. «Es una lástima. El efecto no será tan rápido y eficaz como seguramente si lo fue en el otro. Ése, a esta hora, ya debe haber muerto desangrado. Los cortes hechos con esa maldición son prácticamente imposibles de cerrar. Sólo mi amo y yo sabemos el antiguo conjuro para hacerlo».

Notó que la pálida bruja esperaba su veredicto para empezar a traspasar a viales la poción y asintió con gesto hosco, luego de examinar cuidadosamente una muestra. Recogió el maletín que ella llenó con los distintos viales con la poción y le indicó por señas que caminase frente a él.

Se dirigieron a la habitación de la mansión desde la cual partían los jefes de grupo para los viajes, todos con su respectivo disfraz de mortífago para no reconocerse los unos a los otros por órdenes de su jefe. Repartieron los viales entre ellos y salieron en silencio de la sala. No había necesidad de explicarles que debían hacer con aquella poción pues ya la habían usado antes cuando debían interrogar a alguien. Los dolores y espasmos musculares que generaba tan sólo un trago de aquél veneno habían probado ser muy efectivos para que brujas y magos les diesen información.

Snape acompañó entonces a Sigfrida hasta la chimenea en la sala, para que viajase por polvos flú a la casa que compartía con la viuda Rosier. Él viajó luego a su propia casa, después de quitarse el disfraz de mortífago. Allí lo esperaba Dorothy Spears con una cálida sonrisa y una pequeña copa de vino económico, como siempre.

Se sentó en el viejo mueble de dos puestos de la casa después que ella le quitase la capa de viaje y le agradeció con una leve sonrisa el que ella le quitase las botas y lo ayudase a ponerse cómodo. Estaba cansado. Desde que el día antes acudiese al llamado del Señor Oscuro no se había detenido ni un momento. Luego de participar tan activamente en el ataque era el encargado de la atención a los heridos, con Sigfrida como su asistente. Una vez que todos estaban en condiciones de atenderse a si mismos hasta recuperarse debió presentar su informe. Después tuvo que vigilar la conclusión de la preparación del especial veneno.

Cerró los ojos y revivió una vez más en su mente el recuerdo del momento del ataque, poco antes que su amo ordenase la retirada, en que había herido a sus dos peores enemigos desde que era niño. Se sentía extremadamente feliz. «Le he producido una muerte lenta y dolorosa a él justo frente a ella y, como bono adicional, si el otro no muere porque le amputen la pierna al menos no podrá volver a jugar Quidditch mientras dure con vida. El Señor Oscuro ha dictaminado el exterminio de los Potter al inicio de esta guerra, por lo que no le queda mucho».

Arqueó una ceja al oír canturrear a su mujer en la cocina mientras preparaba la comida. Abrió los ojos y miró en su dirección. «No sólo es guapa sino que tiene buen carácter y, lo mejor de todo, está tan locamente enamorada de mí que fue relativamente sencillo moldearla para que se comportase exactamente como yo quería. A veces me incomoda un poco su exceso de alegría y vitalidad, pero no en este momento».

Su mente volvió a la mirada de angustia que Angelica White le había dirigido a Sirius Black y algo en su interior se retorció con una espantosa mezcla de dolor y placer. Llevó de nuevo la copa de vino a sus labios y lo saboreó. Miró los ojos azules de Dorothy llenos de alegría, comparándolos con aquellos aguamarinas del día antes sin poder evitarlo.

Dejó la copa a un lado y fue hacia la cocina para acompañar a su mujer. Permitió que ella le hiciese cariños mientras se desplazaba con habilidad preparando algo apetitoso. Cualquier otro día la hubiese reñido por tanta efusividad, pero justo ahora coincidía con su deseo de celebrar así que se dejó llevar.

—Al parecer tendrás que seguir trabajando en la Maldición Diseccionadora, Snape, pues mientras todos nosotros obtuvimos excelentes resultados con ella tú fallaste totalmente —se burló Bellatrix de él el día siguiente, después de la reunión que acababa de sostener con los cabecillas de los primeros ataques a orfanatos. Al ver su expresión de incrédulo desconcierto se rió con perversa suficiencia—. Según sé de buena fuente, Sirius Black se está recuperando lenta pero firmemente en casa de su amigo James Potter. Y éste se presentó hoy a su trabajo con normalidad.

—Eso tiene que ser mentira. —siseó furioso el mortífago.

—A Potter lo vio mi informante directamente, corriendo de aquí para allá como es normal en él. También escuchó que quedaba de acuerdo con un insignificante mago del Departamento de Mantenimiento Mágico para ir a visitar a mi primito —le informó la mortífaga con satisfacción, al ver el normalmente impasible rostro del mago llenarse de rabia—. Creo que es otro compañero tuyo de estudios, Pettigrew.

—Si eso es todo, señora Lestrange, debo retirarme a preparar el ataque que he de dirigir con mi grupo según sus instrucciones. —siseó Severus controlando con dificultad la rabia que sentía le llenaba el pecho y la cabeza. Sus puños apretados.

—Pero tu ataque es el último de los primeros que se llevarán a cabo —le contrarió Bellatrix, con diversión evidente en el tono de voz—. ¿Requieren acaso tanto tiempo los de tu grupo para preparar la ejecución de algo tan sencillo?

—Tengo tres ineptos en mi grupo. —le recordó él con tono bajo y suave, falsamente sedoso. Le había costado un par de minutos, pero ya estaba de nuevo bajo control.

—Tal vez el problema sea que no reciben adecuada instrucción de tu parte, Severus —comentó ella con falsa dulzura—. Reúne tu grupo y llévalos en quince minutos a las mazmorras del lado derecho en el tercer nivel del sótano. —le ordenó con tono firme.

—En seguida. —replicó él. Asintió levemente en su dirección antes de salir rápidamente de allí. Aprovecharía el pequeño margen de tiempo que le había dado la bruja para averiguar si lo que le había dicho era cierto.

Media hora más tarde una bruja (frustrada por no comprender aún lo que su amo deseaba de ella) y un mago (furioso porque sus dos peores enemigos estaban indemnes de su mortífero ataque) arrancaban gritos de dolor tanto al grupo de muggles, que habían sido llevados allí como víctimas para las prácticas, como a los diez mortífagos novatos que entrenaban, cada vez que cometían cualquier error por mínimo que fuese.

Voldemort escuchaba aquello con una sonrisa de maligno placer. Estaba tan enojado como Snape porque alguien hubiese curado a los dos aurores. Pero él averiguaría pronto quien lo había hecho, a diferencia de su mortífago. Le arrancaría esa información a su arma secreta al día siguiente. También lo ocurrido en su última intrusión a la mansión de los Potter en Londres, casi tan inútil como la primera.

Volvió a mirar el pergamino en su mano con detenimiento. No, ya no tenía dudas. Dolohov había matado demasiado rápido a los hermanos Prewett. En su mano tenía la prueba que Albus Dumbledore estaba protegiendo uno de los objetos que él con tanto ahínco había estado buscando. Era una lástima que no pudiese usar ése para el penúltimo de sus horcruxes.

Había ya protegido adecuadamente tres de ellos meses atrás, el anillo y el relicario de Slytherin, al igual que la copa de Hufflepuff.

Pronto escogería entre sus más fieles vasallos a quien protegería el diario que escribió en su juventud, aquél que llegado su momento introduciría en Hogwarts para la limpieza del colegio. Hasta ahora su mejor candidato para ello era Lucius Malfoy, hombre influyente y con una fachada honorable. El padre lo había logrado posicionar en el Consejo Escolar. Nadie sospecharía de él, estando su esposa embarazada.

Miró de nuevo el pergamino en su mano y sonrió maléficamente. «En realidad no está fuera de mi alcance, no totalmente. James Potter se unirá a mí o morirá, eso ya está decidido. Así que esta reliquia estará en mi poder para mi último horcrux en el momento adecuado, el de mi gloria definitiva».

Frunció el ceño al pensar en los cuatro jóvenes magos que le habían enfrentado con valor, audacia y habilidad el día anterior. Le inquietaba James Potter, pero aún más su esposa Lily Potter. Si bien era cierto que Alice y Frank Longbottom también parecían tener mucha fuerza mágica, los otros dos le inquietaban más. El primero por aquél parecido tan fuerte con Alyssa, la segunda por aquellos intrigantes ojos color esmeralda que se habían atrevido a buscar en él rastros de Tom Riddle.

«Tendré que averiguar con mi arma secreta sobre ellos con mucha precisión y cautela. Pero para eso aún hay tiempo. Debo conseguir la otra reliquia y generar mi quinto horcrux mientras tanto. Un paso a la vez, con cautela y precisión, debe ser dado para la consecución de mis fines», se decidió.

«También tengo que analizar con cuidado la importante información que me revelase dos meses antes Severus Snape. Una vez que elimine la amenaza de la que fui advertido y haga mi sexto horcrux prepararé el fin de mi principal enemigo, aquél que me abrió el camino de regreso al mundo al que realmente pertenecía casi cuarenta y dos años atrás: Albus Dumbledore».