Marte y Voldemort
Resumen: Reacciones a la huida. Acuerdos inconclusos. La primer batalla con los diez Guerreros del Fénix. Reacciones luego de la batalla.
Angelica bajó a las diez y media de la noche a la cocina a buscar una taza de chocolate para luego ir a la biblioteca a leer un rato, mientras se tranquilizaba un poco y podía volver a la cama junto a su esposo. En su mente estaba clavado lo que había percibido cuando horas antes había tomado la varita de Diana en un descuido de Lily y las otras chicas… su varita. Estaba ahora totalmente segura y sin ningún margen de duda sobre el parentesco de la chica con ella, pues Humphrey había hecho su varita y la de su gemela. No sólo era inconfundible, sino que sólo podía pertenecer a alguien que llevase su sangre.
Cerró sus ojos y respiró profundamente con su mano sobre el pomo de la puerta de la cocina, intentando calmarse al menos un poco. En su mente inquieta sus pensamientos la atormentaban. «Si conecto el que la chica tenga mi varita con los recuerdos sobre el orfanato… ¿Qué tan pequeña será mi niña cuando yo muera? ¿Será acaso una nieta y no una hija mía?».
Se le crisparon las manos al recordar la forma en que la había retenido días atrás, para que no discutiese con Alastor Moody. «No puedo engañarme a mi misma. No es mi nieta, es mi hija. Una hija que con ocho años estará en un orfanato que recuerda con tristeza… un orfanato en el cual había una mujer que la obligaba a cuidar de los otros niños y a quien ha llamado asesina… que tiene en su espalda…»
Sintió que no podía respirar y sus piernas no podrían sostenerla más. Abriendo rápidamente la puerta de la cocina se precipitó a la silla más cercana junto a la pequeña mesita. Respirando agitadamente denegaba, empezando a llorar sin poder contenerse. Había hecho un esfuerzo descomunal para aparentar tranquilidad luego de descubrir lo de la varita, el cual casi se ve sobrepasado cuando la castaña les dijo que siete de los chicos tenían una indigestión. Tuvo que apelar a todo su autocontrol para dejar a su hija durmiendo en el cuarto y bajar con los otros a comer, para luego subir con su esposo a dormir… o al menos intentarlo.
Oyó la puerta abrirse y maldijo internamente la coincidencia. No tenía fuerzas para recomponerse, así que tendría que inventarle una excusa creíble para su estado a quien quiera que fuese que había entrado. Resignada abrió los ojos y vio las esmeraldas de su amiga mirarla con dulzura y comprensión, lo que la hizo llorar con más fuerza. Permitió que Lily le llevase la cabeza hacia su cintura, ya inexistente por su embarazo de cinco meses, y se abrazó a ella manteniendo los ojos cerrados.
Cuando escuchó el intento de Lily de calmarla con la nana de su raza sonrió entre sus lágrimas. Sólo la estaba tarareando, pues aún no lograba la letra. Con su voz un poco tornada por el llanto empezó a cantarla, interrumpida eventualmente por su propio llanto. Éste fue cediendo poco a poco, hasta que logró serenarse. Percibió olor a chocolate caliente y se separó un poco de su amiga abriendo los ojos extrañada. Al ver a Alice preparándolo las lágrimas afloraron a sus ojos de nuevo.
—¡Oye! A mí no me apasiona el chocolate pero también me gusta, así que no creas que es por ti que lo estoy preparando. —le dijo Alice con fingida protesta, sonriendo al ver su expresión de agradecimiento.
—Pues lunático nos ha contagiado a todos un poco su obsesión por el chocolate, así que cuenta tres tazas más a preparar. —añadió Sirius que venía entrando con James y Frank a la cocina, desplazándose de inmediato cada uno a tomar a su respectiva esposa en sus brazos.
—Mi amor, yo… —intentó Angelica, siendo silenciada por dos varoniles dedos de su esposo sobre sus labios. Sintió seguidamente un beso amoroso sobre su frente, cerrando los ojos y empezando de nuevo a sollozar sin poder evitarlo.
Sirius, con tono ronco y sin despegar sus labios, siguió la nana extraña que Lily estaba tarareando mientras se balanceaba lentamente con su esposa acunada en su pecho, sentado al lado de ella. La movió con cuidado para que apenas si se diese cuenta hasta ubicarla sobre su regazo, sonriendo internamente al sentir que le dejaba hacer. En ese momento no era la mujer fuerte y combativa que normalmente mostraba a todos, sino la dulce niña que lo había mirado con curiosidad en la mesa de Gryffindor, justo después de la selección, mientras jugaba con la punta de la cola en que tenía sujeto su cabello castaño.
Miró agradecido a Lily. La había ido a buscar luego de ver, con sus ojos apenas ligeramente abiertos, a su esposa salir del cuarto tan angustiada. Correspondió con sinceridad la sonrisa silenciosa de ella. Nunca había sabido la razón, pero desde el colegio había notado que los días alrededor de la luna llena Angelica estaba muy alterada en su sistema nervioso. También había aprendido que Lily era la que lograba calmarla. Alice y Frank se les habían unido a Lily, James y él cuando bajaban, esperando los tres hombres en el pasillo hasta que oyeron que Alice le hablaba.
Cuando la mujer rubia llevaba el chocolate a su amiga vio un sobre encima de la mesa, en el que no habían reparado hasta ahora ninguno de ellos. Al leer "Lily y James Potter", escrito con la letra del líder de los chicos, se le cayó la taza que tenía en las manos.
—¿Alice? ¿Qué te pasa, mi amor? —le preguntó Frank asustado.
Ante su falta de respuesta, la palidez de su rostro y sus ojos desorbitados mirando algo, todos siguieron la dirección de su mirada reteniendo el aliento.
—NO. —gritó Lily, viendo el sobre y los botones. Salió en seguida corriendo hacia el cuarto de los chicos, seguida de su esposo y sus cuatro amigos.
—No puede ser… Las tortas, la comida… Ellos no… —intentaba Alice negarse a la evidencia de los cuartos vacíos.
—Tampoco están las pociones, ni las bases, ni los ingredientes, ni el caldero. Se llevaron todo. —les dijo James desde la puerta de la pequeña habitación que les había habilitado para guardarlos.
—No pueden tener mucho de haberse ido. Yo apenas si he estado en el cuarto una media hora. —les dijo Angelica.
—Lily y Alice, avísenle a Albus y esperen aquí en caso que se arrepientan y decidan regresar —empezó a organizar James, levantando las manos al ver su incipiente protesta—. Sólo mientras nosotros los buscamos en los sitios a los que los seguimos sin que se dieran cuenta. Aunque creo que ya lo saben, visto los botones, pero debemos descartar. Sirius y Frank vayan al Snowdon, Angelica y yo iremos a Bristol.
—Pregúntenle a papá si los tres pequeños fénix aún están en Hogwarts. —les pidió Angelica a sus amigas, agitada, desapareciendo con su amigo luego de verlas asentir.
Quince minutos más tarde se reunían de nuevo los seis en la cocina, ahora con el director del colegio.
—Negativo. —informó concisamente Frank.
—Tampoco cerca de los leopardos. —reportó James.
—Los tres pequeños fénix están aún con Fawkes. —completó la información Albus.
Lily se resignó, tomó aire profundamente y abrió el sobre para leerlo en voz alta.
Lily, James, perdón por irnos así. No hemos querido faltar a nuestro compromiso de no huir sino hablar con ustedes para que nos dejasen marchar y que el profesor Dumbledore nos borrase los recuerdos, pero… Sé que a estas alturas ya ustedes, los Black, los Lupin, los Longbottom y el profesor Dumbledore sospechan, al igual que nosotros, que somos familiares de ustedes. Por eso también sé que no nos permitirán irnos voluntariamente y que no desconfían que les hagamos daño, ya no. He de confesar también que no tuvimos el valor de despedirnos.
No recordamos muchas cosas, pero especialmente nos aterra no recordar sobre ustedes: nuestros familiares. No sabemos si somos hijos, nietos o biznietos de ustedes, pero se supone que deberíamos saberlo. Nos asusta aún más la forma en que hemos notado han alterado sus vidas desde que llegamos a este tiempo, lo cual ya nos había hecho ver Gea pero que se hizo aún más evidente el día del cumpleaños de James.
Pero no es sólo por esto que nos hemos ido. Han pesado aún más en nuestra decisión de partir dos sucesos de esta semana: el incidente en la casa cerca de Bristol y la conversación con el señor Charlus Potter sobre los viajes en el tiempo. Esto nos ha obligado a pensar en el extraño incidente que nos obligó a venir a esta época. ¿Cómo saber si no nos obligaron a llegar con el director para hacerle daño a él o a ustedes? No tenemos respuesta a eso y no podemos permitirnos el perjudicarlos de ninguna manera.
Sabemos que cuando aún desconfiaban de nosotros nos siguieron hacia los dos refugios que conocíamos, así que tuvimos que investigar sobre otros lugares. Disculpe, profesor Dumbledore, pero le pedí a Diana que rastrease todas nuestras cosas para descubrir cómo lo habían hecho y conseguimos sus botones. No podemos permitir que nos sigan o los pondremos en peligro a ustedes o a otras personas, al alterar sucesos claves.
Fawkes puede ubicarnos pero no llevará a nadie con él, ni tampoco les dirá nuestra ubicación. Aunque sí le permitirá saber sobre nosotros, profesor. Habíamos pensado llevarnos ya con nosotros a Moony, Hera y Rea, pero Fawkes se opuso. Quiere a los tres pequeños con él al menos una semana más y le agradecemos en el alma que quiera cuidarlos.
Hemos pensado que, si están de acuerdo, podríamos continuar practicando con ustedes nuestros conocimientos de Defensa Contra las Artes Oscuras. Mañana, a final de tarde, apareceremos en el jardín de la casa para hablar con ustedes al respecto y que establezcamos, de común acuerdo, un sistema para comunicarnos.
Suponemos que nuestra partida generará problemas con sus otros amigos, pero no debemos quedarnos. Hemos pensado que el señor Moody, el señor Charlus Potter y la profesora McGonagall sepan nuestros verdaderos motivos para partir, pues saben casi tanto como ustedes. En cuanto a los demás la explicación que se nos ocurre es que, con el incidente de Bristol, ya hemos deducido la muerte de nuestros familiares y esto nos ha empujado a tomar varias decisiones.
Lily, por favor, no te vayas a alterar por lo siguiente…
Al ver que sus manos empezaban a temblar y sus esmeraldas se llenaban de lágrimas, James le quitó con suavidad la carta y continuó leyéndola mientras la abrazaba contra su costado con cariño.
… Intenta entender que si estando embarazada no puedes quedarte en casa mientras la guerra se desarrolla, nosotros menos aún nos podemos quedar sin hacer nada. Los "Guerreros del Fénix" desde mañana empezaremos a ayudarlos a combatir a Voldemort y sus seguidores. Nos reconoceréis en batallas por nuestras capas blancas con el dibujo de un fénix rojo de garras y pico dorado.
—No pueden. —se le escapó con angustia a Alice al oír a su amigo.
Hemos conseguido un lugar bastante tranquilo en el cual acampar. Si se acercasen mortífagos allí nos trasladaremos de inmediato a los dos sitios que ustedes ya conocen, o a un tercero que estamos explorando. Por favor, no nos busquen.
Si no consideran prudente que aparezcamos mañana en el jardín de su casa avísenme con Fawkes.
Si nuestra partida les genera de nuevo desconfianza y consideran necesario que el profesor Dumbledore nos borre los recuerdos lo entenderemos perfectamente y no nos ofenderemos. En ese caso Fawkes los traerá al lugar en el que estamos para que verifiquen que no los hemos traicionado, nos borran los recuerdos y nos permiten irnos al otro lugar que estamos investigando.
No tenemos palabras para agradecerles la forma en que nos han cuidado desde que llegamos al colegio de manera involuntaria. Sólo podemos ponernos a sus órdenes para ayudarlos en lo que esté dentro de nuestras posibilidades, mientras encontramos la forma de regresar a nuestro tiempo.
Marte
Angelica empuñó su varita al ver a James levantar los ojos del pergamino y se desapareció. Cuando regresase les explicaría, pero tenía que apresurarse. Debía moverse antes que su hija se diese cuenta del enlace por medio de su varita y buscase como bloquearla. Frunció el ceño al ver que aparecía en un bosque y oír a los leopardos. Guardó rápidamente la varita y adoptó su forma animaga. Como águila no sólo no alteraría el entorno, para que no la descubriesen, sino que además los ubicaría más rápido.
En sólo un par de minutos los vio saliendo de diez pequeñas carpas junto a una laguna. Si hubiese estado en su forma humana habría sonreído. El que hubiese puesto las barreras había bloqueado humanos y elfos pero no animales, por lo que como animaga le fue fácil llegar con ellos. Desde donde estaba los veía y oía pero no con claridad, sin embargo no sabía si sería prudente acercarse más. Dudó un par de minutos pero su curiosidad al verlos sin sus pasamontañas fue más poderosa que su cautela y voló hacia el árbol más cercano a su campamento.
Ahora si los veía y oía perfectamente. Marte era sencillamente idéntico a James con los ojos de Lily. Neptuno era una versión masculina de Alice con el color de ojos y pelo de Frank. Electra era la versión femenina de Remus y Diana, su hija, era ver una mezcla de ella y Sirius, aunque predominaban los rasgos de su esposo. Se le desgarraba el alma de dolor al verlos y oírlos llorando. Le agradecía en su corazón de madre al pelirrojo la forma en que estaba arrullando a su pequeña, intentando calmarla.
Los vio tranquilizarse poco a poco mientras decidía qué hacer. Si iba a casa y decía lo descubierto los demás irían allí con ella, los chicos se asustarían y se alejarían de nuevo, buscando la forma en que los habían rastreado para bloquearlos. Se habían instalado relativamente cerca de los leopardos y, por lo que entendía del día que su esposo y sus amigos los siguieron allí, los chicos estarían relativamente seguros.
Los detalló y supo porqué no habían querido quitarse los pasamontañas y porqué su papá había confiado en ellos desde el primer momento. Cuando la menuda pelirroja se unió al canto del hermano entendió que estaban tranquilizando a su hija, su sobrina y sus dos sobrinos por afecto para que se durmiesen. Esto trajo de nuevo a su memoria el orfanato y la tristeza que habían notado en las miradas de todos, además de lo que su hermana le había oído decir a la castaña durante su delirio por la fiebre.
Preocupada, su mente empezó de nuevo con el proceso que tenía antes de que descubrieran la huida. «¿Habrán muerto también Jennifer, Sirius, Remus, Lily, James, Alice y Frank siendo mi niña pequeña? Esa es la única explicación que se me ocurre para que mi hija y mi sobrina fuesen a dar a un orfanato. ¿Por qué tengo la impresión que Marte y Neptuno no estuvieron allí con Diana y Electra? No me cuadra tampoco lo que dijo en delirios el hijo de Lily, advirtiendo a mi esposo de una trampa en la que estaba involucrada Bellatrix. ¿Con cuántos años habrá perdido Gea a sus padres? ¿Serán los pelirrojos hijos de la hermana de Fabian y Gideon?».
Vio a los chicos acomodarse con los cuatro más tristes, ya dormidos, sobre una extraña manta que parecía hecha de pieles de unicornio y decidió que era tiempo de volver a Deercourage. Desplegó sus alas y pasó volando sobre ellos en silencio, a suficiente distancia para no asustarlos, verificando que no había peligros inminentes cerca. Salió hasta el perímetro de las barreras de los chicos y añadió un escudo a medio metro de distancia que le advirtiese a ella si algún animago o animal intentaba atravesarla para acercarse a ellos.
Miró la luna llena y suspiró, arrastrándola de nuevo su angustia en un torrente de pensamientos. «Posiblemente Remus no morirá, pero no lo dejarían cuidar de los niños. Puede ser también que Jennifer y mis amigos no muriesen pero algo o alguien les impidiesen cuidar de mi hija y mi sobrina. Tal vez lo que ocasiona la tristeza de los otros chicos». Cerró los ojos. No sabía qué decirles a su esposo y sus amigos, tampoco qué hacer. Abrió de nuevo sus párpados y se sentó bajo el roble cercano, sumergiéndose de nuevo en sus pensamientos.
«Diana habló de un orfanato muggle, pero entonces… ¿Cómo es que tiene mi varita? ¿Quién la ha estado entrenando como Cundáwan? ¿Por qué está más entrenada que la prima en algunas cosas? ¿Estarían con mis hermanos mayores y mis cuñados en su época, justo antes de venir a dar aquí? Mi hija dijo que creía recordar a unos tíos. ¿Se refería a ellos? La forma de moverse y combatir Diana se parece demasiado a la de Wymond, mientras la de Electra se parece mucho a la de Humphrey. Además que mi sobrina parece haberse entrenado en sanación con Eloise.»
Se le vino a la mente el rostro de su suegra cuando había, por última vez, intentado someter al que ahora era su esposo. Sintió que la sangre le hervía. «Esa es otra terrible posibilidad, que Walburga haya conseguido quitarnos a mi hija y mi sobrina siendo muy pequeñas. Tal vez habríamos tardado meses, o incluso años, en recuperarlas pero que las consiguiéramos». Miró su varita y suspiró. Si había dado su vida para que su hija y su sobrina volviesen a estar a salvo con su hermana y los otros no le importaba.
«Mi hermana… La varita de mi sobrina es muy parecida a la de mi hermana. Será también…» Denegó con fervor. No podía siquiera dar cabida al pensamiento. «Sólo Jennifer puede saber si la varita de Electra es en realidad la suya. Pero yo no le voy a decir lo que he descubierto con la de Diana, para no darle ideas sobre comprobar la de mi sobrina. Ya es suficiente con que yo cargue la angustia de saber que en algún momento dejaré a mi hija sin mi cariño y protección. ¿Será eso irreversible, o algún cambio en mis decisiones alterará el que la deje huérfana? Debe ser alguna decisión mía la que provoque mi muerte, según entendí de lo que me contó Jennifer que se le escapó mientras deliraba. ¿A qué se habrá referido con que Sirius era inocente?»
—¡Por Merlín! Voy a enloquecer —musitó abrazándose, empezando nuevamente a sollozar sin poder evitarlo—. Remus, algún día te contaré porqué yo le tengo a la luna llena casi tanto miedo como tú —murmuró mientras se balanceaba adelante y atrás, cerrando sus ojos con fuerza y concentrándose en el recuerdo de los ojos de Lily—. No puedo controlarme así, necesito de su ayuda. Les diré que los encontré y lo que vi de lejos, planeando sobre el escudo que tienen puesto, así no se empeñarán en venir. —decidió y desapareció hacia la casa.
—¿Dónde fuiste? —le preguntó asustadísimo Sirius, estrechándola entre sus brazos apenas la vio aparecer.
—Los encontré. Están en Bristol, cerca del lugar de las cavernas y los leopardos. —le respondió aferrándose a él.
—¿Qué? —preguntó Alice.
—¿Están bien? —quiso saber Lily.
—¿Dónde exactamente? —interrogó Frank.
—¿Cómo los ubicaste? —le preguntó Sirius.
—Llévanos allá. —le indicó James.
—Los ubiqué por medio de la varita de Diana. Le puse un rastreo especial hace unas horas, pero no tuve oportunidad de hacerlo con las otras —empezó a responder en cuanto todos guardaron silencio. Miró las esmeraldas de su amiga mientras hablaba, pidiéndole en silencio que la ayudase—. Pusieron algunas barreras que impiden acercarse, pero pude sobrevolarlas en mi forma animaga. La aprendí con el señor Raymond poco antes de regresar aquí, después del grado —mintió para cubrirse y a los otros con su papá. Agradeció con una pequeña sonrisa la ayuda que su amiga le estaba dando para calmarse, a pesar de su propia angustia—. Como águila pude volar sobre ellos, verlos de lejos y oírlos un poco.
»Estaban llorando y dándose apoyo entre ellos. Me quedé mientras se tranquilizaron, especialmente Diana, Electra, Neptuno y Marte que eran los más deprimidos. Los otros los estaban calmando y lograron que se durmiesen. —Tomó aire profundamente y se decidió a responder la pregunta muda que le hacían su esposo y sus amigos.
Albus tragó saliva al saber lo siguiente que diría su hija. Era simplemente inevitable. Además le parecía injusto pedirle que les negase la información a los otros, así que guardó silencio. Si no la había seguido cuando desapareció fue porque sospechó que sabía cómo ubicarlos y que justo un día de luna llena no debía oponerse a que fuese tras ellos. No sabía porqué la afectaban tanto esos días. Raginmund le había pedido que esperase a que ella se sincerase con él y que mientras así no fuese cuidase que estuviese tranquila en esas fechas. Le preocupaba mucho que los chicos se hubiesen ido justo una noche como esa.
—Marte es idéntico a ti, James. Sólo se diferenciarían el uno al lado del otro por los ojos —les dijo Angelica a sus amigos, sonriendo al ver que se abrazaban y él sonreía con orgullo mientras Lily empezaba a sollozar con una mezcla de dicha y tristeza—. Neptuno tiene tus facciones, Alice —siguió mirando a su amiga rubia, que se aferró de inmediato a su esposo y se le escaparon las lágrimas—. Electra es una versión femenina de Remus y Diana es muy parecida a ti, mi amor. Sólo heredará de mí algunos rasgos. —finalizó mirando a su esposo y acariciándole con cariño el rostro, feliz al ver en sus ojos brillar por un instante la dicha, escapándosele de nuevo las lágrimas cuando vio que se llenaban de angustia.
—Llévanos con ellos. Tenemos que traerlos de regreso. Pueden ir mortífagos por allí y hacerles daño. —le pidió de inmediato Sirius.
—Espera hermano —lo atajó rápido James—. No deben saber que Angelica logró ubicarlos ni mucho menos sentirse presionados. Ya la oíste, están deprimidos. Si nos aparecemos allí, forzamos sus barreras y llegamos hasta ellos, lo más probable es que se asusten mucho y se vayan al sitio que aún no han explorado bien, bloqueando la varita de Diana o dejándola allí si no logra quitarle el rastreador. No debemos presionarlos justo ahora.
—Pero… —intentó protestar Frank.
—No he dicho que no vayamos y revisemos sus protecciones —lo interrumpió James decidido—. Incluso podemos establecer un cinturón de seguridad alrededor del sitio en el que están ubicados si vemos que hace falta. Lo que estoy diciendo es que les demos un mínimo de espacio para que no piensen que desconfiamos de ellos y para que tengan oportunidad de serenarse un poco. No debemos ponerlos nerviosos al extremo que sufran una recaída si aún no se han recuperado en ese sentido, o que Diana tenga una crisis respiratoria.
—Tienes razón. —admitió Frank.
—En la carta dice que vendrán mañana en la tarde. Tal vez podremos convencerlos entonces de regresar aquí, o de llevarlos a un sitio seguro. —planteó Lily al notar que tanto Alice como Sirius dudaban.
—Está bien. —cedió la mujer rubia.
—Pero esta noche a descampado le puede hacer mucho daño a Diana. —protestó Sirius.
—Los otros la están cuidando y cobijando. Estoy segura que si la ven mal la traen. —le dijo con suavidad Angelica, acariciándole la mejilla.
Sirius hubiese protestado de nuevo si no hubiese visto en los ojos de su esposa aquél brillo maternal matizado de tristeza y angustia. Recordó lo que le había impulsado a buscar a Lily antes. «Por alguna extraña razón las noches de luna llena tampoco son buenas para ella, como no lo son para Remus». Se tragó sus propias inquietudes, asintiendo.
—Vamos. —afirmó Angelica con una sonrisa, convirtiendo un paño de cocina en un trasladador para que llegasen al lugar todos.
Luego de aparecer y oír a los leopardos hacia su derecha, calculaban que a un poco más de doscientos metros, se desplazaron hacia el lugar que les señalaba Angelica. Analizaron rápidamente el escudo puesto por su amiga y asintieron, atravesándolo para investigar el siguiente. Absortos en esto no se dieron que el director no estaba ya con ellos.
Albus adoptó su forma animaga y sobrevoló como águila real el lugar, haciendo círculos sobre las protecciones. Las atravesó con suavidad y siguió revisando, rápida y minuciosamente, el espacio en el que estaban los chicos. Se acercó al lugar en el que estaban casi sin mover sus alas, aprovechando las corrientes de aire para desplazarse. Los observó dormir a los diez casi tranquilos, aunque los gemelos, la menuda pelirroja y la rubia se movieron levemente, examinaron a sus parejas y volvieron a dormitar.
Estaba un poco más tranquilo en cuanto a ellos, pero le preocupaba la situación con los padres. Los chicos estarían seguros esa noche allí y la situación hasta ahora estaba bajo control. Pero en cuanto saliese el sol Jennifer y Remus se enterarían de lo ocurrido y los dos pasarían de ser los más tranquilos a los más alterados del grupo. La situación en la tarde en Deercourage iba a ser muy tensa en cuanto los chicos apareciesen allí. Era una suerte que en el colegio no hubiesen clases por las vacaciones de Pascua, así podría centrarse en este problema con más serenidad.
Cuando regresó junto a su hija y sus cinco ex alumnos, recuperando su forma humana frente a ellos, sonrió ante sus expresiones de sorpresa. Hasta ahora ellos no habían sabido que él era animago y adoptaba la forma de un águila real. El único que lo sabía era Wymond, además de su maestro y amigo Raginmund. Sus hijas seguramente sospechaban que era animago, por el Entrenamiento Cundáwan, pero no lo sabían con certeza.
—Los chicos están bien, dormitando Venus, Leto, Mercurio y Júpiter que están pendientes de Marte, Neptuno, Electra y Diana. —les dijo acercándoseles.
—Las barreras que pusieron son buenas. —afirmó Frank.
—Si están a una distancia segura de ellas tendrán oportunidad de irse, si alguien llegase a descubrirlas e intenta franquearlas. —añadió James mirando interrogante a los dos que los habían visto.
—Están a unos cincuenta metros de aquí en esa dirección. —les señaló ella, suponiendo que su padre no respondería. Se sorprendió al verlo asentir, confirmando la información.
—Les aconsejo que vayan a casa a descansar un poco. En unas horas habrá que decirles a Jennifer y Remus lo ocurrido. —les recordó Albus mientras miraba a su hija rebelde con preocupación. «Tengo que hablar con Raginmund sobre el mal estado en que veo a Angelica. No sé qué es exactamente lo que le pasa, pero sé que él la ayuda cuando está así».
Sirius se mordió una vez más la lengua para no decirles que él se quedaba allí hasta que pudiese arrastrar a su hija a Deercourage o a Maidstone, un lugar en el que estuviese sana y salva. Pero el estado en que veía a su esposa, y en el que sabía se pondría su amigo licántropo cuando se enterase de la huida de los chicos, lo obligaba a contenerse.
Regresaron a la cocina de Deercourage y tomaron, con pocas ganas, el chocolate que Lily volvió a calentar con su varita. Subieron luego a acostarse para descansar un poco sus cuerpos, porque dormir era imposible y lo sabían. Sin embargo no hubo conversaciones en los cuartos. Cada uno de ellos estaba sumergido en sus propias deducciones, planteamientos, dudas y temores sobre el destino que había ante ellos. Uno que llegaba a formar a los chicos que, ahora sabían, eran sus hijos y amigos de éstos.
Apenas llegar con su esposa a Deercourage percibió el cambio en la casa. No le había costado mucho convencer a Jennifer de volver casi de inmediato porque ella también estaba preocupada. Electra no había estado tan mal como el mes anterior, pero era evidente que tampoco estaba bien, que la afectaba de alguna manera la cercanía de la luna llena. «Además… los chicos han estado muy extraños desde el incidente en la casa cerca de Bristol. Peor aún desde que regresaron de Kent con el papá de James».
—¿Dónde están los chicos? —preguntó Remus apenas vio abrirse la puerta de la sala. Sus sentidos agudizados por la reciente transformación le decían que no estaban en la casa. Además el "comité de bienvenida" traducía sólo una cosa: problema grave.
—¿Por qué están así? —preguntó Jennifer asustada por las caras de sus amigos, que evidentemente no habían dormido. Eso y la certeza de su esposo que los chicos no estaban en la casa dispararon sus alarmas.
—Vamos a tu cuarto para que… —intentó convencer James a su amigo, avanzando hacia él con Sirius.
—¿Dónde? —rugió Remus.
—En Bristol. Se fueron anoche de la casa. —resumió Sirius.
—No, no pueden… —empezó a denegar Jennifer, girándose hacia su esposo para llorar, tambaleándose los dos al perder él las pocas fuerzas que tenía.
James le señaló a su hermano por afecto el sillón más cercano, mientras lo miraba con reproche y sostenían entre los dos a su amigo. Frank se apresuró a separar a Jennifer de Remus, para que ellos lo ubicasen allí y luego sentarla al lado.
—Tranquilos, están bien —les aclaró James apenas vio a sus dos amigos sentados—. Tenían poco tiempo de haberse ido cuando nos dimos cuenta. No están exactamente junto a los leopardos. Dejaron una carta junto a los botones de Albus. Los pudimos encontrar porque Angelica había podido ayer, a final de tarde, ponerle un rastreador a la varita de Diana.
—Pero no es seguro estar allí afuera con los mortífagos. —protestó Remus de inmediato mientras Jennifer clavaba sus ojos en los de su gemela y empezaba a comunicarse con ella mentalmente.
"¿Un rastreador en su varita o descubriste que es la tuya?"
"¿Cómo sab…? ¿La de Electra es…?"
"La varita de Electra es mi varita. ¿Es la de Diana la tuya?"
"Sí. ¿Desde cuándo sabes que la varita de Electra es tu varita?"
"Desde la madrugada que deliraron por la fiebre tan alta. Justo después de quedarse los diez dormidos fingí acomodarla en la mesa de noche para confirmar mis sospechas. No me había atrevido a hacerlo hasta ese momento, pero con lo que se les escapó en delirios… Tenía que saberlo."
"¿Por qué no me dijiste?"
"Por la misma razón que tú no me lo querías decir."
—Descríbeles a los chicos, mi amor. Ellos también tienen que saber. —le insistió Sirius a su esposa acariciándole la mejilla, sacándola sin saberlo de su charla mental.
Angelica tomó aire profundamente para serenarse mientras asentía. Aunque su proceso con la luna llena ya había terminado, al igual que el de Remus, lo que acababa de saber era otro golpe para su ánimo. Entendió que su esposo y sus amigos les habían estado contando lo ocurrido la noche antes a su hermana y su cuñado, sólo que su gemela no los oyó por hablar mentalmente con ella.
—Cuando Lily y James terminaron de leer la carta que dejó Marte, Sirius y Frank verificaron que no estaban en la cueva del Snowdon mientras James y yo confirmamos que no estaban cerca de los leopardos. Al reunirnos de nuevo e intercambiar esa información desaparecí de inmediato, para usar el rastreador en la varita de Diana antes que se diese cuenta y lo bloquease. Entonces… —les siguió contando lo visto la noche anterior, esta vez con lujo de detalles, describiendo no sólo a los cuatro hijos de los presentes sino también a sus acompañantes.
Jennifer le agradeció de corazón el conciso y rápido resumen que le dio sobre lo hablado por sus amigos mientras estaban distraídas. Bebió cada palabra sobre la descripción de los chicos, abrazándose ella y su esposo al oír la descripción de la chica que era hija o nieta de ellos. No creía que su parentesco fuese más lejano que eso.
James les contó como fueron luego a verificar las protecciones que tenían puestas los chicos alrededor de ellos. También la razón por la que no habían intentado penetrarlas para llegar a ellos en ese momento. Terminó con la verificación hecha por el director sobre la seguridad y el estado de los chicos.
—¿Por qué no se acercaron a ellos como animagos luego que Angelica lo hiciese? —preguntó intrigado Remus. En ese momento, por su hija o nieta, le importaba menos que una semilla de girasol que el director se enterase de lo hecho por él y sus amigos en Hogwarts.
—Estoy casi seguro que saben que somos animagos desde el mes pasado, si no lo recuerdan de su época. No quise que reforzasen sus barreras en ese sentido si no logramos convencerlos hoy de regresar a la casa. —le respondió James con sinceridad, suspirando al oír gruñir a Sirius. Sabía que la noche antes sólo se había contenido por Angelica.
—Vamos al cuarto para que descanses un poco, Remus —le pidió Angelica a su cuñado, mirando con preocupación una herida que se había hecho en su encierro la noche antes—. Tienes que recuperarte para la llegada de los chicos. —le insistió al verlo denegar.
—Olvídalo. Ahora mismo voy a ese bosque a buscarlos y traerlos. —replicó él, intentando levantarse.
—Nada de eso —lo retuvo James—. Tú no eres animago sino licántropo, no puedes transformarte a voluntad para atravesar sus barreras —le recordó. El gruñido y la dorada furia en los ojos de su amigo le hicieron comprender cuan cerca estaba el lobo de la superficie—. No es bueno para ellos que les lleguemos en nuestras formas humanas, amigo, estaban muy deprimidos por lo que nos dijeron Angelica y Albus. —le dijo con tono suave mientras lo miraba directo a los ojos. Notó que el lobo lo evaluaba con sus instintos y se relajó al máximo para no despertar al depredador.
»Si llegamos a ellos podrían tener una recaída nuevamente. Eso es particularmente peligroso si no logramos traerlos con nosotros y desaparecen hacia un sitio que, aparentemente, aún no exploran bien. —finalizó sacando de su bolsillo la carta de quien estaba casi seguro era su hijo y entregándosela, con movimientos cuidadosos pero no lentos para no avivar la ansiedad en su amigo. Si eso llegaba a ocurrir Remus perdería el control sobre su lado lobuno.
Jennifer se la arrancó de las manos a su esposo y la abrió, leyéndola los dos con avidez, frunciendo el ceño al terminar de leerla.
—Cuando estén aquí les hacemos creer que accedemos a su partida siempre y cuando vengan todos los días. Celebramos el cumpleaños de Mercurio y Júpiter con ellos para destensarlos un poco, dándoles a beber poción para dormir sin soñar en el jugo. Luego les quitamos las varitas y los encerramos mágicamente en la casa de alguna manera. —les planteó Remus a sus amigos.
—En Diana no tendrá efecto la poción. —denegó Sirius.
—Pero yo la dormiré con el hechizo. —intervino rápidamente Angelica al oír gruñir a su cuñado.
—Vamos arriba a que descanses, amigo. Te necesitaremos en buenas condiciones en la tarde para que nos ayudes con ellos. —le pidió Lily a Remus con dulzura, sonriendo al verlo asentir.
Jennifer y Remus accedieron con un poco de reticencia a la petición de su amiga pelirroja y tomaron poción tranquilizante además de la de dormir sin soñar.
—De no ser por lo ocurrido con los chicos me arrepentiría de no haber acompañado a Remus anoche. —comentó James preocupado cuando salieron del cuarto en que dormían los Lupin.
—Investiguemos en la biblioteca si existe alguna forma de retenerlos aquí como sugirió. —planteó Alice.
En ese momento Albus debía estar reunido en el colegio con Minerva McGonagall, Alastor Moody y Charlus Potter hablando sobre la huida de los chicos, por lo que confiaban que el segundo los cubriría en el Ministerio.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
Harry abrió lentamente sus párpados. Se sentía como si le pesaran toneladas. Al ver frente a sus ojos el rostro lleno de pecas que tanto amaba sonrió con cariño y agradecimiento. Extendió su mano derecha y le acarició la mejilla a su adorada pelirroja, disfrutando el poder verla sin sus lentes y sin los pasamontañas. Sentía una terrible opresión en su pecho que le recordaba claramente dónde estaba, con quiénes y por qué.
—Debiste dormir un poco más. —le dijo con voz suave y ronca, al ver los pequeños trazos de ojeras.
—¡Así no!
—Pues entonces hazlo tú.
Escuchó protestar a sus dos mejores amigos y sonrió.
—Ahora ya sabes porqué no pudo ser. —le susurró Ginny con una sonrisa pícara, guiñándole un ojo y bajando su rostro hacia él para darle un beso.
—¡La dejaste ir! —escucharon que chillaba Hermione, riéndose sin poder evitarlo. Abrazándose se empezaron a hacer una idea de lo que les esperaba mientras podían volver a su época.
—A tu derecha. —le advirtió Fred a su hermano menor.
Ginny y Harry se incorporaron para ver el espectáculo, conteniendo con dificultad la risa ante la visión de Hermione, Ron, Fred y George intentando capturar una liebre sin usar magia. Jessica, Angela, Luna y Neville también los observaban divertidos desde sus posiciones, reteniendo los dos últimos la otra liebre que habían capturado.
—¿Por qué no podemos simplemente desmayarla? —protestó Ron una vez más, en cuanto se le escapó de las manos de nuevo.
—Porque las chicas aún no despiertan. El Ministerio detectaría la magia de cuatro menores de edad si alguna de ellas hace algo al sobresaltarse por nuestra culpa, ya que anoche no pusimos la protección debida en ese sentido. —le replicó Hermione con fastidio.
—Pues yo las veo bien despiertas y riéndose de nosotros. —le señaló su novio.
—Y les recuerdo que la semana pasada comprobamos con el hechizo, por la antigua ley, que ya soy biológicamente mayor de edad. —les recordó Luna.
—Vale. —aceptó la castaña, sonriendo al ver como su novio de inmediato desmayaba a la escurridiza liebre.
—Así que burlándote de mí. —se aproximó Fred a su novia con un brillo pícaro en la mirada. Empezó a correr tras ella en cuanto la vio abrir mucho los ojos e incorporarse. La alcanzó poco después y la atrapó entre sus brazos, mientras le hacía cosquillas.
George había sido más rápido que él y ya tenía riéndose a su novia cuando su gemelo alcanzó a su cuñada. Tenía mucho cuidado para que su respiración no se viese afectada, dándole pequeñas pausas para que recuperase el aire.
—¿Es necesario eso? —preguntó Ron. Miraba con asco como su novia le empezaba a quitar el cuero al animal con su varita, luego que lo obligó a quebrarle el cuello al inconsciente animal.
—¿Te la quieres comer con todo? —le preguntó Hermione con la voz un poco aguda, que tampoco le gustaba lo que estaba haciendo.
—No, pero… —intentó replicar el novio, pero se detuvo con expresión de asco.
—Espera Gea —le pidió Angela, sonriéndole a su novio al ver que la ayudaba a incorporarse—. Vengan todos. Les enseñaré cómo hacerlo más fácil.
Media hora más tarde Jessica y ella les habían enseñado a hacer unos hechizos para preparar las liebres. También para cocinar unas patatas silvestres que consiguieron cerca, luego de enseñarles Neville a identificarlas.
El preparar el almuerzo y darse un baño en la laguna, antes de comer, los distrajo. Luego descansaron un poco al terminar de comer para reunir ánimos y fuerzas, antes de sentarse a coordinar la reunión con quienes estarían en Deercourage y viajar allí.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
—Han logrado cazar un par de liebres y preparar un almuerzo. —llegó a contarles Angelica a los otros, riéndose al recordar lo visto en su forma animaga.
Empezó a contárselos con detalle ante la muda interrogante de todos por su risa, mientras los elfos empezaban a servirles la comida.
El oír las protestas entre dientes de los elfos ante lo que estaban escuchando hizo sonreír a Jennifer, comprendiendo que pensaban que al menos uno de ellos debería estar atendiendo a "los jóvenes amos".
—Conseguimos algo para retener a las menores de edad, pero no a los adultos. —les contó James.
—Ellos no se irán sin ellas. —gruñó Remus.
—Son unos irresponsables al irse sin estar bien de salud. —comentó malhumorada Jennifer.
«Normalmente son los dos más tranquilos de nuestro grupo, pero en este momento son los más alterados», pensaron de inmediato sus acompañantes al oírlos. Era evidente que a los dos les molestaba que hubiesen aprovechado su ausencia para escaparse.
Ya los otros siete habían ido a verlos con su amiga, seis de ellos en su forma animaga y el licántropo como lobo gracias a un hechizo de Angelica. Cuando llegaron al bosque a verlos ocho de los chicos aún dormían mientras la castaña y el pelirrojo más alto los examinaban. Tuvieron que retroceder rápidamente y salir del perímetro cuando los vieron movilizarse para revisar las barreras, según pudieron oír. James y Frank habían tenido que sacar casi a la fuerza a Remus, mientras Alice lo hacía con Jennifer y Lily con Sirius, con Angelica distrayendo levemente a los chicos provocando ruidos alrededor de ellos.
Cuando a Deercourage llegaron Minerva, Albus, Alastor y Charlus, luego de la hora del almuerzo, les contaron lo que tenían pensado para retenerlos. Los tres últimos sospechaban que los chicos no serían tan fáciles de atrapar.
A las cinco de la tarde los doce vieron aparecer a los diez jóvenes en el jardín. Los Lupin entrecerraron los ojos ante las miradas de disculpa que les dirigían desde sus rostros cubiertos por pasamontañas.
—Buenas tardes. —se decidió Harry a romper el silencio, avanzando lentamente hacia ellos. Sus esmeraldas viajaban rápidamente sobre los rostros de sus padres, tíos, abuelo, subdirectora, auror y director. Los reproches en sus miradas lo ponían muy nervioso.
—Serían mejores si no hubiesen hecho la tontería de irse de aquí, aprovechando que mi esposa y yo no estábamos. —replicó el licántropo enojado.
Lily de inmediato lo sujetó por el brazo para que se contuviese.
—Perdona, Remus, pero no fue ése el motivo para que nos fuésemos anoche —respondió Harry con tono respetuoso—. Aunque Jennifer y tú hubiesen estado aquí, igual nos hubiésemos ido anoche —afirmó con seguridad, suspirando al ver a todos los que estaban frente a él denegar. Sabía que esa reunión no sería fácil, pero eso no la hacía menos tensa o incómoda—. Ya los diez hemos recuperado casi totalmente la salud y…
—Tú lo has dicho, no están recuperados totalmente. El irse ha sido una absoluta irresponsabilidad. —lo interrumpió enojada la enfermera y estudiante de los últimos años en medimagia.
Alice retuvo a su amiga por el brazo para recordarle que debía contenerse.
—No debíamos quedarnos más tiempo, Jennifer —le respondió Harry con tono suave—. Sin embargo agradeceremos si nos quieres examinar ahora y cuantas veces nos podamos reunir de nuevo, para que evalúes nuestros avances.
—Les dije desde que llegaron al colegio que estaban bajo mi protección y responsabilidad —intervino serio el director—. Se habían comprometido conmigo en no huir de aquí sin hablarlo con Lily, con James y conmigo antes —les recordó. Levantó la mano derecha para detener la réplica del que estaba seguro algún día sería su alumno—. Como bien dices en tu carta, ya sospechamos que son parientes nuestros. La angustia que nos generaron anoche con su desaparición, en tiempos de guerra, es inexcusable.
Los diez chicos tragaron saliva y bajaron durante un momento la cabeza.
—Perdón, no fue nuestra intención preocuparlos. Debimos avisarles que estábamos bien y en un lugar seguro, pero nos tomó algún tiempo ajustarnos a nuestra nueva situación. —se disculpó Harry sinceramente.
—Entendemos sus temores luego del planteamiento que en mala hora les hice el otro día, pero no es seguro para ustedes el estar ahí fuera en plena guerra —intervino Charlus con sus ojos avellana tras sus gafas redondas clavados en el que, ahora sospechaba, era su nieto—. Olviden lo que dije y vuelvan a la casa, chicos. Todo estará bien porque ustedes son muy maduros y no alterarán nada.
Harry suspiró al oírlo y denegó.
—No es su culpa que nos fuésemos, señor Potter. Simplemente había llegado el momento de hacer lo que debíamos. —le respondió con madurez.
—El lugar al que hemos ido es tan seguro como puede serlo esta casa en tiempos de guerra. —intervino Hermione, que había avanzado con los otros hasta ubicarse al lado de su mejor amigo.
—Tenemos además ubicados otros dos lugares, como ya saben. —agregó Ron.
—Y algunos felinos amigos nuestros nos cuidan mientras descansamos, en previsión que los diez nos quedemos dormidos. —añadió Ginny.
—Eso no es cierto. Ustedes no estaban anoche con los leopardos. —replicó Sirius.
Lily, Alice, Frank y James temieron que la impetuosidad de su amigo delatase que los habían ubicado. Angelica apretó la mano de su esposo con fuerza, calmándose al ver que no decía nada más.
—No exactamente junto a ellos pero sí cerca. Manchita nos cuidó anoche mientras dormíamos, con ayuda de su familia. —le respondió Angela.
Los doce que querían que volviesen a la casa comprendieron en ese momento porqué las barreras de los chicos no bloqueaban el ingreso de animales.
Albus le preguntó mentalmente a su hija si había visto a alguno de los felinos. Contuvo con dificultad una sonrisa al ella responderle que había visto a una panterita negra olisqueando la base del árbol en que ella se había posado a observarlos, pero que aturdida con lo ocurrido no la había relacionado con el cachorrito curado por la chica.
Los ocho que habían ido al bosque esa mañana comprendieron porqué el cachorro de pantera negra y los otros felinos les habían estado dificultando el acceso a los chicos, no atacándolos pero amenazándolos con ferocidad.
—Los leopardos no pueden evitar que los mortífagos los lastimen. —gruñó Remus.
—No. Hemos puesto barreras alrededor del lugar en que nos estamos quedando. Si llegase a sobrepasarlas alguno de ellos mientras dormimos nuestros amigos nos despertarán y nos pondremos a salvo. —aclaró Harry.
—Ya los lastimaron seriamente una vez. —les recordó Minerva McGonagall con el tono y el gesto de reprimenda que le conocían muy bien.
—A Sirius y a James también y son aurores. —respondió Harry con tono respetuoso.
—Cuatro de ustedes son menores de edad. —gruñó Alastor Moody.
—Ya soy biológicamente mayor de edad. —le refutó Luna luego de hacer flotar un matero cercano para que notasen que podía hacer magia fuera de la casa, que el profesor Dumbledore tenía protegida, sin disparar alarmas en el Ministerio de Magia porque un menor de edad hiciese magia en un lugar rodeado de muggles.
—Pero Diana, Electra y Venus aún no lo son. —insistió Frank.
—Los demás nos hemos hecho responsables ante la magia de ellas. —respondió Harry luego de ver la expresión decidida del director.
—¿Cómo supieron que eran familiares consanguíneos si no recuerdan nada? —inquirió la subdirectora.
—No lo sabíamos, profesora McGonagall —le respondió respetuosa Hermione—. Lo averiguamos con el hechizo que encontramos en la biblioteca de los señores Potter. Queríamos evitar que el profesor Dumbledore se viese obligado, por nuestra decisión, a aplicar la antigua ley de la que nos habló.
En ese momento doce pares de ojos miraron con evidente disgusto a la castaña, que tragó saliva al notarlo.
—La decisión de irnos fue unánime. —aclaró Angela al notarlo.
—Y es irrevocable. —añadió con firmeza Harry.
—Vendrán todas las tardes a practicar con Alice y Lily, esperando hasta que los demás lleguemos, y se reportarán todas las mañanas a la hora del desayuno para saber que están bien. ¿De acuerdo? —planteó James luego de un par de minutos de tenso silencio, sorprendiendo a sus acompañantes. Eso no era lo planeado.
—Y ustedes no harán ningún intento por retener en contra de nuestra voluntad a ninguno de nosotros, ni por buscarnos —completó Harry—. Tenemos un acuerdo. —afirmó al ver a su padre asentir.
—¿Qué? Pero… —empezaron a protestar a coro las Protectoras.
—Desde ayer dejaron todo preparado para los cumpleaños de Mercurio y Júpiter —las interrumpió James con firmeza—. Vamos adentro a celebrarlo.
—Supongo que en respeto a nuestro acuerdo cambiarán el jugo de calabaza por uno nuevo. —planteó Harry mirando significativamente a su padre.
—Las tortas y la comida no tienen nada. Creo que cambiaremos el jugo de calabaza por cerveza de mantequilla. —respondió James con una sonrisa llena de orgullo.
Sus tres amigos se giraron a mirarlo con los ojos muy abiertos, tan asombrados como las cuatro mujeres. Charlus asintió en dirección a su hijo, mientras Minerva y Alastor murmuraban su desaprobación. Albus sonrió ante el evidente entendimiento entre los dos muy listos Potter.
Los nueve acompañantes del joven de ojos esmeraldas observaron y oyeron con incredulidad el intercambio entre padre e hijo, así como las reacciones de los demás, mordiéndose la lengua para no decir ni demostrar nada. «¿Cómo ha sabido Harry lo que tramaban?». No creían que hubiese usado el don de Percibir los Pensamientos cuando ya sabían que eso los debilitaba, no siendo ése un buen momento para enfermarse o debilitarse en manera alguna.
Entraron tras Harry a la casa y se sentaron a la mesa del comedor, como les indicó James. Éste fue sacado de allí a rastras por una furiosa pelirroja, con esmeraldas centelleantes, un par de minutos después.
—Pobre James. —murmuró Ron.
—Antes de la celebración van a permitir que yo los examine. —gruñó Jennifer en tono un poco más alto del necesario.
—No es el único en problemas. —susurró Hermione al oírla.
—Y espero que estemos claros que el acuerdo que acaba de hacer James con ustedes no contempla en ningún punto eso que pusiste en la carta sobre su pretendida participación en batallas. —gruñó seguidamente Remus a Harry.
—¿Podríamos hablar de eso en otro momento? —pidió Jessica con vocecita de niña buena, al ver el enojo apenas contenido en los ojos de su padre.
Remus entrecerró los ojos en su dirección.
—Pero no harán nada como eso mientras no lo hablen con nosotros. —les ordenó Alice con firmeza mirando al que sospechaba era su hijo.
—De acuerdo —aceptó rápidamente Harry entendiendo a "su prima" y no queriendo que Hermione presionase en ningún sentido—. Supongo que a la primera que querrás examinar será a Diana. —agregó mirando a Jennifer con una sonrisa dulce y convincente.
—Muy acertada tu apreciación. —respondió ella con su tono lleno de sarcasmo.
Angela se apresuró a dirigirse al lado de su tía, sentándose mansamente en la silla que le indicó. Aceptó su regaño porque su respiración, levemente irregular, indicaba que no había tomado la poción antes de ir allí cuando sabía, tan bien como los demás, que la reunión sería difícil. Se la tomó en su presencia. Le agradeció en tono suave y cariñoso cuando terminó de examinarla y curarle la piel aún resentida por las quemaduras.
Harry fue el siguiente en sentarse frente a Jennifer para que lo examinase, sonriéndole suavemente. Su sonrisa tembló un poco al ver de reojo a sus padres entrar. James tenía expresión de venado que ha escapado por muy poco de ser atropellado, mientras que el pelo rojo de Lily contrastaba con sus esmeraldas de tal manera que reflejaban perfectamente su animosidad. Prudentemente alejó su mirada de ellos para evitar problemas.
Ron quería ser el siguiente, para que Jennifer se calmase un poco antes de examinar a su prometida, pero lo detuvo Jessica al oír a la mamá.
—Tu turno, Gea. —ordenó con firmeza Jennifer.
Hermione avanzó muy nerviosa hasta la silla, tropezando levemente. Tragó saliva al ser precisamente la estudiante de medimagia quien la ayudase a recuperar el equilibrio y sentarse.
—Tranquila —le dijo Jennifer con tono un poco severo, rodando los ojos al verla bajar la mirada—. Sé que no se fueron sólo por tu insistencia —agregó con tono más suave. Sonrió al ver que levantaba la mirada, empezando en seguida a examinarla—. ¿Cómo te lastimaste aquí? —le preguntó preocupada al ver un raspón en la palma de la mano izquierda, justo sobre el lugar en el que había estado una ampolla y recién estaba sanando.
—Me tropecé temprano y caí sobre esa mano. —respondió Hermione en voz baja, esperando el estallido de su novio y amigos que no tardó en llegar.
—¡¿Por qué no nos dijiste?! —protestaron de inmediato sus nueve acompañantes.
—No me dol… —intentó tranquilizarlos.
—No te atrevas a mentirnos. —la regañó Harry.
—No quise preocuparlos. —confesó Hermione cabizbaja.
—Pues mientras no estén con algún adulto responsable de ustedes tendrán que preocuparse los unos a los otros. —comentó Frank con fingida tranquilidad.
Los diez chicos cerraron los ojos al oírlo. Mal comenzaban si querían demostrarles que estarían bien cuidándose los unos a los otros.
—Tiene razón. Gracias por el consejo. —respondió Harry con suavidad, luego de abrir los ojos. Clavó sus esmeraldas en el procedimiento de la estudiante de medimagia curando a su amiga, para no mirar a nadie.
—La pequeña cicatriz que te quedará te servirá de recordatorio sobre ocultarle cosas a tus amigos. —regañó Jennifer una vez más a la chica mientras le vendaba la mano, suspirando al verla asentir con expresión de niña que admite su culpa.
—Comencemos con la fiesta de cumpleaños. —más que sugerir ordenó Lily, una vez que habían examinado al chico más alto.
Pasó casi media hora antes que todos se destensasen un poco. Lo lograron principalmente las bromas de los cumpleañeros, las ocurrencias de Luna y el atrevimiento de Angela al empezar a hacerles bromas a sus papás y tíos. Se había reído con alegría cuando Angelica la ayudó con una a Sirius.
—Es hora de irnos. —planteó Harry nervioso a las ocho y media de la noche.
—No hemos establecido aún la forma en que nos comunicaremos. —saltó James.
—¡Cómo pude olvidarlo! —exclamó Ron arrepentido golpeándose la frente, buscando rápidamente en su capa los sickles falsos.
—¿Ya todos saben cómo funcionan? —les preguntó Hermione, mientras ayudaba a su novio y cuñados a repartirlos.
—No sé de qué hablan. —dijo Charlus mirando con curiosidad la moneda que le daba la chica castaña.
Hermione de inmediato empezó a explicar el funcionamiento de los falsos sickles, sonrojándose ante la expresión de asombro de la que algún día sería su profesora de Transformaciones.
—Si el mensaje es urgente o requieren ayuda pueden llamar a Moony, Hera o Rea. —agregó Harry.
—Aún tenemos pendiente hablar lo de los "Guerreros del Fénix". —le dijo con seriedad James.
—Tal vez mañana podríamos hablar de ello. —sugirió Harry, asintiendo al ver a su padre hacerlo.
—Disculpe el atrevimiento de Dotty, joven, pero Wykers y Dotty han solicitado a las amas permiso para ir con ustedes y ellas lo han concedido. —se atrevió a decirle la elfina con su vocecita chillona.
—Les agradecemos mucho la buena disposición —le dijo Harry agachándose para quedar a su altura—. Pero estaríamos más tranquilos sabiendo que están cuidando de Lily y Alice mientras estamos lejos.
—Idun y Tyr estarán aquí y yo no soy una inválida que necesita que la cuiden. —protestó de inmediato la pelirroja, furiosa.
—En casa también hay elfos y no necesito niñeras tampoco. —replicó seguidamente Alice molesta.
—Queremos que los elfos los acompañen y también que lleven víveres de aquí. —le dijo James al chico, señalándole con sus ojos a su esposa rápidamente.
—Les agradecemos las buenas intenciones a todos, pero no es necesario —replicó Harry luego de meditarlo durante un par de minutos—. Estamos ubicados en un bosque donde podemos conseguir frutas, algunos vegetales y cazar animales pequeños. Tenemos cerca una fuente de agua potable. En caso de lluvias fuertes nos refugiaremos en una de las cuevas, que supongo vieron cuando nos siguieron.
—Pero… —empezó a protestar Alice.
—Electra y Diana tienen buenos conocimientos sobre desenvolverse a campo traviesa y nos están enseñando a los demás —la interrumpió Harry—. Queremos aprovechar esta experiencia para desarrollar fortalezas mientras regresamos a nuestra época.
—Sin embargo, si no les molesta, nos podrían acompañar Dotty y Wykers los primeros días un poco después de la hora del almuerzo —intervino Hermione. Se explicó mejor al ver que, a excepción de Angela y Jessica, todos se giraban a mirarla interrogantes. Especialmente su mejor amigo—. Es muy probable que nosotros comamos un poco más tarde que ustedes y, mientras mejora nuestra salud, sería prudente que nuestra dieta fuese un poco balanceada. Hasta ahora estamos empezando a ver lo que podemos obtener del bosque para comer. —finalizó mirando frontalmente a Harry.
Al ver en los ojos castaños su deseo de ayudar a alguien algo finalmente se conectó en el cerebro del chico de ojos esmeralda: los elfos. Dotty y Wykers eran elfos libres, con serias dificultades en esa época para adaptarse a su nueva condición. No podían rechazar su ayuda sin lastimarlos.
—¿Podrían ayudarnos de esa manera? —se giró a preguntarles a las pequeñas criaturas, conteniendo con dificultad la risa al ver la emoción en sus ojos como pelotas de tenis antes que girasen sus cabezas hacia el punto en que estaban Jennifer y Angelica.
—Nos agradaría mucho que hiciesen eso porque nos ayudarían con esta casa tan grande, la nuestra y a ellos, pero eso sería mucho pedirles. —dijo la gemela de carácter más rebelde, pues comprendió la intención de los chicos y la agradeció.
—Dotty y Wykers pueden hacerlo y será un honor poder servirles a todos. —replicó de inmediato el elfo.
—Entonces vengan con nosotros para que vean el lugar y mañana puedan ubicarse. —dijo contenta Jessica tendiéndoles una mano, mientras su prima hacía el mismo gesto.
—Una vez más quiero agradecerles su comprensión, paciencia y ayuda. Nos vemos mañana en la tarde. —se despidió Harry, mucho más tranquilo que como estaba cuando llegaron. Sonrió al ver a su padre hacerlo, desapareciendo luego.
—¿Cómo supiste que nos habían descubierto? —se giró a preguntarle Frank a James apenas desaparecieron todos los chicos.
—Porque las esmeraldas de Marte tenían la misma expresión ayer al mediodía, cuando nos despedimos luego del almuerzo para ir nosotros al Ministerio —le respondió con sinceridad—. Cuando dijo que la decisión de irse era irrevocable había despedida en su mirada. Si hubiésemos intentado obligarlos a quedarse no sólo se habrían ido, sino que romperían comunicación con nosotros.
—Pero con tu cambio de estrategia los vemos todos los días, sabemos dónde están y ganamos tiempo para convencerlos de mantenerse a salvo mientras conseguimos como devolverlos a su época. —comentó Remus con tono de comprensión y aprobación.
—Exacto.
—Aún queda pendiente el asunto de las batallas. —les recordó Alastor.
—Mañana veremos como manejar esa situación con ellos. A cada día su faena. —opinó Albus luego de un par de minutos en silencio en que todos se miraron preocupados.
Diez minutos más tarde llegaron los elfos con expresiones de triunfo y unas mudas de ropa sucia de los chicos, lo que hizo reír a quienes los esperaban.
—No tengo ni idea de cómo empezar a planteárselos. —confesó Harry a sus nueve expectantes compañeros, luego de finalizar el desayuno. Ya había enviado el mensaje prometido a sus padres, reportando el buen estado de salud de los diez.
—Creo que tendremos que confesar nuestra participación en la batalla de Swindon —comentó Ginny, aclarando el porqué al ver la expresión interrogante de sus acompañantes—. En cuanto nos vean en batalla igual nos reconocerán. Si no es que ya lo sospechan de la carta que les dejaste, mi amor.
—Cierto. No lo había pensado. —se acarició meditabundo la marca en forma de rayo.
—¿Problemas con tu cicatriz, compañero? —preguntó preocupado Ron, suspirando al verlo encogerse de hombros.
—Está muy contento —replicó Harry distraído, más preocupado por la reunión con sus padres que por su enemigo—. Creo que tendremos que esperar a que ellos hagan el planteamiento y responderles lo mejor posible. Ninguno de ellos aceptará nuestra participación en batallas, mucho menos ahora que sospechan que somos familiares suyos y nos consideran vulnerables por la condición en que estábamos al llegar con ellos.
—No va a ser fácil, pero no veo otra alternativa. —aprobó Ron.
—Anoche, cuando nombré a Manchita, no hubo sorpresa en ninguno de ellos. —comentó pensativa Angela.
—Eso confirma nuestras sospechas del día que vinimos a explorar. Nos siguieron. —aseveró Neville.
—¿Notaron que a excepción de la pregunta de abuelo sobre la preocupación que les habríamos generado con nuestra partida, no había rastro de eso en ninguno de ellos? —preguntó Jessica.
—Estaban enojados pero no preocupados. —ratificó Luna.
Hermione se golpeó la frente con su mano derecha, en un gesto automático que evidenciaba que se había dado cuenta de un fallo.
—¿Qué? —preguntó intrigado Harry.
—Las barreras —respondió ella como si fuese obvio. Suspiró y se explicó mejor al ver las expresiones interrogantes de sus acompañantes—. No bloqueamos el acceso de animales para que Manchita y su familia pudiesen estar cerca de nosotros —Bufó al notar que sólo Angela había retenido la respiración en señal de haber comprendido—. Sabemos con certeza que James y Sirius son animagos, así como sospechamos que deben serlo Angelica y Jennifer por su nivel en el Entrenamiento Cundáwan.
—Mamá y papá también lo son —musitó Neville al comprender el alcance de las palabras de la castaña—. Una yegua blanca y un caballo alazán, me lo contaron en navidad. —respondió la muda interrogante de sus acompañantes.
—Tía es una osa castaño claro y mamá una águila ratonera. Me lo contó Raginmund cuando se suponía que tío Wymond me estaba enseñando por primera vez animagia. —les contó Angela.
—Padrino me contó, entre su nerviosismo por la boda con Meg, que luego de graduarse en Hogwarts se habían enterado que mamá también lo era. Es una leona beige claro. —les dijo Harry.
—¿Nos habrán visto u oído luego que nos vinimos? —preguntó Fred nervioso.
—¿Alguno de ustedes recuerda que tío Remus o alguien supiese que nosotros somos los Guerreros del Fénix antes de venir a esta época? —preguntó Harry luego de varios minutos de tenso silencio.
Sus nueve acompañantes negaron.
—Entonces si nos vieron ha sido sólo unos de los diez que están bajo el lazo de control de recuerdos de Diana, por lo que se los borráremos antes de irnos —aseveró con sus esmeraldas clavadas en "su hermanita", continuando al verla asentir—. Como no es conveniente que la profesora McGonagall nos vea, o el señor Charlus Potter si es animago, ya que ninguno de ellos está en ese lazo, debemos modificar las barreras para que ni siquiera animales las penetren, ampliando la zona de protección hasta las cavernas para que nuestros amigos puedan acompañarnos.
—La cueva en el Snowdon no es segura y no debemos venir aquí estando heridos por batallas. Los leopardos no podrán contener sus instintos si huelen sangre. —les recordó Angela.
—No sabemos cuánto tardará en caer el escudo, por lo que debemos cuidar el dinero que tenemos. No podemos comprar algo con el excedente que trajimos, por el viaje que se suponía haríamos. Y alquilar en época de guerra será prácticamente imposible. —aseveró Hermione con tono práctico.
—Yo puedo conseguir unas piedras preciosas con que negociar —afirmó Angela, sonrojándose al ver las expresiones con que la miraban todos—. No hablo de robarlas sino de conseguirlas en una mina especial, que no es muy explorada por lo difícil de su ubicación.
—Mercurio y yo podemos preparar poción envejecedora y hacer la transacción. —añadió George mientras la abrazaba.
—Compraremos la casa de Edimburgo. —aseguró Ginny con tono tranquilo.
—Claro. —afirmó Harry comprendiendo.
—¿Qué? —preguntaron los otros ocho sin comprender.
—Cuando fuimos con Atanas y Stephany a arreglarla para Aline y Wymond conseguimos algo muy curioso. En una de las paredes estaba el símbolo de nuestras capas con el nombre de guerra de nuestro grupo. —explicó Ginny.
—Nosotros lo desvanecimos y no permitimos que ellos lo vieran. —aclaró de inmediato Harry al verlos retener el aire.
—¡Fue por eso! —exclamaron los gemelos pelirrojos a coro.
—¿Qué? —preguntaron sus compañeros intrigados.
—En diciembre Bill nos hizo firmar…
—… la autorización de venta de esa casa…
—… a Aline y Wymond como pidió Sirius…
—… obligándonos a recibir el dinero…
—… porque según un documento legal…
—… nos pertenecía a los dos por…
—… una herencia de Mercurio y Júpiter White…
—… Bill nos entregó además…
—… un sobre sellado que decía…
—… que el dinero había sido y era…
—… de los Guerreros del Fénix…
—… Nos costó mucho zafarnos…
—… de las preguntas de Bill.
Angela se quedó mirando fijamente a su prometido, acariciándole el rostro, mientras recitaba el verso de la Profecía Cundáwan que la atormentaba desde que estaban en esa época. Su tono era ausente y su mirada se aferraba al amor en los pozos azules que miraba.
Varios viajeros en diferentes momentos
con amor y dolor cumplirán el mandato
Nadie romperá la línea del tiempo
sólo completarán lo pasado
Todos sus acompañantes se congelaron al oírla. El primero en reaccionar fue Harry, que con un leve golpe en la rodilla logró que lo hiciese George.
El pelirrojo en seguida la atrajo hacia él y le dio un suave beso en los labios, sonriéndole seguidamente con cariño.
—¿Nos da tiempo de ir a esa mina antes que vengan los elfos? —le preguntó Hermione a su amiga para distraerla.
—Sólo para mostrarles dónde queda. —respondió Angela. Se levantó con ayuda de su prometido, luego de verlos asentir, para buscar al igual que los demás pasamontañas, guantes y capa de viaje.
Después de almorzar la deliciosa comida que les llevaron los elfos desaparecieron del campamento en Bristol. Reaparecieron en la Sala de Prácticas de Deercourage, donde los esperaban muy serios Lily, Alice, Angelica y Remus.
—Buenas tardes —saludó Harry con una sonrisa que pretendía fuese tranquilizadora—. ¿Les importaría que les planteásemos la idea que tenemos para la práctica de hoy?
—Claro que no. Aunque supongo que estamos claros en que nosotros seremos quienes definiremos la práctica que llevaremos a cabo. —contestó Angelica con tono firme y una forzada sonrisa.
—Por supuesto. —replicó con tono suave Harry. Suponía, acertadamente, que no tardarían mucho en llegar los demás.
Justo en ese momento entraron al lugar Charlus Potter y Albus Dumbledore con semblantes serios. Lily procedió a informarles lo planteado por el chico, a lo que iba a protestar el suegro cuando se abrió la puerta de nuevo entrando Jennifer, Sirius, Frank, James y Alastor, repitiendo ahora Alice el planteamiento para ellos.
—Tenemos una conversación pendiente. Practicaremos luego de tenerla. —dijo con firmeza James.
Los diez chicos suspiraron y se prepararon para la batalla dialéctica.
—Les dije, cuando me enteré de su problema, que no debían irse de esta casa y lo sostengo. No sólo no deben participar en nada peligroso sino que deben volver a estar bajo la protección de los Potter de inmediato. —gruñó Alastor.
—Lamento contrariarlo, señor Moody, pero eso no va a ocurrir —le respondió Harry respetuoso—. Hasta ahora hemos accedido a sus peticiones y las de ellos en la medida de nuestras posibilidades, pero no pondremos en riesgo las vidas de ustedes o las de otros por modificar los acontecimientos.
—¿Cómo saben que no los modifican al alejarse si no recuerdan lo que ocurrió? —preguntó Charlus con fingida calma.
—Eso no tenemos cómo saberlo, señor Potter. Así como tampoco tenemos cómo saber si alteraríamos algo al quedarnos. Lo único que podemos hacer es tomar las decisiones que hagan el menor daño posible. Es por eso que nos hemos ido de aquí pero no rompimos el contacto con ustedes. Estamos intentando buscar la mejor solución posible a una situación compleja. —le respondió con lentitud el nieto, meditando sus palabras con mucho cuidado antes de pronunciarlas por lo astuto de sus interlocutores.
—¿Cómo encaja en esa "mejor solución posible" su pretendida participación en las batallas? —preguntó Lily remarcando las comillas con sus manos.
—Un mundo en paz es mejor que un mundo en guerra, independientemente de cualquier otro conjunto de factores. —respondió Neville con resolución.
—Pero a ustedes ya los lastimaron seriamente y no saben quién o cómo. —replicó Alice de inmediato.
—Mayor razón para no querer que lastimen a otros como lo hicieron con nosotros. —intervino Jessica con tono suave.
—El evitar que Voldemort y los mortífagos hagan daño es trabajo de los aurores. —objetó Sirius.
—El detener a asesinos como ellos es labor de todo aquél que pueda defenderse a si mismo y a otros. —lo contradijo Angela, mirando seguidamente a su abuelo.
—Tú eres menor de edad, al igual que Electra y Venus, así que ustedes tres no pueden tomar esa decisión. —la regañó Angelica.
—Nuestros compañeros se han hecho responsables ante la magia de nosotras, como ya les dijimos ayer —replicó Jessica con tono suave, intentando tranquilizar a todos con su forma de hablar—. Saben que podemos defendernos y ayudar, por eso nos permiten ir con ellos. Pero nos sacarán del lugar de batalla si la situación lo requiere.
—Los mortífagos han estado usando un grupo de maldiciones nuevas y peligrosas. Con la mayoría no se sabe aún como defenderse de ellas o curar luego el daño que ocasionan. —los intentó convencer Charlus.
—Precisamente, señor Potter. Nosotros conocemos defensas y métodos de curación para algunas de ésas que ustedes no. Queremos transmitirles a ustedes lo que sabemos al respecto y ayudarlos en las batallas, mientras logramos volver a nuestro tiempo. —respondió Harry.
—Ustedes no… —empezó a protestar Lily. Se detuvo al ver aparecer en medio de los dos grupos un gavilán plateado, que con la voz suave y dulce de Emmeline dijo:
—Los mortífagos están atacando en Leicester, a dos cuadras de mi casa.
—Señores. —bajó levemente la cabeza Harry a modo de despedida, desapareciendo luego con sus nueve acompañantes.
—¡Rayos! —exclamó enojado Remus, sin poder contenerse.
—Vamos. Tendremos las cosas más complicadas que de costumbre. Por favor quédate aquí, papá. —les dijo James sacando su varita, desapareciendo todos luego de ver asentir al director.
Cuando aparecieron en la pequeña ciudad pudieron ver que el centro del ataque más fuerte era un orfanato muggle. Angelica, Jennifer, Sirius y Remus se miraron en seguida con preocupación, antes de avanzar rápidamente hacia allí con sus acompañantes.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
Aparecer en el campamento de Bristol, ponerse sus equipos de guerra y desaparecer rumbo a Leicester les tomó a los chicos sólo cinco minutos. Aparecieron en la calle siguiente a la casa de la bruja que había avisado, frente a un museo muggle, gracias al mensaje que Rea les dio justo antes de trasladarse. Se desplazaron rápidamente en forma de punta de flecha redondeada hacia el centro del ataque. Al frente iban Harry y Ginny, a su derecha Hermione, Ron, Jessica y Fred, a la izquierda Angela, George, Luna y Neville.
—Magos sumisos a quien no respeta la vida, aléjense de los niños. —llamó Harry con voz madura y templada a los mortífagos.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó intrigado Antonin Dolohov
—Los Guerreros del Fénix. Aléjense de los indefensos. —le respondió Harry en el mismo tono templado.
—Únanse a Lord Voldemort, si son sangre pura, o prepárense a morir. —les replicó el mortífago con tono aterrador. Hizo una rápida señal a los novatos más cercanos para que se aprestasen a combatir a los insolentes.
—La sangre no es lo importante y morir es sólo una forma de viajar a otra realidad. —replicó Neville encogiéndose de hombros.
—¡Sobre ellos! —rugió furioso el mortífago—. Como si no tuviese suficiente con el vejete entrometido y los idiotas que lo acompañan. —masculló entre dientes.
Bellatrix apareció justo en ese momento con Travers, Yaxley, Snape y cuatro grupos de mortífagos de nivel medio para reforzar el ataque. No le convenía que uno de los primeros ataques que harían bajo su dirección fuese un fracaso.
Harry organizó a sus amigos para que fuesen ellos quienes se enfrentasen a aquellos asesinos. «Estos son los ya entrenados por Voldemort en las artes oscuras más peligrosas. Seguramente a través de los que están en su círculo más cercano».
Le estaba costando toda su concentración no distraerse con las peleas en que estaban envueltos sus padres, lográndolo sólo por el férreo entrenamiento al que los había sometido Angela a los doce, una vez que decidieron que se presentarían a las batallas. Allí no estaban los chicos del E.D.H. sino Los Guerreros del Fénix.
Sin embargo la destreza de quienes poco antes habían intentado convencerlos de no participar en batallas llamaba su atención. También le producía gran alegría pues, aunque no estaban preparados para las maldiciones que usaban sus enemigos, su defensa era muy buena. La sincronización perfecta con que los ocho jóvenes miembros de la O.D.F. estaban desarmando, desmayando y atando a sus oponentes era algo de admirar.
El tiempo pareció congelarse cuando apareció Voldemort en medio de la batalla.
Bellatrix, Travers, Yaxley y Snape temblaron levemente, sin poder evitarlo. Dolohov se había adelantado algunas horas al plan que habían establecido y presentado a su amo. Eso no sólo les estaba generando problemas sino que les acarrearía un castigo de parte del Señor Oscuro, fuese cual fuese el resultado del encuentro. De inmediato se movilizaron todos, excepto Bellatrix, a distraer a los demás por órdenes de su amo. Los dejaron solos a los dos con el líder de los encapuchados.
—¿Quiénes son y por qué osan interponerse en el camino de quiénes me sirven? —preguntó Voldemort.
—Los Guerreros del Fénix es el nombre de nuestro grupo —respondió Harry con una sonrisa cínica, disfrutando por primera vez el enfrentarse a su enemigo como un igual y no como un niño o un joven ante un mago que se consideraba mejor que él. «Aún se parece al joven Tom Riddle del diario. Definitivamente la apariencia serpentina de su futuro es más adecuada a como se comporta». Disfrutó el enojo y el desconcierto que percibía a través de la cicatriz.
»Supongo que usted es quien se hace llamar Lord Voldemort por quienes, como usted ha dicho, le sirven. Es nuestro parecer que utilizar el don de la magia en contra de alguien que no sólo no lo tiene, sino que son niños sin calor familiar y no tienen quien los proteja, es una cobardía.
—¿Te atreves a llamarme cobarde? —siseó Voldemort furioso. Le había ordenado, con un gesto silencioso de su mano, a la mortífaga que no le reprochase al desconocido el pronunciar su nombre.
—Sólo he dicho que quienes son huérfanos de padre y madre no son el blanco adecuado de alguien que quiere demostrar poder, a menos que considere que no está a su altura el enfrentarse a quien sí puede darle batalla e incluso llegar a vencerle —replicó Harry con fría calma—. Tal vez quienes siguen sus órdenes las comprendieron mal, o tal vez usted encaja perfectamente en el adjetivo que ha empleado y es un cobarde. ¿Me pregunto qué clase de padres tuvo quien así se comporta con quien no los tiene?
Voldemort sintió que le hervía la sangre en las venas, apuntando con su varita al encapuchado que osaba hablarle así. Entrecerró los ojos al ver que lo saludaba con el respeto debido en los duelos, pero sin dejar de mirarlo a los ojos. O al menos eso suponía por la mirada que sentía clavada en la suya, pues con la capucha blanca cubriéndole la mitad del rostro no le veía los ojos.
—¿Qué nombre colocarán en la lápida que indicará el lugar en el que yacerá lo que quede de ti? —siseó con tono venenoso.
—Si me dices tu verdadero nombre yo te digo el mío. En caso contrario podrías llamarme Marte. —replicó Harry sin perder la sonrisa.
—Les enseñaré a todos con tu muerte que jamás nadie debe hablarme así. ¡Crucio! —lanzó con todo el odio que sentía por aquél insolente que se había atrevido a desafiarlo.
Angela logró desplazarse y hacerle frente a Bellatrix, para que no se entrometiese en el enfrentamiento entre su hermanito y el mago oscuro. Estaba atenta a intervenir ella, mientras Neville tomaría su posición con la mortífaga.
—¡Stupefy! —le lanzó el chico de pelo negro luego de esquivarle con facilidad, la burla evidente en su sonrisa—. Para ser un mago que se dice tan poderoso no me has acertado. ¿Es que acaso requieres que tu contendiente sea un muggle para poder vencerlo?
Lo siguiente que se escuchó fue el rugido de furia de Voldemort y la serie consecutiva de maldiciones que le arrojó al encapuchado, sin detenerse casi a tomar aire. Estaba más enojado a cada momento, al ver que se limitaba a intentar desarmarlo o desmayarlo mientras le evadía con movimientos muy ágiles. Furioso empezó a lanzarle maldiciones terribles, algunas que ni siquiera a sus más cercanos había enseñado. Se sorprendió cuando vio al enmascarado empezar a responderle con defensas de alto nivel. Detuvo su ataque luego de la quinta maldición correctamente repelida.
—¿Quién eres y por qué estás aquí? —preguntó con el ceño fruncido, pensando en lo poco que había logrado enterarse de una raza especial de magos a través de quien, tiempo atrás, le enseñase sobre magia de origen ancestral. «Pronto tendré que visitar de nuevo al señor Leofric».
—Mientras te hagas llamar Lord Voldemort a mí me conocerás como Marte. Y estoy aquí porque tú lo provocaste, T.R. —le respondió Harry con fría calma y voz helada, con la verdad pero también la certeza que su enemigo no podría entenderle. Sonrió con suficiencia cuando vio llamear los ojos de su oponente ante las iniciales de su nombre.
—¿A qué te refieres con T.R.? —preguntó siseando con lentitud quien se había hecho llamar Lord Voldemort.
—¿Ton…to y Rid…ículo? —preguntó Harry con tono socarrón.
Voldemort entrecerró los ojos y le apuntó con su varita listo para asesinarlo de inmediato, desechando la idea de torturarlo ante el peligro que al parecer suponía aquél desconocido. Pero justo cuando iba a lanzar la Maldición Asesina vio que el director del colegio sobrepasaba a sus hombres y se dirigía allí.
—Nos volveremos a ver y respirarás tu último aliento… Marte. —siseó furioso.
—Dudo que sea así pero lo averiguaremos cuando eso ocurra. —le replicó Harry con tranquilidad.
—¿Criticas a mis hombres por sus máscaras y pones a jóvenes con capuchas a enfrentar al mejor mago que existe? ¿Es que acaso ahora en Hogwarts se enseña que los recién graduados deben defender la suciedad? ¿Será porque saben que muggles, sangre sucia y traidores son un deshonor que ocultan sus rostros? —preguntó Voldemort a su ex profesor con tono venenoso.
—Ocultamos nuestros rostros más no nuestras intenciones, que son claras y limpias al defender a inocentes. —replicó Hermione, que había logrado desmayar a su oponente y se devolvía junto a su mejor amigo.
—Lo que está sucio aquí no es la sangre de gente valerosa, sino la podredumbre de la mente y el espíritu de quienes hacen daño sólo porque creen poder hacerlo. —continuó Ron que se aproximaba también.
—En Hogwarts se ha enseñado desde su fundación el cómo y cuándo usar la magia. Lo que se haga con ese conocimiento es responsabilidad sólo de cada bruja y mago, no de quien le enseñó. —finalizó Harry.
Dumbledore sonrió ampliamente ante la intervención de los tres chicos, que se habían adelantado a su respuesta.
—Nos vamos. —le rugió Voldemort a sus hombres, desapareciendo seguidamente con todos ellos. Descargaría con esos ineptos su enojo.
—¿Quiénes son y por qué ocultan sus rostros? —preguntó Rufus Scrimgeour con tono autoritario acercándose al grupo de desconocidos con su escuadrón de aurores, apuntándoles todos con sus varitas.
—Los Guerreros del Fénix y enemigos de Voldemort. —le respondió Harry serio mientras sus nueve compañeros se ubicaban tras él rápidamente.
Los diez saludaron respetuosamente con sus varitas frente a sus capuchas a los aurores y miembros de La Orden del Fénix que se les aproximaban. Luego, sin decir una palabra más, desaparecieron.
Los miembros de la Orden del Fénix que no pertenecían al cuerpo de aurores desaparecieron también. Se habían mezclado rápidamente entre los medimagos, que habían llegado justo después de desaparecer Voldemort y los mortífagos, para evitar ser reconocidos.
Frank tuvo que hacer reaccionar con un codazo a James y un golpe en la espinilla a Sirius, disimulando sus movimientos con rapidez. Los dos se habían quedado congelados viendo el sitio del que acababan de desaparecer los chicos.
Era una suerte que su jefe de escuadrón supiese toda la verdad sobre ellos. Desde que habían aparecido en el enfrentamiento los jóvenes encapuchados de capas blancas los ocho no sólo habían atacado mortífagos y defendido muggles, sino que se esforzaron por acercarse a ellos para ayudarlos y sacarlos de peligro. Habían visto con una mezcla de orgullo y temor la forma en que los diez chicos se habían desenvuelto.
James estaba conmocionado por el cruce de palabras entre su hijo y el terrible mago. Jamás había visto a su principal enemigo atacar a alguien de esa manera, dominado por una furia evidente. «Es claro que Marte lo ha provocado, pero jamás había visto a Voldemort así». No había logrado escuchar todo el encuentro verbal, distraído por los mortífagos que enfrentaba, pero sí lo suficiente.
Estaba seguro que su hijo había centrado la atención del peligroso mago oscuro en él. «¿No es acaso suficiente con que sea un Potter para además atraer a esa serpiente hacia sí? Aunque, claro, Voldemort no sabía que el joven encapuchado es de mi sangre. Alguien que ha usado la 'prepotencia' Potter para envolverlo y disgustarlo al máximo», pensó mientras dejaba inconscientes los enemigos que habían dejado los chicos atados.
Sirius se limitaba a desmayar a los mortífagos capturados y guardar sus varitas en su túnica de auror. No tenía cabeza en ese momento para interrogar a esos ineptos que seguían a Voldemort. La forma en que había visto desenvolverse en la batalla a los diez chicos lo tenía impactado.
También, aunque jamás lo reconocería, asustado. «Si no supiese quiénes son sospecharía de ellos. Supongo que es lo que ocurrirá en este momento con todos mis compañeros aurores, que no saben quiénes son los diez desconocidos que se han aparecido aquí, ocultando sus rostros, enfrentando a Voldemort y los mortífagos con un conjunto de hechizos totalmente desconocidos».
Frank estaba tan conmocionado como ellos dos, pero hacía esfuerzos para mantenerse sereno y centrado. «Ahora tengo la certeza que no podremos alejar a los chicos de participar en las batallas. También que tendremos problemas más adelante, con mis compañeros de trabajo desconfiando de ellos y los hombres de Voldemort queriendo lastimarlos hasta eliminarlos. Sólo espero que mis compañeros de la Orden del Fénix no se pongan también en contra de ellos o esto será demasiado duro. El traidor… ¡Por Merlín! ¿Cómo hacer para determinar quién es antes que les entregue los chicos a Voldemort?».
Albus Dumbledore no pudo esquivar el entrevistarse con Bartemius Crouch, que se presentó justo unos minutos antes de desaparecer Voldemort. Negó saber quiénes eran los encapuchados con capas blancas y el dibujo de un fénix en la espalda. Insistió en que actuaba solo y que su único interés al presentarse allí era colaborar en la medida de sus posibilidades a detener al mago oscuro. Nunca se había sentido tan importunado por el jefe del Departamento de Cumplimiento de la Ley Mágica, deseoso como estaba de ir al cuartel a hablar con los miembros de la Orden del Fénix y, de ser posible, con los diez chicos.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
En Deercourage estaba Remus intentando tranquilizar a las Protectoras. Mientras tanto informaba a los otros miembros de la Orden del Fénix que los chicos se habían ido de la casa dos noches atrás. Les contó que les habían dejado una carta en que les decían que luego de lo ocurrido en Bristol estaban casi seguros de no tener familiares vivos, por lo que se iban de allí para no ponerlos en peligro y empezar a actuar contra Voldemort y los mortífagos.
—¿Crees que ellos son los encapuchados de hoy? —le preguntó Peter a su amigo.
—Sus contexturas coinciden —afirmó Benjy, suspirando preocupado al ver al licántropo asentir—. Será difícil averiguar quiénes eran sus familiares con lo feroz que fue el ataque en Bristol. Pero visto su desenvolvimiento hoy los entrenaron muy bien para defenderse, incluso con hechizos que no conozco.
—¡Pero no pueden participar en batallas! —exclamó confundida Arabella, quien al ser squib no se presentaba a las mismas sino que ayudaba a la Orden del Fénix con información del mundo muggle—. Cuando los conocimos hace tan sólo dos semanas estaban quemados, cuatro de ellos ciegos y una de las chicas bastante enferma.
—Pues eso no detuvo a cinco de ellos de participar en Swindon —intervino Edgar—. Por lo que vimos hoy, luego de conocerlos en la reunión, diría que allí estuvieron Venus, Leto, Neptuno, Mercurio y Júpiter.
—Electra no se sentía bien esa semana, mientras que Diana, Gea, Urano y Marte no podían ver todavía. Creo que por eso ellos cinco no fueron esa noche, cuando los dejamos solos en la casa por primera vez desde que llegaron aquí. —opinó Jennifer luego del tenso silencio en que sus compañeros de la Orden del Fénix los habían estado mirando interrogantes a ella, su esposo y sus amigas.
Peter a duras penas pudo contenerse de moverse o decir nada. Hasta ese momento había estado escuchando todo atentamente y en silencio, sin moverse, sus ojos fijos en las llamas de la chimenea. Temblaba eventualmente al pensar en el castigo que el Señor Oscuro les estaría dando a los mortífagos que habían participado en la batalla.
Desde que vio la forma en que aquél grupo de encapuchados se le enfrentaron al terrible mago y sus seguidores se sentía tentado de sincerarse con sus amigos y pedir ayuda. «Pero… ¿Qué pasó la noche de luna llena en esta casa? Mi amigo Remus había quedado suelto como licántropo y luego vi a los cinco encapuchados en la batalla. Sólo que hasta ahora no había relacionado lo uno con lo otro». No sabía qué pensar ni mucho menos qué hacer.
—¿Ustedes sabían que ellos eran quiénes habían estado en Swindon? —preguntó Edgar.
—No. Lo acabamos de descubrir hoy, al igual que ustedes. —le respondió Remus, con la sinceridad trasluciéndose en su tono de voz y gestos.
—Pero los cuatro chicos que no podían ver… —insistió Arabella con incredulidad en su tono de voz.
—Recuperaron ya la vista. Les quité los vendajes de los ojos el sábado siguiente a la reunión en que se presentaron ante ustedes. Los otros seis ya no presentan quemaduras en su piel, pero ellos cuatro sí, además que la salud de los diez aún no es buena. —le respondió Jennifer a la señora mayor y simpática.
—Si no hubiesen ido a buscar recuerdos en esa casa en los linderos de Bristol tal vez aún estarían aquí, bajo el cuidado de ustedes. Pero, visto que ya habían participado en Swindon los que estaban medianamente recuperados… Creo que se les hubiesen escapado igual para participar en batallas. —opinó Emmeline.
Caradoc Dearborn, Sturgis Podmore, Rubeus Hagrid, Dedalus Diggle, Elphias Doge, Benjy Fenwick, Edgar Bones y Minerva McGonagall fruncieron el ceño y asintieron ante las palabras de su amiga.
Arabella Figg, Mundungus Fletcher y Aberforth Dumbledore la miraron con curiosidad, pues ellos no habían participado en la batalla. Se les hacía muy difícil el asumir que diez jóvenes que estaban mal de salud, cuatro de ellos menores de edad por lo que sabían, habían ido a una peligrosa batalla en la que incluso se había presentado Voldemort según lo que habían oído. Ellos tres habían llegado allí sólo unos minutos después que sus compañeros, al oír en sus radios mágicas las noticias del ataque cerca de la casa de Emmeline.
Alice, Lily, Angelica, Jennifer y Remus sentían que la angustia estaba a punto de desbordarlos. Cuatro de esos chicos de los que estaban hablando eran sus hijos o nietos.
—Ellos ya tenían quince días en esta casa cuando ocurrió lo de Swindon, sin que James, Sirius, Alice o Frank hubiesen podido ayudarlos a investigar nada sobre personas buscando a diez chicos desaparecidos —intervino Charlus pensativo—. Creo que ya sospechaban que sus familiares podrían haber muerto y el saber en peligro a quienes los estaban cuidando los asustó, por lo que se decidieron a presentarse allí los que estaban medianamente bien de salud para ayudarlos y evitar quedar de nuevo solos.
—Si se han ido de esta casa, justo después de ocurrir lo de la casa a las afueras de Bristol, es porque al no recordar quiénes son tienen miedo que alguien venga a atacar aquí buscándolos a ellos, lastimando a Lily y Alice en el proceso —afirmó Benjy. Suspiró al ver las expresiones con que las dos lo estaban mirando, mezcla de sorpresa y angustia—. El día que practiqué con ustedes dos y ellos diez aquí hicieron todo lo posible por evitar que nos lastimasen, o a ustedes mismas, que estaban muy alteradas y por lo tanto su magia. También noté que se esforzaron para que no se diesen cuenta.
—Los diez estaban extenuados luego de esa práctica. —confirmó Charlus.
—Ya logramos averiguar algo de ellos. Tal vez si profundizo un poco más en mis investigaciones pueda dar con otros parientes de los chicos, aunque no sean tan cercanos, o tal vez los niños de los que hablaron y sus padres. Alguien que pueda sacarlos de participar en las batallas. —intervino Caradoc pensativo.
—¿A dónde pueden haber ido estando en guerra? —planteó Emmeline.
—Se están quedando solos en un bosque, acampando allí. —respondió el director que aparecía en ese momento.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó el hermano.
—Se comunicaron ayer en la tarde conmigo, para que les dijese a ellos y no se preocupasen. —le respondió señalando a las Protectoras y su yerno castaño.
—¿Tú tampoco sabías hasta hoy que ellos eran los que habían estado en Swindon? —le preguntó Aberforth con curiosidad.
—No, yo tampoco lo sabía. —le respondió Albus mientras fruncía el ceño. Recordó que había intentado comprobar sus varitas. Sólo que no se le ocurrió en el momento pedirle a su hija más tranquila que los examinase por posibles heridas, algo que ahora se le hacía lógico con los espectros de los hechizos que surgieron de las varitas. Pero en el momento, con todo lo sucedido, no lo pensó.
—Hoy usaron muchos hechizos novedosos de defensa. —intervino de nuevo Caradoc.
—Intentaré comunicarme con ellos para que hablemos tanto de su ubicación actual como de eso. —replicó el director.
—No pude oír lo que Marte habló con Voldemort, pero nunca había visto a ese asesino tan furioso. —opinó Elphias con su voz jadeante como un resoplido.
Lily se estremeció al oírlo, acariciándose inconscientemente su vientre.
—Creo que Lily y Alice deben ir a descansar. La tensión nerviosa es dañina para ellas y los bebés en camino. —dijo Charlus, preocupado por el estado en que veía a su nuera.
—Estoy de acuerdo. Subamos a que descansen mientras pueden venir James, Frank y Sirius. —les indicó Jennifer, parpadeando rápidamente para que no la contradijesen.
—Yo seré el anfitrión de nuestros amigos mientras llega mi hijo. —afirmó Charlus acariciando con cariño la cabellera roja de la joven sentada.
—Está bien. —aceptó Lily con un leve tinte de renuencia en su tono de voz. Miró de tal forma a Remus que su amigo comprendió que temía que, en su ausencia, sus compañeros de la Orden del Fénix se volcasen en contra de los chicos.
El hombre castaño la ayudó a levantarse del asiento luego que lo hizo con su amiga rubia, sonriéndoles con confianza luego de dirigir miradas rápidas y discretas al director que las dos comprendieron. Las dos mujeres embarazadas salieron de la sala con Jennifer.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
—¿Marte? —preguntó intrigada Hermione. Había visto que se acariciaba la cicatriz enrojecida con una extraña sonrisa de satisfacción en el rostro, apenas quitarse el pasamontañas.
—Está tan furioso como desconcertado. Dificulto que pueda olvidar su primer encuentro con Marte, líder de los Guerreros del Fénix. —le respondió Harry con alegría.
—Pues no es el único que recordará lo ocurrido. Tanto los hombres de Crouch como los de Voldemort estaban sorprendidos por nuestra aparición y desenvolvimiento. —afirmó Ron con una gran sonrisa.
—Y nuestros amigos muy preocupados. —acotó Hermione, mientras Jessica le curaba un corte superficial en la pierna izquierda. La chica de ojos miel y la menuda pelirroja les estaban comenzando a atender las pequeñas heridas producto de la batalla.
—Se desenvuelven los ocho estupendamente bien, mejor que los otros miembros de la Orden del Fénix. Su sincronización a la hora de pelear les permite no sólo defenderse, sino atacar con precisión. —resumió Angela lo que había visto en batalla.
—Sin embargo es evidente que les falta a todos conocer los contrahechizos para los maleficios que conocen y usan los seguidores de Voldemort. —opinó Jessica preocupada.
—No todos los conocen. —afirmó Fred.
—Habían muchos novatos allí. —lo apoyó George.
—Sólo el que los dirigía y el grupo que llegó a ayudarlos los usaban. —comentó Luna.
—Bellatrix ya es una de las más cercanas a Voldemort. Estoy casi seguro que era la encargada de la planificación del ataque. —opinó Neville con rabia.
—Con lo que vimos en Swindon hace un mes y hoy en Leicester ya tenemos una idea de lo que ya manejan los mortífagos, tanto los más cercanos como los más lejanos a Voldemort. —intervino Ginny.
—Con eso y lo que vimos del desenvolvimiento de los miembros de la Orden del Fénix podemos preparar nuestras prácticas con Moody, los Potter, los Black, los Lupin y los Longbottom, e incluso la profesora McGonagall. Evadiremos el hacerlo con los demás miembros de la Orden del Fénix por nuestro renovado temor a que quien irrumpió en la casa intente lastimarnos durante una de las prácticas —dijo Harry con tono decidido mirando a Hermione, agregando al verla denegar—: No le enseñaremos nada a la rata traidora, pero ayudaremos a que mejoren en defensa los de la Orden del Fénix como habíamos acordado. No les transmitiremos nada que pueda llevar a Voldemort a desatar algo peor de lo que ya sabemos hizo durante esta guerra. —sonrió al ver a la castaña suspirar y asentir.
—Lo que sí es cierto es que tenemos algo que agradecerle a Bellatrix —afirmó Luna, levantando sus manos solicitando calma al ver que todos sus acompañantes la miraban con una mezcla de sorpresa y enojo—. Si como sospechamos era la encargada del ataque, no sólo lo organizó mal sino que se produjo justo cuando estábamos hablando con nuestros protectores sobre nuestra participación en las batallas. Ahora ya saben que estamos preparados para presentarnos, que lo seguiremos haciendo y que es cierto que al practicar con nosotros pueden aprender cosas que desconocen.
—Además que justo ahora creo que lo está pasando bastante mal con su amo. —sonrió Harry con malevolencia, acariciándose una vez más la cicatriz.
—Pues me alegra. —afirmó con fiereza Neville, con su novia abrazada por la cintura.
—Tendremos problemas con los aurores. —afirmó Ron.
—Eso es seguro, más con la forma de pensar de Crouch. —comentó enojada Angela, que no podía olvidar que por órdenes de ese hombre su joven padre iría a dar a Azkaban sin juicio.
—Nuestra actitud con ellos será la que ya habíamos decidido en nuestro tiempo. Sólo que tendremos que extremar la cautela en esta época. Hablaremos con ellos lo mínimo indispensable. También procuraremos no comunicarnos con ninguno de los miembros de la Orden del Fénix durante las batallas, para no ponerlos en peligro. Apenas veamos que desaparecen los mortífagos nosotros nos despedimos en silencio y desaparecemos, como hicimos hoy. —resumió Harry.
—Será mejor que hagamos un esquema sobre lo que les plantearemos a los miembros de la Orden del Fénix cuando nos llam… —empezó Hermione. Suspiró al ver que Harry abría mucho los ojos y sacaba su sickle de la capa. El chico lo colocó seguidamente en el piso frente a él, en el centro del círculo conformado por todos al sentarse a hablar.
Lily y Alice están muy nerviosas. Por favor vengan a casa para que se tranquilicen un poco. Los esperamos en la Sala de Prácticas.
Jennifer.
—Sin nuestros trajes de batalla y les llevamos algunas manzanas y fresas silvestres. Así las tranquilizamos más rápido. —aconsejó Hermione. Sonrió al notar el agradecimiento en las miradas de Harry y Neville, pues los dos se habían preocupado luego que el primero leyese el mensaje.
*** Harry Potter y la Magia Antigua - Drumy Adhara Black White ***
Cuando James, Frank, Sirius y Alastor llegaron a la mansión Potter los dos primeros se alarmaron al no ver allí en la sala a sus esposas.
El auror de ojos grises observaba con curiosidad como la suya parecía querer sacarles un rápido informe y finalizar la reunión de la Orden del Fénix. Se asombró al oír que su suegro decía que sus amigas pelirroja y rubia habían subido a recostarse por órdenes suyas. Con dificultad controló su expresión facial al oírlo decir que su cuñada las acompañaba y notar que los presionaba sutilmente a hablar rápido, igual que la hija. Con una rápida mirada a su amigo castaño comprendió lo que ocurría, al igual que sus amigos: los chicos debían estar en la casa.
Acostumbrados los tres Merodeadores a manipular las cosas, sin que muchas veces ni siquiera el cuarto del grupo se diese cuenta, lograron en tiempo récord dar toda la información relevante y finalizar la reunión para quedar allí sólo con Angelica, el señor Potter, su jefe, la subdirectora y el director. Subieron todos a la Sala de Prácticas, encontrando con sorpresa a los diez chicos bromeando y comiendo fruta con Lily, Alice y Jennifer.
