Hay demasiados árboles.

Fue el primer pensamiento que Bloom tuvo cuando el automóvil atravesaba la carretera de acceso a Hawkins. Árboles y más árboles. Un bosque frondoso listo para arder. Su poder se estiraba como un gato al despertar, lo podía sentir en la punta de los dedos. Hambriento. Deseoso de ser liberado.

-¿Estás bien, cielo?

La pregunta de su madre la sacó del torbellino de emociones que la estaba inundando. Parpadeó varias veces antes de separar la mirada de la ventana y dirigirla hacia ella. Una mirada a su rostro fue suficiente para volver a enterrar su deseo en el fondo de su ser. Donde debe estar. De donde no debe salir.

-Sí. Sólo un poco nerviosa. Es un pueblo pequeño.-se sintió orgullosa de su voz calmada y de la pequeña sonrisa que forzó que hizo que su madre relajara un poco los hombros y volviera a mirar al frente.

-En los pueblos pequeños todo el mundo tiene secretos. Nadie se meterá demasiado en nuestra vida. –la explicación de su padre afloró como una frase automática, sin perder la concentración en su papel de conductor. Un argumento demasiado usado para convencerla los meses anteriores. –Y menos en este pueblo.

Ah, sí. Ese pueblo. Parecía increíble que un pueblo tan pequeño hubieran ocurrido tantas desgracias. Para alguien que había vivido en grandes ciudades le parecía bastante llamativo el alto índice de muertes.

Gracias a ello sus padres habían decidido mudarse allí para su último año de instituto. Si algo ocurría no llamarían la atención sobre ella, ese pueblo ya estaba maldito antes de su llegada.

Antes de que ella trajera consigo su propia maldición.

Se sentó en su nueva cama con un suspiro cansado que hizo volar un mechón de su rostro. Lo tenía demasiado largo y empezaba a molestarle. Echó un vistazo alrededor, donde unas pocas cajas se amontonaban sobre el suelo de madera oscuro. En su tercera mudanza aprendió a no acumular demasiadas cosas y ahora lo agradeció. Menos que ordenar.

Las escaleras crujieron mientras sus padres subían y bajaban para colocar sus pertenencias. Era una casa antigua de dos pisos así que se tendría que acostumbrar a los ruidos. Tres habitaciones, dos baños. Bloom no se podía quejar, por fin tenía baño en su habitación.

Pero no era por eso por lo que sus padres eligieron la casa. Era porque estaba a las afueras. No podía ver casas de vecinos, sólo bosque frondoso que impedía que la vieran a ella.

-Mucho mejor así. Más intimidad. –argumentó su padre con una gran sonrisa cuando bajaron del coche. Como si lo único que pretendiera con esa privación de visión fuera pasear tranquilo por su jardín y no ocultar que su hija podía prender fuego a la barbacoa en cualquier momento.

Era una posibilidad bastante real. Cada vez que perdía el control de sus emociones algo malo ocurría. Por eso intentaba permanecer bajo control constantemente. Hacer yoga, salir a correr, practicar cualquier otro deporte…Todo valía y nada valía. Si una emoción demasiado fuerte la invadía todo estaba perdido. Coger las cosas, montarse en el coche y volver a irse.

Un desgraciado accidente de cocina.

Un rayo que cayó sobre el jardín.

Una fuga de gas.

Excusas, excusas, excusas…

La pelirroja se dejó caer hacia atrás sobre la cama, con el peso de todas ellas sobre su pecho. Este era su último año de instituto. Si conseguía controlarse completamente sus padres verían bien que fuera a la universidad. Sólo 12 meses de control. 12 meses. Con ese pensamiento se quedó dormida sin ni siquiera quitarse la ropa.

-¿Qué vas a hacer hoy? Aún tienes unos días de vacaciones. –la pregunta de su madre le hizo levantar la mirada de café. Su padre ya se había ido a trabajar al cuartel de bomberos, lo que le seguía pareciendo una ironía dadas las circunstancias de su vida.-Puedo llevarte a algún sitio antes del trabajo. Mi turno empieza en media hora y el hospital está en el centro.

-No me apetece ir al pueblo. Creo que me quedaré aquí, daré una vuelta por los alrededores.

Se entendían por alrededores los senderos que atravesaban la acumulación de árboles que tenían alrededor. Siempre le había gustado la naturaleza y estar entre ella en soledad la relajaba. Si tenía una emoción negativa intentaba alejarse de todo lo que fuera inflamable pero ese día se sentía de buen humor. El sol brillaba y tenía por delante toda una semana de libertad antes de que empezaran las clases.

-Está bien pero ten cuidado, no sabemos si hay animales salvajes por aquí. Y no me mires así, nunca se sabe qué puede haber en la naturaleza. –argumentó su madre apuntándola con su tostada a medio comer al ver cómo Bloom alzaba la ceja ante la advertencia.

-Está bien, está bien. Si veo un oso prometo que saldré corriendo –o lo haré a la brasa, añadió en su cabeza. Se levantó para dejar la taza vacía en el fregadero y le dio un beso en la mejilla a su madre al pasar por su lado de camino a la puerta trasera.- Buena suerte el primer día, mamá. Te quiero.

-Yo también te quiero, fresita. –acabó la frase con una risa al ver como Bloom rodaba los ojos ante el apodo antes de salir de casa.

Entornó los ojos cuando el sol golpeó su cara y caminó con paso firme por el sendero de tierra que iba desde su casa a la arboleda. En pocos minutos las hojas frondosas taparon los brillantes rayos y un silencio tranquilo, roto por los trinos de los pájaros, la rodeó.

Respiró profundamente el aroma a tierra, a pesar de ser verano en esa zona la humedad mantenía ese olor a fresco en el ambiente. Siguió caminando hasta acabar en un pequeño claro en cuyo centro había una mesa con un par de asientos. ¿Una especie de merendero? Eso le gustaba aunque no parecía que nadie frecuentara esa zona.

Se sentó y cerró los ojos, respirando profundamente como había aprendido en sus lecciones de meditación. Le gustaba estar allí, sentía cómo su mente se quedaba en blanco poco a poco…

-Generalmente mis clientes me contactan antes de venir.

Una voz masculina la sacó de golpe de su meditación y se giró hacia su origen con rapidez, sintiendo como el calor se acumulaba en sus dedos. Era un chico. Sólo un chico con una pequeña caja metálica y con pinta de haber salido de la portada de un disco de heavy metal. La miraba con una arruga en el ceño que mostraba su confusión ante su presencia.

-¿Clientes? ¿Y qué vendes aquí exactamente?-Bloom rompió el silencio que se había instalado con un tono cortante. No se le daba demasiado bien relacionarse con la gente y tampoco tenía mucho interés en ello.

El chico se sentó justo enfrente con una sonrisa ladeada en su cara, aparentemente ajeno a su afilado tono.

-Nada que una chica como tú debería saber.

-¿Una chica como yo?- ambas cejas se alzaron en su cara pecosa. ¿Cómo ella? Intentaba no prejuzgar demasiado y que alguien lo hiciera con ella la hacía enfadar. Y ella no se podía enfadar.-¿Qué es exactamente una chica como yo?

-Bueno, ya sabes…-acompañó su divagación con un gesto de la mano, queriendo abarcarla para reafirmar su explicación.-En plan animadora.

La sorpresa que le provocó esa respuesta hizo que su enfado se evaporara. ¿Animadora? ¿Ella? Era cierto que era alta y estaba en forma gracias al deporte que hacía regularmente pero nunca había formado parte de ese grupo. De hecho las evitaba en todos los institutos. Prefería huir de los conflictos y las animadoras eran un gran conflicto con faldas cortas y cabellos oxigenados. Con ellas hacía una excepción en eso de no prejuzgar.

Su cara desconcertada pareció animar a su acompañante que se levantó de un salto de su asiento y se puso a mover los brazos para agitar unos pompones imaginarios.

-Ya sabes, las que hacen bailecitos mientras mueven cosas que parecen fregonas brillantes.-su explicación junto con su baile improvisado hizo soltar una risa a Bloom. Sintió como si algo se desinflara en su pecho. Hacía demasiado tiempo que no reía de manera espontánea.

Eso pareció animar más al chico, cuya sonrisa se amplió hasta ocupar toda su cara y se volvió a sentar delante de ella, con un movimiento rápido que hizo que el pelo le cayera sobre la cara.

-Eso ya está mejor, esa cara de florecilla mustia me iba a hacer creer de verdad que eras una animadora. –se apartó el pelo con un movimiento automático de la mano sin dejar de hablar.-Soy Eddie, por cierto.

-Bloom.

El chico, Eddie, asintió sin borrar su sonrisa de la cara. Como si aprobara su nombre. Realmente empezaba a pensar que ese chico estaba drogado o tenía algún tipo de hiperactividad pero no se sentía incómoda. Emanaba una energía despreocupada que era contagiosa.

-¿Y qué haces en un sitio como este? Yo habría corrido de este pueblo hace años si pudiera.

La pelirroja se encogió de hombros mientras la respuesta automatizada afloraba de sus labios, pero esta vez de manera más natural. Quería contestar a ese interés genuino.

-Mis padres han cambiado de trabajo así que me toca pasar el último año de instituto aquí.

La mano llena de anillos de Eddie chocando contra la mesa la hizo saltar levemente de su asiento y unas pequeñas chispas salieron de sus dedos, por suerte el chico no se dio cuenta y ella se apresuró a poner la mano tras su cuello, intentando que pareciera un gesto despreocupado.

-¡JÁ! Seremos compañeros de curso. Puedo hacerte un tour completo el primer día, soy el rey de los bichos raros. Verte conmigo será condenar tu vida social en un minuto. –la miró fijamente intentando poner una expresión seria en su rostro ante la última frase. -¿Estás dispuesta a ello?

Estaba claro que no era el típico prototipo de chico de instituto y que su indumentaria gritaba por todos lados chico problemático pero había algo en su cara, en la manera de sonreír, que decía todo lo contrario. Nunca le había importado la vida social, prefería no tener amigos dada la alta probabilidad que había de que les quemara sus deberes o su pelo sin querer pero quería que este año fuera diferente.

Y Eddie parecía diferente.

-Acepto el reto. Estoy segura que puedes destruir mi reputación en una semana.

-Oh, pelirroja…-la sonrisa volvió a formarse en su rostro, pero esta vez era una traviesa, retadora.-Dame dos días.

Ambos se quedaron en silencio mirándose con una sonrisa cómplice. Ca vez le caía mejor su nuevo acompañante. Unos pasos entre los árboles rompió el momento. Eddie se giró con rapidez y chasqueó la lengua con un gesto molesto, como si viera a través de los árboles a la persona que se ocultaba.

-Lo siento, pelirroja, pero tengo que realizar…unas gestiones.

Su tono había pasado a ser evasivo, incómodo, pero Bloom había vivido en demasiados sitios con demasiados adolescentes alrededor para saber qué significa aquello y que no quería formar parte. Se levantó poniendo toda su intención en no mirar a la persona que seguía escondida, no era su problema quién necesitaba comprar droga.

-Tengo que irme de todas formas, nos vemos en dos días, supongo. –alzó la mano con un gesto vacilante para despedirse. El ambiente se había tornado incómodo y ella junto a él. Pero a Eddie eso no le pareció importar. Se levantó dando unos pasos hacia atrás e hizo una reverencia que la hizo reír de nuevo. Dos veces en un día. Toda una proeza para mí.

-Hasta el lunes, animadora. –le guiñó un ojo ante el apodo antes de coger su caja de metal y darse la vuelta para internarse entre los árboles.

Bloom se dio la vuelta, sin intención de espiar su compra y desanduvo el camino hacia su casa, justo al lado contrario. Esta vez su estado mental no tenía que ver con el sitio, sino con la persona. Había hecho un amigo por primera vez. ¿Era un poco raro? Sí. ¿Traficante? Probablemente. ¿Le importaba?

En absoluto.