Empezó a considerar creer que tenía algo de buena suerte cuando se dio cuenta de que no coincidía con Eddie en ninguna de sus clases al día siguiente. El momento que habían compartido no había sido incómodo, no la había hecho sentir mal, todo lo contrario. Y ese era el problema. Unos segundos más y su cuaderno habría empezado a echar humo. ¿Y si se hubieran besado? ¿Habría prendido fuego al propio chico? Habría sido algo digno de recordar para su primer beso, desde luego.
Esa vez fue su madre la que la dejó en el instituto camino del trabajo. Por suerte todos la habían acogido con los brazos abiertos. Una traumatóloga de renombre en su campo era difícil que se mudara a un pueblo pequeño. La respetaban y eso hacía que apenas se fijaran en la mitad de su cara llena de cicatrices. "Un accidente doméstico", decía siempre su madre. Si entendían a Bloom como un accidente, eso sería cierto. Aunque su madre nunca mostró ningún resentimiento.
La única que pensaba que era un accidente catastrófico era ella misma.
-Esta tarde te quedas para ver ese juego, ¿verdad?-preguntó aparcando enfrente del instituto.
Le había pedido permiso a sus padres para poder asistir a la reunión de un club. No sabían lo que era un juego de rol así que se lo resumió de la manera más pacífica e inofensiva que pudo, era un club de juegos de mesa. Cosa que no era mentira. No veía nada peligroso en lo que hacían esos chicos, al contrario que muchos medios de comunicación. Por suerte para ella sus padres ignoraban la mayor parte de las noticias.
-Sí, después Robin me acompañará a casa.
Técnicamente eso sí que era una mentira. Robin estaría en el instituto pero ensayando con su banda así que no la vería y tampoco podría acompañarla porque no sabía a qué hora acabaría la reunión pero podía caminar perfectamente sola. Era menos de media hora en un camino iluminado. Además, sabía cómo defenderse en caso de imperiosa necesidad.
-Tienes que traerla a casa un día. Quizás hoy pueda quedarse a cenar. Me encantaría conocerla. –su madre desbordaba alegría. Nunca había vuelto a casa hablando de nuevas personas y menos de quedar con ellos.
-Sí, claro. Aunque mejor otro día, es un poco…tímida. –definir a Robin como tímida era lo último que pensó que haría pero la excusa salió disparada de sus labios, intentando ocultar la improvisación moviéndose de forma rápida para salir del coche. Una vez fuera se inclinó para mirar los ojos verdes de su madre, contrastando con los suyos azules, parecidas sólo en el color del cabello. –Te quiero. Pásalo bien en el trabajo.
Su madre le lanzó un beso, tras lo que cerró la puerta del coche, dispuesta a comenzar un nuevo día en el instituto con un objetivo en mente: Evitar a Eddie Munson. O quemar cosas en el intento.
Había comido en la mesa del club junto con Robin pero apenas había intercambiado alguna que otra frase con el líder del mismo sin que alguien los interrumpiera. Todos estaban emocionados por la campaña de esa tarde y eso le permitió no participar demasiado en la conversación, simplemente escuchar con diversión y atención. Realmente era un juego complicado, lleno de estrategia que no acababa de comprender del todo pero se veía la pasión en los ojos de cada miembro.
No pensaba esquivar a Eddie constantemente. Sólo ese día, para relajar el nudo de tensión que se había alojado en la boca de estómago al pensar en todas las posibilidades catastróficas si algo pasara entre ellos. Y, siendo sincera consigo misma, las no tan catastróficas. Sentir tan cerca su boca le había hecho sentir un escalofrío recorriendo su columna vertebral, y no por el frío precisamente.
Pero su estrategia falló estrepitosamente al entrar al aula de historia. Era el primer día de la asignatura, no tenía a su fiel relaciones sociales (también llamada Robin) y era la única clase que compartía con el líder de Hellfire Club.
Lo vio nada más entrar, cerca de la ventana, en última fila con el sol incidiendo directamente sobre los tatuajes de su brazo. Nunca lo había visto con las mangas subidas pero no le extrañó ver cómo unos murciélagos recorrían su brazo.
El asiento de su lado estaba libre y él palmeaba la silla sin despegar la vista de Bloom, con una sonrisa que parecía de alguien que hubiera ganado una apuesta particularmente arriesgada.
-Murciélagos, qué previsible –se burló, a modo de saludo, sentándose a su lado y empezando a sacar el libro de historia. Eddie soltó una ligera risa con un movimiento negativo de la cabeza al ver sus movimientos.
-Sabes que nadie atiende verdaderamente en esta clase, ¿verdad?-inquirió agitando su mano sobre todo el material que ya había sobre la mesa de la chica.
-Quizás por eso aún sigues aquí. –replicó con rapidez.
No lo había pensado, a veces ser cortante le salía de manera natural, un mecanismo de defensa después de años intentando mantenerse al margen de todos. Lo miró alarmada por su propia frase pero éste sólo se llevó la mano al corazón con un gesto exagerado de dolor.
-Sabía que tenías una animadora cruel ahí dentro.
Le sacó la lengua como toda respuesta ya que la profesora entraba en ese instante al aula. Miró unos segundos la lista de alumnos y después alzó la mirada directamente hacia ella.
-¿Bloom Peters? Eres nueva, ¿verdad?
-No, ha estado escondida todo este tiempo en el armario del material de gimnasia.-la réplica de Eddie en un susurro no tan susurro que pudo escuchar toda la clase casi hizo reír a la pelirroja. Sólo pudo asentir ante la profesora apretando los labios en una fina línea.
-Bienvenida. –ignoró las risitas que había provocado el comentario y su mirada viajó entre ambos chicos un par de veces para finalmente acabar en Bloom con una sonrisa cansada, esa mujer sabía lo que era batallar contra Eddie Munson. –Y buena suerte.
Eddie alzó ambas manos en un gesto de fingida indignación ante las últimas palabras pero no dijo nada más, manteniéndose en un sorprendente silencio durante toda la hora. No es que ella se hubiera podido concentrar demasiado, notaba las miradas furtivas que le lanzaba y, aunque intentaba evitarlo, la que ella misma le lanzaba a él en respuesta.
Casi parecía que la situación del día anterior no había ocurrido si no fueran por esas miradas. Quizás había malinterpretado la situación. ¿Para ella había significado algo pero para él no? Podía ser muy expresivo y no conocía demasiado del espacio personal y para ella cualquier invasión del mismo era un hecho remarcable.
-Hey pelirroja, estamos bien, ¿verdad?-la mitad del cuerpo de Eddie invadió su mesa nada más acabar la clase. Había volcado casi todo su peso en los brazos apoyados y Bloom se vio obligada a echar la silla hacia atrás ante la proximidad de su rostro.
-Claro que sí, ¿por qué no lo íbamos a estar?-respondió con toda la naturalidad que pudo.
Si él no le daba demasiada importancia a la cercanía, ella tampoco lo haría. O lo intentaré. La arruga de preocupación que se había formado en la frente de Eddie desapareció al oír su respuesta y se alzó en toda su altura antes de recoger sus cosas con desenfado.
-Nos vemos en un rato entonces. Tengo que preparar la velada. –estiró ambos brazos con una inclinación de cabeza, en una reverencia sobreactuada, y le guiñó un ojo, gesto con el que Bloom intentó no sonrojarse.
Actúa así con todos sus amigos, deja de ser una idiota.
Con ese pensamiento repitiéndose en bucle en su mente esperó a los más jóvenes del grupo en el pasillo.
Que el instituto tuviera aulas para las diferentes actividades de los clubs le pareció una idea muy útil. Obviamente el aula de los Hellfire estaba cerrada con candado, nadie quería arriesgarse a que otros entraran y les destrozaran cualquier mobiliario, a pesar de que los miembros solían llevar todo a un lugar seguro tras acabar cada partida.
Todo eso se lo explicó Dustin, el que más hablaba de los tres chicos, de camino hacia su guarida. Estaba en el sótano, donde nadie los molestaba casi nunca. Una puerta negra con un demonio pintado fue toda la indicación que necesitaba para saber que ya habían llegado.
-Que empiece la aventura-el tono de emoción de Mike era contagioso. Llamó tres veces a la puerta, la cual se abrió tras unos segundos.
Y ahí estaba él, rodeado de la tranquilidad que da saberse en su elemento. Rey de su propio reino. Miró a cada uno de ellos en silencio para después dar unos pasos hacia el interior de la habitación y acercarse a su trono. Literalmente tiene un maldito trono.
Se inclinó sobre la mesa, abarcando todo el tablero que había sobre la misma con ambos brazos y clavó su mirada en ella, lo que la dejó momentáneamente sin respiración. Este era su dominio y se lo iba a mostrar. Había algo profundamente íntimo en ello.
-Que comience el juego.
Su voz profunda, acorde con su mirada, rompió el silencio pero no el ambiente de emoción contenida. Y Bloom no puedo evitar pensar que no sólo se refería a ese juego.
La velada fue todo un éxito. Los chicos consiguieron matar al último enemigo, Vecna, y estaban exultantes. Lucas salió de la habitación dando saltos de emoción rememorando su mejor jugada paso a paso lo que hacía reír a los demás.
Bloom se lo había pasado mejor de lo que creía. A pesar de no haber visto nunca ese juego y de tener complicadas estrategias, había vivido con interés cada una de las tiradas de dados aplaudiendo cada éxito y lamentando cada error. Era casi como ver escribir un libro en directo.
Le echó una última mirada al trono, aún sorprendida de que estuviera allí, antes de salir detrás de los demás, dejando como último a Eddie que se encargaba de cerrar con llave.
-Nos vemos mañana, ¡tienes que venir más a menudo!
-¡Sí, es mucho mejor cuando se tiene público!
-Además hoy Eddie lo ha dado todo, la audiencia también lo motiva a él.
Los chicos se pisaban unos a otros al hablar así que sólo pudo asentir entre risas y despedirlos con la mano, prometiendo antes que sí que volvería a verlos jugar.
Ya se había puesto el sol y la temperatura había bajado considerablemente debido al aire frío que le agitaba el pelo, se notaba que septiembre estaba acabando.
-Así que vas a venir más a menudo, eh. –la voz cerca de su oído la hizo dar un pequeño respingón. Se había quedado mirando cómo los demás se alejaban en sus respectivas bicicletas, inmersa en sus pensamientos sin notar cómo Eddie se acercaba por detrás. Antes de que se girase, él ya estaba justo delante.
-Sólo si tú quieres, eres el rey y todo eso. –acompañó el apodo con un movimiento en el que rodeaba su cabeza con una corona trazada por su dedo, lo que le arrancó una sonrisa petulante.
-He visto cómo mirabas mi trono. –recalcó profundamente el posesivo. –Si te portas bien quizás te deje sentarte alguna vez.
Las cejas de la pelirroja se alzaron con falsa indignación ante la sugerencia.
-¿Portarme bien?
Medio paso del chico fue lo necesario para que la distancia entre ellos se acortara más allá de lo socialmente aceptable. Su pelo despeinado le rozaba ligeramente la cara con la brisa fría.
-O mal, según se mire. –la sonrisa se volvió traviesa, sus labios demasiado cerca de los de ella, los alientos mezclándose. La temperatura ascendiendo, al menos en su cuerpo.
Sólo un beso. No pasará nada, puedo hacerlo.
Quizás fue por la cercanía, porque le había mostrado una parte de él que dejaba ver a pocos, porque la había invitado a su reino o, quizás, porque lo había visto reír a carcajadas. Libre, salvaje y feliz.
Quizás fue por todo eso. O quizás simplemente porque le gustaba. Tan simple y directo.
Puedo. Con. Esto.
Apoyó las manos sobre sus mejillas y acortó la distancia entre sus bocas. Notó la tensión momentánea en el cuerpo de Eddie antes de que este respondiera al beso.
Bloom no tenía ni idea de lo que estaba haciendo pero notar cómo los brazos rodeaban su cintura para acercarla aún más y sentir cómo la lengua ajena acariciaba tentativamente su labio en una pregunta muda hizo que se dejara llevar por el instinto, ajena al corazón martilleando su pecho que amenazaba con explotar en llamas.
Una explosión de color atravesó sus párpados cuando ambas lenguas se rozaron. Notó antes la pérdida del calor del otro cuerpo, con el pelo azotando su cara al girarse en un movimiento violento ante el origen del sonido, que lo que había ocurrido.
No pasa nada, no pasa nada…
-ACABA DE CAER UN RAYO EN ESE ÁRBOL.
La voz de Eddie con una nota de temor la hizo obligarse a sí misma a abrir los ojos. A pocos metros de donde estaban uno de los árboles estaba ardiendo por completo.
Por suerte él aún estaba de espaldas y no vio cómo sus ojos se llenaban de lágrimas y sus manos se volvieron puños, llenos de impotencia. Como tampoco vio el camino de un tono más oscuro que el asfalto que serpenteaba desde los pies de Bloom hasta el árbol en cuestión. Como si un camino de gasolina hubiera sido trazado.
-Ten-tengo que irme. –si no hubiera sentido ese agujero negro donde antes estaba su corazón ardiendo casi se habría sentido orgullosa del apenas tartamudeo en su voz.
-¿Qué? No, seguro que habrá tormenta. Yo te llev…Bloom, eh, Bloom. ¡Espera!
Pero la pelirroja hizo caso omiso a la voz que le gritaba, acelerando el paso para dejarlo cada vez más atrás. Nadie antes le había pedido que volviera. Nunca había dejado a alguien acercarse tanto.
Y por una buena razón.
Ella no tenía el corazón lleno de fuego. Había sido un estúpido espejismo. Su corazón tenía que estar muerto. Su corazón tenía que ser ceniza.
