N/A: ¡Hola a todos! Disculpen por la demora. Había estado muy ocupada con asuntos del trabajo, y no me había dado tiempo de dejar listo el capítulo. De todas formas, les agradezco muchísimo a quienes siguen y comentan la historia, en especial a BUBU30 y marielsonar ¡Me hace feliz leerlos!
En fin, espero que les guste!
Aclaración: Detective Conan ni sus personajes me pertenecen, excepto aquellos creador por mi para efctos de esta historia.
Capítulo 4
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Ran sacó de una cajonera blanca, igual de prístina que las paredes y la mayoría de los muebles que la rodeaban, una caja transparente de material acrílico, y de ésta un trozo de algodón. Lo separó con sus manos en un pedazo aun más pequeño, y volvió a su lugar el resto, cerrando con cuidado la cajonera bajo ella.
Luego tomó una gran botella de alcohol y dejó caer un par de gotas de su contenido sobre el algodón que había reservado, para posterior a eso llevar este algodón humedecido con alcohol sobre la piel desnuda del brazo de un hombre de mediana edad, con la intención de desinfectar el área. Y luego de expresar con una amable sonrisa palabras tranquilizadoras, y luego de llenar una inyección con un líquido, introdujo con cuidado una gran aguja sobre la piel.
Ella siempre había querido ser como su madre. Ran la admiraba, su fuerza y su inteligencia, por lo que no era de extrañar que desease, en algún momento, estudiar leyes como ella. Pero luego entendió que el defender a personas que no necesariamente son buenas iría en contra de sus aun muy estrictos principios. Por ello, con el objetivo de ser un aporte a la sociedad, de poder ayudar a lo demás, decidió estudiar enfermería. Después de todo, desde que era una niña que le había gustado curar a las personas, empezando por un problemático Shinichi.
Y así, sus años habían transcurridos entre el hospital, el karate, su familia y el cuidado de su padres. Siempre pensando antes en los demás.
Suspiró. Estaba cansada. Durante toda esta semana había tenido mayor carga laboral de lo habitual. Cuando se detenía en pensar en eso, suponía que debía tratarse a las enfermedades estacionarias, y que, tal vez, había en la ciudad cierto viejo detective que atraía los accidentes. Tenía un humor negro al respecto.
Por ello, en cuanto despidió a su paciente con una cálida sonrisa, salió de la habitación y caminó por el pasillo en búsqueda de un reconfortante café. En consideración del escaso tiempo con el que contaba, prefirió no ir a la cafería del hospital, en donde podría haberse sentado cómodamente, sino que conseguir una lata de café en la expendedora de bebidas a un par de metros de su cuarto. Un latte de vainilla estaría bien. Es dulce como le gusta.
Se paró enfrente de la máquina expendedora, abrió la lata de café y se la llevó a la boca mientras pensaba en lo que tenía que hacer: compras en el mercado, arreglar una ventana rota de la cocina y la boda de Narumi, que no quedaba más que una semana. Esa era su principal preocupación.
Se preguntaba que sería de sus pensamientos sin la boda de Narumi. Su vida no era muy interesante. Suponía una buena ración de películas podría solucionarlo.
Y bueno, debía admitir que la desconcertante actitud de Shinichi también a veces ocupaba su mente. No sabía la razón. Suponía que esto se debía al aumento de flujo de pacientes en el hospital le hacía recordar a él y su detectivesca y molesta vieja cara de sabelotodo, y su capacidad de atraer toda serie de situaciones accidentadas. Bueno, después de todo, solo bastó con una visita al restaurante para un crimen, en donde jamás había ocurrido, apareciera en el lugar.
Pero pasaron los días. Pasaron las semanas. Trascurrieron miles de personas por el hospital. Varios entrenamientos a tiempo parcial de karate, en donde lideraba a jóvenes promesas de aquella disciplina. Muchos preparativos y compras de última hora para la boda. Pero nunca más supo de él. Nunca más se comunicó con ella, aun cuando sabía que se encontraba en la ciudad, ya que lo había visto varias veces por televisión en los últimos días. Ni un solo mensaje, ni una pequeña llamada, pese a que él conoce su número. Lo que le hacía pensar, ¿Le mintió ese día en el restaurante solo para no tener que seguir viéndola? ¿Tan molesta le pareció ella y su visita como para querer deshacerse de ella de esa forma?
No era como si sintiera que estaba desesperada por seguir viéndolo. Después de todo, no lo vio por muchos años. Solo era, a estas alturas de la vida, un recuerdo lejano. Pero definitivamente era triste pensar que los años cambian todo. Pero ella lo entendía. Ran siempre entiende, es comprensiva. Suponía que luego de tanto tiempo, las personas se sienten extrañas con las personas a quienes no han visto por un periodo tan prolongado. Especialmente cuando se vive en otro país por tanto tiempo. Suponía que ya no era más que unos extraños.
Sonoko, en cambio, creía que él era derechamente un idiota. Cuando Ran le contó por videollamada acerca de este sorpresivo encuentro, la mujer, quien se encontraba en Shangai, ya que ahora se dedica a recorrer el mundo representando a la corporación Suzuki en eventos multimillonarios, casi se metió dentro del móvil para poder conocer con pelos y señales de todo el chisme. Pero, luego de escuchar toda la historia, solo se limitó a burlarse de él y llegar a la conclusión de que no valía le pena, y quiso enfáticamente dejarle entender que ella no era la culpable, sino que él era un viejo detective idiota y obsesionado. Que ahora estaba peor que nunca. Que ella ya había hecho demasiado por buscarlo.
Ran asintió con la cabeza, y pensó que ella tenía razón. Por ello, decidió no buscarlo más y olvidar el asunto. Si él no quería saber nada de ella, ella no querría seguir molestando. Por lo demás, prefería abocar su mente en sus cosas, en hacer de buena forma su trabajo, y en ayuda a Narumi.
Y así, pasó el tiempo entre pacientes, y preparativos de boda. Entre inyecciones y múltiples ensayos en la iglesia, en donde debía habla constantemente con Hiroaki. De vez en cuando, pensaba en el desaire de Shinichi, refunfuñaba y seguía con lo suyo.
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Y, finalmente, llegó el sábado: el gran día.
Ran sentía un burbujear entusiasta en la boca del estómago, no estando segura si ella estaba incluso más emocionada que Narumi. Se reía sola. Incluso llegaba a pensar que estaba más feliz que cuando ella misma se había casado. No quería decir que ella no hubiese estado feliz ese día, pero ahora claramente sentía una ilusión que no había sentido. Quizás era porque conocía al novio desde hace mucho tiempo, Jomei, y lo quería casi como a un hijo. ¡Le gustaba tanto la pareja que hacían! Incluso, si lo pensaba bien, ellos dos le recordaban a alguien más...
Por supuesto, como era de suponer, se levantó casi al alba, casi sin necesidad de inyectar cafeína a su sistema a través de un café con crema, como lo hacía todas las mañanas antes de salir a su trabajo, ya que estaba lo suficientemente ansiosa por asegurarse que todo salga bien como para no tener sueño. De que su hija tuviera un gran día. Que todos lo tuvieran. Como era de esperar, no tuvo que despertar a Narumi, ya que ésta no había podido pegar un ojo en todo la noche, caminando de un rincón a otro de la casa, en medio de la oscuridad de la noche. Como no se podía dudar, su cálida madre le preparó el desayuno más delicioso que alguna vez hubiese hecho, tras lo cual se quedó junto a ella para ayudarla en todo lo que fuera necesario.
No sabía si era la edad, pero estaba aun más sensible que antes. Lloraba con muchas más facilidad que cuando era joven, lo que podía incluso extrañar a quienes la conocen de toda la vida. Brillantes lágrimas salieron de sus ojos violáceos de forma intermitente durante todo el día, incluso a veces de forma tan descontrolada, especialmente cuando la vio con su vestido de novia, lo que significó que la chica le rogase que se detuviera.
No recordaba haber llorado tanto en su propia boda.
Su carácter altruista, cariñoso y preocupado por los demás, la hizo desear ocuparse de todo y de todos durante este día, incluso cuando Narumi, y todos, le dijeron que no era necesario. Que habían personas que se encargarían de todo. Pero eso no era suficiente para ella. Ran fue la primera en llegara a la iglesia en donde se desarrollaría la boda, una linda construcción ubicada en el centro de Haido, habiéndose acordado que se realizaría una ceremonia de estilo occidental, tanto por el lugar como por la vestimenta. Narumi llevaba un gran y bello vestido blanco inmaculado, y Jomei un perfecto frac negro. Ella creía que ambos se veían encantadores, como sacados de una revista de novios, y deseaba sacarles cientos de fotos, como una buena madre orgullosa.
Y en cuanto empezaron a llegar los invitados, ella se aseguró de dejar listo todo aquello que tenía sobre sus hombros, y tomar su lugar frente a la entrada de la iglesia para dar la bienvenida a todos los asistentes. Ese había sido el rol asignado a los padres y padrinos de los novios, después de todo. Por ello, debió caminar hacia Hiroaki y quedarse junto a él como una familia feliz. No fue molesto, porque podían hablar fácilmente de sus hijos, pero cuando empezó hablarle acerca de los recuerdos de su propia boda y haciendo insinuaciones al respecto, paulatinamente se fue ubicando al otro extremo de la entrada. No quería escucharlo ni quería que éste la confundiera. Menos ahora.
Y así, cada uno por su lado frente a la iglesia, cada uno empezó a escribir cordialmente a la gente que venía llegando, especialmente a aquellos que se trataban de sus propios conocidos. Era paradójico, estaban igual de distanciado en la vida como en la cantidad de metros de distancia. Ran dejó salir un suspiro de su boca, esperando que su hija tuviera mayor éxito en la vida. Ran podía conformarse con sus libros y películas de romance. Ese es a lo único a lo que podía aspirar a esta altura de la vida. Bueno, ya no tenía tantas secretas aspiraciones románticas infantiles como antes. Ahora tiene una perspectiva bastante más realista de la vida.
De este modo, poco a poco, los invitados fueron llegando. Amigos de ambos, familiares, entre ellos Kogoro y Eri, bastante más envejecidos y huraños que antes. Pero Ran podía reconfortarse el haber conseguido reunirlos luego de muchos años de intento. Ella sabía que se querían. Sabía que en el fondo se quería, sino no se habrían quedado juntos por todo este tiempo, pese a haberse vuelto a separar un par de veces en el camino. Fue un trabajo arduo. Como era de esperar, Kogoro se quejó acerca del novio y que Narumi merecía a alguien mejor. Él se comporta igual a como se conducía con su hija.
Por supuesto, no tardó en llegar la tía Sonoko, con su fantástico vestido comprado en su último viaje a Shangai, de donde venía llegando hace tan solo un par de horas. Probablemente aun sus zapatos olían a zona de primera clase del avión. Como era de esperar, en cuanto vio a su vieja amiga vieja amiga Ran, en lugar de ingresar a la iglesia, se quedó con esta mientras ella hacía su labor. Deseaba conocer chismes y todos los pormenores de lo que ha estado siendo la boda y del vestido de Narumi. Ambas se hicieron mutuas burlas. Ran le consultó si esa perfecta sonrisa de revista se debía a ciertos retoques con bisturí hechos en su viaje al extranjero, lo cual era cierto. Sonoko no iba a permitir parecer una vieja acabada. Y, bueno, Sonoko por su parte, le preguntó si había hablado con su ex marido.
—¿Eh?—exclamó Ran, entrecerrando los ojos con confusión, sin detenerse en su trabajo de entrega de pequeños recuerdos de la boda a las personas que iban entrando. —¿De que hablas? Hiroaki está al otro lado de la entrada, claro que he hablado con él.
—No me refiero a Hiroaki-kun—respondió Sonoko mientras tomaba el hombro de Ran. —Estoy hablando de tu verdadero ex marido, Shinichi-kun.
—Oi, Sonoko, ¡Que chiste más viejo!—respondió Ran con un resoplido. —Hace más de 20 años que no lo escuchaba.
A pesar de todo, ambas se rieron ante esto. Incluso cuando podía sonar molesto, tenía cierto encanto hablar y contar bromas de juventud.
—Ah, aun así—agregó Ran, justo antes de que Sonoko ingresar definitivamente a la iglesia para tomar su lugar, dado que ya habían anunciado que estaba por comenzar. —Shinichi no es mi ex marido. Ni siquiera es mi amigo, así que deja el tema ¿ok? Olvídalo.
Sonoko pareció no prestar atención a sus palabras, demasiado preocupada de identificar entre las cientos de personas a Narumi, con el firme objetivo de ver su vestido, tan alabado anteriormente.
Solo quedaban unos minutos para el inicio de la ceremonia.
Una picazón se carcomía los pies y el pecho de Ran, ansiosa por entrar de una vez y presenciar el momento de su hija, pero decidió quedarse ahí en su lugar, y recibir a los últimos invitados que faltaba que llegasen. Entraron unos amigos de la universidad de Narumi, un par de familiares de lejanos de Hiroaki, y, al último, casi cuando estaba a punto de cerrar las puertas, llegaron Heiji y Kazuha. Arribaron al lugar discutiendo, mientras uno se quejaba del otro. Heiji acusó a Kazuha de demorarse demasiado arreglándose y Kazuha de que Heiji se había empeñado en traer en el bolso de Kazuha un licor chino, insistiendo que no podía haber una buena celebración sin un fuerte licor chino. Ran, con cordialidad, les pidió que ingresaran, ya que la ceremonia estaba por comenzar. Lo último que escuchó Ran, mientras ella misma cerraba las grandes puertas de madera y fierro de la iglesia, era la voz de Kazuha recriminándole que decir que no habría una buena celebración sin su licor era decirle que el evento no era tan bueno.
Ran sonrió con cariño.
Pero no tenía tiempo para pensar ni un segundo en eso. Con el estómago contraído, caminó apegando fuertemente su bolso sobre su cuerpo, hasta los asientos de la primera fila. Ahí era lugar reservado para personas cercanas a los novios. Se sentó al lado de Hiroaki, como correspondía. Pero solo podía pensar en el temor de llorar tanto que pudiese distraer a los protagonistas. Es que no lo podía evitar, estaba tan emocionada.
Sintió detrás de ella el leve ruido del crujir de la puerta de madera de la entrada principal, aunque ni siquiera se molestó en voltearse. Supuso que era algún invitado rezagado o alguien que había salido al exterior para fumar un cigarrillo o hacer una llamada, y que ahora volvía a ingresar.
Pero, mientras que el sonido de la puerta no tuvo la fuerza para capturar su atención de lo que verdaderamente era importante para ella, si que lo tuvo una estruendosa voz que provenía desde Heiji, desde la parte trasera de la iglesia.
—¡NO LO PUEDO CREER! ¡ERES TÚ, KUDO!
Ran giró la cabeza violentamente, casi sin importarte romper su delgado cuello con el brusco movimiento, teniendo la imperiosa necesidad de comprobar con sus propios ojos a la persona que llegaba sin que nadie lo hubiese buscado al lugar a donde dijo que no iría. A la persona que no quiso saber más de ella, y a quien había estado dedicando sus secretos tristes pensamientos por semanas.
Entre el mar de personas sentadas ordenadamente en la pila de asientos hacia el final de la iglesia, lo primero con lo que Ran se topó fue con la mirada de Shinichi sobre ella. Y cuanto ambas miradas se encontraron en un mismo punto, él le sonrió. Le regaló una sonrisa franca y amistosa.
Ran podía sentir como su corazón latía con más fuerza de lo habitual, y rogaba que el resto de las personas no notaran como, infantilmente, el calor volvía a sus mejillas.
