N/A: ¡Hola a todos! Primero que todo, lo siento por la espera. Debido al trabajo y estudios, las actualizaciones podrían no tener una fecha establecida, a veces de una semana a otra, o en otras me puedo demorar varias semanas. Pero siempre me aseguro de ir teniendo listo el nuevo capítulo lo más pronto posible.
Por otra parte, muchas gracias a quienes siguen y leen esta historia. Sus comentarios u opiniones son extremadamente apreciados para mi!
En fin, sin más preámbulos, espero que disfruten este nuevo capítulo :)
Aclaración: Detective Conan ni sus personajes me pertenecen.
Capitulo 5
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Ran volvió su cabeza hacia el frente y fijó su mirada en el pequeño taburete, el cual sería el protagonista en unos pocos minutos más, cuando tuviese sobre éste a los flamantes y felices novios dando el 'sí' para pasar la vida juntos, si los dioses así lo permitían, por toda la vida.
Se incrustó a la fuerza la idea de que no debía mirar hacia atrás, a donde estaba Shinichi, ni por un mini segundo. Lo que menos deseaba era que todos los asistentes notaran que el color en sus mejillas era por la reciente llegada de paracaidista del viejo famoso detective del este y no por la emoción flagrante de la boda de su amada hija.
Pero debía admitir que esto era una tarea ardua y difícil. Heiji, emocionado y entusiasta de encontrarse después de años con su antiguo compinche y amigo de aventuras y resolución de casos, hablaba ruidosamente con él, mientras le preguntaba con emoción poco contenida acerca de el último caso que tuvo Shinichi en Nueva York, aquel que le hizo volver a Japón de vacaciones. Evidentemente Hattori estaba enterado del caso y deseaba conocer detalles. Por supuesto, como era de esperar, éste había insistido en que se sentara junto a él y Kazuha. La pobre Kazuha debe estar deseando que comience rápido la ceremonia para no perder la cabeza.
No voltear hacia atrás, hacia el origen de esas voces conocidas, era como estuviera luchando en el más difícil combate de karate en el que hubiese estado. Después de todo, escucharlos hablar de temas que habían sido tan cotidianos hace años atrás, era como de esas extrañas sensaciones, cuando alguien ha dejado de ver a alguien por mucho tiempo, y, a pesar de todo, al volver a verle, era como si jamás hubiese dejado de verlo. Como si todo hubiese seguido igual que siempre. Era tentador introducirse como pez en el agua al pasado, y volver a ser quien solía ser. Que todo volviera a ser como antes.
Pero no. Eso no era así. El tiempo si había pasado. Ella no vive más esa vida jovial, esa vida rodeada de pensamientos de romance, misterios, detectives y aventuras. Ella es una mujer en sus cuarentas, separada, y apunto de presenciar la boda de su hija. Debía dejar de soñar despierta.
Aunque el sentir de un par de ojos fijos sobre ella, sobre su espalda, no hacia la tarea fácil. Ella no podía tener la certeza de que él la estuviese mirando, después de todo, Ran se ha asegurado de no mirar ni por un instante hacia atrás. Pero podía sentir como una mirada fija y ardiente estaba incesantemente sobre ella. Tal como en ciertas ocasiones, cuando a pesar de no estar dentro de su área visual, una persona es capaz de sentirse mirada. Y no podía dejar de pensar en ello, por más que luchara, incluso cuando la emoción la embargó y se metió como un tornado en su sistema en el momento en el que los novios, inmaculados y sonrientes, hicieron entrada en escena, adornados como ballet, con la bella marcha nupcial.
Ran trató de olvidar los molestos pensamientos que se habían estado apoderando de ella y su cabeza, y se enfocó en mirar a la pareja caminar a través del recinto, adornado bellamente y repleto de ramos como rosas blancas. Los novios estaban vestidos hermosamente, en especial Narumi, quien llevaba el vestido más bello que jamás hubiese vestido, con encajes y pedrería, acompañada con esa linda sonrisa tan característica de la niña, esa que tenía la capacidad de adornar todo el lugar.
Los miró, y su cabeza voló por los aires y atravesó las blancas nubes del cielo. Quizás porque tenía fresca en su memoria la imagen de Shinichi, con su traje impecable que le quedaba como un guante, su barba recién afeitada, y su sonrisa que hace tiempo no veía, no podía evitar en ver a los novios en ellos. Nunca lo había dicho en voz alta, y se aseguraría de que nadie en el mundo lo supiera, pero siempre pensó que Narumi y Jomei se parecían a ellos cuando jóvenes. Podía ver a Narumi en ella, en la Ran de hace veinte años. La Ran ilusionada, buena, inocente, que en el fondo de su corazón, esperó a su mejor amigo, igual como su hija había esperado al suyo que volviese de sus estudios en el extranjero, pero con la diferencia de que Ran esperó hasta que este le rompió el corazón definitivamente, y desapareciese para nunca volver. Y Jomei era tan listo y astuto como Shinichi. Era como si estuviera mirando desde lejos, como una lejana y ajena espectadora, lo que, quizás, debió haber sido.
La pregunta es: ¿por qué demonios se le vienen a la cabeza este tipo de pensamientos tontos? Ambos no son más que dos desconocidos, que no se ven hace más de veinte años, que no si quiera amigos, y que ya no había nada que los uniese. Los recuerdos ya casi estaban en el olvido. Y no olvidar que es un idiota, cosa importante.
¿Por qué piensa en ello? ¿Por qué?
Si no fue, es simplemente porque tal vez nunca debió suceder. Eso es todo. Es el destino el que traza caminos separados a las personas.
Y finalmente llegó el tan ansiado momento. Ambos dieron el 'si', con una voz llena de emoción contenida, y como consecuencia intercambiaron un pequeño beso en los labios, lo que acabó con un ensordecedor resueno de aplausos y una nueva tanda de lágrimas volvió a brotar de los violáceos ojos de Ran. Hiroaki, sentado a su lado, quien la estuvo observando durante la ceremonia, como quien le estuviera proponiendo de nuevo matrimonio, sonrió con cariño ante sus lágrimas, conocidas para él de toda la vida, y le ofreció un pañuelo, el cual ella aceptó agradecida. A veces olvidaba que, detrás de todo lo que le había hecho, él siempre fue un esposo amoroso, tierno y comprensivo. Sabía en su cabeza que él era un idiota, quien le había hecho daño, pero creía que por algo el destino había cruzados sus caminos y los había hecho compartir la felicidad de la paternidad. Son tantos los recuerdos juntos, que a veces, debía admitir que consideraba perdonarle. Darle una nueva oportunidad...
Pero el pañuelo de Hiroaki no fue suficiente para contener la lluvia torrencial de lágrimas de Ran cuando los novios separaron los labios uno del otro, y caminaron por la iglesia hasta la puerta de salida como una pareja casada. Todas las personas se agolparon alrededor de ellos, quienes felizmente recorrieron la parte central del recinto hasta la entrada. Allí, Narumi esperó a que todos se acercaran, y, entre aplausos, la flamante novia lanzó el ramo a la multitud. Todas las chicas revolotearon alrededor de ella, como palomas en un parque tratando de capturar las migas de pan que un benévolo transeúnte había lanzado de forma azarosa a las fervientes aves. Pero sin buscarlo, cayó en la vacías manos de quien ni siquiera se había acercado. Ran miró el ramo que había caído de improvisto en sus manos. Eran unos bellos lirios blancos con manchas jaspeadas amarillas.
Pero no era para ella. Ya no estaba en edad para ello. Miró a la primera chica que encontró a su lado, una compañera de Narumi de la universidad, y se lo regaló con una cálida sonrisa. La muchacha dio pequeños saltitos de felicidad y corrió a mostrárselo a sus amigas y a su pálido novio.
Finalmente, habiendo realizados todos los ritos matrimoniales planificados, marido y mujer se despidieron de los invitados entre aplausos y arroz volador, y se introdujeron sonrientes a un automóvil de recién casados, dejando atrás a los invitados, emocionados y hablando sin parar acerca del gran acontecimiento.
Ran giró su cabeza entre la gente, deseosa de encontrar a cierto extraño y esquivo detective, como si sus ojos fueran un par radares de alta frecuencia. Pero no debió buscar demasiado, pues de inmediato se topó a lo lejos, entre las personas conversando animadamente, con la mirada de Shinichi hacia su dirección. Era claro que él también la estaba buscando. Ella, ansiosa por escuchar una explicación a su sorpresiva apreción en esta boda y a sus mentiras en su último encuentro en el restaurante, se movió entre la gente con dificultad, debiendo esquivar con destreza manos ágiles que la tomaban para felicitaban y invitarla conversar.
Quizás fue su imaginación, pero sentía como la mirada de Shinichi sobre ella era inquieta, lo que le hacía parecer realmente ansioso por este encuentro, distinto a la actitud torpe y distante de sus últimas salidas. Ambos caminaban entre el mar de público, como si deseaban encontrarse con una brillante aparición.
—Oh, Ran, me tienes que decir que hace Shinichi-kun aquí— escuchó la voz de Sonoko a su lado, mientras la tomaba fuertemente de su brazo, como si la mano de la heredera de la corporación Suzuki fuese una prisión abarrotada y sin salida. Fugazmente vio, entre la gente alegre y parlanchina, como Shinichi apartaba su mirada de la de ella, y en su lugar la cambiaba por un suculento trago, que había llegado al él convenientemente desde una bandeja de plata. Era un trago de gin con vodka, no muy buena combinación.
La flamante madre de la novia se volvió bruscamente ante su inoportuna mejor amiga, y cuando finalmente consiguió librarse de su fuerte y aprisionador brazo, respondió.
—Créeme, estoy tan sorprendida como tú—dijo Ran, mientras miraba de reojo a Shinichi, quien también la seguía con la mirada disimuladamente, mientras bebía su copa.
Esa mirada penetrante la inquietaba. No podía dejar de notarlo. ¿Qué es lo que hacía él aquí? Shinichi le había dejado bien en claro que sus interacciones habían tenido su punto final ese día en el restaurante.
—Y no te quita la mirada, Ran— indicó Sonoko, entrecerrando los ojos. —¿No será que viene a recuperar a su esposa?
—No seas tonta, Sonoko—le replicó su amiga frunciendo el ceño. —Obviamente debe saber que es extraño que esté aquí después de lo que dijo, y debe estar esperando el momento para explicármelo.
La encargada de las relaciones públicas del conglomerado Suzuki no respondió, demasiado ocupada en observar de pies a cabeza a Shinichi, a quien tampoco había visto hace muchos años, con cuyo ojo crítico esperaba dar un veredicto formal acerca de su aspecto. Lo había estado espiando en las redes sociales de su club de fans y en las noticias internacionales, pero no era lo mismo que verlo en persona.
—Sabes, se parece mucho a esos viejos policías de las películas, huraños, con el pelo revuelto, con ese aire de autosuficiencia molesta, que tienen un pasado triste que no les gusta mostrar, los que se suelen involucrar demasiado en un caso hasta que los despiden, y luego siguen investigando por su cuenta—dijo Sonoko, como pensando para sí misma en voz alta. Ran roló los ojos y le instó a no crearse toda una película completa en su cabeza. —Por cierto, Ran—agregó, haciendo caso omiso a los reclamos de su amiga. —No sabía que era tan bueno para beber alcohol, ya va por la tercera copa, ¿No será que todos los detectives son unos borrachos?— dijo Sonoko, mientras observaba al viejo Kogoro, brindando con una copa en la mano por la boda de su nieta junto a unos desconocidos, mientras se tambaleaba por haber ingerido demasiado alcohol. Tal vez no fue buena idea tener bebidas libres.
—No lo creo— respondió Ran pensativa. Ella recordaba sus más recientes encuentros, y nunca notó que él tuviera alguna relación problemática con la bebida, y vamos, que ella es experta en ello tras haber crecido con su padre bebedor, fumador y apostador. En el restaurante Shinichi solo se bebió la mitad de su copa de vino, y en su casa no había rastros de alcohol. Después de todo, ella había ayudado a limpiar esa casa hace unas semanas y podía dar asegurar que no vi ni una gota de licor. —Algo debe estar molestándolo.
—¿Qué mas debe ser que tú, Ran? Debe estar viéndote con ese vestido y pensando lo que se perdió.
—¡Sonoko!
—Está bien, está bien, me voy, voy dejarte el camino libre para que vayas a reencontrarte con tu esposo.
Ran la volvió a regañar y le recordó una vez más que debía de abstenerse de hacer chistes añejos y propios de adolescentes. Ya estaban bastante crecidas para burlarse de la otra como dos colegialas.
Pero su corazón bombeaba sangre como el de una niña de dieciséis ante la expectativa de encontrarse con el desaparecido detective, y saber que era lo que estaba pasando con él. Era extraño, pues vivió años sin verlo sin problemas, y no se vio especialmente inquieta cuando fue a verle a su propia casa luego de décadas, y ahora, luego de tan solo un par de semanas sin verle, su sistema se volvía un torbellino con tan solo pensar en este nuevo encuentro.
Ran volvió hacia Shinichi, quien estaba plantado ahí mismo en donde lo había dejado, con su vaso fiel en la mano, como si la estuviera esperando. Como si estuviera aquí en la boda para eso.
Pero de pronto decenas de personas se agolparon al rededor de él, alegres y burbujeantes de entender que el hombre que había estado en la boda no era nada más que el famoso detective Shinichi Kudo, el mejor detective de Japón de todos los tiempo. Con manos ágiles, estos sacaron sus teléfonos móviles de sus pequeños bolsos brillantes de fiesta y una por una le pidieron una fotografía con él de recuerdo. Shinichi crispó la parte derecha de sus labios, esbozando una media sonrisa de orgullo.
Ella suspiró. Suponía que habían cosas que no estaban destinadas a ser, y esa era juntarse con Shinichi. Ni en el pasado ni ahora en la boda de Narumi.
Abandonó la idea de acercase a él y exigirle una explicación. Ya no importaba. Decidió alegrarse de esta repentina muestra de amistad de parte de él y dejó que disfrutara mientras enfocaba sus energías en revisar todo el estado del lugar, para no hubiese nada roto o averiado que luego les hiciera pagar de más a los dueños del lugar. Después de todo, alguien tenía que hacerlo.
Mientras miraba detenidamente los pequeños ramitos de flores colgados en las sillas ya vacías, algo helado impactó sobre su mejilla izquierda, casi elevándose en el aire por la sorpresa.
Ran se volteó bruscamente para conocer el origen del golpe, cuando se topó frente a frente con Shinichi, quien ahora tenía en su manos un whisky en las rocas. Era claro que eso había sido el objeto helado que tocó su cara desnuda. Había sido bastante sorpresivo, porque nadie le había hecho eso desde...Shinichi. Suponía que habían algunas cosas que nunca cambiaban.
—Tú...—dijo Ran, aturdida de haberse encontrado con él sin siquiera esforzarse en buscarle.
—Ran —dijo Shinichi, aclarándose la garganta, y acomodándose la corbata, la cual había sido alborotada por sus fanáticos.
—¿Me puedes decir que haces aquí?—fue lo primero que atinó a decirle Ran. No era propio de Ran ser tan dura y directa al hablar, pero es una pregunta que le nació del alma.
—Eh...tú me invitaste, ¿no?—respondió él con voz temblorosa y dubitativa. —Entonces asumí que podía venir, que estaba invitado a esta boda.
Ella se sintió horrible. Él había declinado su invitación y desaparecido nuevamente de su vida, casi la había desairado, pero ella lo había invitado fervientemente, y esa invitación no tenía caducidad. Estaba siendo realmente grosera con un invitado.
—¡Si! si, claro que te invité, y estoy muy feliz que hayas venido, de verdad— respondió Ran, ansiosa por componer un poco la situación —Pero no puedo evitar que me sorprenda luego que dijiste que no deseabas venir, e que incluso afirmaste de manera muy seguro que ya debías volver a Estados Unidos. Pero por lo que veo, eso era mentira.
—¡NO! —se apresuró a responder él. —No era mentira, era verdad, debía volver al trabajo, tenía que regresar a Estados Unidos, mis vacaciones habían terminado...pero las extendí...
Shinichi expresaba sus ideas nerviosa y desordenadamente, muy distinta a su habitual gran capacidad de oratoria y facilidad con las palabras. Era claro que el alcohol estaba haciendo estragos en su tan característica elocuencia. Por supuesto, Ran siempre ha estado en contra de que las personas beban alcohol en exceso, pero debía decir que se veía un poco dulce, como un cachorro lindo y desvalido. Era evidente que no acostumbraba a tomar alcohol.
—¿Extendiste tu estadía en Japón? ¿Por qué?—quiso saber con curiosidad.
Shinichi fijó sus ojos temblorosos sobre ella.
—Por ti.
