N/A: ¡Hola a todos! ¡Si, estoy de vuelta! Se que han pasado varias semanas desde la última actualización, y que los dejé en una parte cúlmine del relato (Jijiji!) pero como les comentaba, a veces no cuento con el tiempo que quisiera, y los capítulos pueden ser publicados sin una periodicidad en cuanto a las fechas. De todas formas, creo que podría aligerarme un poco de todo lo que tengo que hacer, y quizás podría publicar más seguido.
Por otra parte, estoy tan contenta y emocionada por todos los lindos comentarios que me escribieron en el capítulo anterior. No saben lo feliz que me hace saber que la historia les está gustando. Así que aquí tienen la continuación tan esperada!
En fin, espero que les guste, y, como siempre, todos sus comentarios son muy apreciados y valorados por mi.
Aclaración: Detective Conan no me pertenece, solo los personajes creados por mi para efectos de esta historia.
Capítulo 6
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"¿¡Por mi!?" exclamó Ran en su mente, viéndose dominada entre el sopor, la extrañeza y un pequeño chispazo de secreto entusiasmo, que rápidamente se apresuraría a enterrar en su sistema.
Esta debía ser alguna especie de broma, o los inesperados efectos del exceso de alcohol, porque... ¡No tenía sentido alguno! Nadie, con media pizca de sensatez, se iba a quedar en un país en donde no tenía trabajo fijo por una persona a quien no vuelve a contactar. Por quien no ha visto ni hablado en décadas, y que no son ni siquiera amigos. Solo un lejano recuerdo olvidado detrás de una cajonera polvorienta, como la viejas fotografías de la graduación de secundaria. Felices, pero inexistentes, porque ya son otros. Recuerdos detenidos y ocultos en la oscuridad de la cabeza. Después de todo, ¿quien sigue siendo relevante a una persona que dejó de ver hace 20 años? Claramente, la realidad de ambos los distanciaba por kilómetros.
Ran volvió su cabeza hacia él, mientras arqueaba una ceja de forma inquisitiva, y lo observó atentamente, de pies a cabeza, como si fuera la primera vez que lo veía. Como si quisiera comprobar que de verdad era Shinichi Kudo. Notó que tenía la piel muy pálida, como un papel muy delgado por el cual casi podía ver a través. De hecho, juraría que estaba casi de color azul. Notó así mismo, por el movimiento de su caja torácica, que su respiración era muy irregular, incluso cuando podía entrever que él intentaba disimular este movimiento. Como si luchaba por verse sereno y tranquilo. Y eso, sin contar su extraña actitud pasiva pero al mismo nerviosa que tenía frente a ella, como si no estuviera en sus cincos sentidos. Como si no fuera el mismo que vio hace semanas atrás.
—¿Qué quieres decir con eso?—preguntó Ran, luego de haber terminado su evaluación acerca del hombre que tenía enfrente. Shinichi, aun con los ojos tembloroso, y mientras luchaba por mantenerse erguido y firme, abrió la boca para responder, pero Ran no lo dejó terminar. —Eso es una tontería, ¿Cuántas copas te has bebido, Shinichi? ¡Mírate! A penas te puedes mantener en pie.
El detective se vio un poco desencajado, como si no hubiese esperado esa respuesta de vuelta. Como si hubiese aguardado con ansiosa expectación ciertas palabras que le dieran pie para dejar salir un discurso previamente premeditadas.
—¿D-de que hablas? Y-yo no estoy borracho—aseguró Shinichi frunciendo el ceño y sacudiendo la cabeza repetidamente, como si quisiera negar enfáticamente la afirmación, casi ofendido de no buscar indagar en sus palabras. —Solo bebí una copa...solo eso...
—No mientas, Shinichi, te ví—replicó Ran, poniendo ambas manos sobre su propia cintura, como si lo estuviera regañando. —Te bebiste como cinco copas.
Él no respondió, y ella solo escuchar murmullos casi inentendibles, como si dijera "no es para tanto". Hizo un imperceptible puchero, y eso conmovió el débil corazón de Ran.
Se daba cuenta que él no estaba en condiciones de conducir a su casa y ella no podía dejarlo ahí, desvalido, borracho, y diciendo tonterías, incluso a pesar de todo. Por ello, sin pensarlo dos veces, tomó del brazo a Shinichi, y lo arrastró con ella hasta su automóvil, obviando el embriagador y masculino aroma del perfume de Shinichi que expelía de su ropa, y lo suave que estaba la tela de su chaqueta. Lo sujetó con fuerza, teniendo que admitir que era una sensación bastante agradable y cálida, como si, incluso en su estado, pudiese sentirse segura a su alrededor. Él no hablaba, pero tampoco se quejaba, dejándose llevar mansamente por ella, como si secretamente la acomodara esta posición de cercanía. De hecho, ella estaba segura que no lo había tenido tan cerca desde que eran jóvenes, cuando eran amigos que se tenían confianza.
Ella lo dejó caer sobre el asiento del copiloto, quien de inmediato se mostró desorientado y desvalido sin el agarre sostenido y cercano de Ran, y luego giró su cabeza mareada hacia ella, sorprendido de verla frente al volante. Ran se apresuró a decirle que ella sabe conducir perfectamente.
De esta manera, la flamante madre de la novia, ahora acarreando al famoso y borracho detective hacia su casa en Baika, condujo en silencio de vuelta por la avenidas que los dirigía al barrio de su juventud. Se preguntaba que pensaría Narumi si supiera que está con un famoso en su automóvil. La chica no tenía idea que su madre le conocía. No tiene idea la razón por la cual nunca le contó.
Había un silencio ensordecedor. Podía escuchar su propia respiración.
Ran se mordió el labio inferior, sin estar segura si tenía derecho de hacerle un interrogatorio. Ya no eran los amigos cercanos de antes, sentía que no tenían la confianza que solían tener como para hacer preguntas. Pero no podía evitarlo. Necesitaba saber más. Deseaba hacerle tantas preguntas. Tantas.
—Dime, Shinichi—rompió el silencio, habiéndose asegurando de estar frente a la segura luz roja del semáforo, la cual le diese cierta tranquilidad y tiempo para hablar. —¿Qué es lo que pasa contigo? Dices que te vas, pero no lo haces; desapareces pero luego llegas a la boda de Narumi sin previo aviso, y luego te emborrachas hasta el límite que no puedes volver a tu casa solo, y hablas tonterías... dime, ¿Estás teniendo algún problema? Dímelo, confía en mí.
Él, quien había estado en silencio, incrustado en el asiento del copiloto mirando la nada, se volvió a ella sorprendido, con los ojos aun temblorosos, y luego cambió la dirección de su mirada hacia la ventanilla, y la enfocó sobre los árboles frondosos que aparecían fugazmente frente a él.
—E-es complicado, es muy difícil...—respondió Shinichi, mientras sus dedos jugueteaban con el cinturón de seguridad. —Me ha estado haciendo sentir muy estúpido...
—¿Sentir estúpido? ¿Tú, el mejor detective de todos los tiempos sentirse estúpido?—respondió Ran, crispando levemente sus labios, con una risita burlona que esperaba lo incitara a hablar.
Shinichi abrió la boca, pero no respondió de inmediato, como si su mente y su lengua estuviesen en ese instante viviendo una batalla campal. Finalmente, aun con la voz teñida de alcohol le corrigió que el mejor detective de todos los tiempos era Holmes.
Claramente esa no era la respuesta que quería y esperaba escuchar. Aun así, Ran se alegró de escucharla. Sintió una oleada de cálido cariño. Sonrió para sí al sentir al Shinichi que ella había conocido, al de siempre. Eso, la hacía sentir más cómoda. Más en confianza. Y mucho más cuando, al parecer sin darse cuenta, éste se puso a divagar acerca de momentos y frases de Holmes. Y tal era la cantidad de tiempo que lo había escuchado hablar enérgica y efusivamente acerca de ese personaje ficticio, que lo disfrutó sinceramente. Y así, se pasó el resto del recorrido haciéndole preguntas acerca del tema, y de sus casos. Como antes.
Eso le llevó a meditar sobre asuntos de la vida. Porque, contrario a lo que venia afirmando, quizás casi con intención de incrustarse esa idea en la cabeza, las personas no son una persona diferente con el paso del tiempo. No son como flores que se marchitan y se botan cuando liberan su aroma, al ya no tener el mismo valor, quedando abandonadas en el suelo sin que nadie se acuerde otra vez de ellas. No, las personas cambian, van mutando con el tiempo, pero la esencia sigue siendo la misma persona. Ella sonrió con secreta satisfacción.
Finalmente, Ran dejó el vehículo sobre la acera del frente de aquella casa inmensa de estilo occidental. Ya no le sorprendía tanto su poco pulcra apariencia, pues había venido hace un par de semanas. Pero no por eso le dejaba de dar cierta molestia a la vista ese césped alto y descuidado que hacía parecer que la casa estaba abandonada. Era como si el césped ocultara lo bello e impresionante de la casa. Claramente ella no tuvo tiempo para hacer algo con eso la última vez que estuvo aquí y dudaba que hoy hiciera algo al respecto. Solo tenía en su mente dejarlo sano y salvo en su casa. Dejarlo acostado en su cama y prepararle una sopa caliente.
Él fingía no sentir los efectos del alcohol en su sistema, y se negaba a recibir ayuda de ella para salir del vehículo, empeñándose en caminar por sí mismo hasta la puerta de su casa. Cuando por fin consiguió su objetivo, ardua tarea en su estado, con mano nerviosa y torpe, sacó las llaves desde el bolsillo de su pantalón, y con mucha dificultad intentó hacer entrar la llave dentro de la cerradura. Luego de varios intentos fallidos, por fin lo consiguió. Ran suspiró.
—¿Por qué bebiste tanto? ¿Qué es lo que te pasa?
No respondió. Cerraron la puerta y se sacaron sus abrigos, dejando al descubierto sus cuidadas vestimentas para aquella ansiada la boda. Ran estaba usando un vestido palo rosa, lindo, sencillo, cuya tela tenía cierta caída que le hacía ver una linda figura. Era evidente que a pesar de los años, y de que ya no era una muchachita, es una mujer muy atractiva. Ella no se sentía así, por supuesto. Por lo cual se apresuró a acomodarse el vestido para que nada dejara ni siquiera a la imaginación. Al parecer, Shinichi no pensaba lo mismo que ella ya que, de manera disimulada, la observó de pies a cabeza, como quien observa a una delicada y atractiva joya. Rápidamente volvió la mirada a su lugar, y por fin respondió.
—Supongo que es complicado de explicar—dijo el detective. Luego se soltó la corbata de su cuello, y se la quitó, dejándola sobre el perchero, como si ésta estuviera aprisionándole. —Quizás deberíamos dejarlo así, creo que solo he estado pensando tonterías...
Ran no entendió a qué se refería. ¿Qué tonterías ha estado pensando que le hizo beber en exceso, a tal nivel que hizo ver a su padre como un bebé de pecho?
—Como sea, Ran, no es necesario que te quedes, sigue con tus cosas—agregó, ya con un poco más de compostura, como si quisiera borrar de la existencia su pequeño arrebato de antes. —Ya estoy en casa, estoy bien.
Ella lo observó atentamente, con una mirada suave. Estaba impecablemente vestido, incluso sin su corbata negra al rededor del cuello, pero se veía cansado y triste. Sabía que estaba mareado, y que pronto se dejaría caer sobre él una implacable jaqueca. Su corazón era demasiado blando para dejarlo así como así, tan débil y desvalido.
—Oh, no señor detective, no te librarán de mi tan fácilmente—replicó Ran con tono orgulloso, elevando en el aire la punta de su nariz. —Se que deseas que me vaya para poder dejarte aquí, solo entre tus libros y casos, pero yo no te voy dejar así, mi vocación de enfermera no me lo permite, va contra mis principios. Te llevaré una sopa.
Shinichi se negó irse a acostar a su cuarto, pero a regañadientes permitió que ella lo guiara hasta el sofá de la sala de estar de la mansión. Allí él podría esperar cómodamente, con una cálida cobija que amablemente Ran había puesto sobre él, mientras ella podría prepararle un recomponedor platillo caliente. Shinichi habría preferido no hacerle pasar por esta molestia, pero entendía que ella es así. Necesita ayudar a los demás. Siempre había sido así. Y, muy en el fondo, ocultamente le gustaba sentir esta sensación.
—Eh, Ran—dijo Shinichi de pronto, cuando ella ya casi cruzaba el marco de la puerta. La aludida se volteó ligeramente para escuchar lo que le tenía que decir. —Yo...si quiero que te quedes.
Ella no dijo nada. Ran sonrió afirmativamente, sin saber cómo reaccionar ante su repentina muestra de cercanía, y se alejó de la habitación sintiendo cómo el calor volvía a su cara.
Luego salió de ahí, caminando a través de esa casa como pez en el agua. Como si jamás hubiese dejado de visitarla. Era de esas sensaciones extrañas que se tienen en la vida, cuando se deja de recurrir a un lugar que fue habitual en el algún momento, y tras el retorno, era como si jamás hubiese dejado de visitarlo.
Finalmente, miró a través de la cocina, y sintió como si nada hubiese cambiado. Ya había notado la última vez que estuvo en ese lugar que algunos de los cubiertos, estaban en el mismo lugar de siempre. Pero ahora pudo ver que gran parte de de los utensilios y muebles estaban en donde ella lo recordaba. Claro, habían algunos cambios. Pequeñas remodelaciones o nuevos electrodomésticos acorde con las nuevas tecnologías, pero claramente esta era la cocina, y la casa, que ella conocía. Había cambiado, pero seguía siendo la misma casa, escondida detrás de maleza descuidada, que oculta su verdadera naturaleza. Tal vez, era un fiel representante de su dueño.
Fue un milagro que encontrara los ingredientes para hacer una sopa de miso, entre todo este espectáculo de comida instantánea. Había localizado en una estantería, entre otras cosas, pasta de soja, cebolleta y puerro. Por supuesto, no contaba con todos los ingredientes frescos que ella hubiese querido, pero había lo suficiente como para que quedara medio decente. Probablemente, en algún momento, Shinichi había ido al mercado y comprado algo de comida.
Y con el vapor humeante, Ran puso la sopa en una bandeja, y se dirigió hacia la sala de estar, en donde esperaba encontrarlo en el mismo lugar en donde lo había dejado. En el sofá, con una cobija, pasando tranquilamente su borrachera. Por ello, no fue de su agrado cuando lo vio de pie, a orillas de su enorme biblioteca, mientras se movía inquieto de un lugar a otro. Ni si quiera se molestaba en tomar un de sus miles de libros repartidos a lo largo de la habitación.
—Shinichi, qué haces ahí parado, ¿No te dije que te quedaras en el sofá?—le recriminó, aun con la bandeja de sopa de miso caliente en sus manos. —¿Es que acaso no puedes pasar ni un segundo sin leer tus novelas de misterio o sobre un caso sangriento en el periodico?—se bufó.
Sin esperar respuesta del viejo y terco detective, quien solo se limitó a mirarla con ojos ansiosos, dejó la bandeja sobre la mesita de centro, ubicada a los pies del sofá, la cual aun humeaba debido al cálido y sabroso caldo que le había preparado.
—Está bien, Shinichi, ahora si me voy—le dijo con una sonrisa. —Aquí te dejo una sopa de miso, apresúrate de tomártela, antes de que se enfríe.
Pero en cuanto ella hubo dejado la bandeja sobre la mesa, la mano de Shinichi tomó su pequeña muñeca con fuerza y decisión.
—No,—dijo él tácitamente, sujetando su brazo de tal forma como la tenía aprisionada entre su mano. —No te vayas.
Ella abrió sus ojos violáceos como platos. No esperaba esto. No del Shinichi Kudo que ella conocía. Ni del actual ni del joven que conoció.
—¿Eh?
—Por favor, quédate, quiero que te quedes.
¿Cómo ella podía rehusarse a ello? Estaba desvalido, y probablemente se sentía descompuesto. Él la necesitaba. ¿Cómo lo iba a abandonar?
Ran sin saber qué decir, ni cómo actuar, simplemente accedió a su súplica, quedándose simplemente ahí, frente a él, con su muñeca aun fuertemente sujeta por la mano de Shinichi. Le latía el corazón con fuerza. No sabía qué era lo que estaba pasando.
—Quiero que te quedes, Ran, porque estoy decidido a hablar contigo, como un hombre.
Ran soltó una risa nerviosa. Con mirada ansiosa, como si deseara evitar alguna conversación rara e incómoda, recorrió todo el lugar, casi como si pretendiera memorizar cada título de los libros de la gigante estantería, pero luego tuvo la obligación de mantener sus ojos fijos sobre la persona quien requería de su atención. Ella no abrió la boca.
—Tengo que ser sincero, desde que nos volvimos a ver, había estado renuente a decirte esto, porque...—empezó Shinichi su discurso, juntando las puntas de sus dedos de ambas manos, mientras caminaba nerviosamente de un lado a otro de la sala. —...porque estoy consciente que es estúpido, raro, porque no tengo derecho, porque no quiero entrometerme en su tu vida ni en tu intimidad...vas a creer que estoy loco, que soy un canalla, que estoy mintiendo...
Ella abrió más y más los ojos, como si pretendiese que su pupila capturase la mayor cantidad de imágenes posibles para lograr comprender la situación.
—¿Eh? ¿Puedes ser más claro?
Shinichi por fin se detuvo frente a ella, muy cerca, dejando atrás sus incesantes pasos a través de la habitación.
—Estoy consciente de que ha pasado mucho tiempo, y se que esto puede sonar extraño, pero toda esta situación... ha sido muy difícil para mi...el reencuentro, tu presencia, esa boda...
Ella arrugó la nariz y estrechó sus ojos violáceos. El detective hablaba y hablaba, y pese a todo esto aun no tenía sentido. Todavía no comprendía lo que él estaba hablando. Aun no conseguía armar el puzle que le significaba el hombre que tenía al frente.
—¿Difícil? ¿Cómo la boda de Narumi podría ser difícil para ti?
—TODO—exclamó con fiereza, como un animal herido. Ella jamás lo había visto así. Ni siquiera antes. Shinichi siempre había mantenido una actitud compuesta y controlada. —¿No lo entiendes? Todo quedó inconcluso; y luego llegas y fue como si el tiempo no hubiese pasado, pero todo había cambiado... ¿No sabes lo dificil que es ver a tu hija, y notar lo mucho que se parece a ti y a...él? ¿Qué lo has amado, que han compartido casa, la cam-...
—B-basta, ya fue suficiente—lo interrumpió Ran, conmocionada, confundida, e incluso un poco molesta. —Esto ya no tiene sentido, no quiero escuchar lo que sigue... Además, ¿no fuiste tú el que decidió acabar todo hace como veinte años? Solo estás un poco bebido...
—Pospuse mi retorno a Nueva York por ti, porque no me sentí capaz de alejarme—se apresuró a decir. No parecía borracho. Se veía más lúcido que nunca.
Y aunque no lo dijo en voz alta, se quedaba en Japón de la misma forma que ya hacia muchos años atrás, cuando él no era nada más Conan viviendo en casa de los Mouri, había decidido quedarse en el país incluso cuando sus padres le habría ofrecido marcharse arreglar todo el entuerto: por no alejarse de ella. Todo el problema que arruinó su vida para siempre y por el cual aun sufre las consecuencias.
—¿Quedarte por mi? No nos vemos hace años, y ni siquiera me has buscando en estas semanas, así que nada de esto tiene sentido...esto demuestra que dices esto porque tomaste demasiado...—respondió ella, buscando ansiosamente su bolso entre las hendiduras del sofá, deseosa por irse volando de ahí. Estaba nerviosa, sin saber como reaccionar, sin saber que decir... ¿estaba un poco emocionada? No quería enfrentarse a esto. Ella ya tenía su vida armada, y ya nada podía hacer retroceder en el tiempo. No existe algo como una máquina del tiempo que permita viajar a través de los años, y volver a ser lo que alguna vez fue. Incluso cuando a veces ella realmente lo deseaba. Pero existen las palabras 'sensatez' y 'madurez' en el diccionario.
Nuevamente la retuvo. No de una forma brusca, sino simplemente tomando con suavidad sus pequeños hombros con sus manos. Ran siguió la trayectoria de las masculinas manos de Shinichi, hasta sí misma, y luego volvió sus ojos hacia él, quien estaba muy cerca de ella. Más cerca de lo que ella quisiese. Más de lo que Ran pudiese soportar manteniendo la compostura y la cordura.
—Yo... pienso en ti—dijo el detective en un susurro, con un leve color carmesí, lo que incluso en un hombre maduro lo hacía parecer un poco dulce. Esas palabras hicieron que el corazón de Ran se agitara con tanta fuerza, que incluso la hizo desear poder tomar un bisturí y extirpárselo del pecho. —Siempre he pensado en ti... tú siempre estás ahí...
Ran paulatinamente dejó de resistirse. Era tan tentador dejarse llevar, cuando la distancia entre ellos era vez más corta. Y aunque el olvido forzado, el tiempo y la distancia había destrozado su añeja y dolorosa ilusión juvenil del primer amor, el pasado parecía que se encontraba con ella, a enfrentarse con su vida resuelta. A despedazar esa pequeña, olvidada y polvorienta esperanza que aun guardaba escondida en su corazón. Al parecer, sin darse cuenta, seguía aferrada a ese recuerdo, por el cual aun lloraba en lo más profundo de su inconsciente.
Shinichi observó los labios de la estupefacta, pero ya dócil mujer que tenía frente a él. Sus ojos violáceos eran intensos y dulces, igual que siempre. Así, él se inclinó hacia ella, y ésta no parecía que fuera a oponer resistencia.
