N/A: ¡Hola a todos! Como siempre, muchas gracias por todos sus comentarios, y por seguir esta historia. Estoy muy feliz de que estén aquí, leerlas, y saber que les está gustando. ¡Gracias!

Aclaración: Detective Conan ni sus personajes me pertenecen, solo aquellos creados por mi para efectos de este fic.


Capitulo 7

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Ran tenía la respiración acelerada. No podía creer que estuviera en aquella situación, con la persona que ella había creído olvidado, una persona lejana que solo vivía en sus recuerdos y en sus inconscientes anhelos, sintiendo su cálida respiración sobre su cara, con los labios muy cerca de los de ella. Contemplar la posibilidad de besarlo, después de todos estos años que habían pasado, hacía que el latido de su corazón se incrementara por mil, preocupándose seriamente por su propia salud, ya que no era normal que aquel órgano vital no se saliera del pecho.

Shinichi la tenía tomada fuertemente por los hombros, y ella dejó que la escena transcurriera sin una real resistencia. Él se acercó con suavidad a su cara; podía ver cómo las mejillas de éste estaban ruborizadas, pero ella estaba segura que no lo estaban tanto como las suyas. Los dos estaban estúpidamente nerviosos, lo que era un sinsentido considerando los años transcurridos y sus maduras edades. Habían besado antes, han tenido una vida durante la adultez, y esto los tomaba ya en una época de la vida en la que solo se debe dejar las cosas transcurran con tranquilidad. Es más, ellos mismos se habían besado un par de veces en el periodo que alcanzaron a ser novios. En aquel periodo que fueron novios a distancia luego de la excursión escolar a Kioto. Cuando, tras de eso, y luego de verlo frente a frente menos veces que los dedos de una mano, como los cometas que aparecen en el cielo una vez cada cien años, éste regresó una última vez con el único objetivo de cortar aquella relación, y romperle el corazón en mil pedazos al afirmarle que no la quería. Decirle esas dolorosas palabras luego de haberlo esperado tanto.

Pero aquí estaban, nerviosos como dos adolescentes inexpertos. Todo era tan extraño. Tan impredecible. Jamás se hubiese imaginado estar de nuevo en éstas con él.

Aun tenía frescas sus dolorosas palabras de hace veinte años, pero suponía que ya había pasado suficiente agua bajo el puente como para mantener guardado en su aun puro y tierno corazón algún rencor hacia él. Todo lo contrario.

Por fin, sus labios se tocaron con suavidad. Era un toque tímido, pero ella podía notar como el corazón de Shinichi, el cual se encontraba frente a sus dedos mientras se aferraba de su camisa, en un falso y fingido intento de detenerlo, se aceleraba con el transcurso de los segundos. Le cosquilleaba las zonas del cuerpo en donde el detective le tocaba. Esta cálida sensación se sentía tan bien. No estaba completamente segura de si alguna vez sintió las mismas sensaciones con los besos de Hiroaki. En un momento de cordura, pensó en distanciar su cara de la de él, pero en lugar de ello cerró los ojos y siguió adelante. Shinichi le daba suaves y cortos besos en los labios con ternura, lo que hacía que sintiera mariposas en todo el estómago. Las manos de Shinichi, fuertes y masculinas, bajaron desde sus hombros, rozaron sus brazos y se posaron en su región lumbar. Ran sintió ligeros escalofríos de pánico y conmoción al digerir lo que estaba sucediendo. El agarre fuerte de él hacía que la cercanía de sus cuerpos de estrechara más y más.

De repente, la boca del detective posó un fuerte beso que le hizo abrir los labios, y a través de ahí, tímidamente, su lengua se coló. Si las sensaciones hasta ese momento eran alucinantes, ahora sencillamente estaba apunto de su sufrir un colapso cerebral. Era como si él necesitaba más, como si estuviera sediento de ella, se apoyó contra ella mientras la besaba con ansiedad. Sus labios son cálidos y suaves, su cabello y barba recién afeitada le acariciaba la cara. Ran tardó un instante en darse cuenta que ella estaba devolviendo el beso con la misma ansia. Ran, sin importarle ya lo que estaba haciendo, apretó con fuerza los puños detrás del cuello de Shinichi y soltó una suave y casi imperceptible gemido, como si estuviera implorando que siguiera. Los dedos de Ran agarraron los cabellos de la cabeza de Shinichi con fuerza, tirando de él hacia ella, como para asegurarse de tenerlo cerca, en una posición cómoda. Sus labios se tocaron una y otra vez, mientras ambas lenguas jugueteaban entre sí. Era un beso profundo, que los estaba dejando a ambos sin respiración.

La sensación era como de un candor profundo, como si su boca estuviera dando una probadita de lo que se siente besar a quien, extrañamente, siempre habías querido. Era la misma impresión que le había dado hoy más temprano al presenciar el dulce y bello beso entre Narumi y Jomei en la boda.

Narumi... pensar en su hija le hizo poner los pies sobre la tierra. Entender lo que estaba haciendo. La locura en la que estaba embarcada en este momento.

Sea quien sea, no es más que una persona ajena a su vida, de quien no sabe más de su vida actual que por los shows televisivos. Se estaba besando con esta persona con quien no debería, que se vino inmiscuir y emborrachar en la boda de su hija. El evento importante era la boda de hija, no ella y sus extraños anhelos sin sentido. Después de todo, ¿Qué pensaría Narumi de ésto? Su hija, quien está tan ilusionada con volver a reunir a sus padres, lanzándose a los brazos de un hombre casi desconocido a quien no ve hace más de veinte años. ¿Qué pensaría si supiera que no había esperado ni unos meses antes de acabar con todo? ¿Narumi no querría volver a hablarle?

Ran se separó de él bruscamente y lo alejó fuertemente con las manos cuando éste se acerco nuevamente a ella con el fin de recuperar sus labios en contra de los de él, probablemente asumiendo que ella había querido separarse por unos instantes para tomar aire.

—NO—dijo Ran, alejando definitivamente toda posibilidad de continuar con lo que estaban haciendo. —Yo... no debí hacer esto... está mal...

Shinichi, aun con la cara roja y el pelo desordenado al rededor de su cabeza, frunció el ceño y movió ansiosamente sus brazos a cada lado del tronco. Evidentemente, en el fragor del momento, no comprendía lo incorrecto. No entendía lo que pasaba. Después de todo, nadie traiciona a nadie, son personas libres. Pero luego, como si hubiese chocado bruscamente con la realidad, se dio cuenta de las implicancias de su arrebato, de haber hablando, y de lo que ella debía estar pensando ahora. Ran estaba muy apegada a su familia, y él llegó para meterse a la fuerza en su vida. Es el el que había actuado mal, y sin pensar en ella. Y lo que menos quería en el mundo era lastimarla. Herirla, de alguna manera, otra vez.

—Yo...—se rascó la cabeza el detective, tratando de escarbar en su cabeza alguna escueta palabra que decir en este incómodo momento, cuando ya todo está calmo, y solo quedan frente a frente frente al mutuo sopor. —Yo...lo siento... esto es culpa mía... no debí...

—N-no, yo no debí...—dijo Ran con tono de voz acelerado, mientras se arreglaba la ropa previamente revuelta por el toque de Shinichi. —Es mejor que me vaya.

Y sin dejar tiempo a replica, ella cerró la puerta con un portazo ensordecedor, deseosa de esfumarse de ese lugar y no volver jamás. De desaparecer de la tierra. Y sin mirar hacia atrás, abrió el automóvil, se montó en este, y manejó sin descanso, como si deseara arrancar desesperadamente de lo que había pasado. Como si quisiera arrancar de él, como si Shinichi fuese un temible monstruo del cual hay que escapar.

A pesar de comprenderla a ella y su situación, él sentía que no podía dejarla irse así como así, tan alterada, por lo que intuitivamente corrió detrás de ella para detenerla. Para hablar. Para que comprendiera todo lo que había pasado en este tiempo. Para que supiera la verdad que ella se merecía, más aun después de todo esto. Pero a diferencia del incidente de Londres, hace ya muchos años, en donde Shinichi terminó confesándo sus sentimientos por ella, Ran fue mas rápida y decidida, y éste solo alcanzó a ver la parte trasera del vehículo escapando a todo motor del lugar. Esfumarse con desesperación y sin mirar atrás.

Ella, después de todo, estaba completamente confundida, como si el mundo le daba vueltas. Se sentía asustada, nerviosa, pero también emocionada. Aun podía sentir como los vellos de sus brazos estaba erizados con solo recordar esos cálidos besos que se dieron en esa sala abarrotada de libros. Aun podía sentir el calor, suavidad y placidez de esos besos, de esas caricias. Ran se tocó sus labios con la mano, y lo recorrió con suavidad mientras rememoraba ese instante en el había sido absortos.

Ran sacudió la cabeza. Él estaba borracho y confundido, y ella se había aprovechado. Se había sobrepasado en el día de la boda de su hija. Insensata y totalmente desubicada. De hecho, se asustaba cómo ella había respondido tan fácilmente. No había pasado casi nada de tiempo desde que se había separado de Hiroaki, aun no se entibiaba su lado de la cama, y ella ya estaba besándose con el primer fantasma del pasado que se aparecía frente a sus narices, incluso obviando que ese espectro le había hecho casi tanto daño como su marido.

No sabía la razón de su miedo, pero deseaba alejarse de él y no verlo nunca más en su vida. Que volviesen a ser nuevamente no más que dos extraños, tal como venían siendo. Dos extraños que se reencuentran a lo lejos en una calle abarrotada de personas, y que no vuelven a verse nunca más, excepto para saludarse a lo lejos, como un frio recuerdo de juventud, pisado por las suelas de sus propios zapatos. Debía recuperar su vida, su verdadera vida, y no dejarse llevar por ilusiones antiguas y que solo la llevarán camino al desastre. El tiempo es implacable, y ya nada puede ser como antes.

En cuanto divisó su casa, la que había sido su casa familiar, bella y con un césped frondoso y cuidado, se apresuró a dejar el vehículo en donde sea, y se introdujo de narices en aquella vivienda en donde solo habita ella misma. Allí podría estar a solas con su hogar y todos los recuerdos en familia. Después de todo, todo estaba dispuesto tal y como había estado cuando ésta había estado habitada por una feliz y ruidosa familia de cuatro. Los muebles, el decorado y las fotografías familiares.

Ran se sacó bruscamente su ropa elegante y la dejó en el suelo sin cuidado, sin importarle en que parte de la casa estuviese, como si desease sacarse esa ropa lo más pronto posible. Tenía la cabeza mareada, tal como si ella hubiese sido la que bebió todo el alcohol del lugar, mientras decenas de recuerdos, momentos y emociones se revoloteaban molestamente en su cabeza. ¡Habían pasado tantas cosas en solo un día!

Ingresó a al baño, reluciente de limpio, y contempló impoluta su reflejo en el espejo: se veía ojerosa, cansada, pero con un color rosa brillante y saludable en su rostro. No pensó mucho en nada mientras, sin en el menor cuidado, dejó tirado sobre las frías baldosas del suelo del baño lo que le quedaba de ropa puesta. Solo deseaba tomar una caliente ducha y olvidar todo.

Sin ya nada de ropa sobre ella, dejó que el agua cálida de la regadera de la ducha chocara sobre su piel, y las gotas recorrieran su cuerpo, relajándola y abriendo su mente para pensar. Y ella tenía muchas cosas en que pensar. Todo era tan confuso.

Y todo esto le hizo que la sensatez volviera a su cuerpo, entendiera que todo esto no podía suceder. Que tenía volver a verlo nunca más, por el bien de todos, incluido el de él.

Supuso que no sería difícil, de todas formas. No lo vio por más de veinte años, ni tampoco la llamó en estas semanas que estuvo en la ciudad. De hecho, había sido ella quien se había tomado la molestia de ir a verlo en cuanto supo por la prensa que estaba de vuelta en la ciudad. Estaba segura que si se aseguraba de jamás volver a contactarlo, ella podría salirse de él. Escaparse de este problema que la tiene aterrada. Que tiene miedo de enfrentar.

Pero luego se daría que no sería tan sencillo deshacerse de aquel viejo detective como ella pensaba.

En cuanto salió de la ducha y se cubrió con una enorme y frondosa toalla rosa, pudo notar que tenía un nuevo mensaje en su teléfono movil. Era de Shinichi.

Con los pelos de puntas, incluso cuando aun mantenía el calor del agua de la ducha, y con un vacío en el estómago, lo leyó ansiosamente:

"Ran, lo siento mucho por todo lo que sucedió. No quise incomodarte.

...Pero quiero que sepas todo lo que te dije es cierto.

Shinichi"

Ella extendió los ojos. ¿Qué es lo que él pretende?

Ni siquiera cuando era amigos, hace ya muchos años, él le escribía demasiado, sino que ella quien más lo buscaba. Era Ran quien iba a recogerlo a casa por las mañanas para ir a la escuela, y quien lo llamaba para saber cómo le había ido con su caso. Él siempre se había esmerado en verse interesante, en no demostrar demasiado. Este tipo de situaciones siempre los había avergonzado a ambos. Buscarla de esta manera, tan abiertamente, era como si estuviera dispuesto a mostrarse a corazón abierto, desnudo y expuesto a las miradas escrutadoras.

Ran guardó su teléfono dentro de uno de los cajones de su velador, ubicado al lado de su cama, y lo ignoró. Luego se acostó entre cobijas calientes y suaves en su gran cama, demasiado grande para ella sola, deseando que por la mañana despertaría en su monótona rutina que tanto le acomoda, en donde solo tenga que pensar en su trabajo en el hospital y en la felicidad de su hija. Quería despertar y hacer como si Shinichi siguiera siendo ese recuerdo lejano y olvidado, como lo venía siendo hace un mes.

Pero los mensajes persistieron durante las siguientes semanas. Shinichi no decía mucho, ni tampoco nada comprometedor. Era como una rutina sencilla: él la saludaba y le preguntaba qué estaba haciendo, y ella lo ignoraba. Está demás decir que ella se sentía horrible al ignorarlo. Se sentía una grosera espantosamente. Pero no podía evitarlo. No quería verlo. No quería enfrentarlo.

Al que curiosamente sí le estaba aceptando las llamadas era a Hiroaki. No sabía si era porque quería hacer feliz a Narumi, porque todo en esta casa le recordaba a él, o porque se sentía sola allí, pero últimamente le era cómodo charlar con él, como lo hacía antes. De hecho sin darse cuenta, venía a casa varios días a la semana a comer con ella. Ran jamás olvidaba lo que le había hecho, y estaab segura que nunca lo haría, ya que ella odia los engaños y las mentiras, pero ya estaba crecida, y ella necesitaba recomponer su vida. ¿Qué malo pasaría si volviese a estar con Hiroaki? Todo podría ser como antes. Tendría su vida de vuelta.

Hiroaki le aseguraba una y otra vez que ya había dejado a atrás su aventura con esa secretaria. Que ya la había despedido sin más y que jamás la había vuelto ver. Tampoco es como si ella se alegrara de que otras personas perdieran su empleo precisamente. Y claro, aun le dolía y sentía cierto rencor hacia él... pero ella se sentía tan cómoda en este ambiente conocido, sin sobresaltos. Además, hacía a todos felices. Solo tendría ganancias.

Se sentía a salvo, sin sentir el miedo paralizante de una situación que no sabría como controlar. Por eso, a pesar de lo mucho que le doliera, se mantenía firme en su decisión de no contestar ninguno de los casuales mensajes que Shinichi le enviaba a su móvil. Ninguno. Incluso cuando solo se trataban acerca de saber cómo ella estaba o qué estaba haciendo.

Era curioso como, de alguna forma extraña, se había invertidos los papeles. Ahora era él quien la buscaba, y ella es la que parece distante e inalcanzable.

Ran se acercó a la cacerola con el caldo hirviendo y humeante, y apagó la mecha de fuego de la estufa de la cocina, en donde estaba preparando la cena. Era su cocina de siempre, en donde había cocinado sabrosos platillos para su familia durante veinte años. Es claramente un lugar donde le traían muy bellos y cálidos recuerdos familiares. Luego, con un gran cucharón, vertió el caldo sobre dos platos hondos. Tras ello, en una bandeja de madera, los llevó hasta el comedor, lo ubicó a un lado y otro de la pequeña mesa, en donde Hiroaki la estaba esperando. Hace días que viene a casa a cenar. Y no era como si fuera todo igual que antes, porque Ran aun le afirmaba que no le había perdonado, y que todo esto no era más que un acto de caridad. Pero de alguna forma u otra, ella le dejaba la puerta abierta, y él así lo entendía.

Ella revisó disimuladamente su móvil por debajo de la mesa, mientras ambos comían en silencio viendo la televisión. Ran sabía que al rededor de esta hora recibía un mensaje de Shinichi. Nunca les contestaba, pero siempre estaba ansiosa por recibirlos. Jamás lo diría en voz alta, pero su corazón saltaba cada vez que sentía el timbre de su móvil que indicaba un mensaje. Le gustaba pensar que él se interesaba por lo que estaba haciendo. Pero nada. Suponía que, donde fuera que él estuviese, quizás se había enfrascado en su caso como de costumbre. O, tal vez, había vuelto a los Estados Unidos...

Revisó la pantalla de su móvil una y otra vez hasta que llegó la hora de dormir. Pero nada. Solo un mensaje de Narumi mostrándole el nuevo juego de tazas de porcelana que había comprado para su nueva casa. Y así, cerró los ojos en su inmensa y vacía cama, y no pudo dejar de pensar en él en toda la noche.

Y así pasaron los días, con trabajo, monotonía doméstica y sin mensaje de Shinichi en su teléfono móvil. Nunca más supo nada de él. Se suponía que no debía importarle, porque es ella la que quiere enterrar sus interacciones con él, pero no podía evitarlo, sentía una sensación de desilusión, un vacío en el estómago. Pero claro, no podía culparlo, Luego de semanas sin recibir respuesta, lo normal era que él entendiese que no quería tener nada más que ver con el.

Se odiaba a sí misma por desear que él siguiera insistiendo, aun cuando ella lo fuese a ignorar.

También proseguía su extraño retorno a la rutina con Hiroaki. Venía seguido a casa, la cual siempre había sido su casa, cenaba, hablaban de los niños, y veían en televisión. Era como volver a lo que tenían antes. De hecho, lo único que faltaba era que durmieran juntos en la cama, y hicieran el amor una vez al mes.

Y, sin darse cuenta, día tras día, Hiroaki se fue quedando por periodos más extensos y hasta horas más tarde, tanto como para que Ran lo invitase a quedarse a pasar la noche. Podía ser peligroso que saliese tan entrada de noche. En el cuarto de invitados, por supuesto. Pero una cosa suele llevar a otra, y tan peligrosa como la noche, es quedarse a solas en ésta, en la misma casa, con el león con cuero de oveja, más aun cuando esa fiera estaba en su disimulada casería.

Hiroaki, acarició el hombro de Ran deseoso de materializar su nueva oportunidad con su esposa de siempre, y al darse cuenta de que ésta no le rechazaba, incluso cuando tampoco le respondía, prosiguió por su delicado cuello, y la besó. Estaban en aquella enorme cama matrimonial, la que siempre había sido de los dos, frente al televisor encendido. Habían estado simplemente recostados ahí, viendo por televisión el programa de concursos de cocina, mientras esperaban que la cena se cocinara. Pero esa noche, Hiroaki tenía deseos de comer más, y Ran, ansiosa por volver a ser la de siempre, no vio problema. Dejó que todo que todo siguiera su curso.

Pero algo la incomodaba. No sentía deseos de estar cerca de él, que él la tocase.

El mundo se había vuelto loco. Le hacía sentir sucia y vacía sentir las caricias de su marido de toda la vida. Quizás aun le faltaba tiempo para perdonarle que esas mismas caricias vacías se las había regalado a otra mujer por un prolongado tiempo. Y, tras un par de minutos en los que el hombre besaba a un ser inerte y frío, notó por fin que la mujer no le respondía a sus toques, que era solo él quien proseguía el juego, se detuvo, y le preguntó si le pasaba algo.

—No, no es nada—respondió ella mientras se despegaba de él, y volteaba su cuerpo hacia el lado contrario, topando su mirada frente a la blanca pared del cuarto matrimonial y se dejaba atrapar por su enorme almohadón. —Solo estoy cansada, hoy ha sido un día agotador.

Si, supongo—respondió Hiroaki fríamente, volviéndose a su lugar de la cama, mientras buscaba entre los pliegues del cubrecama el control remoto del televisor. —Supongo que es mejor que veamos televisión.

Silencio ensordecedor.

Ella afirmó con la cabeza, mientras se hundía más y más en la almohada y la incertidumbre. No sabía que sucedía con ella. No sabía que hacer frente esta situación, cuando el rol se invertía, cuando él quisiera, pero ella ya no lo quiera. Cuando le había llegado el invierno.

"... Hoy durante las 11:00 de la mañana, el senador Takahashi Akira fue interceptado por una banda de desconocidos mientras se encontraba en su automóvil de camino a un lujoso restaurante en el sector Beika en Tokio para una reunión de negocios...pero tras largos operativos, se logró encontrar a los secuestradores durante las 17:00 de esta tarde, y rescatar a Takahashi-san con vida. Ahora escucharemos las declaraciones de quien supo dar con los secuestradores, el famoso detective Kudo Shinichi-san..."

El solo escuchar estas últimas palabras hizo que Ran sacase su cara de su almohada y la girara violentamente hacia el televisor, quien aun tenía la cara del su viejo y conocido detective.

Era definitivo: Shinichi seguía en Tokio. Luego de todas estas semanas, aun no se había regresado a su trabajo en los Estados Unidos. El corazón de Ran se sacudió, recordando lo que le había dicho ese día luego de la boda de Narumi. ¿Era esto por ella? ¿Se estaba quedando en Japón por Ran?

Rápidamente se negó esta posibilidad. Incluso si lo que le había dicho ese día, con copas demás, había sido cierto, ella había tirado por balde cualquier posibilidad. Lo más probable era que él hubiese visto una posibilidad de oro para resolver algunos casos aquí en el país antes de marcharse. Después de todo, se había reencontrado con Hattori, y seguramente éste le debió haber hablando de nuevos casos difíciles y apasionantes en los cuales éste se podría involucrar.

"—...Y díganos, Kudo-san, nosotros teníamos la información que usted se quedaría en el país solo por un par de semanas, pero vemos que se ha quedado mucho más que eso, ¿Hay algún caso que lo esté reteniendo?

Shinichi se aclaró la garganta.

—Bueno, si te soy sincero, sí... hay un caso difícil que me impide abandonar Japón.

—¿Y la teleaudiencia puede saber de qué caso de trata, Kudo-san?

—No por el momento, solo que me voy a quedar, y que estoy dispuesto a esperar"