N/A: ¡Hola a todos! Ha pasado algún tiempo desde la última actualización, ¡Lo siento por eso! Como he comentado, a veces no me queda todo el tiempo que quisiera para escribir, pero siempre trato de hacerme un tiempo para escribir, especialmente por historias de mi pareja favorita :P
Por otra parte, considero que este capítulo es un especie de capítulo de transición o "puente", de esos que son necesarios para los siguientes avances de la historia. ¡Espero que les guste!
Finalmente agradecerles por el apoyo a este fic y sus lindos comentarios. ¡Realmente los aprecio y valoro!
Aclaración: Detective Conan no me pertenece, como tampoco sus personajes, solo aquellos personajes creados por mi para efectos de esta historia.
Capítulo 8
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Ran tenía los ojos impregnados en la pantalla, llenos del detective y de su tímida pero embriagadora sonrisa través de la pantalla de televisión, mientras apretaba con fuerza, aparentemente sin darse cuenta, las blancas sábanas de la cama. No quería dejarse engañar por su mente, como una estúpida e inocente adolescente que cree en los cuentos de hadas, que cree que las personas cambian y se convierten en príncipes azules que dicen cosas cursis en televisión para conquistar a una chica, como en esas comedias románticas que tanto le gusta ver. Tenía que sacarse de la cabeza de que ese comunicado tenía alguna relación con ella. Era de Shinichi Kudo, el viejo detective casado de los misterios del que estamos hablando. Debía tratarse de algún críptico mensaje para un tipo de criminal al cual estaba investigando.
Era consciente que su cuerpo delataba el alboroto interno que estaba sintiendo. No era de extrañar, pues, sentir la mirada inquisitiva de Hiroaki sobre ella. Por supuesto, la maestra karateka disimuló todo lo que sea que estuviera dentro de ella, de la misma forma en que lo ha hecho toda la vida para no preocupar a la gente, en aquello que ya es una experta, por lo que, haciéndose la desentendida devolvió su cara sobre la almohada, en dirección contraria a la de él, y apagando la luz del cuarto. Quedando sumidos en la más profunda y solitaria oscuridad, acostados a un extremo del otro de la cama.
Y luego de media hora, ambos se quedaron dormidos en silencio. Y en silencio Ran revisó el móvil por si tenía dentro de sus mensajes está la confirmación de sus secretas e infantiles ilusiones secretas. Pero nada.
Sentía esa misma sensación de cuando era una adolescente, esperando a que regresara aquel amigo detective suyo, del cual estaba secretamente enamorada, pero quien nunca estaba cuando ella lo necesitaba. Nunca estaba ahí. Siempre la decepcionaba. Una y otra vez.
Y ello le hacía comprender que, en el fondo, esto era lo mejor. Era lo ideal. Le permitía olvidarse de sus pensamientos de inmediato, y centrarse en seguir con su vida. Su verdadera vida.
Y así lo hizo. Trató de volver a su rutina luego de la boda de su hija. Luego de ese pequeño vacío. Retornó al hospital y los pacientes, sus entrenamientos de karate y el orden de su casa. Todo como siempre. Era aburrido, sí, pero esa era su vida y debía encontrar placer en las pequeñas cosas del día, a pesar de que en muchas ocasiones no había mucho que destacar.
Una de las ventajas que tenía ser ella era que su buen corazón provocaba que la suerte la perseguía y era constante en su vida. De hecho, casi mágicamente, durante las últimas semanas una personas anónima le ha estado enviando a ella y sus compañeras deliciosos pasteles, todos aquellos paquetes con tarjeta sin remitente. Sus compañeras creían que debía de ser algún paciente demasiado tímido quien estaba muy agradecido con ellas, pero quien quiera era esa misteriosa persona entre los miles de personas que ellas atienden, lo único que sabía que debía ser una persona demasiado agradecida, porque le había estado enviando pasteles durante varios días en la semana. Era una verdadera suerte que ella fuese una verdadera fanática de los pasteles y dulces. Si no supiera que era imposible, era como si esa persona la conociera muy bien. Y ese pequeño detalle le bastaba para ser feliz.
Pero así como la suerte la ha seguido como las mariposas nocturnas a la luz, los sucesos extraños y desafortunados abundaban a su al rededor, en esta ciudad, y en especial cuando en ella habita momentáneamente cierto viejo detective shinigami.
Estaba todo totalmente oscuro. En casa de Ran solo estaba ella misma y la negra oscuridad que la noche traía consigo. Eran las dos de la madrugada, hora en la cual una llamada solo puede significar dos cosas: una amiga borracha acordándose de ella, o que algo muy malo había sucedido. Un tragedia.
—¿Diga?—respondió Ran parándose de un salto de su cómoda cama y parpadeando rápidamente, para asegurarse de estar bien despierta. Nunca nadie la llama a estas horas, por lo que el tan solo sentir el timbre del teléfono en medio de la oscuridad le inquietaba el espíritu. Más aun cuando se trataba de una llamada con un número sin registrar. Y esperó pacientemente a escuchar lo que la voz de un hombre desconocido tenía que decirle. Eran malas noticias, como ella esperaba. Lo que escuchó del otro lado de la línea la dejó fría. El móvil se deslizó por sus manos húmedas, impactando sobre el duro y frío asfalto del suelo de su habitación.
La llamada era de la policía para avisarle que Narumi y su marido habían estado en el hotel Beika en donde hace media hora había ocurrido una explosión. No se sabía el origen de ello, pero presumían que era un atentado. Cientos de desaparecidos.
Estaba desesperada. Su corazón se rompía en dos. Sin pensarlo, sin importarle nada, sin ni siquiera importarle los trapos que llevaba puesto, como si los pies le picaran desesperadamente, salió disparada hacia el lugar de los hechos. Por supuesto, con solo llegar hasta la gran avenida no tardó en darse cuenta que algo grave estaba pasando. Toda la calle estaba repleta de vehículos de policía, ambulancias y de cadenas de televisión con sus enormes antenas. Parecía el infierno, entre el sonido de las sirenas, los gritos de los familiares, y el fuego que abrazaba todo el edificio.
Ran estaba empapada en sudor. La persona que más amaba en el mundo estaba ahí dentro, entre las llamas. Ella no podía soportarlo. No podía concebir que algo les pudiese pasar a ella y su querido yerno, a quien quería como a un hijo. Por eso, sin importarle todos los impedimentos y cercas que impedían que cualquier peaton común se acercara al lugar, e incluso cuando los oficiales de policía y rescatistas intentaron parar su plan, tratando de cogerla fuertemente por lo brazos para impedirle que sobrepasara las bandas de seguridad, ella se los quitó de encima con la facilidad, como solo una campeona mundial de karate puede hacer, e ingresó a la fuerza por una de las ventanas rotas de la entrada del hotel en llamas.
Fuego y humo.
Adentro era todo más dantesco que lo que pudo ver a través del alboroto en la avenida. A cada rincón que miraba, todo era rojo. Llamas y fuego estaban por doquier. En lo que antes fueron mesas, sillas, arreglos florales y cortinas rojas de seda, como ahora estaba cubierto en ardientes llamas. Pero a ella no le importaba. Solo tenía un objetivo y nada ni nada le detendría.
Tratando de no respirar demasiado humo, caminó a tientas entre el fuego y el suelo medio quemado, el cual crujía peligrosamente con cada pisada. En el camino, y en diferentes habitaciones mientras recorría con dificultad el enorme hotel en una búsqueda incesante de su hija, se encontraba a personas gritando por ayuda, lo cual a ella no podía dejar de conmoverla. Si bien estaba ahí por Narumi, su corazón noble no podía evitar desear ayudar a todas las personas con las cuales se topaba. No podría dormir tranquila ninguna de las noches que le quedaban de existencia si no los ayudaba. Por eso, a pesar de su enfoque y decisión, tomó con fuerza a cada persona con la cual se topaba por los pasillos, y los ayudaba a salir o los sacaba por la ventana para que cayeran sobre el colchón que había sido instalada por los bomberos fuera del edificio.
En un principio, y a pesar de lo angustioso de la situación, Ran tenía certeza de que la encontraría y estaba enfocada en su propósito. Pero cuando pasaban los minutos, mientras todo empezaba destruirse más u más, y cuando, entre todas las personas con las cuales se encontraba, no estaban las personas quienes le interesaba por ningún lado, poco a poco empezó a entrar en desesperación. El humo poco a poco se empezaba a introducirse en su sistema, casi ya no podía ver ni caminar, y no había rastros de Narumi. No estaba por ninguna parte. ¿Qué pasó con ella? ¿Donde está? ¡¿DONDE?!
La tos era incesante y inclemente. Ya casi no podía respirar, y los ojos le picaban de manera desesperada. Cada vez tenía menos fuerzas para mover sus piernas ni mucho menos para caminar.
Poco a poco podía sentir como sus piernas perdían fuerza, cómo sus rodillas le empezaban a flaquear y sus párpados le pesaban como si éstos estuvieran sosteniendo una pared de concreto. Y, de un momento a otro, notaba, con desesperación al entender que no la podría encontrar, cómo perdía la consciencia, entre el humo, fuego y la angustia de no encontrar con vida a quienes más amaba. Lo último que recordaba era la sensación de unos brazos que la sostenían antes de caer al suelo.
Parpadeó un par de veces. Le dolían hasta las pestañas. Finalmente pudo abrir los ojos y ver una luz blanca, en donde el infierno de fuego había sido reemplazado por las paredes blancas e impolutas de un hospital. Paredes muy conocidas por ella, en donde transcurría a diario su incesante rutina laboral. Cuando pudo extender lo suficiente sus ojos liliáceos, tuvo la capacidad de distinguir que las sobras que interrumpían la luz blanca significaba que habían personas frente a ella. Personas conocidas y preocupadas por ella. Tras unos instantes de silencio y desconcierto, comprendió de quienes se trataba: la inspectora Sato, un par de policías y Sonoko, quien había acudido en cuanto se enteró de que había habido un atentado en el hotel. Sonoko la conocía tan bien que sabía que ella iría hasta el lugar y se la daría de inconsciente rescatista.
Miwako Sato tenía un aire de madurez que solo una mujer con más de 30 años de servicio puede tener. Eso la mantenía en forma y con un brillo saludable en su piel, a pesar de ya no ser una persona joven, e incluso cuando la responsabilidad de la ser inspectora de la policía de Tokio pudiese haberla envejecido. Hace ya varios años que había tomado el puesto de Megure, ello cuando éste se hubiese retirado, teniendo el honor de ser la primera mujer en ese cargo.
—¿Cómo te sientes, Ran kun?—preguntó la inspectora en cuanto la vio despegar los ojos, intentando mostrar una expresión severa en su rostro, pero sin poder disimular su sincera preocupación para aquella mujer que conoce hace tantos años.
—B-bien, me siento bien—mintió Ran. Odiaría preocuparles y decirles cómo verdaderamente se estaba sintiendo. Estaba mal herida y le dolía la cabeza. De pronto, la imagen de Narumi y su sonrisa mientras se desvanecía en fuego apareció en su cabeza. Se volvió a descomponer y a desesperar, e intentó pararse de la cama mientras preguntaba repetidamente por ella.
Sato le impidió que de moviera, y Sonoko se apresuró a tranquilizarla, mientras la devolvía con suavidad a la blanca cama hospitalaria.
—No te preocupes, Ran, Naru-chan está bien—le dijo la heredera de la corporación Suzuki. Tras eso, se apresuró a contarle que la chica solo había tragado un poco de humo, pero fue de las primeras personas rescatadas, y que estaba sana y salva en la habitación contigua. De hecho, cuando Ran se apareció por el lugar, la chica y su marido ya no estaban en el interior.
Ran suspiró aliviada, y dejó caer por fin su cabeza sobre la blanda almohada de su cama.
—Hiciste muy mal en entrar a la fuerza al edificio, Ran-kun —dijo Sato con severidad, mientras se cruzaba de brazos. —Debiste confiar en la policía y profesionales de rescate. Esa tarea no te correspondía a ti.
—¡Es que ella es así, no lo puede evitar!—respondió Sonoko en su lugar. Ésta la conocía por suficientes años como para saber que este tipos de acciones eran típicos de ella. —Además, fue de mucha utilidad ¿no? ayudó a muchas personas a salir de ese incendio.
Sato levantó una ceja y miró a la rasguñada Ran acostada en la cama del hospital, fingiendo estar bien cuando podía dar por seguro que no lo estaba.
—De todas formas no debió hacerlo—respondió dubitativamente, mordiéndose el labio inferior. Luego la miró, y sonrió derrotada, como quien no podía ganar la batalla. —Pero supongo que lo podemos olvidar por su acto heroico, ¿no es así?
Luego las dejó a solas. Sato era la intendenta, y un gran desastre se había vivido hace pocas horas en pleno centro de Tokyo. Tenía que realizar muchas investigaciones y no había tiempo que perder. Y por supuesto, este espacio de privacidad le permitía a Ran interrogar a Sonoko acerca de todo lo que había pasado luego de desmayarse. Claro, lo que más desea una madre es ver a su hija, pero no tenía idea de que había pasado, quien fue la persona que la había tomando en sus brazos, y por qué rayos Sonoko estaba aquí y enterada de todo.
Su mejor amiga soltó la lengua con total facilidad, como si se hubiese estado aguantando por muchas horas por este momento. Toda la historia era sencilla. Mientras veía televisión le fue imposible enterarse del incendio en el hotel, y luego de verse aliviada de que no fuera ninguno de los hoteles de su grupo financiero, recordó que Narumi, con quien tiene una relación muy cercana, estaría en ese lugar con su marido, y más aun conociendo lo suficiente los dotes a amantes del rescate que Ran tenía impregnado en su ADN, tenía la certeza que su eterna amiga se metería al fuego ardiendo para sacar a Narumi, y de paso, a ayudar a todas las personas que pudiera salvar. Por eso, dio aviso a la vieja Sato para que supiera de todo esto y tuvieran un ojo puesto por si Ran se aparecía por ahí.
—¿Entonces... es gracias ti sacaron rápidamente a Narumi?—preguntó Ran sonando agradecida y adorando más que nunca a su amiga. Se había levantado de su almohada mientras tomaba las manos de Sonoko.
—La verdad es que no—respondió ésta —A Narumi alguien ya la había rescatado antes, pero ni idea quien habrá sido. Como te dije antes, fue de las primeras en salir del hotel.
—¿Y quien fue la persona que me sacó a mi? Cuando me daba cuenta que me estaba desmayando, sentí que alguien me sujetaba.
Ran, sentada en su cama, tapada a medias con las blancas y muy limpias sábanas, miró atentamente a Sonoko expectante, con sus muy prístinos y brillantes ojos lilas sobre la boca de Sonoko, esperando lo que ella tuviera que decir. De conocer todo lo que ella sabía. No quería admitirlo ni siquiera a sí misma, pero inconcientemente deseaba que una persona en particular hubiese aparecido, en su síndrome de héroe, a ese hotel incendiado. Esa persona a quien ella no quería ver.
—Fue uno de los profesionales de rescate —respondió rápidamente Sonoko, derrumbando como una torre de naipes sus ilusas e infantiles esperanzas. ¿Quien se creía ella? ¿La Ran de 17 años que soñaba despierta con que regresara de pronto Shinichi de su misterioso caso cuando la situación se ponía dificil? ¿Es ella tonta?. —El rescatista nos contó que estaba metido en medio del incendio buscando personas, y cuanto se te vio se dio cuenta que estabas a punto de desvanecerte y te llevó hacia el exterior para que trasladaran a un hospital.
Ran apretó con cariño la mano de su amiga que ya desde minutos tenía tomada. —Muchas gracias por todo, Sonoko.
Café. Ambas necesitaban café a la vena, especialmente por lo tarde que era. Ya casi podían ver el amanecer por la pequeña ventanilla que daba hacia la calle. La millonaria la dejó por unos instantes hacia la máquinas expendedora de bebidas, oportunidad que la mujer convaleciente aprovechó para escabullirse de su cama y caminar hasta donde estaba Narumi, que lo que verdaderamente le importaba. Era en lo único en lo que pensaba, y no importaba que se le era prohibido pararse de su cama y que aun tuviera heridas ardiendo sobre su piel. Y, para suerte de ella, rápidamente dio con la habitación que buscaba, viendo en primera plana a Narumi, sentada en su cama revisando su móvil.
Ran entró sigilosamente, sin hacer ruido, y la observó con cariño.
—¡Mamá! ¿qué haces aquí?—exclamó la joven en cuanto se percató de la mirada de su madre malherida y con bata de hospital sobre ella. —¿Es verdad que te metiste a ese hotel en llamas? ¿Estás loca?
—No es nada, Narumi —respondió ella con una sonrisa y con un movimiento de manos, tratando de quitarle importancia. —Estoy bien. ¿no lo ves?
Narumi no se veía tan convencida. Después de todo, sabía que se había metido a un lugar abarrotado de fuego y que estaba llena de venajes por todas partes. Pero su madre insistía en restarle importancia. Sentándose a los pies de la cama, y mientras la acariciaba por encima de las sábanas, le exigió que le contara todo lo que había sucedido.
—¡Yo estoy bien!—le aseguró su hija, probablemente queriendo verse fuerte, tal como lo suele hacer su madre. —Admito que estaba un poco asustada cuando todo comenzó, la explosión y el inicio del fuego, pero no tardó él en rescatarme y en traerme hasta aquí.
—¿Quién es "él"?—le preguntó Ran con curiosidad, sin quitar su mano de ella. —Necesito saber la identidad de la persona que rescató a mi amorcito e invitarlo a casa a comer en agradecimiento—dijo esbozando una cálida sonrisa.
—No creo que vaya a ser un fácil porque me imagino que debe ser una persona muy ocupada—afirmó Narumi.
—¿Persona ocupada? ¿Quién es?—volvió a preguntar Ran, ahora sí absorta en la curiosidad.
—Ese famoso detective de la televisión... tú sabes... ese tal Kudo-san—soltó Narumi. Pero luego, totalmente arrepentida de haber soltado la lengua, se tapó la boca con ambas manos y se recriminó a sí misma por hablar de más. —No puede ser... ¡no podía decir eso! Le juré que no le contaría a nadie.
Ran quedó helada. ¿Qué un detective famoso fue a rescatar a Narumi? ¿A ella primero? ¡Eso no era posible!
—¿T-te refieres a Shinichi Kudo, Narumi?—tartamudeó Ran, realizando esfuerzos sobrehumanos por mostrarse con una actitud casual, como quien habla de chismes de personajes famosos de televisión.
La recién casada asintió con la cabeza.
—Sí, él mismo. Pero mamá... ¡No lo comentes con nadie! Él me pidió que nadie podía enterarse que él me había sacado de ahí, y me solicitó expresamente que tú no podías saberlo. ¿Es que acaso lo conoces?
