N/A: ¡Hola a todos! ¡Si, hemos llegando al capítulo 10! Y si has llegado hasta aquí, desde ya te doy las gracias. El apoyo de ustedes me hace muy feliz. Y para celebrar los diez capítulos, he preparado un capítulo más largo de lo habitual y que será una suerte de preámbulo del climax de la historia. ¡Espero lo disfruten!

Espero me puedas dejar sus comentarios u opiniones.

Aclaración: Detective Conan no me pertenece.


Capítulo 10

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Aun se alcanza a filtrar parte del sol de la tarde en la habitación matrimonial de casa de Ran, en donde ahora solo habita ella. El cuarto es impolutamente blanco y ordenado, en el cual Ran se encuentra sentada sobre un pequeño taburete, frente al tocador blanco de su cuarto, en donde era posible visualizar en su superficie un par de perfumes que había ido coleccionando con los años, entre regalos y aquellos que ella misma se había comprado, y una linda y decorada cajita en donde ella suele guardar sus maquillajes, aun cuando no posee una gran colección de éstos: una máscaras de pestañas, un par de labiales de colores de tonos claros, y un colorete. Desde esa posición, la mujer miró con desazón su reflejo en espejo que reposaba sobre el tocador, y pensó con desánimo lo desaliñado que se veía su aspecto.

En un intento de arreglar lo que veía en frente, cogió su cabello con ambas manos, y lo movió de un lado a otro, cepillándolo bruscamente con la intención infructuosa de realizar un peinado que había visto en alguna revista de moda, y de este modo verse más presentable. Más bonita, si se pudiese decir así. Luego de juguetear por un par de minutos con su cabello, se hizo una sencilla cola de caballo, la cual al contemplarla en el espejo, no la convenció en absoluto. La odió de plano. Pareciera ser de esos peinados que se hacía para hacer la limpieza de casa. Con eso en mente, y con la frustración de no poder pensar en nada decente para arreglar su cabeza, se desarmó todo lo que había hecho antes, lo que tanto trabajo y tiempo le había significado, quedando como consecuencia de la misma forma en la que estaba antes de empezar, con el pelo suelo y desaliñado.

Miró la hora con nerviosismo. En tan solo una hora Shinichi, o tal vez incluso menos, debería llegar a su casa para la cena acordada, y ella aun estaba ahí, en su cuarto, sin tener remota idea de qué demonios ponerse encima.

Y no es como si esta fuera una cita, ni más faltaba. O que ella estuviese rompiéndose la cabeza pensando en la manera en cómo podía arreglarse para quedar más linda para él. No, no era eso, en absoluto. Simplemente ella, como anfitriona de la cena, consideraba que debía estar acorde a las circunstancias, incluso cuando era una simple comida en su propia casa, y cuando, probablemente, ese viejo y obsesivo detective ni si quiera notaría lo que ella tuviera puesto encima. Pero, de alguna forma inexplicable, esto para ella era importante.

Lo único que medianamente la tranquilizaba, era que a lo lejos ya podía sentir cómo los aromas provenientes de la cocina le indicaban que faltaba pocos minutos para que los platillos que preparaba completaran su tiempo de cocción. Por lo menos el tema de la cena lo tenía prácticamente cubierto. Aunque debía admitir que había tenido que estrujar su mente para recordar cuales eran los platos favoritos de Shinichi, o por lo menos intuir que comida pudiese gustarle a ese detective a quien tan poco había visto por casi veinte años. Después de todo, esta cena había surgido en su cabeza con objeto de agradecerle el muy importante de gesto para ella de haber sacrificado su vida por salvar a Narumi, y por ende el invitado debía ser agasajado.

Por fin, luego de largos minutos contemplándose en el espejo, decepcionada de lo que veía frente a ella, y sintiéndose más vieja que nunca, decidió llevar su pelo con una media de caballo, dejando de este modo la mayoría de su cabello suelto a ambos lados de su cuello, lo cual, paradójicamente, era precisamente el peinado que usualmente utilizaba en su diario. Sí, había que admitir que, en ocasiones, lo clásico, lo de toda la vida, era la mejor elección. Y para finalizar todo aquello, se maquilló de la forma más sencilla posible, solo poniendo máscara de pestañas, colorete y un labial claro en los labios, y se puso encima un vestido sencillo rosa que casi le llegaba a la altura de las rodillas, pero que tenía una pequeña pero coqueta apertura en la parte inferior izquierda de ésta, y que dejaba entrever de manera muy leve su lindo escote. Tampoco quería exagerar con su vestimenta. Después de todo, la cena era simplemente en su casa, en su especio doméstico, y no en el restaurante más caro de la ciudad.

Finalizada ya aquella laboriosa misión de quedar lo más presentable posible para aquel invitado que, probablemente, ni quiera lo notaría, corrió en puntillas por los pasillos de la casa, en un intento de no desarmar lo que tanto tiempo le había tomado conseguir, en camino a la cocina, desesperada por apagar la mecha de la estufa en el tiempo justo, y ya conseguido ello, vertió el contenido de las cacerolas en diferentes pocillos hondos plásticos, para luego poder montarlos de manera ordenada y bonita en los platos al momento de servir la cena. Ran siempre ha sido reconocida por su amigos y conocidos por ser una muy buena anfitriona y excelente cocinera.

Con ojo clínico y manos delicadas, empezó a ubicar de la manera más linda posible la comida sobre unos elegantes platos rectangulares, cuando, en medio de su labor, de manera improvista, sonó el timbre de su casa, dando un salto debido a la impresión.

Entendiendo que el momento había llegado, y que su invitado probablemente ya estaba en la puerta, con mirada activa observando todo a su alrededor para hacer sus típicos comentarios que lo hicieran parecer listo e interesante, la ansiedad de apoderó de ella. Miró el reloj que colgaba de la pared de la cocina con ojos nerviosos, constatando, como ella ya se imaginaba, que Shinichi estaba arribando con media hora de anticipación. No podía ser, ese detective inoportuno...

Antes de abrirle, corrió, intentando hacer el menor ruido posible, por los pasillos de la casa, ello en un intento de verificar que todo en casa estaba en su lugar y ordenado, como debía ser, y luego de verse conforme con lo que vio, dedicó un micro segundo para acercarse a un espejo, y confirmar que su apariencia se hubiese mantenido más o menos igual a como lo había dejado en su impoluto cuarto hace unos veinte minutos atrás, e hizo, por supuesto, los últimos retoques a su cabello. Arqueó sus cejas, derrotada, asumiendo el hecho que ya no podía hacer más por la apariencia de una mujer de su edad. Ya no era una jovencita para verse fresca y radiante.

Cuando ya se había asegurado de estar medio decente, se acercó con un suspiro a la puerta de entrada, sacudió su cuerpo para liberar la tensión contenida, y abrió la puerta.

Y ahí estaba él, plantado sobre la entrada de su casa, con la mirada fija en la nada. Sus ojos estaba sobre el césped verde de la casa de al lado, como si estuviera avergonzado de enfrentarse a este momento. Tanto como ella lo había estado.

Quizás por eso había llegado tan temprano.

Ran lo miró de manera disimulada, satisfecha con lo que veían sus ojos. Estaba claro que se había preocupado y esmerado más de lo habitual en su apariencia, ya que estaba correctamente afeitado, y vestido de manera elegante pero casual, demasiado como para fuese al azar, usando una camisa oscura a medio abrochar, y una chaqueta gris con un corte que quedaba como un guante sobre las figuras masculinas y angulosas de su cuerpo. Ella creía que ya no parecía más a un detective medio loco y obsesionado, como esos que protagonizan las películas de detectives o de suspenso, los cuales habitan veinte horas al día una oficina sucia, con un cigarrillo colgando de su boca, con una barba de tres días, una camisa sucia debido a las donas de chocolate que come a diario al desayuno, y un escritorio repleto de papeles desordenados que casi no dejan a la vista la superficie del mueble. No, definitivamente parecía todo un caballero.

Si, debía admitir estaba muy guapo. Aunque eso la hacía sentirse mortificada de lo poco atractiva que debía verse frente a él, y ni siquiera el hecho de esforzarse por incrustarse en la cabeza que esto no era una cita, y que él no debía que verla atractiva, sino como una madre agradecida, la reconfortaba del todo.

También le fue imposible evitar notar que en su mano derecha alojaba una pequeña cajita azul, con una cinta rosa que terminaba en un elegante rosetón. La mirada de Ran viajó, luego de observar de arriba a abajo, de la manera más disimulada posible, la atractiva aparición que tenía enfrente, reposar por un micro segundo en aquella cajita, curiosa por saber qué era lo que contenía, pero deseosa de que él no se enterara que le interesaba.

Sin que Shinichi notara que todos estos pensamientos habían estado alojándose incómodamente en la mente de la anfitriona, rápidamente Ran lo saludó con una sonrisa cálida, mientras abría de par en par la puerta y ofrecía con un movimiento de brazos la entrada al lugar, deseosa de que no existieran silencios incómodos.

Él agradeció tímidamente a aquella cálida bienvenida, ingresado tentativamente al lugar con las manos en los bolsillos del pantalón. Aun así, si Ran lo hubiese observado con un modo más minucioso, podría haber apreciar en su rostro oculto tras una bufanda gris, crispar sus labios en una leve sonrisa mientras atravesaba los límites del portal de la puerta de entrada, lo que marcaba la diferencia entre la neutralidad de la calle, y el lugar perteneciente a Ran. Que estaba en su casa, con sus cosas.

Shinichi, y su elegante figura, masculina y perfumada, caminó a través de la residencia hasta la salita de recibimiento, en donde dejó su abrigo colgado en unos ganchos de madera, se quitó sus zapatos lustrados para reemplazarlos por unas pantuflas blancas dispuestas a la entrada de la puerta, y mientras Ran estaba demasiado ocupada acomodando la chaqueta de su visita, éste agachó su mirada, como si fueran un par de rayos x, y de manera disimulada, mientras la dueña de casa estaba mirando hacia otro lado, sus ojos la recorriendo desde los pies hasta la cabeza, como si contemplara a una bella obra de arte. Como si estuviera siendo testigo de un gran espectáculo.

Como era de esperar, éste no dijo ni una palabra de eso, y mansamente se dejó guiar por su anfitriona, junto con su suave y encantador caminar.

Afortunadamente para ambos, quizás en un ferviente deseo de que todo transcurriera con comodidad, existió desde el momento en que el detective dejó su abrigo y cambió a través de la casa, un intercambio de palabras fluidas y bromas socavadas, lo que hizo el ambiente fuese más ligero de lo que pudiese pensarse tras lo que ambos estaban muy conscientes que había pasado. Ran introdujo comentarios respecto a su propia primera visita en la residencia Kudo, y en el escueto recibimiento a su llegada, y él, a su vez, con una risita sarcástica, le recordó que ella se había dado el gusto al olvidar responderle. Pero lo que pudo ser un momento incómodo, solo terminó en bromas jocosas, lo cual era un verdadero alivio para ambos. Era perfecto, lo que tenía que suceder.

La dueña de casa se comía las uñas de las manos, ansiosa en su deseo que toda la cena estuviera perfecta. Por lo tanto, en un espacio de conveniente silencio, le solicitó un permiso a su flamante invitado, para poder dejarlo en el sala por unos minutos y de este modo ella ir hacia la cocina con el fin de montar los deliciosos platillos que pensaba presentar en la cena. Éste, en un intento de escondida galantería, le ofreció ayuda con la cocina, pero ella lo negó con una rapidez digna de una karateca. Es decir, estábamos hablando del sujeto que sobrevivía a través de fideos instantáneos. Ella tenía la total seguridad de que el detective, en un par de segundos, tendría un desastre en la estufa de la cocina. Su casa consumida por el fuego. Por esta razón, era claramente imperioso mantenerlo lejos de la cocina, y mientras dejaba todo listo, dejarlo cómodamente en el sofá de la sala de estar, y que se quedara a solas con sus pensamientos llenos de misterios y casos en la espera de la comida.

La maestra karateca cerró detrás de ella la puerta de la cocina, dejando a Shinichi ahí, a solas con el mundo de Ran. El actual mundo de su muy querida, de su amada, amiga de la infancia. Dejó con suavidad la cajita aterciopelada que andaba trayendo consigo sobre una mesa cercana a la sala de estar, y se dedicó a recorrer el lugar. Él es un detective experimentado, y como un viejo perro policial, recorrió la casa como si quisiera conocer cada espacio de esta casa. Visualizar cada detalle, y a partir de cada objeto querido y guardado por ella, poder inferir todo acerca de Ran y de lo que está pasando por su vida y por su cabeza. Deducciones acerca de ella, su siempre ponderado caso más dificil, el cual ninguno de sus cientos de casos en Estados Unidos había podido sacar ese misterio del podío. De deseaba inquietamente saber más de Ran, de la Ran de ahora, y tener una certeza de la cual atenerse.

Aunque dudaba si esta investigación fuera agradable, como la mayoría de sus casos. Todo lo contrario, esto quizás podría considerarse lo más cercano a una tortura. Una agonía. Porque todo a su alrededor daba indicios de la familia que Ran había formado con otra persona. Fotografías familiares, tazones con sus nombres, ropa olvidada por ese tal Hiroaki que incluso le indicaba que había estado por ahí hace muy poco... Ran no había botado nada, ningún objeto relacionado con su ex marido, como si quisiera guardar hasta la más ínfima cosa de él. ¿Será que ella sigue amándolo? ¿Será que no puede olvidarle?

Su intensa mirada se fijó en una de las fotografías. Un marco de fotos que reposaba sobre un mueble de madera oscuro, que contenía un retrato familiar de tres personas capturó su atención: Ran, Hiroaki y Narumi. Se veían felices, cercanos, posando adelante de la torre Eiffel, en una París en verano. Era evidente, por todas las fotografías y objetos del salón, que habían hecho muchos viajes de vacaciones. Que habían sido felices y dichosos como familia. Y que tal vez ella seguía añorándolo.

Luego enfocó su mirada sobre la joven Narumi, y notó exactamente lo mismo que cuando la había rescatado casi inconsciente del fuego de aquel hotel: era la viva imagen de sus padres. Tenía los ojos y la sonrisa de Ran, pero la forma de la cara, nariz y cejas de su padre. Mirarla era como ve a la mezcla perfecta de esas dos personas. Era la muestra viviente de que Ran había formado una familia con otro hombre, y la razón por la cual su asistencia a la boda de la chica le había sacudido tanto su ánimo esa tarde. Era la imagen de sus propios errores, de cómo sus malas elecciones siendo un joven, inocente e imprudente detective de secundaria, habían arruinado su futuro. ¿Quién se podía imaginar que el actuar imprudente de un simple adolescente, podría cambiar el curso de su vida para siempre? ¿Qué su vida se desbarataría en una sola noche en el Tropical Land?

En un intento de conformarse, asumió amargamente que quizás eso era lo que debía suceder, y él es el que no debería estar aquí, entrometiéndose en la vida apacible y resuelta de Ran. La vida de ella no se veía arruinada, ni tenía en absoluto la culpa de que su propia vida sea un desastre debido a sus elecciones de juventud. Quizás era demasiado egoísta seguir insistiendo con esto.

—Shinichi, ¿Qué haces? ¿Qué estás mirando?—escuchó la voz de Ran detrás de él. Estaba tan absorto en sus profundos pensamientos y en la actividad contemplativa de aquella fotografía, que no la vio venir hacia él. Saltó levemente hacia atrás debido al rápido susto de tenerla tan cerca y de manera sorpresiva, casi como si ella no hubiese hecho ruido a propósito para descubrirlo.

—Nada—respondió el invitando de honor, apresurándose a recomponer su habitual actitud tranquila, mientras guardaba sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón de tela gris oscuro. —Solo estaba mirando tu casa. Tú ya conoces bien la mía, ¿no? Ahora me tocaba a mí.

Ella no tuvo nada que decir ante esto. Creía que era lo suficientemente justo que él recorriera su hogar, cuando ella había limpiado hasta el último rincón de la mansión Kudo hace un par de semanas, y más aun que ella conoce ese instinto de detective que éste tiene y que lo hace recorrer y observar de manera instintiva cada rincón de cada lugar al que va, como un perro de caza.

Con una sonrisa de sincera en su rostro, Ran caminó con las manos apoyadas sobre su espalda, y posó su mirada sobre aquel objeto que había logrado capturar la atención de su invitado.

—Ah, esa foto es cuando fuimos a París, Narumi se ganó los pasajes en un bingo de la universidad, ¿curioso, no?—dijo Ran riéndose con inocencia, sin tener idea de los pensamientos que recorrían la mente del viejo detective—Fueron buenos tiempos.

A Shinichi no le parecía curioso esa extraña fortuna de Narumi, considerando que era hija de Ran. Era claro que la muchacha había heredado ese extraño poder de su madre. Pero, a decir verdad, ese no le quitaba mucho el sueño, sino las oscuras y amargas oleadas de pensamientos incómodos recorriendo su cabeza, haciendo que se retrayera en sí mismo.

—Veo que guardas muchas fotografías...—dijo por fin Shinichi, en tono pensativo y abierto, como si no estuviera hablando con ella, sino dejando caer sueltos sus propios pensamientos azarosos, sin esperar realmente una respuesta. —Debes... quererlo mucho...a él... a Hiroaki, ¿no? Guardas muchas cosas de él.

Ran lo miró confundida, sin comprender porqué razón sacaba a relucir este tipos de temas de la nada. Los pensamientos de ella también empezaron a correr como locomotora a vapor, considerando todas las implicancias y opciones que ello pudiese significar en la mente del hombre. Pero luego lo desechó, notando en la actitud de éste no un galán enamorado celoso, dispuesto a hacer todo por recuperar el corazón perdido en un arroyo hace veinte años, sino de un hombre alicaído y entregado, sin ansias de mayor acción. Ese pensamiento más que entristecerla, le daba tranquilidad y fuerzas para no hacerse ningún tipo de expectativa. Por supuesto, ella no era capaz, o tal vez no quería, ver a través de su fachada, y entender que el claro afán de éste de no intervenir en nada que tuviera que ver con ella si ésta no lo quería. Si ella estaba feliz, si tenía su cabeza y su corazón en otro sitio, Shinichi no la obligaría. Su respeto por ella estaba por encima de sus deseos, incluso cuando, al igual que ella, luchaba por ocultar para no demostrar su decepción.

—Sí, es difícil botar las fotos familiares. Como te imaginarás, son muchos recuerdos como para desecharlos porque algo no funcionó—respondió ella con total sinceridad y naturalidad, manteniendo su cordial sonrisa. —Y claro que hay cosas de Hiroaki aquí, si hasta hace poco era su casa... y le tengo estima...pero nada más... Como sea, ¿Vamos a la mesa? Ya está lista la cena.

Ran se odió a sí misma por resaltar con tanto énfasis que no tenía nada con Hiroaki, como si estuviera desesperada por dejarle la puerta abierta al detective, y que éste no se decepcionara por creerla ocupada. Pero se sacudió a sí misma, y mantuvo su actitud de siempre. Bueno, no era algo difícil para ella, considerando que Ran suele mostrarse bien, incluso cuando pueda no estarlo, la mayor parte del tiempo.

El detective no abrió la boca ante aquella declaración. Pero por alguna razón, su parte menos racional hizo que su respuesta encendiera en él una pequeña llama de felicidad y alivio. Un fuego de renovada ilusión le recobró su ánimo, y caminó tras Ran claramente con otro semblante. En ocasiones, el racional detective, sabiendo que sería lo correcto, busca de lo más mínimo a lo cual atenerse.

—Ah, se me olvidaba—dijo Shinichi, mientras volvía a tomar esa pequeña cajita, y juguetaba con ésta en las manos. —Te había traído esto.

Los violáceos ojos de Ran viajaron desde la cara de Shinichi hasta la pequeña cajita de color azul rey que posaba sobre la mano de éste, quien la sujetaba con inusitada delicadeza, no entendiendo la razón por la cual éste pudiese traer algo para ella, pero admitiendo internamente que desde que él había entrado a casa con esa cajita, que la curiosidad de un gato se había apoderado de ella por saber cual era su contenido. No estaba del todo convenida de que héroe de Narumi, el agasajado de ésta noche, le trajera algo a ella, pero en un casi acto inconsciente y automático, tomó sin meditar en el asunto la cajita azul, y lo abrió con mesura, dejando al descubierto una bella pulsera de oro. Ran abrió la boca, y luego la cerró. No sabía que rayos pensar acerca de esto, ni que era lo que pudiese significar. Qué era lo que el detective pretendía decirle con ello.

Como era de esperar, asustada ante ello, y avergonzada por el tono y la valía del objeto, lo cerró bruscamente con pudor, empujándolo hacia las manos del invitado.

—No—se apresuró a replicar el detective, adivinando el curso de los pensamientos de ella. —No es lo que estás pensando—dijo, en un intento de explicar la acción. —Es de mi madre. Ella, hace muchos años, me había pedido que te lo regalase, que lo había pensado para ti, y bueno, creí que era una buena ocasión para entregártelo. No es como si yo...

Ran ya no lo estaba escuchando con atención, demasiado avergonzada con aquella delicada y hermosa pulsera dorada que había estado sobre sus ojos. Sentía que no era para ella. Era algo que no correspondía, que era algo incorrecto, y que se podía prestar para segundas interpretaciones.

—No... lo siento... Shinichi, está hermoso, de verdad, pero es demasiado...—dijo finalmente ella, con la mirada fija sobre el suelo de la sala, mientras volvía a empujar la caja azul, aun con más fuerza, hacia las manos de Shinichi.

Si bien el detective parecía sorprendido e incluso nervioso con la situación, temiendo que estuviese sucediendo lo que precisamente él temía que pasaría: que ella creyera que tenía segundas intenciones. Pero este ya era un adulto, que no tenía que desdecirse de sus actos para evitar una situación bochornosa, por cual se mostró firme en su decisión, pues él estaba seguro de ello. Porque es lo que quería hacer.

¡Barou!—dijo el hombre, mientras fruncía el ceño, quien retornó con confianza la cajita hacia su dueña auténtica, casi como si estuvieran en un ridículo y sin sentido juego de manos. —Como te dije, esto lo tenía mi madre para ti, por lo que te pertenece, es tuyo...además, ¿Qué voy a hacer yo con algo así?

Ran trató de resistirse unos instantes más, pero la insistencia de su invitado fue tal, que le fue imposible negarse. Por lo cual, ya derrotada, agarró con fuerza la polémica caja azul entre sus manos, y sonrió con vergüenza.

—Está bien, tu ganas... pero no digas que no sabrías que hacer con esta pulsera—replicó luego con tono burlón, mientras volvía a abrir la caja, dejando nuevamente al descubierto la brillante joya dorada. —Se lo podrías obsequiar a alguna guapa chica joven, a una linda modelo, como suelen hacer los hombres cuarentones famosos y millonarios como tú.

—Qué tonta, yo no soy así—respondió éste, retrayendo sus cejas hacia el marco de sus ojos, mientras devolvía sus pasos hacia la mesa servida, con la manos en los bolsillos. —Yo no suelo entregar regalos a cualquier persona.

No sabía la razón, pero ello la dejó pensativa. Si no hacía regalos a cualquiera, ¿Qué quería decir este obsequio?

Ran lo observó caminar, quien daba zancadas en camino hacia la mesa, sin saber si le había ofendido. Queriendo de todo corazón de que en realidad era un regalo de la mamá de Shinichi, y no otro tipo de regalos que la llenarían de ansiedad y aprehensión, sacó la pulsera de oro de la caja, y se la abrochó en su delicada muñeca con una tímida sonrisa. Además. quería evitar que existiera algún espacio de tiempo que le diera a pensar a su invitado que su comentario acerca de las chicas jóvenes y guapas fuese tomado como algún tipo de acto de celos. Admiró aquella cadera dorada sobre su piel, debiendo admitir que se le veía preciosa y elegante. Shinichi no dijo nada, pero claramente notó aquel acto con total conformidad, siendo imposible para ella no notar como una brillante y tímida sonrisa de satisfacción en su rostro. Como si estuviera orgulloso que ella llevara aquel objeto sobre su cuerpo.

Por fin, la dueña de la casa le ordenó que se ubicara en su lugar en la mesa, mientras tanto que ella llegaba con los platillos. Ran, por supuesto, deseaba que estuviera lo suficientemente decente para el paladar de un hombre que ha vivido en el mundo, quien probablemente había estado degustando los mejores platillos de los restaurantes de Manhattan en Nueva York, en donde residía. Claro, ella estaba obviando, nublada su mente por la ansiedad, que éste suele vivir de fideos instantáneos, y sin tener la remota idea de que estábamos hablando del hombre que siempre tuvo la debilidad por la mano de la mujer que tenía enfrente, y que, probablemente, aun la debía tener.

La campeona mundial de karate, se asomó por la puerta con una gran bandeja de madera, y en la superficie se dejaban ver varios platillos alargados con diferentes preparaciones, entre los cuales destacaba una entrada de gyozas de gamba, el cual era un sencillo, pero aparatoso, aperitivo de masa rellena; un platillo tataki de atún, una reciente receta aprendida por ella, en la cual debió marcar la pieza de pescado en una sartén, de manera tal que el interior quedase crudo y los laterales ligeramente blanqueados, tofu marinado; y sushi, mucho sushi. Esto último había sido lo que más tiempo le había tomado, ya que si bien parece sencillo, es complicado y un trabajo detallista y meticuloso. El arroz debía quedar perfecto. Por supuesto, el sushi lo acompañó con salsa terykaki, ponzu, y mucho wasabi. Ella recordaba que a él le gustaba mucho el wasabi. Esperaba que aun le gustase.

El detective observó con deleite toda la comida que Ran había puesto sobre la mesa. Ella. con profunda satisfacción, pudo notar un poco saliva saliendo por la parte inferior de la boca de su flamante y muy perfumado invitado. Si no lo creyera imposible, casi pensaría que el famoso que no comía en semanas. Se veía tan hambriento al observar todo esto.

—¿Todo esto...lo cocinaste tú?—preguntó éste, mientras indicaba con especial énfasis en el sushi, el cual se veía espectacular.

—¿Eh? Jum, ¡Me ofendes!—respondió Ran, frunciendo el ceño y elevando su nariz por los aires. —¿Es que acaso un detective no es capaz de deducir cuando un plato es cocinado en casa?—agregó, guiñándole un ojo, mientras dejaba caer salsa sobre una de las preparaciones.

Un gesto inocente hizo que él se sonrojara estúpidamente. Secretamente estaba emocionado por dentro, como si pudiese sentir como la sangre que corría por sus venas eran lo más parecidos a ríos de lava ardiente, y estaba seguro que no era debido a la comida y al exceso de wasabi que había puesto sobre el sushi.

Por suerte, el tema había vuelto a distender el ambiente al rededor de la mesa. Era realmente una suerte que todo transcurriera con naturalidad, historias añejas, Holmes, y bromas respecto a lo mismo, lo que le hizo olvidar aquellos momento tensos hace instantes atrás y los temores acerca de esta reunión. De hecho, le había incluso constado trabajo dormir la noche anterior pensando en esta cena, que en la teoría, prometía ser incómoda para ambos. Pero podía suspirar de alivio que casi parecía una comida normal, de hace años atrás, hablando de tonterías como lo habrían hecho en otras épocas, lo cual era agradable. Probablemente ambos estaban haciendo sus mayores esfuerzos para que todo transcurriera con naturalidad y normalidad. Era obvio que ambos eran consciente de aquella escena en casa de Shinichi, de las copas que se había bebido, lo que él le había dicho, ese beso que se habían dado...

Ahora todo era normal, lo que era tranquilizador. Ello especialmente porque la razón por lo cual precisamente Ran había estado evitando a este hombre por todo este tiempo era para que no existieran instancias como estás, en donde se pudiese retomar ese tema incómodo. Pero ahora, con resoplo de alivio, creía que todo se había debido al estado de ebriedad de él, y que ahora ambos, muy en especial el detective, realizaban esfuerzo por mostrarse bajo una mejor luz, más normal y cordial.

—Eh, Ran, ¿Te puedo hacer una pregunta?—dijo de pronto Shinichi, aun digiriendo un delicioso sushi en su boca. —Quiero decir, tú me has preguntado mucho sobre mi vida, me has hecho burlas, supongo que podría preguntarte algo...aunque quizás sea un poco... personal...

—¿Personal?—replicó, un tanto inquieta, deteniendo en el acto de cualquier cosa que estuviera haciendo en ese momento. Toda instancia de preguntas con mayor nivel de seriedad hacía que el espíritu Ran se inquietara, temiendo que éste tuviera la desubicada idea de retomar el asunto del beso en su casa hace semanas atrás. Pero luego, pensando más en el asunto, y entendiendo que él explicitó que se trataba algo personal de su vida, ella accedió con un tímido movimiento afirmativo de su cabeza. Después de todo, ella no tenía nada que ocultar... a diferencia de él.

—Bueno... se que podría ser muy personal, y si quieres no me contestes, pero no he podido evitar preguntarme, luego de ver toda tu casa... ¿Por qué te separaste de tu marido?—lanzó éste, dejando un tanto sorprendida a la anfitriona. —Quiero decir, no es que me interese, pero tú sabes, soy un detective, y he estado recorriendo este lugar, y me ha sido imposible obviar que hay todavía hay muchos rastros de él por aquí.

Era a penas evidente que Shinichi se había estado aguantándose tocar ese tema. Desde que éste había estado recorriendo su casa, y efectuado preguntas al callo respecto al contenido de ésta, que era obvio que deseaba meter la cuchara por esa área.

Ran se mordió el labio inferior, siendo consciente de que la razón por lo cual habían tantos rastros de este idiota por aquí, era porque había estado viniendo seguido a casa durante estas últimas semanas. Creía que era una pregunta muy indiscreta, por cierto, sobre la cual no debía sentir obligación de responder, pero rápidamente desechó cualquier interés ulterior de éste, sabiendo que éste siempre ha sido un detective indiscreto y desubicado, a quien le gusta conocer todo lo que pasa a su alrededor. Este hombre siempre necesitaba saberlo todo.

—¿Y es que el señor detective, el Holmes del nuevo siglo, luego de su recorrido por mi casa, no pudo deducirlo?—respondió ella entrecerrando los ojos, y elevando su nariz de manera orgullosa. Él no dijo nada, siendo consciente de la casi humillación que significaba para alguien como él el no haber generado algún tipo de deducción, y, por supuesto, de haberse expuesto a sí mismo, sin darse cuenta en una primera instancia. —Me fue infiel con su secretaria... por mucho tiempo—respondió finalmente, con un leve sonrojo en sus pálidas mejillas.

Si bien la mujer respondió con firmeza y sinceridad, como quien ya tiene totalmente interiorizado y asumido la situación, su mirada temblorosa y triste, como también su media sonrisa apagada y abatida daba cuenta, casi sin lugar a dudas, que estaba ocultando que aun la afligía. Él la miró por un par de instantes, y luego frunció el ceño, luciendo sinceramente molesto.

—¿Te fue infiel? ¿Y por mucho tiempo?—repitió el detective con tono brusco, dejando con rudeza los palillos sobre la mesa. —¿Y aun así lo has seguido invitando a esta casa?

La mujer se mostró sobresaltada, sin saber en primera instancia cómo responder, mientras su mirada viajaba de un lado a otro de la sala, buscando las palabras con las cuales replicarle. La desencajaba no solo por su reacción ruda, sino también por el hecho de que, sin habérselo confidenciado, éste ya había deducido que Hiroaki había estado viniendo a esta casa, incluso tiempo después de haberse separado.

—Y t-tú... a ti que te importa lo que hago...

—Pero es que no... si yo fuera...

Ran estaba molesta. No, furiosa. Fijó sus ojos sobre la mesa, tratando de calmar su ira karateca sobre él. ¿Quién se creía él para venir a dar lecciones de cómo actuar? Este estúpido detective obsesionado con los casos que tenía en frente fue quien la dejó esperando por años, para luego desecharla como si fuera una basura, un estorbo, e irse al extranjero para convertirse en un gran detective a nivel mundial. ¿Es que no tiene descaro alguno? De todos los hombres que conoce, él era el peor de todos. Por lo menos Hiroaki había sido un buen marido y padre afectuoso por muchos años, a diferencia de él, quien no había sido capaz de contentar a nadie más que a su ego de detective del porte de un edificio.

Mientras estos pensamientos poblaban su mente, la anfitriona podía sentir como el calor se le subía su cabeza, y la ira se apoderaba de ella. Éste, demasiado ocupado en escupir todo un discurso acerca de lo él hubiese hecho en su lugar, se sobresaltó enormemente al ver cómo una Ran enajenada golpeaba la mesa con su puño, y producto de tal impacto, se formaba una grieta en la mesa.

—¡¿Te quieres callar, Shinichi?! ¡Tú no tienes derecho a decir ni recriminar nada! ¿Y es que acaso no recuerdas lo que tú me hiciste a mi? ¿Lo olvidaste? No hables tanto, que tú eres igual o más malo que Hiroaki... Él por lo menos fue capaz de hacerme feliz por muchos años, y tú... solo me has traído malestares, señor detective obsesionado con los casos.

El Holmes del nuevo siglo fijó su mirada en la mesa, con mente totalmente turbada. Desde que se había reencontrado con Ran, esta siempre le había dejado entender que ella no guardaba ningún rencor o mal pensamientos acerca de él y que ya había olvidado los malos momentos, pero este arranque le demostraba lo contrario. Ello mostraba que, tal como siempre ella ha hecho, ha pretendido ocultar lo que verdaderamente siente. Y ahora temía que lo que ella realmente sentía por él, de manera oculta, era cierto rencor y amargura, lo cual lo entristecía. Procesó las furiosas palabras de ella, creyendo que ella tenía razones para creerlas, pero no por eso le acongojaba menos que las pensara. Que pensara eso de él. Pero no podía culparla, a ojos de Ran, él debió parecer el peor de los canallas. Pero él tenía sus razones, y había pagado por ellas durante todo este tiempo. Razones que ha querido esconder incluso hasta ahora, todavía en un intento de protegerla de una fuerza que aun podría estar viva.

—Ran, yo... tú no entiendes, las cosas no sucedieron como tú piensas... algo grave y peligroso estaba sucediendo, y yo podía seguir exponiéndote...

—¡Entonces dime cual era esa razón poderosa!—le exigió ella, ya perdiendo la paciencia. —¿Por qué siempre eres tan misterioso? ¿Por qué nunca dices la verdad completa? ¡¿Qué es lo que siempre ocultas, Shinichi?!

El aludido sentía que su corazón latía a mil latidos por horas. Estaba tenso, y sin la capacidad y la frialdad para que su cerebro funcione con la normalidad con la cual suele hacerlo y pensar en algo qué hacer. Tenía miedo de contarle toda la verdad, siempre lo había tenido y lo seguía teniendo. Y no solo por la reacción que ella pudiese tener, que a fin de cuentas era lo menos grave dentro de la situación, sino por las implicancias de introducirla a ella, a una inocente, que lleva una vida tranquila, en un mundo oscuro y peligroso que seguía ahí, y que podría matarla. Pero su mirada lo mataba. Por lo demás, debía entender que ambos eran adultos y responsables, y que ella tenía derecho a saberlo todo. Era lo menos que podía hacer por ella.

—La verdad es que...la verdad es...—comenzó a tartamudear el detective, como si fuera un parto el solo hecho de comenzar a narrar toda la historia. La mirada fija de Ran forzó a que buscara la forma de desenredar su lengua y proseguir el relato. —... la verdad es que... cuando fuimos una vez a Tropical Land, luego de que ganaras un campeonato nacional de karate, ¿lo recuerdas? Yo seguí a unos hombres de negro que me parecieron muy sospechosos, fui tonto, lo se, pero me descubrieron, y me hicieron ingerir una droga...

Ran había detenido sus reproches, y ahora lo miraba con la más absorta atención, con los ojos abiertos con dos pares de huevos estrellados. Y no era para menos, después de todo, estaba escuchando aquella verdad que siempre quiso escuchar, y la cual, por cierto, siempre sospechó levemente. Una verdad que le hacía mucho sentido a través de los acontecimientos que ella misma conocía. Era que rearmar un puzle contando por fin con todas las piezas.

—...Me dieron una droga para matarme sin dejar rastros, una droga extraña. Pero yo sobreviví, e intenté por todos los medio de encontrarlos para hacerlos pagar por sus crímenes... pero fue muy difícil. Es una organización criminal grande y organizada, mataron a muchos de los nuestros en batalla, y aun cuando hoy están tras las rejas, no me sorprendería que que estén actuando en las tinieblas...

—¿Entonces por eso estuviste tanto tiempo ausente?—intervino por fin Ran, mientras jugueteaba con sus dedos sin, aparentemente, darse cuenta que lo hacía, deseando comprender bien toda la historia que por fin tenía entre sus manos. La verdad que tanto tiempo había deseado saber. —¿Ese era tu caso difícil?

—Se podría decir que sí—respondió éste rascándose la nuca. —Pero, la verdad es que yo nunca estuve ausente, eso del caso difícil solo era una excusa para que no te preocuparas porque no me veías... pero en realidad nunca me fui, siempre estuve ahí, junto a ti. Por años.

¿Siempre estuvo ahí a su lado? ¿El caso había sido ahí mismo, cerca de Beika, y él solía vigilarla? O no será que en realidad si era cierto lo que ella en algún momento pensó...que en realidad...

—La verdad es que yo siempre fui Conan.