Aclaración: Detective Conan no me pertenece.


Capítulo 11

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Guardaron silencio un largo rato.

Ella siempre lo había sabido. O bueno, de una manera quizás inconsciente...

A pesar de todos los años que habían pasado, tantos como para que el pasado fuera cosa enterrada, ella nunca había dejado de pensar en el pequeño Conan-kun, quien fuese su pequeño compañero del diario, y en quien veía tan claramente a Shinichi. Era tanto su similitud que ella siempre creyó que Conan era Shinichi, incluso cuando ello cuando esa podía sonar muy imposible y bizarro. E incluso intentó descubrirlo, pero ella jamás tuvo las pruebas suficientes como para comprobar su sospecha, por lo cual en algún momento decidió dejarlo caer como paranoias suyas, enterrar sus sospechas en la oscuridad del inconsciente, limitándose sencillamente a extrañar al pequeño niño de gafas y gran inteligencia cuando se hubo ido junto a sus padres al extranjero. Lloró días tras su partida.

Por eso, cuando por fin Shinichi le admitió, después de más de veinte años, aquella verdad en la cual ella siempre creído, no lo dudó ni por un instante en creer a ojos cerrados lo que él le estaba diciendo. Claro, si esto Shinichi se hubiese dicho a cualquier otra persona, se hubiese reído ante tal locura digna de ciencia ficción, o derechamente de magia. Pero no era su caso, ya que con cada palabra que éste le decía, por muy extraña que pudiese sonar para cualquier mortal, tenía totalmente sentido para ella. Era como si todas las piezas del puzle de unieran por fin, y dejaran a la vista la imagen completa.

Pero entonces, incluso por fin escuchando esta confesión desde su propia boca, como siempre quiso, e incluso cuando todo el mundo dice que el tiempo todo lo cura, entonces, ¿Por qué no la hacía sentir mejor?

Ran se quedó pasmada y en silencio, demasiado interesada en el relato de los acontecimientos que tanta congoja le significó en alguna parte de su vida, y que ahora se habría camino luego de tantos años. Definitivamente, la verdad a veces se esconde, quizás a veces por demasiado tiempo como para ser simplemente perdonado, pero siempre sale a la luz.

Luego de aclararse la garganta, e intentando esconder como más pudo su ansiedad y nerviosismo, éste contó con total seriedad y concentración los años transcurridos como Conan, siempre al lado de Ran. El cómo, a pesar de su situación, dejó que el tiempo pasara y que la mentira creciera como una bola de nieve, la in cual amenazaba con aplastarlos a todos, y permitió que el supuesto Conan creciera en seno de la familia Mouri, e incluso que Shinichi, sin que ella supiese que era aquel niño de gafas, se convertirse en novios con Ran tras el viaje escolar, pese a los peligros que los asechaban. ¿Por qué hacerlo, sabiendo que era peligroso? No lo sabía, pero suponía que era que sus ganas de tener algo con ella habían sido superiores a sus miedos.

Pero llegó un momento en que comprendió que ya no podría volver a ser Shinichi, que ya no podría obtener una cura, y que solo le estaba haciendo más daño con la espera. Entendiendo esto, por el bien de ella, decidió terminar su relación, comprendiendo que el dolor de ella sería mucho menor en comparación con la herida permanente que habría en ella si seguía decenas de años esperando por un fantasma, que a esa altura, ya no existía. Y, de este modo, se fue junto a sus padres, Agasa y Haibara Ai, a Estados Unidos, amparados por el FBI, con la firme intención de elaborar un plan para vencer definitivamente a la Organización de los Hombres de Negro. Y Shinichi, a pesar de todo, tenía la esperanza de que, ahora abocado totalmente a esa tarea, podrían lograr su cometido en un transcurso de tiempo no tan extenso, como para volver con Ran.

Pero fue más difícil de lo esperado. Tuvieron que pasar varios años más, entre batallas cruentas y sanguinarias, las cuales dejaron muchos muertos en ambos bandos, hasta que por fin consiguieron derrotar a aquella organización. Hasta que por fin obtuvo su ansiada cura. Pero para cuando ya todo se había resuelto, ya era muy tarde para él. Ya todo había cambiado. Ya no existía su vida como él la conocía. Trece años transcurrieron entre la resolución del conflicto y aquella fatídica noche en Tropical Land. Periodo en el cual había visto crímenes y muertes de cercanos que lo habían cambiado para siempre. Y había pasado tiempo suficiente como para Ran se olvidara de él, y se casara con otro hombre. Y para cuando por fin pudo ingerir el ansiado antídoto definitivo, ya se había enterado que había tenido una hija, y que sus perspectivas de vida ya no podrían ocurrir. Que tenía que comenzar de cero, pues ya nada quedaba de quien era en Japón.

Y de este modo, decidió quedarse en los Estados Unidos, específicamente en Nueva York, en donde creía que podría tener mayor trabajo, y se dedicó a resolver los casos más difíciles de la ciudad, por fin con su real identidad, tal como lo hubiese hecho Sherlock Holmes por las callejuelas de la nebulosa Londres. Intentaría por fin lograr cumplir con su sueño, sin que nada ni nadie se lo impidiera. Sería solo él y sus casos, como Holmes. Seguir con su vida. Y aunque siempre pudo gozar del placer que le significaba resolver sus amados casos, y de obtener toda la fama y el dinero que siempre ansió, no había logrado disfrutar su momento, como él había querido desde su niñez. Estaba solo en la ciudad, lleno de los demonios de aquellas tormentosas batallas contra aquella mafia que, por fin descansaba bajo las rejas de la cárcel, pero que prometía salir para vengarse, como también pensamientos poco agradables acerca de su culpabilidad en aquellas muertes, y en cómo había pedido toda perspectiva de felicidad con la persona que él siempre había esperado. Pero tal vez ella merecía a alguien mejor, él se merecía no tener un final feliz para crecer. Suponía que eso era lo que tenía que pasar. Todos siguieron adelante.

Ran tenía una mirada oscura y amarga, la cual tenía fijada sobre algún objeto al azar de la sala de estar, probablemente no deseando observar al interlocutor mientras la corriente sus pensamientos viajaba por los sesos de su cabeza. Realmente su corazón abierto y bondadoso lamentaba todo lo que su querido amigo de la infancia había tenido que pasar. Sufría por las muertes de personas que ella había conocido alguna vez. E incluso, sin decirlo, sentía cierto incómodo reconfortamiento al saber que él no jugó con ella, y que en realidad si la había querido. Por supuesto, ella se lo dejó saber por palabras, en cuanto éste hubiese terminado de hablar. lo mucho que le dolía todo su sufrimiento y el de todos los demás.

Pero aun había una piedra en el zapato que la incomodaba. Existían cientos de pensamientos molestos que circulaban por su cabeza, que no la dejaban vivir en paz. La verdad que había escuchado le hacía sentido, la acongojaba y entristecía por él, pero contrario a lo que siempre creyó, la dejaba aun más en la amargura de las tinieblas.

Ella sonrió sin humor, mientras bajaba su barbilla con dirección al frío suelo de la sala.

—Y supongo que creíste que yo no era de fiar, ¿no?—dijo luego de haber expresado todas las muestras de solidaridad oportunas para el caso. Él solo la miró sorprendido, sin entender a lo que se refería. Ran sabía que había pasado muchísimos años, y que ya todo lo que hubiese pasado en la cabeza de un detective adolescente acerca de ella ya no debía tener ningún tipo de importancia. Pero si la tenía, le dolía hasta el alma, en especial porque seguía sucediendo. Porque él lo seguía pensando y se lo dejaba a entender una y otra vez. —Todos sabían lo que te había sucedido, menos yo... nunca confiaste en mi... y yo que estaba siempre a tu lado...pero supongo que eso ya no es importante...

—¿Eh?—replicó éste. —No, eso no es cierto, solo lo hacía para proteg...

—Para protegerme, lo se—completó la frase con fría amargura, sin mirarlo a los ojos, como si si su mirada estuviera desenfocada en la nada, como si Shinichi fuera un cuerpo transparente, a través del cual se puede ver lo que hay al otro lado. —Pero ¿no querías proteger a todo el mundo? ¿Por qué el resto si podía tener la información y yo no? ¿Es porque crees que no soy capaz de guardar un secreto? ¿Es porque crees que soy débil y no podría con esto? Porque el hecho de que aun te esmerabas, hasta hace poco instantes, que yo no supiera, significa que aun no confías en mi, que no puedo entender una información difícil... hablas de todo lo que te pasó, de lo que sentías por mi, pero no confiabas en mi y aun no lo haces, y sin confianza, siento que mata todo.

Ella luchaba contra todas fuerzas para no dejar caer sus lágrimas a través de su pálida cara. No quería llorar, no ahora, incluso cuando así sus ojos lo deseaban.

Shinichi la miró estupefacto. Nunca pensó que le diría algo así. Era cierto que casi todos a su alrededor sabían de la verdad menos ella. Que casi todos habían estado junto a él, ayudándolo en su problema, mientras ella estaba en un injusto desconocimiento inocente, siguiendo su vida en casa junto a su padre y Conan. Y que incluso todos le insistían en no decirle la verdad a Ran porque ella podría decir o hacer algo que los perjudicara en sus acciones, pero él nunca pensó eso. No, eso jamás cruzó su mente. Él confió siempre en ella. De hecho, su primer pensamiento en cuando se convirtió en Conan fue llamar a Ran y contarle todo lo que le había pasado. A ella primero que a nadie.

Pero siempre que le tocaban su punto débil él cedía a los insistentes consejos de dejarla en la oscuridad: protegerla. Daba lo mismo si ella no sabía nada, si no entendía, si en cambio ella estaba segura. Daba lo mismo si ella lo odiaba por creerlo indiferente si con eso aseguraba su seguridad. El hecho de que le pasara algo a ella era peor que cualquier otra cosa.

Sí, los otros también en peligro, pero era ella quien más le importaba. Era su miedo a que la atacaran, a ella más que nadie, que hizo que fuese fácil convencerlo.

Pero ahora entendía que todo esto podía ser injusto para ella. Y que, ahora que lo pensaba, podía sonar hasta egoísta. Ella siempre ha tenido derecho de saber acerca del peligro que la asechaba, por mucho que él temiera que algo le pasara. Pero era inútil, no podía evitarlo...

Shinichi dio un paso adelante, más cerca de donde ella se encontraba plantada, quien tenía la mirada fija en el suelo, y en una muestra de inusitada cercanía, hasta el punto de la osadía de alguien que suele mantener la distancia, posó con fuerza sus manos grandes en los delgados hombros de Ran, quien se mostró sorprendida frente a esto, expandiendo sus ojos violáceos como platos.

—Era por ti—dijo con tono sincero, deseoso de conseguir que aunque sea la mujer que tenía enfrente no le creyera tan canalla, tan despojado de sentimientos decentes hacia ella. No era como si quisiera que ella lo perdonara y le diera una oportunidad, no se creía digno de ella, pero que al menos lograr no continuar lastimándola creyendo cosas que no son verdad. —Es verdad que que yo... quisiera proteger a todos, pero la verdad es que tú...es diferente...

Ran estaba evitando su mirada, a pesar de que no había hecho ningún esfuerzo por soltarse de las agarras de Shinichi, ni opuesto ningún tipo de resistencia.

—¿Diferente? ¿Diferente en qué?—preguntó ella, evidenciando tristeza y un leve resentimiento contenido en su voz. Ella entendía que quisiera protegerla, porque él siempre había tenido complejo de héroe magnánimo, y por lo que veía, lo seguía teniendo. Pero todos habían sabido menos ella, había confiado su secreto hasta a personas que recién venía conociendo que en su amiga de toda la vida. Y, a pesar de todos los años que habían pasado, esto le significaba una espina molesta. —...Yo, yo te podría haber ayudado ¿sabes? No soy tan inútil...

Él sacudió su cabeza con fuerza.

—No seas tonta, y-yo no pienso eso, yo se que puedes ayudar, pero es que...yo nunca te lo hubiese permitido...

La mujer parecía molesta y ofendida, dejando salir un suspiro de su boca, haciendo que su flequillo volara hacia arriba. Aun así, ella se mantuvo en su lugar, con sus huesudos hombros abrazados por la fuerza de ambas manos de Shinichi.

—¿Permitirme? ¡Yo hago lo que quiero!—dijo ella con terquedad.

—Argg, barou, jamás lo habría dejado que te involucraras en nada porque no podría haber soportado que te pasara algo a ti.. más que a nadie...p-porque nadie me interesaba más que tú...y todavía...

Ran por fin volvió su mirada hacia él, con sus ojos violáceos temblando bajo el reflejo del hombre que tenía en frente. No se había percatado de los cerca que estaban. Ella simplemente se había dejado arrastrar por él en un deseo inconsciente de encontrar respuestas, sin darse cuenta de lo que hacía. De lo imprudente que era ella al estar así con este hombre que le había mentido tanto, y que le mentía incluso hasta hace menos de una hora atrás. Se dejaba arrastrar por él igual que cuando era joven le creía de la manera más inocente posible a través de sus mentiras y excusas. ¿Por qué no lo podía evitar?

Ella estaba molesta, enojada con él. Por el engaño, por su menosprecio a ella, por todo. Sentía que era algo que no le podía personar, pero... habían pasado tantos años creyendo que él era un patán que jugó con ella, que nunca la quiso más que a un mísero caso, que la había incluso empujado a casarse y rehacer su vida, y ahora estaba él ahí, con esa mirada llena de sinceridad. Estaba molesta, pero no podía evitar sentirse conmocionada de saber que si la quiso, que siempre la quiso, y que probablemente la seguía queriendo.

Y ella...al parecer, también a él. Aun cuando ni ella misma se había dado cuenta hasta ahora.

¿Él le había mentido todo el tiempo? Si. ¿Entonces por qué ahora no le parece tan terrible? ¿Por qué vuelve a creer en él?

Sin en pensar en nada más, ella sintió cómo las manos de Shinichi se deslizaron desde los hombros de ella hasta su cuello, probablemente guiado por el calor del momento más que cualquier decisión consciente, y probablemente envalentonado por el silencio contemplatorio de Ran, le echó la cabeza atrás con suavidad. Rápidamente Ran pudo sentir la presión de sus labios contra los suyos, lo que impidió salir de su boca lo que fuera que estuviera a punto de decirle tras esas inusitadas declaraciones. Ella se lo permitía y le facilitaba el trabajo. Las manos bajaron hasta volver a sus hombros, rozaron sus brazos y se posaron en su región lumbar. Sentía ligeros escalofríos de pánico y placer. Intentó estrecharse contra él, para que todo fluyera con mayor facilidad.

Ran ya estaba totalmente entregada. No oponía ningún tipo de resistencia, todo lo contrario, ella le ayudaba en su travesía, como si le quisiera entregar todo el cariño posible para curar todas las heridas internas de Shinichi. Ella realmente deseaba esto. ¿Cómo no se dio cuenta antes? Solo bastó esas palabras de él para caer en sus brazos como si aun lo hubiese estado esperando todos estos años.

La boca de él sabe a vino, probablemente debido a lo que había bebido durante la cena, que a esta altura era lo único que le recordaba que habían estado cenando tranquilamente antes de esto. El contacto fue suave al principio, pero luego, como si necesitara más, se apoya contra ella y la besa con ansiedad. Sus labios son cálidos y suaves. El cabello de Ran acaricia la cara de Shinichi, pero él no se ve que ello le incomode. Ella trata de aferrarse a los detalles, pero se le escurren entre los dedos. Tardó un instante en darse cuenta de que ella devolvía el beso con la misma ansia.

Aquí hacía demasiado calor. Era casi insostenible.

En un pequeño espacio de descanso, él la mira, muy cerca de ella. Guardaron silencio mínimo instante, casi flotando, casi soñando. Se rozaban a cada momento al mecerse con las invisibles corrientes de un mar amor contenido. Sus manos la exploraron con ternura y lentitud, como seduciéndola. Se deslizó hacia la parte inferior de su cuerpo, descendiendo para tantear y acariciar su cuerpo. Ran estremeció y exhaló con un jadeo involuntario.

Ella se aflojó y sus manos resbalaron laxas e indefensas de los hombros de Shinichi. La espalda de Ran se arqueó y su pecho fue aplastado contra el pecho amplio de Shinichi. Tembló en la oscuridad sensual y él la sostuvo para que no se ahogara.

—A-aquí no...—alcanzó a esbozar con un hilo de voz Ran, aun aprisionada entre la robustez del agarre de Shinichi, demasiado embriagada en el elixir de él. —Vamos a mi habitación.

Él le respondió con un beso suave pero intenso, que la hizo moverse de su lugar, lo que le hizo comprender que él había aceptado su petición.

Y contenida sólo por el marco de sus manos, en la aquel mismo cuarto y en la misma cama que había compartido por más de veinte con su marido, se aplastó contra el verdadero amor de su vida, como las olas contra las rocas, y dejó salir el suave y ahogado grito de ser succionado por las olas. Y escuchó el clamor de él tan indefenso como el de ella. Y ahí ambos buscaron curar al otro de sus heridas y supieron que por fin habían conocido el significado de la adoración.