N/A: Muchas gracias por su apoyo y sus lindos comentarios, espero les siga gustando la historia ^^
Aclaración: Detective Conan no me pertenece.
Capítulo 12
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En estos momentos, le daba igual si otra persona aparecía y le decía que no estaba de acuerdo con sus pensamientos, o que él estaba completamente equivocado, ya que él estaba totalmente seguro que Ran era la mujer más hermosa del mundo. Si, podría haber otras más jóvenes, u otros podrían decir que hay cientos de mujeres mejores, pero ella es para él la criatura más maravillosa de todas. Shinichi acaricia su blanca, suave y lechosa piel mientras ésta duerme atrapada cómodamente entre los brazos del detective, quien se dedica a observarla desde su posición de la cama, solo contemplados en silencio por las estrellas de la noche que se colaban por el gran ventanal del cuarto de tamaño matrimonial de casa de Ran.
Él está atento a todos sus detalles. Las minucias de aquella mujer de pelo largo, lacio y oscuro, cuyo rostro suave albergaba ojos que difunden una luz que le hacía comprender porqué se había quedado prendado de ella en primer lugar, y que lo había dejando enganchado, como el pez en una caña de pescar, a través de la distancia del tiempo y el espacio, y que recordaría hasta el día que muera. Su voz y sus suspiros en sueño son dulces, tiernos, con un tono de calma profunda. Aunque claro, excepto cuando se enfada, ya que su furia ha sido su mayor temor, y el objeto secreto de su amor. También la amaba así. Ella puede ser el hambre o el banquete. Ella puede ser la canción que canta el verano, o el frío que trae el otoño. Su sonrisa y sus lágrimas formaron siempre parte principal de sus recuerdos e ilusiones. Por eso fue el el rostro que jamás pudo olvidar, su tesoro oculto detrás de su fachada de detective frío y estudioso. Quizás, incluso por sobre los misterios y Holmes, su recuerdo y existencia ha sido la razón por la cual sobrevive y el porqué sigue vivo en estos momentos, y ha quien a cuidado desde lejos a través de todos esos años oscuros y difíciles. El premio mayor de todo.
Recorrió con suavidad su cuerpo, preocupándose de ser lo suficientemente imperceptible para no despertarla, palpando como braille su figura delgada y sus curvas suaves, templo de contemplación, flor del desierto, y besándola tiernamente en sus hombros pequeños de manera eterna y profusa. Ella está demasiado inmersa en lo más etéreo de sus sueños como para entender lo intenso de sus pensamientos y deseos.
Mientras mantenía sus brazos al rededor de ella, pensaba en su pasado. En cada mañana en su frío cuarto en el gran y vacío apartamento en Nueva York, en donde despertaba en la soledad de su cama, y sin un horario fijo, se tomaba en una taza sin lavar desde el día anterior, un café cargado, mientras leía el periódico del día en búsqueda de un nuevo caso en el cual pudiese ocupar por completo de tiempo y su mente. Asistía a dispares horas de la mañana al departamento de policía, en donde tenía muchos conocidos, aunque ninguno que pudiese llamar su amigo, y se quedaba hasta altas horas de la noche resolviendo asesinatos y ayudando a capturar a los criminales más peligrosos de las sucias y oscuras callejuelas de la Nueva York profunda. No solía tener mayores planes que estar en su apartamento leyendo, ir al departamento de policía, y recorrer la ciudad por trabajo. Sus padres ocupaban su tiempo viajando por el mundo, y sus antiguos amigos estaban en Japón o muertos. Por supuesto, sus compañeros policías intentaron en muchas ocasiones presentarle a guapas chicas o arrastrarlo con ellos a centros nocturnos en donde poder distraer su mente, y relajarse un poco de los casos. En algunas veces intentó enganchar con aquellas mujeres para satisfacer a sus conocidos y que dejaran de hablar de él, aunque era asunto totalmente pasajero y sin ningún tipo de importancia.
Porque no podía evitar que cada mañana, a su despertar vinieran los incómodos recuerdo, de cuando él tenía en su vida en Japón, resolviendo sus casos como un entusiasta, inocente, y apasionado seguidor de Holmes, y pasaba felizmente su tiempo con Ran. De cuando él había sido feliz. Pero veía transcurrir con inquietud y desesperación oculta como el tiempo pasaba en esa rutina solitaria, y con angustia al pensar en el cambio que una persona puede sufrir. El cambio de él mismo y en los demás, aquellos que creyó conocer tiempo atrás. Se sentía preso de su vida. Atrapado en su presente y los recuerdos brillantes de su pasado. Quizás aun vivía del pasado y no lo había podido soltar del todo. Pero él siempre trató con todas sus fuerzas en no pensar en su vida pasada ni en ella, porque era ridículo para un adulto desear a una antigua vida o amor a quien ya no se podía obtener, y que ya había seguido con su vida, al igual todo el resto de los mortales. Caso tras caso, intentaba mostrar una sonrisa vacía, pensando todo estaría bien.
Pero con la sola visita a su antigua casa en Japón, la cual la había estado evitando para mantener a raya su paz mental, después de nada menos que veinte años, no pudo evitar el deseo de volver intentar, tras volver a ver a Ran ingresando en ésta como en un viaje en el tiempo, buscar el amor de la mujer que había añorado tanto, especialmente tras enterarse que ya no estaba junto a su marido. Sintiéndose estúpido y ridículo de seguir albergando esperanzas sobre una persona de su mundo pasado, y especialmente aun creyendo que ella pudiese tener sentimientos por su ex marido, asumiendo lo totalmente remoto que alguien, incluso Ran, pudiese todavía guardar algún tipo de sentimientos románticos hacia una persona quien no ve hace veinte años, decidió alejarse, por ella y por él mismo. Pero fue muy difícil no acercarse a ella nuevamente, aun más luego de haberse encontrado hace tan poco, y manteniendo todavía viva en su retina su rostro, como un milagro que no podía creer que hubiese vuelto a ver.
Pero tras ciertas actitudes de Ran, a quien, a pesar de todo, pensaba aun poder reconocer a través del tiempo, como si hubieran cosas que nunca cambian, le hacían creer que aun tenía la posibilidad de influir en su felicidad, y eso llenaba de ilusión a una alma abatida de darse una segunda oportunidad en la vida con ella. Una oportunidad que tal vez no se merecía, pero que deseaba fervientemente.
La besó suavemente en el cuello, el cual estaba muy cerca de su boca, e intentó quedarse dormido al rededor de ella. Pensaba que no debía ser un asunto complejo, ya que no podía existir lugar en donde se pudiese sentir más cómodo y cálido que en la posición que se encontraba en este momento. Pero su bello rostro, maduro y grácil, tan diferente a todas las demás, le hacía difícil concentrarse en relajar su mente en otra cosa que en el momento que estaba viviendo en este instante, el había ansiado toda su vida,
Es por esa razón, y con tan solo tres horas de sueño, sus ojos estaba nuevamente abiertos, ahora con una fina línea de sol sobre su rostro medio dormido, Shinichi se movió con suavidad a través de la cama, intentando no despertarla ya que aun se veía profundamente dormida, y se acercó a la mesita de noche en búsqueda de su teléfono móvil. Observó con alivio que no tenía mensajes o llamadas perdidas de agentes de la policía, o de clientes solicitando su ayuda con algún caso, y el cual le impidiese quedarse en casa de Ran el tiempo que deseaba. Luego fijó su mirada en la hora que indicaba, eran las 08:34 a.m. Bastante temprano.
A pesar de venir saliendo de las fuerzas de las sábanas, y que generalmente el detective suele despertar en horas más tardías de la mañana, aun se mantenía en él el entusiasmo de lo que estaba sucediendo. De entender que, luego de tantos años de soledad, quizás la vida le estaba dando a ambos una segunda oportunidad en la vida. Él jamás se hubiese entrometido en la vida de la mujer si pensara que su corazón estaba ocupado, pero luego de entender que éste estaba sin un huésped, y que ese convidado la había engañado y no la merecía, que la había hecho sufrir, sentía cierta ansiedad brotando su piel de demostrarle que él la podía hacer verdaderamente feliz. Que él aun la adoraba.
De mostrarle que no sería tan malo intentar...tener algo. No quería obligarla, pero ambos estaban solos y, después de todo, no le hacían daño a nadie.
Decidió, con pesar, levantarse de la cama y hacer algo por ella que no ha hecho por nadie más: preparar el desayuno. Sabía que debía ser lo más difícil que pudiese intentar hacer, ya que lo único que es capaz de realizar es empujar panes dentro del tostador y untarles desprolijamente mantequilla sobre éstos. Y aun así salían quemados. Pensó mandar a pedir comida a domicilio, pero estaba segura que ella se daría cuenta.
Caminó a través de la casa, la cual aun reinaba un estruendoso silencio sabatino, y arribó hacia una cocina que si bien lucía limpia y ligeramente ordenada, como suele ser Ran, aun había restos de platos con comida a medio servir, lo cual quedó así desde la noche anterior, ya no le dio tiempo a su dueña de recoger debido a lo que ambos había hecho.
Estaba nervioso. Temía quemar la cocina, y que ello, por arrastre, consumiera en llamas toda la casa de Ran. ¡Pero no podía ser tan difícil! Después de todo, él es el mejor detective del siglo, ¿Cómo no iba a poder preparar un desayuno medio decente?
Con manos temblorosas, empezó a tantear a través de los cajones de la cocina con el fin de interiorizarse con todo lo que contaba para preparar algo para comer. Sin tener la remota idea de qué hacer con todo lo que había encontrado más que sus clásicas tostadas quemadas, buscó a través del buscador de su teléfono recetas sencillas y a pruebas de tontos sin conocimientos de cocina, los cuales contaran con un paso a paso detallado para efectuar alguna preparación. Ran no tardaría en despertar, y si era sincero no estaba tan seguro que decirle exactamente, ya que nunca ha sido bueno expresando lo que sentía, y eso, por cierto, se había agrietado aun más con todos los años de soledad y trabajo duro, y bueno, era más sencillo expresarlo con el aroma de un desayuno y el confort que esto significaba.
Dejó todo más sucio de cómo lo había encontrado en la mañana, y con muchos huevos vacíos y mal utilizados dentro del basurero de la cocina. Hizo varios intentos de realizar un omelette, en su gran mayoría quedando espantosos, como unos huevos revueltos entrepegados. Como una masa sin sabor. Estaba seguro que ni siquiera como huevos revueltos le habrían servido. Pero luego de la sexta vez, sintió que le había quedado algo parecido a un omelette, por lo cual decidió dejarlo con orgullo. Era un desayuno bastante occidental, pero no podía evitarlo luego de más veinte años viviendo en los Estados Unidos, y en especial en una ciudad en donde confluyen un centenar de culturas culinarias.
Se dirigió a la cafetera y decidió hacer café para ambos. Por fin algo que manejaba. Había estado años preparándolo para sí mismo en la soledad de su apartamento. Por ello, preparó con facilidad dos tazas de café y las dejó sobre la mesa de la cocina. En el café destinado para Ran agregó un poco de leche, ya que dedujo a partir de todo lo que había recorrido por el interior de los muebles de la cocina que así sería como a ella le gustaría. El de él era negro y sin azúcar.
Miró su obra con absurdo orgullo mientras se giraba constantemente con ansiedad contenida en dirección al pasillo por donde Ran debería aparecer en cuanto despertara de su profundo sueño.
Siendo pasadas las diez de la mañana, Ran dejó que su cuerpo aun adormilado se revolcara a placer a su cama grande y vacía, como lo hacía cada sábado por la mañana cuando no tenía turno en el hospital. Era el momento que tenía para simplemente descansar, estar ahí sin hacer nada. Aun así, debía admitir que se sorprendía de sí misma por lo tarde que venía abriendo los ojos. Ella, a pesar de tener algún día libre, siempre despertaba muy temprano, deseosa de empezar a hacer cosas. Claramente esta vez había caido dormida de una manera mucho más profundo de lo habitual. Si bien le impedía hacer todo lo que suele realizar, no lo lamentaba realmente.
De pronto, cuando alzó despreocupadamente la vista hacia la pared que quedaba frente a su cama, pudo alcanzar a ver una chaqueta masculina que no pertenecía a esta casa, reposada sobre una silla al lado del espejo de su cajonera. En un principio, aun todavía abrazada por el sueño, le costó comprender que la razón por la cual una prenda de hombre que no es de Hiroaki había venido a parar a su cuarto no era más porque había pasado la noche junto a otro hombre que no era su ex marido, sino que su antiguo amigo de la infancia.
Como si la hubiera golpeado una bola de nieve, de pronto recordó todo lo que había pasado en esta misma cama revuelta, en donde no había estado sola como todas las noches, sino con Shinichi. Aun podía sentir el rozar de sus manos masculinas a través de su cuerpo. Una ráfaga de nostálgica e indescifrable felicidad embargó su espíritu, mientras sus propios dedos tocaban sus labios, como si quisiera volver a sentir.
¿Cómo había podido caer así de fácil? ¿En donde había puesto su cabeza y sensatez? ¿Escondida en la alacena? Estaba segura que ella no era de esas personas, que duermen con personas a quien recién vienen a volver a ver luego de veinte años, lo que incluso podría considerarse como, a esta altura, como un desconocido.
Pero había sido feliz, eso de lo único que estaba segura, a pesar del tumulto mental que estaba viviendo en este momento. De hecho, aun podía sentir la reconfortante calidez de quedarse dormida entre sus brazos, como si hubiese estado finalmente en su lugar.
Hace muchos años que no dormía con esa paz interior.
Pero estaba tremendamente asustada. Podía ver como sus manos temblaban ligeramente frente a sus ojos. Era un torbellino de emociones y pensamientos confusos y sin respuesta clara. Estaba emocionada, feliz, excitada, confundida, asustada. Era tener que enfrentarse a lo desconocido, de salir de su zona de confort con alguien a quien no veía hace veinte años, y al cual quizás ni siquiera conocía de verdad.
Se sacó las sábanas de encima, se sentó a la orilla de la cama, y suspiró. Miró a su alrededor desde esta posición, notando que no solo su cama estaba bastante desordenada, sino que casi todo en su entorno estaba revuelto y tirado azarosamente a través de la habitación, lo que le daba a entender, ahora en la luz del día, lo poco reflexivo y alborotado que había sido aquella travesía nocturna. Aunque no sabe si podría decir que no supiera lo que estaba haciendo, ni que no fuese consciente de lo que hacía. Estaba bastante al tanto de lo que realizaba, pero no le importó en lo absoluto. Aun así, debía admitir que ahora, totalmente despierta y con el sol matutino posándose sobre su pálida nariz, que todo esto era demasiado como para sobrellevarlo así como así.
Se levantó, buscó sus pantuflas entre el desorden revuelto del suelo, se las introdujo cuidadosamente en sus pies, y caminó a través de la habitación en búsqueda de su bata con la cual cubrirse de cuerpo desnudo. Mientras se amarraba el cordón de la bata con un nudo lo suficientemente fuerte como para que no se fuese a soltar con facilidad ante cualquier movimiento brusco, puedo visualizar las decenas de fotografías familiares en bellos marcos que poblaban su cuarto matrimonial. Eran fotos de una familia compuesta de tres personas, felices, juntos y en diversos momentos importantes de cada uno. Matrimonios, graduaciones, cumpleaños... Muchas de ellas eran solo ella misma con Hiroaki, como una "feliz" pareja casada. Volteó con brusquedad aquella en la cual estaban los dos besándose, porque observarla en este momento se le hacía insostenible.
No tenía idea de porqué razón aun guardaba todas estas fotografías en su cuarto, pero ahora lo único que la hacía sentir era incomodidad. Se recriminó el hecho de que justamente haya decidido traer todo esto a su cuarto matrimonial, con cientos de ojos de su familia mirándola, como si ella les estuviera faltando el respeto al haber traído a esta cama a otro hombre. Incluso cuando, tal vez, el otro hombre era el verdadero.
¿Qué diría Narumi de esto? ¿Tendría que decírselo?
Sintió ganas de escapar hacia un lugar lejano, seguro y solitario, pero recordó que ella ya estaba en su propia casa, y que no había un lugar hacia donde escapar.
Y aun así, imágenes placenteras y cálidas de anoche, y el deseo de seguir siendo feliz volvían a ella de manera recurrente. ¿Es ella egoísta? ¿Tenía derecho a buscar la felicidad con otra persona? O incluso, ¿Ella sabe cómo ser feliz? ¿Sabía lo que era eso realmente?
Todo era confuso, y meditaba sobre su accionar futuro y sus consecuencias mientras miraba su reflejo revuelto y pálido frente al espejo del tocador.
¿Qué es lo que haría ahora con Shinichi? ¿Es realmente factible intentar algo con él, sin pensar en su familia ni en nada más? Porque, si bien ella lo conocía desde que eran niños, no lo había visto por más de veinte años, de quien ya no conocía de sus hábitos y no costumbres, ni sabía si seguía siendo él mismo. El mismo chico bueno que antes. Después de todo, ellos son adultos, ¿Quién le dice que no le dijo todas esas dulces palabras para llevarla a que se entregara como lo hizo?
Todavía se impresionaba de sí misma cómo, a pesar de todos los reparos que podía encontrar a todo este asunto, ella se había entregado a él en un arranque de frenesí, con facilidad y vehemencia.
Se rascó sus manos nerviosamente, casi sacándose con la punta de sus uñas la pintura que tenía en las uñas de la otra mano, sintiéndose atrapada en el momento actual. Viviendo en la lucha molesta entre batalla entre su razón, sus fuertes principios y su responsabilidad, y el deseo de poder seguir viviendo un sueño que, tal vez, no era para ella. Que era una fantasía idílica, propio de los cuentos de hadas, esos de lo que ella ya sabe que no existen. El hecho de tener fantasías cursis, dignas de la Ran de la juventud, en la que se veía teniendo una feliz mañana, con el hombre sus sueños, con un despertar y un desayuno juntos llenos de amor, le decía que era irreal y estúpido.
¡Que tonta era! Siempre lo había sido con asuntos del amor y relaciones. En la vida real, él ni siquiera debía estar ya aquí. De hecho, no había rastros del detective más que su estúpida chaqueta que se le había quedado botada por ahí.
Es más, todavía recordaba vivamente las decenas de ocasiones en las que él la había dejado colgando por salir volando detrás de un caso. Casi siempre su historia con él había sido más de lo mismo. Simplemente estaban en algún lugar al azar juntos, como amigos o lo que sea, y de pronto había desaparecido. ¡pum! Una llamada lo había absorbido. Tomando en cuenta aquellos antecedentes, lo más normal era que ya no estuviera aquí. Que se hubiese esfumado temprano para hacer sus cosas de detective.
Con esos pensamientos en mente, no sabía si estar feliz, aliviada o terriblemente decepcionada. Por una parte, sería hacerle volver a la realidad y entender que sus fantasías son solo eso. Quizás eso era lo mejor que le podía pasar. Ya no tendría que quemarse la cabeza pensando en qué rayos hacer en este momento y evitar cualquier situación incómoda.
Pero de pronto, un aroma a quemado desde la cocina llegó hacia su nariz, sobresaltándola. No era olor solo a algo quemado, sino a pan quemado. ¿Ese aroma venía de su propia cocina? ¿Eso querría decir que había alguien más ahí? ¿Y ese alguien es Shinichi?
¿Y estaba...cocinando?
