¡Hola a todos! Ha pasado un tiempo desde que actualicé, pero en mi regreso les traigo el penúltimo capítulo de esta historia. Por lo que podremos conocer el desenlace en el próximo episodio, por favor, esperen el final con ansias! ❤
Espero que disfruten este capítulo y les agradecería que me dejen sus comentarios u opiniones
Capítulo 15
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Se limpió las copiosas que brotaban de sus ojos violáceos, en un intento de tranquilizar su alma inquieta y confundida, secretamente lastimada por las circunstancias de la vida a las cuales ella siempre dio frente con una sonrisa, e hizo encender el motor de su automóvil, desesperada por arrancar despavorida de aquel restaurante lo más pronto que pudiese, como si se tratase de un asesino serial del cual había que escabullirse. Aunque si lo pensaba bien, de ser ese el caso, ella le habría hecho frente a través de patadas demoledoras. Claramente esto era diferente. Y así, condujo por varios minutos sin rumbo, solo preocupándose de alejarse lo más posible. Alejarse de donde él aun estaba. Y luego de llegar a la apresurada conclusión de que, en donde menos quería estar era en su propia casa, con ese silencio ensordecer que le obligaría a estar con ella misma y sus contradictorios pensamientos, decidió ir a casa de su hija Narumi.
Allí podría pasar el resto de la tarde con ella y hablar de temas totalmente alejados a los suyos. Eso siempre la confortaba, ya que ahí podía pensar y preocuparse en los demás en lugar de ella misma. Pensar en ella misma siempre ha sido un asunto complejo.
Y así, en un par de minutos, estaba frente a un enorme edificio residencial en donde Narumi se había mudado con su ahora esposo. Recorrió con la mirada el edificio desde la parte superior a la recepción, y suspiró con nostalgia, recordando la tristeza que había sentido cuando su amada hija había abandonado el nido y lo vacía que se había sentido, pese a que se aseguró de esconder estos sentimientos detrás de una máscara sonriente. Pero aun así, ella siempre se ha alegrado sinceramente por su hija, pese a que ese punto fue el inicio de todas las turbulencias de su vida actual.
En cuanto tocó la puerta, Ran pudo sentir pasos rápidos en su interior, como si la joven se hubiese abalanzado a la puerta, ansiosa por saber quien podría llegar a estas horas a su casa. En cuanto la puerta se abrió, y ver a su cariñosa madre esperando frente a la entrada de su hogar, Narumi le recibió con alegría, casi como si estuviera esperándola. Ran se sintió bienvenida, como si por fin se encontrara en su lugar, en una zona de confort.
Miró a su alrededor, notando que todo ahí daba a entender que se encontraban en una pequeña cena especial. Había copas, champaña semi abierta, y bocadillos, como si estuvieran celebrando algo. Por un momento, pensó que estaba interrumpiendo, pero antes de verse tentada a expresar su deseo de irse para dejarlos en su privacidad, Narumi se apresuró a darle las buenas noticias.
—Mamá, estábamos celebrando que... ¡Estoy embarazada!—dejó salir con total alegría, sin poder dejar de sonreír.
Ahora lo comprendía. Esa era la razón de esta pequeña celebración. En cuanto la muchacha pronunció esas palabras, todo el ambiente se convirtió alegría, color y felicidad, como si hubiese sido la primera vez que lo decía, y Ran se dejó llevar por ambiente de fiesta y champaña, casi haciéndole olvidar aquellos pensamientos angustiosos que venía cargando sobre la espalda durante semanas. La madre se abalanzó a su hija y la abrazó con ternura y felicidad. Se mantuvo enlazada a ella por unos instantes, mientras le acariciaba con ternura la espalda y su cabello oscuro.
Era una grandiosa noticia. De hecho, era la noticia brillante que estaba necesitando para retomar su vida.
Es más, estaba casi segura que esta era la señal por la cual estaba rogando. La razón para la cual encaminarse nuevamente. Era como si fuera la indicación clave de que todo se iba a recomponer y le decía cual era su lugar en el mundo. Esto le hacía comprender que tendría una gran familia que ahora le necesitaba más que nunca. Si, ahora ella podría ocupar su tiempo vacío en en formar parte de la vida del bebé. Su familia era lo único que debía importarle, y eso hacía ver a sus fantasías de romance adolescente como algo ridículo y sin importancia.
Después de todo, ¿Qué podría ser más importante que un bebé? Desde esta perspectiva, sonaba hasta absurdo pensar en tener una absurda aventura con una persona que no veía hace tantos años, cuando ahora se convertiría en abuela.
Era como si la opción correcta apareciera frente a sus ojos, y le indicara cual era su lugar en la vida, y la etapa de la vida en la que se encontraba.
—Ojalá que papá también estuviera aquí para que celebráramos todos juntos—expresó la muchacha, mientras destapaba la champaña que aun se mantenía cerrada, y vertía la bebida sobre las copas que estaban posadas sobre la mesa a excepción de su propia copa, luego del severo pero cariñoso recordatorio de su madre de que no podía beber alcohol estando embarazada. En su lugar, llenó su copa con gaseosa ginger ale, con lo cual poder dar el brindis familiar.
Se sentaron en el sofá luego, mientras Ran meditaba las palabras que la futura madre había lanzado al aire con la misma ilusión de siempre, como solía hacerlo, pero pensando que por primera vez, desde que se había separado de Hiroaki, aquellas ilusiones inocentes podían no estar tan lejos de la realidad, y que de hecho habría sido lindo tener a la familia reunida para este acontecimiento. Después de todo, es lo que Narumi, y tal vez el bebé que viene en camino, habrían querido. Si lo pensaba detenidamente, desde hacía un tiempo que se había comenzado a suavizar en ella sus pensamientos hacia Hiroaki, quien fuese su compañero por décadas. Ran había estado muy molesta con él, por supuesto, no solo por la traición, sino porque no podía soportar las mentiras. Odiaba las mentiras. Quizás por eso, entre otras cosas, le costaba tanto asumir y aceptar lo que le estaba pasando con aquel hombre del pasado. Pero transcurrido el tiempo, quizás como una forma de evasión de los demonios que poblaban su mente actualmente, estaba considerando que, tal vez, estaba siendo demasiado inflexible con un error, y su corazón bondadoso estaba cada vez más inclinado a comprenderle. A entender sus razones. A volver a la comodidad conocida.
—Si...—respondió Ran tímidamente, con la vista puesta en la copa burbujeante de champaña que tenía sobre su mano derecha. —Supongo que habría sido bueno que estuviera tu padre...
Pensaba con alivio que nadie sospecharía que era lo había estado estado inundando su cabeza durante todas estas semanas. Creía que nadie, absolutamente nadie, podría sospechar que a esta altura de su vida estaba dudando de todo lo que había construido en su vida por una persona que no veía hace más de veinte años. Y menos que ese hombre fuera el famoso detective Shinichi Kudo, aquel que había dejado en alto el nombre de Japón fuera de sus fronteras. Narumi no tenía cómo saberlo, ni tampoco Hiroaki, a quien nunca se lo nombró directamente. Incluso su presencia en la boda de la muchacha quedó expuesta como la visita casual de un amigo de Hattori-kun, y fue recibido como una celebridad.
Enlazado con todo, con el miedo, la conmoción y efecto que tenía este estúpido viejo detective atormentado en su sistema, empezó a recobrar simpatía por Hiroaki, y cariño por todo los años pasados. Por él y la fantasía de la hermosa postal con toda la familia toda reunida con el bebé. Un bebé amado, y lleno de amor de su familia. No de meter personas ajenas a quienes probablemente no les importaba nada.
Se durmió pensando en esto. Luego de brindar y hablar acerca del futuro, Ran se había dejado caer en las sábanas de la habitación de invitados sin sentir la necesidad de dejar entender a nadie lo que había sucedido en aquel restaurante, ni la razón por la cual casualmente había llegado de improvisto a este hogar y pedido alojamiento durante esta noche. Después de todo no había necesidad de ello. Narumi no tenía porqué saber que durante las últimas semanas había estado teniendo una suerte de relación con el famoso detective. No, no tenía porqué saberlo.
Se movió perezosamente a través de la cama, la cual tenía como destino el convertirse en el bello cuarto del bebé que venía en camino, teniendo una sensación extraña. Estar precisamente en ese cuarto era una entremezcla de la felicidad y confort que había sentido cuando había escuchado de los labios de Narumi la noticia del bebé, y al mismo tiempo, el darse cuenta que ella, contrario a lo que había pensado en un primer momento, no formaba parte de esta familia. Narumi había ya hecho su vida y ella, en el fondo, estaba en un lugar en donde ya no tendría sitio. Quizás este no era ya su lugar.
En el fondo, muy profundamente, sabía que ni su hija ni aquel bebé, la necesitaba tanto como pensaba.
Soñó toda la noche con él. Pero, a primera hora de la mañana, sin siquiera molestarse de tomar desayuno, se puso sobre su cuerpo la misma ropa de ayer, y se fue de casa de su hija sin despertarle. Era como si tuviera la necesidad de que, de alguna forma u otra, encausar su vida. Y de esta manera, llegó inconscientemente a casa de Hiroaki. Era como si su mente ocultamente le estuviera diciendo algo. Y ella entendía lo que su mente le quería. Por lo que, sin titubear, se bajó del automóvil y se dirigió hacia el edificio de apartamentos en donde vive su ex marido desde que se separaron.
Lo miró hacia arriba. El edificio era alto, pero viejo y mal mantenido, lo que le hizo comprender la razón por la cual se dejaba caer tan a menudo en casa, y dormía con ella. No podía culparlo. De hecho, empezaba sentir lástima por él. Si, él había hecho algo terrible, pero fuera de eso, a lo largo del matrimonio, siempre fue buen esposo y buen padre. Aparte de todo el sufrimiento que le había hecho pasar, creía que Hiroaki era esencialmente una buena persona, y ella había sido muy intransigente con él al primer error. Y ella no es así, nunca ha sido así. Ran es comprensiva y amorosa. Y por su terquedad, lo había arruinado a él, y había roto su vida por completo.
Suspiró y subió por las escaleras hacia el tercer nivel, en donde vive Hiroaki. Sentía como su corazón se ablandaba más y más hacia él. No estaba segura de qué era exactamente lo que le diría, pero tenía la intención de volver a retomar lo que había tenido antes.
Tocó la puerta varias veces, y esperó pacientemente afuera. Pero nada, no hubo respuesta. Ni siquiera un mínimo sonido que le diese a entender que pudiese haber algún tipo de movimiento en su interior. Sin darse por vencida, volvió a tocar, con aun más fuerza. Pero silencio absoluto.
Ran estaba casi segura de que debía su ex marido estar ahí...porque sino, ¿dónde más? Desde que lo conocía, Hiroaki no era un hombre que soliera salir a muchas partes.
Empezó a sentir miedo de que algo le hubiese pasado. No de una manera ferviente y desesperada, pero si con una gran preocupación por su integridad física. Pero antes de que intentara tumbar la puerta con una fuerte y potente patada karateca, una herramientas infalible para abrir puertas, un hombre subió corriendo por las escaleras para ir a su encuentro. Era un hombre bajo, calvo, y con un uniforme azul de cuerpo completo, que le hacía parecer un trabajador del edificio.
—Señora, por favor... no le haga nada a la puerta...—exclamó sin aliento el hombre, quien venía corriendo a toda velocidad a través de las escaleras, como si pudiera adivinar la potencia de aquella mujer. —El señor no está en casa, no llegó a dormir la noche anterior.
La experta karateca bajó su pierna que aun mantenía en el aire con una destreza propia de una muchacha de diecisiete, y en cambio, giró su rostro hacia el hombro. Ran lucía extrañada y muy sorprendida.
—¿Hiroaki...no pasó la noche aquí?—repitió Ran con sorpresa. No sentía angustia ni preocupación, pero si le desencajara escuchar conductas con las cuales no relacionaba a un hombre que había conocido por tantos años.
—Si, no pasó la noche aquí—corroboró la información, guiñándole un ojo con picardía. —Usted entiende...
"Trabajo", su mente trabajó con premura. Sabía lo que quiso insinuar aquel hombre, pero necesitaba creer en Hiroaki. Por lo demás, después de todo, de todo el tiempo que le conocía, él jamás se quedaba fuera de casa, a menos que se tratara de trabajo atrasado. Hiroaki debe ser el hombre más trabajador y esforzado que conocía, quien cuando le quedaba aun trabajo por hacer, podía quedarse toda la noche revisando papeles.
Quiso corroborar sus pensamientos y fue a visitar a Hiroaki a su trabajo. Tenía la imperiosa necesidad de arreglar esta situación lo más pronto posible. Estaba desesperada por volver a lo conocido.
No era difícil para ella llegar a este lugar, ya que su ahora ex esposo había trabajado en el mismo lugar de toda la vida. Incluso, si mal no recordaba, cuando ella le conoció hace ya muchos años atrás, él ya estaba trabajando ahí, en ese mismo edificio, en aquella misma oficina. Día tras día, Hiroaki se despedía de su mujer, quien aun estudiaba enfermería, le daba un beso en la frente a su hija, e iba hacia esa misma oficina, a trabajar por más de diez horas entre engorrosos y sucios papeles.
Ran tiene muchos recuerdos de ese lugar. Rememoraba cuando ella era joven recién casada, quien lo visitaba con fraternal cariño dos veces a la semana en el horario de almuerzo para ir a comer juntos. Según recordaba, realizó esa rutina por un par de años, hasta que llegó a sus vidas Narumi, lo cual le impedía asistir con mayor regularidad a sorprender a su marido, quien la había empujado fuera del agujero frío en el cual se encontraba antes. Pero luego, reemplazarías esos almuerzos, por pequeñas y casuales visitas junto a Narumi, las cuales eran recibidas por el hombre con mucha alegría.
Era una vida rutinaria y tranquila, y si bien la energía pura y casi heroica que tenía Ran en el fondo esperaba un poco más, ella había sido feliz. De alguna forma, Hiroaki había sido lo que ella necesitaba en ese momento.
Pero, ahora debía admitir que hacer este recorrido era doloroso y difícil para ella, ya que, así como había sido feliz parte de su vida adulta, también es el recuerdo de uno de los momento más difíciles que le había tocado pasar, y que había dado comienzo a todo el caos que es su vida actualmente. Todavía lo recordaba vívidamente. Después de todo, solo había sucedido hace tan solo siete meses atrás.
Ran había estado haciendo compras por aquel sector, y como si una luz se hubiese encendido dentro de su cabeza, recordó que en solo un par de cuadras se encontraba trabajando su marido, quien se rompía el lomo y la cabeza más de diez horas diarias en ese pequeño y poco ventilado cuarto. Compró un pedazo de pastel de chocolate, que Ran sabía que era el favorito de Hiroaki, subió por elevador del edificio que bien conocía, abrió la puerta con la llave que ella siempre tuvo de esa oficina, la misma de siempre, aunque nunca antes había hecho uso de aquel beneficio marital. Ella le había querido dar una sorpresa. Pero fue Ran la se llevó sorpresa, ya que al abrir la crujiente y roñosa puerta de madera, se encontró a Hiroaki sentado en su escritorio, con su secretaria, la señorita Akako, sentada sobre regazo, sin la blusa puesta, mientras ambos se besaba acaloradamente. Ella tuvo unos instantes para observar la escena antes de reaccionar.
Luego le partió la cara con una sola patada karateca.
Y aun con esa escena fresca en su memoria, abrió con la misma llave que siempre, como si Hiroaki no aprendiera de sus errores pasados como para siquiera cambiar la cerradura, ni Ran para evitar tropezarse como la misma piedra. Pero aquí estaba otra vez, reviviendo la misma escena, con los mismo protagonistas.
Ran se sintió estúpida. Totalmente estúpida por seguir insistiendo con esto cuando ella, en el fondo, sabía que aquí ya no había amor. Ran, ocultamente, siempre supo que Hiroaki había estado rondando su casa por meses como perro rastrero en un intento de volver y dejar ese horrible apartamento, incluso asegurándole una y otra vez que había dejado de ver a aquella secretaria, cuando nada se lo aseguraba, y quizás, incluso, no le importaba ya más. Por supuesto, ella había estado firme como una piedra, sin intención de moverse ni un milímetro, pero las circunstancias de los últimos días habían provocado que buscara un medio de escape a través del camino más seguro, fácil y supuestamente poco espinoso. Pero a veces lo que parece fácil, sencillo y acertado, es a veces las peores decisiones.
Sentía rabia, no por el estúpido de Hiroaki, sino por ella misma, al exponerse a algo que ella misma ya sabía. Pero por alguna razón, no le afectaba mayormente lo que veía. Porque en realidad, ¿ella tienen derecho? ¿En realidad le importa lo que haga o no haga Hiroaki?
De hecho, si lo pensaba bien, si Hiroaki se quedaba con esa mujer o con cualquiera no le afectaba mínimamente. Le dejaba fría.
Todavía recordaba el dolor, la rabia y la tristeza que sintió con aquella primera traición. Pero ahora había sentido total frialdad, como si ya no le importaba lo que pasara con él. Quizás por eso pensó que buscarlo nuevamente era la mejor más acertada, ya que, como dicen, podría pensar más fríamente. Pero claramente, en ocasiones el corazón no miente, y aquel rojo y bombeante órgano no se aceleraba cerca del que fue por tantos años su marido. De hecho, no lo hacía hace mucho tiempo, y tuvo que tener un remezón para comprenderlo.
Probablemente ninguno de los dos sintió ese amor profundo alguna vez.
Él notó la presencial de su ex esposa en la habitación, e inmediatamente soltó a la señorita Akako, como si se diera cuenta que con ella se iban todas las oprtunidades de recomponer a su familia, volver a su casa y hacer feliz a Narumi. Era probable que ambos buscaban los mismo. Balbuceó explicaciones que a Ran no le importaban, y entregó argumentos que ella ya sabía.
En algún momento del discurso de éste, le recriminó que ya sabía que ya se había encontrado a otro hombre. Pero ella no le respondió, ya que ninguno de los debía dar ninguna explicación. Y estaba de más decir que ella no quería recordar ese asunto. Solo pasaba por su mente el contemplar que esta opción ya no era viable, ni nunca lo debió ser. Debía agradecer que por fin ya podía despojarse de esa carga de haber roto a la familia, ya que entendía que él no cambiaba y que ya estaba todo muerto. Quizás esto hace mucho tiempo estaba muerto, y por el contrario, su asunto del pasado seguía más vivo que nunca, como si jamás hubiese muerto.
Y a pesar de estar tranquila con su decisión, había algo en su pecho que la aprisionaba.
Ya no le importó mucho más de lo que sucedió después. No había nada más que hablar, por lo que se marchó sin encádalos, golpes ni palabras, y él tampoco la siguió a través de su camino de vuelta.
No había claramente nada más que hablar.
Finalmente decidió retornar a su solitaria casa. Suponía que, finalmente comprendía que ahí estaba más a gusto que en cualquier otro sitio. Y en cuanto se quitó sus zapatos de calle y se dejó caer en su sofá, sonó el ruidoso tono de su teléfono móvil. Giró su cabeza para ver en la pantalla de quien se trataba. Temía que fuera del trabajo, o tal vez él, pero era sencillamente Sonoko. Suspiró antes de responder a la llamada.
—¿Hola, Ran? —dijo una voz enérgica del otro lado de la línea, sin esperar respuesta del otro lado de la línea, prosiguió jocosamente. —¿Te pensabas ir a conocer el mundo sin decirme? ¿Así es cómo tratas a tu mejor amiga desde la guardería?
La mujer se mostró descolocada, aun reposada en el sofá, rascándose los ojos mientras intentaba inútilmente de pensar a que se podía referir su amiga, pero sin fortuna. Después de todo lo que había pasado, no estaba de ánimos para las adivinanzas.
—¿Conocer el mundo?—repitió la karateca arrugando la nariz. —¿De qué hablas, Sonoko?
Si había algo más remoto acerca de lo podía hacer Ran en este momento, era dejarlo todo y gastar sus pocos ahorros que tenía para su futura jubilación en viajes por el extranjero, incluso a pesar que le gustaría mucho esa vida. Su sueño siempre fue vivir en un hotel. Pero era demasiado práctica como para ello. Lo que hablaba Sonoko no tenía sentido, y pensaba que lo más probable es que en este momento su amiga la estuviera llamando desde un bar en donde se había emborrachado.
—¡Ay, por favor! ¿Crees que nací ayer?—respondió con picardía la heredera de la corporación Suzuki. —Por favor, somos adultas, Ran, ¿crees que no es obvio haz hecho de todo con ese viejo mañoso detective?
—De e-eso no voy a hablar...—tartamudeó Ran, preocupada de lo obvia que podía ser. —¿Y eso que relación tiene con eso del viaje? ¿Puedes explicarlo un poco mejor?
—A lo que dijo Shinichi-kun por televisión...eso de que se iba del país en tres días...—respondió con simpleza, como si fuera algo totalmente obvio.
El corazón de Ran dio un saltó, pero trató de disimular su voz lo más que pudo. ¿Lo que dijo Shinichi en televisión? Habrá sido posible que haya hablado demasiado...
—¿Habló...algo de mi?—dejó caer la pregunta, aun cuando le daba mucha vergüenza hacerla, con un tono despacio, casi inaudible.
—Pues no—respondió Sonoko hundiéndose de hombros. —Solo dijo que se iría del país. Pero como estoy segura de que debes estar teniendo una aventurilla con ese obsesivo, creí que era obvio que se llevaría a su mujer con él para mostrarle el mundo que ella se ha estado perdiendo.
—Pues supones mal—afirmó tácitamente Ran, frunciendo el ceño, mientras fingía firmeza. Erguió su espalda sobre el respaldo del sofá. —Para tu información, Narumi está embarazada y yo no podría dejar a mi familia...además, no tengo nada con él.
De esta manera, Ran se dedicó a enfatizarle a Sonoko la inexistencia de relaciones con Shinichi, la necesidad de quedarse con Narumi, que su lugar estaba aquí, y asegurarle a su perspicaz amiga de que la partida de Shinichi no le podía importar más que el de un viejo y lejano amigo irse una vez más. Y lo decía con tanta insistencia como si quisiera obligarse a creerlo ella misma.
Cuando finalmente hubo acabado, colgó a su amiga, con la inquietud en su alma al pensar de que tal vez él estaba adelantando su viaje debido a lo que ella le había dicho. Un escalofríos recorrió su espina dorsal al contemplar el escenario de no volver a verlo, ahora por fin de manera definitiva, como si volviera a repetir su desaparición una vez más.
