¡Saludos a todos aquellos que ya creían que no habría capítulo nuevo!
He estado algo liada intentando arreglar toda la tecnología que le ha dado por fastidiarse de la noche a la mañana y me ha tenido (y me tiene) de cabeza.
Nada más que decir, así que... DISCLAIMER: una vez más, recordarle al mundo que Code Lyoko & Digimon Frontier no nos pertenece a raf-lily o a mí, que sólo la idea es nuestra así como algún que otro personaje. También una vez más, recordar que cualquier coincidencia en personajes con el oc de otra persona (ya sea de fanfic o de fanart) preferimos que se hable primero a que se acuse y critique de robo.
Dicho todo lo que se tenía que decir, disfrutad del capítulo de nuevo quienes ya conozcáis la historia y, quien no, esperamos de todo corazón que os guste el ritmo que está siguiendo.
Capítulo 17: Cuatro más
A nadie le extrañó ver a Bokomon caminando de una cama a otra atendiendo a las chicas. Zoe intentaba hablar con Koichi mientras Emily y Sissi permanecían tumbadas.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la rubia al ver entrar a los demás, señalando a Chiaki en la cama y a Koichi negándose a responder.
—La Scyphozoa también la ha cogido —respondió Kouji.
—¿Es por nuestra culpa? ¿Por qué no hemos podido librarnos de ella? —temió Sissi.
—Ella le rompió varios tentáculos cuando te ayudó —se acercó Floramon.
—Al parecer, los Phantomons la llevan en sus capas —informó Mikemon, acercándose a Emily —. ¿Cómo estás?
—Mejor… ¿Es posible que hagan eso? ¿Qué lleven esos digimons a ese monstruo?
—Es posible que, si son capaces de arrastrar a su dimensión a otros seres, con los monstruos sea lo mismo —comentó Zoe.
—Habremos de estar más alerta pues —decidió Takuya —. ¿Estáis bien las tres?
—Más o menos —respondieron.
—Una cosa es segura. Ahora habrá también clones de Kazemon, Ranamon, Emily y Sissi —señaló Jeremy.
—¿Por qué a ellas? Habría sido más peligroso atrapar a KendoGarurumon y a KaiserLeomon —dijo Teruo.
—Posiblemente, el tener una evolución mayor los convertía en peligrosos para la Scyphozoa —dejó ir Aelita —. Son más grandes en tamaño y, permíteme decirlo, son más rápidos que los demás.
—Puede que sí —apoyó Yumi.
—En cuanto Chiaki despierte, deberíamos marchar —dijo JP —. Este pueblo es muy importante como para que sigamos combatiendo aquí. Y si van a aparecer más clones, está claro que las cosas se van a poner muy feas… Por más clones que hayan, dudo que se les ocurra la brillante idea de enviar menos monstruos o menos digimons.
—Tienes razón. Hay que marchar antes de que el ejército sea más grande —aceptó William.
—¿Qué tal si ayudamos a Swanmon de mientras? —preguntó Takuya.
—¿Qué? ¿En serio vas a cuidar de los bebés después de lo de hoy? —preguntó Odd hundiéndose en el sitio.
—Es la mejor forma para despistar la mente de los problemas —secundó Kouji, caminando hasta su hermano y tirando de él —. Anda y ayúdame a encontrar gemelos.
—¿Tú también? —se sorprendió Odd.
—No es mala idea —sonrió Aelita.
Ante la mirada del rubio, prácticamente todos salieron de vuelta a la zona de los bebés. La digimon estuvo muy agradecida con ellos, especialmente cuando llegó un Trailmon con la intención de llevar a los bebés a sus respectivas aldeas. Para cuando Chiaki despertó, el grupo entero llevaba descansando media hora.
—Gracias por todo lo que habéis hecho aquí, chicos. Me habéis ayudado muchísimo… Sólo lamento haberos hecho perder tanto tiempo —se lamentó.
—Tranquila, somos nosotros los que debemos agradecerte por habernos dejado pasar la noche aquí, aun con el riesgo que eso ha conllevado —dijo Katsuharu.
—¡Nosotros iremos con vosotros! —exclamó Patamon, volando hasta quedar sobre la cabeza de Kouji —. Os ayudaremos en todo lo que podamos.
—¿Seguro?
—Pues claro, somos los tres grandes ángeles. ¿Qué crees que diría la gente si no luchásemos por el Digimundo? —preguntó Lopmon cruzándose de brazos y sacudiendo la cabeza. Sus enormes orejas se agitaron de un lado a otro.
—Pero ahora estáis en nivel infantil —señaló Zoe.
—Con vosotros a nuestro lado, seguro que creceremos más rápido —sonrió Salamon.
—No veo problema siempre y cuando se queden con Bokomon y Neemon cuando hayan problemas —convino Jeremy.
—¡No molestaremos, prometido! —sonrieron los tres.
Tras despedirse de Swanmon, y cargando con mochilas preparadas para el largo viaje, el grupo empezó a abandonar el Pueblo del comienzo. Al frente, Takuya hablaba tranquilamente con los gemelos sin preocupación alguna. De pronto, se detuvo en seco y giró hacia los demás.
—¿A dónde vamos? —preguntó con una sonrisa tonta. Más de uno cayó al suelo, murmurando maldiciones en varios idiomas.
—Menudo idota estás hecho —soltó Kouji dándole una colleja que hizo encoger al de fuego.
—Eso se pregunta antes de salir, no media hora después de empezar a andar, bobo —Koichi también le golpeó, pero más flojo.
—No había pensado en ello —admitió.
—¡Tú ibas por delante! ¡A algún sitio nos estabas llevando! —chillaron los demás.
—Está bien, está bien, ya no digo nada más en lo que queda de día. ¿Contentos?
—Eso no se lo cree nadie —susurró Tommy. A su alrededor, más de uno rió.
—Se admiten sugerencias pues —dijo JP.
—Decididlas vosotros —señaló Ulrich —. Nosotros no conocemos el Digimundo, no tenemos ni idea de a dónde podemos acabar…
—Deberíamos ir en busca de información —convino Kitsumon.
—Sí, y saber dónde hay más torres activadas —asintió Lunamon.
—Sería interesante para desactivarlas y robarle energía a XANA —aceptó Aelita —. ¿Dónde podríamos descubrir eso?
—¡El mercado de Akiba! —exclamaron todos los que conocían el Digimundo.
—¿Un mercado? ¿Podré comprar ropa nueva? —preguntó Sissi.
—Si cuentas con dinero de este mundo, sí. No te servirá el del mundo humano —respondió Zoe.
—Entonces vayamos al mercado —dijo Jeremy abriendo su portátil —. ¿Está muy lejos?
—En la región del hielo, pasados los mares tropicales —respondió Kouji —. Un poco alejada de aquí, sí.
—Pues mejor encender motores —declaró Jeremy.
—Este mundo es peor que Lyoko… Allí todo eran sectores claramente separados… Aquí tan pronto estás en un bosque como te encuentras en el desierto —remugó Odd.
Cada uno en su vehículo, el grupo entero puso rumbo al mercado de Akiba sin contratiempo alguno. Absolutamente nada interrumpía el avance del grupo.
—¡Todo tranquilo en el horizonte! —declaró Chaiki descendiendo su nube al nivel de los demás.
—Será que XANA también necesita munición —bromeó Odd.
—Más te vale rezar para que no esté en el mercado, graciosillo —respondió Jeremy.
—No queda mucho para llegar al último punto cálido antes de la región del hielo, chicos —anunció Takuya.
Pocos minutos más tarde, el grupo entero empezó a ver el inequívoco blanco del hielo. Los rostros de todos los que desconocían el Digimundo reflejaron molestia cuando el suelo helado ocupó el terreno arenoso sobre el que se habían estado desplazando, así como el frío aire que les recibió de repente.
—¿No podría haber una zona de aclimatación? —protestó Sissi temblando.
—Lo sentimos, el Digimundo es así —sonrió Tommy, resbalando con los esquís como si nada.
—Eh, Sissi, usa mi sudadera —ofreció Odd, acercándose con la prenda en las manos.
—¿Y qué hay de ti?
—Me imaginaré que estoy en el sector del hielo. Allí también hacía frío, pero acabé acostumbrándome —se encogió de hombros.
—Maldición, esto es peor que el sector del hielo —observó Ulrich intentando dominar su moto.
—¡Ulrich, delante! —alertó Kitsumon.
—¡Seas lo que seas, si estás vivo, será mejor que te apartes! —chilló al identifiar unos bultitos blancos con manchas lilas y pelo rojizo.
Los pequeños digimons alzaron sus cabezas a la vez, empezando a gritar en cuanto identificaron la verdosa moto acercándose a gran velocidad fuera de control. Otras dos motos se cruzaron en su trayectoria, obligándole a derrapar y forzando el frenado hasta acabar a escasos centímetros de una de aquellas criaturas.
—Por qué poco —suspiró aliviado el samurai —. Gracias, chicos.
—No hay de qué —respondieron los gemelos, deteniéndose uno a cada lado.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Aelita.
—Aún me va el corazón a mil —respondió Ulrich.
—Deberíais llevar algo llamativo, Gomamons. Con tanto blanco, de espaldas a duras penas sí se os ve —dijo Zoe, deteniendo el aerodeslizador y bajando junto a ellos.
—Por aquí no circulan Trailmons, así que no hay peligro —dijo uno.
—Bueno, salvo por vosotros, que también pasáis por aquí —señaló otro.
—Eh, ¡tú eres la chica del viento! —exclamó un tercero, acercándose a Zoe y volteándose a sus compañeros —. ¡La que eliminó los remolinos!
—¿En serio? —preguntaron varios.
—Sí, soy yo —sonrió Zoe.
—¡Qué bien! ¡Qué bien! ¡Han regresado! —corearon todos.
—¿Les conocéis? —preguntó Yumi.
—Mi espíritu digital animal se encontraba hundido en el mar y provocaba remolinos a la entrada de la Isla Goma, el hogar de los Gomamons —explicó la rubia.
—¿Sabéis que hay digimons que se han vuelto locos y monstruos rarísimos? —preguntó un Gomamon.
—También hay extraños monolitos negros —añadió otro —. ¿Habéis vuelto para acabar arreglar de nuevo las cosas?
—Exactamente —asintió Takuya.
—¡El Digimundo volverá a ser pacífico pronto! —exclamaron todos.
—Por cierto, ¿ocurre algo de todo eso en vuestra isla? —preguntó Jeremy.
—No, nada —negó uno. Los demás fueron negando uno tras otro.
—Gracias de todos modos…
—¿Vais al mercado vosotros también? —preguntó Chiaki.
—No, sólo hemos venido a pescar —sonrió el más cercano a la chica.
—Tened cuidado pues.
—¡Y vosotros! —exclamaron.
—Va, sigamos, que me estoy helando aquí —protestó Sissi. Floramon intentaba ayudarla a entrar en calor frotándole los brazos por encima de la sudadera de Odd.
A paso más lento, el grupo entero dejó atrás a los Gomamons y continuaron el camino. Al contrario que JP y Jeremy, cuyos tanques no perdían la dirección en ningún momento, los demás sufrían por el manejo de sus vehículos.
—Yo no aguanto más tanto suelo resbaladizo —se rindió Ulrich. De pronto, su moto empezó a flotar.
—Eh, ¿qué haces? —preguntó Koichi.
—Estoy preocupado por mi vida con tanto suelo resbaladizo y tantos volantazos a diestra y siniestra —respondió.
—Suertudo —llamó la atención William. Su quad corría el riesgo de chocar con Takuya.
—Tú también puedes hacerlo, si quieres —informó Jeremy. Un par de palabras más tarde, el quad estaba flotando varios centímetros por encima del hielo —. Y también pueden hacerlo Takuya y los gemelos.
—Prefiero el suelo. Es un desafío entretenido —sonrió Takuya.
—Aunque me parece surrealista ver una moto voladora… Takuya es un peligro sobre ruedas. ¿Cómo dices que se hace eso de flotar? —preguntó Kouji.
Los dos tanques, Tommy y sus esquís y el auto loco de Takuya fueron los únicos que continuaron sobre hielo. Más de uno se había acercado al menor y le había ofrecido asiento, aun siendo ocupado por algún digimon, temiendo por su vida ante las maniobras del guerrero del fuego. El de hielo rió quitándole importancia.
—¡Ya llegamos! —señaló Katsuharu.
—Hora de quitarnos la ropa —rió Takuya.
—¿Estás mal de la cabeza o qué? —se escandalizó Emily.
—Mira atentamente al frente —se le acercó Teppei, aprovechando para apoyarse en el dragonfly un poco.
—¿Qué demonios es eso? —gritó Sissi.
—Lo que hace del mercado de Akiba un sitio habitable: la gran caldera —respondió Tommy, acelerando su ritmo de esquiada.
En cuestión de segundos, el grupo entero dejó atrás el hielo y la nieve al mismo tiempo que el ambiente se volvía más cálido. Si bien el cambio no había sido tan brusco como al entrar en la región del hielo, el grupo enseguida notó el calor y empezó a deshacerse de la ropa extra.
—Así que esa enorme caldera es la razón por la que se puede pasear como si nada por este lugar… ¿Y cómo funciona? —preguntó Jeremy.
—Son datos. Todo aquí son datos. El fuego siempre está encendido porque son datos programados para ello —explicó Gaomon.
—Pues seguro que semejante monstruo come muchos datos —silbó Odd.
—No es un monstruo, es una caldera —corrigió Labramon —. La única vida que tiene son las llamas.
Tras hacer desaparecer los vehículos, el grupo entero empezó a caminar, aún debatiendo a qué puesto deberían ir primero para obtener información.
—¡Te digo yo que es una epidemia que vuelve a los más amables digimons en monstruos peores que Devimon! —gritó un Otamamon.
—No creo que las cosas sean así —le respondió un Agumon.
—¿Y qué explicación le das entonces? ¿Cómo de la noche a la mañana nos atacan cuando intentamos cruzar su aldea? —recriminó un Shakomon.
—Pues no lo sé, yo no vivo por ahí —se defendió el dinosaurio anaranjado.
—Será por esas cosas raras que han aparecido por todo el Digimundo —intentó ayudar un Gabumon.
—¿Y quién las ha puesto? Dudo que lo hayan hecho los propios Frigimons —protestó una Palmon con su estridente voz.
—No, no, los Frigimons no, pero… —empezó a hablar el dinosaurio, pero los otros tres ya estaban listos para gritar de nuevo.
—¿Qué os ocurre? —interrumpió Patamon.
—¿A que lo que ocurre es por culpa de los que han puesto esas cosas raras en nuestro mundo? —le preguntó Gabumon.
—¿Cosas raras?
—Esas cosas altas y oscuras con una neblina roja encima —ayudó Agumon.
—¿Las torres? —preguntó Aelita.
—Si es así como se llaman… —respondieron los cinco a la vez, mirándose con confusión.
—¿No habéis visto nunca ninguna? —preguntó Takuya.
—Hemos oído hablar de ellas, pero no hemos visto nada —dijo rápidamente el Otamamon.
—Al norte viven unos Frigimons muy simpáticos y amables que de pronto se han vuelto malos —explicó la Palmon.
—Es posible que sea la torre. ¿Vamos? —preguntó William.
—Cuanto antes acabemos con ella, mejor para nosotros y peor para XANA —dijo JP.
Sin dudarlo, el grupo corrió hacia el norte, saliendo del mercado antes de materializar los vehículos y poner rumbo al pueblo de los Frigimons. Tardaron bastante en llegar, pero absolutamente nada en divisar la figura de la torre, con su parte superior en rojo.
—Preparaos para la bienvenida, chicos —avisó Jeremy.
—¿Y esos monstruos? —preguntó Teruo, señalando dos figuras flotando alrededor de la edificación.
—¡Mantas voladoras! Empezaba a preocuparme por no verlas —respondió Odd.
—Genial, más bichos —suspiró Sissi.
—Los eliminaremos también —declaró Mikemon, lista para saltar desde el dragonfly.
—Las mantas disparan rayos desde el morro —empezó a decir Jeremy —. Su punto débil está en el lomo.
—Y tened cuidado, pueden soltar pequeñas minas capaces de permanecer flotando en el aire —avisó Ulrich.
—Más molestias en la pelea —suspiró Zoe.
Para sorpresa de los chicos, la llegada a aquella torre no parecía haber sido prevista por Xana-Lucemon. La torre se encontraba únicamente protegida por las mantas y los Frigimons del lugar. No le fue difícil a Emily encontrar un hueco por el que colarse para desactivar la torre, en cuya pared superior apareció una huella de gato.
—¡Misión cumplida! —sonrió la chica saliendo de la torre. Alrededor de ellos, auras oscuras abandonaban los cuerpos de los Frigimons.
—¡Así se hace, Em! —animó la gata atigrada.
—¿Niños humanos? ¿Qué ha pasado? —preguntó un Frigimon.
—Estabais siendo controlados por Xana-Lucemon —respondió Jeremy —. Pero ya no tenéis de qué preocuparos. Nadie podrá volver a controlaros.
—¿Y los monstruos voladores? —preguntó otro.
—Eliminados. Por aquí no volverán a aparecer —dijo Odd.
—Deberíamos regresar al mercado —dijo Bokomon —. Este frío llega hasta los huesos.
—Estoy de acuerdo con la idea —alzó la mano Sissi.
—De paso, podemos avisar de que ya no hay peligro —dijo Lopmon.
—Luchar da hambre —corearon Odd, Takuya y Dracomon —. ¡Hora de ir a comer!
—Pobre del que tenga que pagar la comida —dijo Tommy.
—Ah, no, yo no voy al mismo local que ellos —declaró Aelita.
—Podemos ir a otros locales y dejarlos a ellos por otro lado —señaló Kouji.
—¿Quieres que deje a Dracomon a solas con esos dos? —se sorprendió William.
—Me ofrezco como tu compañero digimon por un rato —se le acercó Labramon.
—También puedes llevar a Dracomon contigo y pagar únicamente lo suyo, lejos del local en el que caigan los otros dos cerdos glotones —señaló Sissi.
—Ya veré qué hago —suspiró William.
—Va, chicos, que hace frío —llamó Salamon, subida al aerodeslizador de Zoe.
El silencio reinaba en la Rosa de las Estrellas. El grito de rabia de Xana-Lucemon había hecho que absolutamente todos en el lugar dejasen lo que estaban haciendo, sus respiraciones a duras penas sí se oían. Más de uno y más de dos se acercó al salón en el que el ángel caído se encontraba, ansiosos de saber qué había ocurrido y deseosos de que ello conllevase a una misión que les ayudase a subir rangos.
Desde su trono, Xana-Lucemon observaba los presentes en la sala, aún incrédulo por la situación en la que se encontraba. Junto a Myotismon, quien mantenía la vista baja por temor a ser el foco de la ira del ángel, los clones observaban sin expresión alguna a su amo. A ellas se habían unido las versiones oscuras de Sissi, Emily y Ranamon, las tres igual de inexpresivas que el resto. En la pared contraria, donde todos los extraños mecanismos del señor de la Rosa de las Estrellas, la Scyphozoa flotaba desprovista de tentáculos.
—¿Por qué? —murmuró el ángel caído, los ojos fijos de pronto en los tentáculos en el suelo —. ¿Por qué ha ocurrido esto?
—Mi señor…
—¡Esto no debería haber pasado! —gritó, haciendo encogerse a Myotismon —. ¡Esto no debería…!
—¿Dónde estoy? —oyeron de pronto una voz femenina. Dos cabezas se voltearon al extraño tubo de la maquinaria —. ¿Qué lugar es este?
Con cuidado, una versión oscura de Kazemon salió del tubo, mirando alrededor con lentitud. Xana-Lucemon se levantó del trono aún más lentamente, mientras que Myotismon dudaba entre moverse o permanecer quieto, al igual que todos los clones. Estos sólo habían movido levemente la cabeza hacia la nueva figura.
—¿Qué sitio es este? —preguntó de nuevo BlackKazemon.
—Estás en la Rosa de las Estrellas —respondió Xana-Lucemon —. Mi castillo.
—¿Eres un rey? —preguntó la digimon.
—Puedes llamarme así —asintió con una pequeña sonrisa maligna el ángel.
—¿Y dices que este lugar es tu castillo? —preguntó de nuevo la digimon, mirando otra vez alrededor.
—Sí. El lugar desde el que dominaremos el mundo digital.
—¿Eso no sería más bien una base? —cuestionó la digimon. El ángel caído cogió aire lentamente.
—Vosotros, mis soldados, podéis llamarlo así —aceptó.
—Pues, la verdad, necesita un buen repaso —dejó ir, cruzándose de brazos y caminando de un lado para otro —. ¡En menudo sitio he acabado! Este no es lugar para que una chica tan guapa como yo pueda lucirse.
—¿Qué? —preguntó incrédulo Xana-Lucemon.
—Pues eso —dijo como si el otro fuese un crío —. Le falta luz, muchísima luz, a este lugar —dijo señalando varios puntos y empezando a sacar defectos.
—La clonación ha fallado —murmuró Xana-Lucemon —. Ha fallado —repitió, mirando los tentáculos.
Las cosas parecían estar yendo de fábula para el malvado ser, que veía el aumento de su ejército invencible, cuando una repentina descarga eléctrica dañó a la Scyphozoa, cortándole los tentáculos en pleno traspaso de datos y provocando que la creación de aquella versión oscura de Kazemon se viese amenazada por el fracaso.
—¿Vosotros qué pensáis, chicos? —preguntó de pronto BlackKazemon a los clones. Ninguno se movió ni le respondió —. ¡Eo! ¿Hay alguien ahí? ¿Hola? —preguntó dando golpecitos a la cabeza del Agunimon oscuro —. He aquí un grupo de muditos… O tontitos… ¡¿Por qué a una mega estrella como yo le pasan estas cosas?! ¡Yo debería estar ahora mismo rodeada de fans! ¡No de sosainas paliduchos que parecen estatuas!
—Señor —un Phantomon entró en la sala, haciendo que, al abrir la puerta, muchos que habían estado espiando se ocultasen —, hemos perdido una torre.
La voz de BlackKazemon fue lo único que siguió sonando en el lugar. Xana-Lucemon apretó los puños y se dejó caer de nuevo en su trono, su respiración poco a poco más agitada.
—Enséñanoslo —ordenó. Rápidamente, el Phantomon se quitó su collar y alzó al frente para que el ángel y el vampiro observasen la escena.
—Esos niños se han hecho con una de las torres del norte de la región del hielo —se atrevió a mencionar Myotismon.
—Ya lo veo —asintió Xana-Lucemon, mirando con rabia al vampiro.
—Este lugar es muy soso, definitivamente… ¡Al igual que todos sus habitantes! —exclamó BlackKazemon, uniéndose a ellos y observando el colgante del Phantomon —. Pero he de decir que tiene cosas graciosas…
—No puedo más con ella —murmuró el ángel.
—¿Qué ordena, mi señor? —preguntó Myotismon, apartándose y dejando al hada pegada a las imágenes del colgante.
—Eliminarla y…
—¡Qué pasada! ¿Todo eso está fuera de aquí? —preguntó dando palmaditas —. Oh, cielos… ¡Oh, cielos! ¿Quién es él? —preguntó mirando a Xana-Lucemon —. Quiero a ese chico. ¿Se puede?
Xana-Lucemon observó sorprendido a la clon del viento, que había vuelto la mirada al punto de su interés y ordenaba al Phantomon que no hiciese desaparecer la imagen del colgante. Poco a poco, el ángel caído fue acercándose hasta quedar junto a ella, observando por encima de ella la figura que llamaba su atención. Con una sonrisa maligna, regresó al trono y tomó asiento.
—Espero órdenes, mi señor —recordó Myotismon.
—No hagáis nada. Puede que al final nos sea de gran utilidad.
—¿Señor?
—Al parecer, querido Myotismon, nuestra hadita se ha enamorado —dijo aguantando la risa el ángel.
—¿Y cómo nos beneficia eso?
—BlackKazemon —llamó. La digimon alzó la vista rápidamente —. ¿Lo quieres de verdad?
—¡Completamente! —asintió enderezándose.
—¿Quieres ir a por él?
—¡Sí!
—Pues podrás ir —asintió.
—¡Estupendo! —saltó con una felicidad inusual en la Rosa de las Estrellas —. Pronto serás mío —susurró mirando de nuevo el colgante.
—Sigo sin entender qué ocurre, mi señor —murmuró Myotismon, temeroso de la respuesta.
—Muy pronto, el guerrero de la luz caerá en la más profunda oscuridad y nadie podrá salvarle —dijo, riendo con fuerza.
Absolutamente nadie se movió ni dijo nada… Salvo la curiosa hada oscura, cuyas alas empezaban a moverse con alegría.
