Gracias todos por leer, por los likes, estrellitas, kudos, reviews y comentarios. Se los agradezco de corazón.

Muchas gracias también por estar al pendiente de las actualizaciones.

Espero el capítulo les guste y puedan perdonar cualquier error.


Eso no estaba pasando… Eso no estaba pasando.

David tenía la mente nublada, se sentía como cegado por celos incomprensibles. A medio camino de regreso al Castillo decidió tomar su caballo y cabalgar a su propio ritmo para llegar lo antes posible al reino dejando a Snow atrás al cuidado y protección de los caballeros blancos.

Entró ansioso por encontrarse con Regina, verla y saber que tanto ella como el bebé estaban bien. Moría de ganas por saber cuánto más le había crecido el vientre en todos esos días que estuvo fuera.

En el camino a la habitación de la reina se encontró con Azul, quien únicamente le dijo "te sugiero que vayas a verla". Pensó que quizás Regina estaba pasando por un momento emocional y necesitaba consuelo, pero cuando estuvo frente a la puerta y escuchó gemidos, que a su parecer eran de dolor, no dudó en entrar, sólo para encontrarse con que Regina, quien esperaba un hijo suyo, no sólo no estaba en peligro, sino que estaba follando con Graham.

Oh, el maldito e inmundo cazador…

Graham bajó torpemente de la cama y de inmediato empezó a buscar sus prendas para cubrirse mientras la reina tomaba una sábana para hacer lo mismo

- Voy a matarte - amenazó el Rey al cazador que en ese momento se ponía la ropa apresurado

- ¡¿Por qué demonios entras en mi habitación sin tocar?! - preguntó Regina muy molesta, porque David no nada más había irrumpido en sus aposentos como si tuviera derecho sino que además había interrumpido su primer encuentro sexual en meses. ¡Meses!

Ignorando a Regina se fue sobre Graham en cuanto éste estuvo medio vestido, propinándole un fuerte y certero golpe en el rostro que lo mandó directo al suelo

- ¡Levántate! - bramó sintiendo la sangre hervir por sus venas. No quiso esperar, lo agarró de las ropas y le alzó para golpearlo otra vez

- ¡Basta! - exigió Regina bajándose de la cama.

Ahora fue Graham quien se fue contra David logrando derribarlo y le dio un puñetazo en una mejilla. El Rey de inmediato le golpeó con la rodilla en las costillas dejándolo sin aire. Se lo quitó de encima dispuesto a seguirle golpeando, pero se detuvo cuando la reina se interpuso entre medio de los dos envuelta en la sábana con la que se cubrió cuando David entró

- Fuera de aquí los dos - ordenó a ambos sosteniendo la mirada fulminante a David con quien se sentía furiosa y el hecho de que se agarraran a golpes en su habitación la irritó mucho más de lo que ya estaba.

Graham se limpió la sangre que le salía de la ceja derecha al tiempo que caminaba hacia la puerta, sin decir ni una palabra. El Rey comenzó a moverse sin quitarle la mirada de encima a Regina quien le veía como si le quisiera matar. En un punto quedó tras el cazador que cruzó la puerta primero que él

- Largarte del Castillo porque si no lo haces te juro que te mato - le amenazó David y cerró de un portazo quedando dentro de la habitación

- ¿Es que acaso no escuchaste? ¡Vete tú también! - exigió la reina y él la encaró. Tragó saliva al ver el feo golpe que tenía en una de las mejillas

- ¡No! - le contradijo. No estaba dispuesto a ceder tan fácil esta vez - No me voy a ir hasta que me digas ¿por qué estabas haciendo eso? - habló mucho más alterado de lo que le habría gustado sonar, pero es que no se podía controlar

- Porque quería sexo - respondió sin más con el ceño fruncido

- Estás embarazada - puntualizó David apuntando con un dedo a donde sabía que estaba el vientre de la reina, el cual no podía ver por la sábana. No pudo evitar fijarse en lo bella que se veía Regina así, con el cabello algo alborotado, enfurecida, con las mejillas adorablemente encendidas y algo agitada por la jodida actividad reciente. ¡Maldición!

- ¿Y eso qué tiene qué ver? - preguntó a la defensiva

- Que soy el padre del bebé que esperas - dijo indignado, apuntándose ahora a sí mismo con el mismo dedo

- Bájale a tu hombría, encantador. Tú y yo no somos nada - alzó la barbilla, pensando en que, si no estuviera tan enojada, sin duda alguna se burlaría de él - Y el bebé no va a cambiar de padre sólo porque yo tenga sexo con otro - pero igual no iba a desaprovechar la oportunidad de hacerle ver lo absurdo y ridículo que se escuchaba

- No digas eso ni de broma - la miró con advertencia y la vio sonreír fingidamente, pero en un segundo se puso seria

- Entonces no te metas donde no te llaman. Es MÍ cuerpo y hago lo que me venga en gana con él - le dijo energética y muy molesta

- Entré porque escuché… - hizo una pequeña pausa mientras Regina le clavaba la mirada, seguramente porque pensaba que era un pervertido que le gustaba escuchar a la gente tener sexo tras las puertas - S-sonidos raros y pensé que estabas en peligro - concluyó alzando también la barbilla, orgulloso de sí mismo por salir bien librado de esa. O al menos eso creía

- Oh, por favor - se quejó Regina haciendo una mueca de fastidio - No me importa lo que hayas escuchado, no tenías ningún derecho de entrar así y arruinar mi encuentro sexual - arremetió verdaderamente ofendida

- No deberías estar teniendo esos encuentros estando embarazada - dijo muy, muy serio - Podría ser… peligroso - tragó saliva al decir eso porque se sentía como un idiota. Él entró a la habitación pensando que la salvaría y se encontró con algo que nunca esperó. Fue una sorpresa verdaderamente desagradable

- Para que lo sepas es el embarazo lo que me tiene con el libido hasta el cielo y eso, querido - le dedicó una pequeña sonrisa - ¡es tu maldita culpa! - ya era hora que David supiera lo que estaba sufriendo gracias al embarazo del cual él también era muy responsable

- Y si es mi culpa por qué no me dijiste a mí - sí, estaba celoso y se sentía con el derecho a reclamar

- De algo puedes estar muy seguro - tomó aire profundamente antes de seguir - Eres el último hombre que buscaría para tener sexo, pastor - se lo dijo con toda la intención de herir su orgullo de hombre, no se detuvo a pensar en sí verdaderamente quería tener sexo con él o no

- Bien - espetó - Porque yo tampoco quiero tener sexo contigo, Majestad - apretó los dientes al decir esa mentira. Estaba enojado, celoso y ahora dolido por la forma en que la reina lo estaba rechazando. Eran demasiadas emociones a la vez y sentía que le estaban sobrepasando.

Regina soltó una pequeña risa y negó con la cabeza, como haciéndole ver que sabía que no era cierto lo que decía

- Entonces, ¿qué haces aquí todavía? - le habló con superioridad y enarcó una ceja con altivez.

David apretó las manos en puños por la impotencia, las cuales en realidad le temblaban y su respiración se aceleró. Sentía un impulso por agarrarla, llevarla a la cama y demostrarle que él podía satisfacerla, pero la misma rabia que sentía se lo impedía. Además, estaba siempre ese maldito miedo a que ella le apartara y no le dejara estar a su lado mientras el pequeñito que ambos esperaban le crecía en el vientre.

Muerto de coraje se dio la vuelta, abrió la puerta y se fue. De inmediato y por primera vez en todo ese tiempo, escuchó el cerrojo, señal inequívoca de que Regina se había encerrado en la habitación.

Se recargó en la puerta de espaldas y se dio a sí mismo un pequeño golpe en la cabeza con la madera, reprochándose el haber actuado de la forma en que lo hizo.

Sin embargo, no iba a dejar las cosas así con Graham. Tomó aire y empezó a recorrer los pasillos en búsqueda del maldito cazador que se había aprovechado de su ausencia para meterse en la cama con Regina. Al doblar en uno de los corredores se encontró con Azul

- ¡¿Por qué lo permitiste?! - preguntó furioso - Me dijiste que la ibas a cuidar - le reclamó

- Regina no estaba en peligro - respondió el hada con calma

- Graham pudo haber aprovechado la oportunidad para lastimarla - dijo molesto. Le enojaba que Azul no le estuviera dando la razón

- Él no la va a lastimar - aseguró el hada suprema y vio al Rey tallarse el rostro con una mano mientras soltaba un gruñido - Se ha ido del Castillo. No tienes que preocuparte más por él - le explicó, esperando que se relajara un poco con la noticia.

Ella misma se encontró con el cazador golpeado y a medio vestir por lo que decidió indicarle que por el bien de todos, abandonara el lugar

- Me alegro, porque estoy seguro que si lo veía de nuevo no me iba a contener - estampó un pie en el suelo mientras ponía ambas manos en su cintura y alzaba la cabeza mirando el techo, como si ahí fuera a encontrar una respuesta para eso que sentía

- Los golpes no son la solución - dijo Azul

- ¿Entonces qué hacía? - preguntó David con una sonrisa falsa - ¿Dejar que se folle a Regina cómo y cuántas veces le dé la gana en mi cara? - preguntó sintiendo otra vez esos celos inexplicables - Ella está esperando un hijo mío. ¡Mío! - necesitaba descargar su frustración - No debería estar teniendo sexo con otro hombre - soltó apresurado, como si las palabras le quemaran en la boca pues sabía era absurdo, pero era lo que sentía.

Oh Dios, Regina lo descontrolaba

- Bueno, el hijo es tuyo, pero Regina no te pertenece, Majestad - argumentó el hada y la mirada poco amigable que le dedicó David ante esas palabras le agradó pues sabía que tenía su atención y que ese tema le interesaba - Está por cumplir cinco meses. Mejor ocúpate en enmendar la torpeza que acabas de cometer - sugirió. Alzó su varita para curarle el golpe de la mejilla y después desapareció dejándolo solo con todos sus demonios en medio del inmenso Castillo.


Al día siguiente David llevó el desayuno hasta la habitación de Regina, pero esta ni siquiera le respondió. Así que se tuvo que retirar sintiéndose derrotado y preguntándose cómo es que lograría que ella le permitiera hablar. Quería disculparse. Esperó ansioso hasta que supo que la reina estaba en el salón de asuntos reales para intentarlo de nuevo. Inhaló profundo y entró al lugar

- ¿Qué quieres? - preguntó Regina sin siquiera voltear a verle. Sabía bien que era el pastor idiota y ciertamente no estaba de humor esa mañana después de lo ocurrido el día anterior

- Ehhh - estaba nervioso, pero principalmente arrepentido y no estaba seguro de cómo proceder - Quería contarte que todo salió muy bien con George - le habló suave y amable

- Perfecto - acomodó a un lado el documento que acaba de terminar de redactar. Alzó la cabeza para mirarlo, de pies a cabeza, con la única intención de hacerle sentir expuesto - ¿Es todo? - preguntó con fastidio.

Decir que estaba tenso era poco, pero después de escucharla se sentía ahora señalado y un tanto miserable ante la evidente barrera que Regina decidió levantar entre ellos y era algo que él no quería. Así que debía armarse de valor

- También he venido porque me gustaría que habláramos de lo que sucedió ayer - se aclaró la garganta

- No tenemos nada de qué hablar al respecto - dijo Regina mirándole indignada. Era su vida, su maldita vida y él no tenía derecho a meterse

- Sí, sí tenemos que hablar - la contradijo y antes de que la reina enfureciera, decidió seguir hablando - Tienes razón. Eres dueña de tu cuerpo y, aunque el bebé que esperas es mío, yo no tengo derecho a decirte con quien acostarte y con quien no - soltó largamente el aire que estuvo reteniendo - Así que, en realidad he venido a que me disculpes por mi comportamiento - no pudo evitar sonreír por lo que diría a continuación - A veces soy un idiota - se mordió brevemente el labio inferior.

Regina estaba realmente sorprendida por lo que acababa de escuchar. Pensó que David seguiría firme en la postura que tomó el día anterior y no esperó unas disculpas, mucho menos tan pronto. Lo miró fijamente y en verdad sólo había sinceridad reflejada en los bellos ojos azules y la linda sonrisa junto con lo dicho lograron sacarle una sonrisa a ella que de inmediato disimuló

- Eres un idiota - afirmó y soltó el aire de golpe haciendo un poquito de ruido

- Pero no vas a negar que algo muy malo pudo haber ocurrido - no se pudo contener de hacerle ver que no se podía tomar a la ligera el irse a la cama con alguien

- Otra vez - le miró con advertencia volviendo a molestarse porque parecía empeñado en seguir molestando con lo mismo

- Regina, escúchame - pidió sentándose y alargó la mano para tomar una de ella que la reina quitó de inmediato. Decidió no darle importancia, aunque sí le importaba - No tienes magia - le recordó

- ¿Y de quién es la culpa? - preguntó enojada porque sí que sabía que no tenía su magia y él ni siquiera podía imaginar lo que significaba realmente estar sin ella

- Lo sé - asintió comprensivo - El no tenerla te convierte en una presa fácil para cualquiera que te quiera hacer daño - le dijo

- ¿Y crees que no lo sé? - preguntó sintiendo un nudo en la garganta por la impotencia que le causaba el saberse vulnerable. Más que nada porque sin la magia no podía proteger a su pedacito bello

- Me dijiste que yo no podía confiar en ti - le recordó esa plática que tuvieron hacía no mucho - Pero tú sí puedes confiar en mí - le aseguró y la vio negar inmediatamente, como si esa no fuera una opción bajo ninguna circunstancia

- Lo único que ustedes quieren es quitarme a mi bebé - se puso de pie y le miró hacia abajo puesto que él seguía sentado - Pero escúchame bien, David. No importa lo que tenga que hacer, no se los voy a permitir - el Rey se puso de pie y ahora tuvo que mirarlo un poco hacia arriba - Primero tendrás que matarme antes de que te puedas quedar con mi hijo - apretó los dientes al hablar por el coraje

- No te lo voy a quitar - aclaró hablando por él porque en ese asunto Snow no tenía voz ni voto. El bebé era suyo y de Regina, los padres eran ellos y nadie más - Te juro que no lo haré - prometió y la vio apretar la mandíbula - Tenemos un trato, el cual tú estás cumpliendo al pie de la letra y cumpliré con mi parte - prometió

- El trato lo hice con Snow y fue mi magia a cambio de solucionarle la vida con el reino y la posibilidad de estar cerca de mi bebé - los ojos se le llenaron de lágrimas y el labio inferior le tembló por un momento. Estaba desesperada por que David le asegurara que no le iban a quitar a su hijo. No estaba segura si podía confiar en él, pero necesitaba aferrarse a la idea de que era cierto lo que decía.

El Rey asintió dándole la razón del trato que habían hecho

- Ella no tiene por qué decidir nada, es entre tú y yo - le aseguró - El bebé es nuestro - no pudo evitar sonreír al decir eso, pero luego se relamió los labios - No… no puedo dejarte ir porque no me quiero arriesgar a que te maten a ti y al bebé - se sinceró, pero en parte también tenía miedo de que ella se fuera muy lejos y no volver a saber de ellos nunca más. Encima de todo Regina le dijo que no podía confiar en ella.

Apretó la mandíbula y tragó pesado al escucharlo porque tenía razón. No era como que podía ir a algún lugar a vivir tranquila y dedicarse a criar a su hijo. Estaba sola en el mundo, cualquiera pagaría por hacerla sufrir y estaba segura que su pedacito bello sería el principal objetivo. Nadie iba a poder protegerlo mejor que David con su estatus de Rey y héroe.

Además, sabía que él no la dejaría ir tan fácil después de que le dijo que no podía confiar en ella. Inhaló profundo y soltó el aire justo cuando empezó a sentir que le dolía un poco la espalda baja.

Puso sus manos sobre su vientre y se movió un poco rodeando el escritorio buscando calmar la molestia. Se detuvo de pronto cuando lo vio frente a ella y alzó la mirada de inmediato. El Rey tenía la mirada fija y llena de ternura en su pancita

- ¿Puedo tocar? - preguntó muriendo de ansiedad, la cual se acrecentó cuando ella no respondió. Levantó la mirada para encontrarse con esos bellos ojos chocolate que por momentos amenazaban con hacerle suspirar - Por favor - susurró su ruego.

La reina no pudo negarse a esa petición. Asintió, dándole permiso de tocarle el vientre. Se tensó cuando sintió la mano sobre esa parte de su cuerpo y se relajó casi de inmediato, sobre todo cuando él acarició un poquito

- Gracias - le sonrió encantadoramente.

Regina se quedó embelesada con esa sonrisa que le hacía ver mucho más apuesto de lo que era y, por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué decir porque era extraño ver al Príncipe Encantador sonreírle de esa forma mientras le tocaba el vientre, el lugar preciso en donde el hijo de ambos estaba creciendo.

Un pedacito bello de ella misma y del apuesto rubio. Uno que no tenía ni la más remota idea de cómo logró concebir...

- Entonces, ¿estoy perdonado? - preguntó y alzó las cejas un par de veces de manera juguetona. Fue algo que se le escapó y esperaba la reina no lo tomara a mal

- Estás perdonado - accedió fingiendo fastidio, pero estaba lejos, muy lejos de estar molesta en ese momento que sin intención se había vuelto… lindo

- Snow no me permite tocarle el vientre - confesó mientras acariciaba de nuevo, buscando alargar la conversación para no tener que quitar su mano y en parte porque, necesitaba hablar con alguien de su situación

- Bueno, encantador. Su peor enemiga está esperando un hijo tuyo, ¿qué esperabas? - debía darle la razón a la ex princesa en esto. De seguro no se la estaba pasando muy bien, pero eso a Regina no le importaba.

No se había embarazado para hacerle daño. Jamás se habría atrevido a engendrar un hijo sólo por venganza. Y ciertamente si le hubieran dejado elegir al padre del bebé, no habría optado por David.

La realidad era que había quedado embarazada sin razón aparente porque ella se aseguró de que nunca pudiera concebir

- Ojalá fuera sólo eso - sonrió de medio lado como nostálgico y ahora sí, retiró la mano de la bella pancita - Todo lo contrario a ti, ella no ha querido saber nada de intimidad desde que supo que estaba embarazada - le contó

- Oh, ahora entiendo - se rio un poco al caer en cuenta - Por eso te estabas masturbando en el bosque - se rio con más ganas al recordar

- Si te dijera por qué lo hice me sacarías a patadas de aquí - torció la boca y negó con la cabeza - Lo cierto fue que mi miembro te gustó y, por eso, y porque pensabas que era un aburrido en el sexo, fue que terminamos follando y haciendo un bebé - suspiró

- Sabía que la frígida aburrida era Snow - asintió con un gesto de orgullo en el hermoso rostro

- Por cierto, ¿cómo vas hoy con tu libido? - preguntó para regresarle algo de la burla que le intentó hacer al recordarle de su indecente proceder en el bosque.

Regina sonrió y cerró los ojos un momento. Los abrió dando un paso hacia él quedando muy cerca. Le colocó las manos en el amplio y musculoso pecho, se alzó de puntitas y su boca quedó a nada de la del Rey, con un movimiento de cualquiera de los dos podrían unirse en un beso que ambos se descubrieron ansiando.

El Rey sentía el corazón latirle con algo de fuerza dentro de su pecho donde ella tenía puestas las delicadas manos y su boca, con esos apetecibles y rojizos labios a nada de la suya

- Que te importa - dijo orgullosa, negándose a dejarse llevar por las ganas que David le provocaba porque estaba en su naturaleza ser terca y orgullosa. Quizá en algún momento caería, pero no ese día.

Las trompetas anunciando la llegada del carruaje real hicieron que se separaran

- Es Snow, debo ir - dijo algo molesto porque no quería irse, y decepcionado también porque eso, lo que fuera que estaba siendo, había terminado

- ¿Acaba de llegar? - preguntó confundida. ¿No se suponía que viajaron juntos?

- Sí - afirmó - Estaba cansada, quería reposar cada cierto tiempo y yo… - soltó el aire por la boca - Yo estaba preocupado por ti. Necesitaba verte. Saber que estabas bien - confesó. Le sonrió tenuemente a pesar de que ella le miraba sorprendida y se frenó a sí mismo de darle un beso en la frente.

Se retiró para ir al encuentro de su esposa, dejando a una Regina confundida que ahora comprendía que David había dejado atrás a Snow para llegar más pronto con ella, sólo para encontrarla en la cama con el cazador.


Por supuesto que la decisión que David tomó a medio camino de regreso al Reino Blanco tuvo sus consecuencias. Snow prácticamente le ignoró y los aliados fueron indiferentes con él, aunque de ellos, esa indiferencia y rechazo, comenzaba a importarle cada vez menos.

Con su esposa era distinto, no dejaba de sentirse culpable por el daño que le había causado y aparte temía que cuando el bebé naciera lo apartara de él.

Los aliados recibieron a Snow llenos de alegría y con un pequeño festejo que organizaron donde no hubo más que felicitaciones por el logro con el Rey George, que en realidad era más mérito de Regina y una parte de Azul, más que de Snow o David.

Desde luego que el Rey no fue invitado a dicha celebración por lo que no le quedó más que esperar a que terminara pues necesitaba hablar con Snow. Decidió salir a uno de los jardines a reflexionar un poco todo lo que estaba pasando.

Siempre fue un hombre reflexivo mientras se dedicó a ser pastor. La vida era tranquila en ese entonces y era fácil dedicar gran parte del tiempo a pensamientos profundos. Hasta que todo comenzó a ir mal con la granja y su madre enfermó. Después apareció George, se encontró con Snow y desde entonces las situaciones apremiantes nunca le permitieron reflexionar en sí quería realmente lo que estaba decidiendo o no.

Sin duda Snow había sido una gran compañera de aventuras y su alma de héroe no le permitió ver más allá de la vida injusta que la ex princesa llevaba, según las propias palabras de ella misma. Se vino la lucha contra Regina por el reino, la maldición del sueño y el beso de amor verdadero.

En ese punto, podría decir que fue algo muy sorpresivo, pero si hubo un beso de amor verdadero entonces no cabía la menor duda de que eran el uno para el otro, que estaban destinados a estar juntos y que eran el final feliz del otro.

Por eso y para complacer a su madre, que estaba ya muy enferma, fue que aceptó casarse clandestinamente con Snow y sí, recordaba que estaba feliz y se sentía dichoso con un buen porvenir por delante, pero entonces su madre murió ese mismo día y todo cambió.

Dio un suspiro largo cerrando los ojos.

El saber que Snow estaba embarazada le regresó las ganas de seguir adelante, pero fue también cuando el rechazo de la entonces princesa vino. El embarazo la predispuso a querer intimidad y David lo tomó como algo comprensivo. Luego de eso lograron recuperar el reino. Y cuando menos lo pensó estaba montando su caballo mientras llevaba a Regina hasta al Castillo Oscuro y el resto era historia.

Una historia que se estaba convirtiendo en lo más importante de su vida…

- Cada día me decepciono más de ti - la voz de Granny le sacó de su momento reflexivo.

Volteó a verla y efectivamente, la mujer mayor se veía muy molesta con él. Estaba cansado de que le estuvieran juzgando a cada paso

- Tu deber es con tu esposa - le recalcó y el Rey asintió, dándole la razón

- Pero mi deber también es con mis hijos. Con los dos - dijo para que le quedara muy en claro que eso no se trataba de que estuviera eligiendo entre dos mujeres. Aunque, bueno, no podía negar que eso no era del todo verdad. Es decir, no estaba seguro de lo que le estaba sucediendo con Regina, pero sí sabía que estar en compañía de ella era lo que le motivaba a seguir y ser mejor

- La dejaste en medio del bosque para venir a ver a esa mujer - le reprochó porque le parecía reprobable el claro abandono cuando Snow estaba embarazada, esperando un hijo de él. Ambos debían ser la prioridad del Rey

- No la dejé sola. Estaba al cuidado de los caballeros blancos y nadie, absolutamente nadie quiere hacerle daño a Snow - le dijo molesto, porque claro, ahí estaban juzgando de nuevo - En cambio a Regina - dio unos pasos amenazantes hacia la lobo que no se inmutó - Sé que hasta ustedes quieren hacerle daño y no trates de negarlo. Tu nieta la amenazó de muerte - habló con dientes apretados porque si iban a juzgar, entonces que juzgaran parejo

- Mi Ruby no le hará nada - habló igual de molesta porque no le hacía gracia que insinuara que su nieta podía cometer asesinato. Sabía que la joven lobo lo dijo porque le enojaba, como a todos, saber que la Reina Malvada espera un hijo del esposo de la ex princesa - Tampoco ninguno de nosotros. No somos como ella - dijo indignada.

Eso logró enfurecer a David

- Sí, tal vez Regina hizo muchas cosas malas, pero renunció a su magia por el hijo que espera que también es mío - aclaró porque no quería que nadie pensara que se avergonzaba de ese bebé que la reina esperaba cuando era todo lo contrario

- ¿Van a dejar que lo vea? - preguntó Granny - ¿Dejarán que conviva con él? - insistió

- No se lo voy a quitar - respondió enojado porque seguramente la vieja lobo le reprocharía la decisión, le diría que era un mal padre por pensar en permitir que Regina criara al bebé y alegaría a favor de Snow.

Para su sorpresa, Granny asintió y él frunció el ceño confundido

- Es lo correcto - dijo y dio media vuelta para irse de ahí, pensando en que tal vez Regina no era una santa y tal vez había concebido a ese bebito por su venganza, pero David tenía razón, la reina renunció a la magia demostrando que realmente ama al pequeñito que espera y además, no importaba el oscuro pasado de la mujer, no tenían derecho de quitarle al bebé porque, les gustara o no, era la madre.


Mientras tanto, Regina también se debatía en pensamientos que comenzaban a atormentarla.

Cuando se enteró que estaba embarazada, todo fue confusión y conmoción. Muchísimos sentimientos encontrados que lograron desestabilizarla. Su plan para lanzar la Maldición que le daría su venganza y final feliz marchaba de maravilla, pero con la noticia, simplemente se derrumbó.

El saber que esperaba un hijo le imposibilitaba la opción de lanzar la Maldición Oscura porque entonces tenía que usar el corazón de… No, no, no. El sólo pensamiento la ponía muy mal. Encima tenía que lidiar con el hecho de que el padre fuera el Príncipe Encantador, el amor verdadero de Snow y eso, fue un serio shock emocional.

Aunado a eso, comenzó a darle vueltas al cómo es que quedó embarazada. Fueron noches y días enteros sin descanso donde estuvo desesperada por una respuesta hasta que su padre, con palabras amorosas, le dijo que no importaba el cómo, que el bebé era una nueva oportunidad y un nuevo comienzo para ella. Un rayito de luz y esperanza entre toda esa oscuridad que no estaba haciendo más que lastimarle el alma.

Fue exactamente lo que decidió hacer y unos días después los héroes fueron hasta su castillo para capturarla a fin de que no lanzara la maldición cuando ella ya había tomado la decisión de no hacerlo.

Luego se vio sin más opción que renunciar a su magia a fin de tener tiempo para lograr escapar. Sufrió la terrible decepción de saber que Maléfica, su única amiga en el mundo, estaba colaborando con los héroes.

Y ahora la hechicera no quería ayudarla, obviamente; y Graham había huido por las amenazas absurdas de David. Al menos le dio un poco de placer antes de irse.

Sonrió satisfecha porque claro que se dio cuenta que el Rey se puso celoso al encontrarla con otro en la cama, lo cual él no podía reprocharle puesto que ellos no eran nada, aunque después de saber que dejó a Snow a medio camino para llegar más pronto a ella, podía decir que se sentía muy, muy levemente culpable.

Dio un largo suspiro mientras se acurrucaba mejor en la cama. Si no hubiera estado tan molesta por la situación y si no fuera tan orgullosa, sin duda habría terminado con David lo que empezó con Graham.

El cazador era buen amante, eso no lo podía negar, pero sin duda alguna el sexo con el Príncipe Encantador había sido memorable y si era honesta consigo misma, le daba curiosidad cómo es que sería tener sexo con él ahora que ella estaba tan sensible gracias al embarazo.

Llevó una mano a su pancita para acariciarla pensando con emoción en ese pequeño ser que era su vida entera y que su padre tenía razón: no importaba cómo, estaba ahí y era el único motivo por el cual no arriesgaba su vida para irse.

Cerró los ojos con dolor ante ese pensamiento. Tenía miedo de que su bebé fuera juzgado sólo por llevar su sangre y tenía que hacer lo que fuera necesario para estar a su lado y protegerlo de todo mal. Nadie iba a amar a su bebé como ella. Ni siquiera David que…

Hizo una pequeña pausa en sus pensamientos para dar un suspiro.

Está bien, debía admitir que el Rey se estaba esforzando porque ella tuviera lo mejor, por hacerla sentir acompañada y se preocupaba genuinamente por ella y el bebé, y por esa razón, le creía que no le quitaría a su pedacito bello. Sabía que era honesto y que no la engañaría con algo así.

Si debía ser honesta no podía negar que le agradaba la compañía del Príncipe Encantador. Le gustaba verlo a diario, verlo sonreír y… se frenó a sí misma de seguir pensando en David de esa forma

- No le vayas a decir nada de esto a tu padre, pedacito bello - le dijo a su bebé y entonces bostezo, cerró los ojos y cayó rendida al instante.


David y Snow tuvieron una fuerte discusión donde ésta le dejó en claro al Rey que no había forma en que le perdonara el haberla abandonado a mitad del bosque. Lo tachó de irresponsable y de importarle muy poco el hijo que ella llevaba en el vientre. Le volvió a reprochar el haberse acostado con Regina y haberla embarazado, y también preocuparse más por el hijo que la Reina Malvada engendraba.

Lo acusó de no estarse esforzando por la familia que tenía con ella y le dijo que ahora debía demostrarle que en verdad amaba a su bebé y que aún quería un final feliz a su lado.

David no tuvo mucho que decir, sólo le dejó en claro que Regina estaba sola y ella no. Que todo el mundo quería hacerle daño a la reina y a ella no, y que mientras estuviera embarazada él la defendería y protegería con su vida si era necesario porque no iba a permitir que su bebé saliera lastimado.

Esas palabras lograron que Snow se calmara un poco, pero eso dio paso a la culpa que la acompañaba día y noche atormentándola a cada instante. Las cosas que acababa de decirle a David, el saber que nunca podría ver con buenos ojos al niño de Regina; le horrorizaba pensar que vería el parecido de ella en ese pequeño que no tenía la culpa de nada. Era tanto lo que la atormentaba que eso la hacía dar pasos hacia atrás en su ira contra el Rey.

Y es que se suponía que lo amaba, que eran amores verdaderos y que estaban destinados a estar juntos. Se disculpó como siempre y sabía que cada vez era menos importancia la que David le daba al asunto. Lo sentía tan distante que eso sólo acrecentaba el sentimiento de culpa y a veces sentía que le gustaría retroceder el tiempo para borrar todo lo que estaba mal.


Los días siguieron pasando. Regina y David habían establecido una rutina. Desayunaban juntos, se iban al salón de asuntos reales donde discutían sobre las diligencias y los temas importantes respecto a las relaciones del Reino Blanco. El Rey quería aprender un poco y la reina, hasta el momento, se estaba permitiendo enseñarle algunas cosas puesto que el cansancio no dejaba de aquejarla y pensaba que un poco de ayuda no le venía nada mal.

Se seguía quedando dormida en el sillón, aunque la mayoría de las veces lograba llegar hasta su habitación para descansar mejor. David se había dado a la tarea de estudiar con detenimiento sus gustos y antojos, y se esforzaba por cumplírselos de manera constante, pero sutil, como si no quisiera ser obvio, aunque para Regina era muy claro.

Se podría decir que fue un mes tranquilo y estable, que le permitió a Regina y a David acostumbrarse a la compañía del otro y hasta ese entonces, ninguno de los dos había vuelto a tocar el tema de Graham.

Snow estaba a mitad del séptimo mes de embarazo y desde hacía una semana aproximadamente se dispuso a arreglar el cuarto del bebé con la ayuda de los aliados. Geppetto construía todos los muebles, Granny y Ruby tejían prendas diminutas y los enanos se hacían cargo de pintar la habitación y conseguir algunos juguetes, y la ex princesa sentía que no podía ser más feliz.

Claro que era algo que hacía feliz también a David porque aun antes de nacido su bebé era muy querido y esperado por todos ellos. Nacería rodeado de amor y el reino lo amaría por ser hijo de Snow. Sin embargo, no podía evitar sentir pesadumbre por su otro bebé. Sin duda alguna tendría el amor de sus padres, pero estaba seguro que no sería visto con buenos ojos por ser hijo de Regina.

La gente lo iba a juzgar sin duda y entonces pensaba de nuevo que lo mejor era seguir con el plan: hacerlo pasar por hijo suyo y de Snow para que nunca nadie pensara siquiera en hacerle daño. Pero luego le entraba el remordimiento porque eso no era lo correcto.

La reina ya tenía cinco meses y medio de embarazo. La pancita se le veía adorable, mucho más redondita cada día y ella lucía más hermosa y radiante con el pasar de los días, tal como se la había imaginado y sí, había pensado ya muchas veces en cómo sería el bebé de ambos. Regina era bellísima así que sin lugar a dudas tendría al bebé más hermoso del mundo y ya moría por tenerlo entre sus brazos.

Llegó entusiasmado a la puerta del salón de asuntos reales, quería proponerle a Regina que considerara el empezar ya a preparar todo para la llegada de su bebé. Tomó el pestillo, lo bajó para abrir y entró.

La reina dio un brinco en su asiento, bajó la pierna que tenía un poco alzada y acomodó su vestido

- ¿Qué ocurre? - preguntó tratando de sonar natural, pero lo cierto era que moría de vergüenza porque se estaba tocando cuando David entró. Se acomodó un mechón de cabello tras la oreja en un intento por apaciguar su nerviosismo porque estaba segura que él lo sabía y que diría algo al respecto.

No lo podía creer, es decir sí, pero estaba sorprendido consigo mismo por haber llegado en el momento justo y exacto en el que Regina se estaba tocando. Eso sí que era tener suerte. La miró fijamente, se veía algo contrariada, quizás avergonzada, tenía las mejillas adorablemente encendidas, la respiración un poco agitada y desde luego que estaba tratando de fingir que no pasaba nada

- ¿Qué hacías? - preguntó con toda la intención de hacerle saber que lo sabía. En parte porque la reina no perdía oportunidad para recordarle de su indecente proceder en el bosque.

Regina tomó aire profundamente y le dedicó una mirada de pocos amigos porque estaba claro que el Rey quería intimidarla, pero no le iba a dar el gusto

- Lo mismo que tú en el bosque - respondió astuta. Era ágil de mente y sabía que esa burla que intentaba hacerle se trataba de eso. No se equivocó.

David pensó que era su momento y no lo iba a desaprovechar por nada del mundo

- Y... - alargó un poco la tortura - ¿Necesitas una mano? - le sonrió socarrón y se mordió el labio inferior casi seductivo. Era la misma pregunta que ella le hizo en el bosque

- ¿Tuya? - preguntó mirándole como si eso fuera una broma de pésimo gusto - No - dijo despectiva, se puso de pie y empezó a rodear el escritorio.

David no le despegó la vista de encima, era la primera vez que Regina vestía de un color no tan oscuro. Era vestido azul intenso y vibrante que le enmarcaba la figura a la perfección junto con la adorable pancita. Llevaba el cabello suelto en esas ondas largas y perfectas en las que a veces se descubría a sí mismo ansiando enterrar el rostro

- Prefiero ir a buscar a algún otro caballero ya que corriste a Graham - le sonrió de medio lado y después comenzó a caminar hacia la salida, pero no pudo avanzar mucho porque una mano la tomó firme de un brazo y la hizo girar hacia él.

Se encontró con la mirada azul y penetrante de David que no se veía para nada feliz. Estaba serio, muy serio.

Escucharla decir eso sólo hizo que sus tontos celos regresaran. No soportaba escucharla pronunciar el nombre de Graham y no le venía en gracia que insinuara que buscaría a algún otro hombre para satisfacer el deseo que el embarazo le provocaba

- Úsame - le dijo sin quitar su expresión seria del apuesto rostro

- ¿Qué? - preguntó Regina, más confundida que sorprendida

- Tú misma lo dijiste. El embarazo te tiene así, es mi culpa. Quiero… - se aclaró la garganta - Hacerme responsable - y ojalá pudiera decir que eso era un sacrificio porque sabía que no era lo correcto, pero lo cierto es que no lo era.

La tomó de una mano y retrocedió lentamente llevándola con él. Se sentó en el sillón y la jaló de tal forma que Regina entendió que debía subírsele al regazo. La ayudó a levantar el vestido y después a acomodarse bien sobre él, hasta que el ardiente sexo de la reina estuvo en contacto con su miembro abultado dentro de los pantalones.

Durante todo ese proceso, no dejaron de mirarse a los ojos casi en ningún momento

- Será como tú quieras - susurró mirándola con una mezcla extraña de complicidad y deseo. No iba a presionarla, ni a aprovecharse, quería que ella tuviera la libertad de tomar de él lo que quisiera.

Regina no quiso pensar en nada porque si lo hacía, seguramente se iba a arrepentir. Estaba en una situación complicada y comprometedora en la cual no quería concentrarse. Así que se empujó hacia abajo hasta que su centro palpitante estuvo presionado con el prominente bulto y entonces sí, empezó a mover sus caderas de atrás hacia adelante con toda la intención de estimular su punzante clítoris.

El exquisito placer no se hizo esperar y en su mente sólo estaba la necesidad de más. No podía dejar de ver los ojos azules que le miraban atentos y como si ella fuera algo hermoso, casi sagrado. Las grandes manos se posaron en sus muslos y eso la hizo agitar las caderas con más intensidad porque la sensación placentera iba en aumento.

Su boca se entreabrió para dar paso a pequeños jadeos que rompieron el silencio del salón. La pequeña pancita estaba bien cuidada por ambos padres pues ninguno de los dos buscaba más cercanía en sus cuerpos por miedo a lastimar al bebé.

La reina apoyó sus manos en los fuertes hombros del Rey que en ese momento movía una mano hasta una de sus nalgas, la cual amasó con precisión sin llegar a apretar y eso la encendió más, porque si David supiera… Oh Dios, si él supiera...

Fue entonces cuando los gemidos comenzaron porque todo se estaba volviendo una excitante y caliente aventura donde a ninguno de los dos le importaba lo que pasaría o hasta dónde les llevaría.

Regina quería alcanzar el orgasmo, quería llegar y el hecho de que fuera David quien estaba ahí con ella ayudándola sólo la alentaba a seguir.

David lo único que quería era demostrarle que podía confiar en él para todo, que supiera que estaría ahí para ella siempre, que no la iba a dejar sola. Quería satisfacerla en todas las formas que le fueran posibles y si ella quería montarlo así, por encima de la ropa y nada más, él no pondría objeción.

Cerró los ojos y apretó la boca cuando la escuchó gritar al momento de venirse. La sostuvo entre sus brazos mientras ella disfrutaba del orgasmo que había conseguido usando su cuerpo y eso, aunque sonara absurdo, lo hacía feliz, muy feliz.

Regina jadeaba en búsqueda de aliento. El orgasmo había sido bueno, pero necesitaba más. Con la confianza de que David le dijo que hiciera lo que ella quería, le tomó la mano derecha y comenzó a moverla con dirección a su intimidad mientras se alzaba apoyándose en las rodillas y levantaba su vestido con la otra mano.

Sí, quería una mano del Príncipe Encantador justo ahí, donde el deseo crecía a cada segundo amenazando con consumirla.

El Rey se relamió los labios al entender lo que quería. Llevó su mano libre, la izquierda, hasta la cadera derecha de la reina para sujetarla mientras colaba la otra por debajo de la suave y elegante tela del vestido. Y oh Dios, casi se viene cuando la tocó. Estaba ardiente y empapada, y ella soltó un gemido bellísimo que hizo que su miembro diera un tirón.

Le acarició por encima de la mojada ropa, sintiéndola estremecerse y aferrarse con más fuerza a sus hombros. Hizo la empapada ropa interior a un lado y mojó sus dedos con la humedad que encontró, tanteando un poco hasta dar con el pequeño botón de placer que frotó con dulzura haciéndola gemir de la misma forma.

Sonrió cuando la reina movió de nuevo las caderas, buscando estimularse ella sola con los dedos que al parecer no quería únicamente en su clítoris. Así que los movió, bajando hasta encontrar la caliente y ardiente entrada en la que ya había estado dentro. Tanteó un poco ahí y entonces Regina se empujó hacia abajo, prácticamente diciéndole que quería que metiera su dedo.

La reina se estaba mordiendo los labios para no pedirle que le metiera los dedos. Podría estar muy caliente y necesitada, pero no se lo iba a pedir. Sin embargo, no pudo evitar gemir cuando un dedo entró en ella y estaba tan mojada que se hundió como si fuera un cuchillo caliente en la mantequilla.

De inmediato ese dedo empezó a salir para luego entrar. Una, dos, tres veces y entonces fueron dos dedos los que estuvieron contra su entrada, presionando y luego hundiéndose deliciosamente en ella. Fue ahí donde recargó la frente contra la del Rey y volvió a mover las caderas, subiendo y bajando por esos dedos que le estaban proporcionado el placer que necesitaba y era simplemente maravilloso

- ¡Oh! - no pudo evitar gemir alto cuando esos dedos se curvaron, presionando justo en ese punto especial dentro de ella.

Se movió con mucha más intensidad y pronto sintió que su intimidad se apretaba alrededor de los dedos gruesos haciendo que se sintieran aún más grandes en su interior. Estaba cerca, muy cerca y estaba segura que moriría si en ese momento alguien le privaba de llegar.

La otra mano de David estuvo de nuevo en una de sus nalgas y esta vez si la apretó arrancándole un gemido ahogado. De pronto, el pulgar de la otra mano, presionó contra su clítoris provocando que soltara un pequeño lloriqueo y Dios, era perfecto…

Esos gemidos pronto se volvieron más agudos, los movimientos de Regina eran más pronunciados y erráticos porque estaba a punto de llegar, mientras que David, con sólo mirarla, moría de deseo por tumbarla sobre el sillón y tomarla… Dios, la deseaba, la deseaba y mucho.

Regina echó la cabeza hacia atrás y soltó pequeños gritos mientras cabalgaba literalmente los dedos de David y entonces se vino de nuevo. Su sexo se apretó con fuerza alrededor de los dedos que se siguieron moviendo en su interior durante todo el tiempo que su orgasmo duró.

Una hermosa sonrisa se dibujó en el rostro de la reina cuando todo cesó. Tenía los ojos cerrados, la boca abierta y jadeante, las mejillas aún más encendidas que cuando el Rey entró.

Abrió los ojos al sentir que los dedos abandonaban su intimidad y se encontró con la mirada tierna de David en la cual no veía rastro alguno de reclamo o de insatisfacción. Él le sonrió mientras se sacaba un pañuelo de las ropas para limpiar la mano que estaba mojada con la evidencia de su orgasmo. Luego le colocó esa mano sobre el vientre mientras que la otra la llevaba hasta una de sus mejillas encendidas para acariciarle dejándola totalmente perpleja por el dulce gesto.

Los dos se sobresaltaron cuando sintieron el movimiento en el vientre de Regina. Voltearon a ver la pancita y después se miraron de nuevo a los ojos

- ¿Fue el bebé? - preguntó David con una bella sonrisa emocionada en el apuesto rostro que sólo logró que la reina suspirara

- Sí - respondió mientras sentía que las ganas de llorar la invadían

- ¿Ya lo habías sentido? - preguntó. Estaba muy emocionado y se emocionó aún más cuando la vio negar porque eso significaba que era la primera vez

- No así. Había sentido algo leve, pero no pensé que fuera el bebé - confesó porque llevaba días que sentía así como mariposas dentro, pero nunca imaginó que fuera su bebé - Pedacito bello - se escuchó muy emocionada y puso ambas manos en su pancita

- Pedacito bello - repitió David y Regina alzó la mirada viéndolo con intensidad. Luego le sonrió levemente.

El Rey usó sus manos para urgirla a bajarse de él. Desde luego que le ayudó, se bajó del sillón y se aseguró que fuera ella la que ahora estuviera sentada. Se hincó quedando a la altura de ese lugar donde su bebé crecía.

No lo pensó, porque si lo hacía no lo haría. Puso ambas manos sobre el vientre de la reina y se inclinó para dejar ahí un largo y amoroso beso

- Te amo - susurró a su hijo muy, muy bajito, pero Regina alcanzó a escucharlo.

Después alzó la mirada y se encontró con los bellos ojos chocolate mirándole atentos

- Gracias - le sonrió con ojos sinceros llenos de lágrimas. Estaba sumamente agradecido con ella porque le daría un hijo y además, porque le estaba permitiendo estar cerca de ella, del bebé y ser parte de esos bellos momentos durante el embarazo. Se puso de pie, le colocó una mano en la mejilla derecha y le dio un cariñoso beso en la izquierda.

La reina tenía la boca ligeramente abierta por la impresión de lo que estaba sucediendo y mientras lo veía irse pensaba que nunca en su vida había sentido tal calidez en el corazón.

¿Qué estaba pasando?