Muchas gracias a todos por los likes, kudos, estrellitas, comentarios y reviews.

A ver qué les parece este capítulo...


La mañana del día siguiente fue un poco extraña. David se presentó en la habitación de la reina muy puntual a la hora habitual en que llevaba el desayuno para ambos. Regina le permitió entrar y sin mucho preámbulo se dispusieron a comer.

La reina había hecho su mezcla predilecta: manzana, con durazno, uvas, fresas, algunos trozos de queso y toda la miel que cupiera en el tazón. Degustaba fascinada porque aparte de lo delicioso que estaba y del extraño placer que le provocaba, el estar entretenida con ese antojo le permitía no pensar, mucho menos tener que hablar de lo sucedido entre ellos el día anterior.

Lo contrario era para David. Estaba que moría de ansiedad porque hablaran, pero ella parecía estarle torturando puesto que, como de costumbre, estaba soltando gemidos cada que se llevaba un bocado a la boca y saboreaba, y parecía no tener ni la más mínima intención en entablar conversación con él

- ¿Te gustó lo de ayer? - se aventuró a preguntar y al parecer su pregunta poco sutil surtió efecto porque Regina abrió los ojos de golpe

- Que delicado para preguntar, encantador - arrugó la nariz al decir eso

- Si te hubiera dicho que quería hablar de eso me habrías respondido que no había nada qué hablar - se justificó y la vio poner los ojos en blanco. No pudo evitar sonreír divertido

- ¿Qué quieres saber? - preguntó ligeramente irritada

- Eso - respondió - Si te gustó, si quedaste satisfecha - explicó más el porqué de su pregunta y desde luego se abstuvo de insinuar que si quería podían repetir.

La situación le pareció a Regina nueva y divertida. Ni siquiera tuvieron sexo como tal y David estaba preocupado por saber si todo estuvo bien y si le había gustado. Podría darle el gusto y decirle que sí, porque era la verdad, le había encantado y no dudaría en pedirle "una mano" de nuevo, pero no se lo pondría tan fácil

- Dormí muy bien - era lo único que le diría y que lo interpretara como le diera la gana.

El Rey frunció el ceño sintiéndose frustrado porque a su parecer ese era un sí, pero no podía estar seguro del todo

- Está bien - accedió a dejar el tema de lado - ¿Has sentido al bebé de nuevo? - preguntó con renovado entusiasmo.

La reina se le quedó mirando pues no podía creer que cambiara de un tema sexual al del bebé, así como así

- No - respondió llevando una mano hasta su vientre para acariciar y el Rey asintió

- Ayer, antes de que pasara lo que sucedió - no tenía forma de ponerle título a ese evento - En realidad fui porque quería proponerte que vayas pensando en la decoración de la habitación del bebé - le contó animado, pero al ver la leve preocupación en los ojos de Regina también se preocupó

- No quiero una habitación. Quiero que esté aquí conmigo - le dijo sintiendo un nudo en la garganta mientras llevaba también su otra mano hasta su pancita casi como abrazándola.

El verla así tan a la defensiva y claramente protegiéndose el vientre conmovieron profundamente al Rey porque la reina estaba temerosa de que en verdad le fueran a quitar al bebé

- Está bien - le sonrió buscando que se tranquilizara - La habitación tiene el espacio suficiente para la cuna - miró alrededor del amplio y elegante lugar. Sin embargo, para Regina eso no pareció ser suficiente - Nadie lo va a apartar de tu lado, te lo juro - prometió y ahora la vio inhalar muy, muy profundamente y después soltar el aire con lentitud mientras asentía muy levemente.

Y entonces, para animarla un poco, se le ocurrió algo en lo que no había pensado hasta ese día

- Mi madre tenía un amuleto - empezó a contarle retomando el entusiasmo que esperaba contagiarle - Puede predecir el sexo del bebé que tendrás inclusive antes de concebirlo - le contó

- ¿Y tú de verdad crees en eso? - preguntó incrédula porque nunca había escuchado de tal amuleto y le parecía un poco absurdo que un artefacto como ese fuera capaz de tal alcance

- Ella decía que funcionó por generaciones con las mujeres de la familia - explicó y después se puso serio - Snow sabe del nuestro, pero no quiere decirme - dio un suspiro cansino, sintiéndose resignado a que no sabría nada de ese pequeñito suyo hasta que naciera.

Regina estaba asombrada, pero como siempre lo disimuló, y es que en verdad le parecía que el comportamiento de Snow era bastante cruel. Tener a David como un total extraño durante el embarazo cuando se suponía que eran amores verdaderos. Entendía que estuviera dolida y decepcionada por lo que el Rey hizo, que no era para menos, pero entonces ¿por qué seguía con él? ¿por qué hasta tenía la loca y absurda idea de hacerse cargo de su pedacito bello cuando era hijo de ella y de David? A quien aparentemente no quería cerca.

Una cosa es que no quisiera intimidad, lo cual Regina consideraba incomprensible puesto que ella quería a cada momento, pero otra era no dejar que David fuera una figura presente durante el embarazo como el padre del hijo que tendrían

- ¿Te molesta si lo hacemos contigo? - preguntó. Le hacía ilusión usar el amuleto de su madre para ese bebito también y él sí quería saber el sexo - Por favor - pidió al notarla contrariada.

La reina no estaba segura de querer saber qué sería su pedacito bello, sentía que prefería esperar hasta que naciera, pero al escucharlo pedir de esa forma no le pudo decir que no. Era algo relacionado con la difunta madre del Rey y aparte Snow lo estaba castigando con no decirle del otro hijo

- Está bien - accedió haciendo una mueca de que no tenía más remedio que aceptar, pero lo cierto era que quería darle ese gusto a David

- Iré por él - se levantó dejando la servilleta sobre la mesa y salió apresurado de la habitación.


Buscó a la ex princesa en varios lugares hasta que la encontró dentro del cuarto que estaba lindamente decorado para el hijo que tendrían. Snow estaba recargada en la ventana, vestida de blanco, con una falda de plumas y otras tantas adornándole el cabello. Miraba hacia el horizonte mientras acariciaba el vientre considerablemente abultado que tenía.

David no pudo evitar admirar el lugar. Era en verdad muy bonito y podía imaginar claramente a ese hijo ahí

- No te escuché entrar - dijo Snow después de voltear y verlo en la habitación

- Les quedó muy bonito - argumentó mientras se acercaba a ella que asentía con la cabeza - ¿Cómo te has sentido hoy? - preguntó como siempre lo hacía cuando la veía y que tenían oportunidad de conversar

- La hinchazón de los pies no me deja en paz - le contó dando luego un suspiro.

A David le pareció como si Snow estuviera desganada o tal vez era que simplemente no soportaba su compañía, así que decidió era mejor acortar esa pequeña reunión

- ¿Tienes el amuleto de mi madre? - preguntó porque la ex princesa se lo había quedado desde el día del matrimonio clandestino.

La pregunta no tomó por sorpresa a Snow, sabía que en determinado momento David haría ese intento. Se reconocía ingenua y bondadosa, pero no era tonta, era obvio que el Rey querría saber el sexo del bebé que Regina engendraba

- Se perdió - respondió y apretó la mandíbula según ella intentando disimular que mentía

- ¿Cómo que se perdió? - preguntó David molesto. El amuleto era algo sagrado para él porque perteneció en vida a su madre. Snow no podía decirle que se había perdido y ya

- Ya no lo encontré. Entre los campamentos en el bosque y cuando tomamos el castillo, simplemente dejé de verlo. Quizá alguno de los guardas lo hurtó - se sorprendió a sí misma por lo dicho. No era algo habitual en ella culpar a alguien más, aunque fuera hipotéticamente

- Sabías lo importante que era para mí - no pudo evitar reprocharle el haber descuidado algo tan sagrado como una pertenencia de su madre. La que dio la vida para que ella pudiera concebir

- Lo lamento - le dedicó una pequeña sonrisa y su voz fue suave, dulce e inocente - No fue mi intención - le miró fingiendo ingenuidad.

David apretó los labios y los puños, frenándose a sí mismo de decir cosas de las cuales de seguro se arrepentiría. No valía la pena. Se dio la vuelta y salió como torbellino de la habitación.

Snow volteó al horizonte de nuevo y esperó algunos minutos hasta que estuvo segura que el Rey no debía estar cerca. Emprendió rumbo a su propia habitación, se acercó a la cama, buscó en una de las orillas bajo el colchón y sacó el amuleto plateado que brilló con intensidad cuando algunos rayos de luz le tocaron.

Lo apretó en una de sus manos, caminó hasta la ventana y ahí decidió arrojarlo al mar con todo el coraje, la rabia, la culpa y los celos que sentía.


Regina se quedó esperando a David por un tiempo considerable hasta que decidió irse al salón de asuntos reales. No se quedaría ahí aguardando por él toda la mañana.

Caminó elegante como siempre por los pasillos del palacio que cada día le parecían menos espantosos y asfixiantes, y estaba segura que se debía a esa nueva percepción de la vida que tenía ahora que sabía que tendría un hijo. Un pedacito bello que en ese momento se movía muy ligero llamando su atención

- ¿Te gusta que caminemos? - le preguntó con una bella sonrisa en el rostro mientras veía y acariciaba su vientre - Lo haremos - prometió alzando la mirada al frente - Pero primero debemos atender los deberes, pedacito bello - le dijo a su bebé retomando el camino con dirección al salón.

Lo que Regina trataba de negar era que no sólo se debía al bebé el que estuviera viendo la vida diferente, se debía también al apuesto rubio de hermosos ojos azules.


David se presentó en el salón de asuntos reales algunas horas después. Estaba tan furioso y dolido que se fue a cabalgar por el bosque un rato buscando tranquilizarse. No quería llegar así con Regina. Ella no tenía la culpa de sus problemas con Snow y de ninguna manera se iba a arriesgar a que tuviera que aguantar su mal humor y frustraciones.

Como ya se sentía mejor, decidió ir a disculparse por no regresar. Entró con cuidado y al no verla en el escritorio sus ojos se movieron con rapidez al sillón donde la reina dormía. Recargó la cabeza en la puerta y soltó un suspiro.

Ella podía ser la Reina Malvada, podría haber causado muchos males, pero para él era ahora sólo Regina, una reina que esperaba un hijo suyo y que sufría como cualquier otra mujer los estragos del embarazo.

Entró y cerró con cuidado la puerta tras él. Caminó hasta el sillón y se sentó enseguida de ella. Reprimió las ganas de acariciarle el largo y perfecto cabello. Recargó la cabeza en el respaldo sintiéndola punzar. Le dolía la cabeza, también el corazón y se admitió a sí mismo que se sentía atrapado.

En ese momento la idea de largarse de ahí junto con Regina cruzó por su mente. No esperaba que pasara nada entre ellos porque con seguridad la reina no lo permitiría jamás, pero estaba probado que podían convivir sin quererse matar y podrían criar juntos a su bebé.

Pero inmediatamente desechó esa idea, porque estaba seguro que si lo hacía nunca vería al hijo que tendría con Snow, también sabía que si le daba la opción a la reina no se quedaría con él a criar juntos al bebé, se iría muy lejos y no les podría encontrar jamás. Además, ella tenía derecho de rehacer su vida como mejor le pareciera.

Soltó el aire de golpe sintiéndose frustrado. Era un hombre casado, se suponía que Snow era su amor verdadero, esperaban un hijo fruto de ese amor, sin embargo, estaba ahí, con Regina, quien era la peor enemiga de su esposa, que también esperaba un hijo suyo y con quien prefería pasar el tiempo y debía admitir que la idea de que la reina decidiera hacer su vida con alguien no le gustaba para nada. Lo llenaba de celos y rabia incomprensibles.

Cerró los ojos sintiéndose derrotado porque sabía que estaba siendo cruel y egoísta. Sin duda su madre estaría muy decepcionada de él porque dentro de pocos meses tendría dos hijos con dos mujeres distintas que encima eran enemigas. Pero serían dos hijos: Un bebé que tendría con su esposa y un pedacito bello que le daría la reina.

Sonrió y suspiró ante esa forma en la que Regina llamaba al bebé. Era encantador y debía admitir que le llenaba de ternura…

La reina empezó a despertar. Parpadeó un poco asimilando que se quedó profundamente dormida. Volteó a ver la ventana constatando que la tarde ya caía. Llevó las manos hasta su cabeza pensando que su plan nunca fue dormir tanto.

Apoyó las manos en el sillón para levantarse y al momento de hacerlo se dio cuenta que David estaba dormido ahí mismo. Por un momento no supo qué hacer, pues nunca esperó encontrarlo así y no sabía si despertarlo o dejar que siguiera descansando. Entonces sintió que necesitaba ponerse de pie para estirar un poco la espalda baja donde tenía una ligera molestia.

Lo hizo, puso ambas manos en ese punto de su espalda y se estiró arqueándose con cuidado mientras soltaba un pequeño quejido por la acción

- ¿Necesitas una mano? - Regina se sobresaltó con la pregunta y volteó de inmediato viendo que David estaba bien despierto y le miraba divertido desde el sillón

- Muy gracioso, pastor - le dedicó una falsa sonrisa y él rio con algo de ganas

- Hablo en serio - dijo y la vio arrugar la nariz haciendo una mueca de desdén. Era un gesto que al Rey le parecía divino - Me refiero a una mano literal, con la espalda - explicó antes de que ella dijera algo

- ¿Qué quieres? - preguntó con desconfianza y frunciendo el ceño

- Que me dejes darte un masaje en la espalda - ofreció poniéndose de pie y dando un paso quedando prácticamente frente a ella

- ¿Para qué quieres hacer eso? - preguntó resistiéndose, y es que a veces era complicado luchar contra su propio orgullo

- Para aliviar el dolor - respondió y al ver que ella no se movía, y que le seguía mirando como a la defensiva, resopló - Ya deja de ser tan terca y déjame ayudarte - Dios, a veces la reina lo exasperaba por testaruda y orgullosa.

Fue él quien se movió rodeándola hasta quedar a espaldas de Regina. Se relamió los labios porque estaba tan cerca de ella que podía percibir el delicado aroma que despedía. Colocó las manos en el justo lugar donde sabía que estaba la molestia y la sintió tensarse. Sintió la necesidad de decirle que todo estaba bien, pero por alguna razón se abstuvo, quizá porque ella no trató de huir.

David no estaba pegado como tal a ella, pero Regina sentía la presencia a su espalda y cuando puso le puso las manos al inicio de la cintura, donde estaba su espalda baja, no pudo evitar tensarse al sentir la firmeza y confianza con la que la tocaba.

Entonces comenzó a masajear con los pulgares y el gemido adolorido abandonó su boca, no porque le doliera lo que él hacía, sino que era un dolor disfrutable que pronto la hizo cerrar los ojos.

El Rey se concentró verdaderamente en hacer el mejor masaje de su vida, se estaba esmerando y los gemidos mitad quejidos que Regina emitía le alentaban a seguir. En un punto decidió subir para masajear más arriba y a ella pareció gustarle porque no dijo nada, no se movió ni dejó de expresar su gusto por lo que él hacía.

Después bajó y llegó hasta el inicio del bendito trasero de infarto que ansiaba agarrar y apretar en ese momento que Regina gemía bajito, pero de la forma en que lo hacía como cuando estaba teniendo sexo.

Y entonces todo cambió. David empezó a excitarse con esos preciosos gemiditos y sintió que si seguía no se podría detener, estaba seguro que no iba a parar hasta verla llegar al orgasmo una vez más.

Así que prefirió darlo por terminado. Le colocó las manos en las caderas y se acercó un poco para hablarle cerca del oído, pero no ahí precisamente

- Listo, Majestad - habló ligeramente ronco por la misma excitación que sentía.

Regina le escuchó y alcanzó a sentir un poco el cálido aliento contra su oído. Se mordió el labio inferior para no decirle que ahora sí que necesitaba una mano. El masaje había sido exquisito y logró encenderla, pero no iba a pedir. Si él ofrecía lo volvería a tomar, pero ella no se lo iba a pedir

- Debo reconocer que tienes talento, pastor - tampoco le daría las gracias. Le parecía que estaba cediendo demasiado y muy pronto con él, pero igual quería que ese masaje se repitiera así que debía dejar la puerta abierta de manera sutil.

Sonrió al escucharla porque en verdad le sorprendía que fuera tan orgullosa que no podía decirle un simple "gracias"

- ¿Te sientes mejor? - preguntó decidiendo no seguir molestando. Caminó hasta quedar frente a ella.

La reina lo miró y no pudo frenar la sonrisa involuntaria que la hizo bajar la cabeza y acomodar un mechón de cabello tras su oreja. Dios, David tenía algo, era como un extraño poder sobre ella. La hacía sonrojarse y sentirse elogiada cuando ningún otro hombre más que Daniel lo había conseguido. Aunque claro, en ese entonces ella era una joven llena de ilusiones, que creía en el amor verdadero y los cuentos de hadas, y ahora todo era tan diferente

- Mucho - murmuró. Se aclaró la garganta y alzó la cabeza de nuevo para mirarlo - ¿Y el amuleto? - preguntó con curiosidad porque David se fue muy emocionado con la idea de probar esa cosa con ella para según saber el sexo de su pedacito bello. El cambio en la expresión del apuesto rubio fue inmediato

- Se perdió - dijo apretando la mandíbula y bajó la mirada para ver la adorable pancita - Nos tendremos que esperar hasta que decida venir al mundo para saber - alargó una mano dubitativa y alcanzó a rozar con los dedos, pero una de las manos delicadas de la reina tomó la suya y la colocó con firmeza sobre el abultado vientre.

Tuvo que morderse el labio inferior para luchar contra las ganas de llorar. Era muy significativo el gesto que Regina estaba teniendo con él al ser ella misma quien llevara su mano hasta ahí, permitiéndole tocar donde ese hijo suyo crecía

- No estoy segura, pero me parece que le agrada cuando camino - le contó. En realidad, era una teoría que tenía, no era nada comprobado, pero sentía la necesidad de alegrar al Rey, aunque fuera un poco. David era muy atento con ella y se preocupaba por su bienestar físico y emocional

- Espero eso no signifique que correremos mucho tras él - se rió de su propio comentario - O ella - alzó la mirada para ver a Regina quien asintió apenas

- Iré al jardín a caminar un poco - informó y tomó aire, preparándose para lo que diría a continuación - Puedes venir si gustas - volteó el rostro con altivez y comenzó a caminar hacia la salida.

Sonrió ampliamente cuando lo escuchó caminar apresurado tras ella, llegando a tiempo para abrirle la puerta haciéndole una exagerada reverencia para que pasara. Y eso, en verdad logró divertirla al grado de hacerla reír, llenando con ello el corazón de David con esperanza y con un bello sentimiento hacia Regina.


Dos días después, Regina estaba redactando muy, muy concentrada cuando las ganas de algo estimulándola la perturbaron. Su libido siempre estaba presente, se podría decir que se había acostumbrado a ello, pero había veces en la que era insoportable como ese día.

Contrajo su centro una y otra vez obteniendo algo de estimulación, pero no era suficiente. Se puso de pie frustrada y empezó a pasearse por el salón pensando en irse o no a su habitación.

Su pedacito bello se movió y no pudo evitar sonreír llevando sus manos hasta ahí para acariciar. Ya había comprobado que efectivamente, cuando caminaba muy energética, su bebé se movía, aunque no era todo el tiempo.

La puerta abriéndose la hizo voltear y le dio gracias a todos los cielos porque era el Rey

- ¿Estás bien? - preguntó preocupado al verla mirarlo de forma indescifrable y casi le da algo cuando ella negó con la cabeza - ¿Qué ocurre? - preguntó sintiendo el corazón latirle con fuerza, pero para su sorpresa, Regina le tomó de las ropas, lo hizo girar y caminar hasta que le empujó cayendo al sillón

- Necesito una mano, pastor - le dijo mientras se subía sobre él como aquella vez en ese mismo lugar.

David no dijo más, volvió a su postura de dejarla tomar de él lo que quisiera. La reina le urgió a que introdujera sus dedos en ella.

Los cabalgó con maestría y esta vez el Rey no pudo evitar besarle el cuello mientras le apretaba una nalga con fuerza volviendo a obtener ese gemido ahogado y placentero que le indicaba que le gustaba.

Ninguno de los dos se detuvo hasta que, Regina estuvo abrazada a la cabeza de David gritando y lloriqueando al llegar a la cúspide de su placer, y la mano de él estuvo empapada con la evidencia de ese orgasmo.


Ese fue el inicio de la complicidad entre ellos. Seguían desayunando y yéndose al salón de asuntos reales juntos. Durante la tarde iban al jardín a caminar, esperando ansiosos sentir al bebé.

Había veces en las que el Rey se ausentaba por algunos días por las diligencias y Regina se descubría a sí misma molesta y afligida por ello. Había otros, que eran escasos, donde la reina le decía a David que "necesitaba una mano" y la magia sucedía a pesar de que no habían llegado a nada más. Y también estaban los inocentes, pero excitantes masajes que se volvieron frecuentes.

Snow y los aliados seguían disfrutando de la vida tranquila que la labor de Regina les estaba dando. No se preocupaban por absolutamente nada y todos esperaban con emoción y ansias la llegada del bebé.

Y Azul, ella se seguía manteniendo al margen, pero vigilaba de cerca lo que ocurría con todos ellos y de vez en cuando aconsejaba al Rey quien a su parecer estaba por buen camino.


La reina ya estaba de seis meses y algunas semanas. El vientre había crecido otro tanto, pero aún era capaz de moverse con cierta libertad. Su pedacito bello comenzaba a ser más activo y eso la llenaba de emoción, y de amor puro y verdadero.

Esa semana estaba siendo complicada. Había una situación delicada con algunos reinos aliados que agresivamente exigían negociaciones. Eso tenía algo estresada y preocupada a Regina quien prácticamente no salía del salón de asuntos reales tratando de llegar a un acuerdo justo y a la vez beneficioso para el Reino Blanco.

David la veía con ojos preocupados, porque Regina no estaba teniendo el descanso mínimo necesario y encima estaba el hecho de que el cansancio era un malestar general del embarazo en ella. Lo peor de todo es que comía apenas lo indispensable a su punto de vista y si llegaba a decir algo la reina se ponía furiosa, acusándolo de quererla poner en engorda. Lo cual era absurdo, pero con tal de no hacerla llorar, porque también estaba muy sensible, no le debatía nada.

Por otro lado, veía a Snow muy feliz y despreocupada con ocho, casi nueve meses de embarazo. A decir verdad, ya casi no se le veía por el Castillo. Había adoptado la habitación y el cuarto del bebé como su estancia para esas últimas semanas de embarazo. Granny y Ruby no se separaban de ella, pues la vieja lobo insistía en que, por el tamaño del vientre, ese bebé nacería en cualquier momento.

No podía evitar sentir rabia porque Regina moría de cansancio y no se estaba alimentando bien puesto que el reino estaba en peligro mientras que Snow ni siquiera se preocupaba un poco cuando se suponía que el Reino Blanco era responsabilidad de ella.

David entró al salón con un tazón repleto de fruta, queso y miel con la esperanza de que Regina se lo comiera todo para que se alimentara un poco más. Se quedó congelado a la entrada con la puerta abierta al verla recargada en el escritorio, claramente dormida.

Se acercó con cuidado y efectivamente lo constató: la reina estaba profundamente dormida sobre el escritorio porque con seguridad el cansancio la venció. Negó un poco con la cabeza por lo terca que era, que en vez de irse a descansar como era debido decidió quedarse ahí y ni siquiera alcanzó a moverse al sillón.

Dejó el tazón sobre la superficie de madera y no pudo evitar admirarla un poco. En el bello rostro se le notaba el cansancio, pero eso no le restaba nada a la belleza natural que poseía, al contrario, la imagen era hipnotizante, al menos para él y sentía que podría pasar horas únicamente admirándola dormir.

Sin embargo, decidió que ese no era un lugar mucho menos una buena posición para un buen descanso. Así que alargó la mano para acariciarle el cabello buscando despertarla con sutileza para evitar asustarla. Algo en lo que al parecer tuvo éxito pues Regina comenzaba a moverse, soltar pequeños quejidos, respirar más pronunciado y parpadear

- ¿Qué ocurre? - preguntó algo confundida mientras se alzaba un poco tratando de asimilar la situación en la que se encontraba

- Te quedaste dormida - dijo David jalando el asiento de la reina hacia atrás - Ven - la tomó de una mano para hacer que se pusiera de pie y ella estaba aún tan adormilada que no puso ninguna resistencia.

Regina se vio de pie en un segundo mientras era llevada de la mano lejos de su lugar de trabajo

- No he terminado - murmuró adormilada apuntando hacia el escritorio

- Por hoy sí que lo has hecho - dijo David tratando de llevarla fuera del salón. Su intención era llevarla a descansar y no iba a desistir

- Claro que no - negó con la cabeza mientras fruncía el ceño

- A mí me parece que sí - insistió y entonces la levantó en brazos

- ¿Qué haces? - preguntó Regina alarmada abrazándose al cuello de David - ¡Vas a tirarme! - exclamó mientras era llevada hacia la salida del salón

- Por supuesto que no. No pesas nada - argumentó David sonriendo porque la situación le parecía divertida

- Estoy embarazada, por supuesto que debo pesar - dijo arrugó la nariz en un gesto que al Rey le pareció adorable

- Para mí no - dijo saliendo del salón y emprendiendo camino rumbo a la habitación de la reina

- ¡Bájame! - insistió energética, pero no se movió porque tenía miedo de lograr que David la soltara si peleaba, caer y lastimar a su pedacito bello

- No lo haré. No seas terca - le dijo con dientes apretados porque ¡agh!, como era de orgullosa, por Dios.

Regina frunció los labios con molestia y soltó un pequeño gruñido, pero decidió quedarse quieta y dejar que el Rey la llevara en brazos. Se enojó consigo misma porque la realidad era que no le desagradaba para nada estar así con él. Al contrario, extrañamente le encantaba que se preocupara tanto por ella y su pedacito bello. De pronto él volteó a verla y eso hizo que bajara la mirada de inmediato porque se sintió atrapada y sus malditas mejillas decidieron traicionarla puesto que las sintió arder

- Sólo hace falta enviar los documentos a los reinos correspondientes - empezó a hablar buscando apaciguar el novedoso nerviosismo que estar tan cerca de él le provocaba

- Le diré a Azul que se encargue de ello - ofreció encantado de poder resolver algo para ella.

No podía explicar lo hermoso y reconfortante que era le dejara llevarla en brazos, y sintió su corazón inundarse de emoción al ver el adorable sonrojo en el bello rostro de Regina. Le encantaba hacer que eso sucediera. Inhaló profundo percibiendo el exquisito aroma de la reina, le parecía adictivo, embriagante y excitante también.

Afortunadamente visualizó la puerta de la habitación y por un momento se concentró en pensar que debía abrir sin bajar a la reina, pero justo cuando se disponía a hacer la maniobra la puerta se abrió sola

- Maldita polilla - masculló Regina rodando los ojos. Era obvio que la insufrible mujer estaba detrás de ese pequeño acto mágico

- Azul no quiere hacerte daño - le dijo mientras se acercaba a la cama

- Tal vez, pero te aseguro que sus intenciones tampoco son hacerme bien - cerró los ojos e hizo un gesto de indignación

- Servida, Majestad - la depositó con sumo cuidado sobre el suave colchón

- Perfecto. Ahora esperaré a que abandones mi habitación para regresar al salón - le dedicó una sonrisa irónica

- Lo sé - empezó a caminar hasta la pequeña mesa en la cual solían desayunar - Es por eso que me quedaré aquí hasta que considere que has descansado lo suficiente - tomó una silla y se sentó triunfante y la miró.

Abrió la boca para protestar, pero de inmediato la cerró sintiéndose ligeramente frustrada y eso, no le gustaba para nada

- Si piensas que voy a quedarme aquí sólo porque tú lo dices, estás muy equivocado - se puso de pie lo más ágil que pudo debido a su pancita y se movió lo más rápido que le fue posible hacia la puerta, pero justo cuando tomó el pestillo y jaló, una firme mano se estampó contra la puerta cerrándola.

El primer instinto de Regina fue fijarse en la mano que le impedía la salida y Dios, el sólo ver lo fuertes que eran, la longitud y grosor de los dedos le hizo sentir que necesitaba esa mano allá abajo tocando y los dedos dentro de su intimidad.

Se reprendió a sí misma por ello. No era momento de pensar en que le diera una mano, era momento de no ceder y dejar que el idiota pastor se saliera con la suya

- Hazte a un lado - habló con advertencia, como si de verdad pudiera hacerle algo a David cuando lo cierto era que no era posible sin su magia

- No - se recargó con más peso - Ve a descansar a la cama - dijo - Duerme un rato y entonces no te impediré seguir con lo que hacías - ofreció

- No voy a hacer lo que tú me digas, encantador - dijo entre dientes. Se negaba a darle la razón únicamente por orgullo por más que en realidad estuviera muriendo por dormir un día entero

- Regina - acercó el rostro a ella, de tal forma que su boca quedó cerca del oído de la reina - Dime algo, ¿te dieron nalgadas de pequeña? - preguntó y acto seguido ella volteó a verle con expresión ofendida en el bello rostro que tenía sumamente cerca

- ¿Que? - preguntó con una mezcla de extrañamiento - ¡No! - respondió ofendida

- Eso lo explica todo - asintió y negó un poco con la cabeza

- ¿De qué hablas? - preguntó exasperada y fastidiada

- A que te hacen falta unas buenas nalgadas por terca, orgullosa y malcriada - le dijo con voz ligeramente ronca y muy, muy cerca del oído.

Un delicioso escalofrío le recorrió el cuerpo entero y sintió su centro palpitar con intensidad ante la insinuación

- ¿Quieres darme nalgadas? - preguntó volteando hacia un lado y arriba para mirarle. Los azules ojos se venían algo oscurecidos, pero al mismo tiempo brillaban con intensidad

- No es mala idea, Majestad - le acarició con la nariz por detrás de la oreja y no le pasó desapercibido que Regina se estremeció, muy ligeramente, pero lo hizo

- Eres un maldito pervertido, pastor - masculló la reina al sentir algo de humedad en su sexo y en ese momento le odio por ser tan atento y respetuoso de los límites que ella misma había impuesto.

Ahora su mente le gritaba que no lo hiciera, que era una pésima idea, que no debía hacerlo porque se iba a arrepentir, pero el deseo, las ganas y lo que absurdamente sentía por él eran más grandes, mucho más fuerte que ella.

Se giró, alargando una mano para tomarle de la nuca y acercó sus labios a los de él, pero se frenó justo cuando se iban a unir. Le miró a los ojos, temerosa de encontrar rechazo en ellos, pero sólo vio una mezcla extraña de deseo y algo más que prefería catalogar como cariño porque era imposible que fuera amor.

Cerró los ojos un momento y los abrió decidida a dejar eso de lado. No podía dejarse llevar por otros sentimientos que no fueran el de exclusivo deseo que no la iba a lastimar.

Puso las manos sobre el pecho de David y empezó a avanzar, empujándolo hasta que quedó sentado sobre la cama. Alzó su vestido y se le subió al regazo. Un brazo la envolvió por la espalda y otra se internó entre sus abiertos muslos por debajo del vestido

- Majestad - siseó con deseo el Rey - Estás tan mojada - cerró los ojos que le rodaron hacia atrás al constatar lo caliente y húmeda que estaba. Dios… estaba seguro que en ese momento daría la vida por volver a sentir su miembro envuelto en esa estrecha, ardiente y mojada intimidad

- Tus dedos, pastor - movió las caderas, para que los dedos la estimularan, aunque fuera por encima de la ropa

- ¿Los quieres dentro? - preguntó aferrándola más por la espalda. Regina le miró con tal intensidad que su miembro reclamó por atención dentro de sus pantalones. Pudo ver la resistencia y la lucha interna que tenía consigo misma. Era tan clara que por instantes pensó que la podía palpar.

La reina sabía que si cedía sería su perdición, que ya no habría marcha atrás, pero muy en el fondo tenía unas ganas inmensas por satisfacerlo, por darle la oportunidad de hacerle lo que quisiera y por dejarle llevarla hasta donde le diera la gana.

Se llenó de anticipación cuando asintió. Se relamió los labios y entonces se estremeció de pies a cabeza en el momento que los dedos se colaron bajo su prenda intimida y le frotaron el clítoris.

Los ojos se le entrecerraron, pero fue incapaz de mantenerlos abiertos cuando un dedo se metió en ella. Tragó saliva con desespero y abrió la boca, para empezar a soltar pequeños jadeos

- Voy a meter el otro - susurró David mientras la veía, con esa hermosa expresión de placer ardoroso en el bello rostro y sabía que estaba mal, muy mal, pero no podía evitar comparar. Con Snow nunca fue así, nunca hubo tanto deseo y anhelo por tenerla. Nunca se sintió desesperado ni celoso y con Regina, era algo absurdo e infantil, pero a veces tenía celos hasta del aire que respiraba.

Metió el segundo dedo arrancando un gemido sorpresivo porque la intrusión fue algo abrupta, pero de inmediato los curvo para estimular con precisión ese punto especial dentro de ella y empezó a moverlos mientras la reina hacía lo suyo, subiendo y bajando por ellos.

Gruñó guturalmente mientras la escuchaba gemir, gozando claramente de sus dedos. Era tan poco lo que tenía de ella, pero para él lo era todo. No podía culparla por no quererlo en su cama como a Graham. Él no era un hombre libre como el cazador, él tenía problemas y el estúpido cazador no

- ¡Ah, ah, ah! - los eróticos gemidos de Regina le trajeron a la realidad. Abrió los ojos encontrándose con la divina imagen de la reina haciendo todo lo posible por llegar al orgasmo. Con las mejillas arreboladas, la boca entreabierta, los ojos apretados y la vena resaltándole en la frente.

Fue entonces cuando decidió probar. No era tonto y ya se había dado cuenta que a Regina le gustaba que le agarrara el trasero y cuando hablaron de las nalgadas, no rechazó propiamente la idea.

Bajó la mano con la que la sostenía hasta el divino trasero y acarició ambas nalgas, viendo que la reina cambiaba el ritmo con el que movía las caderas. Apretó y ahí estuvo el gemidito ahogado. Acarició, alejó la mano y entonces la dejó caer con firmeza sobre una redonda nalga

- Mmggh - se apretó con fuerza a sus dedos y se estremeció un poco, pero luego retomó los movimientos. Le dio otra que la hizo sisear con ardor y de inmediato soltó otra con un poco más de intensidad - ¡Ahhhh! - soltó un hermoso lloriqueo.

Por Dios, si David supiera lo mucho que amaba las nalgadas con seguridad le estaría azotando el trasero en cada oportunidad. Se sentía casi como en el mismo cielo. Lo mejor sería tener el miembro del Rey, pero por el momento los dedos, esos magníficos dedos le eran suficientes

- Oh, Regina - empezó a hablar David - Te ves tan hermosa - la elogió y soltó otra nalgada que la hizo aferrarse a sus ropas con fuerza

- ¡Oh, oh…! - sintió el cuerpo entero tenso y la mano volvió a caer sobre una de sus nalgas empujándola hacia la cúspide del placer - ¡Ohhhhh! - gritó muy, muy alto mientras su intimidad aferraba con fuerza los dedos en su interior y sintió claramente los fluidos abandonar su cuerpo mientras todo desaparecía a su alrededor, haciendo que no existiera nada más que la increíble sensación de ese alucinante orgasmo y saber que fue David quien lo provocó, que estaba ahí con ella.

Sintió un beso en la mandíbula mientras se estremecía, los dedos seguían moviéndose, estimulando ese punto especial dentro de ella, prolongando el exquisito placer hasta que todo cesó.

Los dedos abandonaron su intimidad, recargó el rostro contra la mejilla del Rey, jadeando ahí aún en búsqueda de aliento

- ¿Estás bien? - susurró su pregunta y le sonrió mientras hacía la cabeza hacia atrás para mirarla con atención, buscando algún signo de incomodidad que afortunadamente no encontró.

David suspiró porque ya no podía negarlo: la adoraba, la adoraba con todo su ser y quería estar con ella sin importar nada ni nadie.

Por su parte Regina le miraba sintiendo el corazón latirle con fuerza porque el Rey la miraba con intensidad y ternura, y se sentía tan bien y segura así, junto a él, prácticamente entre sus brazos. No le estaba prometiendo nada y sabía bien que no podía hacerlo, pero nada le impedía soñar con un futuro a su lado

- David - pronunció su nombre bajito mientras le aferraba de la camisa con las manos esta vez para jalarlo hacia ella y besarlo, besarlo con todo ese sentimiento que tenía guardado por él.

El Rey abrió la boca y correspondió al beso de inmediato introduciendo su lengua en la dulce boca de Regina que hizo lo mismo.

Ninguno de los dos parecía querer que eso terminara. David puso sus manos en los muslos de la reina que se sentó por completo sobre él, presionando contra su necesitado miembro. Se siguieron besando mientras ella movía las caderas estimulándole cada vez con mayor intensidad y fue entonces cuando él rompió el mágico beso

- V-voy a… - apretó los ojos y fue incapaz de seguir hablando porque todo se volvió muy intenso de pronto. Metió apresurado una mano entre las ropas de Regina para alcanzar el hinchado clítoris

- Sí - sonrió la reina sin dejar de moverse con ímpetu, permitiéndose imaginar por al menos ese momento que David era suyo y de nadie más - Hazme venir, pastor pervertido - le urgió, pero también quería que él se viniera. Ansiaba como nada verlo llegar como en el bosque

- ¡Oh, oh… R-regina! - gimió alto el Rey cuando empezó a eyacular con fuerza dentro de sus pantalones y ella gemía alto también mientras llegaba al orgasmo, otra vez entre sus brazos en los que la envolvió amorosamente.

Ambos jadeaban pesado y sentían sus corazones doler ante la cruel realidad de que no se pertenecían el uno al otro.

Regina sintió sus ojos llenarse de lágrimas porque eso era lo más bello que le había ocurrido en muchísimo tiempo y le dolía profundamente que no pudiera ser nada más. Por su parte David pensaba en lo injusta que era la vida y en lo idiota que había sido durante la misma, convencido que había tomado malas decisiones y que con seguridad el precio que debía pagar por ello sería algo muy caro.

Unos golpes en la puerta les sacó a ambos de ese bello pero tormentoso momento

- Majestad - era la voz de Azul - Snow ha entrado en trabajo de parto - anunció y se miraron a los ojos con preocupación.

Le destrozó el alma ver los ojos vidriosos de Regina y quería quedarse con ella, pero no podía perderse el nacimiento de su hijo. La reina se bajó de su regazo y se sentó en la cama sin decir palabra.

David la tomó de una mejilla para que le mirara

- Volveré tan pronto como termine - prometió y se alzó un poco para dejarle un beso largo y protector en la frente. Después se inclinó hasta la pancita de la reina - Pedacito bello - dejó otro amoroso beso ahí. Se puso de pie y se apresuró a la salida.

En cuanto la puerta se cerró, Regina se dejó caer en la cama, recogió las piernas haciéndose un ovillo y comenzó a llorar angustiada mientras su bebé se movía frenéticamente en su vientre, como protestando por el repentino dolor que la reina sentía ante el motivo de la ausencia del Rey.

Porque David, estaba por tener un hijo con Snow, fruto del amor verdadero entre ellos, mientras que Regina, ella reconocía que se estaba enamorando perdidamente de él.


En su vida se había cambiado tan rápido de ropa, porque no podía presentarse en la habitación de Snow, que estaba pariendo, con los pantalones manchados. Llegó corriendo, casi sin aliento sólo para darse cuenta que todos estaban ahí afuera

- Por un momento pensé que no vendrías - masculló Ruby con molestia y se cruzó de brazos con indignación

- ¿Qué pasa? - preguntó ignorando a la joven lobo - Pensé que faltaba al menos una semana - dijo angustiado. No quería pensar que algo estuviera mal con su hijo

- El vientre lo tenía ya muy grande y duro, era seguro que daría a luz ya. Y aunque sea antes no hay nada de qué preocuparse - aseguró Granny

- ¿Dónde está Azul? - preguntó ansioso. Las manos le sudaban y estaba muy, muy nervioso

- Adentro, pero Snow no quiso a nadie más que el hada, Doc y Johanna en la habitación - respondió de mala gana el enano enojón.

Perfecto, no le permitiría estar en el parto. Ni siquiera sabía por qué le extrañaba, lo único que esperaba era poderlo ver y cargar cuando naciera

- Les sugiero que tomen asiento. Esto de seguro va a tardar - dijo la vieja lobo que ya estaba instalada en la silla que astutamente acarreó hasta allá.


Y efectivamente así fue. Las horas comenzaron a pasar, una tras otra. Regina, quien se quedó dormida después de llorar por largo rato, se despertó de pronto constatando que era ya muy de noche.

Decidió darse un baño y después de eso se dispuso a comer lo que mágicamente apareció para ella en la pequeña mesa. Moría de hambre, se sentía mucho más relajada y descansada, pero seguía sintiendo pesadumbre en el corazón.

Además, ahora empezaba a experimentar angustia por qué iba a pasar ahora que ese bebé naciera. David amaba a ese pequeñito y, era absurdo, pero era lógico pensar que ese niño demandaría tiempo de él que dejaría de pasar con ella y de seguro todo cambiaría. Él y Snow se volverían a unir, porque él había dicho que la ex princesa no quería nada por el embarazo y de seguro ella querría volver a tener intimidad con David después de dar a luz.

Oh Dios, ¿en qué demonios estaba pensando?


Todos estaban algo estresados de escuchar los incesantes gritos y gemidos de dolor de Snow por horas hasta que, por fin, el llanto de un recién nacido se dejó escuchar y los otros gritos cesaron.

David se puso de pie y se acercó a la puerta ansioso. Necesitaba entrar y conocer a su hijo. Escuchó murmullos, el llanto de Snow y de nuevo murmullos que indicaban que hablaban. Se preocupó, tomó el pestillo para entrar, pero entonces la puerta se abrió por lo que retrocedió un par de pasos. La figura de una cansada y muy seria Johanna se reveló cerrando tras ella

- La Reina dio a luz a un niño muy saludable - anunció haciendo una pequeña reverencia con la cabeza para David, pero en cuanto le vio querer avanzar alzó una mano frente a ella para que se detuviera - Lo siento, pero no puede entrar, Majestad - habló con nerviosismo y buscó con la mirada a los caballeros que estaban custodiando

- ¿De qué demonios hablas? - preguntó con dientes apretados mientras los caballeros blancos se acercaban a la puerta

- La Reina no desea ver a nadie - comunicó titubeante porque le asustaba lo que el Rey fuera a hacer. Lo veía muy enojado

- Apártate - ordenó y la doncella negó mientras le veía con angustia - ¡Que te quites! - le gritó furioso porque no podía creer que Snow le estuviera negando el derecho de conocer a su hijo.

La doncella se sobresaltó y se encogió hacia un lado para que David pudiera pasar. Así lo hizo, abrió la puerta de golpe y alcanzó a ver dos cosas: a Snow abrazando protectoramente al bebé contra su pecho mirándolo asustada y a un cuervo salir volando por una de las ventanas

- Majestad, no debes estar aquí - indicó Azul caminando hacia él con la intención de invitarlo a salir de la habitación.

Pero David, tenía la mirada fija en la llorosa de Snow, que seguía asegurando y protegiendo al balbuceante bebé contra su pecho, como si no quisiera que él estuviera cerca de ninguna forma y tal vez era un idiota, lo reconocía, pero no era tonto, sabía que algo no estaba bien. Lo podía ver en la mirada de la ex princesa que en ese momento sorbía la nariz y se acomodaba mejor sobre la cama preparándose con seguridad para lo que diría

- En verdad lo lamento profundamente - volvió a sorber la nariz y negó con la cabeza mientras apretaba los labios y cerraba los ojos con dolor - No es tu hijo - confesó sollozando.