Gracias a todos por leer, por los likes, estrellitas y kudos, pero muy especialmente a aquellos que me dejaron comentario en el capítulo anterior porque era uno importante y que tenía desde que comencé el fic queriendo escribir jajaja
Este capítulo es para todos ustedes y espero les guste...
También espero puedan perdonar cualquier error.
El alumbramiento dolió mucho para Snow, tanto física como emocionalmente porque mientras hacía lo debido para traer a su hijo al mundo, también estaba cargando con la culpa y la angustia de qué era lo que pasaría si sus sospechas y temores eran ciertos.
Aun así, fue un alivio cuando sintió que abandonaba su cuerpo y de inmediato trató de ver a su bebé para saber si estaba bien. Sin embargo, Azul se encargó primero de asearlo con magia, lo envolvió en una manta blanca con listones morados que Granny había tejido especialmente para ese momento y se lo entregó anunciando que era un niño. Algo que confundió a Snow pues se suponía que, según el amuleto de la madre de David, tendría una niña para la cual ya había elegido nombre.
Lo tomó en brazos y lo acunó contra su pecho mientras las lágrimas brotaban de sus ojos al verlo. Era precioso, lloraba a todo pulmón y, aunque lo más importante era que estaba sano, había algo que no podía ignorar y que opacaba su felicidad.
Escuchó que Johanna y Doc hablaban de algo, seguramente de eso, pero no les puso atención porque lo único que acaparaba su mente era que todos sus temores se volvieron realidad. Lo sabía con sólo verle la hermosa carita. En su corazón de madre sabía bien que no era hijo del Príncipe Encantador.
No pudo evitar soltarse a llorar abiertamente por un par de segundos, pero después se tranquilizó y les pidió que no dejaran pasar a David. Hipando y sollozante les hizo la confesión a los presentes y pidió fuera enviado un cuervo al padre de su pequeño con la noticia, muy decidida a hacer lo correcto.
En sus planes no estaba engañar al Rey haciéndole creer que sí era suyo ahora que estaba segura que no, pero necesitaba un poco de tiempo para contarle todo. Además, sí, aunque sabía que David era un buen hombre, temía por lo que fuera a hacer una vez que se enterara.
Sin embargo y como era de esperarse, no pudieron retenerlo, y ahora estaba plantado frente a ella con el semblante desencajado después de escucharla decir que el hijo no era suyo
- ¿Q-qué?... - el Rey se sintió aturdido de pronto - ¿De qué hablas? - preguntó haciendo una mueca de desconcierto
- Prometo que lo explicaré todo, pero no en este momento - le habló comprensiva, pues sabía que David tenía todo el derecho a saber la verdad, pero acababa de parir, estaba cansada, no quería dar explicaciones, quería estar sola con su recién nacido y asimilar ella misma las noticias
- ¡¿Cómo me pides eso?! - se escuchó exasperado y aun desencajado. No lograba ordenar nada en su cabeza y eso amenazaba con ponerle verdaderamente mal
- Será mejor que salgas, David - la voz de la vieja lobo lo hizo reaccionar y voltear. Le miraba también comprensiva y casi maternal, pero para él era más lástima o pena que otra cosa.
Apretó las manos en puños con impotencia mientras escuchaba llorar al pequeño que por ocho meses creyó y amo como suyo, y resultaba que no era cierto, que no era su hijo. Así de simple…
Se dio la vuelta y salió como alma que llevaba el diablo de ahí. Estaba furioso y dolido por la situación, porque Snow le estuvo haciendo sentir culpable y reprochando por lo de Regina durante todo ese tiempo cuando ella había hecho lo mismo y, al igual que él, lo ocultó, pero lo de ella fue mucho más lejos: lo engañó haciéndole creer que el bebé que engendraba era de él cuando no era así.
Cegado por el dolor llegó hasta la habitación de la reina y entró sin tocar. Regina estaba en el balcón, vestida con un camisón largo de fina seda gris oscuro. La vio sobresaltarse por el ruido de la puerta y caminó amenazante hacia ella que se veía confundida.
La tomó de los brazos con más fuerza de la que le habría gustado usar, pero no se podía controlar ni detener. La acercó a él, alzándola un poco hasta que sus narices estuvieron casi tocándose
- ¿Qué demonios te pasa? - preguntó algo asustada cuando se sintió sujeta de una forma muy distinta a la que siempre lo hacía el Rey. Se asustó aún más cuando lo miró a los ojos estando casi de puntitas porque él la obligaba a estar así
- Júrame por la memoria de tu padre que el hijo que esperas es mío - demandó impulsado por el dolor que sentía en ese momento. Necesita que Regina le asegurara que el bebé era suyo, que sí tendría un hijo con ella, que no era un engaño como el de Snow, que de verdad ese pedacito bello que engendraba era de él
- ¿Qué? - preguntó incrédula y ofendida. Empezó a forcejear con él para que la soltara
- ¡Júramelo! - exigió sintiendo las lágrimas de coraje y dolor correr por su rostro y entonces, Regina se soltó de su agarre
- ¡Imbécil! - le dio una bofetada en la mejilla izquierda con todas sus fuerzas logrando voltearle el rostro hacia un lado - En tu vida me vuelvas a preguntar eso, ¡¿oíste?! - le grito furiosa por el atrevimiento. ¿Cómo se le ocurría dudar de ella a esas alturas?
La mirada se le nubló por las lágrimas y sentía su mano punzar por la bofetada que le dio, pero estaba firmemente parada ahí frente a él, encarándolo indignada puesto que no tenía absolutamente nada que ocultar.
David cerró los ojos y apretó la mandíbula sintiendo su mejilla arder con intensidad. Volteó a verla de nuevo y el mismo dolor que sentía no le dejó ver que era momento de detenerse
- Te quedarás aquí hasta que sepa qué hacer - se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida
- ¿De qué hablas? - preguntó confundida y aún furiosa por lo que acaba de suceder - David - le llamó avanzando tras él, pero no le alcanzó.
Vio la puerta cerrarse, lo escuchó llamar al hada y corrió apresurada tratando de abrir en cuanto le fue posible, pero antes de bajar el pestillo el inconfundible sonido de la llave le hizo saber que estaba encerrada
- No - susurró asustada y siguió intentando abrir, aunque sabía que era inútil. Lo sabía a la perfección porque había estado encerrada en esa misma habitación infinidad de veces - ¡David! - golpeó la puerta con la palma de la mano varias veces en su desesperación, pero como siempre, se negó a rogar, mucho menos a suplicar que abriera.
Se mordió los labios luchando contra las lágrimas que amenazaban con caer de sus ojos porque nunca pensó que él le haría eso.
Cerró los ojos, inhaló profundo un par de veces tratando de convencerse que no era la misma situación, que no era el desgraciado de su marido el que la tenía ahí. Él estaba muerto y, afortunadamente, nunca iba a volver. Pero ese mismo pensamiento le hacía sentir herida porque era David quien lo había hecho, el hombre del que equivocadamente se había enamorado.
Algunas horas después la mañana llegó encontrando a David sentado en el sillón más amplio del salón de asuntos reales. El mismo en el que Regina solía dormir y en el que ellos tenían eso, lo que fuera que tuvieran.
Soltó un largo suspiro apesadumbrado.
Después de asegurarse que la reina no iría a ningún lado se fue hasta ahí con Azul para planear lo que haría ahora que, de alguna u otra forma, todo se había terminado.
Importaban poco los amores verdaderos, los tratos, los engaños y rencores. Lo único que al Rey le interesaba en ese momento eran Regina y el bebé que tendría con ella. No podía permitirse perderlos por nada del mundo
- Majestad - Azul entró haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Volteó a verla y pudo ver en el rostro del hada, que normalmente era imperturbable, que estaba algo preocupada por él - La Reina Snow solicita su presencia en su habitación - le comunicó.
David asintió y se puso de pie caminando hacia la salida. Cuando llegó con ella le miró fijamente a los ojos
- ¿Sigues pensando que todo estará bien? - preguntó con algo de recelo en la voz porque lo único que el hada hacía era destilar optimismo y en ese momento él no vislumbraba nada bueno
- Ahora todo dependerá de ti, David - respondió, imperturbable como siempre. Lo vio cerrar los ojos con dolor y negar con la cabeza mientras le hacía un gesto con la mano de que ya parara con eso avanzando de nuevo hacia la salida dejándola sola.
Y Azul, ella sabía perfectamente que el Rey estaba tan dolido en ese momento que no podía ver más allá de ese dolor. No temía por lo que pudiera hacer, sabía que al final, y como siempre, David haría lo que debía hacer.
Tal vez todos pensaban que las cosas estaban muy mal, pero lo cierto era que no estaba sucediendo nada que no debería.
Mientras David recorría el trayecto del salón de asuntos reales a la habitación de Snow pudo ver una que otra cara conocida, más específicamente de los aliados del reino que ahora le veían con lástima.
Lo que el Rey no podía ver era que éstos en realidad estaban confundidos e incómodos con la noticia. Lo estuvieron menospreciando y juzgando durante todo ese tiempo por algo que la ex princesa también había hecho y la culpa comenzaba a atormentarlos.
Por su parte Snow también seguía algo confundida e intranquila, y no porque su hijo no fuera de David, esa era la menor de sus preocupaciones ahora. Ella sabía bien quién era el padre, cómo, cuándo y bajo qué circunstancias había sido concebido su bebé.
Estaba así porque según el amuleto de la madre del ahora Rey era una niña lo que habría de tener y, lo que tenía en sus brazos, era un niño para el cual no tenía un nombre.
Llamó a Johanna y le entregó a su hijo. No quería que estuviera ahí mientras hablaba con David. Tenía mucho que explicarle y con seguridad alzarían la voz. No consideraba que fuera una situación en la que el bebé debía estar presente. La doncella salió de la habitación tan pronto como le fue entregado el pequeñito.
Snow, que se sentía mucho mejor después de haber descansado, se fue directo al balcón a mirar el horizonte y sobre todo el mar, preguntándose por el amuleto que ella misma arrojó al agua en un arranque de celos porque, mientra ella se angustiaba pensando en que el bebé que tendría podría no ser de David, no había duda de que el que Regina engendraba sí era de él y en un acto de egoísmo le negó la posibilidad de saber el sexo de ese bebé.
Aunque ahora, estaba segura que el amuleto no tenía el poder de predecir nada. Se alejó caminando un poco al centro del lugar
- ¿Me llamaste? - David irrumpió en la habitación sin molestarse siquiera en tocar. Estaba molesto y sin dormir. La vio alzar el rostro hacia él y asentir lentamente mientras le miraba con… por Dios, no quería que le miraran así
- Voy a contarte todo - le invitó a sentarse en la cama mientras ella lo hacía, pero el Rey no dejó de mirarla con dureza y no se movió. Snow tragó saliva y juntó las manos sobre su regazo sintiéndose nerviosa por lo que habría de decir - Fue… yo - agachó la cabeza, no sabía cómo hacerlo. Lo que diría sería devastador para David
- Sólo dilo de una maldita vez - habló con los dientes y puños apretados.
Snow tomó aire muy, muy profundamente
- El padre de mi bebé es Lancelot - reveló el punto determinante para que David armara un panorama de lo que diría a continuación. No era nada fácil y estaba segura que él la odiara de por vida después de lo que diría
- ¿Cuándo? - la pregunta denotaba la exigencia con la que quería la respuesta
- David - los ojos se le llenaron de lágrimas al instante - En verdad lo siento - sollozó un poco
- ¡¿Cuándo?! - demandó furioso porque muy en el fondo lo sabía, pero quería escucharlo de ella
- ¡La noche de nuestra boda! - confesó con lágrimas cayéndole por las mejillas. Lo vio abrir los ojos grandes porque de seguro estaba entendiendo lo que trataba de decirle.
La realidad lo golpeó con fuerza de manera cruel. Snow le había sido infiel el día en que se casaron, el mismo día en que su madre murió sacrificándose para que la ex princesa pudiera concebir y vaya que lo hizo, pero no con el hombre que se suponía debía hacerlo
- ¿Quieres decir que mientras yo estaba devastado llorando por la muerte de mi madre, tú te… - cerró los ojos un momento tratando de asimilar todo lo que esa confesión implicaba - tú estabas… con Lancelot? - preguntó
- Fue una sola vez - le contó retorciendo los dedos de sus manos juntas - Tú estabas muy mal y… y él y yo - inhaló por la boca - Bebimos algo de vino. Me dolía verte así, saber que tu madre murió para darnos la oportunidad de tener hijos, pero… - le tembló el labio inferior - Me sentía culpable porque estaba feliz de que la maldición que puso George en mí se hubiera roto y Lancelot me convenció que no debía sentirme así, que estaba bien que disfrutara de ese momento de felicidad. Una cosa llevó a la otra y, cuando menos lo pensé, nos estábamos besando - se limpió las lágrimas con las manos y fue incapaz de decirle que el besarse con el caballero no se sintió incorrecto y que fue por eso que siguió
- No me interesa saber los detalles de tu infidelidad - le acusó de lo mismo que ella le estuvo acusando durante todo ese tiempo
- Tú también me fuiste infiel - reviró enojada
- Sí - asintió con la cabeza y apretó los labios - Ahora me alegro de haberlo hecho - sonrió de medio lado irónico
- Lo que tú me hiciste es imperdonable - dijo indignada poniéndose de pie
- Me fuiste infiel y te fui infiel, ¿dónde está lo imperdonable? - preguntó con reclamo dándose cuenta que desde siempre se estuvieron mintiendo el uno al otro
- Es que no lo entiendes - negó mientras le miraba con reproche - El hecho de que haya sido con Regina lo vuelve algo inconcebible - las lágrimas volvieron a correrle por el rostro
- Oh, Snow - rio algo irónico y se mordió brevemente el labio inferior - Después de saber lo que hiciste nada me hace más feliz que el haber follado con Regina en el bosque - fue maravilloso decirle eso y verla contraer el rostro en una mueca de absoluto horror
- ¡Se supone que eres mi amor verdadero y te revolcaste con ella! ¡Vas a tener un hijo con mi peor enemiga! - gritó muy enojada, impulsada por los celos después de escucharle decir eso
- ¡Tú te revolcaste con otro la noche de nuestra boda porque yo le estaba llorando a mi madre que murió para que pudieras concebir! - reviró con furia - ¡Sabías bien que había una gran posibilidad de que ese hijo no fuera mío y no dijiste nada! - le gritó - Ni siquiera cuando supiste lo de Regina - le reprochó - Al contrario, me estuviste reprochado, haciendo sentir culpable, exigiendo que me esforzara ¡por algo que sabías bien no tenía sentido alguno! - dijo exasperado - ¡¿Con qué cara me reclamabas sabiendo lo que estabas ocultando?! - se llevó las manos al cabello para aferrarlo un poco y la ex princesa se soltó a llorar - Por eso no querías tener intimidad conmigo y alegabas era culpa del embarazo - reflexionó sintiéndose un completo idiota - Me estuviste mintiendo durante todo el embarazo - murmuró
- ¿Cómo querías que te dijera? - preguntó casi ahogándose por el llanto - ¡Vivía con el temor de haber arruinado mi propio final feliz y de pronto me entero que ibas a tener un hijo con la mujer que quería destruir mi felicidad! - cerró los ojos y sollozó con dolor - ¿Es que no lo entiendes? - preguntó - ¡La Reina Malvada va a darte el hijo que debí darte yo porque tú eres mi amor verdadero! - habló angustiada
- Ya deja de llamarla así - le dijo con algo de advertencia - ¿Sabes qué fue lo que hiciste? - le preguntó y ella le miró con recelo por lo que fuera a decir - No sólo arruinaste tu final feliz o el mío, aunque creo que eso no te preocupa - reprochó - Pero hiciste lo que tanto querías - sonrió falsamente - Le dijiste la oportunidad a Regina de enmendar su camino cuando hiciste el trato con ella. Tú... - le apuntó con el dedo - La orillaste a aceptar renunciar a su magia en un acto de puro y verdadero amor hacia el bebé que espera - negó con la cabeza mientras él mismo asimilaba lo que acaba de decir - Y en verdad, dudo mucho que seamos amores verdaderos - le dijo y ella negó con la cabeza con algo de desespero - Lo sabes muy, muy bien - la vio abrazarse a sí misma algo angustiada
- Pero… el beso de amor verdadero - susurró mirándole como si esa fuera razón suficiente para seguir unidos a pesar de todo
- Al carajo con ese jodido beso - dijo cayendo en cuenta que, la infidelidad de Snow vino muy poco después de ese supuesto acto que les marcaba como destinados a estar juntos.
Tomó aire profundamente, buscando tranquilizarse y decidiendo que ya no quería saber nada más
- Me iré ahora mismo - anunció y de inmediato Snow le volteó a ver con ojos grandes y sorprendidos - Me llevaré a Regina y nos iremos al Castillo Oscuro - le informó y luego cerró los ojos alzando una mano en señal de que no dijera nada - No estás en posición de negarme nada - advirtió antes que le alegara que no podía ir ahí
- N-no - titubeó tratando de avanzar hacia él, pero se detuvo porque en realidad no sabía cómo hacerlo. David estaba muy lejos de ella a pesar de tenerlo ahí enfrente - No te puedes ir. No te la puedes llevar - dijo angustiada porque cuando Regina abandonara el Castillo el hechizo caería y todos se enterarían de lo que estaba sucediendo
- Sí claro. Nos quedaremos aquí a convivir todos como una familia feliz - dijo sarcástico - No tengo ganas de seguir pretendiendo - confesó - Me importa un carajo que el reino sepa que abandoné el castillo y que tendré un hijo con Regina - se dio la vuelta para salir del lugar
- ¿Quién se hará cargo del reino? - preguntó preocupada y lo vio detenerse en la puerta, pero no volteó a verla
- Bueno, tal como lo dijo Regina: querías el reino. Hazte cargo de él - salió de ahí con dirección a preparar todo para irse del Castillo lo antes posible.
No quería seguir así. Le importaba poco que él fuera el Rey, eso nunca le interesó. Lo único que quería era alejarse de todos ellos y llevarse a Regina con él.
Regina apenas probó algo del desayuno. No durmió nada prácticamente. Se la pasó dando vueltas en la cama tratando de ahuyentar los fantasmas del pasado al saberse encerrada en su habitación. En esa misma habitación, haciéndola sentir ahora como una verdadera prisionera de nuevo. Aunque, en realidad lo era.
Estaba también el dolor que se le clavó en el corazón por el comportamiento de David. Por la forma en que la trató y exigirle que le dijera que el bebé era suyo, pero eso mismo desataba la angustia de no saber qué fue lo que había sucedido que hizo que el Rey se pusiera así.
No era tonta, pudo ver en la mirada de David que estaba sufriendo y lo único que se le ocurría era pensar en que el hijo que tuvo la ex princesa no fuera de él, pero era algo que desechaba de inmediato porque se trataba de Snow White. Ella nunca haría algo así.
Un suave golpeteo en la puerta la sobresaltó, como siempre. Era algo que estaba en ella y que no podía controlar. Frunció el ceño extrañada porque estaba encerrada no podía abrir, aunque quisiera.
Escuchó el cerrojo abriéndose y se puso de pie de inmediato dispuesta a encarar a David porque no importaba lo que hubiera sucedido, él no tenía derecho a tratarla de esa forma. Se quedó algo aturdida cuando vio a la vieja lobo entrando con ropas en la mano puesto que jamás se imaginó que pudiera ser ella o algún otro aliado del reino
- Buenos días - saludó y entró con confianza colocando un largo vestido, calzado y una bella capa negra con bordados dorados - El Rey me pidió que te trajera esto - le dijo y no pudo evitar mirarla con algo de empatía.
La reina se veía contrariada, cansada y al mismo tiempo adorable con la pancita de embarazo que ya era bastante notoria. No recordaba la última vez que la había visto, pero debía admitir que el cambio en ella era perceptible en todos los aspectos y no se estaba basando únicamente en lo que David le dijo durante la madrugada, cuando le buscó y le encontró preparando todo para irse en cuanto hablara con Snow. Le brindó palabras de aliento y le ofreció su completo apoyo a pesar de la sorpresa del Rey
- ¿Por qué no ha venido él? - preguntó sintiendo un nudo en la garganta, comenzando a preguntarse si fue ella quien había hecho algo mal - ¿Sucedió algo? - presionó un poco en su misma angustia que trató de disimular
- David te contará cuando lleguen al Castillo Oscuro - aseguró y se movió hasta quedar frente a la reina. La vio llevarse ambas manos hasta el vientre
- ¿Al castillo...? - preguntó más para ella que para la vieja lobo sintiéndose aún más confundida que antes comenzando a llenarse de ansiedad, algo que fue perceptible para su bebé que se movió frenético en ese momento en su vientre
- ¿Hay algo que desees llevarte de aquí? - preguntó con amabilidad al verla tan perdida a su parecer
- No - negó con la cabeza. Todo lo que quería llevarse de ahí lo tenía en el vientre: su pedacito bello
- ¿Necesitas algo más? - preguntó un tanto insistente.
Regina miró hacia el frente, más allá de la vieja lobo y, sin decir nada, comenzó a caminar a paso determinado hacia la salida
- ¡Majestad! - la llamó Granny siguiéndola porque no se suponía que debía salir de la habitación, pero desde luego que la reina no volteó a verla ni se detuvo.
En realidad, Regina estaba aterrada, pero trataba de disimularlo, quería encontrar al idiota pastor para que le dijera qué demonios estaba pasando y, sobre todo, qué pensaba hacer con ella. Se detuvo un momento recargando una mano sobre una pared mientras llevaba la otra hasta su vientre porque su bebé seguía muy inquieto y el movimiento de pronto le incomodó
- ¿Estás bien? - la vieja lobo la alcanzó e hizo un ademán de quererla ayudar acercándose demasiado a ella
- No me toques - advirtió. No le importaba si David estaba confiando en esa mujer, ella no lo haría bajo ninguna circunstancia.
Se irguió muy dispuesta a seguir su camino, pero se tuvo que detener de pronto porque el hada apareció enfrente de imprevisto
- Majestad - habló con la habitual serenidad que le caracterizaba - Es hora de partir - anunció alzando su varita con la intención de usar magia para cambiarla por las ropas que le fueron enviadas con Granny. Eran mucho más cómodas para el viaje que el vestido que llevaba
- No te atrevas a usar magia sobre mí - le habló con tono de advertencia. No quería la magia de ese ser sobre ella mucho menos sobre su pedacito bello
- Entonces vamos a tu habitación para que te cambies de ropa - sugirió
- No - dijo con firmeza - Quiero saber dónde está David - exigió tratando de controlar la ansiedad y la angustia que la invadía al verse, a su parecer, a completa merced del hada
- El Rey está pasando por un momento complicado y hablará contigo cuando lleguen al Castillo Oscuro - explicó sin entrar en mucho detalle. Sabía lo que David hizo con Regina durante la madrugada y era entendible que él quisiera dar explicaciones personalmente, pero por desfortuna, en ese momento no le era del todo posible.
Estaba demasiado dolido, tratando de asimilar la cruel traición a la que fue sometido por la mujer que se suponía era su amor verdadero. Debía aceptar que, a su parecer, su madre había muerto en vano en realidad porque se sacrificó para que él pudiera ser feliz con Snow y ésta sólo le había traído desgracia
- ¿Qué sucedió? - preguntó apretando las manos en puños tratando de contener las emociones que amenazaban con desbordarse.
Azul inhaló profundo y colocó ambas manos al frente suyo juntándolas
- Lo único que puedo decirte es que Snow dio a luz a un niño muy saludable - respondió, aunque sabía que eso no era lo que Regina quería saber, pero esperaba tuviera el efecto que necesitaba.
La vio llevarse ambas manos al vientre y mirar de un lado a otro seguramente por nerviosismo y angustia.
La reina se estaba debatiendo internamente. Por un lado, estaba la evidente punzada de dolor al confirmar que el hombre del que estaba enamorada acababa de tener un hijo con la mujer que se suponía era su amor verdadero. Por otro lado, no dejaba de pensar en que si todo estaba bien ¿por qué estaba tan dolido y le exigió que le jurara por la memoria de su padre que su pedacito bello era de él?
Y podría dejarse llevar por la esperanza de que ese hijo no fuera en realidad de David, pero no veía cómo Snow pudiera guardarse un secreto así durante todo el embarazo. Además, de ser cierto, al saber que ella estaba embarazada del Rey lo lógico es que hubiera confesado también.
Pero entonces, todas esas posibles explicaciones y lógicas se veían nubladas por el terror que le causaba pensar que, ahora que el bebé había nacido, retomaron su relación y se pusieron de acuerdo para deshacerse de ella por fin.
Entonces por eso le preguntó, porque si su pedacito bello era de él esperarían a que naciera para quitárselo y si no, simplemente la dejarían en...
- ¿Me van a encerrar donde pensaban hacerlo en un principio? - preguntó con ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer. Era lo más lógico porque sin su magia era imposible que representara algún peligro y por ende no podría escapar
- David jamás permitiría algo así - respondió Azul de inmediato. Su intención tampoco era que Regina se llenara de angustia innecesaria. No era bueno ni para ella ni para el bebé
- ¿Por qué habría de creerte a ti? - le preguntó haciendo gala de la desconfianza que le tenía, pero la realidad era que necesitaba que David se lo asegurara de su propia boca
- Porque no tienes motivos para no hacerlo. Sí, hay cosas del pasado que te hacen pensar que las hadas te odiamos, y si bien es cierto nunca te ayudamos, también es cierto que jamás te hemos hecho daño - la vio reír ligeramente mientras negaba con la cabeza y no necesitaba que le dijera nada, Azul sabía bien lo que debía estar pensando y sintiendo al respecto
- Que nunca me hicieron daño - dijo bajito y con un tono de voz que denotaba la ironía que había en esas palabras - Por su culpa yo… - no se permitió a sí misma reprocharle su paso por la oscuridad. No tenía ningún caso alegar con ese tipo de seres mágicos que actuaban a conveniencia en el supuesto nombre de la luz.
Se dio la vuelta con toda la intención de irse de ahí encontrándose con el rostro preocupado de la vieja lobo
- Hay cosas que no es posible cambiar, que están en nuestro destino - le dijo Azul y la vio detenerse, para luego voltear a verla por encima del hombro
- ¿Quieres decir que no importa lo que hiciera, estaba destinada a caer en la oscuridad? - preguntó dolida, no lo podía evitar. Si bien su paso por esa asfixiante falta de luz le había traído muchas satisfacciones también le había lastimado el alma de formas inimaginables. Sobre todo, porque mientras más lo pensaba más se daba cuenta que fue orillada a caer en la oscuridad y convertirse en la Reina Malvada, aunque asumía su responsabilidad en todo eso
- Muy pronto lo entenderás - aseguró el hada mientras se acercaba a ella y se detuvo a escasos pasos de alcanzarla - Pero por el momento debemos seguir adelante - le dijo alzando la varita de nuevo para dejar a la reina ataviada en el hermoso vestido color vino que Granny le llevó a la habitación, zapatillas bajas y la elegante capa negra de bordados dorados.
Los ojos se le llenaron de lágrimas al sentir la magia del hada sobre ella. No sólo estaba herida y dolida por lo de David que encima se negaba a verla, sino que, además, el verse vestida en contra de su voluntad le traía horribles recuerdos de su terrible matrimonio, de cuando la caprichosa de Snow decidía cómo debía vestir y peinarse, y no podía negarse o quejarse, porque si lo hacía terminaba encerrada en su habitación por orden del Rey.
Fue escoltada por el hada suprema hasta el carruaje real que le esperaba al cruzar la puerta del palacio. Una escalinata apareció mágicamente para que subiera sin ayuda de nadie. Tomó aire profundamente y, resignada, subió al carruaje con cuidado por su embarazo.
En cuanto estuvo instalada dentro se asomó por la ventana con la esperanza de ver a David cuando la voz de éste se dejó escuchar dando la orden para partir de inmediato. Entonces lo vio, el Rey vestía sencillo con pantalones y chaleco de cuero café, camisa blanca y botas negras. Estaba montando el mismo caballo en el que la llevó la vez anterior, cuando tuvieron sexo en medio del bosque y concibieron a su pedacito bello.
Se dirigían de nuevo hacia el Castillo Oscuro sólo que esta vez Regina no estaba montado con él e iban acompañados de una cantidad considerable de caballeros blancos. Soltó un suspiró cansino, puso una mano en su redondito vientre y, apoyando la otra en el asiento, se acomodó mejor porque un bebé se volvía a mover con insistencia.
Lo único a lo que se aferraba en ese momento, además de a su bebé, era a la idea de que al fin podría visitar la tumba de su padre. Y también, a la esperanza de que David no se la estuviera llevando de ahí para encerrarla como al Oscuro.
El hechizo que Azul había puesto sobre el Castillo Blanco se rompió tan pronto como Regina lo abandonó y mientras se alejaban por el largo puente, desde una de las ventanas Snow observaba la escena con una extraña mezcla de sentimientos porque no podía exigirle a David que se quedara con ella después de saber que el hijo que acaba de tener no era de él, pero tampoco se sentía conforme con verlo partir con Regina y saber que dentro de dos meses, ella sí estaría dando a luz un hijo de David.
Además, el bosque encantado y reinos existentes pronto se entrarían de todo y no se sentía preparada para ello.
Cerró los ojos mientras apretaba contra su pecho la carta que llegó esa misma mañana. Era de Lancelot, y ahí, estaba escrita la promesa del caballero de reunirse con ella y su recién nacido lo más pronto posible.
El trayecto al Castillo Oscuro fue tranquilo. La caravana fue protegida todo el tiempo por el hada Azul quien los acompañó en su forma diminuta para pasar desapercibida.
No se detuvieron a dar explicaciones, aunque era notoria la extrañeza de quienes llegaron a verlos. Sin embargo, como nunca pudieron ver quién iba en el carruaje, se quedaban con la impresión de que era la Reina Snow quien era trasladada dado que el Rey montaba al frente.
Las puertas del palacio se abrieron para que entraran y en cuando el carruaje se detuvo Regina bajó del mismo sin esperar nada sorprendiendo a todos incluido a David quien se estaba acercando para ayudarla
- Regina, espera - trató de detenerla, pero desde luego que ella no lo hizo.
Con el corazón apretado y negándose a escuchar al Rey, la reina se apresuró por el conocido camino hasta las criptas reales del lugar. Abrió las puertas y casi se derrumba al ver el ataúd de piedra en medio del lugar puesto que, el Príncipe Henry, era el único que descansaba eternamente ahí.
Snow había trasladado a sus padres y todos sus muertos al otro castillo
- Papi - sollozó Regina con la vista nublada por las lágrimas que pronto comenzaron a caer por sus mejillas. Seguía sosteniendo las puertas con manos temblorosas porque a pesar de que sabía que su padre había muerto, era la primera vez que veía con sus propios ojos esa cruel realidad.
Incapaz de contenerse se abalanzó sobre la tumba y comenzó a llorar abiertamente sin importarle nada. Era doloroso aceptarlo muerto porque era también reconocerse prácticamente sola en el mundo. Él fue el único que nunca dejó de verla como Regina a pesar de todos sus errores que también le perdonó y creía que aún había esperanza para ella.
Jamás se olvidaría de la alegría con la que su padre abrazó la noticia de su embarazo y la ilusión con la que hablaba de su pedacito bello. Lloró también reprochándose el haber rechazado el cariño de su padre en sus días de mayor oscuridad.
David la observaba desde la puerta con ojos llenos de lágrimas porque le conmovía y dolía la forma tan desgarradora en la que Regina lloraba. No podía evitar sentirse culpable pues sabía bien que era responsable indirecto de la muerte del príncipe mayor y por ende, era el causante de ese terrible dolor con el que la reina lloraba. En ese momento estaba seguro que daría su vida por ahuyentar todo ese dolor en ella.
Le permitió desahogarse. Era una herida profunda que sabía que Regina debía sanar. Él mismo pasó por ese doloroso proceso cuando perdió a su madre y… resopló un poco puesto que ahora ese recuerdo era acompañado de lo que hizo Snow.
No se movió de su lado, pero tampoco la interrumpió. Quería estar presente, pero al mismo tiempo honrar ese momento importante para Regina.
Sin embargo, el tiempo comenzó a pasar, quizá una hora o más y la reina no parecía querer detenerse ni despegarse de la tumba en la que ahora estaba arrodillada a un lado. El llanto había cesado un poco, pero estaba aferrada con las manos a la piedra en un claro indicio de no querer soltar.
Considero que era suficiente por el momento. En los últimos días Regina no estuvo descansando ni comiendo bien por lo que no creía que seguir llorando de esa forma fuera lo mejor. Afortunadamente ahora vivirían ahí y ella podría visitar la tumba todos los días.
Se acercó y le colocó una mano en el hombro derecho que la reina quitó rechazando su toque. Tomó aire y se arrodilló enseguida de ella
- Vamos a que descanses - susurró con cariño, pero ella negó con la cabeza
- Está muerto - sollozó con dolor - Él creía que mi bebé era la esperanza de un nuevo comienzo para mí - habló algo atragantada por haber estado llorando por largo rato - Y estaba tan ilusionado con mi embarazo - volvió a llorar con fuerza.
Y entonces ocurrió algo que el Rey nunca esperó: Regina se giró hacia él y se echó en sus brazos a llorar en clara búsqueda de consuelo.
Ni siquiera lo pensó, la envolvió amorosamente entre sus brazos y la aferró contra él mientras le dejaba pequeños besos en la cabeza al tiempo que le acariciaba con delicadeza la espalda.
Cerró los ojos y derramó un par de lágrimas él también puesto que era imposible ser indiferente al dolor de Regina, pero también eran lágrimas de agradecimiento porque después de todo lo ocurrido en las últimas horas nada le hacía más feliz que tener a la reina y al hijo que gestaba entre sus brazos y pensar que el Príncipe Henry tenía razón, que ese era en verdad un nuevo comienzo.
