Muchas gracias a todos por leer, por el apoyo, las estrellitas, kudos y likes. Y un millón de gracias a quienes dejan comentarios/reviews porque de verdad que me hacen el día jaja. Me encanta leerlos y saber qué opinan de la historia.
Va a sonar muy repetitivo, pero por favor, síganse cuidando mucho que ya vamos sobre la tercera ola de la pandemia. No bajemos la guardia y sigamos salvando al mundo cumpliendo con la parte que nos toca 😊
Y bueno, aquí les dejo el nuevo capítulo que espero les guste, que lo disfruten y que puedan perdonar cualquier error.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó Regina cuando por fin se calmó un poco y pudo hablar. Le aterraba pensar siquiera en la respuesta, pero necesitaba saber.
De un momento a otro la reina se tensó terriblemente entre los brazos de David y ahora apretaba con fuerza su chaleco de cuero entre los finos dedos. Como si se estuviera aferrando desesperadamente a él y se preguntó en qué era lo que estaba pensando para preguntarle algo así.
—Nos quedaremos a vivir aquí —respondió esperando con ello ahuyentar todos los miedos que pudiera tener.
Regina empezó a llorar otra vez en cuanto lo escuchó y se acurrucó más contra el cálido pecho. Esas palabras trajeron una extraña calma a su corazón y por eso mismo lloraba, porque fue mucha la angustia y la tensión que estuvo conteniendo durante todo el día al pensar en la posibilidad de que quisiera deshacerse de ella y quitarle al bebé.
Y resultaba que no sólo no lo haría, sino que además se quedaría en el Castillo Oscuro a su lado y eso la hacía muy, muy feliz.
David supo casi de inmediato el momento exacto en que Regina se quedó dormida. Fue justo después de un largo suspiro y entonces empezó a respirar apaciblemente contra su pecho donde se había acomodado. Volteó a verla y la simple imagen le hizo suspirar, y muy despacio colocó una de sus manos sobre el vientre de la reina para acariciar, casi imperceptiblemente pensando en ese bebé que sí era suyo.
Él era el padre del niño que la reina engendraba y nadie más.
Con nada más en la mente que la decisión de proteger tanto a Regina como al bebé, metió la mano por debajo del tibio cuerpo contra el suyo y se puso de pie alzándola en brazos. Vio que la reina abrió los ojos y le pareció desorientada por un segundo, pero luego le miró brevemente con hermosos ojos enrojecidos y tristes, y acto seguido le abrazó del cuello escondiendo el bello rostro en su pecho cerca del hombro izquierdo.
Salió de la cripta y por un momento se preocupó de no saber a dónde llevarla pues no conocía ese castillo, pero una doncella vestida de rosa que se presentó como Nova le empezó a guiar.
Que diferencia al día anterior donde también se atrevió a levantarla en brazos y ella protestó mostrándose orgullosa como siempre, hasta logró hacerla sonrojar y terminaron sobre la cama de Regina, besándose como si nada en el mundo importara más que ellos. Y ahora la llevaba de nuevo, pero la reina estaba triste por lo de su padre y porque estúpidamente él la había tratado mal durante la madrugada, después de que Snow le diera la desagradable noticia.
Dios, en verdad era un perfecto idiota…
—Al final del corredor está la habitación —susurró la amable mujer que sonreía algo efusiva.
—Gracias —dijo muy, muy bajito porque no quería perturbar a Regina de ninguna forma.
Empezó a recorrer el pasillo exageradamente largo que le llevó hasta la habitación que era muy amplia con un balcón enorme que recordaba a la perfección. La cama estaba tendida, pero preparada para acostar al ocupante. David caminó hasta ahí y dejó con cuidado a Regina que seguía sin hablar por lo que no podía decir si seguía dormida o no. Una respuesta que supo cuando ella se giró dándole la espalda.
—Trata de descansar —le dijo mientras tomaba la sábana para cubrirla hasta la cintura y como Regina no dijo nada más decidió irse a sentar al sillón cleopatra que había en la habitación.
La observó por largo rato sabiendo bien que Regina estaba durmiendo profundamente y no era para menos después de haber llorado como lloró, debía estar muy agotada.
El problema fue que, mientras más pasaba el tiempo en completo silencio más le afloraban todos esos sentimientos con los que estaba cargando. Sabía que le debía una disculpa a Regina por lo de la madrugada, cuando fue a su habitación y también se sentía culpable por el dolor que la reina estaba pasando por la muerte del Príncipe Henry de la cual se sentía de alguna forma responsable.
Además, el dolor, la rabia y la ira por lo de Snow seguían ahí amenazando con consumirlo. No estaba seguro de poderlo manejar. No quería odiarla ni repudiarla, pero lo que hizo fue particularmente cruel. Haberle engañado la noche de bodas justo cuando su madre murió y él le lloraba, hacerle creer que tendrían un hijo cuando sabía bien que no. Y haberle tratado en la forma que lo hizo durante todos esos meses.
Cuando menos lo pensó estaba apretando las manos en puños con excesiva fuerza al grado de hacerse un poco de daño con sus propias uñas y decidió que lo mejor era salir a buscar aire fresco. De ser posible un lugar donde pudiera gritar para desahogarse.
La reina despertó muchas horas más tarde y lo primero que hizo fue buscar por toda la habitación a David, pero no lo encontró. Decidió entonces bajar de la cama e irle a buscar. Mientras comenzaba a caminar se dio cuenta que ya no llevaba la capa puesta y pensó en que el Rey se la había quitado. De igual forma era algo sin importancia.
Aunque claro, Regina ignoraba que fue Azul quien se la quitó mientras dormía. Lo hizo para también poner un hechizo en ella que le permitiría descansar como era debido.
No se imaginaba dónde podría estar David. El palacio tenía bastantes habitaciones y le parecía lo más lógico que estuviera en una ya descansando porque era de noche. En su trayecto encontró varios rostros conocidos de antiguas doncellas que le asistieron durante su reinado.
—Majestad —una de ellas apareció de pronto haciéndola dar un saltito involuntario por la sorpresa e hizo una debida reverencia para ella —¿Puedo servirle en algo? —preguntó servicial y respetuosa.
—¿Dónde está David? —preguntó exigente y es que no iba a permitir que se siguiera negando a verla y a explicarle qué demonios había pasado que hizo que decidiera que se fueran a ese castillo a vivir.
Dijo que vivirían ahí, los dos…
—Está en el salón de reuniones —respondió la mujer de tan buena manera que extrañó a Regina quien decidió tampoco prestarle atención a eso e ir en búsqueda del pastor.
David bebió otro poco del licor que encontró en ese salón donde no había más que un par de sillones, la mayoría individuales, una pequeñísima mesa y un montón de alcohol que sin pensar comenzó a beber.
Tomó lo más fuerte que encontró y desde el primer trago le encantó la sensación que le proporcionó por lo que de inmediato siguió. Quizá era algo poco propio de él, pero sí, buscaba ahogar las penas o al menos olvidarse por un momento de todo lo que estaba ocurriendo.
No se encontraba alcoholizado como tal, pero sí tenía los sentidos un tanto alterados ya y eso mitigaba de alguna forma el dolor que sentía.
Vio la puerta abrirse y la cautivadora imagen de la reina embarazada entrando al lugar. Sonrió de medio lado dejando el vaso sobre la pequeña mesa.
—Siempre he pensado que eres demasiado bella para ser real —caminó hasta ella que le miraba entre confundida y ¿preocupada?
—¿Qué has estado bebiendo? —preguntó preocupada mientras le miraba el rostro. Se veía cansado, dolido, como derrotado y con rastros de haber llorado.
De pronto el Rey se dejó caer de rodillas frente a ella tomándola por sorpresa, pero no se movió de su lugar y vio que él llevaba ambas manos hasta su vientre.
—Pedacito bello —dejó un largo beso en la bella pancita donde sabía bien que estaba su hijo. Su único y verdadero hijo. Alzó la mirada llena de lágrimas para verla a los ojos —Perdón por haberte pedido que me juraras por la memoria de tu padre que es mío —tragó pesado luchando contra el nudo en la garganta que se le había formado y que amenazaba con no dejarle hablar —Sé que lo es. No dudo de ti —le dijo totalmente arrepentido y sintió las lágrimas comenzar a correr por su rostro.
Una delicada mano se posó en una de sus mejillas y limpió esa lágrima.
—Dime qué fue lo que pasó —pidió sin ser exigente, podía ver que David estaba sufriendo.
—Primero dime que me perdonas —le pidió negándose a responder porque para él era más importante tener el perdón de Regina que lo demás —Por favor, te suplico que me perdones —rogó derramando más lágrimas.
—Sí, te perdono —concedió y entonces él le tomó de una mano llevándola hasta sus labios para besarla.
Soltó un largo suspiro y se negó a soltar la mano de la reina. Volvió a colocarla en su mejilla y cerró los ojos disfrutando del reconfortante contacto.
—David —le llamó al ver que no parecía estar dispuesto a hablar y eso comenzaba a frustrarla. Ya había sido demasiado.
—El hijo de Snow no es mío —confesó por fin. Abrió los ojos y alzó la mirada. Al verla abrir los ojos grandes por la sorpresa, se puso de pie.
—¿Cómo? —preguntó boquiabierta. Lo llegó a pensar, pero nunca imaginó que de verdad esa fuera la razón que motivó a David a hacer lo que hizo y ahora todo tenía sentido, entendía por qué se quedarían en ese castillo.
—Se acostó con otro en nuestra noche de bodas —se dio la vuelta apresurándose por su vaso para beber de golpe otro trago. Apretó los ojos al sentirlo quemar su garganta —Tuvo sexo con el caballero Lancelot, quien oficio nuestra boda clandestina —prosiguió a servirse más licor —Mientras yo le lloraba a mi madre —dejó la botella sin delicadeza sobre la mesa —Mi madre sacrificó su vida para que Snow pudiera concebir y yo pudiera tener un final feliz. Y ella —bebió de nuevo y se volvió hacia Regina —Ella fue directito a follar con otro y vaya que pudo concebir —se rió con amargura mientras se acababa el trago que se sirvió.
Regina trataba de asimilar lo que David decía y no lo podía creer. En primera desconocía que la ex princesa tuviera problemas para concebir, y encima jamás pensó que fuera capaz de algo tan cruel y poco bondadoso. Él estuvo llorando a su madre que se sacrificó para que ellos pudieran ser felices y ella se embarazó esa misma noche de alguien más.
—Me estuvo engañando durante todo el embarazo haciéndome creer que tendríamos un hijo cuando sabía bien que existía la gran posibilidad de que no fuera mío —se volvió a servir y esta vez no fue capaz de coordinar bien por lo que terminó mojando su mano y la mesa —Me estuvo reclamando el haberme acostado contigo y que estuvieras embarazada. Me culpó hasta el cansancio por haber destruido nuestro final feliz y exigía que me esforzara —bebió de golpe y soltó un quejido por lo fuerte del licor —Que me esforzara por enmendar mi error —soltó una pequeña risa —Me lo merezco, lo sé. Yo también le fui infiel y le mentí —reconoció mientras fijaba su oscurecida mirada en el bello rostro de la reina.
Eran muy pocas las veces en las que Regina se quedaba sin saber qué decir y esa era una de ellas. No sabía qué decirle y eso la hacía sentir conflictuada porque sentía que debía decir algo. De pronto, él comenzó a acercarse a ella tan decidido e imponente que por un segundo sintió la necesidad de retroceder un paso, pero se mantuvo firme.
Se detuvo cuando estuvo a un paso de estar pegado a Regina. No se limitó de admirarla, de deleitarse con las bellas facciones y los preciosos ojos que le tenían totalmente enganchado. Los perfectos y apetitosos labios que la noche anterior tuvo la fortuna de volver a besar con pasión.
—Lo siento —fue lo que atinó a decirle. Lo vio bajar la mirada hacia su vientre y después alzarla de nueva cuenta para mirarla a los ojos.
—No me vayas a alejar de nuestro bebé, por favor —pidió suplicante y con un nudo en la garganta.
—Eres el padre. No lo alejaré de ti —dijo Regina entendiendo ahora la necesidad del Rey de escuchar que el bebé que gestaba era de él, que sí tendría un hijo.
—Es que no entiendes —dijo desesperado y los ojos se le llenaron de lágrimas de nuevo ante el pensamiento de que la reina decidiera un día mandarlo lejos —El bebé es tuyo. Eres tú la que lo lleva en el vientre y…—.
—Y también tuyo —habló con firmeza, no dejándole continuar —Yo lo llevo en el vientre, pero es tan hijo tuyo como mío —tomó una de las manos de David y la colocó sobre su vientre dejando la suya por encima de la de él mientras se seguían mirando a los ojos.
No podía creer lo caprichoso que era el destino, que después de todo lo sucedido Regina era lo único real que tenía ahora, lo único tangible. Ella y su pedacito bello eran todo lo que tenía en el mundo.
—Ven —dijo la reina al verlo tambalearse un poco. Se asomó por un lado de la figura del Rey divisando el sillón más cercano. Le puso las manos entre las costillas y el estómago —Necesitas sentarte —dijo porque podía notar que David no aguantaría mucho más tiempo de pie. Le empujó un poco para hacerle saber que debía retroceder.
Así lo hizo, no sin antes tomarla de ambas manos con las suyas y mientras se movían, recordaba todas esas veces en las que han estado en esa situación donde Regina siempre terminaba sobre su regazo gritando de placer al alcanzar el orgasmo y, aunque estaba alcoholizado, sabía bien que esa no sería una ocasión así. Además, estaba algo afectado por el exceso de licor consumido.
Cayó prácticamente sentado en el sillón, pero no le soltó las manos. Alzó la cabeza para mirarla desde su posición.
—Perdón por haber bebido —dijo comenzando a sentirse avergonzado porque ese no era él. No solía beber, mucho menos al grado de quedar alcoholizado.
—Todo está bien —Regina trató de restarle importancia a ese hecho. Entendía que el dolor que sentía le hizo recurrir a esa tonta salida.
—No es verdad —negó con la cabeza —Lo sé bien. Seguramente tú también estás decepcionada de mí por todo lo que he hecho —se lamentó con renovadas lágrimas a punto de derramar.
—No David. No es así —le aclaró, pero él parecía empeñado en no creerle pues volvió a negar.
—Te prometo que seré mejor —dijo llevando ambas manos de la reina hasta su boca para besarlas largamente y con fervor mientras cerraba los ojos. Después, bajó las manos de ambos y se inclinó para besar el abultado vientre de la reina —Te prometo que seré un buen padre, pedacito bello —volvió a pegar sus labios y dejó un par de besos amorosos y tiernos.
Regina se quedó sorprendida y a la vez maravillada al escucharlo. Era imposible no conmoverse con las promesas que estaba haciendo a pesar del estado en el que se encontraba. Lo vio de pronto moverse para recargarse en el sillón con los ojos cerrados y soltando una de las manos, pero aferrando la otra y así, se quedó profundamente dormido a los pocos segundos.
La reina no pudo evitar sonreír divertida, negando un poquito con la cabeza. Después se detuvo un momento para verlo dormir, permitirse admirar lo apuesto que era a pesar de que se veía cansado y con rastros de lágrimas en el rostro. Llevó su mano libre hasta los rubios cabellos por los que pasó sus finos dedos un par de veces haciendo suspirar al Rey entre sueños que esperaba no fueran tormentosos.
En ese momento ya no sabía si era algo bueno estar enamorada de David, pero sí sabía que era imposible arrancarse esos sentimientos que tenía por él. Era distinto, lo sentía, pero se asemejaba mucho a lo que llegó a sentir por Daniel. Era profundo y hermoso, aunque al mismo tiempo doloroso porque, sin importar las mentiras e infidelidades de uno y del otro, David seguía siendo el amor verdadero de Snow White y eso, nadie lo podía cambiar.
Dio un largo suspiro nostálgico y, cuando se disponía a inclinarse para dejarle un beso en la frente y retirarse, el hada Azul entró por la puerta. Soltó la mano de David con cuidado de no dejarla caer simplemente pues no quería despertarlo.
—Majestad —hizo una pequeña reverencia que la reina ni siquiera vio porque estaba de espaldas a ella —¿Todo bien? —preguntó acercándose, pero procurando mantener la distancia con Regina quien le clavó la mirada en cuando estuvo dentro de su campo de visión.
—¿Tú sabías lo de Snow? —preguntó estrechando los ojos con desconfianza.
Azul juntó sus manos por el frente de su cuerpo e inhaló profundo mientras alzaba la cabeza un poco para volverla a bajar.
—Sabía que existía la posibilidad, más no estaba segura —confesó imperturbable, como siempre.
—¿Por qué no dijiste nada? —preguntó con reproche pues le enojaba pensar que el hada estuvo moviendo hilos a su antojo y además le enojaba el daño que eso le causó a David.
—Porque no me correspondía —respondió con calma y se abstuvo de decirle que, en su momento, tampoco le dijo a Snow que David posiblemente le había sido infiel con ella. No podía decírselo, aun no. Era demasiado pronto y faltaba muy poco para poderlo hacer —No estoy confabulado en contra de ti ni de nadie —aclaró Azul.
—No te creo nada —dijo Regina apretando un poco los dientes. Le era imposible confiar en las hadas después de todo lo que le había sucedido con ellas, o más bien, con todo lo que no sucedió.
—Lo sé bien y, aunque no lo creas, lamento que sea así —alzó su varita invocando magia con dirección al Rey.
—¿Qué demonios piensas hacer? —preguntó interponiéndose en el camino entre Azul y David.
—Enviarlo a la cama de una habitación para que descanse decentemente —explicó amable pues sabía bien que Regina estaría interesada en que el Rey estuviera cómodo y no en ese sillón donde había quedado como mejor pudo. Con seguridad amanecería con dolor de espalda y cuello.
La reina lo meditó un poco. Le dolía en el orgullo admitirlo, pero sabía bien que el hada Azul no le haría daño a David.
—Está bien —accedió porque no podía dejarlo así, todo incómodo y ella, sin magia, no podía hacer nada al respecto. No era justo que él terminara afectado por culpa de su orgullo.
Dio un suspiro cansino sin dejar de mirar con advertencia a Azul y se dio la media vuelta caminando hacia la salida con dirección a su habitación dejando que el hada se hiciera cargo de David lo mejor que le fuera posible.
Mientras recorría con calma los pasillos de su Castillo pensaba en lo feliz que le hacía estar de regreso en ese lugar. El sitio donde decidió poner fin a toda su venganza después de enterarse y aceptar que estaba embarazada.
Llevó ambas manos a su vientre para acariciarlo. Un pedacito bello que le ilusionaba como nada en la vida conocer. Luego de tantas desgracias, de tanto odio y rencores, nunca imaginó que llegaría a existir una razón para dejar todo eso atrás y empezar de nuevo. Y ahora, ahí estaba, creciendo día con día en su vientre.
De pronto pensó en que su bebé también era el motivo por el cual renunció a su magia y no entendía cómo es que había logrado sobrevivir tanto tiempo sin ella. Cómo le gustaría recuperarla. No porque quisiera seguir usándola para vengarse o causar el mal, sino porque de esa forma podría mantener seguro a su bebé y defenderlo si era necesario. Además facilitaba mucho las cosas.
Entró por el largo corredor que la llevaba hasta su habitación mientras pensaba ahora en qué iba a pasar con ella y con David. Estaba claro que él dejó a Snow y que se quedaría a vivir en el Castillo. Regina sabía bien que estaba enamorada del Rey, pero desconocía de los sentimientos de él hacia ella.
Si era honesta veía prácticamente imposible que llegaran a algo más. Fueron años los que ella tardó en volverse a enamorar después de perder trágicamente a su amor verdadero, y David, él lo acaba de perder, pero de una forma muy distinta pues Snow seguía viva.
¿No se suponía que los amores verdaderos eran para siempre?
Se quedó pasmada y boquiabierta en cuanto estuvo frente a su cama porque ahí, en uno de los lados, debidamente acostado y cubierto por las colchas, estaba David profundamente dormido.
—Polilla del demonio —murmuró por entre dientes.
No sabía qué hacer. No saldría a buscar al hada para ponerla en su lugar, pero tampoco lo iba a despertar para pedirle que se fuera de su habitación y ella no podía moverlo. Soltó un suspiro pensando en que no le haría daño dormir con el Rey en la misma cama.
Así que, se dirigió al cuarto de baño, se quitó el vestido y tomó un baño. Luego se puso un fino camisón de color negro para dormir, que obviamente era obra del hada porque ni en broma entraba ahora con es pancita en su ropa habitual, y se acomodó en su lado de la cama en espera de quedarse dormida lo más pronto posible porque no quería pensar en nada.
Tan pronto como el sol salió al día siguiente, los aliados del Reino Blanco estuvieron reunidos en la sala de la mesa redonda tal cual Snow lo solicitó.
En esos escasos días todos se habían arrepentido de muchas cosas. La principal era el haber puesto confianza ciega en la ex princesa y haberse volcado en contra del Rey. Sin excepción, estaban decepcionados de la mujer por la que lucharon a muerte para recuperar el reino del cual sabían bien no se quería hacer responsable.
Eran demasiadas cosas de las que se estaban dando cuenta y que les hacía ver que Snow no era en realidad como la pensaban.
—Gracias por venir —sintió las miradas pesadas de todos en cuanto entró. Caminó lo más digna que le fue posible y se sentó en su lugar en la misma mesa que ellos sintiendo los nervios recorrerle el cuerpo entero.
—Ya sabemos que el bebito no es de David. Así que mejor dinos qué fue lo que sucedió —exigió la vieja lobo con dureza y vio a la ex princesa agachar la cabeza con vergüenza.
—Me acosté con el caballero que ofició nuestra boda clandestina —confesó y escuchó las exclamaciones de sorpresa.
—¿Tuviste sexo con otro hombre después de casada con David? —preguntó la joven lobo, totalmente incrédula y la otra asintió mordiéndose el labio inferior.
—Ustedes saben lo que me hizo George, la maldición y el sacrificio de Ruth —comenzó a decir, tratando de buscar la forma correcta de soltar la información que haría que en verdad se decepcionaran de ella —Fue esa misma noche —retorció las manos sobre su regazo —La de la boda —aclaró.
—¿Qué? —preguntó uno de los enanos volteando confundido a ver a los demás para saber si entendió bien.
—David estaba muy mal por lo de su madre y yo… —tomó aire profundamente —Yo no podía evitar sentirme feliz porque sí podría tener hijos y Lancelot estuvo ahí para mí. Bebimos, nos besamos y sucedió lo demás —terminó su confesión mirando a sus amigos.
—¿Engañaste a David el día de su boda porque él estaba llorando a su madre que murió para que pudieras darle hijos a él? —preguntó el enano Gruñón —¡Hermana qué demonios te pasó por la cabeza! —alzó las manos energético, pero mirando a Snow con una mezcla de decepción y reclamo.
—¡No lo sé! —respondió de la misma forma con lágrimas ya corriendo por sus mejillas.
—Snow… —Ruby se sentía incapaz de asimilar lo que su amiga estaba diciendo, pero necesitaba respuestas —Pero tú dijiste que… estaba verdaderamente confundida —¿Cómo fue que pensabas que el niño podía ser de David? —preguntó algo agresiva.
—El día de la boda David y yo estuvimos juntos por la madrugada, por la noche estuve con Lancelot, así que no podía estar del todo segura —se pasó una mano por la frente comenzando a sentirte un tanto liviana porque, aunque fuera algo terrible, era liberador hacer esa confesión a todos.
—Pero debiste decirlo —reprochó Ruby —¿Cómo es que pudiste quedarte callada aun después de saber lo de David con Regina? —preguntó poniéndose de pie de golpe y Snow la miró con ojos grandes, sorprendidos quizá hasta temerosos —No dijiste nada y permitiste que juzgáramos a David cuando tú habías hecho lo mismo y ¡hasta peor! —arremetió la joven lobo con enojo.
—¡Lo que me hizo David no tiene nombre! —se puso de pie también, provocada por la insinuación de Ruby de que lo suyo estaba más mal visto que la traición a la que ella fue sometida —¡Se revolcó con mi enemiga mortal y la embarazó! —las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—¿Qué pensabas cuando te decía que David debía ir a la horca por su traición? ¿Eh? —Ruby le miró desafiante —Pensabas que tú debías ir primero, ¿cierto? —preguntó astuta recordando que todas las veces que llegó a mencionarlo Snow se escandalizaba en demasía.
—¿Por qué callaste durante todo este tiempo? —preguntó Doc.
—¡Porque me sentía culpable! —sollozó —Vivía con el temor de haberlo arruinado todo, de ser la causante de destruir mi propio final feliz y fue mucho más fácil culparlo a él —se soltó a llorar ante la confesión.
—Y a Regina —completó la vieja lobo con astucia —Querías condenarla y quitarle a su hijo aun sabiendo el secreto que guardabas — reprochó.
—No, Regina es la malvada —les recordó —Y ella… —.
—La orillaste a renunciar a su magia demostrando con ello lo mucho que ama a ese bebé —empezó a decir Granny.
—La usaste para vivir un embarazo tranquilo mientras que ella, también embarazada y sin posibilidades de irse de aquí, se dedicó a salvar tu trasero, el de todos nosotros y el de todo el reino —siguió el enano gruñón.
—Y permitiste que repudiáramos a David por haberte hecho daño —dijo Pepito Grillo con tristeza —Lo culpaste y le reprochaste por lo mismo que tú habías hecho. Además le exigías que se esmerara en enmendar su error cuando tú…. —se sintió incapaz de seguir hablando.
—Te desconozco por completo, Snow —dijo Ruby con lágrimas de coraje y tristeza agolpadas en los ojos —Mentiste, manipulaste y fuiste una hipócrita con el único fin de salvar tu final feliz sin importarte lo que estábamos arriesgando los demás —limpió la lágrima que cayó de uno de sus ojos.
—Eso es muy bajo, hermana —dijo Gruñón —Nosotros pensábamos que nuestro final feliz estaba junto al tuyo —le recriminó.
—Eres una egoísta y ahora me doy cuenta que lo has sido desde siempre, solo que nos negábamos a verlo —la joven lobo habló con los dientes apretados por el coraje que ahora sentía.
—Tampoco es así. Nunca fue mi intención que todo esto pasara —dijo algo ofendida por las acusaciones, porque de verdad pensó que el bebé era de David y entonces no había razón alguna para estar en la posición que se encontraba ahora. Pero no, su hijo no era del Rey. Parpadeó un par de veces y se relamió los labios antes de volver a hablar —De verdad lo siento —sollozó secando sus lágrimas con un pañuelo —Entenderé si ya no quieren seguir aquí conmigo, pero siéntanse libres de quedarse en el Castillo si no tienen más a donde ir —ofreció de buena voluntad pues sabía bien que para algunos no sería tan fácil regresar a la vida que tenían antes de unirse a ella.
—Yo, lo siento, pero no puedo quedarme aquí —dijo Ruby y entonces se apresuró a la salida del salón pues no quería seguir escuchando nada más que Snow White tuviera qué decir. Granny se levantó mirando acusadoramente a la ex princesa y se fue tras su nieta.
—Nosotros tampoco —dijo Doc poniéndose de pie y sus hermanos le siguieron sin decir más.
Detrás de ellos, se fueron los restantes, dejando a Snow sola y atrás, como tantas veces ella y su padre dejaron a Regina. Se quedó ahí, sintiéndose incapaz de moverse, totalmente avergonzada, culpable y dolida por las palabras y la reacción de los ahora ex aliados que se suponía eran sus amigos.
—Majestad —Johanna la sacó de sus pensamientos —El caballero Lancelot ha llegado —anunció con voz neutral.
Snow asintió tomando aire profundamente. Tal vez no todo estaba perdido para ella.
David fue el primero en despertar. Lo hizo un tanto desorientado por el ligero dolor de cabeza que le dificultaba abrir los ojos. Luchó consigo mismo por hacerlo y cuando lo consiguió, se llevó una verdadera sorpresa.
Estaba en la cama de Regina, con Regina durmiendo a su lado. Alzó las mantas para corroborar que tenía los pantalones puestos. Bueno, al menos sabía que no fue un perfecto idiota la noche anterior en ese aspecto.
Sí recordaba lo que había dicho y hecho. Se fue a beber, llegó la reina, le pidió perdón, le contó por fin lo que en verdad sucedía, prometió ser mejor y un buen padre para el bebé que tendrían y era todo. No recordaba nada más, así que no tenía ni la más mínima idea de cómo fue que llegó hasta esa cama.
Con todo el cuidado del mundo se levantó pues no quería despertarla. Se veía tan linda durmiendo, tranquila y plácidamente por lo que podía ver, y no pudo evitar soltar un suspiro totalmente perdido en esa bella imagen. Pero de pronto, cayó en cuenta que se sentía sucio, así que decidió que lo mejor sería tomar un baño y justo en ese momento, aparecieron ropas limpias para él en la orilla de la cama.
Ahora podía darse una idea de cómo llegó hasta ahí.
Tomó la ropa y se fue con dirección al baño de esa amplia habitación pensando en que debería hablar con Azul. Se desnudó y se metió a la bañera que tenía el agua lista para que la usara. Tal vez Regina no supo que durmieron juntos, o quizá fue ella quien le pidió al hada que lo llevara, algo que descartó inmediatamente porque la reina no era fanática de Azul en lo más mínimo.
Se quedó a gusto disfrutando del agua hasta que su piel comenzó a arrugarse por lo que prefirió salir. Cuando lo hizo, se secó el escultural cuerpo y procedió a ponerse la ropa notando que la que se quitó ya no estaba. Bendita magia, pensó.
Regresó a la habitación encontrándose con que Regina seguía dormida, aunque ahora estaba más al centro de la cama. Como si entre sueños hubiera sido consciente que la tenía a su disposición y se adueñó por completo. Aunque claro, la cama era de ella.
Algo contrariado se fue a sentar otra vez al sillón cleopatra como el día anterior cuando llevó a Regina a descansar. La única diferencia es que se sentía mejor y más en control hasta cierto punto porque la culpa seguía instalada en su corazón. Le remordía la conciencia el sufrimiento de Regina por la muerte del Príncipe Henry y saber que él era responsable.
No tenía duda de que quería mucho a la reina y estaba dispuesto a defenderla, protegerla y cuidarla de quien fuera, dando su vida si era necesario, y el hecho de saberse culpable por la muerte del padre de Regina le hacía pensar que era imposible que entre ellos pudiera haber algo más, sin mencionar que era la ex pareja de su mortal enemiga. Además, ¿a quién quería engañar? Desgraciadamente él y Snow eran amores verdaderos y era algo que nadie podía cambiar.
¿Qué clase de amor podía ofrecerle a Regina así? Si en los escasos meses que llevaba conviviendo con ella se convenció que se merecía ser feliz y no estaba seguro de ser el hombre con el que la reina pudiera compartir una vida para alcanzar esa felicidad.
¿Sería posible tener más de un amor verdadero en la vida?
Él se sentía totalmente perdido después de lo que sucedió. Tenía odio, rencor, ira, inseguridad y decepción en el corazón, y Regina, ella era a lo que quería aferrarse desesperadamente para no perderse por completo en esos sentimientos, pero también sabía que eso no era lo que la reina merecía.
Tenía miedo de llegar a obsesionarse con Regina por el simple hecho de que esperaba un hijo suyo ahora que, por culpa de Snow, sentía haber perdido uno. Era una extraña sensación de vacío que no podía explicar.
Una inhalación y exhalación profundas lo trajeron a la realidad. La reina se estaba estirando entre las sábanas mientras despertaba, así que David se enderezó en su lugar esperando a que le viera.
Regina abrió los ojos con lentitud pues se negaba a despertar sabiendo que la razón de que no siguiera dormida era su pedacito bello que en ese momento pateaba estratégicamente de tal forma que le daban unas ganas tremendas de ir a orinar.
—Buenos días —la varonil voz la hizo quedarse congelada en su sitio recordando que David había dormido con ella.
Se alzó apoyándose en sus manos viendo que la observaba desde el sillón cleopatra. Sosteniéndose en una mano usó la otra para destaparse.
—Buenos días —respondió mientras se bajaba de la cama. No pudo evitar estirar un poco la espalda baja soltando un pequeño quejido.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado al verla arquear la espalda un poco y escucharla.
—Tu hijo me está pateando y debo ir al baño —se quejó caminando despacio hacia el cuarto de baño.
Los ojos de David se iluminaron ante la mención del bebé pateando y de que Regina dijera "tu hijo". No podía explicar lo hermoso que era, lo ilusionado que le hacía sentir saber que ese bebé era suyo. Y, estaba mal, lo sabía bien, pero estaba seguro que no soportaría que algún otro hombre volviera a estar con ella. Quería ser él, aunque eso sonara egoísta.
Regina regresó ya completamente despierta con ambas manos en su vientre que acariciaba con amor y ternura. Se veía hermosa recién levantada, con el cabello algo alborotado y ese camisón negro de dormir que le enmarcaba muy bien la bella pancita y también los senos.
—¿Cómo dormiste? —preguntó David poniéndose de pie para acercarse a ella que levantó la mirada al sentirlo.
—Bien —respondió sonriendo ligeramente —¿Y tú? —preguntó mirándolo a los ojos.
—También —suspiró ante la pequeña, pero bella sonrisa de Regina que le hizo sonreír por igual.
La reina se quedó mirando los bellos ojos azul profundo de David, preguntándose si era así cómo se sentía despertar al lado del hombre del que se está enamorada. Era mucho más hermoso de lo que llegó a imaginar, pero al mismo tiempo era angustiante pues dudaba mucho que fuera correspondida.
—Siento mucho haber sido un perfecto imbécil en los últimos días —se empezó a disculpar de nuevo. Sentía la necesidad de hacerlo estando sobrio.
—Ya hablamos de eso —le recordó frunciendo ligeramente el ceño.
—Pero estaba alcoholizado. Y sé que no me disculpé por haberte encerrado en la habitación —puntualizó. La vio desviar la mirada y tensar la mandíbula —Lo siento mucho en verdad. Estaba demasiado dolido, no podía pensar con claridad. Me sentía inseguro y equivocadamente necesitaba aferrarme al hecho de que tú si vas a tener un hijo mío —respiró entrecortadamente por la boca y cerró los ojos —Me aterraba que fueras a desaparecer —confesó en un susurro sintiéndose avergonzado por su comportamiento.
Las palabras de David no fallaron en conmoverla. Sí fue algo cruel lo que hizo dado su pasado, pero él no lo sabía y no era su obligación tenerlo en cuenta si ella no se lo decía. Y ahora que sabía bien todo entendía el porqué de esas impulsivas acciones.
—Ya no importa —le dijo tratando de que el tema quedara en el olvido. No quería poner más peso sobre los hombros de David pues ya tenía suficiente.
—Sí importa. Importa porque, aunque no me lo digas, sé que te lastime y eso es lo último que quiero —se relamió los labios con nerviosismo —Perdóname, por favor —le pidió suplicante —Te prometo por nuestro hijo que nunca más volverá a suceder —los bellos ojos se posaron en los suyos en ese momento y lo que vio en ellos logró conmover su corazón.
Nunca antes alguien se había disculpado tan sinceramente con ella o si quiera disculpado. Nadie se había preocupado tanto por sus sentimientos y su enamorado corazón creía en cada una de las palabras de David sin dudas ni temores. Le creía con una fuerte convicción.
Regina sonrió apenas y asintió. El Rey llevó una de sus grandes manos hasta la tersa mejilla izquierda y se inclinó para besarle la derecha.
—Gracias —susurró David con sincero agradecimiento.
Se separó de ella y la reina se acomodó un mechón de cabello tras la oreja después de ese pequeño momento donde sintió que su corazón latía con demasiada fuerza. Entonces vio al Rey bajar la mirada para verle el vientre como ya era común en él.
—Puedes tocar —le dijo y de inmediato la mano de David se posó sobre su pancita. Se mordió brevemente el labio inferior —Y puedes hacerlo cuando gustes —él alzó la mirada, se vieron a los ojos y casi al instante una sonrisa deslumbrante se dibujó en el rostro de ambos porque el bebé se movió energético, como si quisiera hacerles saber que eso le hacía feliz, aunque fuera una tontería.
—Buenos días, pedacito bello —David se hizo un poco hacia atrás y se inclinó para besar el abultado vientre de la reina —Te amo con todo el corazón —le dijo a su hijo y entonces, sintió una delicada mano acariciando su cabello con dulzura.
Se alzó algo sorprendido para mirarla a los ojos y ella, le tomó de la nuca, le jaló hacia abajo para besarlo con intensidad y fue incapaz de quedarse inmóvil. La envolvió entre sus brazos y correspondió al beso metiendo su lengua en la dulce boca de la reina quien abrió la suya permitiéndole el paso.
Era indescriptiblemente bello lo que sentía en ese momento, que después de haberse sentido devastado, traicionado y como un imbécil estuviera ahora así, con la reina entre sus brazos, besándole como si en verdad se mereciera ser amado por ella cuando no era así.
Terminaron el beso por la falta de aire. Las manos de Regina se movieron para tomar la camisa blanca de lino delgado que llevaba y él dócilmente dejó que se la quitara mientras se debatía internamente entre detenerla o no. Es que sentía que si la tenía de esa forma iba a ser incapaz de renunciar a ella.
La reina colocó ambas manos sobre su pecho desnudo y empezó a dejar tiernos besos ahí. Llevó las manos hasta el pantalón que llevaba empujando la tela hacia abajo, pero una mano de él le impidió continuar. Alzó la mirada y se encontró con la de David llena de preocupación.
—Regina yo… —trató de decirle, pero ella no se lo permitió.
—Shhh. No estoy pidiendo nada —intentó tranquilizarlo —Sólo quiero sentirte —se sinceró porque no solo era deseo lo que sentía por él. Era algo mucho más fuerte y profundo que le hacía vibrar ante la anticipación de tenerlo sin importar nada más.
No era tonta, sabía bien que David no estaba listo para enamorarse de nuevo y mucho menos de ella, pero nada le impedía disfrutar mientras durara eso que se vislumbraba tan incierto.
El Rey la envolvió de nuevo entre sus brazos y la besó apasionadamente mientras le acariciaba la espalda, los costados, cintura y caderas. Llevó las manos hasta los tirantes delgados del camisón que llevaba y empezó a deslizarlos para sacarlos de los brazos de Regina quien le tenía aferrado del rostro con ambas manos.
Al sentir las claras intenciones del Rey, la reina los bajó para facilitarle el trabajo permitiendo que pudiera dejar caer la prenda en el suelo y le volvió a tomar del apuesto rostro con sus manos porque no quería que dejara de besarla.
David la aferró de las caderas con ambas manos, la hizo moverse hasta estar de espaldas a la cama y empezó a avanzar haciéndola retroceder hasta que estuvieron frente al mueble. Él fue quien terminó el beso mirándola fijamente mientras con las manos le acariciaba las caderas. Se inclinó para dejarle en el cuello besos ardientes, tomó la ropa interior entre sus manos y la bajó. Después subió sus manos procurando acariciar los muslos, las nalgas que apretó un poco ganándose un precioso gemido ahogado y después siguieron su curso hasta llegar al bello rostro que tomó para besarla de nuevo.
Ambos se miraron a los ojos y Regina trago saliva al ser consciente que estaba desnuda frente a él. No es que le diera vergüenza, sino que en realidad esa era la primera vez que la veía totalmente desnuda. Se reprimió mentalmente al sentir el ligero ardor en sus mejillas y es que, en ese momento, David se hacía un poco hacia atrás precisamente para mirarla.
Era la primera vez que la veía desnuda y estaba bastante embarazada.
Y mientras para Regina eso resultaba un tanto extraño haciéndola sentir un poquito insegura, para David era casi como estar en el mismísimo cielo.
Era así, tal cual siempre lo había pensado, demasiado bella para ser real y verla desnuda, embarazada, con sus senos claramente hinchados, los pezones más prominentes que los de una mujer no embarazada, y con esa adorable pancita de casi siete meses solo lograban hacer que su deseo y excitación por ella aumentaran.
¿Eso lo convertía en un pervertido como le dijo ella?
Su breve pensamiento pecaminoso se vio interrumpido por la reina sentándose en la orilla de la cama, clavándole la mirada, alargando las manos para tomarle del pantalón y jalarlo hacia ella. Sin dejar de mirarlo empujó la prenda junto con los interiores que llevaba hacia abajo dejándole totalmente desnudo. Su miembro rebotó un poco al ser liberado pues ya estaba bien erecto.
Regina le pasó las manos por los muslos y las subió para acariciarle el estómago, inclinándose para dejar tiernos besos ahí mientras una de sus manos se movía hasta tener sobre la palma el grueso y pesado miembro que ansiaba como nada tener dentro otra vez.
De pronto, David empezó a descender hasta quedar hincado y con las manos sobre los muslos de la reina. Se inclinó para besarle el vientre con total devoción, como si se tratara de algo sagrado o divino, que era así para él. La reina y su pedacito bello lo eran todo para David ahora.
Alzó el rostro buscando el de Regina y le sonrió cuando se estuvieron mirando a los ojos.
—Permíteme adorarte, Majestad —susurró su petición y la respuesta en forma de asentimiento con la cabeza vino después de algunos segundos en lo que la reina pareció dudar —Recuéstate —solicitó mientras le acariciaba los muslos.
Regina así lo hizo, subiendo también los pies a la cama abriendo más las piernas y se sostuvo sobre sus antebrazos para mirar lo que le fuera posible gracias a su pancita. Lo vio cerrar los ojos y llevar los labios hasta uno de sus muslos internos para besarlo con adoración tal cual dijo que lo haría. Después separó apenas los labios moviéndose hacia el otro muslo alcanzando a rozar algo de su intimidad con la nariz y Dios, también cerró los ojos porque sentía su centro arder y palpitar con intensidad, como reclamando por esa larga y torturadora espera en la que el Rey la tenía.
David abrió los ojos y movió la cabeza sólo un poco para entonces quedar de frente al sexo caliente, palpitante y húmedo de la reina. En cuanto lo vio sintió que la boca se le hizo agua porque podía percibir el aroma y era exquisito. Lo podría describir como intenso y profundo porque inundaba todos sus sentidos encendiendo en él ese fuego en el bajo vientre que le impulsaba a quererlo todo de ella.
La deseaba, pero estaba seguro que no era sólo deseo carnal. Era otro tipo de deseo muy distinto al que había experimentado con anterioridad en su vida. Era ese mismo necesitado deseo que le urgió a tomarla en el bosque sin que le importara nada ni nadie más.
Observó brevemente, siendo consciente que la intimidad de la reina había cambiado un poco dado el embarazo pues era la única parte de la divina anatomía que vio aquella vez. Cuando ella le dijo que perdió la oportunidad de venirse dentro pues no podía concebir.
Y ahora estaban ahí, juntos de nuevo, a punto de tener sexo y con un hijo, fruto de ese fogoso encuentro, en camino. La ironía era demasiada, pero no tenía queja alguna. Al contrario, daba gracias a todos los cielos por apiadarse de él y darle la oportunidad de volver a estar con ella, y de que estuviera esperando un hijo suyo.
Regina soltó una pequeña queja frustrada porque el pastor se quedó quieto, sin moverse, mirándole el sexo como si hubiera algo más interesante ahí que su necesidad.
—David —el llamado que le hizo sonó como un reniego que tuvo efecto porque él se alzó un poquito para mirarla.
—Te quiero disfrutar —explicó con una media sonrisa y la vio querer decir algo, pero prefirió regresar su atención al precioso sexo y lamerlo desde abajo hasta arriba ganándose un gemido largo y ahogado como si hubiese sido sorpresivo.
Repitió la acción y la sintió estremecer en sus manos pues la seguía aferrando de los muslos.
Los lindos, rosados e hinchados pliegues se abrieron más ante su estimulación haciéndole ver lo mojada que estaba. Fue entonces que se concentró en el clítoris que lamió, chupó y mordisqueó cariñosamente mientras la escuchaba jadear y soltar pequeños gemidos.
Luego se dedicó a penetrarla con la lengua provocando otro espasmo en el bello cuerpo.
—Oh Dios —gimió Regina cerrando los ojos con fuerza porque la lengua estaba haciendo maravillas en su interior y la nariz alcanzaba a rozar su clítoris dándole un exquisito placer que la estaba acercando al orgasmo con increíble rapidez. ¿No era demasiado pronto? Se preguntó sintiendo que su vientre bajo se contraía y que su intimidad también lo hacía.
Llevó una mano hasta los rubios cabellos que aferró entre sus dedos intentando hacerle ver que no quería que parara, que quería que siguiera, que estaba cerca y que si se detenía lo iba a matar.
El bello rostro de le contrajo al sentir su cuerpo tensarse y abrió la boca gimiendo apenas porque parecía que no podía emitir sonido alguno, y entonces se vino con fuerza, aferrando las sábanas y el cabello de David en sus manos.
—¡Ahhhhh! —gritó por fin y echó la cabeza hacia atrás mientras su cuerpo era azotado por el orgasmo, pero de pronto la lengua le abandonó y fue reemplazada por un dedo que la penetró sin previo aviso con rapidez y después eran dos que se movían mientras ella seguía en medio del orgasmo —Mmmhgg —gimió por la excitante sensación. Soltó los rubios cabellos para aferrarse de las sábanas con esa mano también. Entonces sintió los húmedos labios besar su vientre, y una mano alcanzar su seno derecho para apretarlo un poco y jugar con su sensible pezón logrando que lágrimas de placer se agolparan en sus apretados ojos porque era indescriptiblemente maravilloso.
Se dejó caer sobre la cama jadeando con fuerza al tiempo que una sonrisa deslumbrante se dibujaba en su bello rostro ante la increíble satisfacción que embriaga su cuerpo en ese momento. Era tan, tan reconfortante que apenas lo podía creer.
Se relamió los labios al sentir los dedos abandonar su interior y abrió los ojos cuando escuchó que David chupaba algo con ganas. Alzó un poco la cabeza y se encontró con el apuesto rostro del Rey mirándole con deseo mientras se chupaba los dedos que estuvieron dentro de ella.
—Sabes exquisita —musitó terminado de lamer sus dedos, sintiendo su miembro hinchado y pulsante reclamando por la atención que él mismo estaba retrasando con tal de disfrutar a Regina lo más que le fuera posible.
Tenía una terrible e incontrolable necesidad de ella. De hacerla suya porque la quería con todo el corazón y porque llevaba a su hijo en el vientre. El recuerdo del maldito cazador follándola cruzó por su mente y se juró a sí mismo que nunca más lo volvería a permitir. Estaba convencido de que no había forma en que eso sucediera.
Se puso de pie, la aferró de nueva cuenta por los muslos y la jaló para que quedara más en la orilla de la cama. La reina se acomodó mejor y ladeo la cabeza mientras le miraba con esos bellos ojos chocolate que le decían a gritos lo mucho que le deseaba. Se inclinó sobre ella, cuidando de no aplastar la pancita y se prendió de los apetitosos labios que le recibieron entregados y necesitados. Las delicadas manos se posaron de nuevo en sus mejillas para sostenerlo e inclusive jalarle más hacia ella.
Sin romper el beso volvió a llevar una mano hasta la ardiente intimidad de la reina. Le tocó provocando con ello que la intensidad del beso aumentara haciéndole saber que eso era lo que quería, que en verdad lo anhelaba tanto como él.
—¿Te quieres venir otra vez así o quieres que…? —trató de formular la pregunta, pero la demanda de Regina no se hizo esperar.
—Deja de hablar y continúa —ordenó alzándose tantito para volverlo a besar y sintiendo los dedos seguir acariciando su sexo.
—Me gusta esa exigencia —le acarició la punta de la nariz con la suya en un gesto tierno y cariñoso.
—¿Recuerdas lo que te dije de mi libido? —preguntó y él asintió —Bueno, es momento de que te hagas cargo como es debido, encantador —le sonrió con ironía.
David se quedó quieto por un segundo porque esas palabras trajeron a relucir de nueva cuenta al cazador y entonces, las ganas por demostrarle que era mejor que Graham, y que cualquier otro hombre, se hicieron presentes. Iba a hacer que Regina no pensara nunca más en estar con otro que no fuera él.
Lo que el Rey no sabía es que la reina estaba tan perdidamente enamorada ya que en su corazón y en su alma no había espacio para nadie más que él.
Se irguió y empujó un poco los muslos de Regina contra la cama de tal forma que la tuvo totalmente abierta y expuesta para él. Tomó su miembro que estimuló un poco y después lo posicionó contra la entrada que sintió palpitante y caliente. Regresó su mano al muslo de Regina, se miraron a los ojos y así, comenzó a empujar para introducirse en ese ardiente pasaje que se estrechaba a su alrededor con fuerza, pero estaba tan resbaladizo que no le estaba costando nada de trabajo penetrarla.
Era como si el sexo de Regina supiera que era ahí donde pertenecía y le recibiera con parsimonia al estarle reconociendo. La vio cerrar los ojos y fruncir un poquito el ceño cuando iba más allá de la mitad por lo que se detuvo a pesar de que sentía el impulso de empujar hasta la empuñadura de su miembro.
Llevó una mano hasta uno de los pechos de la reina y repitió las atenciones anteriormente administradas. Jugó el lindo pezón entre sus dedos y eso provocó un estremecimiento en ella que arrugó más el gesto como si el placer estuviera siendo demasiado.
Lo que David no sabía es que Regina sentía que se estaba quemando por dentro y que ese miembro era lo suficientemente grueso como para estimular a la perfección todo su interior, haciendo fricción con sus puntos sensibles y pensaba que se vendría en cualquier momento otra vez. No le dolía, era sólo que era invasivo en una forma reconfortante que se sentía correcta, como nunca antes nada se había sentido en su vida.
—Lo quiero todo —susurró casi sin aliento porque anhelaba como nada tenerlo dentro por completo, que se moviera, que la llevara al orgasmo y que no se detuviera hasta que se derramara en su interior.
Su petición fue inmediatamente concedida. David volvió a empujar y no se detuvo hasta que estuvo dentro hasta el final. Dejó su pezón y llevó esa mano hasta su clítoris que comenzó a masajear con maestría haciéndola vibrar y gemir audiblemente por el placer.
Hizo hacia atrás las caderas sacando su miembro hasta que sólo la punta estuvo dentro y volvió a empujar con firmeza. Regina soltó un bello y sensual gemido con esa acción que repitió, una y otra vez totalmente hipnotizado por los hermosos sonidos que salían de la boca de la reina.
La piel se le erizó cuando el Rey empezó a penetrarla, saliendo y entrando de su sexo a un ritmo que era como él: encantador y delicioso, perfecto y oh, tan placentero que la hacía gemir cada vez que se adentraba en ella y que sus ojos se le llenaran de lágrimas de nuevo porque la sensación tocada cada fibra de su sensible cuerpo.
—Ah, ah, ah…. —abrió los ojos de pronto al darse cuenta que estaba en la puerta del orgasmo —¡Mnngh! —apretó los dientes y llevó ambas manos hasta su pancita mientras se venía con fuerza. Agitando las caderas involuntariamente, arqueando un poco la espalda y apretándose alrededor de la gruesa circunferencia que se sentía enorme en ese momento.
Las lágrimas resbalaron de la comisura de sus ojos y cuando David retomó las penetraciones se le escapó un sollozo de absoluto placer porque aún sentía remanentes del orgasmo y estaba muy, muy sensible.
—Oh, sí, sí —gimió gustosa cuando sintió que aceleró el ritmo convirtiendo las penetraciones en firmes estocadas que hacían que los testículos golpeaban contra sus nalgas. Podía escuchar la humedad que había entre ellos. Las dos manos de David la tomaron de los senos y los estrujó un poco mientras la seguía follando con embestidas que comenzaban a ser erráticas.
Lo escuchó sisear y gruñir con fuerza. Sintió una mano en su nuca y abrió los ojos cuando le levantó un poco la cabeza, sólo para besarla con fiereza, en un beso que fue demandante, pero lleno de sentimiento. La otra mano se posó sobre su vientre y fue ahí donde sintió la ardiente semilla comenzar a derramarse en su interior mientras el Rey gemía con fuerza en medio del beso.
Dejó la dulce boca y se concentró en besarle el cuello con arrebato y un poco de posesión. No dejaba de mover las caderas y de empujarse dentro de ella mientras eyaculaba, dejando todo su semen dentro del estrecho y ardiente interior de la reina.
Y mientras, Regina se retorcía de placer debajo de él, disfrutando el sentirlo terminar dentro de ella, llenando su interior con esa misma semilla que había logrado que pudiera concebir dándole con ello un motivo para dejar su venganza atrás.
Sin siquiera pretenderlo y mucho menos saberlo, David había salvado a Regina de la oscuridad y era por eso que, en ese momento, no le importaba si él podía llegar a amarla algún día, quería estar así con él por el tiempo que fuera posible.
Mientras David fuera suyo...
