Muchas gracias a todos por el apoyo a esta historia. Me tardé, lo sé, pero es que he estado algo enferma y poco a poco estoy intentando retomar la escritura.

Este capítulo va dedicado a quienes han estado haciendo edits en Instagram que me incluyen/o a mis historias jaja, que por cierto espero estén leyendo este fic.

Espero sea del agrado de todo el que lo lea.


David llegaba al jardín después de hacer otro intento por contactar a Azul. Tal parecía que el hada le estaba huyendo, o al menos eso creía porque siempre estaba ahí a todas horas y momentos, inclusive cuando no sentía que la necesitaba. Y ahora nada.

Estaba algo molesto, pero en el segundo que divisó a Regina ese sentimiento comenzaba a disiparse dando paso a algo que podía percibir como emoción, aunque pasó a la preocupación en un instante cuando vio que la reina se encorvaba un poco llevándose las manos al vientre, apretaba los ojos y soltaba un quejido.

—¿Pasa algo? —preguntó preocupado colocando la mano derecha sobre la pancita y la izquierda en la espalda de Regina que esta vez alzó el rostro y negó con la cabeza.

—Me pateó fuerte —soltó el aire por la boca y David la hizo avanzar, llevándola hasta la banca frente al manzano donde la ayudó a sentarse, agachándose después y poniendo ambas manos sobre el redondito vientre.

—Pedacito bello —llamó al bebé. —No patees tan fuerte a tu mamá —besó con fervor la hermosa curvatura. —¿Quieres que te cante? —preguntó dejando ahora besos pequeños.

—¡No, por favor! —rio Regina llevando una de sus manos hasta los rubios cabellos para acariciarlos.

David comenzó a tararear una melodía linda. No cantaba tan bien, pero tampoco era algo espantoso y la reina no podía hacer nada más que adorar ese hermoso momento que no duró tanto como le hubiera gustado porque su pedacito bello no pareció apreciar los cantos de su padre.

—Creo que no le gustó. Me pateó la cara —dijo el Rey separándose un poco y mirando a Regina con una expresión ridículamente divertida en el apuesto rostro.

—Quizá sea porque le gusta. Sigue —le alentó.

—No me voy a arriesgar a que te patee fuerte de nuevo a causa de mi melodiosa voz —bromeó levantándose para tomar asiento enseguida de ella. —¿Qué crees que vaya a ser? —preguntó colocando la mano derecha sobre el vientre de Regina y la izquierda en el largo cabello que ahora llevaba en un medio recogido.

—No lo sé —respondió con sinceridad. No se había detenido a pensar en ello y ni siquiera sabía el por qué. —¿Y tú? —le regresó la pregunta, muy curiosa de saber qué era lo que David pensaba al respecto.

—Niña —respondió. —Es decir, si es niño lo voy a amar igual —aclaró volteando hacia el manzano. —Pero no lo sé. Siempre me imaginé teniendo una hija… —regresó su mirada a ella y sonrió con malicia —, o muchas —se rio al ver el leve espanto en el bello rostro y lo hizo aún más cuando ella le empujó del hombro con una delicada mano que se apresuró a tomar para besar con fervor. —Regina, ¿te... gustaría contarme cuál es el conflicto real entre tú y Snow? —preguntó dando un suave apretón a la mano que tomaba.

—¿Cómo? ¿No te lo dijo? —preguntó sorprendida mientras él negaba con la cabeza. La princesa era una boca floja y de verdad no podía creer que David no supiera la razón.

—Cuando la conocí dijo que había arruinado tu vida y otra de las veces mencionó que la querías matar sólo porque era más bonita que tú —le contó y la vio cerrar los ojos con una expresión de absoluta molestia en el bello rostro, como si no pudiera dar crédito a lo que él le contaba.

—Sí, arruinó mi vida de muchas maneras y no tiene nada qué ver con la belleza —aclaró pensando que Snow era una verdadera idiota al haberse atrevido a decir semejante estupidez.

—¿Qué sucedió? —insistió. Quería saber, quería entender más a la mujer que se estaba robando su corazón y con la que muy pronto tendría un hijo.

Regina miró a David con detenimiento por un par de segundos. No encontró nada más que sinceridad y preocupación reflejada en el apuesto rostro. Iba a tener un hijo con él y estaba enamorada de él, no podía no contarle. De hecho, quería hacerlo.

Exhaló de golpe antes de hablar.

—Daniel —acarició su vientre al empezar a recordar. —Él era mi amor verdadero. Él me enseñó lo que era el amor verdadero —volteó a ver a David que se veía afligido, pero que le escuchaba con atención. —Mi madre nunca hubiera aceptado que estuviera con él. Era el chico del establo —alzó un poquito los hombros y sonrió con tristeza. —Nos veíamos a escondidas y soñábamos con un futuro juntos, lleno de felicidad. Pero entonces un día escuché unos gritos y vi un caballo a todo galope —su voz se tornó sombría. —No lo dudé. Me subí a mi caballo y salvé a la niña en peligro que resultó ser Snow —tomó aire mientras veía que el Rey abrió los ojos con asombro.

David estaba tratando de asimilar la impactante revelación. Es decir, Regina le salvó la vida a Snow y después la quería matar…

—Después de eso el Rey quiso demostrar su agradecimiento pidiendo mi mano en matrimonio y mi madre aceptó —respiró entrecortadamente.

—¿Qué? —preguntó confundido.

—Buscaba una madre para Snow, según él —era perceptible la amargura en su voz y negó con la cabeza mientras se mordía un poco el labio inferior. —Entonces corrí desesperada hacia los establos para encontrarme con Daniel y le pedí que se casara conmigo —limpió la lágrima que corrió de pronto por su rostro. —No me importaba nada, que fuera sólo un chico del establo, que no tuvieran riquezas ni nada que ofrecerme. Yo sólo quería estar con él —le tembló el labio inferior. —Snow nos vio —comenzó a hablar como ausente. —Fui tras ella, le dije todo lo que Daniel me había dicho sobre el amor verdadero y le expliqué que era por eso que no podía casarme con su padre, pero sobre todo le pedí que no le dijera a mi madre —dijo con algo de rencor.

En ese punto David podía imaginarse muy bien lo que había sucedido.

—Aún así ella lo hizo y mi madre… —sollozó y una gentil mano le limpió con ternura otra lágrima del rostro. —Mi madre lo mató —dijo con un hilo de voz. —Le arrancó el corazón enfrente de mí y lo aplastó hasta que Daniel murió —David la envolvió entre sus brazos y besó su cabeza por lo que Regina se acurrucó contra él. —Luego de eso me vi obligada a desposar al Rey y convertirme en la madrastra de Snow —se separó de él, apoyando las manos sobre el amplio pecho y le miró a los ojos. —No quería, pero no podía evitar odiarla y eso fue creciendo día con día con los malos tratos del Rey, con la insistencia de Snow de que fuera una madre para ella y… —podía sentir las lágrimas mojando su rostro, —estaba encaprichada con hacerme vestir como ella quería, ir y hacer todo lo que ella quería, como si fuera una muñeca. Y si me negaba... —sorbió la nariz.

David acunó con su mano derecha su rostro y le acarició la mejilla con el pulgar.

—Si me negaba, ella se molestaba, me acusaba con él y él, para cumplir con las demandas y caprichos de su hija me encerraba en mi habitación —sintió un nudo en la garganta. —Lo hacía ante la más mínima provocación. Decía que sabía que yo quería ser libre y que por eso no había mejor castigo para mí que encerrarme —se rio con amargura y tristeza. —No me gustaba —admitió. —Pero al menos no tenía qué verlos ni fingir que estaba bien cuando no era así —se sintió un tanto patética en ese momento.

—En verdad lo lamento mucho —susurró con cariño pegando su frente a la de Regina quien de inmediato aferró su muñeca con una delicada mano.

Ahora lo entendía todo y no podía creer que Snow no mencionara jamás algo de eso, que hubiera preferido inventar una mentira con tal de no decirle la verdad que obviamente no la dejaba muy bien parada.

—Me sentía tan perdida que en algún momento intenté irme de este mundo —confesó y entonces David le alzó el rostro un poquito para besarla en los labios con desespero, como si con ello estuviera tratando de borrar el recuerdo del dolor y la angustia que vivió. —Sin embargo Rumpelstiltskin ya estaba presente y me había mostrado que a través del odio, el rencor, la desesperación y el dolor yo era capaz de usar mi magia —parpadeó con lentitud mirando atenta el apuesto rostro del que ahora era el Rey del Reino Blanco. —Se encargó de enseñarme y al mismo tiempo de hundirme en la oscuridad, de hacerme ver que la única forma en la que podía ser feliz era vengándome de Snow y yo le creí —torció un poco la boca.

—Ese maldito engendro —renegó una vez más del Oscuro, pero ahora por razones muy distintas a las que siempre lo hizo.

—Perdí a mi amor verdadero de la peor forma y por vengar su muerte estaba dispuesta a todo. Hasta lanzar la Maldición Oscura que me dejaría con vacío en el corazón. Y lo iba a hacer, no me importaba el precio que tuviera que pagar. Lo iba a hacer, estaba muy decidida hasta que… —hizo una breve pausa que el Rey aprovechó.

—El bebé —terminó la frase por ella. Le sonrió triste, pero comprensivo a la vez.

Y Regina, ella lo único que hizo fue refugiarse en el pecho de David y llorar una vez más por Daniel y por ella misma, desahogando todo ese dolor que cargaba en el alma. El mismo dolor que por mucho tiempo no le permitió pensar en nada que no fuera venganza ante la desesperanza.

Estuvo sumida en la más profunda y asfixiante oscuridad hasta que la luz regresó a su vida con su pedacito bello, e irónicamente había sido gracias a David.


La mañana del día siguiente fue algo ajetreada en el Castillo Oscuro. Regina despertó con un particular antojo para la hora de la comida y puso en revolución a toda la servidumbre que comenzó a ir de aquí para allá para conseguir lo necesario desde temprano.

Mientras tanto ella tuvo un desayuno tranquilo en compañía de un David particularmente serio que argumentaba que su estado de ánimo se debía a que no había podido contactar a Azul, pero Regina intuía que había algo más. No es que lo conociera ya muy bien, era solo que habían convivido lo suficiente como para intuir algo de su lenguaje no verbal.

—¿Qué te ocurre? —preguntó. Lo vio alzar la mirada, ojos grandes y sorpresivos que se fijaron en ella con atención. —No intentes decirme que es por lo de Azul. Sé que no es así —se recargó en el asiento colocando ambas manos en su vientre mientras aguardaba por su respuesta.

El Rey no fue capaz de reprimir una sonrisa espontánea al escucharla tan segura de que mentía respecto a lo del hada y al mismo tiempo de estar en lo cierto, algo le sucedía. Regina portaba un vestido negro con bordados dorados y un escote algo pronunciado. El cabello semi recogido, con ondas perfectas cayéndole por la espalda haciéndola lucir bellísima.

—¿Y bien? —esta vez alzó la ceja derecha en clara señal de impaciencia. Le agradaba verlo sonreír. ¡Mucho! Se veía terriblemente guapo cuando lo hacía pero no era el momento de distraerse con eso.

—Es respecto a la plática que tuvimos ayer. Específicamente lo de tu historia con el... —cerró los ojos haciendo una pequeña pausa. Exhaló con fuerza mientras apretaba los cubiertos entre sus manos y los abrió. —Con el padre de Snow. Me siento culpable por lo que hice. Por lo que te hice antes de venir para acá —confesó y dio un largo suspiro soltando los cubiertos.

Regina apretó la mandíbula mientras le escuchaba y no necesitaba que dijera nada más, sabía muy bien a lo que David se refería. Era una sensación que regresaba a su cuerpo cada que lo recordaba. Era muy difícil de olvidar y si bien de alguna forma él la había revivido no le guardaba rencor alguno por ello.

—Te juro que si pudiera regresar el tiempo y no hacerlo, lo haría sin dudar. Regina, por favor no pienses que soy como él —suplicó afligido.

La reina soltó una pequeña risa mientras negaba con la cabeza y desviaba un poco la mirada. ¿Cómo creía que pensaba que era como ese hombre tan espantoso?

—No te sientas culpable. No lo sabías —comentó con calma. No era un tema que le gustara abordar, pero entendía el conflicto que el Rey tenía. Inhaló profundamente y le miró. —No eres nada parecido a él —le dijo.

Se puso de pie y caminó con elegancia hasta donde David estaba quien alzó el rostro para mirarla. Le colocó una mano en la mejilla izquierda y la otra en el hombro derecho. Se inclinó para besarle con sutileza mientras sentía las manos acariciarle los costados con ternura.

—Además ya te habías disculpado por ese comportamiento y yo te perdoné —se relamió los labios y le sonrió sobre la boca.

—De haber sabido no me hubiera atrevido a hacerte eso. En ese momento ya no —aclaró porque no podía hacer como que nunca sucedió todo lo demás, cuando eran enemigos, cuando se la llevaron al palacio con la finalidad de quitarle al bebé.

—Olvídalo —le besó de nuevo, esta vez con intención por lo que introdujo su lengua en la boca que se abrió para recibirle y se esmeró en acariciar cada rincón y justo cuando se tornaba apasionado, lo terminó. —Me pateó fuerte de nuevo —dijo llevando una mano hasta su vientre.

David hizo su silla hacia atrás y la invitó a sentarse sobre sus piernas. Cuando ella lo hizo le acarició el vientre con total devoción.

—Estoy seguro que quiere atención —comentó. —¿Verdad, pedacito bello? —preguntó a su pequeño sin dejar de acariciar ahí donde sabía que estaba y que crecía. —Debemos pensar en su habitación —y ella negó con la cabeza.

—Quiero que esté en la nuestra —le miró a los ojos. —Cuando crezca un poco podrá tener su propia habitación, pero no cuando nazca —bajó la mirada hacia su vientre donde el Rey seguía acariciando.

—Será cómo tú quieras —le sonrió y la vulnerabilidad en los bellos ojos chocolate desapareció para iluminarse de alegría. —Si quieres dormirá en la cama con nosotros —ofreció y ella rio.

—Ya veremos —respondió con algo de coquetería y le empezó a acariciar el rubio cabello, con su otra mano sobaba un poco su vientre mientras pensaba en ese bello escenario.

Y David, él por un momento se perdió en la hermosa sonrisa que adornaba el bello rostro de Regina mientras podía ver claramente que soñaba despierta seguramente imaginando en esos momentos que moría de impaciencia por comenzar a vivir.

—Me haces muy feliz —confesó y de inmediato los hermosos ojos se posaron sobre los suyos llenos de sorpresa.

La reina no estaba segura de qué responder. Estaba totalmente impresionada por esa confesión. ¿Era acaso que David estaba enamorado de ella como ella lo estaba de él? No, eso no podía ser.

Hizo lo único que se le ocurrió en ese momento. Unió sus labios con los de él en un beso urgido pero apasionado.

—Quiero hacerlo —susurró con ardor y se apoderó de nuevo de la boca del Rey sintiendo el ardiente deseo en su bajo vientre, incrementando poco a poco junto con el cosquilleo en su intimidad.

—Vamos a la habitación —sugirió David mientras ambos se ponían de pie. Ella de espaldas a la mesa y él frente suyo.

—No. Aquí —replicó Regina. Le tomó de la camisa y lo jaló hacia ella, estampando los tersos y ligeramente hinchados labios en los suyos dándole un beso demandante y lleno de fuego que no falló en endurecer su miembro.

Las manos de David no dudaron en apoderarse del precioso trasero de la reina y apretar las deliciosas nalgas.

Un carraspeo les hizo voltear hacia una de las entradas del comedor. Era un caballero que se veía terriblemente apenado. El Rey de inmediato quitó sus manos del trasero de Regina quien de inmediato recobró la compostura a pesar de que tenía las mejillas encendidas y respiraba agitada.

—¿Qué sucede? —preguntó con molestia pues no apreciaba el haber sido interrumpida justamente cuando estaba a punto de tener sexo.

—Majestades —el caballero se apresuró a hacer una reverencia y escuchó a la reina gruñir bajito por su falta de respuesta. —Afuera del palacio hay un grupo de campesinos que desean verle, señor —le dijo a David mirándolo brevemente para luego agachar la mirada de nueva cuenta.

—¿Hay algún problema? —se apresuró a preguntar Regina extrañada, pero sobre todo desconfiada de lo que esas personas pudieran querer.

—No, Majestad. Hay discusiones entre ellos, pero no hay indicios de intento de ataque al Castillo —respondió el caballero con absoluto respeto hacia ella.

—Trae mi espada —solicitó David al caballero quien hizo la debida reverencia y se apresuró por el arma que el Rey solicitaba.

—¿Qué crees que quieran? —preguntó Regina haciendo evidente su preocupación mientras un sentimiento de enojo se hacía presente al recordarse sin magia.

El Rey la tomó de ambas manos y las llevó hasta su boca para besar cada una de ellas.

—No te preocupes por nada. Lo que sea yo lo solucionaré —prometió, pero no era estúpido. Estaba seguro que estaban ahí para reclamar. O al menos eso esperaba, no quería ni pensar que la razón fuera atacar a Regina.

—Ten cuidado —pidió mientras le rodeaba el cuello con ambos brazos y se alzaba de puntitas para besarle sintiéndose envuelta entre los brazos que la abrazaron con fuerza haciéndola sentir que era ahí donde pertenecía, que era ese el lugar correcto.

—Majestad —el caballero llegó con la espalda de David quien soltó a la reina y caminó hacia él sin demora.

Tomó la correa donde estaba enfundada su espada y la colocó alrededor de su cintura.

—Enseguida vuelvo —le dedicó una pequeña sonrisa a Regina y salió del comedor real rumbo a las puertas del Palacio. Mientras andaba una escolta de guardias se le unió para su sorpresa.

—Majestad —el caballero de la entrada inclinó la cabeza. —Han arribado algunos aliados del Reino Blanco —informó.

El Rey resopló largamente pensando en qué podrían estar haciendo ellos a las afueras del Castillo Oscuro. Hasta donde tenía entendido ninguno de ellos quería saber de él más que Granny y aún tenía sus dudas.

—Abran la puerta —ordenó empuñando su espada, preparándose para lo que fuera. No iba a permitir que pusieran un pie dentro del Palacio. Nadie iba a entrar. Mucho menos si el plan que tenían era proceder contra Regina.

Se acercó decidido escuchando los murmullos, unos más fuertes que otros y se sorprendió al ver la cantidad de personas cuando estuvo en el umbral de la puerta.

—¿Qué desean? —preguntó alzando la voz para que le escucharan con claridad y apretó aún más la espada que empuñaba.

Como respuesta todos comenzaron a hablar a la vez dificultando un poco el entendimiento. Había reclamos por traicionar a Snow, otros más por abandonar el reino cuando se suponía que era el Rey, pero lo más sorprendente era que varios aldeanos lo defendían, argumentando que fue la ex princesa quien lo traicionó primero y que estaba en todo su derecho de dejar el reino si ese era su deseo.

Permitió que la gente se desahogara, inclusive aguantó insultos, aunque no se le escapaba que por ahí estaban Ruby, Granny y un par de enanos defendiéndole. Todo se mantuvo tranquilo de cierto modo hasta que a alguien se le ocurrió decir algo en contra de Regina.

—Ma-majestad —titubeó el hombre mirando con ojos grandes y sorprendidos el rostro furioso del Rey frente a él. Una mano le agarraba de la ropa y tenía la punta de la espada presionada contra su garganta. Un poco de fuerza y le atravesaría la piel.

—Una palabra más en contra de ella y puedes estar seguro que no vivirás para contarlo —le amenazó con determinación. Le empujó bruscamente al soltarlo y bajó la espada. —¡Eso mismo va para cualquiera que tenga la intención de señalar a Regina! No quiero escuchar ninguna acusación en su contra. No voy a permitir que quieran culparla y juzgarla por algo que no hizo. ¡El único responsable de lo que sucede soy yo! —aclaró con autoridad.

Inmediatamente se volvieron a escuchar los reclamos y las defensas pero esta vez la mayoría alzaba la voz tratando de imponer su opinión sobre la contraria. Un campesino se atrevió a acercarse lo suficiente a David como para que otras personas tuvieran que detenerlo a fin de que no se le fuera encima.

—¡Eres un jodido traicionero a la corona! —le gritó con rabia y enfureció aún más cuando vio que el Rey negó con la cabeza y se dio la vuelta para alejarse de él. —Y ahora te escondes bajo las faldas de esa bruja malvada que se embarazó para lastimar a la Reina Snow—arremetió.

David se dio la vuelta de inmediato alzando la espada, muy decidido a hacer que ese hombre se tragara sus palabras.

—¡Silencio! —la voz imponente de la reina hizo que el Rey se detuviera en seco y que todos enmudecieran.

Regina, imperturbable, dio un par de pasos más allá de las puertas del palacio y luego se quedó parada frente a ellos, elegante y altiva como siempre. Disimuló su sorpresa al ver a algunos arrodillarse de inmediato y a otros tantos hacerlo después de un momento de titubeo pues no esperaba que nadie le mostrara respeto después de todo lo sucedido.

David corrió hacia ella y la tomó de un brazo, acercando el rostro lo suficiente para poderle hablar al oído.

—No es seguro que estés aquí —su tono fue bajo y sutil pues no estaba tratando de imponer su voluntad sobre la de ella y muchos menos prohibirle que se defendiera, pero estaba preocupado, por ella y por el bebé. No quería imaginar siquiera que algo malo pudiera pasarles.

El corazón de la reina se llenó de calidez por el gesto del Rey. Podía percibir lo tenso que David estaba y entendía el por qué. A ella también le preocupaba que algo malo pudiera suceder pero no iba a permitir que fueran al palacio a perturbar la paz y tranquilidad con la que estaba empezando a vivir ahora.

Ese era su nuevo comienzo y no dejaría que nada ni nadie lo arruinara. Lo iba a defender aun sin su magia.

Volteó a ver a David a los ojos, después bajó la mirada hacia la mano que la sostenía del brazo y la subió de nuevo para verle en una muda indicación de que le soltara. El Rey lo hizo de inmediato y se colocó a su lado, a un paso tras ella como si fuera un caballero fiel.

Antes de hablar dio un rápido vistazo a la pequeña multitud. No eran un número exagerado de personas pero tampoco pasaban desapercibidas. Mucho menos si estaban en las puertas del Castillo Oscuro causando alboroto.

Se dio cuenta de la presencia de los aliados del Reino Blanco y se abstuvo a sí misma de poner los ojos en blanco. No podía creer que hubieran organizado una horda para ir hasta allá, persiguiéndola ahora porque, ¿porque David estaba con ella y tendrían un hijo?

La mayoría comenzó a dar un pequeño paso hacia atrás y mirar hacia los lados, como si no les fuera posible sostenerle la mirada y otros tantos, parecían impresionados al verla. Lo más seguro es que fuera por el embarazo. Al menos nadie la veía con ganas de asesinarla.

—No voy a tolerar disturbios a las afueras de mi Palacio —hizo énfasis en las últimas palabras pues quería que les quedara claro que el lugar le pertenecía. —Tampoco estoy interesada en sus discursos de moral —fijó la aguda mirada en las lobo y el par de enanos presentes. —Vayan a vivir sus finales felices y déjenos en paz —proclamó y esperó por la reacción de la gente.

—¿Tiene magia? —le preguntó el acompañante del campesino que se atrevió a violentar verbalmente al Rey.

Regina apretó los labios un poco antes de responder pues sabía que pondría en evidencia que era, de cierta forma, un blanco fácil. Sin embargo, el hecho de que lo supieran podía servir para que la dejaran en paz pues era obvio que sin su magia no representaba peligro alguno.

Por su parte David apretó más la espada y sentía la ansiedad recorrerle el cuerpo entero. Estaría preparado por si alguno se le iba encima a Regina al saberla sin posibilidad de defenderse de un ataque. Aunque, si era honesto, le extrañaba la pregunta pues él lo dejó muy en claro cuando la trasladó en caballo desde el Castillo Blanco al Oscuro aquella vez, aquella inesperada y afortunada vez donde sin saberlo todo cambió.

—No —habló con firmeza y alzó la barbilla mostrándose orgullosa pero sobre todo demostrando que no tenía miedo de ellos.

Volvieron a murmurar entre sí mientras la reina soltaba resoplaba por el fastidio que la situación le causaba. El bebé se movió con algo de brusquedad y llevó una mano a su vientre buscando que se calmara pues no era el momento de estar en plena actividad. Amaba sentirlo pero no quería distraerse.

—¡Es hora de marcharse! —exclamó de pronto la vieja lobo para sorpresa de todos, incluidos Regina y David. Granny dio un par de pasos hacia el frente y se volteó hacia la multitud. —Ya la vieron y han constatado todo lo que hemos dicho. Debemos dejarles en paz como la reina Regina lo ha solicitado —giró el rostro hacia un lado para mirar brevemente a la embarazada mujer que sólo alzó una ceja. Desvió su mirada hacia David quien asintió en agradecimiento. —¡Vamos! —alentó a la multitud haciendo un gesto con sus manos para que comenzaran a retirarse.

Y así lo hicieron, poco a poco. Algunos más renuentes que otros. Regina se dio la vuelta e ingresó al Castillo sin mirar atrás mientras que el Rey se acercó a Granny, a Ruby y a los enanos que ahora estaban reunidos.

—Gracias —habló sincero.

—Ya no somos aliados del Reino Blanco —se apresuró a decir Ruby y la sorpresa en el semblante de David no se hizo esperar. —No después de saber lo que hizo. Hemos estado informando al reino de los recientes acontecimientos. Todo —especificó para que tuviera una idea de lo que los aldeanos sabían.

—Ten por seguro que estaremos velando por su bienestar —aseveró la vieja lobo.

—Estoy… —David se aclaró la garganta antes de continuar. —Es que jamás pensé que algo como esto sucediera —miró a la joven lobo fijamente. —No después de las amenazas de muerte a Regina y de las incontables veces que me reprocharon por el embarazo.

—No iba a hacerle nada. Lo juro —se excusó Ruby. —Solo quería asustarla y Granny me regañó cuando supo —contó apenada.

—En verdad sentimos todo lo que hicimos, hermano —habló Gruñón. —No les molestaremos pero estaremos aquí cerca por si nos necesitan —ofreció en nombre de todos como acordaron hacerlo.

—Puedes contar con nosotros —argumentó el enano Dormilón quien acto seguido bostezó largamente.

—Estoy profundamente agradecido. Si ustedes necesitan algo y les puedo ayudar, con gusto lo haré —ofreció David correspondiendo al apoyo mostrado.

Los demás asintieron agradecidos y conmovidos, sobre todo Ruby quien pensaba que el Rey no querría saber nada de ella después de lo ocurrido.

Granny le sonrió mientras se acercaba al Rey y alargó una mano para tomar una de él.

—Dedícate a ser feliz, muchacho —le sonrió con aire maternal y David no pudo evitar sonreírle de vuelta al pensar en la felicidad que le daba el estar con Regina y a la espera de un hijo.


La reina se fue directo a su habitación. Estaba ofuscada por los pensamientos que rondaban su mente tras el reciente evento.

El haberlos visto en las puertas del Palacio y que se hubieran interesado en saber si tenía magia o no la hizo sentirse expuesta, indefensa y vulnerable pero sobre todo incapaz de defender a su pedacito bello si era necesario.

—Aquí estás —la voz de David la hizo voltear para encararlo.

—Necesito recuperar mi magia —dijo tratando de disimular la angustia.

—¿Qué? —preguntó el Rey acercándose a ella lo suficiente para tenerla a su alcance. Regina negó con la cabeza y se llevó una mano a la frente mientras la otra la mantenía en donde no hacía mucho estuviera su estrecha cintura. David alargó su mano para tomar esa y darle un suave apretón. —¿Qué sucede? —preguntó con suavidad pues no quería ser cortante y contradecirla nada más. Aunque ambos sabían que recuperar su magia era imposible.

—Algo se debe poder hacer —comenzó a decir ignorando la pregunta del Rey y enfocándose en sus propios pensamientos a los que le había dado muchas vueltas ya. —Tenemos que ir con Maléfica para que nos diga —una tibia y firme mano se posó sobre su mejilla derecha haciendo que mirara directo a los deslumbrantes ojos azules. Se preguntó brevemente si su pedacito bello los heredaría.

—Sabes que eso no es posible —le dijo y Regina frunció el ceño.

—Ustedes le pidieron que me dejara sin magia —le recordó denotando su descontento por esa acción pues no olvidaba que la orillaron a aceptar amenazándola.

—Nunca hicimos un trato con Maléfica. Eso fue algo de Azul. Dijo que lo hizo porque ella no podía usar magia negra —le contó y la vio negar con la cabeza para luego separarse de él dando un par de pasos por el lugar con las manos en la espalda baja.

—Azul, Azul, Azul. Estoy tan cansada de esa maldita polilla —dijo entre dientes y sin poder entender cómo es que la que consideraba su mejor amiga la había traicionado de esa forma. Dio la vuelta para encararlo de nuevo. —Sé que confías en ella pero yo no.

—¿Por qué no? —preguntó con el ceño fruncido.

—¿De verdad quieres que te dé razones? —reviró la pregunta y le miró con dureza.

—Es que no veo cómo el haberme dejado en tu cama para dormir puede ser algo malo —explicó. —Quizá lo único que quiere es que encontremos la forma de ser felices —argumentó y Regina negó con la cabeza mientras apretaba los labios.

—Estoy segura que trama algo. Ella jamás haría algo para ayudarme. Mucho menos para que sea feliz —habló más para sí misma que para él.

—No lo creo —dijo inseguro porque sí, mientras Regina fue malvada era obvio que no la iba a ayudar, pero ahora las cosas eran muy distintas.

—Tú no sabes nada —se dejó caer en su sillón cleopatra y aferró la orilla del asiento con ambas manos.

—Entonces explícame —pidió el Rey abriendo los brazos y pasó saliva cuando los bellos ojos se posaron sobre los suyos.

—Cuando era pequeña les pedí muchas veces a las hadas que me salvaran de mi madre. Rogaba por ello todas y cada una de las noches hasta que me rendí —juntó las manos sobre su regazo y bajó la mirada ahí. —Nunca me ayudaron a pesar de que no había nada malo en mí en ese entonces y ¿sabes cuál fue la razón de ello? —alzó el rostro de nuevo para encararlo. David negó con la cabeza. —Sólo por ser hija de mi madre —le contó la razón que el Oscuro le había dado. —Porque no había nada bueno que pudiera venir de ella y por llevar su sangre yo no merecía ser salvada.

La confusión en el rostro del Rey no se hizo esperar. Parecía contrariado por la revelación.

—Tú no lo entiendes porque eres un héroe —sonrió con tristeza. —A tu llamado o al de la idiota de Snow ella siempre acudirá —dio un suspiro cansino.

—Pero tú ya no eres una villana —argumentó David apretando las manos en puños al imaginar a Regina de pequeña, siendo abandonada a la crueldad de la tal Cora.

—Tampoco soy un héroe —reviró y cerró los ojos negando con la cabeza. Lo escuchó acercarse y los abrió cuando sintió el peso enseguida de ella.

—Lo siento mucho, en verdad —la rodeó con sus brazos y le besó la frente con dulzura mientras seguía sin entender por qué las hadas habían hecho algo como eso con Regina cuando no tenía nada qué ver con su paso por la oscuridad.

—Es por eso que no puedo confiar en ella —se separó de David y se giró un poco para tenerlo de frente.

—Ahora lo entiendo —asintió y alargó una mano para acariciarle el rostro. Soltó un suspiro. —Sabiendo eso me parece increíble todo lo que hizo desde que te capturamos —arrugó un poco el ceño mientras pensaba. —Fue ella quien me indicó que debía traerte hasta aquí en caballo para que estuvieras a salvo —dijo extrañado.

—¿Cómo? —preguntó Regina abriendo los ojos grandes con asombro.

—Azul fue quien insistió en que era esa forma en la que deberíamos traerte para no poner a nadie en peligro y que el reino supiera que tú ya no representabas ningún peligro —explicó lo mejor que pudo.

La reina se puso de pie y el corazón comenzó a latirle con fuerza.

—¿Qué pasa? —preguntó David al verla tan preocupada de pronto.

—Yo no podía concebir —miraba de un lado a otro temerosa de sus propias conclusiones. —Había puesto una maldición en mi para que no fuera posible y de la nada después de haber estado como prisionera de ustedes quedo embarazada —se llevó una mano a la boca y la otra a su vientre no queriendo creer.

—¿Una maldición? —preguntó David poniéndose de pie de un salto y acercándose a Regina quien parecía espantada ahora.

—¿Es que no te das cuenta? —le preguntó mirándole fijamente. —Estoy segura que todo esto es un plan de Azul. No es casualidad que tuvieras que traerme a caballo, no es casualidad que hayamos follado y no es casualidad que esté embarazada —los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No. No —negó con la cabeza y le tomó el bello rostro con ambas manos. —Nosotros tuvimos sexo en el bosque porque quisimos —le recordó. Sí, ella lo había provocado al herir su orgullo, pero lo cierto era que la deseaba y pudo sentir claramente que ella también lo deseaba a él. No fue su imaginación y no fue una mentira.

—Sí, pero estuvimos ahí porque ella lo planeó y debió hacer algo para que yo pudiera concebir —explicó alterada tomando las manos del Rey para quitarlas de su rostro y bajarlas sin soltárselas. —David, Azul necesita al bebé para algo —lo dijo con fuerza a pesar de que le aterraba el decirlo en voz alta.

El Rey se quedó pasmado mientras la realidad le caía de golpe después de escuchar a Regina.