Muchas gracias a todos por leer, por dejarme estrellitas, corazoncitos y kudos, pero muy especialmente a quienes me dejan comentarios y reviews en las diferentes plataformas. Se los agradezco de todo corazón. Es muy lindo poder interactuar con ustedes.

Por otro lado, me hace muy feliz la intriga que se ha instalado con el capítulo anterior jaja. Todo esto es algo que ha estado planeado desde hace tiempo y nada me emociona más que ver/saber sus reacciones.

Gracias a quienes preguntaron por mi salud. Estoy mucho, mucho mejor.

Este capítulo de fin de año va dedicado con todo mi corazón para mi Partner in Crime. Literalmente sin ella no estaría aquí escribiendo y además es una pieza fundamental para el proceso de escritura. Así es que, Autumnevil5, un año más en esto…

No me queda más que esperar que el capítulo les guste y desearles que pasen un muy feliz Año Nuevo.


—Di algo —presionó Regina al ver que David no reaccionaba. Parecía estar aturdido por lo que acababa de decirle.

—Es que no… —empezó a titubear al no querer creer en ello. No era porque desconfiara de la reina y pensara que mentía. Era que le espantaba pensar que era real. Que las hadas quisieran a su bebé para algo, que todo ese tiempo habían estado siendo utilizados por Azul—. Es que eso es demasiado para las hadas, ¿no? —preguntó asustado.

Regina apretó los labios y las manos en puños negando con la cabeza.

—Llámala ahora mismo —demandó.

—Dudo que venga. Sabes que la he estado llamando estos últimos días y me ignora —resopló pasando una mano por su cabello para luego tallarse el rostro.

—Oh, créeme que vendrá —aseguró la reina—. Porque esta vez la necesitas de verdad —dijo con frialdad.

David fue testigo de la fugaz tristeza que se asomó en los ojos castaños. Fue un instante que logró hacer que su corazón se apretara pues no pudo evitar imaginársela de pequeña, rogando por la ayuda de estos mágicos seres que jamás dudaron en ir en su auxilio, al de Snow o de cualquier aliado del Reino Blanco.

Asintió pues haría todo lo humanamente posible para que Regina pudiera estar tranquila y en paz. Además, le angustiaba pensar que Azul estuviera tramando algo con su pedacito bello.

Avanzó hasta quedar al frente del enorme balcón de la habitación y llamó al hada.

—¡Azul! —Aguardó, mirando a la amplia vista que el balcón les brindaba en espera de ver alguna señal del hada.

No tardaron en divisar una diminuta luz azul que se acercaba hacia ellos. David retrocedió un poco y Regina avanzó hasta que quedaron a la par en medio de la habitación. La luz entró por el balcón dejando una estela de magia en pequeñas chispas que fue incrementando hasta que la forma de Azul estuvo frente a ellos.

—Majestades —saludó con un respetuoso gesto de la cabeza.

—Dime ahora mismo lo que tramas o juro que encontraré la forma de ¡arrancarte el corazón y aplastarlo! —Regina avanzó amenazante hacia el hada, pero fue detenida por David.

La tomó del brazo izquierdo con la mano derecha y la otra la usó para sostenerla por el único lugar que era posible sin lastimarla: entre los senos y la pancita.

La sorpresa fue perfectamente visible en el rostro del hada Suprema. Tal parecía que sabía a lo que la reina se refería.

—Estamos seguros que el embarazo de Regina tiene mucho que ver contigo y con que me mandaras a traerla a caballo. —Le habló con tono de voz que denotaba advertencia. Cada vez más convencido.

—Lo sabías —dijo Regina con absoluta seguridad. El Rey la soltó—. Sabías que había una gran posibilidad de que David y yo tuviéramos sexo en el bosque, así como sabías lo de Snow.

—¿Lo de la infidelidad de Snow? —preguntó el Rey, mirando de Azul a la reina quien asintió confirmando.

—Y por ende que el bebé podría no ser tuyo —completó Regina.

—Pero qué carajos. —El Rey miró con reclamo ahora al hada que lo único que hizo fue mantenerse firme, aunque no imperturbable. Se notaba que estaba incómoda.

—¿Qué fue lo que me hiciste? —preguntó Regina con recelo, llevando una mano a su vientre prominente y dando un pequeño paso hacia el frente.

Azul asintió y pasó saliva antes de responder.

—Agua del lago Nostros —reveló y el rostro de Regina se contorsionó en una mueca de angustia y el de David en una de confusión y preocupación a la vez—. Fue puesta en el agua que estuviste bebiendo durante tu estadía como prisionera en el Castillo Blanco.

La reina negó con la cabeza repetidas veces mientras los ojos se le tornaban brillosos por las lágrimas acumuladas y esbozaba una sonrisa por la incredulidad.

—El lago se secó —dijo David con desconfianza. Lo sabía bien, fue por ello que su madre murió. De haber existido suficiente agua estaría viva.

—Lo sé —asintió el hada—. No era mía —aclaró.

—Maléfica —susurró Regina sintiendo como si el mundo se le viniera encima. Estaba en lo cierto. La maldita hada era responsable—. ¿Para qué carajos quieres a mi bebé? —preguntó intentando controlar las ganas de llorar, aunque no podía evitar que el labio inferior le temblara. Estaba muerta de miedo y de rabia por igual.

—No quiero al bebé —aclaró el hada con una serenidad que solo lograba alterar más a Regina.

—¡No mientas! —exigió con tono de voz fuerte e imponente que por un segundo dejó al hada perpleja—. Tú y Maléfica… ¡Dime ahora mismo que quieren, maldita polilla del demonio!

—Mira, Azul… —intervino David al ver que la reina se estaba alterando. Eso no era bueno para el bebé, pero tampoco podía pedirle que se calmara. Estaba en todo el derecho de defender a su pedacito bello y él la apoyaría—. Fue divertido jugar a que nos ayudabas. Lo agradezco porque si no hubieras intervenido Regina y yo no estaríamos aquí, pero bajo ninguna circunstancia voy a permitir que usen a nuestro hijo para algo. Váyanse olvidando de ello —sentenció y desenvainó su espada.

—Les aseguró que nadie le hará daño a ese bebé.

—Oh, por favor —se quejó la reina porque no le creía ni media palabra—. El jodido Oscuro fue mi mentor, ¿crees que no sé que quieren algo? —preguntó exasperada.

—Te lo dije aquella vez. Hay cosas que están en nuestro destino y que no es posible cambiarlas —la miró fijamente al hablar.

—Dime qué es —exigió a punto de perder los estribos.

Una cosa era que se metieran con ella y otra muy diferente con su hijo al que habría de defender hasta con su propia vida. Sabía que podía ser que su pedacito bello estuviera heredando su magia, que fuera poderoso y que las hadas estuvieran interesadas en él por ello. O quizá, estaba destinado a algo horrible…

—No puedo —se escuchó serena, pero afligida a la vez. Como si se estuviera disculpando por no ser capaz de responder.

Regina apretó la mandíbula y se tensó. Hubo un silencio durante el cual los tres se mantuvieron firmes en su postura. Ninguno estaba dispuesto a ceder.

—Largo de aquí. —Regina alzó la mano derecha y señaló con el dedo índice a un punto del horizonte de la vista del balcón. —No quiero verte cerca de nosotros. Llévate tu maldita magia y tus buenas intenciones a tu inmundo país de polillas.

Le hablaba con coraje pues se sentía usada una vez más, pero estaba decidida a no seguir ese camino al que supuestamente estaba destinada. Lo iba a cambiar. Lo estaba cambiando. Todo empezó cuando decidió no lanzar la Maldición. Escapó de ese destino, del Oscuro. Podía hacerlo del hada.

—Regina, sólo vas a complicar las cosas —Azul intentó avanzar hacia la reina, quería convencerla de no hacer todo más difícil y doloroso.

—Ni un paso más —advirtió David amenazando al hada con su espada—. Largo —hizo un ademán con la cabeza de que se fuera de una vez.

El hada miró al Rey, alzó la barbilla sonriendo con suavidad sintiéndose orgullosa de él y de su postura ante la situación. Estaba respaldando a la reina sin titubear. Dio un leve asentimiento para luego dirigirse a Regina:

—Llegará el día en que me necesites —sentenció y la reina llevó ambas manos a su vientre protegiéndolo.

—Cállate —exigió David porque de alguna forma sentía que Azul estaba amenazando a Regina con sus palabras que articuló como si se tratara de una profecía.

—Nunca te voy a necesitar —le dijo la reina con todo ese odio que sentía por ella.

—Ese día me llamarás —Azul continuó ignorando a ambos—, y te prometo que vendré en tu auxilio —aseguró y de inmediato utilizó su varita para volver a su forma diminuta e irse tal cual llegó.

David dejó caer la espada mientras corría a abrazar a Regina quien parecía a punto de caer de rodillas. La sostuvo por un par de segundos, pero después ambos se deslizaron hasta el suelo. La reina soltó las lágrimas acumuladas y el Rey no paró de dejarle besos en la cabeza. Ambos llenos de angustia por lo dicho por Azul.


El hada Suprema convocó a las hadas infiltradas en el Castillo Oscuro. Se hacían pasar por doncellas para estar al cuidado de la reina. Les contó lo sucedido, que tendría que ausentarse y que ellas deberían seguir adelante con el plan.

—Manténganme informada —solicitó autoritaria. Las hadas asintieron al mismo tiempo y se retiraron.

Azul dio un suspiro largo lamentando que las cosas tuvieran que ser así. Cerró los ojos, buscando tranquilizarse al percatarse que Snow la llamaba. Emprendió el vuelo sin demora hacia el Castillo Blanco.


Regina estaba sentada en su sillón Cleopatra. David a su lado sostenía una taza de té para calmar los nervios que una de las doncellas le llevó amablemente y que la reina se negaba a tomar.

—Te hará bien —argumentó el Rey ofreciéndole la infusión de nuevo.

—No —hizo una mueca de asco y empujó la mano de él con una suya. El olor le resultaba desagradable y no sentía que su estómago pudiera soportar algo en ese momento.

—Está bien —accedió David, desistiendo. Se puso de pie caminando hacia el tocador donde dejó la taza.

—Si tuviera mi magia no dudaría en irnos de aquí. Lejos, donde ni Azul ni Maléfica pudieran encontrarnos —habló con pesadumbre pues sabía que era algo imposible. Poner un pie fuera del palacio significaba un suicido. Dentro de esas paredes había caballeros oscuros que por alguna razón le seguían siendo fieles y que le eran fiel a David también.

El Rey, quien la estuvo observando a través del espejo mientras ella hablaba, se apresuró a agacharse frente a ella para estar a su altura. El corazón se le apretaba al verla tan dolida y preocupada. Sin embargo, ella estaba en lo cierto.

Hace no mucho Snow e inclusive él estuvieron huyendo de ella y de alguna u otra forma siempre les encontró. Además, Regina estaba embarazada. Andar por el bosque huyendo en esa condición no sería nada bueno.

—No importa lo que suceda. Yo estaré contigo —aseguró el Rey mientras le sobaba los muslos con ambas manos—. Jamás permitiré que les hagan daño —prometió, inclinándose para dejar un amoroso beso en la pancita. Cerró los ojos y dio un largo suspiro cuando sintió una mano acariciándole el cabello.

—Lamento que Azul no sea quien habías pensado.

—Si te soy honesto, una parte de mí sigue sin poder creerlo. Es que es inimaginable que ella estuviera confabulando para que hiciéramos lo que quería.

—Ninguno de esos seres mueve un solo dedo sin un propósito —David alzó el rostro para mirarla—. Es algo que aprendí en mis lecciones de monarquía: a veces tienes que hacer lo correcto, aunque eso signifique no hacer el bien para todos.

El Rey meditó un poco esas palabras. Regina podría haber sido la Reina Malvada, fría y despiadada, pero era fácil darse cuenta que sabía cómo gobernar un reino. No por nada Azul sugirió que ella se hiciera cargo de los asuntos de gobierno. La labor que hizo detrás de un escritorio era digna de admirarse.

—Sobre mi cadáver Azul o Maléfica van a poner un solo dedo encima a nuestro hijo —le juró ahora con ambas manos sobre el redondo vientre que acariciaba con los pulgares.

—Gracias por haberme respaldado —le sonrió con suavidad.

—Siempre. Te has convertido en lo más importante para mí —aseguró y se alzó lo suficiente para encontrar los labios de la reina—. Te quiero, Regina —susurró con cariño.

Ella lo besó con entrega, imprimiendo el amor que sentía por él. La quería y eso era suficiente para su enamorado corazón que lo único que quería era estar con David la vida entera.

—También yo. —De pronto tuvo que llevar una mano hacia atrás de ella para inclinarse en esa dirección alejándose del Rey—. Se está moviendo y era incómodo seguir así —ambos rieron.

—Pedacito bello, no deberías interrumpir las conversaciones serias de tus padres —dejó muchos besos sobre la pancita, sintiendo de vez en cuando el movimiento de su bebé bajo los labios.

Mientras eso sucedía y Regina adoraba esa bella escena que calentaba su corazón, pensaba en magia, en cómo comenzó todo. Repasando en la mente sus lecciones con el Oscuro.


Snow paseaba de aquí para allá en brazos a su lloriqueante hijo. Estaban en la habitación del bebé, aguardando por Lancelot. Miraba hacia la ventana, recordando sus días como bandida, donde su única preocupación era recuperar el reino y vencer a la Reina Malvada.

Fueron días muy duros que le enseñaron a sobrevivir, pero sobre todo le mostraron una vida que, ahora que vivía en palacio y a cargo del reino, recién descubrió que le gustaba.

Quizá era eso o su incompetencia para gobernar. No se engañaba a sí misma. No por nada permitió que Regina tomara el control de los asuntos reales. Desconocía cómo debía proceder y la preocupación comenzaba a apoderarse de ella.

Su reunión con Azul no fue alentadora. El hada no podía salvarla. Desde luego que le ofreció su ayuda, le dio consejos, pero no podía hacer nada por ella.

Uno de los reinos vecinos solicitaba con urgencia una reunión con varios gobernantes. Querían detalles de las negociaciones que el Reino Blanco había hecho recientemente. El problema era que esas negociaciones las había hecho Regina en nombre de ella y David. Lo cual comprometía toda la situación y su posición como Reina del Reino Blanco.

No se sentía preparada para ello y, tal vez no se lo decía, pero sabía que Lancelot pensaba igual, aunque le dijera lo contrario. Y encima de todo, Azul le hacía ver que no había salida, que el Reino Blanco era su responsabilidad y debía afrontar lo que viniera, aunque no supiera hacerlo.

Miró la carita de su pequeño que por fin se quedó dormido. Tenía rastros de las gruesas lágrimas que estuvo derramando mientras se resistía a dormir. Siempre era lo mismo, Snow se preguntaba si se debía a todo lo que sufrió por el embarazo. La angustia por pensar que estaba embarazada de otro, el coraje por la traición de David y la rabia porque Regina cumplió con su palabra y arruinó su final feliz…

Lancelot entró sigiloso a la habitación y sonrió cuando vio que la ex princesa tenía a su pequeño dormido en brazos. Se acercó a ellos, besó los labios de Snow y luego la frente de su hijito. Lo dejaron en su cuna y salieron con cuidado de ahí.

—¿Todo bien? —preguntó Lancelot al notar la preocupación en el rostro de Snow. La ex princesa negó con la cabeza y se dispuso a contarle todo.


Regina se miraba al espejo. La vena saltada de su frente, mejillas encendidas, vientre ya demasiado grande y pechos hinchados balanceándose con la fuerza de las embestidas de David que la penetraba desde atrás. El apuesto rostro lleno de placer y lujuria, como el suyo. Tenía los ojos oscurecidos y clavados en ella. Le daba la impresión de estar poseyéndola con la sola mirada.

La imagen y ese pensamiento sólo hacían que se calentara más. Cerró los ojos pasando saliva y se mordió los labios. La piel la tenía erizada por lo placentero que era sentirlo tan duro y grande, entrando y saliendo de su interior, embistiéndola con fuerza medida mientras la sujetaba con fuerza por las caderas, jalándola hacia él al tiempo que empujaba tan dentro que sus testículos lograban golpetear su sexo.

—Oh, Dios… —gimió desde el fondo de su garganta al sentir que el placer se apoderaba de su cuerpo por completo provocando que las lágrimas se agolparan en sus ojos.

—Vamos, Majestad. Vente para mí —la alentó al sentir que las suaves y ardientes paredes le apresaban con fuerza por momentos dificultando un poco su movimiento.

La reina dejó caer su cuerpo sobre sus antebrazos con las manos apoyadas sobre la superficie de su tocador para conseguir balance y se empezó a empujar con fuerza contra él. Las respiraciones pesadas, los gemidos, jadeos, pequeños gritos y la excesiva humedad de su sexo eran lo único audible en la habitación.

Se miró una vez más al espejo. Podía ver su rostro contorsionado por el placer que le empezaba a parecer insoportable y se vino; fuerte y duro. Un orgasmo despiadado que hasta la hizo levantar los pies del suelo. Por fortuna, David la sostuvo para que no cayera. Fue tanto lo que se contorsionó que el miembro salió de ella.

—Eres tan perfecta —siseó con ardor el Rey mientras repartía besos en la espalda de la reina que seguía sufriendo espasmos por orgasmo.

Los muslos de Regina estaban mojados por sus propios fluidos y el líquido preseminal de David quien aún no se había venido.

Tomó aire profundamente y lo exhaló por la boca. Se dio la vuelta siendo recibida por el Rey que sonreía socarrón. Le colocó una mano en el pecho y avanzó haciéndolo retroceder apenas un par de pesos.

—Sentado, pastor —ordenó y David hizo lo indicado.

Sin perder tiempo se dejó caer de rodillas y se abalanzó sobre el turgente miembro que estaba bañando en sus fluidos. No fue sutil. Lo engulló haciendo que el Rey se estremeciera de pies a cabeza. Lo succionó mientras movía su cabeza de arriba hacia abajo llevándolo casi a bajar por su garganta.

Y ahí estaba ella, la ex Reina Malvada del Bosque Encantado, dándole placer con su boca al Príncipe Encantador, el amor verdadero de su más grande enemiga. Lo maravilloso de la situación era que lo hacía porque ambos así lo querían.

Lo escuchó empezar a gemir desesperado y terminó todo tan abrupto como lo empezó. Se puso de pie apoyándose en los muslos del Rey quien la ayudó a levantarse. Iba a protestar por ello, pero eso rompería con la magia del momento y era lo último que quería.

Se dio la vuelta y acercó su trasero. David entendió, tomó su miembro y buscó la estrecha intimidad. Dios… todo estaba tan mojado.

—Oooh —gruñó el Rey con fuerza—. Estás tan caliente y apretada, Regina.

La reina empezó a rebotar sobre el duro miembro. Subiendo y bajando, las manos de David tocaron sus senos. Se los masajeó, jugó con sus pezones, le acarició el torso y el vientre. Fueron apenas un par de minutos donde mantuvieron ese ritmo. Las manos del Rey le apresaron los pechos de nuevo, aunque esta vez se los apretó haciéndola gemir alto porque los tenía muy sensibles y entonces lo sintió empujado hacia arriba encontrándose con ella.

Desde esa posición la jaló hacia él alzando la cadera lo más que pudo para llegar profundo en Regina, pegó su pecho a la sudorosa espalda y entonces llegó.

—Aaaah, sí —la reina sonrió satisfecha al sentir la ardiente semilla de David llenando su interior. Se contrajo un par de veces sobre el miembro haciendo que el Rey respondiera con fuertes gemidos.

—Diooos, como aprietas —se escuchó tan pervertido que hasta él se sorprendió y, si no estuviera en ese momento de absoluto placer, se habría reído.

—Amo cuando te vienes dentro de mí, encantador. —Regina rotó sus caderas sin dejar de apretar.

De pronto David volvió a jalarla hacia él y la reina sonrió mientras lo miraba a través del espejo.

—Dame unos minutos y te volveré a llenar con mi semilla caliente —le acarició el vientre con ambas manos y le dio un beso en el cuello—. ¿Eso te gustaría? —siseó con ardor viendo el bello rostro sonrojado de Regina quien asintió en respuesta con una mueca de fingida inocencia.

—Vamos a la cama —sugirió ella poniéndose de pie. El miembro abandonó su interior y casi de inmediato la evidencia del orgasmo de ambos empezó a salir de su sexo.

Le ofreció una mano que él aceptó. Se recostaron sobre la mullida cama y se siguieron besando, acariciando y tocando sugestivamente. La reina estimulaba el miembro de David mientras él hacía lo propio con el mojado sexo. Continuaron hasta que el ex príncipe estuvo duro de nuevo, lo cual en realidad no le era muy difícil con Regina.

Esa hermosa mujer podía no tener magia, pero cuando se trataba de él podía asegurar que lo tenía bajo un hechizo. Un maravilloso embrujo del cual no quería escapar.

Regina se colocó de nuevo en cuatro. No sabía por qué, pero le gustaba sentir el peso de su propio cuerpo en esa posición que estaba segura que pronto no sería capaz de aguantar. Le parecía erótico.

—Mmmhhh —gimió el Rey al sentirse otra vez dentro de la estrechez de la reina. Era absolutamente magnífica la forma en que se amoldaba a él y lo exquisito que se sentía en su miembro.

—Ha-azme el amor, David —susurró la petición que hizo con el corazón. Fue algo que no pudo evitar. Estaba enamorada de él y ese sentimiento se apoderaba más de ella día con día. Cerró los ojos suspirando cuando el Rey le besó la espalda y le acarició las caderas junto con las nalgas.

—Haré todo lo que me pidas, belleza. Siempre —susurró contra la cremosa y ardiente piel que era inigualablemente tersa.

Retiró su miembro casi por completo hasta que solo la cabeza estuvo dentro y empujó de nuevo con suavidad. Se siguió moviendo así por algunos minutos, atento a los preciosos gemidos de la reina. Fue entonces cuando le abrió las nalgas y clavó su mirada en el punto donde se estaban uniendo. Los rosados e hinchados labios se abrían a su alrededor permitiéndole entrar y salir de la estrecha entrada. Su miembro estaba empapado por los calientes fluidos de Regina.

Era todo un bendito espectáculo tenerla así. El largo cabello cayéndole por el lado izquierdo, permitiendo que le estuviera abriendo las nalgas para ver todo de ella. Apretó los labios y aumentó el ritmo de sus penetraciones. La reina jadeó pesado al sentirlo.

—Más… lo quiero más fuerte —siseó con erotismo su demanda que fue concedida de inmediato. Apretó los ojos y aferró las sábanas bajo ella.

—¿Así? —preguntó David soltándole las nalgas para aferrarla de las caderas y tener mejor balance. Quería confirmar pues no podía ignorar que estaba embarazada y temía mucho lastimarla si se dejaba llevar por completo.

Regina asintió sintiéndose incapaz de articular palabra. El embarazo la tenía demasiado sensible y las sensaciones se multiplicaban. Le estaban temblando las piernas y un poco los brazos, pero era delicioso que se lo hiciera en esa posición mientras sus pechos y su vientre se balanceaban por la fuerza de las embestidas. Era inexplicable lo placentero que le parecía.

—Mmngh —gimió apretando los dientes cuando David le dio una nalgada. Mentiría si dijera que eso no la encendía de una forma que le parecía obscena. Era como un pequeño abismo de placer que amenazaba con hacerla caer sin retorno. La petición la tenía atorada en la garganta y la aguantó hasta que no pudo más. Si no lo hacía iba a morir—. Azótame mientras me follas —ordenó. No iba a suplicar por ello.

—¿Quieres que te de nalgadas? —preguntó contenido a pesar de que respiraba con dificultad.

—¡Solo hazlo, pastor pervertido! —exigió porque no iba a repetirlo—. ¡Aaah! —gritó y después soltó un gemido adolorido mientras se estremecía con el placer doloroso de la nalgada. Siseó al sentir otra y después otra. David retomó el ritmo de sus embestidas sin detener las nalgadas y Regina se abandonó al placer.

No existió nada para ella más que sus propios gemidos ahogados, sus lloriqueos placenteros, la respiración acelerada y los gruñidos guturales del Rey. Las punzadas en las nalgas con cada azote, sus pezones durísimos, su clítoris palpitando, el peso de su cuerpo precipitándose hacia el frente por la fuerza con la que era embestida. El golpeteo húmedo de sus cuerpos…

Nada más fue necesario para que Regina se viniera. Abrió la boca y apretó los ojos, pero ningún sonido salió de ella. Solo sintió que más fluido abandonaba su cuerpo y que no podía respirar. La sensación duró unos segundos que a la reina le parecieron una eternidad.

—¡Aaannh! —sollozó mientras se estremecía con fuerza y el Rey la empezaba a llenar de nuevo con la ardiente semilla haciéndola delirar de puro y exquisito placer. Lo escuchaba gemir y gruñir mientras le apretaba con fuerza por las caderas. Seguro le dejaría marcas en la piel.

Se retiró de la reina tan pronto como acabó de derramarse hasta lo más profundo de ella. La ayudó a caer sobre la cama de lado para que la bella pancita no saliera lastimada. Después se recostó a su lado.

—Servida, Majestad —le besó en los labios y le acarició la espalda bajando hasta la nalgada izquierda. Regina siseó de dolor dentro de su boca—. ¿Fue demasiado? —preguntó preocupado quitando su mano. La tersa piel se había tornado de un fuerte color rosado.

—Me gusta —sonrió con picardía y le volvió a besar apasionadamente.

No pasó mucho tiempo para que David, pensando que Regina dormía, se quedará dormido profundamente. Fue el momento en que aprovechó para ir al baño a asearse. Se dio cuenta que las cosas ya no estaban encantadas por Azul y suspiró con alivio. El problema fue que no había ropa para ella ahí dentro. Torció los ojos y gruñó bajito.

Salió con cuidado del baño y se dirigió al armario. Tomó un camisón negro dándose cuenta que era un diseño para su estado. El hada había tenido la delicadeza de dejarle algunas prendas. Ya vería cómo conseguir más ropa. Sobre todo, si su vientre seguía creciendo.

Una vez vestida salió descalza por el largo pasillo que conectaba esa habitación con el resto del castillo. Recorrió un par de pasillos hasta una escalera que descendió. Siguió andando sin percatarse que unas pequeñas luces de colores le seguían, cuidando su andar. Llegó a una puerta que abrió revelando la biblioteca ante sus ojos.

Azul se había ido, pero Regina no iba a quedarse de brazos cruzados a la espera de que cualquier día ella o Maléfica decidieran volver por su bebé.


Varios días después la ex princesa discutía acaloradamente con Lancelot. Acababa de regresar del viaje para la reunión entre los reinos. Le fue muy mal. No porque engañó a David como pensó, sino porque se dieron cuenta que no fue ella quien había estado dirigiendo el reino e hizo las negociaciones por lo que terminó confesando.

Ahora todos los reinos sabían por su boca que fue Regina quien estuvo a cargo del Reino Blanco durante su corto reinado. Uno de los Reyes insinuó que lo mejor sería que desposara a alguien que estuviera preparado para conducir el Reino Blanco. Obviamente lamentó con sarcasmo que estuviera casada con David.

El problema entre la pareja era que Snow nunca mencionó que estaba ahora con el caballero y por ende, no estaba interesada para nadie más.

—Soy el padre de tu hijo, ¿qué tiene de malo que digas que estás conmigo? —preguntó Lancelot acercándose a la ex princesa que ni siquiera era capaz de mirarle a la cara.

—No era el momento —se defendió. Dirigió la mirada hacia él.

—Tampoco has planeado una presentación oficial del niño ante el reino.

—Acabo de separarme de David con quien estoy legítimamente unida en matrimonio, ¿qué crees que pensaran si les digo que estoy contigo?

Hubo un silencio donde lo único que hicieron fue mirarse.

—En verdad quiero que esto entre los dos funcione, pero no sucederá mientras me trates como tu sucio secreto. —Salió de la habitación dejándola sola.

Snow se sentó en el sillón junto a la ventana. Estaba contrariada. Su vida se estaba desmoronando y se sentía insegura de tomar decisiones. Algunos minutos después la puerta se abrió y volteó para encontrarse con Johanna.

—¿Qué le pasa a ese hombre? —preguntó con expresión ceñuda.

—¿Sucedió algo?

—Llegó a la habitación del niño y me pidió que saliera. Parecía molesto —le contó y la ex princesa asintió volviendo a mirar hacia la ventana.

—Lo está. Dice que lo trato como si fuera mi sucio secreto —habló ausente.

La doncella se acercó hasta ella y se sentó a su lado poniéndole una mano en el hombro expresando su apoyo. Johanna había estado con ella desde que nació. No recordaba ningún momento de la infancia sin su presencia. Si era sincera, la doncella era más como una madre para ella de lo que Regina llegó a ser.

Lo que habría dado porque su padre desposara a Johanna y no a Regina que ahora podía admitir fue un capricho de ambos. Era extremadamente hermosa, valiente y gentil, y ni ella ni su padre quisieron dejarla ir. Ya era demasiado tarde para lamentarse…

—¿Por qué dice eso? —preguntó la mujer mayor mientras acariciaba el cabello de Snow.

—Porque en la reunión no dije que estaba con él y porque no hemos presentado al bebé al reino —explicó y resopló por la boca—. Lo entiendo, pero no es tan fácil como Lancelot piensa. Soy la Reina y no está bien que tenga un amante que encima es el padre de mi hijo. Tengo miedo que la gente lo señale por ser un hijo ilegítimo del reino —retorció las manos sobre su regazo, pensando en que, el bebé que Regina tendría, sí sería un hijo legítimo del reino por ser del Rey.

—Todo sería más fácil si David estuviera muerto —dijo Johanna mientras mimaba a Snow que se tensó ante sus palabras y la doncella entendió—. No estoy diciendo que quiero que muera. Es solo que así serías libre de ese matrimonio y podrías desposar a Lancelot sin problema.

—Entiendo —pasó saliva y relamió sus labios. No le gustaba pensar en esa posibilidad—. Debe haber otra forma —le sonrió a la doncella quien le regresó la sonrisa sin dejar de hacerle mimos.


David llegó al palacio después de la ronda por las aldeas cercanas al Castillo Oscuro. Durante esos días se puso de acuerdo con la guardia oficial del palacio y acordaron hacer esa diligencia algo oficial.

Vigilaban los perímetros y le hacían saber a la gente que estaban ahí. El Rey quería que estuvieran conscientes que de alguna forma se les estaba observando. Su intención era minimizar y en su caso neutralizar cualquier posible ataque al Castillo.

También aprovechaba para visitar a los ex aliados del Reino Blanco, en especial a Granny y a Ruby quienes le dieron una sorpresa.

—¿Dónde está la reina? —preguntó a una de las doncellas. Esa en particular estaba vestida de morado. Le parecía curioso que ninguna repitiera el color de vestido, pero quizá era algo entre ellas, para que fuera fácil distinguirlas.

—En el jardín del manzano—respondió con extrema amabilidad.

—Gracias —le extrañaba ese comportamiento.

Se dirigió al lugar indicado y ahí la encontró. Revisando las manzanas del majestuoso árbol y se abstuvo de hacerle saber de su presencia de inmediato. Prefirió admirarla un poco. Era increíble lo mucho que Regina había cambiado. En su bello semblante no quedaba rastro alguno de la Reina Malvada. Era una mujer totalmente diferente. Se veía adorable e irresistible al mismo tiempo con el embarazo. Sin duda la esbelta anatomía había cambiado, pero David la seguía deseando igual que como el primer día que la vio.

—Con que aquí estabas —dijo y la reina sonrió en cuanto lo escuchó.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó admirado el andar del Rey hacia ella.

—El suficiente para confirmar que sin duda alguna eres la mujer más bella de todos los reinos. —La tomó de los costados y la acercó hacia él. Los brazos de Regina se enredaron en su cuello mientras se besaban con ternura.

—¿Cómo se portó el bebé? —preguntó bajando una mano para acariciarle el vientre.

—Muy bien. —Regina rio al responder.

—Hoy vi a Granny y a Ruby —le contó y la reina aclaró su garganta. Sin duda seguían sin agradarle, pero tampoco quería mentirle y esconder que las frecuentaba.

—¿Cómo están? —preguntó doblegando su orgullo y es que las mujeres no eran de su agrado, pero tampoco ignoraba lo que hicieron la última vez que las vio.

—Bien —sonrió más animado por el interés de Regina. No importaba que fuera fingido. Era suficiente para entablar la conversación que necesitaba—. Me dijeron que le pidieron a Geppetto la cuna para el bebé —le contó la sorpresa que las lobo le dieron.

La sorpresa en el bello rostro de la reina no se hizo esperar.

—¿Ellos… quieren hacerle un regalo al bebé? —preguntó desconfiada.

—Sí —respondió David y le dio un beso largo en la frente con muchísimo cariño. Le dolía que Regina no se sintiera merecedora de esos gestos. La sintió abrazarle con más fuerza y él correspondió.

—Espero que no esté fea —murmuró a modo de puchero y el Rey se soltó a reír.


Lancelot tocó a la puerta de la habitación de Snow. No estaba convencido, pero la ex princesa le mandó llamar y por eso estaba ahí. La puerta se abrió. Ella lo tomó de una mano y lo jaló hacia el interior cerrando tras ellos.

—¿Qué ocurre? —preguntó extrañado.

—Lancelot —Snow tomó aire, el más que pudo para agarrar el valor de hablar—. Necesito que hagas algo por nosotros.