El enojo se apoderó de Regina y en un arranque de rabia arrojó el libro que leía contra la pared. La impotencia le trepaba por la columna. Llevaba semanas intentando hacer magia. Incluso usó los libros de su madre donde documentó cómo logró convertir paja en oro y tampoco pudo hacerlo. Pateó el montoncito de paja que estaba junto a la rueca que pidió le llevaran hasta ahí.

Puso ambas manos sobre su vientre. No faltaba mucho para el alumbramiento, por lo que cada día que pasaba sus temores y preocupaciones se acrecentaban. Llevó una mano hasta su espalda baja y se arqueó poquito buscando alivio. Se sentía atrapada, no podía recurrir a Maléfica, mucho menos a Rumpelstiltskin y por nada del mundo buscaría a su madre. Jamás pondría en peligro a su pedacito bello, primero muerta antes de hacerlo.

Desde luego que David buscaba por todos los medios tranquilizarla, pero lo cierto era que nada de lo que le decía la calmaba. Y el hecho de que, dadas sus preocupaciones, él se empeñara en seguir con las rondas para prevenir ataques, no hacía más que estresarla y molestarla porque se ausentaba por demasiado tiempo a su parecer.

—Te prometo que no nacerás sin que yo tenga magia —dijo a su bebé mientras salía de la biblioteca rumbo a las criptas—. Llegarás al mundo rodeado de amor, seguro y protegido —prometió fingiendo confianza en sus palabras para que su pedacito bello le creyera.

Luego de recorrer varios pasillos llegó a las puertas del lugar que visitaba casi a diario. Abrió y cerró tras ella. Caminó hasta la tumba de su padre y puso una mano sobre la fría piedra de mármol.

—Hola papá —saludó, llevándose la otra mano al prominente vientre el cual acarició—. Estarías muy feliz viendo lo mucho que ha crecido —sonrió con tristeza. Se recostó sobre la tumba—. No sé qué hacer. Tengo miedo —susurró abrazando su pancita—. Sé que David asegura que nada pasará, pero no estoy tan segura y no… —cerró los ojos e hizo una breve pausa—, no quiero hacer algo desesperado.

Percibió el temor en su propia voz. Era algo que ni siquiera le había confesado a David porque no quería siquiera pensar en esa posibilidad. Le aterraba pensar que toda aquella decisión que tomará estuviera prevista por Azul o Maléfica y que, no importara lo que hiciera, que al final terminara cumpliendo ese destino del cual la polilla le habló.

—Si es niño se llamará Henry. Como tú, papi. —Colocó los labios sobre el mármol, cerró los ojos y depositó un beso—. Solo ayúdame a que todo esté bien. No permitas que lo aparten de mi —susurró la petición que hizo con el corazón.


Los días siguieron pasando entre angustia y felicidad para Regina. Era una sensación agridulce la que experimentaba. La cuna que prometieron ya estaba en la amplia alcoba a un lado de la cama, justo donde pidió. Desde luego que Granny se encargó de enviar la cuna con mantitas, ropita, almohaditas y hasta el pequeño colchón. A Regina le parecía demasiado para venir de una mujer a la que no le tenía buena fé, pero al mismo tiempo se convencía que no había nada de malo en recibir esos regalos para su pedacito bello. Se lo podía imaginar envuelto en una de las mantas tejidas.

—¿En qué piensas? —David la tomó de los brazos por detrás y dejó un beso largo en su cabeza.

—En lo mismo. En que muy pronto nacerá —respondió recargándose en él y los fuertes brazos la envolvieron de inmediato, permitiendo disfrutar de esa hermosa intimidad que compartían y que crecía día con día.

—Nuestro pedacito bello —susurró con amor, besándola ahora en la mejilla derecha y acariciando el prominente vientre—. Un pequeño príncipe o princesa —dijo con ojos cerrados, imaginando esa misma escena, pero ya con su bebé ahí en la cuna. Regina asintió y después de un momento, habló:

—Hay algo que debo decirte. —David recargó la barbilla en su hombro derecho.

—Te escucho.

—Estoy tratando de recuperar mi magia —confesó el pequeño gran secreto que había estado guardando. Escuchó un suspiro.

—Lo sé —le besó el hombro.

—¿Cómo? —preguntó girando entre los brazos de David quien se alzó y ahora colocó sus manos en la espalda de Regina.

—Sé que pasas mucho tiempo en la biblioteca —era algo que ella misma le había comentado—, y me dio curiosidad saber qué tanto hacías porque no contabas nada.

—Tampoco preguntaste.

—Esperaba que me lo dijeras —le acomodó un mechón del largo y ondulado cabello tras la oreja. La reina torció ligeramente la boca y asintió comprensiva—. Y, ¿lo has conseguido? —preguntó con suavidad.

—No. —Cerró los ojos al recibir un beso largo en la frente.

—Sé que no sirve de mucho, pero siento el no haber anticipado que te dejarían sin magia —habló contra la frente de la reina. Después hizo la cabeza hacia atrás, Regina levantó la suya y se miraron a los ojos—. Lo habría evitado.

—No nos engañemos, David. En ese momento no había forma en que confiaras en mí.

—Pero quizá pudo existir otra forma que no implicara dejarte sin magia —se escuchó molesto y lo estaba. Consigo mismo, con Snow y Azul. No soportaba ver a Regina tan preocupada y algunas veces angustiada por el temor ante lo que el hada y Maléfica pudieran hacer.

—Me necesitaban sin magia —esbozó una media sonrisa afligida. David cerró los ojos y le besó de nuevo en la frente.

—Ella dijo que nada le iba a pasar al bebé —le recordó.

—Qué fácil es decirlo —se liberó del abrazó y caminó poniendo sus manos en su espalda baja buscando mitigar la incomodidad—. Esa polilla se negó a ayudarme solo por llevar la sangre de mi madre, ¿qué crees que piensa respecto a nuestro hijo? —preguntó, mirándolo con severidad pues al parecer David no comprendía la gravedad del asunto.

Él le sostuvo la mirada retadora que Regina le lanzaba. No estaba seguro de decir lo que pensaba. Llevaba días callando, pero ya no soportaba verla así y quizá eso podía hacer que ella sintiera calma.

—Tal vez no debería decirlo —advirtió antes de hablar—. Entiendo lo que dices, sobre tu historia con las hadas por ser hija de Cora, pero yo… se supone que soy un héroe y bajo esa lógica Azul no va a permitir que le pase algo a nuestro pedacito bello. Tampoco que lo aparten de mí —se apresuró hacia ella para tomarla de los brazos y Regina volteó hacia un lado, herida y con evidente enojo—, y yo no me voy a apartar de ti. Te juro por nuestro hijo que estaremos juntos los tres por siempre.

—¿Quieres… estar conmigo siempre? —preguntó dubitativa y a la vez sorprendida al escucharlo decir eso.

—Sí —respondió con una encantadora sonrisa dibujada en su apuesto rostro.

Regina lo besó con necesidad porque quería creerle, quería creer en sus palabras, que en verdad Azul no le haría nada a su bebé por ser hijo de él, de un héroe, y que estarían juntos por siempre. Y mientras ambos descansaban, desnudos y sudorosos después de hacer el amor, Regina sabía que no, que no era posible creerle. No porque no creyera en David, sino que, creer en que Azul no haría nada, era engañarse a sí misma.

Y mientras eso sucedía en el Castillo Oscuro, en el Blanco las cosas no eran del todo diferentes. Snow lloraba angustiada en el sillón del salón de asuntos reales. Paralizada con las constantes amenazas que estaba recibiendo por parte de los otros reinos. Le aterraba pensar que le fuera a pasar algo a su hijo. Azul intentaba alentarla, pero ella se sentía incapaz de seguir. Y no tener noticias de Lancelot no ayudaba en nada.


Un par de días después Regina estaba en la biblioteca tratando de hacer magia una vez más. En poco tiempo estuvo ofuscada y sucedió aquello que estuvo tratando de evitar desde que se decidió a intentar hacer magia de nuevo. Dejó que la rabia dirigiera su sentir, de la misma forma que sucedió la primera vez que lo logró. Lo estuvo evitando porque sabía bien que la magia era emoción y no quería involucrar a su pedacito bello en sentimientos que no fueran buenos, pero no lo puedo evitar. Sin embargo y para su infortunio, nada sucedió.

—¡Con un demonio! —exclamó enojada con la situación. Con la idiota de Snow, con Azul, con Maléfica, con David y con ella misma por haber sido tan estúpida de aceptar renunciar a su magia. Sí, lo hizo en un intento desesperado por proteger a su bebé, para evitar que lo separaran de ella, pero ahora se arrepentía.

Si algo llegaba a pasarle a su pedacito bello no le iba a alcanzar la vida para perdonárselo.

—Regina. —La voz inconfundible la hizo voltear hacia la puerta.

—¿Qué haces aquí? —preguntó poniéndose de pie y retrocediendo un poco. Mirando de soslayo a su alrededor en búsqueda de algo que le sirviera para protegerse de ser necesario.

—Vámonos. —Se apresuró hacia ella y se detuvo cuando Regina alzó ambas manos haciendo el gesto de que no se acercara más.

—¿De qué estás hablando? —preguntó. El cazador vestía la armadura de los caballeros oscuros. No tenía dudas de cómo fue que entró. Sus dudas eran respecto a lo que pretendía.

—La hacienda real es un lugar seguro. Puedo llevarte hasta allá. Ponle fin a esta farsa. No es necesario que sigas fingiendo que David te importa para que no te aparte del bebé.

Regina se tomó un momento al entenderlo todo. La última vez que vio a Graham él insinuó que podía convertirse en la amante de David para conseguir quedarse con su hijo.

—Hay que irnos antes de que sea tarde —surgió el cazador con urgencia, temeroso de que le descubrieran. Los bellos ojos castaños le miraron fijamente y fue todo lo que bastó—. No te engañes a tí misma, estás viviendo una ilusión. Crees que David está llenando el vacío que Daniel dejó y que nunca permitiste que yo llenara, pero no es así.

—Vete, Graham —pidió molesta al sentirse provocada por las palabras del cazador.

—Eres la mujer que le dará un hijo y nunca serás nada más. ¿Cuánto tiempo crees que tarde en correr de vuelta a los brazos Snow? Ella es su amor verdadero. —Argumentó con crueldad pues quería convencerla.

—Largo de aquí —ordenó enojada.

—Sabes que tengo razón y que corres el riesgo de que se lleve al bebé con él. —Le dolió ver el dolor reflejado en el bello rostro.

—¡Basta! —exclamó. Graham se tensó—. No tengo porqué seguir escuchando tus estupideces. Tú no sabes nada. No entiendes nada.

—No olvides que fuiste capturada por él para ello. Simplemente te cambió de prisión por una donde crees que eres libre y tienes el control, pero es una mentira. Es un héroe. ¡Un jodido héroe! —Regina se dio la vuelta poniendo una mano en su cintura baja y la otra en la frente—. Tarde o temprano te va a destruir porque no importa lo que pase, no puedes deshacerte de la Reina Malvada tan fácil. Una parte de ti siempre será la villana y no tendrás un final feliz a no ser que lo tomes por la fuerza. —Quería hacerla entrar en razón para que se fuera con él en ese mismo instante.

El corazón de la reina palpitaba con tanta fuerza que sentía el retumbar en su cabeza junto con las palabras de Graham. Se negaba a creerlas, no iba a hacerlo porque eso destruiría todo lo que estaba construyendo junto a David. Pero tenía razón, inclusive David se lo dijo: él era un héroe y nadie le iba a quitar al bebé, ¿pero ella? Ella seguía siendo una villana y eso no iba a cambiar pasara lo que pasara.

—Por favor, no me digas que crees que puedes tener un final feliz con él. Tú no eres tan ingenua. —Presionó el cazador al ver a la reina perdida en sus pensamientos. Con seguridad analizaba sus posibilidades con David.

Y sí, Regina estaba tan enamorada de David que no tenía duda ya de que lo amaba y que ese amor podía ser suficiente para los dos, para su pedacito bello, para su final feliz. Desconocía en qué momento comenzó a pensar en eso. A pesar de que le preocupaba el no tener magia, la vida con el Rey era como un cuento de hadas y se negaba a renunciar a ese futuro lleno de amor y felicidad que vislumbraba junto a él.

—¿A qué has venido? —preguntó alzando el rostro y mirándolo con altivez—. ¿Crees que necesito ser salvada? —rio con ironía y ligera burla que eran una completa farsa. Lo hacía porque ya no quería escucharlo más. Suficiente angustia tenía con el asunto de Azul.

—¿Estás enamorada? —preguntó cayendo en cuenta de la realidad. Cerró los ojos con dolor cuando la vio asentir. Apretó las manos en puño, intentando aguantar.

—Ya vete —ordenó Regina con frialdad.

Graham sabía que tenía que irse, pero no lo haría sin ofrecer su apoyo incondicional.

—Dejé abierta la salida del pasadizo subterráneo. La cubrí para ocultarla, pero está ahí por si decides escapar. No estarás sola, yo te estaré esperando en la hacienda. —Se dio la vuelta, se puso el casco para ocultar su rostro y salió tal cual llegó, dejando a Regina mucho más llena de angustia de la que pensaba podía soportar.


Los siguientes días fueron complicados. Regina ya no podía ocultar su angustia. Le costaba dormir y cuando lo conseguía se despertaba de imprevisto, con el corazón latiendo furioso en el pecho.

David ya no soportaba verla así, por más palabras de aliento, no conseguía transmitirle calma y eso empezaba a angustiarlo a él también. En su desesperación salió solo un día al bosque con toda la intención de llamar al hada, pero al final se arrepintió. No quería hacer nada a espaldas de Regina y no quería hacerle ver a Azul lo preocupados que estaban. A pesar de que una parte de él seguía confiando de alguna forma en ella, la verdad era que su desconfianza también había crecido.

Ese mismo día, al ver que David se fue, Regina estuvo frente a las puertas que la llevaban hasta el pasadizo subterráneo. Con la tentación recorriendo su cuerpo y la vaga idea de ir en búsqueda de auxilio donde ni siquiera debía pensarlo rodando por su mente.

Cuando David llegó buscó a Regina quien corrió hacia él en cuanto lo vio. Ambos sentían urgencia por sentirse. Como si quisieran el perdón del otro por aquello que ni siquiera llegaron a hacer.


David salió de la cabaña que las lobo habitaban. Era un lugar modesto en el que se instalaron en la aldea más cercana al Castillo Oscuro. Las visitaba de vez en cuando y si bien no olvidaba las amenazas de la joven lobo a Regina, reconocía que ahora tenía una actitud distinta respecto a la reina.

Se quedó pasmado cuando se encontró de frente con Snow. Estaba ahí parada con su traje de bandida, mirándole de esa forma en la que sabía muy bien que quería algo.

—Por favor —suplicó antes de que David se negara a hablar con ella.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—Entren —indicó Granny para cuidar que nadie les viera.

Snow entró de inmediato, sin pensarlo ni un segundo, pero él se quedó parado, inseguro de ir.

—Es importante —dijo la ex princesa y eso lo hizo volver al interior de la cabaña.

—Habla —presionó pues no le interesaba permanecer mucho tiempo con ella.

—Las cosas van muy mal en el reino —empezó a explicar—. Ya no puedo seguir. Hay amenazas de guerra. Necesito que ustedes, que Regina —aclaró—, se haga cargo. —Se sorprendió cuando David rio.

—¿Te estás escuchando a ti misma? —preguntó incrédulo—. Regina no va a ir a salvarte de tu incompetencia otra vez. Ya déjala en paz —demandó.

—Es que ella es la única esperanza —dijo sincera. No era fácil admitirlo, pero no tenía opción—. Sin ella al frente el Reino Blanco estará perdido —vio que Ruby y Granny se preocuparon.

—Ve y pídele ayuda al hada —comentó enojado y empezó a caminar hacia la puerta.

—Azul ya no puede hacer más. —Él tomó la perilla de la puerta—. Hay algo más que tengo que decirte.

David cerró los ojos y apretó la mandíbula por la impotencia.

—Durante este tiempo he estado reflexionando y extrañado mucho los días como bandida. Estar a cargo del reino ha hecho que mi vida pierda sentido —aguardó un momento para ver la reacción de aquel hombre que pensó algún día amar verdaderamente.

—No entiendo por qué me cuentas eso —volvió el rostro hacia ella—. Si quieres irte a vivir de nuevo así, es tu problema. —Snow negó repetidas veces.

—Suena muy sencillo, pero no es así. —David se giró para encararla por completo esta vez—. Lancelot me dijo que es posible. Como Rey tienes la autoridad para desconocerme como tu legítima esposa.

—No por Dios —renegó el ex príncipe. No quería más problemas de los que ya tenía—. Es tu maldito reino, hazte cargo.

—Quiero irme a vivir lejos y tranquila, con Lancelot y Leonard, mi hijo.

—Y dejarle el problema a Regina, ¿no? —preguntó irónico—. Nosotros también queremos vivir tranquilos con nuestro hijo.

—No podrán —le sonrió con pena—. A donde quiera que vayan Regina será perseguida por el mal que ha causado. Esta es su oportunidad de enmendar y redimirse. Desconóceme como tu esposa y despósala a ella. De esa forma podrán hacerse cargo del reino y proteger a su bebé —le contó la idea que se le ocurrió mientras buscaba excusas para convencerlo.

David pensó que la cabeza le estallaría. Por un lado, tenían el peligro latente de Azul, por otro los posibles ataques de los aldeanos y ahora amenazas de guerra por parte de otros reinos que, si bien no estaban en el Castillo Blanco, estaban en territorio del Reino Blanco y por ende los atacarían llegado el momento.

—¿En cuánto tiempo podría estallar la guerra? —preguntó. No tomaría decisión alguna por su cuenta. Regina tendría la última palabra. El problema era que estaban en un punto crítico pues la reina daría a luz en cualquier momento.

—No disponemos de mucho tiempo. Han dicho que en unos días. Saben que Regina estuvo detrás de las negociaciones y eso les hizo enfurecer.

—¿Y así piensas que lo mejor es ponerla a ella al mando?

—Sabrá lidiar con la situación. Algo que ni tú ni yo podemos hacer.

David no pudo evitar mirarla con coraje. Snow, siempre Snow actuando por sus propios intereses. Lo único que quería era librarse de la carga de ser Reina. Algo por lo que luchó y que él le ayudó a obtener arriesgándolo todo. Creyendo que a su lado había encontrado la felicidad. Qué equivocado estuvo. Y ahora simplemente quería irse a vivir una vida tranquila al lado del hombre con el que le fue infiel la noche de su boda, el mismo día en que su madre murió con tal de que él pudiera tener un final feliz a su lado.

—Eres una jodida egoísta —habló con dientes apretados, tratando de aguantar el coraje. Salió de la cabaña sin decir más.

—No eres bienvenida aquí —dijo Granny, con molestia.

—Él lo hará —habló esperanzada con la mirada fija en la puerta por donde David salió.

—¿Crees que va a convencer a Regina? —preguntó Ruby a su ex amiga. Snow asintió.

—Ellos salvarán el reino.


Regina caminaba impaciente por la cripta. Tenía el vientre muy duro y el terror por el alumbramiento se había apoderado de ella. Encima la ponía nerviosa la posibilidad de dar a luz sin David presente. Él tenía razón, la maldita polilla del demonio no iba a alejar a su pedacito bello de él por ser un héroe.

—No sé qué hacer, papi —dijo angustiada—. ¿Crees que deba hacerlo? —preguntó mirando la tumba de mármol adornada por unas rosas que ella misma había llevado.

—¡Regina! —David irrumpió en el lugar provocando un sobresalto en ella que se llevó una mano al pecho mientras cerraba los ojos con alivio al darse cuenta que era él—. Necesitamos hablar —dijo, inseguro de que ese lugar fuera el apropiado para la plática que tendrían.

—Dime, querido. —Se puso de frente a él. Una mano en su cintura y la otra en su redondo vientre.

—Snow me buscó en el bosque. —La vio tensarse al instante— Pretende que la desconozca como mi legítima esposa para irse con Lancelot y el bebé. —Tuvo que hacer una pausa al escucharla reír irónica.

—No pensé que tan pronto querría dejar de ser Reina. —Una parte de ella sabía que eso ocurriría. Snow no tenía madera para gobernar. Sabía que los asuntos del reino se la comerían viva y la harían huir.

—El reino está en problemas —prosiguió a contarle el asunto más importante—. Los reinos están amenazando con una guerra en los próximos días.

—¿Por qué no me sorprende? —preguntó burlesca.

—Piensa que tú podrías detenerlo todo. —La expresión ligeramente divertida de Regina cambió por una de enojo.

—Es una idiota —dijo con coraje. No podía creer que Snow estuviera otra vez tratando de mandar en su vida.

—Regina —se apresuró hasta ella y la tomó de la mano que tenía sobre la pancita—. Tenemos qué pensarlo. Podrían atacarnos —le dijo muy preocupado.

La reina vio la desesperación en los azules ojos de David. Lo peor es que él tenía razón. Si alguno de los reinos les atacaba no habría mucho que podrían hacer para defenderse y eso implicaría poner en riesgo a su bebé.

—Tenemos que irnos.

—Estás a punto de dar a luz. No vamos a huir así.

—¿No has pensado que podría ser una trampa? —preguntó a la defensiva e intentó retirar su mano, pero él la aferró aún más, acercándose un poco él también para poder llevar sus manos hasta su pecho.

—No hagamos nada impulsivo. Por favor —suplicó.

—¿Qué pasa si Azul está detrás? Si es un engaño para que vayamos al Castillo Blanco y seguir con su plan.

—Snow dijo que Azul está fuera de esto. Que no la puede ayudar más. Si fuera como dices, ella misma estaría aquí pidiendo que lo hiciéramos. Tú no la necesitas para dirigir el reino. No hay motivo para que la llames como ella dijo —le sonrió con dulzura y le acarició el rostro con la otra mano—. Estaremos juntos y lo resolveremos juntos.

Regina, llena de dudas miraba fijamente al hombre que amaba. Se sentía atrapada en un círculo vicioso del cual al parecer no había salida. Volver a hacerse cargo del Reino Blanco no cruzó por sus pensamientos durante ese par de meses. Maldijo a Snow mil veces pues una vez más se estaba comportando como la princesa mimada que conseguía lo que quería.

—Es una maldita egoísta. —dijo con el ceño fruncido.

—Lo es —asintió el Rey. Aunque una parte de él pensaba que era lo correcto. Snow no era suficiente para gobernar y con alguien así al frente el reino estaba perdido.

—Tengo muchas dudas —se relamió los labios con ansiedad y David asintió comprensivo.

—Yo estaré contigo decidas lo que decidas —se inclinó para darle un tierno beso en los labios. Después, recargó su frente en la de ella.

Ambos se sobresaltaron cuando las puertas se abrieron de par en par revelando la figura de un caballero asustado.

—Majestades, es el ejército del Rey George. Se dirige hacia acá.

Se miraron a los ojos llenos de preocupación y si algo tenían muy en claro los dos era que debían proteger a su pedacito bello.

—Diríjanse todos a sus posiciones y estén listos para atacar de ser necesario —ordenó Regina, volviendo su atención hacia el caballero que asintió y se fue corriendo.

—Iré por mi armadura —dijo David. Tomó a la reina del bello rostro y estampo sus labios con los de ella—. Te prometo por mi vida que no permitiré que entren al Castillo.

—Ten cuidado —pidió siendo ahora ella quien le besó.

David se agachó para estar a la altura del redondito vientre de la reina. Le sostuvo con ambas manos y le besó con adoración. Se alzó y la besó de nuevo sin ningún tipo de reparo. Los dos jadearon cuando él dejó de besarla y se dirigió apresurado hacia la puerta.


Los minutos pasaban en lenta agonía para Regina. Los nervios la consumían con cada uno de ellos. Estaba en su habitación sin noticia alguna de lo que sucedía. Harta de la espera, tomó la espada que guardaba en el armario y recorrió decidida el largo pasillo.

Tomó otro con dirección hacia las escaleras para descender, pero un extraño ruido proveniente del pasillo a la derecha llamó su atención. Empuñó la espada y se dirigió con cuidado hacia ese lugar. Mientras se acercaba empezaba a distinguir murmullos que se convirtieron en voces. Llegó a la puerta que estaba entreabierta y alcanzó a divisar algo que la asustó.

Algunas de las doncellas que les estuvieron asistiendo desde que regresaron al castillo sostenían en sus manos varitas, y hablaban de su seguridad y protección para que no le sucediera nada ni a ella ni al bebé.

Eran hadas. Unas malditas hadas infiltradas.

Impactada por el descubrimiento regresó por el camino que la llevó hasta ahí. Sabía que tenía que alejarse de ellas y poner a su pedacito bello a salvo. Ni siquiera se detuvo a pensarlo. Amaba a David, pero sin magia no tenían posibilidad alguna. Azul se había ido, pero dejó a sus aliadas para vigilarlos y con ello continuar controlando todo.

Llegó hasta las puertas que abrió sin demora. Las cerró tras ella, bajó las lúgubres escaleras hasta llegar al punto indicado. De su cabello tomó un palillo con el que sostenía el semirecogido en alto, pinchó uno de sus dedos y usó la sangre para desactivar las trampas del pasadizo que recorrió sin demora.

Al llegar al otro extremo comprobó que Graham no mentía. Sólo necesitó empujar algunas ramas sobrepuestas para salir a la inmensidad del bosque. Era un punto cercano al Castillo Oscuro, pero al mismo tiempo alejado lo suficiente para no ser vista.

Emprendió rumbo hacia donde la dirección que según recordaba estaba la hacienda real. Era un trayecto largo, pero no tenía ningún otro lugar seguro a donde ir. Al menos Graham le tendería una mano y le enviaría un cuervo a David tan pronto como le fuera posible. De momento su única prioridad era poner a su pedacito bello a salvo.

Calculaba un par de horas de camino. Sus pies, algo hinchados gracias al embarazo, le dificultaban avanzar con rapidez. Se arrepintió de no haber tomado una capa pues hacía frío. Le quemaba las mejillas y, junto con la humedad, sentía que le calaba hasta los huesos.

Un fuerte dolor en el vientre la hizo detenerse y llevar la mano libre hasta la parte baja de su pancita.

—No, no. No puedes nacer aquí, pedacito bello —empezó a hacer respiraciones como las que leyó en uno de los libros que debía hacer. También sabía por los mismos que era posible fueran solo avisos de que en los próximos días daría a luz y no que lo haría en ese momento.

Se irguió, tomó aire profundamente y lo exhaló por la boca mientras retomaba su andar. Varios minutos después tuvo que recargarse en un árbol al sufrir otro intenso dolor que la hizo apretar ojos y dientes.

De pronto, alguien la tomó de los hombros y la giró con brusquedad haciendo que soltara la espada. Se encontró con el rostro de un hombre que había visto el día que se aglomeraron a las afueras del palacio. Lo recordaba como el acompañante del que le preguntó si tenía magia.

—Suéltame —lo abofeteó con fuerza e intentó huir, pero el hombre no la soltó a pesar del golpe. Forcejearon un momento.

—Maldita bruja —masculló y la empujó haciéndola caer. La escuchó quejarse de dolor y la vio hacerse un ovillo. Miró rápido alrededor constatando que no había nadie cerca—. Voy a matarte —sentenció. Era su oportunidad de cobrarse el terror y las muertes que esa mujer había causado. Además, había destruido la paz y felicidad de la Reina Snow al llevarse con ella al Rey. La mataría y no habría testigo alguno del crimen.

Buscó entre sus ropas la daga que llevaba y justo cuando la encontró sintió un intenso dolor en el costado izquierdo. Soltó el arma y llevó ambas manos hasta la espada que Regina le había encajado.

Ella respiraba con dificultad, estaba impactada pues nunca antes había hecho algo así, pero no podía permitir que la mataran por su bebé. Le sorprendió que el hombre tuviera intenciones de matarla sin importar que estuviera embarazada.

—Púdrete en el infierno. —Tomó la espalda y la sacó del cuerpo del hombre que gritó de dolor. Acto seguido la sangre empezó a brotar manchando su vestido gris plata. Lo empujó y cayó retorciéndose por el dolor. Regina se apoyó de un árbol para ayudarse a ponerse de pie y siguió su camino. No se quedó a ver qué sucedía con él. Necesitaba llegar a la hacienda real cuanto antes. Aunque, por más que no quisiera, algo le decía que su bebé llegaría al mundo antes de lograrlo.

Horas más tarde se vio obligada a parar pues el dolor era más frecuente e intenso conforme pasaba el tiempo. No quería creer que iba a dar a luz sola en medio del bosque. Tenía la respiración muy acelerada e inclusive sentía los oídos retumbar con los latidos de su corazón. Estaba aterrada y aun así sabía que no había nada que pudiera hacer para detener el alumbramiento.

Maldijo una y mil veces el haber aceptado el trato con Snow, haber renunciado a su magia y no haber ido con Rumpelstiltskin por ayuda cuando lo pensó. Quizá si iba con él aún podía ayudarla.

¡Regina! —escuchó la inconfundible voz a lo lejos.

—¡¿David?! —lo llamó esperanzada mirando alrededor. Deseando con el alma que en verdad fuera él.

¡Aguarda ahí! —los ojos se le llenaron de lágrimas al saber que David estaba ahí. Escuchó el crujir de las hojas secas, un poco a lo lejos.

—Aquí —indicó para que le encontrara más pronto.

David dirigió su caballo hacía el lugar de donde provenía la voz de Regina y en cuanto la divisó. Bajó del corcel y corrió como nunca lo había hecho en su vida hasta llegar a ella. La tomó de los brazos acercándola a él. De inmediato empezó a inspeccionarla con la mirada.

—David —suspiró aliviada.

—Por Dios, Regina. ¿Estás bien? —preguntó al ver la sangre en el vestido.

—Sí —respondió asintiendo.

—¿Estás herida? —preguntó viendo la expresión de dolor que tenía. Respiraba con dificultad y tenía el cabello lleno de hojas y ramitas secas. La reina negó y eso lo tranquilizó un poco—. ¿Por qué te fuiste? —preguntó extrañado. Las doncellas le habían buscado desesperadas para decirle que Regina había huido del palacio.

Fue el momento en el que la reina sintió que ya no podía callar sus sentimientos. El haber sido atacada y el sentirse vulnerable por la posibilidad de dar a luz la impulsaban a hacerlo. Además, qué sentido tenía seguir ocultando lo que sentía por él. Iban a tener un hijo que si bien no fue concebido por amor era inmensamente amado por ambos y había logrado unirlos.

—Te amo. Sé que no puedes corresponderme, pero te amo, David. Te amo con todo el corazón —confesó. Lo vio sorprenderse ante sus palabras.

Se sorprendió cuando él limpió una lágrima que había corrido por su mejilla derecha sin darse cuenta. Entonces se dio cuenta que él sonreía y que tenía los ojos vidriosos, llenos de lágrimas como los de ella.

—También te amo. Debí habértelo dicho hace mucho. Me enamoré perdidamente de ti sin darme cuenta y no tengo duda alguna de que te amo. Te quiero a ti, solo a ti.

Unieron sus labios en un beso lleno de ese amor puro y verdadero que acaban de confesarse. Y entonces, una potente ráfaga de magia emanó de ellos recorriendo el bosque encantado y todos los reinos de esa tierra. No quedó rincón alguno que no fuera alcanzado por esa magia.

Era un beso, un beso de amor verdadero.

Regina gimió de dolor en medio del besó que terminó tan pronto como se dio cuenta de lo que acababa de suceder.

—Rompí aguas —anunció agarrándose de los brazos del Rey para hacerse hacia atrás y mirar los pies empapados de ambos.