—¿Es el bebé? ¿Ya viene? —preguntó mirando impresionado los pies mojados de ambos.
—Ay, sí —le regañó con voz grave y el ceño fruncido. David la miró con disculpa justo cuando llegó otra contracción.
Se aferró de los brazos de él con sus manos, apretó dientes y ojos mientras el dolor le atravesaba el cuerpo.
—Va nacer. Muy bien. Todo va a estar bien. Los dos estarán muy bien —habló rápido por el mismo nerviosismo, viendo cómo Regina trataba de hacer respiraciones profundas.
Era un hecho. Su pedacito bello nacería de un momento a otro.
—No creo que haya tiempo de ir a algún lado —dijo Regina y lo miró con ojos grandes y asustados porque no podía creer que era una realidad, que daría a luz en medio del bosque.
David asintió comprensivo, pero con la finalidad de hacerla sentir tranquila de que estaría con ella.
—Todo estará bien —aseguró de nuevo—. Sólo respira y será mejor que vayamos al árbol —sugirió. Acto seguido intentó levantarla en brazos.
—No. Yo puedo sola. —Lo empujó lejos con una mano, aunque no logró moverlo ni siquiera un poco.
Él la tomó de esa mano a la cual ella se aferró con fuerza mientras avanzaba, con la otra mano bajo el duro vientre. Regina se dio la vuelta y David la ayudó a descender hasta quedar sentada contra el tronco de gran tamaño.
De inmediato se quitó la armadura y la capa con la cual envolvería a su pedacito bello. Estaba muy, muy nervioso, pero intentaba controlarlo porque tenía qué ser fuerte para Regina que estaba en trabajo de parto.
Calma, calma se repetía a sí mismo porque jamás imaginó experimentar tanta desesperación e impotencia al saber que Regina sufría y que no había nada que pudiera hacer.
—Oh, por Dios. Como duele —se quejó la reina, recargando la cabeza en el árbol, jadeando con fuerza.
David se hincó frente a ella, justo entre sus piernas que tenía abiertas.
—V-voy a… —Alargó las manos y comenzó a alzar el vestido que ella llevaba.
—¿Qué haces? —preguntó Regina alarmada al sentir que metía las manos por debajo de su vestido hasta tomar su ropa interior.
—Levanta un poco las caderas —indicó para sacar la prenda.
—Dime que sabes lo que haces —pidió, agarrándole de la camisa blanca de lino e intentando cerrar un poco las piernas, aunque eso era difícil, su propio cuerpo la incitaba a mantenerlas abiertas y las ganas de empujar era como una necesidad.
—Por supuesto —aseguró con una sonrisa. Regina le jaló más hacia ella, hasta que pudo enterrar el bello rostro en su pecho y ahí gritó de dolor. Después lo soltó y volvió a recargarse en el árbol. Le miró fijo, como pidiendo silenciosamente por más palabras de aliento que la ayudaran a tranquilizarse—. He traído muchas ovejas al mundo —argumentó orgulloso de sí mismo.
—¡Tu hijo no es una oveja! —Como pudo alzó una pierna y lo empujó con el pie para que se alejara de ella, aunque en realidad no quería que se fuera a ningún lado.
—Lo sé, lo sé. Lo siento —se apresuró a decir pues no quería molestarla—. Confía en mí —pidió, aunque ni él se creía a sí mismo porque no era lo mismo ayudar a una ovejita a nacer que a un bebé, a SU bebé.
Regina asintió mientras exhalaba por la boca y entonces sí, David le alzó el vestido para poder ver.
Nunca había visto a una mujer dar a luz por lo que no sabía si lo que sucedía era normal, pero suponía que sí porque no había señal alguna de que algo estuviera yendo mal.
La reina volvió a sufrir otra contracción y empezó a empujar con todas sus fuerzas. El cuerpo entero le temblaba por el esfuerzo y el dolor. David, que había cortado un pedazo de su propia camisa, le secaba el sudor de la frente y se la besaba mientras le decía que la amaba, que estaba muy orgulloso de ella, que era lo mejor que le había pasado en la vida.
Luego de una hora, Regina lanzó un grito de puro dolor y entonces, algunas luces extrañas de magia empezaron a revolotear alrededor de ellos, cada vez más lejos hasta que crearon un campo de protección que se unía en el cielo.
Ninguno de los dos se dio cuenta porque justamente el bebé estaba naciendo.
—Eso es, muy bien —la alentó, concentrado en ella y en su hijo que recibiría en cualquier momento.
Con cada contracción y grito de Regina en el campo mágico que les rodeaba aparecían destellos luminosos que recorrían de un lado a otro.
Hasta que, por fin, el tenso ambiente en el que David y Regina se encontraban se rompió con el llanto a todo pulmón del bebé.
El Rey, a pesar de estar maravillado por tener a su pedacito bello en brazos, se apresuró a envolverle con su capa roja, no sin antes asegurarse de un detalle importante.
—Es una niña —anunció emocionado mientras se la entregaba.
—Una niña —repitió recibiendo a su bebé con manos ansiosas. La envolvió entre sus brazos pegándola a su pecho protectoramente. La vio con detenimiento, maravillándose con la hermosa sensación de tenerla con ella. Tenía el cabellito negro, era rosita y, a su parecer, muy pequeñita.
—Te amo —dijo David, llamando la atención de Regina que volteó a verle. Le sonrió con absoluta felicidad y se inclinó para besarla en la boca.
La reina suspiró cuando el beso terminó. Regresó su atención a la bebé para besarle la pequeña y mojada frente mientras derramaba lágrimas de alegría y emoción porque al fin, al fin, después de todo lo que había pasado, tenía a su bebé segura entre sus brazos.
Un bello momento que duró tan solo un instante porque fue cuando lo sintió: magia. Podía sentir su magia fluir.
—Magia —dijo mirando a David, entendiendo que el beso de amor verdadero que se dieron había roto lo que en realidad era una Maldición. Algo en lo que nunca pensó. Y entonces, ambos se percataron del campo mágico que les rodeaba.
—¿Qué es eso? —preguntó David alarmado.
Regina movió su mano y el campo desapareció.
—Mi magia —murmuró sorprendida—. Mientras daba a luz sólo pensaba en protegerla, en que nada ni nadie la separara de mí —volteó a ver a su pedacito bello—. No me di cuenta que había recuperado mi magia.
—Necesitamos cortar el cordón —dijo David sacando una pequeña daga que llevaba en una de las botas. Regina volteó a verle y asintió, empezando a destapar a la bebé que agitó manitas y piernitas en protesta.
—Pedacito bello. Todo está bien —susurró con amor al ver la inquietud de su pequeña niña. Ahora que tenía magia podía hacerlo sin problema alguno, pero no quería privar a David de la experiencia de cortar el cordón. Después de todo, él había ayudado a traerla al mundo.
Cuando lo hizo, Regina movió su mano libre invocando su magia para dejar a su bebé completamente limpia y sequita. Volvió a moverla para hacerlo ahora consigo misma.
—Mucho mejor —susurró sonriente, pasando uno de sus dedos por el fino cabellito. Soltó un largo suspiro—. Lo cumplí, princesita. Recupere mi magia antes de que nacieras y has llegado al mundo rodeada de amor, segura y protegida por tus padres.
—¿Le prometiste eso? —preguntó David y Regina le miró con ojos llenos de lágrimas. Le sonrió conmovido por la bella promesa—. Eres amada, princesita. Muy amada —le besó la pequeña frente al igual que la reina lo había hecho. Con mucho amor, esperando que su hijita pudiera sentirlo. Después, besó de nuevo los labios de Regina que le recibieron con gusto—. Me diste el susto de mi vida. ¿Por qué te fuiste? —preguntó, acomodándole el cabello tras la oreja con delicadeza y cariño.
—La mayoría de las doncellas del Castillo son hadas. Azul nos ha estado vigilando todo este tiempo. No podía tener a nuestra hija ahí —explicó con angustia porque el solo pensamiento de que las hadas le hubieran asistido durante el parto para luego llevarse a su niña, la ponía mal.
—Fueron ellas quienes me avisaron que habías huido —dijo confundido y a la vez sorprendido por la revelación.
—¿Te siguieron? —preguntó abrazando más a su bebé y volteando a los alrededores.
—No creo —respondió, mirando alrededor al igual que ella—. Debemos ir a un lugar seguro. No podemos ir al castillo.
—No. —Fue tajante al decirlo. —Ese castillo es mío y voy a volver por lo que me pertenece —dijo muy segura—. Tengo magia y no les tengo miedo. Ni a ellas ni a Azul. Ahora puedo combatirlas y defendernos a todos.
—Bien. Muy bien —asintió asimilando la postura tan aguerrida de la reina—. Pero primero busquemos un lugar tranquilo para que descansen las dos —sugirió preocupado porque Regina acababa de dar a luz y se veía cansada. No debía ser nada fácil pasar por un parto y seguir como si nada.
—Voy a descansar en MI castillo. —Intentó ponerse de pie y de inmediato fue asistida por David.
—Espera. No sabemos qué sucedió con el ataque de George.
—Estoy lista para enfrentar lo que sea —le ofreció a la bebé que David tomó sin demora. Le agarró del rostro y lo jaló hacia ella para besarlo mientras invocaba su magia.
Tan pronto como aparecieron en la habitación que compartían en el Castillo Oscuro, Regina conjuro un hechizo para proteger a David y a su hija ahí dentro.
—Te amo —le dijo volviendo a besarlo—. También a ti, pedacito bello —sonrió a su pequeñita que se movía inquieta en los brazos de su padre.
—Ten cuidado —pidió David, entendiendo que debía quedarse al cuidado de su hijita pues no confiaban en nadie y que Regina habría de enfrentar la situación sola. Ella asintió invocando una vez más su magia para desaparecer en una nube de humo de un morado.
Al llegar a las puertas del palacio se percató que la situación estaba controlada. Desde luego que los caballeros se sorprendieron al verla aparecer de pronto y también lo hicieron las hadas que se encargaron de proteger el Castillo en la ausencia de los reyes.
—Largo de mi castillo —ordenó invocando una bola de fuego, haciendo evidente que había recuperado su magia del todo y que estaba más que lista para luchar contra ellas de ser necesario.
Las hadas la miraron con sorpresa bien recibida. Lucían entusiasmadas y esperanzadas, algo que extrañó a Regina, pero que decidió ignorar para no perder la concentración. No bajaría la guardia por nada del mundo.
—Majestad —dijo una de ellas e hizo una debida reverencia. Las demás le siguieron y después, movieron sus alas para alzar el vuelo e irse de ahí.
—Majestad. —Escuchó Regina varias voces a su espalda. Se giró y se encontró con que los caballeros estaban en una rodilla mostrando su respeto y lealtad hacia ella.
Asintió, agradeciendo el gesto, pero no se quedó para dar explicaciones. Se apresuró lo más pronto que le fue posible hasta su habitación donde encontró a David con su pequeñita en brazos, envuelta en una de las mantitas que la vieja lobo les regaló.
—¿Estás bien? —preguntó, poniéndose de pie tan pronto como la vio. Regina asintió y se acercó a ellos para agarrar a su hijita. Le besó la carita un par de veces y después la recargó contra su pecho.
—Se han ido y estamos a salvo. —Sonrió y cerró los ojos aliviada. Besó la cabecita de su bebé que empezaba a moverse en búsqueda de alimento. —Debe tener hambre. —Se sentó en la cama y descubrió uno de sus senos para amamantar a su pedacito bello.
No fue algo inmediato, la pequeñita batalló un poco en prenderse del pezón, pero una vez que lo logró comenzó a succionar de forma rítmica. Tanto David como Regina la observaron embelesados el rato completo. Les parecía demasiado hermoso e increíble que su pedacito bello estuviera por fin con ellos. Segura, protegida y rodeada de mucho amor tal como la reina lo prometió.
—Me sorprende que le hayas puesto ropa tú solo —comentó Regina con una sonrisa divertida.
—Sentí que era necesario. ¿Cómo la vamos a llamar? —preguntó, pues nunca llegaron a un verdadero acuerdo cuando se pusieron a pensar en posibles nombres. Él se aferró a la idea de que sería niña y Regina siempre tuvo dudas.
Ella suspiró enamorada mirando a su hija. Su bebita era más que perfecta. Tenía una naricita bella, muy parecida a la suya.
—Es igualita a ti. Me gusta Regina —dijo David.
—No se llamará como yo —replicó ella sin dejar de admirar a su bebé—. Quiero que tenga su propio nombre e historia. Una que será muy distinta a la mía. Lejos de la oscuridad. Que sea libre para decidir su propio destino.
El Rey escuchó con atención esas palabras que lo conmovieron profundamente. Sabía que Regina no fue libre para decidir su destino y que su camino estuvo plagado de oscuridad desde su concepción.
—Charlotte. —Volteó a verlo para saber si estaba de acuerdo.
—Charlotte —repitió él asintiendo. Le parecía un nombre perfecto para la hija de una reina. No importaba que fuera Rey. La sangre real no corría por sus venas, pero por las de Regina sí. Él era y seguiría siendo un pastor por el resto de sus días que esperaba fueran muchos porque deseaba con todo su corazón ver a su pedacito bello crecer. Además, quería vivir toda una vida con quien era ahora su amor verdadero.
La pequeñita terminó de comer y Regina la colocó sobre su hombro para sacarle los gases. Solo que su hija no apreció el cambio de posición y empezó a quejarse.
—Sssh, sssh. Lo sé, mi amor —dijo para calmarla, dándole palmaditas en la diminuta espalda.
—Deben descansar —comentó con suavidad al ver el semblante cansado de Regina. Se veía agotada. Ella negó con la cabeza—. Yo estaré cuidándolas. Lo prometo —argumentó, entendiendo que Regina temía que algo malo pasara si se dormía.
—Está bien —asintió, porque en verdad sentía que en cualquier momento se quedaría dormida por el agotamiento. Fueron demasiadas emociones. El que les fueran atacar, haber huido, caminar por el húmedo y frío bosque por horas, ser atacada por un campesino que intentó matarla. Entrar en labor de parto mientras tanto y después dar a luz.
Acostó a su pequeña en la cuna y después se metió a la cama seguida de David que se acostó por encima de las cobijas.
—Aquí estaré —le besó en los labios y le acarició el bello rostro.
Un par de horas más tarde, David despertó al escuchar a su pequeñita. Se asustó, pues no se suponía que él dormiría. Se levantó con cuidado pues Regina dormía profundamente. Mientras se acercaba a la cuna alcanzaba a percibir mejor los hermosos sonidos que emitía su bebé.
—Hola, pedacito bello —saludó muy bajito, admirando a su hijita que se pasaba las manitas por la carita y la arrugaba por momentos. Le parecía increíble y al mismo tiempo amaba el parecido que tenía con Regina. Esperaba que fuera idéntica a ella.
El adorable llanto que soltó le hizo levantarla de inmediato. No sabía mucho del tema, pero era bien sabido que los recién nacidos comían a cada rato. Desconocía cuánto tiempo había transcurrido desde que la alimentaron, pero era posible que fuera el suficiente como para que tuviera hambre de nuevo.
—¿Tiene hambre? —preguntó la reina con voz adormilada. El llanto de su hijita la hizo despertar de inmediato.
—Supongo que sí —respondió entregándole a la bebé en brazos. Se sentó en la orilla de la cama para estar con ellas. Charlotte empezó a comer sin demora, succionando ávidamente el pezón de su madre—. Es tan pequeñita —dijo maravillado.
—Quizá necesite un cambio de pañal —comentó Regina, moviendo su mano para hacer el debido cambio con su magia. Unos minutos más tarde, la reina cambió de pezón a su hijita.
David se sentía en las nubes de tenerlas. No sólo Regina le había dado su tan ansiado hijo que resultó ser una hermosa princesita, sino que, además, él y la reina se habían dado un beso de amor verdadero que logró regresarle la magia.
—Somos amores verdaderos —comentó de la nada.
—Me parece increíble —dijo Regina—. Jamás imaginé que podríamos llegar a amarnos de esta forma —confesó.
—¿Por… Snow? —preguntó. Ella asintió.
—Y por Daniel también. Lo amé verdadera y profundamente, y creí que no habría nadie más.
—Te amo, Regina. —Tomó una de las delicadas manos con las suyas y la llevó hasta sus labios para besarla—. Por favor, no lo dudes —suplicó.
—David, no…
—Es muy diferente lo que siento por ti. Es distinto lo que me haces sentir. Es como si a tu lado entendiera la vida misma. Por primera vez soy feliz. Tú me has traído la verdadera felicidad. El amor que siento por ti es mucho más fuerte, más real y más bello.
Regina asintió con ojos llenos de lágrimas por las hermosas palabras de David. Agarró a su pequeña y la recargó en su pecho de manera recta, procediendo a darle ligeros golpecitos en la espalda.
—También siento que esto es mucho más grande que lo que sentí por Daniel. Sobre todo porque ahora sé que lo nuestro es posible y que no habrá nada que nos pueda separar. Y no, no dudo de este amor.
Se dieron un beso amoroso y después David le besó la cabecita a su bebé.
—Las amo —susurró con cariño y amor—. Iré a ver a los caballeros. Los dejé a mitad de batalla —comentó sin pena, porque quizá no fue lo correcto, pero Regina y su bebé eran su prioridad. ¿De qué le servía proteger y salvar el castillo si no las tenía a ellas?
Tan pronto como desapareció por el largo pasillo, Regina se puso de pie con su hija en brazos. Mientras caminaba hacia el pasillo usó su magia para cambiarse de ropa por algo más a su estilo sin dejar de ser cómodo dadas las obvias circunstancias.
Caminó sin prisa, sintiéndose la mujer más dichosa por tener a su pequeñita en brazos. Usó su magia para abrir las puertas de las criptas e ingresó cerrando de la misma forma tras ellas y se acercó a la tumba de su padre. Y entonces dijo:
—Papi, ella es Charlotte. Tu nieta.
Comenzó a conversar con él como si estuviera ahí. A pesar de todo, Regina lo seguía sintiendo muy presente, como si aún viviera. Era una extraña sensación que al mismo tiempo la reconfortaba.
Le habló de lo hermosa y perfecta que era su hija, para luego pasar a un punto muy importante.
—Dijiste que volvería a encontrar el amor verdadero y lo hice —dijo, recordando con nostalgia y dolor esas pláticas y momentos con su padre.
La noticia del nacimiento de la legítima hija del Rey del Reino Blanco no se hizo esperar. Eso, aunado al evidente beso de amor verdadero, causó todo un revuelo que hizo a George mantenerse al margen.
Para Regina, todo era diferente. No apreciaba en lo más mínimo la presencia de las lobo y los enanos. La única razón por la que accedió a que conocieran a su hija era porque si le daba la gana, podía encenderlos con una bola de fuego. Aunque, no olvidaba los regalos que le hicieron a su pedacito bello y que, de alguna u otra forma, abogaron por ella el día que los campesinos fueron al Palacio.
Además, prefería mil veces que estuvieran ahí a que David la llevara con ellos fuera del Castillo.
Escuchaba muy orgullosa los elogios para su bebé. No paraban de decir lo hermosa y perfecta que era y el parecido que tenía con ella.
—Mira sus ojitos, son entre grises y miel —puntualizó Ruby, algo que David y Regina ya sabían por lo que ninguno de los dos hizo comentario al respecto.
—Es normal. Es una recién nacida. Poco a poco le irán cambiando hasta su color definitivo —explicó Granny quien sostenía a la pequeñita a sabiendas que era vigilada por la reina.
—¿Se imaginan que tenga un ojo marrón y el otro azul?
—Ruby, la bebé no es una lobo —recalcó la vieja lobo, pues eso era común entre los de su especie.
—Un humano también puede tenerlos así —alegó.
Siguieron hablando con David, que era quien estaba con ellos y no se le separaba a su pequeñita a petición de Regina.
Hubo un momento donde la reina miraba hacia la ventana y Ruby se le acercó.
—Quiero disculparme por la amenaza que te hice. No debí y no lo decía en serio. Yo jamás…
—Ahórrate las disculpas, lobo. No las necesito. No impediré que vengan a visitar a mi hija y a David, pero si intentan algo, lo más mínimo, no dudaré en destrozarlos. ¿Estamos? —preguntó, mirando con altivez y advertencia a la que fue la mejor amiga de Snow.
—Puedes confiar en que no será así.
—Por tu propio bien espero hables en serio. —Ruby asintió y regresó con los demás.
Esa fue la primera vez, después de mucho tiempo, que no le hizo gracia hacer una amenaza. David confiaba en esa gente lo suficiente como para permitirles ingresar al castillo y estar cerca de Charlotte por lo que resultaba complicado no confiar como él lo hacía. Pero es que no podía. No era tan sencillo.
Regina y David procuraban pasar el mayor tiempo posible con Charlotte. Era como si ninguno de los quisiera perderse ni un solo segundo de la vida de su pedacito bello. Era tanta la fascinación que a veces dormían muy poco con tal que contemplarla a pesar del cansancio de tener que despertarse cada tres horas para darle de comer. David era el primero que saltaba de la cama para llevársela a Regina.
—Está sonriendo —exclamó el Rey entusiasmado, viendo con emoción a su hija en los brazos de Regina.
—¿Qué es tan gracioso, pedacito bello? —preguntó a su bebé que ahora bostezaba abriendo su boquita al máximo.
Estaban en una de las bancas del jardín, permitiendo que los rayos de sol le dieran a Charlotte pues según Granny le hacía bien.
"Baños de sol diarios" sugirió luego de que ella y el enano que según era sanador aseguraran que la salud de su pequeña era perfecta.
—Me parece increíble estar aquí con ustedes dos. Estoy feliz, muy feliz. Ustedes son la mejor aventura de mi vida. —Besó a Regina en los labios con puro amor —. Gracias —susurró con ojos cerrados. Los abrió para mirarla—, por decidir tenerla. —No pudo evitar externar ese pensamiento. Que a pesar de ser él el padre, Regina amó a su pedacito bello desde el primer instante y sí, estaba muy, muy agradecido con ella por eso.
—Cuando supe que estaba embarazada no me importó que el bebé fuera tuyo. Era mío y eso era lo único que importaba —acarició con mucho cuidado el fino cabellito de Charlotte mientras la veía—. Mi intención nunca fue usarla para hacerles la vida imposible. Todo lo que quería era ser feliz con ella.
—Jamás me cansaré de agradecértelo.
Regina volteó a verlo y le sonrió asintiendo.
—Si alguien me hubiera dicho que terminaría enamorada de ti y que seríamos amores verdaderos me habría reído de esa persona la vida entera.
—¿Crees que Azul lo sabía? —preguntó intrigado.
—Quizá, pero ya no me importa. Tengo mi magia, puedo protegernos —aseguró confiada—. Nos podemos dedicar a disfrutar de nuestra hija y de esta inmensa felicidad que sentimos. —Lo besó en los labios y después él recargó su frente en la de ella. —Nada ni nadie nos va a separar nunca.
Se besaron de nuevo con intensidad, como si con ese beso estuvieran haciendo un pacto de permanecer juntos por siempre.
Un beso que fue tornándose apasionado pero que terminó tan pronto como la pequeña Charlotte rompió en llanto haciéndolos reír.
—Creo que le gusta interrumpir nuestros besos —comentó David, viendo cómo Regina descubría uno de sus senos para ofrecerle comida a su pequeña hija.
—Sólo tiene hambre —le corrigió, ayudando un poco a Charlotte que en cuanto encontró el pezón, empezó a comer ávidamente—. Mi hermoso pedacito bello. —Suspiró enamorada de su bebé que parecía mirarle con esos bellos ojitos de color indefinido aún, pero hermosos.
