Cuando las buenas nuevas del Rey David y la reina Regina llegaron a oídos de Snow, ésta se llenó de una sensación mezcla de amargura y rabia que se le instaló en el corazón.

Por un lado, sabía que no debería de importarle porque lo que ella quería era irse lejos con su hijo y Lancelot, pero no era así. Le importaba y mucho.

Eran demasiadas cosas juntas. Se llenaba de coraje cada vez que pensaba en que Regina no sólo le había dado un hijo a David, sino que había sido una niña que todo el mundo pregonaba era muy bonita y parecida a esa mujer. Además de eso, se habían dado un beso de amor verdadero. ¡Un beso de amor verdadero! ¿Cómo? Si se suponía que ella era el amor verdadero de David.

Era extraño porque no sentía ya ninguna clase de amor por él. Solo lo quería para que se hiciera cargo del reino, pero le retorcía el estómago pensar que, al final, Regina había ganado. Se había quedado con el que debía ser su final feliz.

Tenía a David y una niña… Como la que se suponía ella debía haber tenido con él. No el precioso niño que tuvo y que era tan parecido a Lancelot. Se sentía culpable por pensar en lo que debió tener con David cuando lo cierto era que ya no renegaba de la decisión que tomó en la noche de bodas. No imaginaba la vida sin su hijo.

Lo que empeoraba todo es que Regina había recuperado su magia con ese supuesto beso. Lo que significaba que le pusieron una Maldición y no que la despojaron de la magia para nunca más recuperarla como Azul le hizo pensar.

Y ahora estaban las dos ahí, frente a frente, discutiendo sobre la sospechosa situación que Snow reconocía no era nada normal.

—Una maldición en vez de quitarle la magia por siempre —reclamaba cada detalle—. Que tuviera que llevarla él al Castillo a caballo, que insistieras en que ella se hiciera cargo del reino —dijo con reproche pues no tenía dudas que todo formaba parte de un plan orquestado por el hada.

—No intentes culparme, Snow. Yo no forcé a nadie a hacer nada y ciertamente no fuiste obligada a involucrarte con el caballero Lancelot.

—¿Qué es lo que intentas hacer? —preguntó, ofendida por lo que Azul acababa de decirle.

—Tú mejor que nadie lo sabe —respondió, mirando fijamente a la ex princesa que se veía molesta y dolida. La mujer volteó el rostro evadiendo la situación pues sabía bien a qué se refería.

—David y yo… nuestro beso. —La miró de nuevo, exigiendo una respuesta.

Azul tomó aire profundamente, juntó sus manos por el frente, adoptando su postura serena habitual.

—Fue real. En ese momento lo que sentían el uno por el otro era real.

Era ahí donde Snow se hundía en las dudas porque, si de verdad hubiera amado a David, jamás se habría involucrado con Lancelot, mucho menos en la noche de bodas. Era verdad que el licor le dio el valor, pero aun así se encontraba lúcida y supo muy bien lo que hacía cuando se arrojó a los brazos del caballero. No fue algo que planeó o que se propuso hacer, pero mientras el encuentro duró no se acordó en ningún momento de David. Sólo se dejó llevar por lo que su cuerpo y corazón le decían.

Por supuesto que se preguntó durante días y noches cómo es que se atrevió a ello sí se suponía que eran amores verdaderos. Y sus dudas empeoraron cuando se enteró que Regina esperaba un hijo de David.

Su mente divagó un poco en aquello que hizo mientras estuvo embarazada. Trató de apartar esos pensamientos pues lo único que conseguía pensando en eso era empezar a atormentarse.

—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó, más para sí misma que para el hada. Luego fijó su mirada en ella—. ¿Por qué lo hice?

—No tengo la respuesta.

—Pero siempre lo supiste.

—Que existía la posibilidad —aclaró—, pero todo dependía de ustedes, de sus decisiones. No importa qué caminó se tomara, tú y David lucharían juntos para recuperar el reino.

Snow pasó saliva. No necesitaba más para entender. No importaba cómo sucediera, ella iba a recuperar el reino, detener a la Reina Malvada sólo para darse cuenta que no era capaz de gobernar por lo que terminaría dejando el reino. Sin embargo, eso no era lo que escuchó aquella noche, pero no iba a decírselo. No al hada.

—¿Así debía ser? ¿No había otra forma? —preguntó para salir de dudas.

—La había —respondió Azul—. Pero estoy segura que ibas a preferir este camino.

Snow asintió, aunque la inseguridad se dejó sentir sobre ella.

—¿Qué debo hacer? —preguntó, temiendo tomar una mala decisión. Era como si estuviera dividida entre lo que debía y lo que quería hacer.

—Lo que siempre has hecho, Snow. Mantenerte lejos de la oscuridad y luchar por lo que ahora tienes, y por lo que quieres —dijo, con la esperanza de que la ex princesa hiciera lo que necesitaba.


A medida que los días pasaban Regina y David descubrieron que eso de ser padres se les daba mucho mejor de lo que llegaron a pensar. Charlotte era en general tranquila, pero había veces que demandaba atención o se rehusaba a dormir. Descubrieron que le gustaba estar frente al árbol de manzanas. El sonido de las ramas moviéndose gracias al viento parecía arrullarla mucho mejor que los cantos poco agraciados de David.

—Eres tan idéntica a tu mami que hasta te encantan las manzanas —comentó el Rey, sosteniendo a su hija en brazos frente al árbol mientras la mecía.

La veía y seguía sin poder creer que esa bella princesita fuera suya. Todo el dolor y la decepción sufridos al saber que el hijo que Snow esperó resultó no ser suyo eran compensados con creces con Charlotte.

—No cambiaría nada de nuestra historia, hija mía. Eres lo mejor de mi vida junto a tu madre. —Le besó la diminuta frente y volvió a mirarla mientras recordaba a su madre y el sacrificio que hizo para que él llegara hasta ese momento.

Tal vez no fue como ella lo pensó, pero ahí estaba, gracias a ese sacrificio que hizo estaba ahí, viviendo la verdadera felicidad al lado de Regina y de su pedacito bello.

—¿Qué tanto hacen sin mí? —La voz de la reina lo hizo regresar a la realidad.

Volteó a verla y la imagen con la que se encontró lo hizo dejar de respirar por un segundo.

Regina, su hermosa reina, había recuperado la espectacular figura. Llevaba un vestido rojo que enmarcaba la femenina silueta resaltando los perfectos atributos que poseía. En especial los divinos senos que gracias a que amamantaba estaban más grandes. El precioso cabello lo llevaba en un elegante trenzado.

—M-Majestad. —Se sintió como un idiota pues al parecer ni siquiera era capaz de articular correctamente. Aferró más entre sus brazos a su hijita.

Ella sonrió de medio lado con altivez, sabiendo a la perfección el efecto que causó en él. Se acercó a ellos y dejó un cariñoso beso en la frente de su pequeña que dormía plácidamente. Después, alzó la mirada y la fijó en la azul intensa de David.

—Te ves… —Soltó un suspiro, porque en verdad le había robado el aliento.

—Lo sé, encantador —respondió engreída, fascinada con la reacción del Rey que parecía querer devorarla con la mirada. Lo escuchó aclararse la garganta.

—Hay que llevarla a su cuna —sugirió, haciendo evidente la urgencia que le invadió.

—¿Estás ansioso? —preguntó, jugando con él.

—Sí —respondió, no tenía caso ocultar lo que era tan evidente—, pero si tú no podemos esperar el tiempo que quieras —ofreció a pesar de que su miembro se encontraba algo despierto ya.

A Regina le tomó por sorpresa las palabras de David. No había recobrado su figura con magia para ir a follar al instante. Lo hizo porque quiso y ya, pero mentiría si dijera que no se excitó con el deseo que provocó en él. Y sí, sí quería, porque esta vez lo harían sin que estuviera embarazada.

Sonrió con coquetería, muy dispuesta a compensar el buen comportamiento de David, aunque no se lo pondría tan fácil.

—Te veo en la habitación —dijo seductora y se acercó lo suficiente para besarlo. Lo vio cerrar los ojos y justo antes de unir sus labios con los de él, desapareció en su nube de humo morado.

—Ay, Regina —masculló con los ojos aun cerrados. Bajó la mirada para ver a su bebé que seguía durmiendo—. Pedacito bello, ¿tienes magia para ir tras mamá? —preguntó, tomando la manita izquierda de Charlotte—. ¿No? —sonrió enternecido, dándole un besito en la pequeña mano—. Vamos a buscarla entonces.

Caminó orgulloso por los pasillos del Palacio con su bebé en brazos notando lo fácil que se le daba trasladarse con Charlotte. No pesaba nada y la podía sostener fácilmente con un solo brazo. Así que no demoró mucho en llegar hasta la habitación donde Regina les esperaba recostada en su sillón cleopatra.

En cuanto los vio, se levantó para ir al encuentro de ambos. Esta vez sí besó a David y tomó a su bebé en brazos. La arrulló al ver que Charlotte se movía e intentaba abrir los ojitos, pero al escuchar la invitación a calmarse volvió a caer en el sueño profundo.

Caminó sin dejar de tararear una bella melodía y la acostó en la cuna con todo el cuidado del mundo pues sin duda era un tesoro para ella. Soltó un suspiró largo al verla dormida ahí, como tantas veces se la imaginó.

—Parece un sueño, ¿cierto? —preguntó David, abrazando a Regina desde atrás, rodeándola por la cintura.

—El más hermoso de todos —acarició con sus manos los brazos de él quien le besó en la mejilla derecha. Regina cerró los ojos cuando los labios bajaron por su cuello y el agarre en su cintura se intensificó.

La reina se giró, lo tomó del rostro y lo besó con pasión y deseo, con puro y ardiente fuego como el que empezaba a sentirse en su sexo. Cayeron en la cama, sin dejar de besarse y de pronto quedaron desnudos gracias a la magia de Regina.

—Eso es muy apresurado de tu parte, Majestad.

—Pretendo que terminemos antes de que Charlotte despierte.

—Tienes razón —asintió y volvió a besarla mientras que sus manos recorrían el hermoso y desnudo cuerpo bajo él. Las piernas esbeltas se enredaron en su gruesa cintura.

Regina alzó las caderas y las movió en búsqueda de fricción en su vientre con el miembro del Rey que ahora gemía bajito contra su oreja que mordisqueaba.

Las manos femeninas recorrieron los costados del varonil cuerpo, bajando hasta llegar a las nalgas que apretó un poco provocando que David la besara con arrebato.

—Espera, espera —pidió, llevando una mano al amplio pecho para detenerlo. Sonrió al ver la confusión y la ligera súplica en el apuesto rostro porque con seguridad se encontraba tan excitado como ella—. Pondré un hechizo de insonorización para ella —movió la mano invocando su magia para evitar que su pedacito bello despertara por sus gemidos y gritos.

Tan pronto como acabó retomó su atención en David. Volviendo a besarlo y acariciarlo, con el caliente y pesado miembro contra su ahora plano vientre.

Era excitante y ardiente sentir la humedad que de la punta empezaba a emanar. La dureza en su clítoris se hizo presente, haciendo que tenerlo dentro fuera una necesidad urgente.

—Dentro —jadeó contra la boca del Rey quien sonrió con picardía.

—¿Quién es la ansiosa ahora? —preguntó con dejos de burla y después siseó por la dolorosa sensación de sentir las uñas de la reina encajarse en sus nalgas.

—No juegues conmigo, encantador —mordió apenas y por un breve momento la mandíbula de David.

El Rey la tomó de la nuca con la mano izquierda para alzarle un poco y besarla con intensidad mientras que su mano derecha se colaba entre sus cuerpos. Sintió su propia humedad en ella, la cual ignoró porque su objetivo era el ardiente y apretado sexo.

Regina gimió en medio de uno de los hambrientos besos de David cuando le fue introducido un dedo sin mucho preámbulo. Se encontraba tan mojada que se deslizó con facilidad dentro de ella.

—Tan caliente y mojada —murmuró con lujuria haciéndola sonreír. Una hermosa sonrisa que se tornó en una mueca placentera cuando metió otro, empujando hasta el fondo.

Regina abrió más sus piernas, al tiempo que movía las caderas para tomar los dedos de David más profundo. Se empujaba contra él que rotaba los dedos haciendo círculos aumentando el placer.

—Hazme el amor —demandó anticipándose al momento de estar desesperada.

La miró a los ojos, sacando sus dedos y posicionando con rapidez la punta de su miembro en la estrecha entrada.

—Te amo —susurró con amor al tiempo que empujaba para unirse a ella. Regina enredó los brazos en su cuello y se abrazó con fuerza a él mientras la penetraba.

—Te amo —le dijo cuando lo tuvo dentro por completo. Tenía el rostro escondido en el hombro de David y amo el tiempo que le dio para acostumbrarse a su tamaño. Sentía no solo su interior convulsionar, sino también al proporcionado miembro que la penetrada uniéndola a él.

Era un momento sin igual. Estar entre sus brazos, amándose verdadera y libremente, era algo que no podía explicar.

Podía percibir la diferencia a la perfección. No era como las veces anteriores de ninguna forma. Quizá era porque acaban de descubrir que eran amores verdaderos y tenían a su pedacito bello con ellos por fin. Que no había peligro acechando y que no quedaba más que dedicarse a ser felices.

Mordió el hombro de David cuando este se movió. Entrando y saliendo de su sexo, acariciando con precisión las paredes internas y sus puntos sensibles. La maravillosa sensación le recorría el cuerpo completo causando que su piel se erizara y que sus pezones se pusieran durísimos. Los podía sentir, al igual que su clítoris.

Movió su brazo derecho para acariciarse a sí misma, pero David, al notar su intención le ganó, siendo él quien estuvo frotando su botón de placer.

—Oh, Dios —gimió ahogado, teniendo que aferrar con ambas manos la colcha bajo ella.

—Jodeeeer, adoro como me aprietas —siseó con ardor. Y es que mientras más la estimulaba más se estrechaba a su alrededor.

—Voy a venirme.

—Sí, hazlo. Quiero verte —demandó con tono suave porque si de algo era consciente es que era ella quien tenía el control. Se había apoderado de él de forma profunda. Lo sentía en el alma, en la piel y en el corazón.

Regina se arqueó. El cuerpo tenso a más no poder.

—Así —elogió David, mirándola con intensidad. Colocó sus rodillas firmes sobre el colchón mientras la abrazaba por la cintura y le besaba entre medio de los pechos. Gimió extasiado sintiéndola apretarle con fuerza, soltar y hacerlo de nuevo. El hermoso cuerpo tembló y se estremeció con fuerza entre sus brazos y fue cuando por fin la reina gimió abiertamente.

Se apoderó del pezón izquierdo que chupó con gentileza y no pudo evitar sonreír al sentirla mover las caderas, buscando y pidiendo más en silencio. La alzó hasta dejarla sentada sobre él, con su miembro aún muy dentro de ella, palpitante y dando tirones por la necesidad de venirse.

Regina se posicionó mejor y sin perder tiempo empezó a montarlo. Se abrazó a él, pegándose por completo al varonil cuerpo como tantas ganas tenía de hacerlo y que gracias al embarazo había sido imposible desde hacía algunos meses. Alzó el rostro y gimió con ganas cuando las grandes manos le apretaron las nalgas. Dio un pequeño grito cuando le soltó una firme palmada en la nalga izquierda.

A partir de ahí todo se volvió desenfrenado. El movimiento de ambos, la intensidad de los besos y las caricias. Regina le arañó la espalda mientras que él le daba otro par de nalgadas. Alternando entre ambas.

La sentía mucho más mojada si es que eso era posible. Su miembro estaba empapado con los fluidos de ella y sentía que ya no podía. No se sentía capaz de aguantar por más tiempo.

—No te detengas —gimió Regina con voz estrangulada. Apretó los ojos porque David no sólo no se detuvo, sino que la sujetó por las caderas y la embistió desde abajo con fuerza y rapidez. Lo miró a los ojos, con los suyos llenos de lágrimas de placer, la boca abierta y sin ser capaz de emitir sonido alguno—. ¡Aaaaah! —gritó al llegar y echó la cabeza mientras el cuerpo le temblaba sin control.

Y fue cuando lo escuchó gritar a él y empezarla a llenar con su ardiente semilla que no hizo más que provocarle mayor placer. Los hinchados y húmedos labios de David se apoderaron de su garganta con besos posesivos que le encantaron.

—Mi reina. Mi hermosa y amada reina —dijo contra la garganta de Regina. Quien soltó un largo suspiro, aunque su sexo seguía sufriendo espasmos por los remanentes del orgasmo que parecía haberla dejado sin fuerzas.

La reina se volvió a abrazar a él después de escucharlo. La respiración agitada de ambos era lo único audible en ese momento.

—Soy tuyo —le dijo con total entrega porque era así como se sentía en esa íntima atmósfera que les envolvía.

Regina llevó su mano izquierda hasta la mejilla derecha de David haciéndole girar el rostro hacia ella.

—Mío —murmuró aun jadeando—. Mi Rey. —Lo besó con entrega porque no era fácil reconocerlo de esa forma por lo que significaba en realidad.

Quizá él no lo sabía o no lo entendería, pero con esas simples palabras estaba doblegando su orgullo y entregándose a él como se juró a sí misma que no lo haría jamás. Pero ahí estaba, con los ojos azules mirándole con nada más que amor y devoción.

Se siguieron besando, compartiendo tiernas caricias y al final se quedaron dormidos entre los brazos del otro. Un par de horas más tarde se despertaron al escuchar a Charlotte quejarse y lloriquear desde su cuna.


Días después Regina y David desayunaba en el comedor real. La reina lo hacía con Charlotte en brazos.

—Granny dice que si necesitamos ayuda con Charlotte que ella puede hacerlo sin problema —comentó David de forma casual pues no quería molestarla con la propuesta.

En realidad, se habían acoplado a la perfección en la tarea de ser padres y entre ambos se hacían cargo sin mayor problema, pero Granny había estado ofreciendo su ayuda desde que su pedacito bello nació y sintió que no perdía nada con intentar.

—No necesitamos ayuda —aseguró, clavándole la mirada para que no intentara convencerla.

—Lo sé, pero si alguien de confianza nos ayudara un poco podríamos tener tiempo para nosotros de vez en cuando.

—Ella no es de mi confianza —comentó volteando a ver a su pequeñita que había abierto sus bellos ojitos y parpadeaba con lentitud.

—Regina.

—David. —Torció los ojos y le miró de nuevo—. No entiendo por qué razón querría dejarla al cuidado de esa lobo.

Él asintió, levantándose de su asiento y se dirigió a ella quien le siguió con la mirada elegante durante el trayecto.

—Porque Granny no le hará daño. —Se inclinó para darle un largo beso en la frente—. Y tú y yo podríamos aprovechar. —Le dio un besito en la nariz y después, se movió hasta los labios de la reina, pero ahí se detuvo.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó, sonriendo divertida ante el comportamiento de David.

El Rey sonrió y la besó con deseo. Introdujo la lengua dentro de la cálida cavidad que le recibió con gusto. El beso se empezó a intensificar, a volverse ardiente y pasional.

Charlotte soltó un lloriqueo y se inquietó entre los brazos de su madre. Regina de inmediato dejó los labios de David y volvió su atención a su hijita.

—¿Ves? Le gusta interrumpirnos —aseguró divertido, acariciando el fino cabellito de su bebé.

—Eres tú el que empieza a besarme cuando ella quiere atención, ¿verdad, mi amor? —preguntó mientras alzaba a la pequeñita para colocarla contra su hombro. Le besó la cabecita tan pronto como la tuvo a su alcance.

—Tenemos que aprovechar ahora que es pequeña. Después estoy seguro que no nos dejará ni un minuto a solas.

Regina le miró con ojos estrechos y una media sonrisa que lo decía todo.

—Entonces, ¿qué dices? —preguntó seductor y le alzó las cejas un par de veces haciéndola soltar una risa incrédula.

—No puedo creer que quieras que nos cuiden a Charlotte solo para poder tener sexo en cualquier oportunidad.

—Es una posibilidad. No digo que solo para eso —se defendió siguiendo el juego—, pero ¿no crees que sería maravilloso? —Le alzó una sola ceja un par de veces esta vez.

—Lo pensaré —lo besó en los labios—, pero no prometo nada —advirtió.

—Lo que tú digas, Majestad.


La mañana siguiente fue hermosa para Regina y David. El amanecer les encontró juntos en la cama. Él estaba detrás, recargado en la cabecera, con ella entre sus piernas recargada contra él, con su pedacito bello en el regazo sobre una almohada y protegida por los brazos de ambos.

—Duerme otro poco —la invitó David al ver que Regina se veía muy adormilada.

—No me quiero mover. Quiero estar así con ustedes —dijo cerrando los ojos y soltando un largo suspiro mientras se acomodaba mejor cuidando de no molestar a su bebé.

—Bien. Entonces duerme. Yo las sostengo —ofreció besándole la coronilla con todo el amor del mundo.

El día transcurrió como los anteriores desde que Charlotte nació y supieran que eran amores verdaderos: maravilloso y lleno de felicidad. Un día perfecto que fue interrumpido a media tarde.

—Majestades —saludó respetuoso el caballero mientras hacía una reverencia para ambos.

Estaban en la habitación oficial de Charlotte que, si bien entre los planes de Regina no estaba el dejarla aún ahí, con el nacimiento se había llenado de ilusión por arreglar el lugar.

David sostenía a su hijita mientras veía los arreglos que Regina hacía con magia. Estaba maravillado de ver lo bella que estaba quedando la habitación. Cada detalle, rincón y color. Era hermoso, el lugar donde su pedacito bello jugaría, daría sus primeros pasos y crecería.

—¿Qué ocurre? —preguntó Regina intrigada por la interrupción pues ahora no era algo habitual. Las únicas personas que visitaban el castillo de vez en cuando eran los ex aliados del Reino Blanco y siempre lo sabía de antemano por David.

—Es… —se aclaró la garganta—. La Reina Snow. Desea verles —comunicó.

—Dile que se largue —dijo molesta y se dio la vuelta, dándole la espalda, con la intención de seguir con su importante labor que la idiota princesa había osado interrumpir.

—Sí, yo… Es que… —balbuceó el caballero.

—¿Qué? — preguntó David a modo de presión para que hablara.

—Lo siento, Majestad —se disculpó por la demora—. Es que ha dicho que no se irá sin verles.

—Y yo estoy diciendo que no. —Regina habló autoritaria, girando para encarar al caballero de nuevo.

—Permítenos un momento —solicitó el Rey, pidiendo con un gesto al hombre que se retirara.

El caballero hizo una reverencia y salió cerrando la puerta tras él.

—¿Me estás desafiando? —Regina caminó imponente hacia él que de inmediato se inquietó.

—¡No! —exclamó. Cerró los ojos y negó—. Lo que pasa es que sabemos qué es lo que quiere y no nos dejará en paz hasta darle una respuesta —explicó.

—Es que no me interesa lo que ella quiera. Aquí lo importante es lo que tú y yo queremos para nosotros y para Charlotte.

—Honestamente un reino en guerra no es lo que quiero para ella.

—¿Y crees que yo sí? —preguntó ofendida.

—Sé que no, por eso te lo estoy diciendo —aclaró—. Mira Regina, yo estuve dando la cara por el reino mientras pretendía ser Rey y créeme que el trabajo que hiciste fue excepcional. Nadie está mejor preparado para gobernar el Reino Blanco que tú.

—David, me parecería absurdo que la gente de este lugar quiera que yo los gobierne.

—Tampoco creo que prefieran estar a expensas de recibir ataques. Tú y yo lo sabemos. George casi lo logra —le recordó, acomodando mejor a Charlotte en sus brazos—. Si no hacemos algo el reino será tomado por algún otro Rey y sabemos que eso nunca termina bien.

Regina puso las manos en su cintura, estampó el pie derecho en el suelo y alzó el rostro mirando al techo. Soltó el aire de golpe. Después, bajó el rostro y lo miró.

No entendía por qué se sentía dividida. Por un lado, no quería volver a ser la gobernante del Reino Blanco. No tenía interés. Quería una vida sencilla y normal con David y su hija, sin ese tipo de responsabilidades y preocupaciones. Por otro, y aunque sonara absurdo, se sentía un tanto comprometida porque, bien o mal, ese reino era suyo por derecho legítimo que el matrimonio le otorgó. Y encima sentía unas ganas inmensas de arreglar todo aquello que Snow arruinó.

—Sé que no es una decisión fácil, pero hacer lo que ella pide conllevaría desconocerla como mi legítima esposa y, créeme Regina, tengo unas ganas inmensas de hacerlo porque no deseo seguir atado de esa forma a Snow.

La reina volteó hacia un lado y torció la boca, un tanto incómoda por lo que eso implicaba. Sería algo muy egoísta de su parte no darle esa oportunidad a David tomando en cuenta lo que había sucedido entre todos ellos.

—Y, lo más importante —dijo mientras se acercaba a ella que volteó a verle en cuanto lo tuvo enfrente. Se miraron a los ojos y él suspiró lleno de amor—. Nos daría la oportunidad de que lo nuestro sea algo oficial. —La reina abrió los ojos grandes, llenos de sorpresa—. ¿Qué dices? —preguntó emocionado.

Regina se quedó impactada por algunos segundos en lo que asimilaba lo que David acababa de decirle. No habían hablado de ello a pesar de que ahora eran amores verdaderos y tenían una hija. Nunca se planteó la idea de casarse de nuevo porque siempre pensó que no habría nadie más en la vida para ella que Daniel. Sin embargo, ahora todo era muy distinto y, a pesar de todo pronóstico, había vuelto a encontrar el amor.

—¿Tú te quieres… ? —Quiso preguntar, pues necesitaba estar segura de no estar malinterpretando todo, pero David no la dejó terminar.

—¡Sí! —exclamó, con la encantadora sonrisa ampliada al máximo. Se contuvo de mostrarse efusivo pues no quería perturbar el sueño de su princesita—. Me quiero casar contigo. Nada me haría más feliz que aceptaras ser mi esposa —dijo emocionado acercándose hasta quedar casi pegado a ella. Le entregó a Charlotte en los brazos y se arrodilló ahí sin más.

—No tengo un anillo en este momento —se disculpó, soltando una risita un tanto nerviosa por su propio impulso—, pero…

—Sí —respondió. No necesitaba que le dijera nada más.

Esa propuesta se parecía en algo a la que ella le hizo a Daniel. Apresurada e improvisada, pero con el amor como principal razón para hacerlo. En ese momento hubo otros sentimientos involucrados, pero nunca dudó que era con él con quien quería una vida, un final feliz. Y ahora sentía eso mismo. Quería una vida llena de felicidad y amor al lado de su amor verdadero con quien ya tenía una familia que fue con lo que soñó de adolescente.

David abrió los ojos grandes por la sorpresa y la emoción al tener una respuesta positiva. Se puso de pie, la tomó del bello rostro con ambas manos y la besó con todo el amor que sentía por ella.

—Lo haré mejor cuando podamos hacerlo oficial —prometió, porque si bien moría por desposar a Regina, no era algo que pudiera hacer de inmediato. Primero debía deshacerse de su matrimonio con Snow.

—Esta propuesta me gusta. Fue perfecta —sonrió y suspiró, mordiéndose tentativamente el labio inferior por la emoción. Cerró los ojos al sentir las tiernas caricias en el rostro.

—Te amo, Regina.

—También te amo, David.

Se volvieron a fundir en un amoroso beso que sin intención empezó a subir de intensidad, despertando en ambos el deseo por el otro.

—No podemos —dijo Regina, terminando el beso, jadeante y con las mejillas encendidas. Hizo un gesto alzando un poquito a Charlotte que seguía dormidita en sus brazos.

—Princesita —le acarició la cabecita y le dio un beso en la pequeña frente.

—La llevaré a su cuna y te esperaré para hacer el amor.

David abrió los ojos grandes y sonrió pícaro, aunque algo extrañado de no poder ir enseguida con ella.

—Ahora hazme el favor de indicarle al guarida que le diga a la idiota de Snow que será recibida por nosotros en un par de días. Será cuando yo diga, no cuando ella quiera —argumentó decidida.

—Cierto —masculló al recordar que la ex princesa estaba esperando. La había olvidado por completo—. Enseguida estoy contigo —aseguró, besándola de nuevo con fogosidad.

—Basta —solicitó Regina sin dejar de sonreír por la anticipación.

—No me puedo controlar —comentó mientras retrocedía para no dejar de verla. Le lanzó un beso y ella negó con la cabeza. Se dio la vuelta y salió apresurado a cumplir con la misión encomendada para poderse reunir lo antes posible con ella.

—Vamos a que descanses, mi pedacito bello. —Regina besó la frente de su bebé mientras invocaba su magia para trasladarlas a ambas hasta la habitación principal.